Escrito en junio – julio de 1905.

Publicado en julio de 1905 en Ginebra como libro independiente editado por el Comité Central del POSDR

Se publica según el texto del libro, cotejado con el manuscrito y con el texto de la recopilación: Vl. Ilín, «En 12 años». 1907

Portada del libro de V. I. Lenin «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática». – 1905 (Reducida)

En un momento revolucionario es muy difícil seguir el ritmo de los acontecimientos, que proporcionan una cantidad asombrosa de material nuevo para evaluar las consignas tácticas de los partidos revolucionarios. El presente folleto fue escrito antes de los sucesos de Odesa[1]. Ya señalamos en «Proletari»{2} (núm. 9, «La revolución enseña»)[2] que esos sucesos obligaron incluso a aquellos socialdemócratas que habían creado la teoría del levantamiento-proceso y negaban la propaganda del gobierno revolucionario provisional, a pasarse o comenzar a pasarse de hecho al lado de sus oponentes. La revolución enseña, sin duda, con una rapidez y una solidez que parecen increíbles en las épocas pacíficas del desarrollo político. Y enseña, lo que es especialmente importante, no sólo a los dirigentes, sino también a las masas.

No cabe ninguna duda de que la revolución enseñará socialdemocratismo a las masas obreras en Rusia. La revolución confirmará en la práctica el programa y la táctica de la socialdemocracia, mostrando la verdadera naturaleza de las distintas clases sociales, mostrando el carácter burgués de nuestra democracia y las verdaderas aspiraciones del campesinado, revolucionario en un espíritu democrático-burgués, pero que encierra en su seno no la idea de «socialización», sino una nueva lucha de clases entre la burguesía campesina y el proletariado rural. Las viejas ilusiones del viejo populismo, que tan claramente se traslucen, por ejemplo, en el proyecto de programa del «partido de los socialistas-revolucionarios»{3}, tanto en la cuestión del desarrollo del capitalismo en Rusia, como en la cuestión del democratismo de nuestra «sociedad», y en la cuestión del significado de la victoria completa de la insurrección campesina, todas estas ilusiones serán desbaratadas despiadada y definitivamente por la revolución. Ella dará por primera vez un verdadero bautismo político a las distintas clases. Estas clases saldrán de la revolución con una fisonomía política definida, habiéndose mostrado no sólo en los programas y consignas tácticas de sus ideólogos, sino también en la acción política abierta de las masas.

Es indudable que la revolución nos enseñará, enseñará a las masas populares. Pero la cuestión para un partido político en lucha consiste ahora en si seremos capaces de enseñar algo a la revolución; si seremos capaces de aprovechar la justeza de nuestra doctrina socialdemócrata, nuestra vinculación con la única clase consecuentemente revolucionaria, el proletariado, para imprimir a la revolución un sello proletario, para llevar la revolución a una victoria verdadera y decisiva en los hechos y no en las palabras, para paralizar la inestabilidad, la tibieza y la traición de la burguesía democrática.

A este objetivo debemos dirigir todos nuestros esfuerzos. Y su consecución depende, por un lado, de la justeza de nuestra apreciación de la posición política, de la fidelidad de nuestras consignas tácticas y, por otro lado, del apoyo de estas consignas por la fuerza combativa real de las masas obreras. Al fortalecimiento y ampliación de los vínculos con la masa está orientado todo el trabajo habitual, regular y corriente de todas las organizaciones y grupos de nuestro partido, el trabajo de propaganda, agitación y organización. Este trabajo es siempre necesario, pero en un momento revolucionario, menos que nunca, puede considerarse suficiente. En tal momento la clase obrera tiende instintivamente a la acción revolucionaria abierta, y nosotros debemos saber plantear correctamente las tareas de esta acción, para difundir luego lo más ampliamente posible el conocimiento de estas tareas y su comprensión. No hay que olvidar que el pesimismo corriente acerca de nuestra vinculación con la masa encubre ahora, con especial frecuencia, ideas burguesas sobre el papel del proletariado en la revolución. Sin duda, nos queda aún mucho y mucho por trabajar en la educación y organización de la clase obrera, pero toda la cuestión ahora es: ¿dónde debe situarse el centro de gravedad político principal de esta educación y de esta organización? ¿En los sindicatos y sociedades legales, o en la insurrección armada, en la obra de creación del ejército revolucionario y del gobierno revolucionario? Tanto en lo uno como en lo otro, la clase obrera se educa y se organiza. Ambos son, por supuesto, necesarios. Sin embargo, toda la cuestión ahora, en la presente revolución, se reduce a en qué radicará el centro de gravedad de la educación y organización de la clase obrera: ¿en lo primero o en lo segundo?

El desenlace de la revolución depende de si la clase obrera desempeña el papel de auxiliar de la burguesía, poderoso por la fuerza de su embestida contra la autocracia, pero impotente políticamente, o el papel de dirigente de la revolución popular. Los representantes conscientes de la burguesía lo perciben perfectamente. Por eso «Osvobozhdenie»{4} ensalza la akimovschina, el «economismo» en la socialdemocracia, que ahora coloca en primer plano los sindicatos y las sociedades legales. Por eso el señor Struve saluda (núm. 72 de «Osvobozhdenie») las tendencias de principio de la akimovschina en el neoiskrismo. Por eso se abalanza contra la odiosa estrechez revolucionaria de las decisiones del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia{5}.

Las consignas tácticas acertadas de la socialdemocracia tienen ahora una importancia particularmente grande para la dirección de las masas. Nada hay más peligroso que rebajar la importancia de las consignas tácticas consecuentes en los principios en tiempos revolucionarios. Por ejemplo, «Iskra»{6} en su núm. 104 se pasa de hecho al lado de sus oponentes en la socialdemocracia, pero al mismo tiempo se expresa con desdén sobre la importancia de las consignas y decisiones tácticas que van por delante de la vida, que señalan el camino por el que avanza el movimiento, con una serie de fracasos, errores, etc. Por el contrario, la elaboración de decisiones tácticas acertadas tiene una importancia gigantesca para un partido que quiere, en el espíritu de los principios consecuentes del marxismo, dirigir al proletariado, y no sólo ir a remolque de los acontecimientos. En las resoluciones del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y de la conferencia de la parte escindida del partido[3] tenemos las expresiones más precisas, más meditadas, más completas de los puntos de vista tácticos, no enunciados casualmente por literatos aislados, sino adoptados por representantes responsables del proletariado socialdemócrata. Nuestro partido está a la cabeza de todos los demás, teniendo un programa preciso y adoptado por todos. Debe dar ejemplo a los demás partidos también en lo que respecta a una actitud rigurosa hacia sus resoluciones tácticas, en contraposición al oportunismo de la burguesía democrática de «Osvobozhdenie» y a la fraseología revolucionaria de los socialistas-revolucionarios, que sólo en tiempos de revolución se apresuraron a presentar un «proyecto» de programa y a ocuparse por primera vez de la cuestión de si la revolución que tienen ante sus ojos es o no burguesa.

He aquí por qué consideramos la tarea más apremiante de la socialdemocracia revolucionaria el estudio minucioso de las resoluciones tácticas del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y de la conferencia, la determinación de las desviaciones en ellas de los principios del marxismo, el esclarecimiento de las tareas concretas del proletariado socialdemócrata en la revolución democrática. A este trabajo está dedicado el presente folleto. La verificación de nuestra táctica desde el punto de vista de los principios del marxismo y de las lecciones de la revolución es necesaria también para quien quiera preparar realmente la unidad de la táctica como base de la futura unificación completa de todo el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, y no limitarse a meras palabras de exhortación.

Julio de 1905.

## 1. La cuestión política candente

En el orden del día del momento revolucionario que vivimos figura la cuestión de la convocatoria de una asamblea constituyente popular. Las opiniones divergen respecto a cómo resolver esta cuestión. Se perfilan tres tendencias políticas. El gobierno zarista admite la necesidad de convocar a los representantes del pueblo, pero no quiere permitir de ningún modo que su asamblea sea popular y constituyente. Según las noticias de la prensa sobre los trabajos de la Comisión Buliguin{7}, parece acceder a una asamblea consultiva, elegida sin libertad de agitación y con un sistema electoral de censo restringido o puramente estamental. El proletariado revolucionario, en la medida en que es dirigido por la socialdemocracia, exige el traspaso total del poder a la asamblea constituyente, persiguiendo para ello no sólo el sufragio universal y la plena libertad de agitación, sino, además, el derrocamiento inmediato del gobierno zarista y su sustitución por un gobierno revolucionario provisional. Por último, la burguesía liberal, que expresa sus deseos por boca de los dirigentes del llamado «partido constitucional-democrático»{8}, no exige el derrocamiento del gobierno zarista, no enarbola la consigna del gobierno provisional, no insiste en garantías reales de que las elecciones sean completamente libres y correctas, de que la asamblea de representantes pueda ser realmente popular y realmente constituyente. En esencia, la burguesía liberal, que es el único apoyo social serio de la tendencia de los «osvobozhdentsy», persigue un acuerdo lo más pacífico posible entre el zar y el pueblo revolucionario, y además un acuerdo en el que la mayor parte del poder recaiga en ella, la burguesía, y la menor en el pueblo revolucionario, el proletariado y el campesinado.

Tal es la situación política en el momento actual. Tales son las tres principales tendencias políticas, correspondientes a las tres principales fuerzas sociales de la Rusia de hoy. Sobre cómo los «osvobozhdentsy» encubren con frases pretendidamente democráticas su política tibia, es decir, para decirlo de forma más directa y sencilla, traicionera y desleal respecto a la revolución, ya hemos hablado más de una vez en «Proletari» (núms. 3, 4, 5)[4]. Veamos ahora cómo valoran los socialdemócratas las tareas del momento. Un material excelente a este respecto lo constituyen las dos resoluciones aprobadas hace muy poco por el III Congreso del POSDR y por la «conferencia» de la parte escindida del partido. La cuestión de cuál de estas dos resoluciones valora más correctamente el momento político y define con más acierto la táctica del proletariado revolucionario tiene una importancia enorme, y todo socialdemócrata que desee cumplir conscientemente con sus deberes de propagandista, agitador y organizador debe analizar esta cuestión con toda atención, dejando completamente de lado consideraciones ajenas al fondo del asunto.

