«Todo gobierno provisional, después de una revolución —escribía la Nueva Gaceta del Rin el 14 de septiembre de 1848—, exige una dictadura, y además una dictadura enérgica. Desde el primer momento le reprochamos a Camphausen (jefe del ministerio después del 18 de marzo de 1848) que no actuara dictatorialmente, que no destrozara y eliminara inmediatamente los restos de las viejas instituciones. Y mientras el señor Camphausen se adormecía con ilusiones constitucionales, el partido vencido (es decir, el partido de la reacción) fortaleció sus posiciones en la burocracia y en el ejército y hasta empezó a atreverse, aquí y allá, a librar una lucha abierta»{49}.

En estas palabras —dice Mehring con razón— se resume, en pocas tesis, lo que la Nueva Gaceta del Rin desarrolló detalladamente en largos artículos sobre el ministerio Camphausen. ¿Qué nos dicen estas palabras de Marx? Que un gobierno revolucionario provisional debe actuar dictatorialmente (tesis que la Iskra no podía comprender en modo alguno, rehuyendo la consigna de dictadura); — que la tarea de esta dictadura es la destrucción de los restos de las viejas instituciones (precisamente lo que se indica claramente en la resolución del III Congreso del POSDR sobre la lucha contra la contrarrevolución, y lo que se omite en la resolución de la conferencia, como mostramos más arriba). Por último, en tercer lugar, de estas palabras se desprende que Marx fustigaba a los demócratas burgueses por sus «ilusiones constitucionales» en la época de la revolución y de la guerra civil abierta. El sentido de estas palabras se ve con particular claridad en un artículo de la Nueva Gaceta del Rin del 6 de junio de 1848. «La Asamblea Nacional Constituyente —escribía Marx— debe ser ante todo una asamblea activa, revolucionariamente activa. En cambio, la Asamblea de Francfort se dedica a ejercicios escolares de parlamentarismo y deja actuar al gobierno. Supongamos que este docto concilio lograse, tras madura deliberación, elaborar el mejor orden del día y la mejor constitución. ¿De qué servirá el mejor orden del día y la mejor constitución si, mientras tanto, los gobiernos alemanes ya han puesto la bayoneta en el orden del día?»{50}.

He aquí el sentido de la consigna: dictadura. De aquí se puede ver cómo habría reaccionado Marx ante las resoluciones que llaman «decisión de organizar una asamblea constituyente» una victoria decisiva o que invitan a «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema».

Las grandes cuestiones en la vida de los pueblos se resuelven sólo por la fuerza. Las propias clases reaccionarias suelen recurrir las primeras a la violencia, a la guerra civil, «ponen la bayoneta en el orden del día», como lo hizo la autocracia rusa y como lo sigue haciendo de manera sistemática e inquebrantable, en todas partes y en todo momento, desde el 9 de enero. Y una vez que se ha creado esta situación, una vez que la bayoneta se ha puesto realmente a la cabeza del orden del día político, una vez que la insurrección se ha hecho necesaria e impostergable, entonces las ilusiones constitucionales y los ejercicios escolares de parlamentarismo se convierten sólo en una pantalla de la traición burguesa a la revolución, en una pantalla de cómo la burguesía «se aparta» de la revolución. La clase auténticamente revolucionaria debe entonces precisamente lanzar la consigna de dictadura.

Sobre las tareas de esta dictadura, Marx escribía también en la Nueva Gaceta del Rin: «La Asamblea Nacional debería haber actuado dictatorialmente contra las veleidades reaccionarias de los gobiernos caducos, y entonces habría conquistado tal fuerza en la opinión popular, contra la cual se habrían roto todas las bayonetas... Pero esta asamblea cansa al pueblo alemán con palabras aburridas, en lugar de arrastrarlo consigo o ser arrastrada por él»{51}. La Asamblea Nacional debería, según Marx, «eliminar del régimen realmente existente en Alemania todo lo que contradijera el principio de la soberanía popular», luego «consolidar el terreno revolucionario sobre el cual se asienta, asegurar la soberanía popular conquistada por la revolución contra todos los ataques»{52}.

Por consiguiente, por su contenido, las tareas que Marx planteaba en 1848 al gobierno revolucionario o dictadura se reducían ante todo a la transformación democrática: defensa contra la contrarrevolución y eliminación efectiva de todo lo que contradijera la soberanía popular. Esto no es otra cosa que la dictadura democrático-revolucionaria.

