Escrito en la segunda mitad de marzo de 1906.

Publicado a principios de abril de 1906 en San Petersburgo como folleto independiente de la editorial "Nasha Mysl".

Se imprime según el texto del folleto.

Portada del folleto de V. I. Lenin *Revisión del programa agrario del partido obrero*. – 1906 (reducido)

La necesidad de revisar el programa agrario del partido obrero es hoy reconocida por todos. La última conferencia de la "mayoría" (diciembre de 1905) planteó formalmente esta cuestión ya madura, que ha sido incluida en el orden del día del congreso de unificación.

Nos proponemos ofrecer, en primer lugar, un brevísimo esbozo del planteamiento de la cuestión agraria en la historia de la socialdemocracia rusa; luego, una revisión de los distintos proyectos de programa que proponen actualmente los socialdemócratas; y, por último, un bosquejo del proyecto que defendemos.

### 1. Esbozo rápido del desarrollo histórico de las concepciones de la socialdemocracia rusa sobre la cuestión agraria

La socialdemocracia rusa, desde su mismo surgimiento, reconoció la enorme importancia de la cuestión agraria y, específicamente, de la cuestión campesina en Rusia, incluyendo en todas sus elaboraciones programáticas un análisis independiente de esta cuestión.

La opinión contraria, difundida con frecuencia por los *narodnikis* y los socialistas-revolucionarios, se basa en la ignorancia total o en la tergiversación deliberada de los hechos.

Ya en el primer proyecto de programa de los socialdemócratas rusos, publicado por el grupo "Emancipación del Trabajo" en 1884, figura la reivindicación de una "revisión radical de las relaciones agrarias" y de la liquidación de todas las relaciones feudales en el campo (al no tener a mano la vieja literatura socialdemócrata que se publicaba en el extranjero, nos vemos obligados a citar de memoria, garantizando el sentido general, mas no el texto literal de las citas).

Posteriormente, Plejánov, tanto en la revista *Sotsial-Demokrat*{119} (finales de la década de 1880) como en los folletos *La ruina de toda Rusia* y *Las tareas de los socialistas en la lucha contra el hambre en Rusia* (1891-1892), subrayó repetidamente y en los términos más categóricos la enorme importancia de la cuestión campesina en Rusia, señalando incluso que en la futura revolución democrática cabía también el "reparto negro", y que la socialdemocracia en modo alguno temía ni rehuía esta perspectiva. Sin ser en absoluto una medida socialista, el "reparto negro" daría un gigantesco impulso al desarrollo del capitalismo, al crecimiento del mercado interior, a la elevación del bienestar del campesinado, a la descomposición de la comuna, al desarrollo de las contradicciones de clase en el campo y a la liquidación de todas las huellas de la vieja Rusia feudal y esclavizadora.

Esta indicación de Plejánov sobre el "reparto negro" tiene para nosotros una especial importancia histórica. Muestra de manera palpable que los socialdemócratas dieron inmediatamente precisamente aquel planteamiento teórico de la cuestión agraria en Rusia en el que se mantienen firmes hasta el día de hoy.

Las tres tesis siguientes han sido siempre defendidas por los socialdemócratas rusos desde el surgimiento de su partido hasta el momento presente. Primera. La revolución agraria constituirá inevitablemente una parte de la revolución democrática en Rusia. La liberación del campo de las relaciones feudales y esclavizadoras será el contenido de esta revolución. Segunda. La próxima revolución agraria, por su significado socioeconómico, será una revolución burguesa-democrática; no debilitará, sino que reforzará el desarrollo del capitalismo y de las contradicciones de clase capitalistas. Tercera. La socialdemocracia tiene todas las razones para apoyar del modo más decidido esta revolución, señalando al mismo tiempo unas u otras tareas inmediatas, pero sin atarse las manos y sin renunciar en lo más mínimo a apoyar incluso el "reparto negro".

Quien no conozca estas tres tesis, quien no las haya leído en toda la literatura socialdemócrata sobre la cuestión agraria en Rusia, o bien desconoce el asunto, o bien elude la esencia del mismo (como hacen continuamente los socialistas-revolucionarios).

Volviendo a la historia del desarrollo de las concepciones de la socialdemocracia sobre la cuestión campesina, señalemos además, de la literatura de finales de la década de 1890, *Las tareas de los socialdemócratas rusos* (1897)[27], donde se refuta decididamente la opinión sobre la actitud "indiferente" de los socialdemócratas hacia el campesinado y se reiteran las concepciones generales de la socialdemocracia; luego, el periódico *Iskra*. En su número 3, aparecido en la primavera (marzo y abril) de 1901, es decir, un año antes del primer gran levantamiento campesino en Rusia, se insertó un artículo editorial, "El partido obrero y el campesinado"[28], que volvía a subrayar la importancia de la cuestión campesina y planteaba, entre otras reivindicaciones, la de la devolución de los *otrezki*.

Este artículo puede ser considerado como el primer esbozo de aquel programa agrario del POSDR que, en nombre de la redacción de *Iskra* y *Zariá*{120}, fue publicado en el verano de 1902 y, en el II Congreso de nuestro partido (agosto de 1903), se convirtió en el programa oficial del partido.

En este programa, toda la lucha contra la autocracia se considera como la lucha del régimen burgués contra el feudalismo, y el punto de vista de principio del marxismo queda plasmado de la manera más nítida en la tesis fundamental de la parte agraria: "Con el fin de eliminar los restos del orden feudal que pesan con su gravosa opresión directamente sobre los campesinos, y en interés del libre desarrollo de la lucha de clases en el campo, el partido exige..."

Casi todos los críticos del programa socialdemócrata silencian esta tesis fundamental: no ven el elefante.

Algunos puntos particulares del programa agrario aprobado en el II Congreso, además de las reivindicaciones indiscutibles (abolición de los impuestos estamentales, reducción de la renta de la tierra, libertad de disposición de la tierra), contenían también la reivindicación de la devolución de los pagos de redención y el establecimiento de comités campesinos para la devolución de los *otrezki* y la eliminación de los restos de las relaciones feudales.

Este último punto, el de los *otrezki*, fue el que más críticas suscitó en las filas de los socialdemócratas. Fue criticado por el grupo socialdemócrata "Borbá", que proponía (si no me falla la memoria) la expropiación de toda la tierra de los terratenientes{121}; lo criticó también el camarada X (su crítica, junto con mi respuesta[29], apareció en un folleto aparte en Ginebra en el verano de 1903, justo antes del II Congreso, cuyos delegados lo tenían ante sí). El camarada X proponía, en lugar de los *otrezki* y la devolución de los pagos de redención: 1) la confiscación de las tierras eclesiásticas, monásticas y de la Corona, con su transferencia "a posesión del Estado democrático"; 2) "el gravamen con un impuesto progresivo de la renta territorial de los grandes terratenientes, para que esta forma de ingreso pase a manos del Estado democrático para las necesidades del pueblo"; y 3) "el paso de una parte de las tierras de propiedad privada (de la gran propiedad territorial) y, si es posible, de todas las tierras, a posesión de las grandes organizaciones sociales autónomas (*zemstvos*)".

