Publicado por primera vez en 1907 en el libro: «Protocolos del Congreso de Unificación del POSDR, celebrado en Estocolmo en 1906», Moscú

Se imprime según el texto del libro

**1. Resolución sobre la rendición de cuentas de la comisión de credenciales al congreso**

El congreso obliga a la comisión de credenciales a llevar informes de los que se desprenda con qué motivos se guió la organización en las elecciones al congreso y qué criterio se aplicó para determinar la pertenencia al partido.

**2. Intervenciones en la 2ª sesión del congreso a propósito de la votación nominal de las declaraciones escritas presentadas a la mesa del congreso**{145}

1

Me sumo a la propuesta del camarada Shmidt y propongo que todos los que deseen apoyar esta propuesta estampen sus firmas.

2

La propuesta del camarada Larin no es sino la más grosera burla de la mayoría del congreso sobre la minoría...

Repito: es una burla grosera de los derechos de la minoría del congreso, es un intento de aniquilar las garantías de los derechos de la minoría establecidas por el reglamento.

**3. Intervención en la 3ª sesión del congreso**

Lenin objeta a Dan{146} y se pronuncia por la necesidad de discutir la cuestión de la valoración del momento actual y por incluir en el orden del día la cuestión de las nacionalidades.

**4. Propuesta sobre la formulación del punto VIII del proyecto de orden del día del congreso**

Al punto VIII: «Actitud ante la reivindicación de una asamblea constituyente especial para Polonia», añadir las palabras: «en relación con el problema nacional en el programa del partido».

**5. Discurso de clausura sobre la cuestión agraria**{147}

Expongo dos tesis fundamentales: 1) el campesinado no querrá jamás la municipalización; 2) la municipalización sin república democrática, sin la autocracia del pueblo plenamente asegurada, sin la electividad de los funcionarios, es perjudicial. Al desarrollar estas tesis, me detendré primero en las objeciones más serias contra la nacionalización. Indudablemente, la objeción más seria es la formulada por el camarada Plejánov. El camarada Plejánov dijo literalmente, he apuntado sus palabras: «nosotros no podemos en ningún caso estar a favor de la nacionalización». Esto es un error. Me atrevo a afirmar que si en nuestro país se realiza de hecho la revolución campesina y si la transformación política que la acompaña llega hasta la creación de una república auténticamente democrática, el camarada Plejánov considerará posible estar a favor de la nacionalización, y si en nuestro país se realizara de verdad una república democrática en la inminente transformación, toda la situación del movimiento, no sólo rusa, sino internacional, empujaría a la nacionalización. Pero si no se cumple esta condición, también entonces la municipalización resultará una ficción; entonces podrá realizarse tan sólo como una nueva forma de rescate. El camarada John emplea el término: enajenación, y no confiscación, y, como se desprendía de su discurso, no eligió este término por casualidad; sin embargo, ese término es simplemente kadete, supone cualquier cosa, y con él se aviene perfectamente el rescate proyectado por los kadetes. Sigamos adelante. ¿Dónde está la garantía contra la restauración?, preguntaba el camarada Plejánov. No creo que el planteamiento de este problema guarde una relación estrecha e indisoluble con el programa que examinamos, pero ya que se ha planteado, hay que darle una respuesta plenamente definida y unívoca. Si se habla de una verdadera garantía económica, plenamente real, contra la restauración, es decir, de una garantía que crearía condiciones económicas que excluyeran la restauración, entonces habrá que decir: la única garantía contra la restauración es la revolución socialista en Occidente; no puede haber ninguna otra garantía en el verdadero y pleno sentido de la palabra. Fuera de esta condición, con cualquier otra solución de la cuestión (municipalización, reparto, etc.), la restauración no sólo es posible, sino directamente inevitable. Yo formularía esta tesis con las siguientes palabras: la revolución rusa puede vencer con sus propias fuerzas, pero en ningún caso puede con sus propias manos mantener y consolidar sus conquistas. No puede lograrlo si no hay una revolución socialista en Occidente; sin esta condición, la restauración es inevitable tanto con la municipalización, como con la nacionalización y con el reparto, pues el pequeño agricultor, bajo todas y cualesquiera formas de tenencia y propiedad, será el sostén de la restauración. Después de la victoria total de la revolución democrática, el pequeño agricultor se volverá inevitablemente contra el proletariado, tanto más rápidamente cuanto más rápidamente sean derrocados todos los enemigos comunes del proletariado y del pequeño agricultor, tales como: los capitalistas, los terratenientes, la burguesía financiera, etc. Nuestra república democrática no tiene ninguna reserva, salvo el proletariado socialista en Occidente, y a este respecto no hay que perder de vista que la clásica revolución burguesa en Europa, precisamente la gran revolución francesa del siglo XVIII, se produjo en una situación internacional completamente distinta de aquella en que se produce la revolución rusa. La Francia de fines del siglo XVIII estaba rodeada de Estados feudales y semifeudales. La Rusia del siglo XX, que realiza la revolución burguesa, está rodeada de países en los que el proletariado socialista se halla pertrechado en vísperas del último choque con la burguesía. Si fenómenos relativamente insignificantes como la promesa de libertad hecha en Rusia por el zar el 17 de octubre dieron ya un gran impulso al movimiento del proletariado en Europa Occidental; si bastó que los obreros austríacos recibieran un telegrama de Petersburgo sobre el famoso manifiesto constitucional para hacerles salir inmediatamente a la calle, para provocar una serie de manifestaciones y choques armados en las principales ciudades industriales de Austria, entonces puede uno imaginarse cómo se comportará el proletariado socialista internacional si las noticias de Rusia le traen no una promesa de libertad, sino su realización efectiva y la victoria completa del campesinado revolucionario. Pero si planteamos la cuestión de la garantía contra la restauración en otro terreno, es decir, si hablamos de una garantía relativa y condicional, entonces habrá que decir lo siguiente: la única garantía condicional y relativa contra la restauración es que la revolución se lleve a cabo del modo más decidido posible, que sea realizada directamente por la clase revolucionaria, con la mínima participación de intermediarios, conciliadores y toda clase de apaciguadores, que esta revolución sea realmente llevada hasta el final, y mi proyecto brinda el máximo relativo de garantías contra la restauración. Como palanca directa del movimiento campesino revolucionario, como la forma más deseable del mismo, se proponen en mi proyecto los comités campesinos. Los comités campesinos, traducido al lenguaje sencillo, significan un llamamiento a que los campesinos ajusten cuentas, de manera inmediata y directa, con los funcionarios y los terratenientes del modo más resuelto. Los comités campesinos significan un llamamiento a que el pueblo oprimido por los residuos del feudalismo y por el régimen policíaco acabe con estos residuos, como decía Marx, «a la plebeya»{148}. Al camarada Plejánov, esta premisa de una revolución llevada hasta el final, que implanta la elección de los funcionarios por el pueblo, le ha recordado el anarquismo, tan desagradable para él como para todos nosotros, naturalmente, pero es en sumo grado extraño que la elección de los funcionarios por el pueblo pueda recordar al anarquismo; es sumamente extraño que en un momento como el actual, la cuestión de la elección de los funcionarios por el pueblo pueda o haya podido suscitar una sonrisa en ningún socialdemócrata, salvo acaso en Bernstein. Precisamente ahora estamos viviendo una época en que esta consigna –la elección de los funcionarios por el pueblo– adquiere la más inmediata y enorme importancia práctica. Toda nuestra actividad, la propaganda y la agitación entre las masas campesinas deben consistir en grado considerable en la propaganda, en la difusión y la explicación precisamente de esta consigna. Predicar la revolución campesina, hablar en un sentido medianamente serio de la revolución agraria y no hablar al mismo tiempo de la necesidad de un verdadero democratismo, es decir, entre otras cosas, de la elección de los funcionarios por el pueblo, es una contradicción flagrante. El reproche de anarquismo a este respecto me recuerda tan sólo a los bernsteinianos alemanes, que hace poco, en su polémica con Kautsky, le reprocharon anarquismo.