Por táctica del partido se entiende su conducta política, o el carácter, la orientación, los modos de su actividad política. Las resoluciones tácticas son aprobadas por el congreso del partido para definir con precisión la conducta política del partido en su conjunto, ante las nuevas tareas o ante una nueva situación política. Esta nueva situación ha sido creada por la revolución iniciada en Rusia, es decir, por la divergencia completa, decidida y abierta de la gigantesca mayoría del pueblo con el gobierno zarista. La nueva cuestión consiste en cuáles son los métodos prácticos para convocar una asamblea realmente popular y realmente constituyente (en teoría, la cuestión de tal asamblea fue resuelta hace ya tiempo, y antes que por ningún otro partido, por la socialdemocracia oficialmente, en su programa del partido). Si el pueblo ha roto con el gobierno y la masa es consciente de la necesidad de instituir un nuevo orden, el partido que se ha propuesto como objetivo derrocar al gobierno debe forzosamente pensar en qué gobierno sustituirá al viejo gobierno a derrocar. Surge una nueva cuestión: la del gobierno revolucionario provisional. Para dar una respuesta completa a esta cuestión, el partido del proletariado consciente debe esclarecer: 1) la importancia del gobierno revolucionario provisional en la revolución en curso y en toda la lucha del proletariado en general; 2) su actitud hacia el gobierno revolucionario provisional; 3) las condiciones exactas para la participación de la socialdemocracia en ese gobierno; 4) las condiciones para ejercer presión sobre ese gobierno desde abajo, es decir, en ausencia de la socialdemocracia en el mismo. Sólo cuando se hayan esclarecido todos estos aspectos, la conducta política del partido en este terreno será de principios, clara y firme.

Veamos, pues, cómo resuelve estas cuestiones la resolución del III Congreso del POSDR. He aquí su texto íntegro:

«Resolución sobre el gobierno revolucionario provisional.

Considerando:

1) que tanto los intereses inmediatos del proletariado como los intereses de su lucha por los objetivos finales del socialismo exigen la mayor libertad política posible y, por consiguiente, la sustitución de la forma de gobierno autocrática por la república democrática;

2) que la realización de la república democrática en Rusia sólo es posible como resultado de una insurrección popular victoriosa, cuyo órgano será el gobierno revolucionario provisional, único capaz de garantizar la plena libertad de agitación preelectoral y de convocar, sobre la base del sufragio universal, igual y directo con voto secreto, una asamblea constituyente que exprese realmente la voluntad del pueblo;

3) que este viraje democrático en Rusia, dado su actual régimen económico-social, no debilitará, sino que fortalecerá la dominación de la burguesía, la cual inevitablemente intentará en un momento dado, sin detenerse ante nada, arrebatar al proletariado ruso la mayor parte posible de las conquistas del período revolucionario, —

el III Congreso del POSDR resuelve:

a) difundir en la clase obrera una idea concreta del curso más probable de la revolución y de la necesidad de que en un momento determinado de ésta surja un gobierno revolucionario provisional, al que el proletariado exigirá la realización de todas las reivindicaciones políticas y económicas inmediatas de nuestro programa (programa mínimo);

b) en función de la correlación de fuerzas y de otros factores que no pueden ser determinados de antemano con precisión, es admisible la participación en el gobierno revolucionario provisional de delegados de nuestro partido, con el fin de luchar sin piedad contra todas las intentonas contrarrevolucionarias y defender los intereses propios de la clase obrera;

c) como condición necesaria de dicha participación se establece el control riguroso del partido sobre sus delegados y la salvaguardia inquebrantable de la independencia de la socialdemocracia, que aspira a la revolución socialista completa y, en este sentido, es irreconciliablemente hostil a todos los partidos burgueses;

d) independientemente de que sea posible o no la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional, se debe propagar en las más amplias capas del proletariado la idea de la necesidad de ejercer una presión constante sobre el gobierno provisional por parte del proletariado armado y dirigido por la socialdemocracia, con el fin de salvaguardar, consolidar y ampliar las conquistas de la revolución.»

## 2. ¿Qué nos aporta la resolución del III Congreso del POSDR sobre el gobierno revolucionario provisional?

La resolución del III Congreso del POSDR, como se desprende de su título, está dedicada por entero y exclusivamente a la cuestión del gobierno revolucionario provisional. Esto significa que la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional figura aquí como parte de la cuestión. Por otro lado, se habla únicamente del gobierno revolucionario provisional y de ninguna otra cosa; por consiguiente, queda completamente excluida de ella la cuestión de, por ejemplo, la «conquista del poder» en general, etc. ¿Hizo bien el congreso al descartar esta última cuestión y otras similares? Indudablemente bien, ya que la situación política de Rusia no plantea en modo alguno tales cuestiones a la orden del día. Al contrario, todo el pueblo ha puesto a la orden del día el derrocamiento de la autocracia y la convocatoria de la asamblea constituyente. A los congresos del partido les corresponde someter a resolución no aquellas cuestiones que tal o cual literato ha rozado, oportuna o inoportunamente, sino las que tienen una seria importancia política debido a las condiciones del momento y al curso objetivo del desarrollo social.

¿Qué significado tiene, en la revolución actual y en la lucha general del proletariado, el gobierno revolucionario provisional? La resolución del congreso lo explica señalando, desde el comienzo mismo, la necesidad de «la libertad política más completa posible», tanto desde el punto de vista de los intereses inmediatos del proletariado como desde el punto de vista de «los objetivos finales del socialismo». Y la libertad política completa exige la sustitución de la autocracia zarista por la república democrática, tal como ya se reconoce en nuestro programa de partido. Subrayar en la resolución del congreso la consigna de la república democrática es necesario tanto por lógica como por principio, ya que el proletariado, como luchador de vanguardia por la democracia, aspira precisamente a la libertad completa; además, este subrayado es tanto más oportuno en el momento actual cuanto que precisamente ahora comparecen bajo la bandera del «democratismo» los monárquicos, a saber: el llamado partido constitucional-«democrático» u «osvobozhdeniano». Para instaurar la república es absolutamente necesario convocar una asamblea de representantes populares, asamblea que ha de ser, sin falta, de todo el pueblo (sobre la base del sufragio universal, igual y directo con voto secreto) y constituyente. Esto lo reconoce la resolución del congreso más adelante. Pero no se limita a ello. Para instaurar un orden nuevo que «exprese realmente la voluntad del pueblo», no basta con llamar constituyente a una asamblea representativa. Es necesario que esa asamblea tenga el poder y la fuerza de «instaurar». Consciente de ello, la resolución del congreso no se limita a la consigna formal de «asamblea constituyente», sino que añade las condiciones materiales únicas que hacen posible el auténtico cumplimiento de su tarea por dicha asamblea. Semejante indicación de las condiciones bajo las cuales una asamblea constituyente de palabra puede llegar a serlo de hecho es de necesidad perentoria, porque la burguesía liberal, en la persona del partido monárquico-constitucional, tergiversa a sabiendas, como ya hemos señalado más de una vez, la consigna de la asamblea constituyente de todo el pueblo, reduciéndola a una frase vacía.

La resolución del congreso dice que sólo un gobierno revolucionario provisional, y además un gobierno que sea órgano de la insurrección popular victoriosa, está en condiciones de garantizar la plena libertad de agitación preelectoral y de convocar una asamblea que exprese realmente la voluntad del pueblo. ¿Es justa esta tesis? Quien pretendiera refutarla tendría que sostener que el gobierno zarista puede no apoyar a la reacción, que es capaz de mantenerse neutral en las elecciones, que puede velar por la expresión real de la voluntad del pueblo. Semejantes afirmaciones son tan absurdas que nadie se pondrá a defenderlas abiertamente, pero quienes las introducen de contrabando, bajo bandera liberal, son justamente nuestros osvobozhdenianos. Alguien tiene que convocar la asamblea constituyente; alguien debe garantizar la libertad y la limpieza de las elecciones; alguien ha de entregar por entero la fuerza y el poder a esa asamblea: sólo un gobierno revolucionario, que sea órgano de la insurrección, puede quererlo con plena sinceridad y estar en condiciones de hacer todo lo necesario para llevarlo a cabo. El gobierno zarista se opondrá a ello inevitablemente. Un gobierno liberal, que haya llegado a un acuerdo con el zar y no se apoye por completo en la insurrección popular, no es capaz ni de quererlo sinceramente ni de realizarlo, aun cuando su deseo sea el más sincero. La resolución del congreso ofrece, por tanto, la única consigna democrática correcta y plenamente consecuente.

Pero la valoración del significado del gobierno revolucionario provisional sería incompleta e incorrecta si se perdiera de vista el carácter de clase de la revolución democrática. De ahí que la resolución añada que la revolución reforzará la dominación de la burguesía. Esto es inevitable dado el presente régimen económico-social, es decir, capitalista. Y como resultado del refuerzo de la dominación de la burguesía sobre un proletariado políticamente más o menos libre, habrá de producirse de manera inevitable una lucha encarnizada entre ambos por el poder, habrá de haber intentos desesperados por parte de la burguesía de «arrebatar al proletariado las conquistas del período revolucionario». Por eso, al combatir por la democracia al frente de todos y en cabeza de todos, el proletariado no debe olvidar ni un solo instante las nuevas contradicciones que anidan en el seno de la democracia burguesa ni la nueva lucha que se avecina.

Así, en la parte de la resolución que hemos examinado se valora íntegramente el significado del gobierno revolucionario provisional: tanto en su relación con la lucha por la libertad y por la república, como en su relación con la asamblea constituyente, y también en su relación con la revolución democrática, que desbroza el terreno para una nueva lucha de clases.

A continuación se pregunta cuál debe ser la posición del proletariado en general con respecto al gobierno revolucionario provisional. La resolución del congreso responde a ello, ante todo, con un consejo directo al partido: difundir en la clase obrera la convicción de la necesidad del gobierno revolucionario provisional. La clase obrera debe tomar conciencia de esta necesidad. Mientras la burguesía «democrática» deja en la sombra el problema del derrocamiento del gobierno zarista, nosotros debemos situarlo en primer plano e insistir en la necesidad del gobierno revolucionario provisional. Y no sólo eso: debemos señalar el programa de acción de ese gobierno, que ha de corresponder a las condiciones objetivas del momento histórico que vivimos y a las tareas de la democracia proletaria. Ese programa es todo el programa mínimo de nuestro partido, el programa de las transformaciones políticas y económicas inmediatas, plenamente realizables, por un lado, sobre la base de las actuales relaciones económico-sociales, e indispensables, por otro lado, para dar el siguiente paso adelante, para llevar a cabo el socialismo.