Yo critiqué este programa, calificándolo de "formulación empeorada y contradictoria de la reivindicación de la nacionalización de la tierra", y subrayé que los comités campesinos tenían importancia como consigna de combate que levanta al estamento oprimido; que la socialdemocracia no debía atarse las manos renunciando, por ejemplo, a la "venta" de las tierras confiscadas; que la devolución de los *otrezki* en modo alguno limitaba las aspiraciones de la socialdemocracia, sino que limitaba únicamente la posibilidad de que el proletariado agrícola y la burguesía campesina plantearan tareas comunes. Subrayé que "si la reivindicación de toda la tierra fuera la reivindicación de la nacionalización o de la transferencia de la tierra al campesinado económico actual, nosotros valoraríamos esta reivindicación desde el punto de vista de los intereses del proletariado, tomando en consideración todas las circunstancias del caso (la cursiva es nuestra); no podemos decir de antemano, por ejemplo, si nuestro campesinado económico, cuando la revolución lo despierte a la vida política, aparecerá como un partido democrático-revolucionario o como un partido del orden" (pp. 35-36 del mencionado folleto)[30].

Esta misma idea, la de que los *otrezki* no limitan ni la envergadura del movimiento campesino ni nuestro apoyo a él si va más lejos, la desarrollé también en *A la pobreza del campo* (publicado en 1903, antes del II Congreso), donde los *otrezki* no son calificados de "valla", sino de "puerta"[31], y la idea del paso de toda la tierra al campesinado no se rechaza en absoluto, sino que incluso se saluda en una determinada situación política.

En cuanto al reparto negro, escribí en agosto de 1902 (*Zariá* n.º 4, p. 176), al defender el proyecto de programa agrario:

«En la reivindicación del reparto negro, hay una utopía reaccionaria de socializar y perpetuar la pequeña producción campesina, pero en ella existe (además de la utopía de que “el campesinado” puede ser portador de la revolución socialista) un aspecto revolucionario, a saber: el deseo de barrer mediante la insurrección campesina todos los vestigios del régimen feudal»[32].

Así pues, las consultas de la literatura de 1902-1903 demuestran irrefutablemente que la reivindicación de los otrezki nunca fue comprendida por los autores de este punto en el sentido de limitar la envergadura del movimiento campesino y de nuestro apoyo al mismo. Mas, a pesar de ello, el curso de los acontecimientos mostraba que este punto del programa era insatisfactorio, pues el movimiento del campesinado crece en extensión y en profundidad con enorme rapidez, y nuestro programa suscita perplejidades en las amplias masas, y el partido de la clase obrera debe tener en cuenta a las amplias masas y no puede remitirse únicamente a los comentarios que aclaran, con argumentos no obligatorios para el partido, el programa de obligatorio cumplimiento para todos.

Maduraba la necesidad de revisar el programa agrario. A principios de 1905, en uno de los números del periódico socialdemócrata “bolchevique” “Vperiod”{122} (que se publicó de enero a mayo de 1905, semanalmente en Ginebra), fue expuesto un proyecto de modificación del programa agrario, eliminando el punto sobre los otrezki y sustituyéndolo por el “apoyo a las reivindicaciones campesinas hasta la confiscación de toda la tierra de los terratenientes”[33].

Pero en el III Congreso del POSDR (mayo de 1905) y en la “conferencia” simultánea de la “minoría”, la cuestión de la revisión del programa mismo no fue planteada. El asunto se limitó a la elaboración de una resolución táctica. Ambas mitades del partido coincidieron en esto en el apoyo al movimiento campesino hasta la confiscación de toda la tierra de los terratenientes.

En rigor, estas resoluciones predeterminaron la cuestión de la revisión del programa agrario del POSDR. En la última conferencia de la “mayoría” (diciembre de 1905) fue adoptada mi propuesta de expresar el deseo de eliminar los puntos sobre los otrezki y sobre la devolución de los pagos de redención, y de sustituirlos por la indicación de apoyo al movimiento campesino hasta la confiscación de toda la tierra de los terratenientes[34].

Con esto concluiremos este breve esbozo del desarrollo histórico de los puntos de vista del POSDR sobre la cuestión agraria.

II. Cuatro corrientes dentro de la socialdemocracia sobre la cuestión del programa agrario

En la actualidad tenemos sobre la cuestión dada, además de la indicada resolución de la conferencia “bolchevique”, dos proyectos acabados de programa agrario: los de los camaradas Máslov y Rozhkov, y observaciones y consideraciones no acabadas, es decir, que no ofrecen un proyecto de programa acabado, de los camaradas Finn, Plejánov y Kautsky.

Expongamos brevemente los puntos de vista de estos autores.

El camarada Máslov propone un proyecto algo modificado del camarada X. En concreto, del proyecto de X elimina el gravamen con un impuesto progresivo de la renta de la tierra y modifica la reivindicación de la transferencia de las tierras de propiedad privada a manos del zemstvo. La modificación de Máslov consiste, en primer lugar, en que suprime las palabras de X: “si es posible, también todas las tierras” (es decir, que todas las tierras pasen a posesión de los zemstvos); en segundo lugar, Máslov suprime por completo la mención de los “zemstvos” que tiene X, diciendo en lugar de “grandes organizaciones sociales – los zemstvos”, “grandes organizaciones regionales”. Todo el punto correspondiente reza en Máslov así:

“Transferencia de las tierras de propiedad privada (la gran propiedad territorial) a posesión de las grandes organizaciones regionales autónomas. La dimensión mínima de las parcelas de tierra sujetas a enajenación la determina la representación popular regional”. Por consiguiente, Máslov renuncia decididamente a la nacionalización completa admitida condicionalmente por X y exige la “municipalización” o, más exactamente, la “provincialización”. Contra la nacionalización, Máslov esgrime tres argumentos: 1) la nacionalización sería un atentado contra la autodeterminación de las nacionalidades; 2) los campesinos, especialmente los campesinos que poseen su parcela, no consentirán la nacionalización de sus tierras; 3) la nacionalización reforzará la burocracia, inevitable en el Estado clasista democrático-burgués.

Máslov critica el reparto de las tierras señoriales (“repartija”) solo como una utopía pseudosocialista de los socialistas-revolucionarios, sin evaluar esta medida en comparación con la “nacionalización”.