Debemos decir al campesino directa y claramente: si quieres llevar la revolución agraria hasta el final, debes también llevar la revolución política hasta el final; sin llevar hasta el final la revolución política, no habrá en absoluto revolución agraria, o no será medianamente sólida. Sin una completa transformación democrática, sin la elección de los funcionarios por el pueblo, tendremos o bien revueltas agrarias, o bien reformas agrarias kadetes. No tendremos aquello que merecería la gran palabra empleada por Plejánov: revolución campesina. Sigamos adelante. La municipalización abre un amplio campo a la lucha de clases –decía Plejánov–; he intentado reproducir esta afirmación suya lo más literalmente posible y debo declarar resueltamente que esta afirmación es sencillamente falsa; es falsa tanto en el sentido político como en el económico. En igualdad de las demás condiciones, el municipio y la propiedad municipal de la tierra representan indudablemente un campo más estrecho para la lucha de clases que toda la nación, que la nacionalización de la tierra. La nacionalización de la tierra bajo la república democrática crea en absoluto el más amplio terreno para la lucha de clases, el más amplio que sea posible y que quepa concebir en general bajo la existencia del capitalismo. La nacionalización significa la supresión de la renta absoluta, la baja de los precios del trigo, la garantía de la máxima libertad de competencia y de la libertad de penetración del capital en la agricultura. La municipalización, por el contrario, restringe la lucha nacional de clases, al no depurar todas las relaciones de producción en la agricultura de la renta absoluta, al trocear nuestra reivindicación general en reivindicaciones particulares; la municipalización, en todo caso, vela la lucha de clases. Desde este punto de vista, la cuestión planteada por Plejánov sólo puede ser resuelta en un único sentido. Desde este punto de vista, la municipalización no resiste en absoluto la crítica. La municipalización es una restricción y un velo de la lucha de clases. La siguiente objeción de Plejánov se refiere a la cuestión de la toma del poder. Plejánov ha visto en el proyecto de mi programa agrario la toma del poder, y debo decir que la idea de la toma del poder por el campesinado revolucionario existe realmente en mi proyecto de programa agrario[66], pero reducir esta idea a la idea naródovoltsi de la toma del poder es un gravísimo error. En los años 70 y 80, cuando la idea de la toma del poder era cultivada por los naródovoltsi{149}, éstos constituían un grupo de intelectuales, pero en la práctica no existía un movimiento revolucionario medianamente amplio, realmente de masas. La toma del poder era un deseo o una frase de un puñado de intelectuales, y no el inevitable paso siguiente de un movimiento de masas ya en desarrollo. Ahora, después de octubre, noviembre y diciembre de 1905, después de que amplias masas de la clase obrera, de los elementos semiproletarios y del campesinado mostraran al mundo formas de movimiento revolucionario no vistas desde hacía mucho tiempo; ahora, después de que la lucha del pueblo revolucionario por el poder estallara tanto en Moscú como en el sur y en la región báltica; ahora, reducir la idea de la conquista del poder político por el pueblo revolucionario a naródovoltsismo significa retrasarse en 25 años enteros, significa borrar de la historia de Rusia todo un gigantesco período. Plejánov decía: no hay que temer a la revolución agraria. Precisamente ese temor a la conquista del poder por el campesinado revolucionario es el temor a la revolución agraria. La revolución agraria es una frase vacía si su victoria no presupone la conquista del poder por el pueblo revolucionario. Sin esta última condición, no será una revolución agraria, sino una revuelta campesina o reformas agrarias kadetes. Sólo recordaré, para terminar el examen de este punto, que incluso la resolución de los camaradas de la minoría, publicada en el número 2 de «Partíinie Izvestia», dice que ante nosotros se plantea ya la tarea de arrancar el poder de manos del gobierno.

La expresión: «creación popular», que, al parecer, no figura en nuestras resoluciones, pero que yo empleé, si hemos de creer a la memoria del camarada Plejánov, en mi discurso, le parece un recuerdo de viejos conocidos de los naródovoltsi y de los socialistas-revolucionarios. Este recuerdo del camarada Plejánov me parece, a su vez, un retraso de 25 años. Recuerden lo que ocurrió en Rusia en el último trimestre de 1905: huelgas, Soviets de diputados obreros, insurrecciones, comités campesinos, comités ferroviarios, etc., todo ello testimonia precisamente la transición del movimiento popular a la forma de insurrección, todo ello muestra indudables gérmenes de órganos de poder revolucionario, y mis palabras sobre la creación popular tenían un contenido completamente definido y concreto; se referían precisamente a aquellas jornadas históricas de la revolución rusa, caracterizaban precisamente ese método de lucha no sólo contra el viejo poder, sino de lucha por medio del poder revolucionario, método aplicado por primera vez por las grandes masas de obreros y campesinos rusos en las célebres jornadas de octubre y diciembre. Si nuestra revolución está enterrada, entonces están enterradas también esas formas embrionarias de poder revolucionario de los campesinos y los obreros; pero si vuestras palabras sobre la revolución campesina no son una frase, si tenemos realmente una revolución agraria en el verdadero significado de la palabra, entonces veremos, sin duda, la repetición de los acontecimientos de octubre y diciembre en proporciones inconmensurablemente más amplias. El poder revolucionario, no de los intelectuales, no de un grupo de conspiradores, sino de los obreros y campesinos, ya ha tenido lugar en Rusia, ya se ha realizado de hecho en el curso de nuestra revolución. Fue aplastado gracias a la victoria de la reacción, pero si tenemos motivos reales para estar convencidos del ascenso de la revolución, también debemos esperar inevitablemente el ascenso, el desarrollo y el éxito de nuevos órganos de poder revolucionario, aún más resueltos, aún más vinculados al campesinado y al proletariado. Por consiguiente, Plejánov, mediante el manido y ridículo espantajo del «naródovoltsismo», se limitó a eludir el análisis de las formas de movimiento de octubre-diciembre.