Ahora sigamos: ¿qué clases podían y debían, según Marx, realizar esta tarea (llevar a cabo hasta el fin el principio de la soberanía popular y rechazar los ataques de la contrarrevolución)? Marx habla del «pueblo». Pero sabemos que contra las ilusiones pequeñoburguesas sobre la unidad del «pueblo», sobre la ausencia de lucha de clases dentro del pueblo, él luchó siempre implacablemente. Al emplear la palabra «pueblo», Marx no borraba con ella las diferencias de clase, sino que unía determinados elementos capaces de llevar la revolución hasta el fin.

Después de la victoria del proletariado berlinés el 18 de marzo, —escribía la Nueva Gaceta del Rin—, los resultados de la revolución resultaron duplicados: «Por un lado, el armamento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía popular conquistada de hecho; por otro lado, la conservación de la monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann, es decir, un gobierno de representantes de la gran burguesía. De este modo, la revolución tuvo dos tipos de resultados, que inevitablemente tenían que llegar a una ruptura. El pueblo venció; conquistó libertades de carácter decididamente democrático, pero la dominación directa no pasó a sus manos, sino a las manos de la gran burguesía. En una palabra, la revolución no fue llevada hasta el fin. El pueblo dejó que los representantes de la gran burguesía formaran el ministerio, y estos representantes de la gran burguesía demostraron sus aspiraciones inmediatamente al proponer una alianza a la vieja nobleza prusiana y a la burocracia. Entraron en el ministerio Arnim, Kanitz y Schwerin.

La gran burguesía, antirrevolucionaria desde el principio, concertó una alianza defensiva y ofensiva con la reacción por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y a la burguesía democrática» (las cursivas son nuestras){53}.

Así pues, no solo la «decisión de organizar una asamblea constituyente» es insuficiente aún para la victoria decisiva de la revolución, ¡sino incluso su convocatoria efectiva! Incluso después de una victoria parcial en la lucha armada (la victoria de los obreros berlineses sobre la tropa el 18 de marzo de 1848) es posible una revolución «inacabada», «no llevada hasta el fin». ¿De qué depende que se la lleve hasta el fin? De en qué manos pase la dominación directa: en las de los Petrunkevich y los Rodichev, es decir, los Camphausen y los Hansemann, o en las del pueblo, es decir, los obreros y la burguesía democrática. En el primer caso, la burguesía tendrá el poder, y el proletariado, la «libertad de crítica», la libertad de «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema». La burguesía, inmediatamente después de la victoria, concertará una alianza con la reacción (esto se habría producido inevitablemente también en Rusia si, por ejemplo, los obreros de Petersburgo hubieran obtenido solo una victoria parcial en el combate callejero con las tropas y hubieran dejado la formación del gobierno a los señores Petrunkevich y Cía). En el segundo caso, sería posible una dictadura democrático-revolucionaria, es decir, la victoria completa de la revolución.

Quédanos por precisar mejor qué entendía Marx concretamente por «burguesía democrática» (demokratische Bürgerschaft), a la que, junto con los obreros, llamaba pueblo en contraposición a la gran burguesía.

Una respuesta clara a esta pregunta la da el siguiente pasaje de un artículo de la Nueva Gaceta del Rin del 29 de julio de 1848: «...La revolución alemana de 1848 no es más que una parodia de la Revolución francesa de 1789.

El 4 de agosto de 1789, tres semanas después de la toma de la Bastilla, el pueblo francés, en un solo día, venció todas las cargas feudales.

El 11 de julio de 1848, cuatro meses después de las barricadas de marzo, las cargas feudales vencieron al pueblo alemán. Teste Gierke cum Hansemanno[47].

La burguesía francesa de 1789 no abandonó ni por un minuto a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la destrucción del feudalismo en el campo, la creación de una clase de campesinos libres, terratenientes (grundbesitzenden).

La burguesía alemana de 1848 traiciona sin el menor remordimiento a los campesinos, sus más naturales aliados, que son carne de su carne y sin los cuales es impotente frente a la nobleza.

La conservación de los derechos feudales, su sanción bajo la forma de un rescate (ilusorio): tal es el resultado de la revolución alemana de 1848. La montaña parió un ratón»{54}.

Este es un pasaje muy instructivo que nos proporciona cuatro tesis importantes: 1) La revolución alemana inacabada se diferencia de la francesa acabada en que la burguesía traicionó no solo al democratismo en general, sino también, en particular, al campesinado. 2) La base de la realización plena de la transformación democrática es la creación de una clase libre de campesinos. 3) La creación de tal clase es la abolición de las cargas feudales, la destrucción del feudalismo, y en modo alguno es aún una transformación socialista. 4) Los campesinos son los aliados «más naturales» de la burguesía, precisamente de la burguesía democrática, sin los cuales ella es «impotente» frente a la reacción.