En cuanto a Rozhkov, él no quiere ni el reparto ni la nacionalización, exigiendo solo la sustitución del punto sobre los otrezki por un punto de este género: “Transferencia a los campesinos, sin rescate, de todas aquellas tierras que sirven de instrumento para su esclavización económica” (véase la recopilación “El Momento Actual”{123}, pág. 6 del artículo del camarada N. Rozhkov). Rozhkov exige la confiscación de las tierras de la Iglesia y otras sin indicar su “transferencia a posesión del Estado democrático” (como quiere el camarada Máslov).

Más adelante, el camarada Finn, en su artículo inacabado (“Mundo de Dios”{124}, 1906), rechaza la nacionalización y se inclina, al parecer, por el reparto de las tierras señoriales en propiedad privada de los campesinos.

El camarada Plejánov, en el n.º 5 del “Diario”, tampoco aborda ni con una sola palabra la cuestión de los cambios determinados en nuestro programa agrario. Criticando a Máslov, defiende solo la “táctica flexible” en general, rechaza la “nacionalización” (remitiéndose a los viejos argumentos de “Zariá”) y se inclina, al parecer, por el reparto de las tierras señoriales entre los campesinos.

Por último, K. Kautsky, en su excelente trabajo “La cuestión agraria en Rusia”, expone las bases generales de los puntos de vista socialdemócratas sobre la cuestión, expresando su plena simpatía por el reparto de las tierras señoriales, admitiendo, al parecer, bajo ciertas condiciones también la nacionalización, pero en general sin abordar en absoluto ni con una sola palabra ni el viejo programa agrario del POSDR, ni los proyectos de su modificación.

Resumiendo las opiniones que se han perfilado en nuestro partido sobre el programa agrario del POSDR, obtenemos los siguientes cuatro tipos fundamentales de estas opiniones:

1) el programa agrario del POSDR no debe exigir ni la nacionalización ni la confiscación de las tierras de los terratenientes (aquí se incluyen los defensores del programa actual o de pequeñas correcciones del mismo, como las propuestas por el camarada N. Rozhkov);

2) el programa agrario del POSDR debe exigir la confiscación de las tierras de los terratenientes, sin exigir la nacionalización de la tierra en ninguna forma (aquí se incluyen, al parecer, el camarada Finn y, quizás, el camarada Plejánov, aunque su opinión no está clara);

3) la enajenación de las tierras de los terratenientes junto con una nacionalización peculiar y limitada (la “zemstvizatsia” y “provintsializatsia” de X, Máslov, Gróman y otros);

4) confiscación de las tierras de los terratenientes y, bajo determinadas condiciones políticas, nacionalización de la tierra (programa propuesto por la mayoría de la comisión designada por el Comité Central Unificado de nuestro partido; este programa, que defiende quien escribe estas líneas, está impreso más abajo, al final del folleto)[35].

Examinemos todas estas opiniones.

Los partidarios del programa actual o de un programa como el propuesto por el camarada Rozhkov parten o bien del punto de vista de que la confiscación de las grandes fincas, que conduce a su reparto en pequeñas, no puede ser defendida en general desde el punto de vista socialdemócrata, o bien del punto de vista de que en el programa no puede haber en modo alguno lugar para la confiscación, y que su lugar está solo en una resolución táctica.

Comencemos por el primer punto de vista. Se nos dice que las grandes fincas son un tipo capitalista avanzado. Su confiscación, su reparto, es una medida reaccionaria, un paso atrás hacia la pequeña explotación. Los socialdemócratas no pueden estar a favor de tal medida.

Tal punto de vista nos parece incorrecto.

Debemos considerar el resultado general y final del actual movimiento campesino, y no ahogarlo en casos aislados y particularidades. En general y en su conjunto, la hacienda terrateniente en Rusia se sostiene hoy más por el sistema de servidumbre y dependencia que por el sistema capitalista de economía. Quien niegue esto, no podrá explicar el amplio y profundo movimiento revolucionario campesino actual en Rusia. Nuestro error al plantear la reivindicación de devolver los "recortes" consistió en subestimar la amplitud y profundidad del movimiento democrático, precisamente democrático-burgués, dentro del campesinado. No es razonable obstinarse ahora en este error, cuando la revolución nos ha enseñado tanto. Para el desarrollo del capitalismo, la confiscación de toda la tierra terrateniente reportará una ventaja incomparablemente mayor que el perjuicio que se derivaría de la parcelación de las grandes haciendas capitalistas. La parcelación no eliminará el capitalismo ni lo hará retroceder, sino que, en un grado enorme, limpiará, generalizará, ampliará y fortalecerá el suelo para su (del capitalismo) nuevo desarrollo. Siempre hemos dicho que limitar la envergadura del movimiento campesino no es en absoluto tarea de los socialdemócratas, y en la actualidad, renunciar a la reivindicación de confiscar toda la tierra terrateniente sería una limitación evidente de la envergadura de un movimiento social ya definido.

Por eso, aquellos camaradas que hoy combaten la reivindicación de confiscar todas las tierras de los terratenientes yerran del mismo modo que yerran los mineros del carbón ingleses que, teniendo una jornada laboral inferior a 8 horas, combaten la implantación legislativa de la jornada de 8 horas en todo el país.

Otros camaradas hacen una concesión al "espíritu de la época". En el programa —los recortes o la enajenación de tierras que sirven para la servidumbre—, dicen. En la resolución táctica —la confiscación. No hay que mezclar, dicen, el programa con la táctica.

A esto responderemos que el intento de trazar una frontera absoluta entre el programa y la táctica conduce únicamente a la escolástica y al pedantismo. El programa define las relaciones generales y fundamentales de la clase obrera con otras clases. La táctica, las relaciones particulares y temporales. Esto, por supuesto, es justo. Pero no se puede olvidar que toda nuestra lucha contra los residuos de la servidumbre en el campo es una tarea particular y temporal en comparación con las tareas socialistas generales del proletariado. Si el "régimen constitucional" al estilo de Shípov perdura en Rusia 10-15 años, estos residuos desaparecerán, causando sufrimientos incalculables a la población, pero desaparecerán de todos modos, se extinguirán por sí mismos. Cualquier movimiento campesino democrático medianamente fuerte se hará entonces imposible; no se podrá defender ningún programa agrario "con el fin de eliminar los residuos del orden de servidumbre". Por lo tanto, la diferencia entre programa y táctica es solo relativa. Y la desventaja para un partido de masas, que actúa ahora de manera más abierta que antes, es muy grande si en el programa figura una reivindicación particular, limitada y estrecha, y en la resolución táctica, una general, amplia y omnicomprensiva. El programa agrario de nuestro partido, de todos modos, tendrá que ser revisado nuevamente bastante pronto: tanto si se consolida la "constitución" al estilo de Dubásov y Shípov, como si triunfa la insurrección campesina y obrera. Por lo tanto, no es cosa de empeñarse especialmente en construir una casa para la eternidad.