Finalmente, examinemos la cuestión de la flexibilidad y de lo bien herrado que está mi programa por los cuatro cascos. Creo que también en este sentido mi programa agrario es el más satisfactorio en comparación con todos los demás. ¿Qué hacer si los asuntos de la revolución marchan mal? ¿Qué hacer si, sin la realización de todos los «síes» planteados en mi proyecto, no se pudiera hablar de llevar hasta el final nuestra revolución democrática? Entonces, indudablemente, habrá que contar con las condiciones de la economía campesina y del usufructo campesino de la tierra que existen ya ahora. A este respecto, me remito a un fenómeno de la mayor importancia, como es el arriendo. Pues si se dice que los asuntos de la revolución pueden ir mal, que puede no llegar hasta el final, en ese caso, indudablemente, hay que contar con la existencia e ineludibilidad de tal fenómeno, y en mi proyecto, para este caso malo, para este caso de ausencia de todos los «síes» supuestamente utópicos, las tareas del partido están previstas de manera más completa, más precisa y mucho más sobria que en el del camarada Máslov. Así, mi programa ofrece consignas prácticas tanto para las condiciones actuales de la economía campesina y del usufructo campesino de la tierra, como para las mejores perspectivas del desarrollo ulterior del capitalismo. El camarada John intentó hacer un chiste diciendo que en mi programa hay demasiados programas, que hay en él tanto la confiscación como el arriendo, que se excluyen mutuamente; aquí no resultó el chiste, porque la confiscación de las tierras de los terratenientes no excluye el arriendo, que también tiene lugar en las tierras campesinas. Por consiguiente, el camarada Plejánov estaba especialmente equivocado cuando esgrimió su argumento particularmente efectista contra mí. No es difícil, decía, escribir un programa para el caso de que todo salga de la mejor manera posible. Un programa así, cualquiera lo escribe, pero escribe tú un programa para el caso de que justamente no se den las mejores condiciones. Y yo afirmo, en respuesta a este argumento, que precisamente en el caso del peor curso o desenlace posible de nuestra revolución, mi programa, que habla de la confiscación de las tierras de los terratenientes y que prevé cuestiones como el arriendo, resulta especialmente sobrio y particularmente bien herrado; en cambio, en lo que se refiere al camarada John, su proyecto, que no dice nada acerca de estas peores condiciones, es decir, de las condiciones de la ausencia de un democratismo político realmente implantado, nos da tan sólo la municipalización, y sin embargo, la municipalización, sin la elección de los funcionarios por el pueblo, sin la supresión del ejército permanente, etc., representa un peligro igual e incluso mayor que la nacionalización. He aquí por qué insisto en el planteamiento de esos «síes» que tan injustamente condenaba Plejánov.

Así, pues, los campesinos no aceptarán la municipalización. El camarada Kartvelov decía que en el Cáucaso los campesinos están plenamente de acuerdo con los socialistas-revolucionarios, pero preguntan al mismo tiempo: ¿tendrán o no derecho a vender la tierra que les toque en el reparto o en la socialización? ¡Es cierto, camarada Kartvelov! Su observación corresponde plenamente a los intereses campesinos en general y a la comprensión campesina de sus intereses, pero precisamente porque los campesinos examinan todas las reformas agrarias desde el punto de vista de si tendrán o no derecho a vender la tierra adicional que les corresponda, precisamente por eso los campesinos estarán en absoluto contra la municipalización, contra la «zemstvolización». Los campesinos hasta ahora siguen confundiendo el zemstvo con el jefe del zemstvo, y tienen para ello fundamentos mucho más profundos de lo que suponen los majestuosos profesores kadetes de derecho, que se ríen de la ignorancia campesina. Por eso, antes de hablar de la municipalización, es necesario, absolutamente necesario, hablar de la elección de los funcionarios por el pueblo. Pero ahora, mientras no esté realizada esta reivindicación democrática, sólo es pertinente hablar de la confiscación en general, o del reparto. He aquí por qué, con el fin de simplificar la cuestión fundamental para el congreso, procedo del siguiente modo: como el programa del camarada Borísov tiene una serie de rasgos comunes con mi programa y está basado precisamente en el reparto y no en la nacionalización, retiro mi programa y dejo que el congreso se pronuncie sobre la cuestión: ¿reparto o municipalización? Si rechazáis el reparto –o quizá sería más exacto decir, «cuando» rechacéis el reparto–, entonces, por supuesto, tendré que retirar mi proyecto definitivamente, por considerarlo desesperado; pero si aceptáis el reparto, entonces presentaré mi programa íntegro como enmienda al proyecto del camarada Borísov. Recordaré también, en respuesta a los reproches de que impongo la nacionalización a los campesinos, que en mi programa hay una «variante A», en la que se habla especialmente de eliminar toda idea de imponer lo que sea a los campesinos contra su voluntad. En consecuencia, la sustitución de mi proyecto por el proyecto de Borísov en la votación inicial no cambiará en absoluto la esencia del asunto y sólo facilitará y simplificará el que nos aclaremos sobre la voluntad real del congreso. En mi opinión, la municipalización es errónea y perjudicial; el reparto es erróneo, pero no perjudicial.