De este modo, la resolución aclara por completo el carácter y el objetivo del gobierno revolucionario provisional. Por su origen y por su carácter fundamental, ese gobierno debe ser un órgano de la insurrección popular. Por su finalidad formal, debe ser un instrumento para convocar la asamblea constituyente de todo el pueblo. Por el contenido de su actividad, debe realizar el programa mínimo de la democracia proletaria, por ser el único capaz de garantizar los intereses del pueblo que se ha alzado contra la autocracia.

Se podría objetar que un gobierno provisional, por el hecho de ser provisional, no puede llevar a cabo un programa positivo que aún no ha sido aprobado por todo el pueblo. Semejante objeción no sería más que un sofisma de los reaccionarios y de los partidarios del absolutismo. No llevar a cabo ningún programa positivo equivale a tolerar la subsistencia del régimen de servidumbre de la carcomida autocracia. Sólo un gobierno de traidores a la causa de la revolución podría tolerar ese régimen, pero no un gobierno que es órgano de la insurrección popular. Sería una burla que alguien propusiera renunciar a implantar de hecho la libertad de reunión hasta que la asamblea constituyente la reconociera, ¡con el pretexto de que la asamblea constituyente podría no reconocer la libertad de reunión! Una burla semejante es la objeción contra la inmediata realización del programa mínimo por el gobierno revolucionario provisional.

Observemos, por último, que, al plantear como tarea del gobierno revolucionario provisional la realización del programa mínimo, la resolución elimina con ello los absurdos pensamientos semianárquicos sobre la realización inmediata del programa máximo, sobre la conquista del poder para la revolución socialista. El grado de desarrollo económico de Rusia (condición objetiva) y el grado de conciencia y organización de las amplias masas del proletariado (condición subjetiva, indisolublemente ligada a la objetiva) hacen imposible la liberación inmediata y completa de la clase obrera. Solo las personas más ignorantes pueden ignorar el carácter burgués de la revolución democrática en curso; solo los optimistas más ingenuos pueden olvidar lo poco que conoce aún la masa obrera los fines del socialismo y los métodos para su realización. Y todos nosotros estamos convencidos de que la liberación de los obreros puede ser solo obra de los propios obreros; sin la conciencia y la organización de las masas, sin su preparación y educación mediante la lucha abierta de clases contra toda la burguesía, no se puede ni hablar de revolución socialista. Y en respuesta a las objeciones anárquicas de que estamos aplazando la revolución socialista, diremos: no la aplazamos, sino que damos el primer paso hacia ella por el único camino posible y por la única vía correcta, precisamente por la vía de la república democrática. Quien quiera ir al socialismo por otro camino, al margen del democratismo político, llegará inevitablemente a conclusiones absurdas y reaccionarias, tanto en el sentido económico como en el político. Si tales o cuales obreros nos preguntan en el momento oportuno: ¿por qué no realizar el programa máximo?, les responderemos señalando cuán ajenas al socialismo son aún las masas populares de talante democrático, cuán poco desarrolladas están aún las contradicciones de clase, cuán desorganizados están aún los proletarios. ¡Organicen a centenares de miles de obreros por toda Rusia, difundan la simpatía hacia su programa entre millones! Intenten hacerlo, sin limitarse a frases anárquicas sonoras pero vacías, y verán de inmediato que la realización de esta organización, que la difusión de esta ilustración socialista depende de la realización más completa posible de las transformaciones democráticas.

Prosigamos. Una vez aclarado el significado del gobierno revolucionario provisional y la actitud del proletariado hacia él, surge la siguiente pregunta: ¿es admisible y en qué condiciones nuestra participación en él (acción desde arriba)? ¿Cuál debe ser nuestra acción desde abajo? La resolución da respuestas precisas a ambas preguntas. Declara categóricamente que, en principio, la participación de la socialdemocracia en un gobierno revolucionario provisional (en la época de la revolución democrática, en la época de la lucha por la república) es admisible. Con esta declaración nos separamos de manera irrevocable tanto de los anarquistas, que responden a esta pregunta en un sentido negativo por principio, como de los seguidores de la cola de la socialdemocracia (como Martínov y los novoiskristas), que nos asustaban con la perspectiva de una situación en la que esta participación pudiera resultarnos necesaria. Con esta declaración, el III Congreso del POSDR rechazó de manera irrevocable la idea de la nueva «Iskra» de que la participación de los socialdemócratas en un gobierno revolucionario provisional es una variedad del millerandismo{9}, de que esto es inadmisible por principio, como una consagración del orden burgués, etc.

Pero la cuestión de la admisibilidad en principio, como es natural, no resuelve aún la cuestión de la conveniencia práctica. ¿Bajo qué condiciones es conveniente este nuevo tipo de lucha, la lucha «desde arriba», reconocida por el congreso del partido? De suyo se entiende que sobre las condiciones concretas, como la correlación de fuerzas, etc., no es posible hablar ahora, y la resolución, naturalmente, renuncia a definir previamente estas condiciones. Ninguna persona razonable se pondrá a predecir nada sobre la cuestión que nos interesa en el momento actual. Se puede y se debe determinar el carácter y el objetivo de nuestra participación. La resolución lo hace, señalando dos objetivos de la participación: 1) lucha implacable contra los intentos contrarrevolucionarios y 2) defensa de los intereses independientes de la clase obrera. En el momento en que los burgueses liberales comienzan a hablar diligentemente sobre la psicología de la reacción (véase la instructivísima «Carta abierta» del señor Struve en el nº 71 de «Osvobozhdenie»), esforzándose por asustar al pueblo revolucionario e incitarlo a la transigencia respecto a la autocracia, en este momento es particularmente oportuno que el partido del proletariado recuerde la tarea de la guerra real contra la contrarrevolución. Las grandes cuestiones de la libertad política y de la lucha de clases las resuelve, en última instancia, solo la fuerza, y debemos preocuparnos por la preparación, la organización de esta fuerza y por su empleo activo, no solo defensivo, sino también ofensivo. La larga época de reacción política que impera en Europa casi ininterrumpidamente desde los tiempos de la Comuna de París, nos ha familiarizado demasiado con la idea de la acción solo «desde abajo», nos ha acostumbrado demasiado a observar solo la lucha defensiva. Hemos entrado ahora, indudablemente, en una nueva época; ha comenzado un período de conmociones políticas y revoluciones. En un período como el que atraviesa Rusia, es inadmisible limitarse al viejo esquema. Hay que propagar la idea de la acción desde arriba, hay que prepararse para las acciones más enérgicas y ofensivas, hay que estudiar las condiciones y las formas de tales acciones. De estas condiciones, la resolución del congreso pone en primer plano dos: una se refiere al aspecto formal de la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional (control estricto del partido sobre sus representantes), la otra al carácter mismo de esta participación (no perder de vista ni por un minuto el objetivo de la revolución socialista completa).

Habiendo aclarado así, desde todos los ángulos, la política del partido en la acción «desde arriba» —este nuevo método de lucha casi nunca visto hasta ahora—, la resolución prevé también el caso de que no logremos actuar desde arriba. Actuar desde abajo sobre el gobierno revolucionario provisional estamos obligados en todo caso. Para tal presión desde abajo, el proletariado debe estar armado —pues en el momento revolucionario las cosas llegan muy rápidamente a la guerra civil directa— y dirigido por la socialdemocracia. El objetivo de su presión armada es «la salvaguarda, consolidación y ampliación de las conquistas de la revolución», es decir, de aquellas conquistas que, desde el punto de vista de los intereses del proletariado, deben consistir en la realización de todo nuestro programa mínimo.

Con esto concluimos el breve análisis de la resolución del III Congreso sobre el gobierno revolucionario provisional. Como ve el lector, esta resolución aclara tanto el significado de la nueva cuestión, como la actitud hacia ella del partido del proletariado, así como la política del partido tanto desde dentro del gobierno revolucionario provisional, como desde fuera de él.

Veamos ahora la resolución correspondiente de la «conferencia».

## 3. ¿Qué es «La victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo»?

La resolución de la «conferencia» está dedicada a la cuestión «sobre la conquista del poder y la participación en el gobierno provisional»[5]. Ya en este planteamiento de la cuestión hay, como hemos señalado, una confusión. Por un lado, la cuestión se plantea de manera estrecha: solo sobre nuestra participación en el gobierno provisional, y no sobre las tareas del partido en relación con el gobierno revolucionario provisional en general. Por otro lado, se mezclan dos cuestiones completamente heterogéneas: la de nuestra participación en una de las etapas de la revolución democrática y la de la revolución socialista. En efecto, la «conquista del poder» por la socialdemocracia es precisamente la revolución socialista y no puede ser otra cosa, si se emplean estas palabras en su significado directo y habitual. Y si se entienden en el sentido de conquista del poder no para la revolución socialista, sino para la democrática, entonces, ¿qué sentido tiene hablar no solo de la participación en el gobierno revolucionario provisional, sino también de la «conquista del poder» en general? Evidentemente, nuestros «conferentes» no sabían bien a qué atenerse, sobre qué debían hablar en realidad: sobre la revolución democrática o sobre la revolución socialista. Quien haya seguido la literatura sobre la cuestión, sabe que el comienzo de esta confusión lo puso el camarada Martínov en sus famosas «Dos dictaduras»: los novoiskristas recuerdan de mala gana el planteamiento de la cuestión dado (aún antes del 9 de enero) en esta obra modélicamente seguidista de la cola, pero su influencia ideológica sobre la conferencia no está sujeta a duda.

Pero dejemos de lado el título de la resolución. Su contenido nos muestra errores incomparablemente más profundos y serios. He aquí su primera parte:

«La victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo puede ser señalada ya sea por la institución de un gobierno provisional surgido de una insurrección popular victoriosa, ya sea por la iniciativa revolucionaria de una u otra institución representativa que decida, bajo la presión revolucionaria directa del pueblo, organizar una asamblea constituyente nacional».

Así pues, ¡se nos dice que la victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo puede ser tanto una insurrección victoriosa como... la decisión de una institución representativa de organizar una asamblea constituyente! ¿Qué es esto? ¿Cómo es esto? ¿La victoria decisiva puede ser señalada por una «decisión» de organizar una asamblea constituyente? ¡¡Y semejante «victoria» se equipara a la institución de un gobierno provisional «surgido de una insurrección popular victoriosa»!! La conferencia no notó que una insurrección popular victoriosa y la institución de un gobierno provisional significan la victoria de la revolución de hecho, mientras que la «decisión» de organizar una asamblea constituyente significa la victoria de la revolución solo de palabra.