Pasemos al segundo tipo de puntos de vista. La confiscación de las tierras de los terratenientes, su parcelación —sí, pero de ninguna manera la nacionalización, nos dicen. Se remiten a Kautsky en defensa de la parcelación, repiten los viejos argumentos de todos los socialdemócratas (compárese "Zariá" nº 4) contra la nacionalización. Estamos plena e incondicionalmente de acuerdo en que la parcelación de las tierras de los terratenientes sería actualmente, en general y en su conjunto, una medida decididamente progresista tanto en el sentido económico como en el político. Estamos de acuerdo, además, en que en la sociedad burguesa la clase de los pequeños propietarios, bajo ciertas condiciones, es "un baluarte más firme de la democracia que la clase de los arrendatarios, que dependen de un Estado policial-clasista, aunque sea constitucional" (Lenin. "Respuesta a X", pág. 27)[36].

Pero pensamos que limitarse a estas consideraciones en el momento actual de la revolución democrática en Rusia, limitarse a defender la vieja posición de 1902, significaría ciertamente no tener en cuenta la coyuntura social de clases y política, esencialmente cambiada. "Zariá" señalaba en agosto de 1902 (libro 4, artículo de Plejánov, pág. 36) que entre nosotros "Moskovskie Védomosti" defiende la nacionalización, y expresaba la idea indudablemente justa de que la reivindicación de la nacionalización de la tierra no es en todas partes ni siempre revolucionaria. Esto último, por supuesto, es justo, pero en el mismo artículo de Plejánov (pág. 37) se indica que "en una época revolucionaria" (cursiva de Plejánov) la expropiación de los grandes terratenientes puede aparecer entre nosotros como una necesidad y que, bajo ciertas circunstancias, será necesario plantear la cuestión al respecto.

Es indudable que ahora la situación ha cambiado sustancialmente en comparación con 1902. La revolución se elevó alto en 1905 y ahora prepara fuerzas para un nuevo ascenso. De la defensa de la nacionalización de la tierra (en un sentido mínimamente serio) por parte de "Moskovskie Védomosti" no puede hablarse. Por el contrario, la defensa de la inviolabilidad de la propiedad privada sobre la tierra se ha convertido en el motivo principal tanto de los discursos de Nicolás II como de los clamores de Gríngmut y Cía. La insurrección campesina ya ha sacudido a la Rusia de la servidumbre, y todas las esperanzas de la autocracia agonizante descansan ahora exclusivamente en un trato con la clase terrateniente, mortalmente atemorizada por el movimiento campesino. No solo "Moskovskie Védomosti", sino también "Slovo", órgano de los partidarios de Shípov, persigue a Witte y el proyecto "socialista" de Kutler, que proponía no la nacionalización, sino únicamente la compra obligatoria de una parte de las tierras. Las furiosas represalias del gobierno contra la "Unión Campesina" y las furiosas "dragonadas" contra los campesinos sublevados muestran más claro que claro que el carácter revolucionario-democrático del movimiento campesino ya se ha perfilado por completo.

Este movimiento, como todo movimiento popular profundo, ha suscitado ya y sigue suscitando un enorme entusiasmo revolucionario y una enorme energía revolucionaria del campesinado. En su lucha contra la propiedad terrateniente sobre la tierra, contra la posesión terrateniente de la tierra, los campesinos llegan con necesidad y han llegado ya, en la persona de sus representantes más avanzados, a la reivindicación de abolir toda propiedad privada sobre la tierra en general[37].

Que la idea de la propiedad nacional sobre la tierra fermenta hoy de manera extraordinariamente amplia entre el campesinado, es algo que no puede estar sujeto a la menor duda. Y es indudable también que, a pesar de toda la ignorancia del campesinado, a pesar de todos los elementos reaccionario-utópicos de sus deseos, esta idea, en general y en su conjunto, tiene un carácter revolucionario-democrático[38].

Los socialdemócratas deben depurar esta idea de sus deformaciones reaccionarias y pequeñoburguesas-socialistas; sobre esto no hay discusión. Pero los socialdemócratas incurrirían en un profundo error si tiraran por la borda toda esta reivindicación, sin haber sabido extraer su aspecto revolucionario-democrático. Debemos decir al campesino con toda franqueza y decisión que la nacionalización de la tierra es una medida burguesa, que es beneficiosa solo bajo determinadas condiciones políticas, pero presentarnos ante la masa campesina con la mera negación de esta medida en general sería, para nosotros, socialistas, una política miope. Y no solo una política miope, sino también una deformación teórica del marxismo, que ha establecido con la mayor certeza que la nacionalización de la tierra es posible y concebible también en la sociedad burguesa, que no detendrá, sino que reforzará el desarrollo del capitalismo, que es el máximo de reformas democrático-burguesas en la esfera de las relaciones agrarias.

¿Y acaso puede alguien negar que en la actualidad debemos presentarnos ante el campesinado precisamente con el máximo de transformaciones democrático-burguesas? ¿Acaso se puede todavía no ver la conexión entre el radicalismo de las reivindicaciones agrarias del campesino (abolición de la propiedad privada sobre la tierra) y el radicalismo de sus reivindicaciones políticas (república, etc.)?

No, la posición de los socialdemócratas en la cuestión agraria, en la actualidad, cuando se trata de llevar hasta el fin la revolución democrática, solo puede ser la siguiente: contra la propiedad terrateniente, por la propiedad campesina bajo la existencia de la propiedad privada de la tierra en general. Contra la propiedad privada de la tierra, por la nacionalización de la tierra bajo determinadas condiciones políticas.

Aquí nos aproximamos al tercer tipo de concepciones: a la «zemstvolización» o «provincialización» de X, Máslov y otros. Contra Máslov hay que repetir aquí en parte lo mismo que decía yo en 1903 contra X, a saber: que da «una formulación empeorada y contradictoria de la reivindicación de la nacionalización de la tierra» {Lenin. «Respuesta a X», pág. 42) [39]. «La entrega de la tierra – escribía yo en ese mismo lugar – (en términos generales) es deseable en manos del Estado democrático, y no de pequeñas organizaciones sociales (como el zemstvo actual o futuro)».

¿Qué propone Máslov? Propone una mezcolanza de nacionalización más zemstvolización, más propiedad privada de la tierra, sin ninguna indicación sobre las distintas condiciones políticas bajo las cuales al proletariado le resulta ventajosa (comparativamente) uno u otro sistema de ordenamiento de la tierra. En efecto, en el punto 3 de su proyecto, Máslov exige la «confiscación» de las tierras eclesiásticas y otras, con «su entrega a la posesión del Estado democrático». Esta es la forma pura de la nacionalización. Cabe preguntar: ¿por qué no se estipulan las condiciones políticas que hacen inocua la nacionalización en la sociedad burguesa? ¿Por qué aquí, en lugar de la nacionalización, no se propone la zemstvolización? ¿Por qué se ha elegido una formulación que excluye la venta de las tierras confiscadas?[40] A todas estas preguntas, Máslov no tiene respuesta.