Me detendré brevemente en esta diferencia: los «repartistas» interpretan correctamente los hechos, pero no recuerdan la sentencia de Marx sobre el viejo materialismo: «los materialistas explicaban el mundo, pero la cosa no consiste sólo en explicarlo, sino en transformarlo»{150}. El campesino dice: «la tierra es de Dios, la tierra es del pueblo, la tierra no es de nadie». Los «repartistas» nos explican que no lo dice conscientemente, que dice una cosa y piensa otra. Las verdaderas aspiraciones de los campesinos, dicen, consisten entera y exclusivamente en el aumento de tierra para los campesinos, en el incremento de la pequeña economía, y en nada más. Todo esto es completamente cierto. Pero nuestra divergencia con los «repartistas» no termina aquí, sino que sólo empieza. Precisamente de estas palabras de los campesinos, a pesar de toda su inconsistencia o vacuidad económica, debemos servirnos como puntos de apoyo para la propaganda. ¿Dices que todos deben usufructuar la tierra? ¿Quieres entregar la tierra al pueblo? Estupendo, pero ¿qué significa entregar la tierra al pueblo? ¿Quién administra el patrimonio y los bienes del pueblo? Los funcionarios, los Trépov. ¿Quieres entregar la tierra a Trépov y a los funcionarios? No. Cualquier campesino dirá que no quiere entregarles la tierra a ellos. ¿Quieres entregar la tierra a los Petrunkévich y a los Rodíchev, que quizás formen parte del autogobierno municipal? No. El campesino, seguramente, no querrá entregar la tierra a esos señores. Por consiguiente –le explicaremos a los campesinos–, para que la tierra pueda ser entregada a todo el pueblo con provecho para los campesinos, es necesario que esté garantizada la elección de todos los funcionarios, sin excepción, por el pueblo. Por consiguiente, el proyecto de nacionalización que yo presento, condicionado al pleno aseguramiento de la república democrática, brinda precisamente la línea correcta de conducta a nuestros propagandistas y agitadores, mostrándoles clara y gráficamente que el análisis de las reivindicaciones campesinas sobre la tierra debe servir de base para la propaganda política y, en particular, precisamente republicana. El campesino Mishin, por ejemplo, que ha sido elegido diputado a la Duma por los campesinos de Stávropol, trajo un mandato de los electores, publicado íntegro en «Rússkoe Gosudarstvo»{151}. En ese mandato se exige tanto la supresión de los funcionarios del zemstvo, como la construcción de elevadores de grano, como el traspaso de todas las tierras al fisco. La reivindicación de semejante traspaso es, sin duda, un prejuicio reaccionario, pues el fisco de la Rusia constitucional de hoy y de mañana es el fisco del despotismo policíaco-militar; pero esta reivindicación no debemos simplemente rechazarla como un prejuicio perjudicial, debemos «apoyarnos» en ella para explicar a Mishin y a sus semejantes cómo están las cosas en su esencia. Debemos decir a Mishin y a sus semejantes que la reivindicación del traspaso de la tierra al fisco expresa, aunque sea muy mal, una idea extraordinariamente importante y útil para los campesinos. El traspaso de la tierra al fisco puede ser muy útil para los campesinos y les será muy útil exclusivamente cuando el Estado se convierta en una república plenamente democrática, cuando se implante por completo la electividad de los funcionarios, se suprima el ejército permanente, etc. He aquí por todas estas razones por las que pienso que si rechazáis la nacionalización, provocaréis inevitablemente errores similares de nuestros prácticos, propagandistas y agitadores, a los que provocamos con nuestro erróneo programa de los recortes de 1903. Así como entonces nuestros recortes se interpretaban de manera más estrecha de como los entendían los autores de dicho punto, así también ahora la negación de la nacionalización y la sustitución de esta reivindicación por el reparto, por no hablar ya de la completamente confusa municipalización, conducirá inevitablemente a tal serie de errores de nuestros prácticos, propagandistas y agitadores, que muy pronto tendremos que lamentar el programa «repartista» o municipalizador que hayamos adoptado.

Terminaré repitiendo una vez más mis dos tesis fundamentales: en primer lugar, el campesinado no querrá jamás la municipalización; en segundo lugar, la municipalización sin república democrática, sin la electividad de los funcionarios por el pueblo, es perjudicial.

**6. Declaración sobre la necesidad de que el congreso apruebe los protocolos**

Es necesaria la aprobación por el congreso de todos los protocolos. Por consiguiente, los protocolos oficiales serán los redactados por los secretarios. Los taquígrafos registran únicamente los discursos sueltos.

**7. Declaración escrita en la 15ª sesión del congreso**

Ya en la primera página de nuestras resoluciones se dice: «los intereses de clase en la revolución burguesa»{152}, línea 27 desde arriba.

**8. Discurso de clausura sobre la cuestión del momento actual y las tareas de clase del proletariado**

Procuraré señalar lo más esencial. El camarada Ptitsin me ha recordado el refrán: a buen cazador, la pieza le sale al encuentro. Preguntaba: ¿dónde ven los bolcheviques que la principal forma de lucha sea ahora la infracción de las leyes, etc.? Camarada Ptitsin, quítense ustedes sus gafas kadetes. A ustedes les parece que la principal forma de lucha es el parlamentarismo. Vean: el movimiento de los parados, el movimiento en las tropas, el movimiento campesino. La principal forma de movimiento no está en la Duma; ésta sólo puede desempeñar un papel indirecto. El camarada Plejánov decía que Hegel se revolcaría dos veces en su tumba si oyera mi referencia a él. Pero el camarada Plejánov habló antes que el camarada Ptitsin, y sus palabras se vuelven contra este último. El camarada Ptitsin se postra ante el momento, advierte tan sólo los fenómenos que yacen en la superficie, y no percibe lo que está ocurriendo en la profundidad. No estudia los fenómenos en su desarrollo. Según la opinión del camarada Ptitsin, el discurso sobre la cabeza y la cola, sobre el papel de vanguardia o de retaguardia del proletariado, es fraseología. Aquí se ha puesto de manifiesto con particular claridad el error fundamental de los mencheviques. No ven que la burguesía es contrarrevolucionaria, que tiene una tendencia consciente al pacto. Se remiten a los jacobinos, señalando que aquellos eran monárquicos ingenuos y se hicieron republicanos. Pero los kadetes no son monárquicos ingenuos, sino conscientes. Esto es lo que olvidan los mencheviques.

El temible camarada Leónov decía: Vean: los «bolcheviques» discursean sobre el pueblo revolucionario. Pero lo mismo dicen los «mencheviques» en su resolución. El camarada Leónov se ha referido a Marx, quien en «La lucha de clases en Francia» dice que la república es la forma política superior de la dominación de la burguesía. El camarada Leónov debería continuar la cita. Entonces vería que la república fue impuesta a la burguesía por una situación temporal y que la burguesía, dividida en dos fracciones –legitimistas y orleanistas{153}–, tan sólo toleraba la república contra su voluntad{154}.

Dan decía: los «bolcheviques» ignoran la importancia de la organización política. Esto no es cierto. Pero sería un truismo hablar en general de la importancia de la organización. Se trata de qué formas de organización política son necesarias ahora. Hay que indicar en qué terreno construimos la organización política. Los «mencheviques» parten de las premisas del ascenso de la revolución y al mismo tiempo recomiendan métodos de acción que no corresponden al ascenso de la revolución, sino al declive. Con esto hacen el juego a los kadetes, que desprestigian por todos los medios el período de octubre-diciembre. Los «mencheviques» hablan de la explosión. Inserten esa palabra en la resolución. Entonces la forma actual de movimiento –las elecciones a la Duma de Estado, etc.– aparecerá como una forma de movimiento meramente transitoria.