La conferencia de los mencheviques neoiskristas cayó en el mismo error en que caen constantemente los liberales, los osvobozhdentsy. Los osvobozhdentsy parlotean sobre la asamblea «constituyente», ocultando pudorosamente la conservación de la fuerza y del poder en manos del zar, olvidando que para «instituir» hay que tener la fuerza de instituir. La conferencia también olvidó que de la «decisión» de cualesquiera representantes a la realización de esa decisión hay todavía un largo trecho. La conferencia también olvidó que, mientras el poder permanezca en manos del zar, cualesquiera decisiones de cualesquiera representantes seguirán siendo la misma vacua y lamentable charlatanería en que se convirtieron las «decisiones» del Parlamento de Fráncfort, célebre en la historia de la revolución alemana de 1848. El representante del proletariado revolucionario, Marx, en su «Nueva Gaceta Renana»{10}, fustigaba precisamente con sarcasmos implacables a los «osvobozhdentsy» liberales de Fráncfort porque pronunciaban buenas palabras, adoptaban toda clase de «decisiones» democráticas, «instituían» toda clase de libertades, pero de hecho dejaban el poder en manos del rey, no organizaban la lucha armada contra la fuerza militar que estaba a disposición del rey. Y mientras los osvobozhdentsy de Fráncfort charlaban, el rey esperó su momento, consolidó sus fuerzas militares, y la contrarrevolución, apoyándose en la fuerza real, derrotó completamente a los demócratas con todas sus encantadoras «decisiones».

La conferencia equiparó a la victoria decisiva aquello en lo que precisamente falta la condición decisiva de la victoria. ¿Cómo pudieron los socialdemócratas, que reconocen el programa republicano de nuestro partido, caer en este error? Para comprender este extraño fenómeno, hay que remitirse a la resolución del III Congreso sobre la parte escindida del partido[6]. En esta resolución se señala la pervivencia en nuestro partido de diferentes corrientes «afines al "economismo"». Nuestros conferencistas (y no en vano, seguramente, se hallan bajo la dirección ideológica de Martínov) razonan sobre la revolución exactamente con el mismo espíritu con que los «economistas» razonaban sobre la lucha política o la jornada laboral de 8 horas. Los «economistas» ponían inmediatamente en circulación la «teoría de los estadios»: 1) lucha por los derechos; 2) agitación política; 3) lucha política, o bien 1) jornada laboral de 10 horas; 2) de 9 horas; 3) de 8 horas. Los resultados que se obtuvieron de esta «táctica-proceso» son de sobra conocidos por todos. Ahora se nos propone también dividir la revolución de antemano, cuidadosamente, en estadios: 1) el zar convoca una institución representativa; 2) esta institución representativa «decide» bajo la presión del «pueblo» organizar una asamblea constituyente; 3)... sobre el tercer estadio los mencheviques aún no se han puesto de acuerdo; olvidaron que la presión revolucionaria del pueblo encuentra la presión contrarrevolucionaria del zarismo y que, por lo tanto, o bien la «decisión» queda sin realizar, o bien el asunto lo resuelven de nuevo la victoria o la derrota de la insurrección popular. La resolución de la conferencia se asemeja exactamente a este razonamiento de los «economistas»: la victoria decisiva de los obreros puede ser señalada ya sea por la realización revolucionaria de la jornada laboral de 8 horas, ya sea por la concesión de la jornada de diez horas y la «decisión» de pasar a la de nueve... Exactamente lo mismo.

Se nos puede objetar, tal vez, que los autores de la resolución no tenían la intención de equiparar la victoria de la insurrección a la «decisión» de una institución representativa convocada por el zar, que solo querían prever la táctica del partido en uno y otro caso. Responderemos a esto: 1) El texto de la resolución llama directa e inequívocamente «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo» a la decisión de una institución representativa. Tal vez esto sea resultado de una redacción descuidada, tal vez se pueda corregir basándose en los protocolos, pero mientras no esté corregido, el sentido de esta redacción no puede ser más que uno, y este sentido es enteramente el de los osvobozhdentsy. 2) El curso de pensamiento «osvobozhdentsy» en el que cayeron los autores de la resolución resalta con incomparable mayor nitidez en otras obras literarias de los neoiskristas. Por ejemplo, en el órgano del Comité de Tiflis «El Socialdemócrata» {11} (en idioma georgiano; elogiado por «Iskra» en su n.º 100 ), el artículo «La Asamblea de la Tierra y nuestra táctica» llega a decir directamente que «la táctica» que «elige como centro de nuestra acción la Asamblea de la Tierra» (sobre cuya convocatoria, añadimos por nuestra cuenta, ¡aún no sabemos nada preciso!) «es más ventajosa para nosotros» que «la táctica» de la insurrección armada y la institución de un gobierno revolucionario provisional. Volveremos más abajo a este artículo. 3) No se puede tener nada en contra de una discusión previa de la táctica del partido tanto para el caso de victoria de la revolución como para el caso de derrota de la misma, y tanto para el caso de éxito de la insurrección como para el caso de que la insurrección no pueda convertirse en una fuerza seria. Es posible que el gobierno zarista logre convocar una asamblea representativa con el fin de pactar con la burguesía liberal; la resolución del III Congreso, previendo esto, habla directamente de «política hipócrita», de «pseudodemocracia», de «formas caricaturescas de representación popular como la llamada Asamblea de la Tierra»[7]. Pero el quid de la cuestión es que esto no se dice en la resolución sobre el gobierno revolucionario provisional, pues esto no guarda relación con el gobierno revolucionario provisional. Este caso desplaza el problema de la insurrección y de la institución del gobierno revolucionario provisional, lo modifica, etc. Pero ahora no se trata de que sean posibles toda clase de combinaciones, de que sean posibles tanto la victoria como la derrota, tanto las vías directas como las indirectas; se trata de que es inadmisible que un socialdemócrata introduzca confusión en la concepción de los obreros sobre la vía verdaderamente revolucionaria, de que es inadmisible llamar, al estilo de los osvobozhdentsy, victoria decisiva a aquello en lo que falta la condición fundamental de la victoria. Es posible que tampoco obtengamos la jornada laboral de 8 horas de inmediato, sino solo por una larga vía indirecta, pero ¿qué diríais de una persona que llamara victoria de los obreros a tal impotencia, a tal debilidad del proletariado, en la cual este no tuviera fuerza para impedir las dilaciones, los aplazamientos, las componentdas, la traición y la reacción? Es posible que la revolución rusa termine en un «aborto constitucional», como dijo en una ocasión «Vperiod»[8], pero ¿acaso puede esto justificar a un socialdemócrata que en vísperas de la lucha decisiva llamara a este aborto «victoria decisiva sobre el zarismo»? Es posible, en el peor de los casos, que no solo no conquistemos la república, sino que también la constitución sea ilusoria, una «shipovskaya»{12}, pero ¿acaso sería excusable por parte de un socialdemócrata el emborronamiento de nuestra consigna republicana?

Por supuesto, los neoiskristas aún no han llegado a emborronarlo. Pero hasta qué punto se ha alejado de ellos el espíritu revolucionario, hasta qué punto una especulación carente de vida les ha ocultado las tareas combativas del momento, esto se desprende con particular claridad del hecho de que en su resolución ¡precisamente se olvidaron de mencionar la república! Es inverosímil, pero es un hecho. Todas las consignas de la socialdemocracia son confirmadas, repetidas, esclarecidas, detalladas en las distintas resoluciones de la conferencia, no se ha olvidado siquiera la elección por los obreros de starostas y diputados por establecimientos; sólo no se encontró ocasión en la resolución sobre el gobierno revolucionario provisional de recordar la república. Hablar de la "victoria" de la insurrección popular, de la institución de un gobierno provisional y no señalar la relación de estos "pasos" y actos con la conquista de la república, significa escribir una resolución no para dirigir la lucha del proletariado, sino para ir renqueando a la zaga del movimiento proletario.

Resumen: la primera parte de la resolución: 1) no ha esclarecido en absoluto el significado del gobierno revolucionario provisional desde el punto de vista de la lucha por la república y del aseguramiento de una asamblea constituyente realmente de todo el pueblo y realmente genuina; 2) ha introducido una confusión directa en la conciencia democrática del proletariado, al equiparar a la victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo una situación de cosas en que precisamente falta todavía la condición fundamental para una verdadera victoria.

## 4. La liquidación del régimen monárquico y la república

Pasemos a la siguiente parte de la resolución:

"...Y tanto en uno como en otro caso, tal victoria será el comienzo de una nueva fase de la época revolucionaria.

La tarea que, de manera espontánea, las condiciones objetivas del desarrollo social plantean a esta nueva fase es la liquidación definitiva de todo el régimen estamental-monárquico en el proceso de la lucha mutua entre los elementos de la sociedad burguesa políticamente liberada por la realización de sus intereses sociales y por la posesión directa del poder.

Por lo tanto, también el gobierno provisional que asumiera la realización de las tareas de esta revolución, de carácter histórico burgués, debería, regulando la lucha mutua entre las clases opuestas de la nación que se libera, no sólo impulsar hacia adelante el desarrollo revolucionario, sino también luchar contra aquellos de sus factores que amenazan las bases del régimen capitalista".