Al proponer la nacionalización de las tierras eclesiásticas, monásticas y de la corona y, al mismo tiempo, polemizar contra la nacionalización en general, Máslov se derrota a sí mismo. Sus argumentos contra la nacionalización son, en parte, incompletos e inexactos, y en parte totalmente débiles. Primer argumento: la nacionalización atenta contra la autodeterminación de las nacionalidades. No se puede desde Petersburgo disponer del territorio de Transcaucasia. – Esto no es un argumento, sino un completo malentendido. En primer lugar, el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación está reconocido por nuestro programa, y, por consiguiente, Transcaucasia «está en su derecho» de autodeterminarse, separándose de Petersburgo. ¡Pues Máslov no objeta contra el sufragio universal de cuatro colas{125} sobre la base de que «Transcaucasia» puede no estar de acuerdo! En segundo lugar, el amplio autogobierno local y regional está reconocido en general por nuestro programa, y, por consiguiente, ¡hablar de que «la burocracia petersburguesa disponga de la tierra de los montañeses» (Máslov, pág. 22) es sencillamente ridículo! En tercer lugar, la ley sobre la «zemstvolización» de las tierras transcaucásicas tendrá que ser promulgada de todos modos por la asamblea constituyente de Petersburgo, ¡pues Máslov no quiere conceder a ninguna periferia la libertad de conservar la propiedad terrateniente! Por lo tanto, todo el argumento de Máslov se viene abajo.

Segundo argumento: «La nacionalización de la tierra supone la entrega de todas las tierras en manos del Estado. Pero ¿acaso los campesinos, especialmente los campesinos parcelarios, aceptarán ceder sus tierras voluntariamente a alguien?» (Máslov, pág. 20).

En primer lugar, Máslov juega con las palabras o confunde los conceptos. La nacionalización significa la transferencia del derecho de propiedad sobre la tierra —del derecho a percibir renta—, y no de la tierra misma en absoluto. La nacionalización no significa en modo alguno una cesión no voluntaria de las tierras por todos los campesinos a quien sea. Aclaremos esto a Máslov con un ejemplo. La revolución socialista significa la transferencia no solo de la propiedad de la tierra, sino de la tierra misma, como objeto de explotación, a manos de toda la sociedad. ¿Significa esto que los socialistas quieren arrebatar sus tierras a los pequeños campesinos contra su voluntad? No, ningún socialista razonable ha propuesto jamás semejante estupidez.

¿Considera alguien necesario estipular esto en particular en el programa socialista, donde se habla de la sustitución de la propiedad privada de la tierra por la propiedad social? No, ningún partido socialdemócrata hace tal estipulación. Tanto menos tenemos nosotros fundamentos para inventar horrores imaginarios respecto a la nacionalización. La nacionalización es la entrega de la renta al Estado. Los campesinos, en la mayoría de los casos, no perciben renta alguna de la tierra. Por consiguiente, con la nacionalización no tendrán que pagar nada, y el Estado democrático-campesino (tácitamente supuesto por Máslov con su zemstvolización y no definido con precisión por él) introducirá además un impuesto progresivo sobre la renta y reducirá los pagos de los pequeños propietarios. La nacionalización facilitará la movilización de las tierras, pero no significa, en modo alguno, el despojo de la tierra a los pequeños campesinos contra su voluntad.

En segundo lugar, si se argumenta contra la nacionalización desde el punto de vista del «consentimiento voluntario» de los campesinos parcelarios, preguntaremos a Máslov: ¿aceptarán «voluntariamente» los mujiks-propietarios que las mejores tierras, precisamente las de los terratenientes, las eclesiásticas y las de la corona, se las entregue solo en arriendo ese «Estado democrático» en el que los campesinos serán fuerza? Pues ¿qué significa esto?: las tierras malas, las de adjudicación — aquí tienes la propiedad, y las buenas, las de los terratenientes — arréndalas. El pan negro tómalo gratis, y por el blanco paga dineritos. Jamás aceptarán esto los campesinos. Una de dos, camarada Máslov: o las relaciones económicas provocan la necesidad de la propiedad privada y esta es ventajosa —entonces hay que hablar del reparto de las tierras de los terratenientes o de la confiscación en general. O bien es posible y ventajosa la nacionalización de toda la tierra —y entonces no hay necesidad de hacer forzosamente una excepción especial para los campesinos. La combinación de la nacionalización con la provincialización, y de la provincialización con la propiedad privada es simplemente una confusión. Se puede apostar a que, con la victoria más completa de la revolución democrática, semejante medida nunca podría ser llevada a la práctica.

III. El error principal del camarada Máslov

Aquí es necesario detenerse en una consideración más, que se desprende de lo anterior pero requiere un examen más detenido. Acabamos de decir que se puede apostar a la irrealizabilidad del programa de Máslov incluso con la victoria más completa de la revolución democrática. En términos generales, la «irrealizabilidad» de ciertas reivindicaciones del programa, en el sentido de la improbabilidad de su ejecución en la situación dada o en el futuro próximo, no puede considerarse un argumento contra dichas reivindicaciones. K. Kautsky lo señaló de manera extraordinariamente nítida en su artículo contra Rosa Luxemburgo sobre la cuestión de la independencia de Polonia[41]. R. Luxemburgo hablaba de la «irrealizabilidad» de esa independencia, y K. Kautsky objetaba que no se trata de la «realizabilidad» en el sentido señalado, sino de la correspondencia de cierta reivindicación con la dirección general del desarrollo de la sociedad o con la situación económica y política general en todo el mundo civilizado.

Tomad, por ejemplo, la reivindicación del programa socialdemócrata alemán sobre la elección de todos los funcionarios por el pueblo, decía Kautsky. Por supuesto, esta reivindicación es «irrealizable» desde el punto de vista de la situación actual de las cosas en Alemania. Pero no obstante, esta reivindicación es completamente correcta y necesaria, pues constituye una parte integrante indisoluble de la revolución democrática consecuente, hacia la que marcha todo el desarrollo social y que la socialdemocracia persigue como condición del socialismo y como elemento constitutivo necesario de la superestructura política del socialismo.