El camarada Dan decía: las consignas de la «minoría» están confirmadas, y se remitía a los autogobiernos revolucionarios, a los Soviets de diputados obreros. Pero tomen el número 5 del «Diario» de Plejánov. Allí dice que el autogobierno revolucionario «hace perder el rumbo». Pero, ¿cuándo y a quién ha hecho perder el rumbo esta consigna? Nosotros jamás hemos negado esta consigna. Pero la considerábamos insuficiente. Esa consigna es a medias, es la consigna no de la revolución victoriosa. La referencia a los Soviets de diputados obreros es incorrecta. De ellos todavía no hemos hablado.

El error de Plejánov es la ausencia total de análisis de aquellas formas de movimiento que hubo en octubre. Dijo: los Soviets de diputados obreros son deseables y necesarios. Pero no se tomó el trabajo de analizar qué representan los Soviets de diputados obreros. ¿Qué son? ¿Órganos de autogobierno revolucionario u órganos embrionarios de poder? Yo afirmo, y esta tesis no puede ser refutada, que se trata de la lucha por medio del poder revolucionario. Ésta es, y sólo ésta, la diferencia característica de la lucha de octubre-diciembre con respecto a la actual; y nosotros no podemos imponer tal o cual forma de lucha.

Plejánov decía: a Bernstein se le elogiaba por la teoría, por haber renunciado al marxismo teórico, y a mí por la táctica. La situación no es la misma, decía el camarada Plejánov. A esto le respondió con justicia el camarada Varshavski que a Bernstein se le elogiaba precisamente por la táctica, por su tendencia a amortiguar las contradicciones, como hacen los kadetes. Bernstein amortiguaba las contradicciones sociales en vísperas de la revolución socialista. Plejánov amortigua las contradicciones políticas en pleno auge de la revolución democrático-burguesa. Por eso los kadetes elogian a Plejánov y a los mencheviques.

El camarada Plejánov decía: nosotros no negamos la toma del poder, pero estamos por una toma del poder como en la época de la Convención{155}, y no por una toma conspiradora del poder. Pues bien, escríbanlo, camaradas «mencheviques», en su resolución. Rechacen el leninismo, estigmaticen a los conspiradores eseristas, etc., etc., eso a mí no me asusta ni una pizca; pero pongan el punto sobre la toma del poder según el tipo de la Convención, y nosotros firmaremos con las dos manos esa resolución. Sólo recuerde, camarada Plejánov, que en cuanto escriban eso, tengan por seguro que los kadetes dejarán de elogiarlos.

**9. Proyecto de resolución sobre la Duma de Estado, presentado al Congreso de Unificación**{156}

Teniendo en cuenta:

1) que la ley electoral del 11 de diciembre y las condiciones efectivas de las elecciones privaron al proletariado y a la socialdemocracia de la posibilidad de participar en las elecciones, presentando y haciendo pasar de manera independiente candidatos realmente partidistas;

2) que, en vista de esto, la significación real de la participación de los obreros en las elecciones debió reducirse inevitablemente, y de hecho se redujo, como lo demostró la experiencia, al obscurecimiento de la posición rigurosamente de clase del proletariado a consecuencia de los acuerdos con los kadetes u otros grupos burgueses;

3) que sólo el boicot completo y consecuente permitió a la socialdemocracia apoyar la consigna de la convocatoria, por vía revolucionaria, de la asamblea constituyente, cargar toda la responsabilidad por la Duma de Estado sobre el partido k.-d. y prevenir al proletariado y a la democracia campesina o revolucionaria contra las ilusiones constitucionales;

4) que la Duma de Estado, con la composición k.-d. (predominantemente) que ya se perfila, no puede en ningún caso cumplir el papel de una verdadera representación popular, sirviendo tan sólo indirectamente al desarrollo de una nueva crisis revolucionaria, aún más amplia y profunda,—

nosotros reconocemos y proponemos al congreso reconocer:

1) que las organizaciones del partido, al boicotear la Duma de Estado y las elecciones a la misma, actuaron correctamente;

2) que el intento de crear una fracción parlamentaria socialdemócrata, en las actuales condiciones políticas y a falta en la Duma de diputados realmente partidistas y capaces de representar al partido socialdemócrata, no promete un éxito serio, y amenaza más bien con comprometer al POSDR y cargarlo con la responsabilidad por un tipo particularmente perjudicial de parlamentarios, intermedios entre los k.-d. y los s.-d.;

3) que, en virtud de todo lo anteriormente expuesto, no existen aún condiciones para que nuestro partido emprenda la vía parlamentaria;

4) que la socialdemocracia debe utilizar la Duma de Estado y sus choques con el gobierno o los conflictos en su seno, luchando contra sus elementos reaccionarios, desenmascarando implacablemente la inconsecuencia y la vacilación de los k.-d., siguiendo con particular atención a los elementos de la democracia campesina revolucionaria, agrupándolos, contrarrestándolos a los k.-d., apoyando aquellas de sus intervenciones que correspondan a los intereses del proletariado, y preparándose para llamar al proletariado a un embate decisivo contra la autocracia en el momento en que, quizás en relación con la crisis de la Duma, se agudice al máximo la crisis revolucionaria general;

5) en vista de la posibilidad de que la Duma de Estado sea disuelta por el gobierno y convocada con nueva composición, el congreso resuelve que durante la nueva campaña electoral son inadmisibles todos los bloques y acuerdos con el partido k.-d. y con elementos no revolucionarios similares; en cuanto a la cuestión misma de la posibilidad de participación de nuestro partido en la nueva campaña electoral, será decidida por la socialdemocracia rusa en dependencia de las circunstancias concretas del momento.

«Volná» nº 12, 9 de mayo de 1906

Se imprime según el texto del periódico «Volná»

**10. Co-informe sobre la cuestión de la actitud hacia la Duma de Estado**

¡Camaradas! No voy a leerles la resolución de los bolcheviques, pues esa resolución probablemente es conocida por todos ustedes. (Ante la exigencia de los miembros del congreso, el orador lee, sin embargo, una vez más el texto de la resolución bolchevique.) La comparación de esta resolución con la de los mencheviques nos muestra los cuatro puntos fundamentales de diferencia, o las cuatro insuficiencias fundamentales de la resolución menchevique.

1) En la resolución menchevique no hay una valoración de las elecciones, no hay un balance de los resultados objetivos de nuestra experiencia política en este sentido.

2) En toda esa resolución se trasluce una actitud poco prudente, por expresarlo suavemente, u optimista hacia la Duma de Estado.

3) En la resolución no hay una división clara de las distintas corrientes o partidos dentro de la democracia burguesa desde el punto de vista de nuestra táctica hacia ellos.