Esta diferencia es precisamente la misma diferencia que desde hace tiempo divide a los marxistas rusos en dos alas: el ala especulativa y el ala combativa en los viejos tiempos del marxismo legal, el ala económica y el ala política en la época del incipiente movimiento de masas. De la premisa justa del marxismo sobre las profundas raíces económicas de la lucha de clases en general y de la lucha política en particular, los "economistas" sacaban aquella conclusión original de que había que dar la espalda a la lucha política y frenar su desarrollo, reducir su envergadura, rebajar sus tareas. Los políticos, por el contrario, sacaban de las mismas premisas una conclusión distinta, a saber: que cuanto más profundas son ahora las raíces de nuestra lucha, tanto más amplia, audaz, decidida e iniciativa debe ser nuestra dirección de esta lucha. En un marco distinto, bajo una forma modificada, tenemos ahora ante nosotros el mismo debate. De las premisas de que la transformación democrática no es todavía, ni mucho menos, socialista, de que "interesa" a otros, y no sólo a los desposeídos, de que sus más profundas raíces se encuentran en las necesidades y requerimientos ineluctables de toda la sociedad burguesa en su conjunto, de estas premisas sacamos nosotros la conclusión de que la clase avanzada debe plantear con tanta mayor audacia sus tareas democráticas, tanto más nítidamente debe formularlas hasta el fin, enarbolar la consigna directa de la república, propagandizar la idea de la necesidad de un gobierno revolucionario provisional, de la necesidad de aplastar sin piedad la contrarrevolución. Y nuestros oponentes, los neoiskristas, sacan de estas mismas premisas la conclusión de que no se deben formular hasta el fin las conclusiones democráticas, de que entre las consignas prácticas se puede no enarbolar la república, de que es permisible no propagandizar la idea de la necesidad de un gobierno revolucionario provisional, de que se puede calificar de victoria decisiva también la decisión de convocar la asamblea constituyente, de que la tarea de luchar contra la contrarrevolución puede no plantearse como nuestra tarea activa, sino ahogarse en una nebulosa (y formulada incorrectamente, como ahora veremos) referencia al "proceso de la lucha mutua". ¡Éste no es el lenguaje de los militantes políticos, es el lenguaje de una especie de asesores de archivo!

Y cuanto más atentamente examinen ustedes las formulaciones aisladas de la resolución neoiskrista, con tanta mayor nitidez se destacarán ante ustedes las indicadas particularidades fundamentales de la misma. Se nos habla, por ejemplo, del "proceso de la lucha mutua entre los elementos de la sociedad burguesa políticamente liberada". Teniendo en cuenta el tema sobre el cual se escribió la resolución (el gobierno revolucionario provisional), preguntamos con perplejidad: si ya se habla del proceso de la lucha mutua, ¿cómo es posible guardar silencio sobre los elementos que políticamente sojuzgan a la sociedad burguesa? ¿Piensan los conferenciantes que, como han supuesto la victoria de la revolución, tales elementos ya han desaparecido? Tal idea sería un absurdo en general y la mayor ingenuidad política, una miopía política, en particular. Después de la victoria de la revolución sobre la contrarrevolución, la contrarrevolución no desaparecerá, sino que, por el contrario, comenzará de manera inevitable una lucha nueva, aún más encarnizada. Al dedicar nuestra resolución al análisis de las tareas durante la victoria de la revolución, estamos obligados a prestar una enorme atención a las tareas de rechazar la embestida contrarrevolucionaria (como se ha hecho en la resolución del congreso), y no a ahogar estas tareas políticas inmediatas, perentorias, actuales, del partido combativo, en disquisiciones generales sobre lo que sucederá después de la actual época revolucionaria, lo que sucederá cuando ya esté presente una "sociedad políticamente liberada". Así como los "economistas", con referencias a verdades generales sobre la subordinación de la política a la economía, encubrían su incomprensión de las tareas políticas actuales, así los neoiskristas, con sus referencias a verdades generales sobre la lucha en el interior de la sociedad políticamente liberada, encubren su incomprensión de las tareas revolucionarias actuales de la liberación política de esta sociedad.

Tomen ustedes la expresión: "la liquidación definitiva de todo el régimen estamental-monárquico". En el idioma ruso, la liquidación definitiva del régimen monárquico se llama instauración de la república democrática. Pero a nuestro buen Martínov y a sus admiradores esta expresión les parece demasiado simple y clara. Ellos quieren a toda costa "profundizar" y decirlo "más inteligentemente". Resultan, por un lado, esfuerzos ridículos de profundidad. Y, por otro lado, en vez de una consigna resulta una descripción, en vez de una llamada enérgica a ir hacia adelante resulta una especie de mirada melancólica hacia atrás. Ante nosotros tenemos no precisamente a personas vivas que ahora mismo, en este instante, quieren luchar por la república, sino a una especie de momias anquilosadas que, *sub specie aeternitatis*[9], examinan la cuestión desde el punto de vista del *plusquamperfectum*[10].

Sigamos adelante: «… el gobierno provisional… asumiría la realización de las tareas de esta… revolución burguesa…». Justo aquí se puso de manifiesto de inmediato que nuestros conferenciantes pasaron por alto la cuestión concreta que se planteaba ante los dirigentes políticos del proletariado. La cuestión concreta del gobierno revolucionario provisional quedó eclipsada en su campo visual por la cuestión de esa futura serie de gobiernos que realizarán las tareas de la revolución burguesa en general. Si desean examinar la cuestión «históricamente», el ejemplo de cualquier país europeo les mostrará que fue precisamente una serie de gobiernos, de ningún modo «provisionales», la que llevó a cabo las tareas históricas de la revolución burguesa, y que incluso los gobiernos que vencieron a la revolución se vieron obligados, pese a todo, a realizar las tareas históricas de esa revolución vencida. Pero por «gobierno revolucionario provisional» no se entiende en absoluto eso de lo que ustedes hablan: se llama así al gobierno de la época revolucionaria que reemplaza directamente al gobierno derrocado y se apoya en la insurrección del pueblo, y no en ninguna institución representativa emanada del pueblo. El gobierno revolucionario provisional es un órgano de lucha por la victoria inmediata de la revolución, por la inmediata contención de los intentos contrarrevolucionarios, y de ningún modo un órgano de realización de las tareas históricas de la revolución burguesa en general. Dejemos, señores, a los futuros historiadores en la futura «Rússkaya Stariná»{13} que determinen qué tareas de la revolución burguesa realizamos ustedes y yo, o tal o cual gobierno; eso es algo que bien podrá hacerse dentro de 30 años, pero a nosotros ahora nos corresponde lanzar consignas y dar indicaciones prácticas para la lucha por la república y para la participación más enérgica del proletariado en esa lucha.

Por las razones señaladas, también son insatisfactorias las últimas proposiciones del fragmento de la resolución que hemos transcrito. Es extremadamente desafortunada o, como mínimo, torpe la expresión de que el gobierno provisional debería «regular» la lucha mutua entre las clases opuestas: los marxistas no deberían utilizar una formulación tan liberal-osvobozhdentsy, que da pie a pensar que son posibles gobiernos que no sirven como órgano de la lucha de clases, sino como «regulador» de la misma… El gobierno debería «no solo impulsar el desarrollo revolucionario, sino también luchar contra aquellos de sus factores que amenazan las bases del régimen capitalista». ¡Ese «factor» es justamente el proletariado, en nombre del cual habla la resolución! En lugar de indicar cómo precisamente debe el proletariado en el momento actual «impulsar el desarrollo revolucionario» (impulsarlo más lejos de lo que quisiera llegar la burguesía constitucionalista), en lugar de aconsejar cómo prepararse de manera determinada para la lucha contra la burguesía cuando esta se vuelva contra las conquistas de la revolución, se nos da una descripción general del proceso que nada dice sobre las tareas concretas de nuestra actividad. La manera de exponer sus ideas de los neoiskristas recuerda la crítica de Marx (en sus famosas «tesis» sobre Feuerbach) al viejo materialismo, ajeno a la idea de dialéctica. Los filósofos se limitaron a interpretar el mundo de distintos modos –decía Marx–, pero de lo que se trata es de transformarlo{14}. Así también los neoiskristas pueden describir y explicar pasablemente el proceso de la lucha que se desarrolla ante sus ojos, pero son completamente incapaces de dar una consigna correcta en esa lucha. Marchando celosamente, pero guiando mal, rebajan la concepción materialista de la historia ignorando el papel activo, dirigente y orientador que pueden y deben desempeñar en la historia los partidos conscientes de las condiciones materiales del vuelco y puestos al frente de las clases avanzadas.

## 5. ¿Cómo se debe «impulsar la revolución hacia adelante»?

Citamos el siguiente apartado de la resolución:

«En estas condiciones, la socialdemocracia debe esforzarse en mantener a lo largo de toda la revolución una posición que le asegure de la mejor manera la posibilidad de impulsar la revolución hacia adelante, que no le ate las manos en la lucha contra la política inconsecuente y egoísta de los partidos burgueses y que la proteja de disolverse en la democracia burguesa.

Por eso, la socialdemocracia no debe plantearse como objetivo tomar o compartir el poder en el gobierno provisional, sino que debe seguir siendo un partido de oposición revolucionaria extrema.»

El consejo de ocupar la posición que mejor asegure la posibilidad de impulsar la revolución hacia adelante nos gusta muchísimo. Solo desearíamos que, además de este buen consejo, hubiera también una indicación directa de cómo exactamente ahora, en la presente situación política, en la época de rumores, suposiciones, conversaciones y proyectos sobre la convocatoria de representantes del pueblo, debe la socialdemocracia impulsar la revolución hacia adelante. ¿Puede ahora impulsar la revolución hacia adelante quien no comprende el peligro de la teoría osvobozhdentsy del «acuerdo» del pueblo con el zar, quien califica de victoria la mera «decisión» de convocar una asamblea constituyente, quien no se propone como tarea la propaganda activa de la idea de la necesidad de un gobierno revolucionario provisional, quien deja en la sombra la consigna de la república democrática? Tales personas, de hecho, impulsan la revolución hacia atrás, porque en el sentido práctico-político se han detenido al nivel de la posición osvobozhdentsy. ¿De qué sirve que reconozcan el programa que exige sustituir la autocracia por la república cuando en la resolución táctica, que define las tareas actuales e inmediatas del partido en el momento revolucionario, está ausente la consigna de la lucha por la república? ¡Precisamente la posición osvobozhdentsy, la posición de la burguesía constitucionalista, se caracteriza ahora de hecho por considerar la decisión de convocar una asamblea constituyente de todo el pueblo como una victoria decisiva, mientras que prudentemente se guarda silencio sobre el gobierno revolucionario provisional y sobre la república! Para impulsar la revolución hacia adelante, es decir, más allá del límite hasta el cual la impulsa la burguesía monárquica, hay que plantear, subrayar, poner en primer plano activamente consignas que excluyan la «inconsecuencia» de la democracia burguesa. En el momento actual solo hay dos consignas de ese tipo: 1) el gobierno revolucionario provisional y 2) la república, porque la consigna de la asamblea constituyente de todo el pueblo ha sido aceptada por la burguesía monárquica (véase el programa de la «Unión de Liberación») y aceptada precisamente en interés de escamotear la revolución, en interés de impedir la victoria completa de la revolución, en interés de la transacción mercantil de la gran burguesía con el zarismo. Y he aquí que la conferencia, de estas dos consignas, las únicas capaces de impulsar la revolución hacia adelante, la consigna de la república la ha olvidado por completo, y la consigna del gobierno revolucionario provisional la ha equiparado directamente a la consigna osvobozhdentsy de la asamblea constituyente de todo el pueblo, ¡calificando de «victoria decisiva de la revolución» tanto a una como a la otra!