Con las correspondientes modificaciones de las particularidades nacionales concretas, sustituyendo el feudalismo por la servidumbre, todas estas tesis son enteramente aplicables a la Rusia de 1905. Es indudable que, extrayendo lecciones de la experiencia de Alemania, iluminada por Marx, no podemos llegar a ninguna otra consigna de victoria decisiva de la revolución que no sea: dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Es indudable que los principales componentes de aquel «pueblo» que Marx contraponía en 1848 a la reacción resistente y a la burguesía traidora son el proletariado y el campesinado. Es indudable que también entre nosotros, en Rusia, la burguesía liberal y los señores del partido de la Liberación traicionan y traicionarán al campesinado, es decir, se zafarán con una seudorreforma, se pondrán del lado de los terratenientes en la lucha decisiva entre estos y el campesinado. Sólo el proletariado es capaz de apoyar al campesinado hasta el fin en esta lucha. Es indudable, por último, que también entre nosotros, en Rusia, el éxito de la lucha campesina, es decir, el paso de toda la tierra al campesinado, significará una transformación democrática completa, siendo el apoyo social de la revolución llevada hasta el fin, pero de ningún modo una transformación socialista ni la «socialización» de la que hablan los ideólogos de la pequeña burguesía, los socialistas-revolucionarios. El éxito de la insurrección campesina, la victoria de la revolución democrática, solo despejará el camino para una verdadera y decidida lucha por el socialismo sobre el terreno de la república democrática. El campesinado, en cuanto clase terrateniente, desempeñará en esta lucha el mismo papel traidor e inestable que desempeña hoy la burguesía en la lucha por la democracia. Olvidar esto significa olvidar el socialismo, engañarse a sí mismo y a otros acerca de los verdaderos intereses y tareas del proletariado.

Para no dejar un vacío en la descripción de las opiniones de Marx en 1848, es necesario señalar una diferencia esencial entre la socialdemocracia alemana de entonces (o el partido comunista del proletariado, hablando en el lenguaje de la época) y la socialdemocracia rusa actual. Cedamos la palabra a Mehring:

«La Nueva Gaceta del Rin salió a la palestra política como "órgano de la democracia". No puede dejar de verse el hilo rojo que atraviesa todos sus artículos. Pero directamente defendía más los intereses de la revolución burguesa contra el absolutismo y el feudalismo, que los intereses del proletariado contra los de la burguesía. Sobre el movimiento obrero especial durante la revolución poco material se encontrará en sus columnas, aunque no hay que olvidar que junto a ella aparecía dos veces por semana, bajo la redacción de Moll y Schapper, un órgano especial de la Unión Obrera de Colonia{55}. En cualquier caso, al lector contemporáneo le llama la atención el poco interés que la Nueva Gaceta del Rin prestaba al movimiento obrero alemán de entonces, aunque el más capaz de sus militantes, Stephan Born, había estudiado con Marx y Engels en París y Bruselas y en 1848 enviaba correspondencia desde Berlín a su periódico. Born cuenta en sus "Recuerdos" que Marx y Engels nunca le expresaron ni con una sola palabra su desaprobación de su agitación obrera. Pero declaraciones posteriores de Engels hacen probable la suposición de que estaban descontentos, por lo menos, de los métodos de esta agitación. Su descontento era fundado en la medida en que Born se veía obligado a hacer muchas concesiones a la conciencia de clase del proletariado, aún completamente no desarrollada en la mayor parte de Alemania, concesiones que no resisten la crítica desde el punto de vista del "Manifiesto Comunista". Su descontento era infundado en la medida en que Born, a pesar de todo, sabía mantener la agitación que dirigía a una altura relativamente considerable... Sin duda, Marx y Engels tenían razón histórica y política al considerar el interés más importante de la clase obrera, ante todo, en el mayor impulso posible de la revolución burguesa... A pesar de ello, una prueba notable de cómo el instinto elemental del movimiento obrero sabe corregir las concepciones de los pensadores más geniales es el hecho de que en abril de 1849 se pronunciaron por una organización obrera específica y decidieron participar en el congreso obrero que preparaba, en especial, el proletariado de la región al este del Elba (Prusia Oriental)»{56}.