4) Vuestra resolución acuerda formar una fracción parlamentaria en un momento y en condiciones en que la utilidad de tal medida para el partido del proletariado no puede ser demostrada de ningún modo.

Tales son las divergencias reales entre nosotros, si las examinamos con seriedad, sin aferrarse a las palabras o a las minucias. Examinemos, pues, estos cuatro puntos.

El balance de la experiencia en cuanto a las elecciones tiene una importancia enorme si queremos fundamentar nuestras conclusiones no en frases generales sobre el parlamentarismo en general, etc., sino en la correlación real de las fuerzas políticas. En efecto, nosotros hemos sostenido y sostenemos el criterio completamente definido de que la participación en las elecciones significa en la realidad un apoyo a los kadetes, que la participación es imposible sin bloques con los kadetes. ¿Examinan ustedes en esencia este razonamiento? ¿Examinan la realidad desde el punto de vista de los datos de hecho sobre esta cuestión? Nada de eso. Axelrod ha soslayado por completo la primera mitad de las cuestiones, y en cuanto a la segunda, ha dado dos afirmaciones contradictorias. Al principio se refirió a los bloques con los kadetes en general en los términos más despectivos. Luego dijo que nada tendría tampoco en contra de tales bloques, pero, naturalmente, no en la forma de los viejos y mezquinos «conciliábulos» y acuerdos en las tinieblas, sino en forma de pasos abiertos y directos, visibles para todo el proletariado. Esta última «tesis» de Axelrod es un magnífico ejemplo de ensoñaciones «kadetes», de auténticos «píos deseos» engendrados por las ilusiones constitucionales. En nuestro país no existe una constitución de hecho, no hay terreno para nuestras intervenciones abiertas, sino que existe el «constitucionalismo» a lo Dubásov. Las ensoñaciones de Axelrod seguirán siendo vanas ensoñaciones, mientras que los kadetes obtendrán una utilidad real de los acuerdos, tácitos o firmados, formales o informales.

Y cuando se habla de nuestro «autoapartamiento» de las elecciones, siempre se olvida que fueron precisamente las condiciones políticas, y no nuestra voluntad, las que apartaron de hecho a nuestro partido, apartándolo de los periódicos, de las reuniones, de la presentación de candidatos prominentes miembros del partido. Y sin todas estas condiciones, el parlamentarismo es mucho más un vacío y lamentable juego que un medio de educación del proletariado: es ingenuo tomar el parlamentarismo «en estado puro», en «idea», y no en su marco real.

Cuando se habla de las elecciones, habitualmente se olvida que, de hecho, en el terreno del constitucionalismo a lo Dubásov, luchaban dos «partidos» fuertes: los kadetes y los centurias negras. Los kadetes tenían razón cuando decían a los electores que cualquier dispersión de votos, cualquier presentación de «terceros» candidatos, podía conducir tan sólo a la victoria de los centurias negras. Tomemos ejemplos como el de Moscú: Guchkov obtiene, digamos, 900 votos, el kadete 1.300. Bastaría con que los socialdemócratas reuniesen 401 votos, y el centuria negra vencería. Por consiguiente, la comprensión kadete de la participación socialdemócrata en las elecciones correspondía a la realidad (los kadetes concedieron a los obreros de Moscú un puesto en la Duma de Estado a cambio de la participación de los obreros en las elecciones), mientras que vuestra comprensión, la menchevique, no corresponde a la realidad, es una ensoñación vacua y ociosa. O no emprender la vía del parlamentarismo y no pronunciar sobre él lugares comunes, o emprenderla en serio. De lo contrario, resulta una posición completamente inaprovechable.

Segundo punto. Axelrod, en su discurso, ha puesto aún más de relieve las insuficiencias que yo he señalado de la resolución. En la resolución se habla de la transformación de la Duma en un instrumento de la revolución. Ustedes consideran la Duma exclusivamente desde el punto de vista de la presión gubernamental sobre nosotros, de la opresión gubernamental contra la revolución. Nosotros consideramos la Duma de Estado como la representación de una clase determinada, como una institución con una composición partidista definida. El razonamiento de ustedes es completamente incorrecto, incompleto, no está construido según el marxismo. La composición interna de la Duma según su composición de clase del partido k.-d., ustedes no la toman en cuenta. Ustedes dicen que el gobierno sofoca la revolución, y olvidan añadir que los k.-d. también han mostrado ya plena y totalmente la tendencia a apagar la revolución. La Duma kadete no puede dejar de manifestar las propiedades del partido kadete. El ejemplo del Parlamento de Francfort, cuando la institución representativa, en una época revolucionaria, manifestó claramente la tendencia a apagar la revolución (a consecuencia de la limitación pequeñoburguesa y la cobardía de los charlatanes de Francfort), este ejemplo ustedes lo pierden completamente de vista.

Es ya del todo desacertada la referencia en la resolución socialdemócrata al «poder, reconocido por el zar y sancionado por la ley». La Duma no es un poder de hecho. La referencia a la ley no consolida, sino que debilita toda la argumentación de ustedes y todas sus consignas de agitación que dimanan de esta resolución. A la «ley» y a la «voluntad del zar» se remitirá con el mayor agrado Witte, impidiendo el menor intento de la Duma de salirse de los límites de su competencia, reducida hasta lo ridículo. No son los socialdemócratas, sino «Rússkoe Gosudarstvo», quienes sacan provecho de argumentos como la referencia al zar y a la ley.

Paso al tercer punto. La ausencia de una clara caracterización de los kadetes, la renuncia a desenmascarar toda su táctica, el no deslindar a los kadetes de la democracia campesina y revolucionaria, constituye un error cardinal de la resolución, error estrechamente vinculado a todos los anteriores. Y sin embargo, son precisamente los kadetes los dueños de la situación en la actual Duma. Y estos kadetes ya han revelado más de una vez sus traiciones a la «libertad popular». Cuando el buen charlatán Vodovózov, deseando situarse más a la izquierda que los kadetes, les recordó, después de las elecciones, las promesas que habían hecho acerca de la asamblea constituyente, etc., el periódico «Rech», adoptando un tono «gran-potencial», le respondió a Vodovózov grosera, groseramente, que no necesitaba consejos no solicitados.

E igualmente errónea es vuestra resolución en la cuestión de la tendencia a debilitar la revolución. Como ya he dicho, esa tendencia no sólo la tiene el gobierno, sino también esos pequeños burgueses conciliadores que son los que más ruido meten ahora en la superficie de nuestra vida política.