Sí, ese es un hecho indudable, que servirá, estamos seguros, de jalón para el futuro historiador de la socialdemocracia rusa. La conferencia de socialdemócratas en mayo de 1905 adopta una resolución que dice buenas palabras sobre la necesidad de impulsar hacia adelante la revolución democrática, pero que de hecho la impulsa hacia atrás, que de hecho no va más allá de las consignas democráticas de la burguesía monárquica.

Los neoiskristas gustan de reprocharnos que ignoramos el peligro de que el proletariado se disuelva en la democracia burguesa. Quisiéramos ver quién se atrevería a demostrar ese reproche basándose en el texto de las resoluciones aprobadas por el III Congreso del POSDR. Respondemos a nuestros oponentes: un partido socialdemócrata que actúa en el terreno de la sociedad burguesa no puede participar en la política sin marchar, en uno u otro caso particular, junto a la democracia burguesa. La diferencia entre nosotros y ustedes en esto consiste en que nosotros marchamos junto a la burguesía revolucionaria y republicana, sin fundirnos con ella, mientras que ustedes marchan junto a la burguesía liberal y monárquica, también sin fundirse con ella. Así están las cosas.

Sus consignas tácticas, dadas en nombre de la conferencia, coinciden con las consignas del partido «democrático-constitucional», es decir, del partido de la burguesía monárquica, sin que ustedes hayan advertido ni tomado conciencia de esta coincidencia, encontrándose así, de hecho, a la cola de los osvobozhdentsy.

Nuestras consignas tácticas, emitidas en nombre del III Congreso del POSDR, coinciden con las consignas de la burguesía democrático-revolucionaria y republicana. Tal burguesía y pequeña burguesía aún no se ha constituido en un gran partido popular en Rusia[11]. Pero de la existencia de sus elementos solo puede dudar quien no tiene idea alguna de lo que ocurre ahora en Rusia. Nos proponemos dirigir (en caso de que la gran revolución rusa avance con éxito) no solo al proletariado organizado por el partido socialdemócrata, sino también a esta pequeña burguesía, capaz de marchar a nuestro lado.

La Conferencia, con su resolución, desciende inconscientemente al nivel de la burguesía liberal y monárquica. El Congreso del partido, con su resolución, eleva conscientemente a su nivel a los elementos de la democracia revolucionaria capaces de luchar, y no de actuar como corredores de bolsa.

Tales elementos son más numerosos entre el campesinado. Sin cometer un gran error, al distribuir los grandes grupos sociales según sus tendencias políticas, podemos identificar a la democracia revolucionaria y republicana con la masa del campesinado, – por supuesto, en el mismo sentido, con las mismas reservas y condiciones implícitas con que se puede identificar a la clase obrera con la socialdemocracia. Podemos, en otras palabras, formular nuestras conclusiones también en las siguientes expresiones: la Conferencia, con sus consignas políticas *nacionales*[12] en el momento revolucionario, desciende inconscientemente al nivel de la masa de terratenientes. El Congreso del partido, con sus consignas políticas nacionales, eleva a la masa campesina al nivel revolucionario. A quien nos acuse por esta conclusión de afición a las paradojas, le lanzamos un desafío: que refute la tesis de que, si no somos capaces de llevar la revolución hasta el final, si la revolución termina al estilo *osvobozhdenie* con una "victoria decisiva" en forma de una mera asamblea representativa convocada por el zar, que solo por burla podría llamarse constituyente, – entonces será una revolución con predominio del elemento terrateniente y gran burgués. Por el contrario, si estamos destinados a vivir una revolución verdaderamente grande, si la historia esta vez no permite un "aborto", si somos capaces de llevar la revolución hasta el final, hasta la victoria decisiva no en el sentido *osvobozhdenie* ni en el *novoiskrista* de la palabra, entonces será una revolución con predominio del elemento campesino y proletario.

Tal vez algunos vean en la admisión de la idea de tal predominio una renuncia a la convicción sobre el carácter burgués de la revolución venidera. Esto es muy posible dado el abuso de este concepto que vemos en *Iskra*. Por eso no está de más detenerse en esta cuestión.

## 6. ¿De dónde amenaza al proletariado el peligro de verse con las manos atadas en la lucha contra la burguesía inconsecuente?

Los marxistas están absolutamente convencidos del carácter burgués de la revolución rusa. ¿Qué significa esto? Significa que las transformaciones democráticas en el régimen político y las transformaciones socioeconómicas que se han convertido en una necesidad para Rusia, – de por sí no solo no implican el socavamiento del capitalismo, el socavamiento del dominio de la burguesía, sino que, por el contrario, despejarán por primera vez el terreno de manera real para un desarrollo amplio y rápido, europeo y no asiático, del capitalismo; harán posible por primera vez el dominio de la burguesía como clase. Los socialistas-revolucionarios no pueden comprender esta idea porque desconocen el abecé de las leyes del desarrollo de la producción mercantil y capitalista; no ven que incluso el éxito completo de la insurrección campesina, incluso el reparto de toda la tierra en interés del campesinado y según sus deseos ("reparto negro" o algo por el estilo) no destruirá en absoluto el capitalismo, sino que, al contrario, impulsará su desarrollo y acelerará la descomposición clasista del propio campesinado. La incomprensión de esta verdad convierte a los socialistas-revolucionarios en ideólogos inconscientes de la pequeña burguesía. La insistencia en esta verdad tiene para la socialdemocracia una importancia enorme no solo teórica, sino también práctico-política, pues de aquí se deduce la obligatoriedad de la plena independencia clasista del partido del proletariado en el presente movimiento "democrático general".

Pero de esto no se deduce en modo alguno que la revolución democrática (burguesa por su contenido socioeconómico) no represente un interés enorme para el proletariado. De esto no se deduce en modo alguno que la revolución democrática no pueda producirse tanto en una forma ventajosa principalmente para el gran capitalista, el magnate financiero, el terrateniente "ilustrado", como en una forma ventajosa para el campesino y para el obrero.

Los *novoiskristas* comprenden de raíz incorrectamente el sentido y el significado de la categoría: revolución burguesa. En sus razonamientos se trasluce constantemente la idea de que la revolución burguesa es una revolución que solo puede dar lo que es ventajoso para la burguesía. Y sin embargo, nada más erróneo que tal idea. La revolución burguesa es una revolución que no sale de los marcos del régimen socioeconómico burgués, es decir, capitalista. La revolución burguesa expresa las necesidades del desarrollo del capitalismo, no solo sin destruir sus bases, sino, al contrario, ampliándolas y profundizándolas. Esta revolución expresa por tanto los intereses no solo de la clase obrera, sino también de toda la burguesía. Dado que el dominio de la burguesía sobre la clase obrera es inevitable bajo el capitalismo, se puede decir con pleno derecho que la revolución burguesa expresa los intereses no tanto del proletariado como de la burguesía. Pero es completamente absurda la idea de que la revolución burguesa no expresa en absoluto los intereses del proletariado. Esta idea absurda se reduce o bien a la anticuada teoría *narodnikista* de que la revolución burguesa contradice los intereses del proletariado, de que por eso no necesitamos la libertad política burguesa. O bien esta idea se reduce al anarquismo, que niega toda participación del proletariado en la política burguesa, en la revolución burguesa, en el parlamentarismo burgués. Teóricamente, esta idea representa el olvido de las tesis elementales del marxismo sobre la inevitabilidad del desarrollo del capitalismo sobre la base de la producción mercantil. El marxismo enseña que una sociedad basada en la producción mercantil, que mantiene intercambio con naciones capitalistas civilizadas, en cierta etapa de desarrollo se encamina inevitablemente ella misma por la vía del capitalismo. El marxismo ha roto irrevocablemente con los delirios de los populistas y anarquistas de que, por ejemplo, Rusia pueda eludir el desarrollo capitalista, salirse del capitalismo o saltar por encima de él por algún camino que no sea el de la lucha de clases sobre la base y dentro de los límites de este mismo capitalismo.

Todas estas tesis del marxismo han sido demostradas y masticadas con todo detalle tanto en general como específicamente respecto a Rusia. Y de estas tesis se deduce que es reaccionaria la idea de buscar la salvación para la clase obrera en cualquier cosa que no sea el desarrollo ulterior del capitalismo. En países como Rusia, la clase obrera sufre no tanto del capitalismo como de la insuficiencia del desarrollo del capitalismo. La clase obrera está, por tanto, incondicionalmente interesada en el desarrollo más amplio, más libre y más rápido del capitalismo. A la clase obrera le es incondicionalmente ventajosa la eliminación de todos los residuos del viejo orden que obstaculizan el desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo. La revolución burguesa es precisamente una transformación que barre de la manera más decidida los residuos del viejo orden, los residuos del feudalismo (a estos residuos pertenece no solo la autocracia, sino también la monarquía), que asegura de la manera más plena el desarrollo más amplio, libre y rápido del capitalismo.