Así pues, solo en abril de 1849, tras casi un año de publicación del periódico revolucionario (la Nueva Gaceta del Rin comenzó a salir el 1 de junio de 1848), ¡Marx y Engels se pronunciaron a favor de una organización obrera especial! Hasta entonces habían dirigido simplemente un «órgano de la democracia», no vinculado por lazos organizativos con un partido obrero independiente. Este hecho, monstruoso e increíble desde nuestro punto de vista contemporáneo, nos muestra claramente la enorme diferencia que existía entre el partido socialdemócrata obrero alemán de entonces y el ruso de ahora. Este hecho nos muestra cuántas veces menos se manifestaban en la revolución democrática alemana (debido al atraso de Alemania en 1848 tanto en el aspecto económico como en el político, a la fragmentación estatal) los rasgos proletarios del movimiento, la corriente proletaria en él. Esto no se debe olvidar (como lo olvida, por ejemplo, Plejánov[48]) al valorar las múltiples declaraciones de Marx, de esta época y de otras algo posteriores, sobre la necesidad de una organización independiente del partido del proletariado. Marx sacó prácticamente esta conclusión solo a partir de la experiencia de la revolución democrática, casi después de un año: hasta entonces, toda la atmósfera en Alemania era tan mezquina, pequeñoburguesa. Para nosotros esta conclusión es ya una vieja y sólida adquisición de la experiencia de medio siglo de la socialdemocracia internacional, una adquisición con la que empezamos la organización del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Entre nosotros no puede ni hablarse, por ejemplo, de que los periódicos revolucionarios del proletariado estén fuera del partido socialdemócrata del proletariado, de que puedan actuar ni por un momento simplemente como «órganos de la democracia».

Pero la antítesis que apenas comenzaba a manifestarse entre Marx y Stephan Born existe entre nosotros en una forma tanto más desarrollada cuanto más poderosa irrumpe la corriente proletaria en el torrente democrático de nuestra revolución. Al hablar del probable descontento de Marx y Engels con la agitación de Stephan Born, Mehring se expresa con demasiada suavidad y de manera evasiva. He aquí lo que escribía Engels sobre Born en 1885 (en el prólogo a «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia», Zúrich, 1885[49]):

Los miembros de la Liga de los Comunistas{57} estaban en todas partes a la cabeza del movimiento democrático extremo, demostrando con ello que la Liga era una excelente escuela de actividad revolucionaria. «El tipógrafo Stephan Born, que había sido miembro activo de la Liga en Bruselas y París, fundó en Berlín la "Hermandad Obrera" ("Arbeiterverbrüderung"), que alcanzó considerable difusión y se mantuvo hasta 1850. Born, joven talentoso, se apresuró demasiado, sin embargo, a presentarse como político. Se "hermanaba" con la más heterogénea chusma (Kreti und Plethi), con tal de reunir en torno suyo a una multitud. No era en absoluto de esas personas capaces de introducir unidad en aspiraciones contradictorias, de llevar luz al caos. En las publicaciones oficiales de su hermandad se tropieza constantemente, por eso, con una confusión y mezcla de las concepciones del "Manifiesto Comunista" con reminiscencias y aspiraciones gremiales, con fragmentos de las ideas de Louis Blanc y Proudhon, con la defensa del proteccionismo, etc.; en una palabra, esa gente quería agradar a todos (Allen alles sein). Se ocupaban en particular de organizar huelgas, sindicatos, cooperativas de producción, olvidando que la tarea consistía ante todo en conquistarse primero, mediante la victoria política, un terreno en el que únicamente podrían realizarse de manera sólida y segura tales cosas (cursivas nuestras). Y he aquí que, cuando las victorias de la reacción hicieron sentir a los jefes de esta hermandad la necesidad de participar directamente en la lucha revolucionaria, entonces, como es natural, la masa no desarrollada que se agrupaba en torno a ellos los abandonó. Born tomó parte en la insurrección de Dresde en mayo de 1849 y se salvó por un golpe de suerte. La Hermandad Obrera se mantuvo al margen del gran movimiento político del proletariado como una unión aislada, que existía en su mayor parte sobre el papel y que desempeñaba hasta entonces un papel tan secundario que la reacción consideró necesario cerrarla solo en 1850, y sus filiales solo muchos años después. Born (cuyo verdadero apellido era Buttermilch)[50] no llegó a ser nunca un político, sino que resultó ser un pequeño profesor suizo que traduce ahora no a Marx al lenguaje gremial, sino al bonachón Renan a la dulzona lengua alemana»{58}.

¡He aquí cómo valoraba Engels las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática!

También nuestros novoiskristas tiran hacia el «economismo» con un celo tan irracional que merecen los elogios de la burguesía monárquica por su «esclarecimiento». También ellos reúnen en torno suyo a un público heterogéneo, adulando a los «economistas», atrayendo demagógicamente a la masa no desarrollada con consignas de «iniciativa», «democratismo», «autonomía», etc., etc. Sus uniones obreras también existen a menudo solo en las páginas de la jlestakoviana nueva «Iskra». Sus consignas y resoluciones revelan la misma incomprensión de las tareas del «gran movimiento político del proletariado».