Vuestra resolución dice que la Duma aspira a apoyarse en el pueblo. Esto es verdad sólo a medias y por eso no es verdad. ¿Qué es la Duma de Estado? ¿Está permitido que nos limitemos a una referencia general a esta institución, en lugar de analizar las clases y los partidos que determinan su contenido real y su significado? ¿Qué Duma aspira a apoyarse en el pueblo? No la octubrista, pues a los octubristas les es completamente ajena tal aspiración. Y no la Duma campesina, pues los diputados campesinos ya son una parte inseparable del pueblo, y no necesitan «aspirar a apoyarse en el pueblo». La aspiración a apoyarse en el pueblo es característica justamente de la Duma kadete. Pero a los kadetes les es igualmente propio tanto la aspiración a apoyarse en el pueblo como el temor a la iniciativa revolucionaria del pueblo. Al señalar una cara del asunto y silenciar por completo la segunda, vuestra resolución siembra no sólo ideas incorrectas, sino directamente nocivas. El silencio sobre esta segunda cara –subrayada en nuestra resolución sobre la actitud hacia los demás partidos– es una mentira, si se toma el significado objetivo de tal silencio.

No, no está permitido en ningún caso definir nuestra táctica hacia la democracia burguesa silenciando a los kadetes, renunciando a su crítica tajante. Podemos y debemos buscar el apoyo tan sólo de la democracia campesina y revolucionaria, y de ningún modo de quienes amortiguan las contradicciones políticas del momento actual.

Por último, examinemos la proposición de formar una fracción parlamentaria. El que la utilización, por la socialdemocracia, del arma nueva, el «parlamentarismo», deba estar rodeada de una prudencia particular, ni siquiera los mencheviques se atreven a negarlo. Están plenamente dispuestos a reconocerlo «en principio». Pero el asunto ahora no está en absoluto en el reconocimiento de principio, sino en la valoración correcta de las condiciones concretas. No vale nada el reconocimiento «de principio» de la prudencia si las condiciones reales convierten ese reconocimiento en una ensoñación inocente y ociosa. Está bien, por ejemplo, lo que dicen los camaradas del Cáucaso sobre las elecciones independientes, sobre los candidatos puramente partidistas, sobre su rechazo de los bloques con los kadetes. Pero ¿qué valen estas buenas palabras si al mismo tiempo uno de los camaradas caucasianos, en una conversación conmigo, me ha comunicado que en Tiflis, ese centro del Cáucaso menchevique, resultará elegido probablemente el kadete de izquierda Argutinski y, probablemente, no sin ayuda de los socialdemócratas? ¿Qué valen nuestros deseos de amplias y abiertas declaraciones ante la masas, si nosotros tendremos, como ahora, las «Partíinie Izvestia» del Comité Central frente al abismo de periódicos kadetes?

Reparen, además, en que los más optimistas de los socialdemócratas esperan hacer pasar a sus candidatos sólo a través de las curias campesinas. Pretenden, pues, «comenzar el parlamentarismo» en la práctica del partido obrero, justamente no con los obreros, sino con las curias pequeñoburguesas, semieseristas. Piénsenlo: desde toda esta situación, ¿tiene más probabilidades de surgir una política obrera socialdemócrata o no socialdemócrata?

**11. Declaración escrita en la 17ª sesión del congreso**{157}

Yo no dije que los tiflisienses hubieran decidido hacer pasar a Argutinski. Dije que consideran probable la victoria de Argutinski, probable, además, no sin ayuda de los socialdemócratas.

Rectificación de hecho al discurso de Rudenko. Yo no dije que la Duma kadete apague la revolución. Dije que los kadetes, por su propia esencia de clase, tenderán a apagar la revolución.

**12. Intervención en defensa de la enmienda de Murátov (Morózov) sobre la fracción parlamentaria socialdemócrata**{158}

El camarada Murátov me ha cedido la palabra de clausura. Es completamente falso que el camarada Murátov esté abriendo puertas ya abiertas. Por el contrario, él es quien precisamente las abre. La enmienda del camarada Murátov plantea la cuestión directamente. El congreso ha reconocido una táctica distinta de la que sostuvieron los obreros en muchas localidades; al formar una fracción partidista en la Duma, es necesario, para que no surjan conflictos agudos, preguntar a los obreros si desean tener en la Duma un representante en cuya elección no han participado.

**13. Opinión particular sobre la cuestión de la composición de la fracción parlamentaria del POSDR**

1

Viendo en el rechazo de la enmienda de Stodolin un retroceso incluso con respecto a los principios del parlamentarismo, declaro que presento una opinión particular sobre esta cuestión.

2

En virtud de la declaración ya presentada, adjunto la presente mi opinión particular sobre la cuestión de la enmienda de Stodolin.

El camarada Stodolin proponía en su enmienda admitir a participar en el grupo parlamentario oficial del POSDR exclusivamente a aquellos miembros del partido que no sólo trabajen en general en una de las organizaciones del partido, no sólo se subordinen en general al partido en su conjunto y a sus organizaciones partidistas en particular, sino que, además, hayan sido presentados por estas últimas (es decir, por las organizaciones partidistas correspondientes) como candidatos.

En consecuencia, el camarada Stodolin quería que nuestros primeros pasos socialdemócratas por la senda del parlamentarismo se efectuaran exclusivamente por encargo directo de las organizaciones correspondientes y en nombre de las mismas. No basta con que los miembros de la fracción parlamentaria sean miembros de una de las organizaciones del partido. En las condiciones rusas, esto no excluye aún la posibilidad de las peripecias más indeseables, pues el control abierto y para todos visible sobre sus miembros no puede ser llevado a la práctica por nuestras organizaciones partidistas. Por eso es sumamente importante que nuestros primeros pasos por la vía del parlamentarismo estén rodeados de todas las precauciones elaboradas por la experiencia de los partidos socialistas de Europa. Los partidos de Europa Occidental, y en especial sus fracciones de izquierda, insisten incluso en que los candidatos al parlamento sean presentados por las organizaciones locales del partido de acuerdo con el Comité Central del partido. La socialdemocracia revolucionaria de Europa tiene los más serios fundamentos para exigir este triple control sobre los parlamentarios: en primer lugar, el control general del partido sobre todos los miembros del partido; en segundo lugar, el control especial de las organizaciones locales que deben presentar candidatos al parlamento en su nombre; en tercer lugar, el control especial del Comité Central de todo el partido, el cual, situado por encima de las influencias y particularidades locales, debe velar por la presentación tan sólo de aquellos candidatos al parlamento que satisfagan las exigencias generales del partido y de la política general.

Al rechazar la enmienda del camarada Stodolin, al rechazar la exigencia de que en la fracción parlamentaria pudieran entrar exclusivamente aquellos a quienes las organizaciones del partido hubieran presentado directamente como candidatos al parlamento, al rechazar esta exigencia, el congreso ha mostrado una prudencia mucho menor en la táctica parlamentaria que los socialdemócratas revolucionarios de Europa Occidental. Y sin embargo, difícilmente puede caber duda de que a nosotros nos es necesaria ahora, en virtud de las condiciones particularmente difíciles de la actuación abierta de la socialdemocracia en Rusia, en absoluto una prudencia mucho mayor que la elaborada por la experiencia de la socialdemocracia revolucionaria de Europa Occidental.