Por eso, la revolución burguesa es sumamente ventajosa para el proletariado. La revolución burguesa es absolutamente necesaria en interés del proletariado. Cuanto más plena y decidida, cuanto más consecuente sea la revolución burguesa, tanto más asegurada estará la lucha del proletariado contra la burguesía por el socialismo. Sólo a las personas que ignoran el abecé del socialismo científico puede parecerles nueva o extraña, paradójica, esta conclusión. Y de esta conclusión se desprende, dicho sea de paso, la tesis de que, en cierto sentido, la revolución burguesa es más ventajosa para el proletariado que para la burguesía. He aquí el sentido en que esta tesis es indudable: a la burguesía le conviene apoyarse en ciertas supervivencias del pasado contra el proletariado, por ejemplo, en la monarquía, en el ejército permanente, etc. A la burguesía le conviene que la revolución burguesa no barra con excesiva decisión todas las supervivencias del pasado, sino que deje algunas de ellas; es decir, que esta revolución no sea del todo consecuente, no llegue hasta el fin, no sea decidida e implacable. Los socialdemócratas expresan a menudo esta idea de un modo algo distinto, diciendo que la burguesía se traiciona a sí misma, que la burguesía traiciona la causa de la libertad, que la burguesía es incapaz de un democratismo consecuente. A la burguesía le es más ventajoso que las transformaciones necesarias en el sentido democrático-burgués se produzcan más lentamente, más gradualmente, con más cautela, con menos decisión, por medio de reformas y no por medio de la revolución; que estas transformaciones sean lo más cautelosas posible con respecto a las “respetables” instituciones del régimen de servidumbre (como la monarquía); que estas transformaciones desarrollen lo menos posible la actividad revolucionaria independiente, la iniciativa y la energía del pueblo llano, es decir, del campesinado y sobre todo de los obreros, pues de lo contrario, a los obreros les será tanto más fácil, como dicen los franceses, “cambiar el fusil de hombro”, es decir, volver contra la propia burguesía el arma que la revolución burguesa les proporcione, la libertad que les dé, las instituciones democráticas que surjan en un terreno limpio de residuos de la servidumbre.

Por el contrario, a la clase obrera le es más ventajoso que las necesarias transformaciones en el sentido democrático-burgués se realicen precisamente no por la vía reformista, sino por la vía revolucionaria, porque la vía reformista es la vía de las dilaciones, de los aplazamientos, de la agonía dolorosamente lenta de las partes putrefactas del organismo nacional. De su putrefacción sufren ante todo y más que nadie el proletariado y el campesinado. La vía revolucionaria es la vía de una operación rápida, la menos dolorosa con respecto al proletariado, la vía de la extirpación directa de las partes putrefactas, la vía de un mínimo de concesiones y cautela con respecto a la monarquía y a las instituciones correspondientes a ella, repugnantes y viles, podridas y que infectan el aire con su putrefacción.

He aquí por qué nuestra prensa liberal-burguesa, y no sólo por consideraciones de censura, no sólo por miedo a los judíos, deplora la posibilidad de la vía revolucionaria, teme a la revolución, asusta al zar con la revolución, se preocupa de evitar la revolución, serviliza y se arrastra por unas reformas miserables como fundamento de la vía reformista. Este punto de vista lo sostienen no sólo «Rússkie Védomosti»{15}, «Syn Otéchestva»{16}, «Nasha Zhizn»{17}, «Nashi Dni»{18}, sino también el ilegal, libre «Osvobozhdenie». La propia situación de la burguesía, como clase en la sociedad capitalista, engendra inevitablemente su inconsecuencia en el viraje democrático. La propia situación del proletariado, como clase, le obliga a ser un demócrata consecuente. La burguesía mira hacia atrás, temiendo el progreso democrático, que amenaza con fortalecer al proletariado. El proletariado no tiene nada que perder, salvo sus cadenas, y con ayuda del democratismo puede ganar el mundo entero{19}. Por eso, cuanto más consecuente es la revolución burguesa en sus transformaciones democráticas, tanto menos se limita a lo que es beneficioso exclusivamente para la burguesía. Cuanto más consecuente es la revolución burguesa, tanto más garantiza las ventajas del proletariado y del campesinado en el viraje democrático.

El marxismo enseña al proletario no el apartamiento de la revolución burguesa, no la no participación en ella, no el dejar la dirección de la misma a la burguesía, sino, por el contrario, la participación más enérgica, la lucha más decidida por el democratismo proletario consecuente, por llevar la revolución hasta el fin. No podemos saltar del marco democrático-burgués de la revolución rusa, pero sí podemos en proporciones gigantescas ampliar este marco, podemos y debemos, dentro de sus límites, luchar por los intereses del proletariado, por sus necesidades inmediatas y por las condiciones de preparación de sus fuerzas para la futura victoria completa. Hay democracia burguesa y democracia burguesa. Y el zemstvo-monárquico, partidario de la cámara alta, que “reivindica” el sufragio universal y a escondidas, en voz baja, pacta con el zarismo una pequeña constitución, es un demócrata burgués. Y el campesino, que con las armas en la mano va contra los terratenientes y funcionarios y “con ingenuidad republicana” propone “echar al zar”[13], es también un demócrata burgués. Los regímenes democrático-burgueses existen tanto como en Alemania, como en Inglaterra; como en Austria, como en América o Suiza. Bueno sería el marxista que en la época del viraje democrático se quedara sin ver esta diferencia entre los grados de democratismo y entre el diverso carácter de una u otra forma del mismo y se limitara a “dárselas de listo” diciendo que, de todas maneras, esto es una “revolución burguesa”, los frutos de una “revolución burguesa”.

Pues precisamente de esa clase de listillos, que se vanaglorian de su miopía, son nuestros neoiskristas. Ellos se limitan justamente a divagaciones sobre el carácter burgués de la revolución allí y cuando es preciso saber diferenciar entre la democracia burguesa republicano-revolucionaria y la monárquico-liberal, por no hablar ya de la diferencia entre el democratismo burgués inconsecuente y el democratismo proletario consecuente. Ellos se satisfacen – como si realmente se hubieran convertido en “hombres enfundados”{20} – con una conversación melancólica sobre el “proceso de lucha mutua de las clases contrapuestas”, cuando se trata de dar una dirección democrática en la verdadera revolución, de subrayar las consignas democráticas avanzadas a diferencia de las consignas traidoras del señor Struve y Cía., de indicar directa y tajantemente las tareas inmediatas de la lucha verdaderamente revolucionaria del proletariado y del campesinado a diferencia del corretaje liberal de terratenientes y fabricantes. En esto estriba ahora la esencia de la cuestión, que ustedes han pasado por alto, señores: ¡en si nuestra revolución culminará con una victoria realmente grandiosa o sólo con un mísero componenda, si llegará hasta la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado o “se agotará” en una constitución liberal-shipovista!

Puede parecer a primera vista que, al plantear esta cuestión, nos desviamos por completo de nuestro tema. Pero sólo puede parecerlo a primera vista. En realidad, precisamente en esta cuestión reside la raíz de la divergencia de principio que ya se ha perfilado plenamente entre la táctica socialdemócrata del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y la táctica fijada en la conferencia de los neoiskristas. Estos últimos han dado ya ahora no dos, sino tres pasos atrás, resucitando los errores del “economismo” al resolver cuestiones incomparablemente más complejas, más importantes y más vitales para el partido obrero, cuestiones de su táctica en el momento de la revolución. He aquí por qué debemos detenernos con toda atención en el análisis de la cuestión planteada.

En la parte que hemos citado de la resolución de la nueva «Iskra» se contiene una indicación sobre el peligro de que la socialdemocracia se ate las manos en la lucha contra la política inconsecuente de la burguesía, de que se disuelva en la democracia burguesa. La idea de este peligro cruza como un hilo rojo toda la literatura específica de la nueva «Iskra»; esta idea es el verdadero quid de toda la posición de principio en nuestra escisión partidaria (desde que los elementos de rencilla en esta escisión pasaron completamente a un segundo plano ante los elementos de giro hacia el «economismo»). Y nosotros reconocemos, sin ningún rodeo, que este peligro existe realmente, que precisamente ahora, en plena revolución rusa, este peligro se ha vuelto particularmente serio. Sobre todos nosotros, teóricos o —si prefiriera decirlo para mí— publicistas de la socialdemocracia, recae la tarea impostergable y en extremo responsable de analizar de qué lado amenaza en realidad este peligro. Pues la fuente de nuestra divergencia no reside en la discusión sobre si existe tal peligro, sino en la discusión sobre si lo engendra el llamado seguidismo de la «minoría» o el llamado revolucionarismo de la «mayoría».

Para eliminar interpretaciones torcidas y malentendidos, señalemos ante todo que el peligro del que hablamos no está en el aspecto subjetivo, sino en el objetivo de la cuestión, no en la posición formal que adopte la socialdemocracia en la lucha, sino en el desenlace material de toda la actual lucha revolucionaria. La cuestión no radica en si uno u otro grupo socialdemócrata querrá disolverse en la democracia burguesa, en si tendrá conciencia de que se disuelve: de esto no se trata en absoluto. Tal deseo no lo sospechamos en ninguno de los socialdemócratas, y el asunto no tiene que ver en modo alguno con el deseo. Tampoco se trata de si uno u otro grupo socialdemócrata conservará su independencia formal, su carácter particular, su autonomía frente a la democracia burguesa a lo largo de toda la revolución. Pueden no solo declarar esa «independencia», sino también conservarla formalmente, y aun así la cosa puede terminar de tal modo que se encuentren con las manos atadas en la lucha contra la inconsecuencia de la burguesía. El resultado político final de la revolución puede ser que, pese a la «independencia» formal, pese a la completa particularidad organizativa y partidaria de la socialdemocracia, esta resulte de hecho no ser independiente, no estar en condiciones de imprimir al curso de los acontecimientos el sello de su independencia proletaria, resulte tan débil que, en general y en su conjunto, en última instancia, en el balance final, su «disolución» en la democracia burguesa sea de todos modos un hecho histórico.

He aquí en qué consiste el peligro real. Y ahora veamos de qué lado amenaza: ¿de la desviación derechista de la socialdemocracia encarnada en la nueva «Iskra», como pensamos nosotros, o de su desviación izquierdista encarnada en la «mayoría», en «Vperiod», etc., como piensan los de la nueva «Iskra»?

La solución de esta cuestión, como hemos indicado, está determinada por la combinación objetiva de la acción de las distintas fuerzas sociales. El carácter de estas fuerzas ha sido definido teóricamente por el análisis marxista de la realidad rusa, y ahora se define prácticamente por la intervención abierta de grupos y clases en el curso de la revolución. Y he aquí que todo el análisis teórico, realizado por los marxistas mucho antes de la época que estamos viviendo, y todas las observaciones prácticas sobre el desarrollo de los acontecimientos revolucionarios nos muestran que, desde el punto de vista de las condiciones objetivas, es posible un doble curso y desenlace de la revolución en Rusia. La transformación del régimen económico y político de Rusia en un sentido democrático-burgués es inevitable e ineludible. No hay fuerza en la tierra capaz de impedir tal transformación. Pero de la combinación de la acción de las fuerzas existentes que llevan a cabo esta transformación puede resultar un doble resultado o una doble forma de esta transformación. Una de dos: 1) o la cosa termina con la «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo», o 2) faltan fuerzas para la victoria decisiva, y la cosa termina con un pacto del zarismo con los elementos más «inconsecuentes» y más «egoístas» de la burguesía. Toda la infinita diversidad de detalles y combinaciones, que nadie está en condiciones de prever, se reduce, en general y en su conjunto, justamente a uno u otro de estos dos desenlaces.