Por eso, al hablar de la irrealizabilidad del programa de Maslov, subrayamos las palabras: con la victoria más completa de la revolución democrática. No decimos en absoluto que el programa de Maslov sea irrealizable desde el punto de vista de las relaciones y condiciones políticas actuales. No. Afirmamos que precisamente en caso de un viraje democrático completo y consecuente hasta el fin, es decir, precisamente en condiciones políticas que serán las más alejadas de las actuales y las más favorables a las reformas agrarias radicales, precisamente en esas condiciones el programa de Maslov es irrealizable, no por ser, por así decirlo, demasiado grande, sino por ser demasiado pequeño desde el punto de vista de estas condiciones. En otras palabras: si no se llega a la victoria completa de la revolución democrática, no se podrá hablar en serio de ninguna destrucción de la propiedad terrateniente, de ninguna confiscación de las tierras del patrimonio imperial, etc., de ninguna municipalización, etc. Por el contrario, si se llega a la victoria completa de la revolución democrática, el viraje no podrá limitarse a la mera municipalización de una parte de las tierras. El viraje que barre toda la propiedad terrateniente (y precisamente tal viraje es el que presuponen tanto Maslov como todos los partidarios del reparto o de la confiscación de las fincas de los terratenientes) exige una energía y un ímpetu revolucionarios que alcancen un grado jamás visto en la historia. Suponer la posibilidad de tal viraje sin la confiscación de la propiedad terrateniente (en su proyecto de programa, Maslov habla solo de «enajenación», no de confiscación), sin la más amplia difusión en el «pueblo» de la idea de la nacionalización de toda la tierra, sin la creación de las formas políticamente más avanzadas del democratismo, significa suponer un absurdo. Todas las facetas de la vida social están estrechamente vinculadas entre sí y subordinadas, en última instancia, a las relaciones de producción. La medida radical de eliminar la propiedad terrateniente es inconcebible sin un cambio radical de las formas estatales (y este cambio, con la reforma económica dada, solo es posible en la dirección del democratismo), es inconcebible sin que el pensamiento «popular» y campesino, que exige la eliminación de la mayor variedad de la propiedad privada de la tierra, no se alce contra la propiedad privada de la tierra en general. En otras palabras: un viraje tan resuelto como la eliminación de la propiedad terrateniente, en sí mismo, imprime inevitablemente el más poderoso impulso adelante a todo el desarrollo social, económico y político. El socialista que coloca en el orden del día la cuestión de tal viraje, necesariamente debe meditar también las cuestiones nuevas que de él se desprenden, debe examinar este viraje no solo desde el punto de vista de su pasado, sino también desde el punto de vista de su porvenir.

Pues bien, precisamente desde este punto de vista es particularmente insatisfactorio el proyecto del camarada Maslov. Este proyecto formula de manera errónea, en primer lugar, las consignas que ahora, hoy e inmediatamente deben encender, fortalecer, difundir y «organizar» la revolución agraria: tales consignas solo pueden ser la confiscación de todas las tierras de los terratenientes y la creación, con este fin, de comités campesinos, como la única forma adecuada de órganos de poder local, cercano al pueblo y fuerte, revolucionario. Este proyecto, en segundo lugar, es erróneo porque no indica con precisión aquellas condiciones políticas sin las cuales la «municipalización» es una medida no solo no forzosamente útil, sino incluso seguramente perjudicial para el proletariado y el campesinado; en concreto, no da ninguna definición precisa e inequívoca del concepto: «Estado democrático». Este proyecto, en tercer lugar —y esta es una de sus deficiencias más sustanciales y más raramente advertidas—, no examina el actual viraje agrario desde el punto de vista de su porvenir, no señala las tareas que se desprenden inmediatamente de este viraje, adolece de una incongruencia entre las premisas económicas y políticas sobre las cuales se ha construido.

En efecto, examinemos con mayor atención el más fuerte (tercer) argumento con que se puede defender el proyecto de Maslov. Este argumento reza así: la nacionalización reforzará el poder del Estado burgués, mientras que los órganos municipales y locales en general de tal Estado suelen ser más democráticos, no están cargados con los gastos del ejército, no cumplen directamente las tareas de la opresión policíaca del proletariado, etc., etc. Es fácil ver que este argumento presupone un Estado no plenamente democrático, precisamente uno en el que precisamente el punto más importante, el poder central, conserva la mayor cercanía a los viejos órdenes militar-burocráticos, en el que las instituciones locales, siendo secundarias y subordinadas, son mejores, más democráticas que las instituciones centrales; es decir, este argumento presupone un viraje democrático no llevado hasta el fin. Este argumento presupone tácitamente algo intermedio entre la Rusia de la época de Alejandro III, cuando los zemstvos eran mejores que las instituciones centrales, y la Francia de la época de la «república sin republicanos», cuando la burguesía reaccionaria, atemorizada por el fortalecimiento del proletariado, creó una «república monárquica» antídemocrática, con instituciones centrales mucho peores que las locales, menos democráticas, más imbuidas del espíritu del militarismo, del burocratismo y del policialismo. El proyecto de Maslov, en el fondo, presupone tácitamente que las reivindicaciones de nuestro programa político mínimo no han sido realizadas por completo, que la autocracia del pueblo no está asegurada, que el ejército permanente no ha sido suprimido, que la elegibilidad de los funcionarios no ha sido introducida, etc.; en otras palabras: que nuestra revolución democrática no ha llegado a su fin, al igual que la mayor parte de las revoluciones democráticas europeas, que ha sido igualmente mutilada, desnaturalizada, «devuelta atrás», como todas estas últimas. El proyecto de Maslov está especialmente adaptado a un viraje democrático a medias, inconsecuente, incompleto o mutilado y «neutralizado» por la reacción[42].

Precisamente esta circunstancia es la que hace que el proyecto de Maslov sea completamente artificial, mecánico, irrealizable en el significado anteriormente señalado de esta palabra, internamente contradictorio e inconsistente, y, por último, unilateral (pues la transición desde el viraje democrático se concibe solo hacia la reacción burguesa antídemocrática, y no hacia la lucha agudizada del proletariado por el socialismo).

Es absolutamente inadmisible presuponer tácitamente que el viraje democrático no ha sido llevado hasta el fin, que no han sido realizadas las reivindicaciones esenciales de nuestro programa político mínimo. Tal cosa no debe ser silenciada, sino señalada con toda precisión. Si Maslov quisiera ser consecuente consigo mismo, si quisiera eliminar todo elemento de reticencia, de falsedad interna en su proyecto, entonces debería decir: puesto que el Estado que surgirá entre nosotros del actual viraje será, «probablemente», muy poco democrático, es mejor no reforzar su poder con la nacionalización, sino limitarse a la zemstvización, pues los zemstvos, «hay que suponer», serán mejores y más democráticos que las instituciones estatales centrales. Tal es, y solo tal, la premisa tácita del proyecto de Maslov. Por consiguiente, cuando en su proyecto emplea la expresión «Estado democrático» (punto 3) y, además, sin ninguna reserva, está diciendo una grandísima mentira, está induciendo a error a sí mismo, al proletariado y a todo el pueblo, porque en realidad él «ajusta» su proyecto precisamente a un Estado no democrático, a un Estado reaccionario surgido de un democratismo no llevado hasta el fin o «arrebatado» por la reacción.