**14. Declaración escrita en la 21ª sesión del congreso**

Declaramos que llamar «material de agitación contra el carácter autorizado de las resoluciones del congreso» a las votaciones nominales sobre cuestiones importantes significa no comprender el papel del congreso o mostrar un estrecho fraccionalismo.

**15. Discurso sobre la cuestión de la insurrección armada**

Un camarada ha señalado hace poco que nosotros estamos reuniendo material de agitación contra las decisiones del congreso. Respondí a esto ya entonces que llamar así a las votaciones nominales es más que extraño. Cualquiera que esté descontento con las resoluciones del congreso siempre hará agitación contra ellas{159}. El camarada Vorobiov ha dicho que con nosotros, los «bolcheviques», los «mencheviques» no pueden trabajar en un mismo partido. Me alegro de que haya sido precisamente el camarada Vorobiov el primero en hablar sobre este tema. No dudaría de que sus palabras sirviesen de «material de agitación». Pero es más importante, desde luego, el material de agitación sobre las cuestiones de principio. Y mejor material de agitación contra el actual congreso que vuestra resolución contra la insurrección armada, no hubiéramos podido imaginárnoslo{160}.

Plejánov habló de la necesidad de un examen sereno de una cuestión tan importante. Esto es mil veces cierto. Pero el examen sereno se manifiesta, naturalmente, no en la ausencia de debates antes del congreso y en el congreso, sino en el contenido realmente sereno y práctico de las resoluciones que se someten a discusión. Y es justamente desde este lado desde donde resulta particularmente instructiva la comparación de ambas resoluciones. No es la polémica lo que no nos gusta en la resolución de los «mencheviques» –Plejánov ha entendido de un modo completamente falso las palabras del camarada Vínter al respecto–, no es la polémica lo que no nos gusta, sino la polémica mezquina, pequeña, que impregna la resolución de los «mencheviques». Tomen la cuestión de la valoración de la experiencia del pasado, de la crítica del movimiento del proletariado por la expresión consciente del movimiento del proletariado, la socialdemocracia. La crítica y la «polémica» son aquí obligatorias, pero sólo una crítica abierta, directa, franca y clara, y no pullas, no alfilerazos, no aguijonazos intelectualistas. Y así, nuestra resolución, al hacer de un modo científico el balance del último año, critica directamente: la huelga pacífica ha mostrado ser «dilapidadora de fuerzas», caduca su tiempo. La insurrección pasa a ser la forma principal, la huelga la forma auxiliar de la lucha. Tomen la resolución de los «mencheviques». En lugar de un examen sereno, en lugar de un balance de la experiencia, en lugar del estudio de la correlación entre la huelga y la insurrección, ustedes ven una oculta, mezquinamente oculta, renuncia a la insurrección de diciembre. El punto de vista de Plejánov: «no había que haber empuñado las armas», impregna por entero toda vuestra resolución (aunque la mayoría de los «mencheviques» rusos declaraba estar en desacuerdo con Plejánov). El camarada Cherevanín, con su discurso, se ha delatado de manera incomparable cuando, para defender la resolución de los «mencheviques», tuvo que presentar la insurrección de diciembre como una manifestación sin esperanzas de «desesperación», como una insurrección que no demostró posibilidad alguna de lucha armada.

Kautsky, como ustedes saben, se ha pronunciado de otro modo. Él ha reconocido que la insurrección de diciembre en Rusia obliga a «revisar» el punto de vista de Engels sobre la imposibilidad de la lucha de barricadas, que la insurrección de diciembre es el comienzo de una nueva táctica. De suyo se entiende que el punto de vista de K. Kautsky puede ser erróneo, que los «mencheviques» pueden tener más razón. Pero, si apreciamos el examen «sereno» y la crítica seria, no mezquina, tenemos la obligación de expresar en la resolución, directa y francamente, nuestra opinión: «no había que haber empuñado las armas», pero no está permitido expresar este punto de vista en la resolución de manera oculta, sin formularlo directamente. He aquí este mezquino, encubierto, desautorización de la insurrección de diciembre, no fundamentada con la más mínima crítica de la experiencia pasada, lo que constituye la insuficiencia fundamental y enorme de vuestra resolución. Esta insuficiencia suya es la que proporciona un gigantesco material de agitación contra semejante resolución, que en esencia se inclina hacia el punto de vista del camarada Akímov, limitándose a disimular sus aristas vivas{161}.

El primer punto de vuestra resolución adolece de la misma insuficiencia. Ese punto empieza con una frase, pues la «obstinación obtusa» es una propiedad de todos los gobiernos reaccionarios, pero de ahí no se desprende ni mucho menos la necesidad y la inevitabilidad de la insurrección. «Arrancar el poder» es lo mismo que «conquistar el poder», y es divertido que quienes discutían contra el segundo término hayan aceptado el primero. Han descubierto con ello la vacuidad de su declamación contra el naródovoltsismo, etc. La proposición de Plejánov de decir, en lugar de «arrancar el poder», «arrancar sus derechos», es particularmente desacertada, pues da ya una formulación puramente kadete. Lo principal, repito, es que vuestra resolución aborda la cuestión de «arrancar el poder» y de la insurrección armada, no en base al estudio y balance de la experiencia del pasado y de los datos de hecho sobre el crecimiento del movimiento, sino en base a lugares comunes no demostrados ni demostrables{162}.

**16. Intervención en la 24ª sesión del congreso**{163}

Creo que expresaré la voluntad de todo el congreso si dirijo, en nombre de la socialdemocracia rusa, un saludo a sus nuevos miembros y el deseo de que esta unificación sirva de la mejor garantía para la ulterior lucha exitosa.

**17. Declaraciones escritas en la 26ª sesión del congreso**

1

Es falso que yo haya «apoyado» al camarada Vorobiov cuando dijo que los bolcheviques y los mencheviques no pueden trabajar juntos en un mismo partido. Yo de ningún modo «apoyé» semejante afirmación y de ningún modo comparto semejante punto de vista. El sentido de mis palabras: «Me alegro de que el camarada Vorobiov lo haya dicho el primero» era exclusivamente irónico, pues los vencedores, que tienen la mayoría en el congreso, no hicieron sino mostrar su debilidad al ser los primeros en hablar de escisión[67].

2

El congreso encarga al CC que ponga en vigor los presentes estatutos inmediatamente después de su ratificación por el Bund.