Interrumpimos nuestro relato sobre la marcha del movimiento en el momento en que, por iniciativa de Gapón, se convocó para el domingo 9 de enero una manifestación de masas obreras hacia el Palacio de Invierno para entregar una "petición" al zar sobre la convocatoria de una asamblea constituyente. La huelga en Petersburgo ya el sábado 8 de enero se había vuelto general. Incluso los datos oficiales estimaban el número de huelguistas entre 100 y 150 mil personas. Rusia no había visto aún una explosión tan gigantesca de la lucha de clases. Toda la vida industrial, comercial y social del gigantesco centro de un millón y medio de habitantes quedó paralizada. El proletariado demostraba en la práctica que sobre él, y solo sobre él, se sostiene la civilización moderna, con su trabajo se crean la riqueza y el lujo, sobre él descansa toda nuestra "cultura". La ciudad quedó sin periódicos, sin luz y sin agua. Y esta huelga general tenía un carácter político claramente definido, constituía el prólogo directo de los acontecimientos revolucionarios.

Así describe un testigo presencial, en una carta dirigida a nosotros, la víspera de la jornada histórica: «Desde el 7 de enero, la huelga en Petersburgo se ha hecho general. No solo han parado todas las grandes plantas y fábricas, sino también muchos talleres. Hoy, 8 de enero, no ha salido ningún periódico, excepto el "Heraldo del Gobierno"{85} y las "Noticias de la Alcaldía de San Petersburgo"{86}. La dirección del movimiento sigue hasta ahora en manos de los zubátovistas. Presenciamos un cuadro sin precedentes en Petersburgo, y el corazón se encoge de miedo ante lo desconocido: ¿será capaz la organización socialdemócrata de tomar las riendas del movimiento, aunque sea dentro de algún tiempo? La situación es extremadamente grave. Todos estos días se celebran asambleas masivas diarias de obreros en todos los distritos de la ciudad, en los locales de la "Unión de Obreros Rusos". Ante ellos, las calles se llenan durante días enteros de miles de obreros. De vez en cuando, los socialdemócratas pronuncian discursos y reparten hojas volantes. En general, son acogidos con simpatía, aunque los zubátovistas intentan organizar oposición. Cuando se toca el tema de la autocracia, gritan: "¡Eso no nos hace falta, la autocracia no nos molesta!". Mientras tanto, en los discursos pronunciados por los zubátovistas en los locales de la "Unión", se plantean todas las reivindicaciones socialdemócratas, desde la jornada laboral de 8 horas hasta la convocatoria de representantes del pueblo sobre la base del sufragio igual, directo y secreto. Solo que los zubátovistas afirman que la satisfacción de estas reivindicaciones no significa el derrocamiento de la autocracia, sino el acercamiento del pueblo al zar, la eliminación de la burocracia que separa al zar del pueblo.

Los socialdemócratas hablan también en los locales de la "Unión", y sus discursos son acogidos con simpatía, pero la iniciativa de las propuestas prácticas parte de los zubátovistas. A pesar de las objeciones de los socialdemócratas, estas propuestas son aceptadas. Se reducen a lo siguiente: el domingo 9 de enero, los obreros deben ir al Palacio de Invierno y entregar, a través del sacerdote Gueorgui Gapón, una petición al zar enumerando todas las reivindicaciones de los obreros, que termina con las palabras: "Danos todo esto, o moriremos". A esto, los dirigentes de las asambleas añaden: "Si el zar no lo concede, entonces nuestras manos quedan desatadas; significa que es nuestro enemigo, y entonces nos alzaremos contra él, desplegando la bandera roja. Si se derrama nuestra sangre, caerá sobre su cabeza". La petición es aceptada en todas partes. Los obreros juran que todos acudirán el domingo a la plaza "con sus mujeres e hijos". Hoy se firmará la petición por distritos, y a las 2 todos deben reunirse en la "Casa del Pueblo" para el mitin final.

Todo esto ocurre con la total aquiescencia de la policía: ha sido retirada de todas partes, aunque en los patios de algunos edificios se esconden gendarmes montados.

Hoy se colocan en las calles anuncios del alcalde que prohíben las aglomeraciones y amenazan con la fuerza armada. Los obreros los arrancan. Las tropas se concentran en la ciudad desde los alrededores. A los empleados del tranvía (cobradores y cocheros) los obligaron a salir a trabajar cosacos con los sables desenvainados».