Si esto es así —y sin duda lo es—, se hace evidente toda la artificialidad y lo «inventado» del proyecto de Máslov. En efecto, si suponemos un Estado con un poder central más reaccionario que los poderes locales, un Estado parecido a la tercera república francesa sin republicanos, resulta directamente ridículo admitir la idea de la posibilidad de suprimir la propiedad terrateniente bajo semejante Estado, o siquiera de mantener en él la supresión de la propiedad terrateniente conseguida por el empuje revolucionario. Cualquier Estado de este tipo, en la parte del mundo llamada Europa, en el siglo que lleva el nombre de XX, tendría que, inevitablemente, en virtud de la lógica objetiva de la lucha de clases, empezar por defender la propiedad terrateniente o por restaurarla, si en parte ya ha sido destruida. Pues todo el sentido, el sentido objetivo, de todo Estado semidemocrático de esa clase, pero en realidad reaccionario, consiste en defender las bases fundamentales del poder burgués-terrateniente y burocrático, sacrificando únicamente las prerrogativas menos esenciales. Pues la coexistencia en semejantes Estados de un poder central reaccionario y de instituciones locales relativamente «democráticas», zemstvos, administraciones municipales, etc., se explica única y exclusivamente por el hecho de que esas instituciones locales se ocupan de actividades inofensivas para el Estado burgués, como «el estañado de lavabos», el abastecimiento de agua, los tranvías eléctricos y otras medidas semejantes, incapaces de socavar los fundamentos de lo que se llama «el orden social existente». Sería una ingenuidad infantil extender las observaciones hechas sobre la actividad de los zemstvos en materia de abastecimiento de agua y alumbrado a la posible «actividad» de estos en la supresión de la propiedad terrateniente. Sería como si un ayuntamiento de una perdida ciudad francesa al estilo de Poshejonia{126}, elegido enteramente entre socialdemócratas, pretendiera «municipalizar» en toda Francia la propiedad privada sobre el suelo edificado con construcciones privadas. La cuestión es, precisamente, que una medida que suprime la propiedad terrateniente difiere un poquitín por su carácter de las medidas para mejorar el abastecimiento de agua, el alumbrado, el alcantarillado, etc. La cuestión es, precisamente, que la primera «medida» «afecta» del modo más audaz los fundamentos básicos de todo el «orden social existente», los sacude y socava con una fuerza gigantesca, y facilita, en proporciones nunca vistas en la historia, el empuje del proletariado contra todo el régimen burgués. Sí, en este caso todo Estado burgués deberá preocuparse ante todo y sobre todo de preservar las bases de la dominación burguesa: todos los derechos y privilegios en materia de estañado autónomo de lavabos serán aniquilados en un instante, toda la municipalización se irá al diablo de inmediato, cualquier sombra de democratismo en las instituciones locales será extirpada mediante «expediciones punitivas», desde el momento en que sean afectados los intereses fundamentales del Estado burgués-terrateniente. Suponer con aire inocente una autonomía municipal-democrática bajo un poder central reaccionario y extender esa «autonomía» a la supresión de la propiedad terrateniente, significa dar muestras inigualables de evidentes incongruencias o de una infinita ingenuidad política.

IV. Tareas de nuestro programa agrario

La cuestión del programa agrario del POSDR se esclarecería considerablemente si intentásemos exponer dicho programa en forma de consejos simples y claros que la socialdemocracia debe dar al proletariado y al campesinado en la época de la revolución democrática.

El primer consejo será inevitablemente este: dirigir todos los esfuerzos hacia la victoria completa de la insurrección campesina. Sin tal victoria, no se puede ni siquiera hablar seriamente de «arrebatar las tierras» a los terratenientes ni de crear un Estado verdaderamente democrático. Y la consigna que llame a los campesinos a la insurrección no puede ser sino una: la confiscación de todas las tierras de los terratenientes (de ningún modo la enajenación en general o la expropiación en general, que dejan en la penumbra la cuestión del rescate) y, sin falta, la confiscación por los comités campesinos, hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente.

Cualquier otro consejo (incluida la consigna de «enajenación» que plantea Máslov y toda su municipalización) es un llamamiento a resolver la cuestión no mediante la insurrección, sino mediante un trato con los terratenientes, un trato con el poder central reaccionario; es un llamamiento a resolver la cuestión no por la vía revolucionaria, sino por la vía burocrática, pues hasta las organizaciones regionales y zemstvos más democráticos no pueden dejar de ser burocráticos en comparación con los comités campesinos revolucionarios, que deben, allí mismo, sobre el terreno, ajustar cuentas inmediatamente con los terratenientes y conquistar los derechos que están sujetos a la sanción de la Asamblea Constituyente de todo el pueblo.

El segundo consejo será inevitablemente este: sin una democratización plena del régimen político, sin la república y sin asegurar de hecho la autocracia del pueblo, no hay ni que pensar en conservar las conquistas de la insurrección campesina ni en dar un solo paso adelante. Este consejo nuestro a los obreros y a los campesinos debemos formularlo de un modo particularmente nítido y preciso, para que no sean posibles ninguna duda, ninguna ambigüedad, ninguna tergiversación, ninguna tácita aceptación de un absurdo como la posibilidad de suprimir la propiedad terrateniente bajo un poder central reaccionario. Por eso, al poner enérgicamente en primer plano nuestros consejos políticos, debemos decir al campesino: una vez tomada la tierra, tienes que ir adelante, de lo contrario serás inevitablemente derrotado y arrojado hacia atrás por los terratenientes y por la gran burguesía. No se puede tomar la tierra y conservarla sin nuevas conquistas políticas, sin asestar un nuevo golpe, y aún más contundente, a toda la propiedad privada sobre la tierra en general. En política, como en toda la vida social, no ir adelante significa ser arrojado hacia atrás. O bien la burguesía, fortalecida después de la revolución democrática (la cual, por su naturaleza, fortalece a la burguesía), arrebata todas las conquistas tanto de los obreros como de las masas campesinas, o bien el proletariado y las masas campesinas se abren paso hacia adelante. Y esto significa la república y la plena autocracia del pueblo. Esto significa: bajo la condición de la conquista de la república, la nacionalización de toda la tierra, como máximo posible de la revolución democrático-burguesa, como paso natural y necesario hacia adelante, desde la victoria del democratismo burgués hacia el comienzo de la verdadera lucha por el socialismo.

Tercer y último consejo: organizaos por separado, proletarios y semiproletarios de la ciudad y del campo. No confiéis en ningún pequeño propietario, aunque sea pequeño, aunque sea «trabajador». No os dejéis seducir por la pequeña hacienda con la subsistencia de la producción mercantil. Cuanto más se acerque la victoria de la insurrección campesina, tanto más cercano estará el giro de los campesinos propietarios contra el proletariado, tanto más necesaria será la organización proletaria independiente, con tanta mayor energía, insistencia, decisión y más alto debemos llamar a la revolución socialista completa. Apoyamos el movimiento campesino hasta el fin, pero debemos recordar que es el movimiento de otra clase, no de aquella que puede realizar y realizará la revolución socialista. Por eso dejamos de lado la cuestión de qué hacer con la tierra en el sentido de su distribución como objeto de hacienda; esta cuestión pueden resolverla, en la sociedad burguesa, y la resolverán solo los propietarios y los pequeños propietarios. A nosotros nos interesa enteramente (y después de la victoria de la insurrección campesina, casi exclusivamente) la cuestión: ¿qué debe hacer el proletariado rural? Nos ocupamos y nos ocuparemos, principalmente, de esta cuestión, dejando a los ideólogos de la pequeña burguesía inventar la igualación del uso de la tierra y todo lo semejante. Responderemos a esta cuestión, cuestión fundamental de la nueva Rusia democrático-burguesa: el proletariado rural debe organizarse de modo independiente junto con el urbano para luchar por la revolución socialista completa.

En consecuencia, nuestro programa agrario debe constar de tres partes fundamentales: en primer lugar, la formulación del llamamiento más decidido al embate revolucionario del campesinado contra la propiedad terrateniente; en segundo lugar, la indicación precisa del siguiente paso que el movimiento puede y debe dar para consolidar las conquistas campesinas y para pasar de la victoria de la democracia a la lucha directa del proletariado por el socialismo; en tercer lugar, la indicación de las tareas clasistas proletarias del partido, las cuales nos apremian con tanta mayor urgencia y exigen su planteamiento claro con tanta mayor insistencia, cuanto más cercana esté la victoria de la insurrección campesina.

El programa de Máslov no resuelve ni una sola de esas tareas fundamentales que ahora debe resolver el partido POSDR: no ofrece una consigna que ya mismo, de inmediato, en la época del Estado más antidemocrático, oriente el movimiento campesino hacia la victoria; no da una definición precisa de las transformaciones políticas necesarias para culminar y consolidar las transformaciones agrarias; no señala las medidas imprescindibles en el terreno de la reforma agraria bajo la condición del democratismo más completo y consecuente; no caracteriza la posición proletaria de nuestro partido respecto a todas las transformaciones democrático-burguesas. Este programa no define ni las condiciones del «primer paso» ni las tareas del «segundo paso», sino que lo amontona todo en un solo revoltijo, comenzando por la entrega de las tierras de la familia imperial a un «Estado democrático» inexistente y continuando con la entrega de las tierras de los terratenientes a municipios democráticos por temor al carácter no democrático del poder central. No revolucionario por su significado práctico en el momento actual, construido sobre la suposición de un acuerdo completamente artificial y del todo improbable con un poder central semirreaccionario, este programa no puede proporcionar orientación al partido obrero en ninguno de los caminos posibles y concebibles de desarrollo de la revolución democrática en Rusia.

Resumamos: el único programa acertado bajo la condición de la revolución democrática será el siguiente: debemos exigir de inmediato la confiscación de las tierras de los terratenientes y la creación de comités campesinos[43], sin rodear esta exigencia de reserva restrictiva alguna. Tal exigencia es revolucionaria y ventajosa desde el punto de vista tanto del proletariado como del campesinado en todas las condiciones, incluso las peores. Tal exigencia acarrea inevitablemente el hundimiento del Estado policíaco y el fortalecimiento del democratismo.

Pero no podemos limitarnos a la confiscación. En la época de la revolución democrática y de la insurrección campesina, bajo ningún concepto podemos rechazar categóricamente la nacionalización de la tierra. Solamente es necesario condicionar esta exigencia con una indicación completamente precisa de determinadas condiciones políticas, sin las cuales la nacionalización podría perjudicar al proletariado y al campesinado.

Un programa semejante será completo e integral. Dará el máximo absoluto de lo que es concebible en general en toda revolución democrático-burguesa. No atará las manos de la socialdemocracia, admitiendo tanto el reparto como la nacionalización según las diferentes coyunturas políticas. No introducirá en ningún caso discordia entre el campesinado y el proletariado como luchadores por el democratismo[44]. Pondrá en primer plano, ahora y de inmediato, bajo condiciones políticas de autocracia policíaca, consignas absolutamente revolucionarias y que revolucionizan esas condiciones, planteando también las reivindicaciones ulteriores bajo la condición de la victoria completa de la revolución democrática, es decir, bajo la condición de tal estado de cosas en que la culminación de la revolución democrática abra nuevas perspectivas y nuevas tareas.

La indicación precisa de la posición proletaria específica de nuestro partido en toda la revolución democrática agraria es absolutamente necesaria en el programa. No hay por qué cohibirse de que tal indicación tenga cabida en una resolución táctica, ni de que esto sea una repetición de la parte general del programa.

En aras de la claridad de nuestra posición y de su esclarecimiento ante las masas, vale la pena sacrificar el esquema armonioso de división de los temas en programáticos y tácticos.

El respectivo proyecto de programa agrario, elaborado por la mayoría de la «comisión agraria» (dicha comisión fue designada por el Comité Central Unificado del POSDR para redactar el proyecto de un nuevo programa agrario), es el que proponemos.

V. Proyecto de programa agrario

Con el fin de eliminar los vestigios del régimen de servidumbre, que pesan gravemente y de manera directa sobre los campesinos, y en interés del libre desarrollo de la lucha de clases en el campo, el partido exige:

1) la confiscación de todas las tierras eclesiásticas, monásticas, de la familia imperial, del Estado, del gabinete y de los terratenientes;

2) la creación de comités campesinos para la inmediata supresión de todos los vestigios del poder terrateniente y de los privilegios de los terratenientes, y para la disposición efectiva de las tierras confiscadas en tanto la Asamblea Constituyente de todo el pueblo establezca un nuevo régimen agrario;

3) la abolición de todos los impuestos y gravámenes que actualmente recaen sobre el campesinado como estamento fiscal;

4) la derogación de todas las leyes que coartan al campesino en la disposición de su tierra;

5) el otorgamiento a los tribunales populares electos del derecho de reducir los arriendos exorbitantemente elevados y de declarar nulos los contratos que tengan un carácter de servidumbre.

Pero si la victoria decisiva de la revolución actual en Rusia asegura plenamente la autocracia del pueblo, es decir, crea la república y un régimen estatal plenamente democrático, el partido se empeñará[45] en conseguir la abolición de la propiedad privada sobre la tierra y la transferencia de todas las tierras a la propiedad común de todo el pueblo.

En todos los casos y bajo cualquier situación de las transformaciones democráticas agrarias, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia se plantea como su tarea la de luchar de manera consecuente por la organización clasista independiente del proletariado rural, explicarle la oposición irreconciliable de sus intereses con los intereses de la burguesía campesina, precaverlo contra la seducción del sistema de la pequeña explotación, que bajo la existencia de la producción mercantil jamás estará en condiciones de eliminar la miseria de las masas, y, por último, señalar la necesidad de la revolución socialista completa como único medio para eliminar toda miseria y toda explotación.