Examinemos ahora estos desenlaces, en primer lugar, desde el punto de vista de su significado social y, en segundo lugar, desde el punto de vista de la situación de la socialdemocracia (su «disolución» o sus «manos atadas») en uno y otro desenlace.

¿Qué es la «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo»? Ya hemos visto que, al emplear esta expresión, los de la nueva «Iskra» no la entienden ni siquiera en su significado político inmediato. Aún menos se percibe en ellos la comprensión del contenido de clase de este concepto. Pues nosotros, los marxistas, no debemos en modo alguno permitirnos dejarnos seducir por palabras como «revolución» o «gran revolución rusa», como se dejan seducir ahora por ellas muchos demócratas revolucionarios (como Gapón). Debemos darnos cuenta exacta de cuáles son las fuerzas sociales reales que se contraponen al «zarismo» (esa fuerza es plenamente real y plenamente comprensible para todos) y son capaces de obtener sobre él una «victoria decisiva». Tal fuerza no puede ser la gran burguesía, los terratenientes, los fabricantes, esa «sociedad» que sigue a los liberacionistas. Vemos que ellos ni siquiera quieren una victoria decisiva. Sabemos que, por su posición de clase, son incapaces de luchar de manera decisiva contra el zarismo: la propiedad privada, el capital, la tierra constituyen una bala de cañón demasiado pesada en sus pies para lanzarse a una lucha decisiva. El zarismo les es demasiado necesario con sus fuerzas policiaco-burocráticas y militares contra el proletariado y el campesinado como para que puedan aspirar a la destrucción del zarismo. No, la fuerza capaz de obtener la «victoria decisiva sobre el zarismo» solo puede ser el pueblo, es decir, el proletariado y el campesinado, si tomamos las fuerzas grandes y fundamentales, distribuyendo a la pequeña burguesía rural y urbana (también «pueblo») entre uno y otro. La «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo» es la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado. De esta conclusión, señalada hace tiempo por «Vperiod», no escaparán en modo alguno nuestros amigos de la nueva «Iskra». No hay nadie más que pueda obtener la victoria decisiva sobre el zarismo.

Y tal victoria será precisamente una dictadura, es decir, inevitablemente deberá apoyarse en la fuerza militar, en el armamento de las masas, en la insurrección, y no en una u otra institución creada por vía «legal», «pacífica». Solo puede ser una dictadura, porque la realización de las transformaciones, inmediata e indefectiblemente necesarias para el proletariado y el campesinado, provocará la resistencia desesperada tanto de los terratenientes como de la gran burguesía y del zarismo. Sin dictadura es imposible quebrantar esta resistencia, rechazar las intentonas contrarrevolucionarias. Pero será, naturalmente, no una dictadura socialista, sino democrática. No podrá afectar (sin toda una serie de escalones intermedios del desarrollo revolucionario) las bases del capitalismo. Podrá, en el mejor de los casos, introducir una redistribución radical de la propiedad de la tierra en beneficio del campesinado, implantar un democratismo consecuente y completo hasta la república, arrancar de raíz todos los rasgos asiáticos y de servidumbre no solo de la vida rural, sino también de la fabril, iniciar una mejora seria de la situación de los obreros y la elevación de su nivel de vida y, finalmente, last but not least [14], trasladar el incendio revolucionario a Europa. Una victoria tal no hará en absoluto de nuestra revolución burguesa una revolución socialista; la transformación democrática no saldrá directamente de los marcos de las relaciones económico-sociales burguesas; pero, no obstante, la importancia de semejante victoria será gigantesca para el desarrollo futuro tanto de Rusia como de todo el mundo. Nada elevará hasta tal punto la energía revolucionaria del proletariado mundial, nada acortará tanto el camino que conduce a su victoria completa, como esta victoria decisiva de la revolución iniciada en Rusia.

Cuán probable sea semejante victoria, esa es otra cuestión. No nos inclinamos en absoluto a un optimismo irreflexivo a este respecto, no olvidamos en absoluto la enorme dificultad de esta tarea; pero, al lanzarnos a la lucha, debemos desear la victoria y saber señalar el verdadero camino hacia ella. Las tendencias capaces de conducir a esta victoria están indiscutiblemente presentes. Es cierto que nuestra influencia, la socialdemócrata, sobre la masa del proletariado es aún muy, muy insuficiente; la influencia revolucionaria sobre la masa del campesinado es del todo insignificante; la dispersión, el atraso, la ignorancia del proletariado y, sobre todo, del campesinado son todavía terriblemente grandes. Pero la revolución aglutina e instruye con rapidez. Cada paso en su desarrollo despierta a la masa y la atrae con fuerza incontenible precisamente hacia el lado del programa revolucionario, como el único que expresa consecuente e íntegramente sus intereses reales y vitales.

La ley de la mecánica dice que la acción es igual a la reacción. En la historia, la fuerza destructiva de la revolución también depende en no poca medida de cuán fuerte y prolongada haya sido la represión del anhelo de libertad, de cuán profunda sea la contradicción entre la «superestructura» antediluviana y las fuerzas vivas de la época moderna. Y la situación política internacional se configura, en muchos aspectos, de la manera más favorable posible para la revolución rusa. La insurrección de obreros y campesinos ya ha comenzado; es fragmentada, espontánea, débil, pero demuestra indiscutible e incondicionalmente la existencia de fuerzas capaces de una lucha decisiva y que marchan hacia una victoria decisiva.

Si estas fuerzas no bastan, entonces el zarismo logrará concluir un trato, que ya preparan por ambos extremos tanto los señores Bulyguin como los señores Struve. Entonces la cosa acabará en una constitución raquítica o incluso –en el peor de los peores casos– en una parodia de ella. Esto será también una «revolución burguesa», sólo que abortada, un sietemesino, un bastardo. La socialdemocracia no se hace ilusiones, conoce la naturaleza traicionera de la burguesía, no se desanimará ni abandonará su tesonera, paciente y perseverante labor de educación clasista del proletariado incluso en los días grises más monótonos del bienestar constitucional-burgués «a lo Shipov». Tal desenlace se parecería más o menos al desenlace de casi todas las revoluciones democráticas en Europa durante el siglo XIX, y el desarrollo de nuestro partido marcharía entonces por un camino difícil, penoso, largo, pero conocido y trillado.

Cabe preguntarse ahora: ¿en cuál de estos dos desenlaces posibles la socialdemocracia se encontrará de facto con las manos atadas frente a una burguesía inconsecuente y egoísta?, ¿se encontrará de facto «disuelta» o casi disuelta en la democracia burguesa?

Basta plantear claramente esta cuestión para responderla sin la menor vacilación.

Si la burguesía logra hacer abortar la revolución rusa mediante un trato con el zarismo, entonces la socialdemocracia se encontrará de facto precisamente con las manos atadas frente a la burguesía inconsecuente, entonces la socialdemocracia se encontrará «disuelta» en la democracia burguesa, en el sentido de que el proletariado no logrará imprimir su sello brillante a la revolución, no logrará ajustar cuentas con el zarismo de manera proletaria o, como decía antaño Marx, «a la plebeya».

Si triunfa la victoria decisiva de la revolución, entonces ajustaremos cuentas con el zarismo a la jacobina o, si se quiere, a la plebeya. «Todo el terrorismo francés –escribía Marx en 1848 en la famosa *Nueva Gaceta Renana*– no fue otra cosa que un modo plebeyo de ajustar cuentas con los enemigos de la burguesía, con el absolutismo, el feudalismo y la pequeña burguesía» (véase Marx' Nachlass, edición de Mehring, tomo III, pág. 211){21}. ¿Han reflexionado alguna vez sobre el significado de estas palabras de Marx aquellos que asustan a los obreros socialdemócratas rusos con el espantajo del «jacobinismo» en la época de la revolución democrática?

Los girondinos de la socialdemocracia rusa contemporánea, los neoiskristas, no se funden con los liberacionistas, pero se encuentran de facto, en virtud del carácter de sus consignas, a la zaga de ellos. Y los liberacionistas, es decir, los representantes de la burguesía liberal, quieren ajustar cuentas con la autocracia de manera blanda, reformista, contemporizadora, sin ofender a la aristocracia, a la nobleza, a la corte, con cautela, sin ninguna ruptura, amable y cortésmente, a lo señorial, calzándose guantes blancos (como los que se calzó, quitándoselos de las manos de un bashi-bazuk, el señor Petrunkevich en la recepción de los «representantes del pueblo» (?) por Nicolás el Sangriento{22}, véase *Proletari* nº 5[15]).

Los jacobinos de la socialdemocracia contemporánea, los bolcheviques, los vperiodistas, los congresistas o los proletaristas, no sé ya cómo decirlo, quieren elevar con sus consignas a la pequeña burguesía revolucionaria y republicana, y especialmente al campesinado, hasta el nivel del democratismo consecuente del proletariado, que conserva su plena particularidad clasista. Quieren que el pueblo, es decir, el proletariado y el campesinado, ajuste cuentas con la monarquía y la aristocracia «a la plebeya», aniquilando sin piedad a los enemigos de la libertad, aplastando por la fuerza su resistencia, sin hacer concesión alguna a la maldita herencia de la servidumbre, del despotismo asiático, del ultraje al hombre.

Esto no significa, por supuesto, que queramos imitar obligatoriamente a los jacobinos de 1793, adoptar sus concepciones, su programa, sus consignas, sus modos de acción. Nada de eso. No tenemos un programa viejo, sino un programa nuevo: el programa mínimo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Tenemos una nueva consigna: la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado. Tendremos también, si llegamos a vivir la verdadera victoria de la revolución, nuevos modos de acción, correspondientes al carácter y a los objetivos del partido de la clase obrera, que aspira a la plena revolución socialista. Sólo queremos aclarar con nuestra comparación que los representantes de la clase avanzada del siglo XX, del proletariado, es decir, los socialdemócratas, se dividen en las mismas dos alas (oportunista y revolucionaria) en que se dividieron los representantes de la clase avanzada del siglo XVIII, de la burguesía, es decir, girondinos y jacobinos.

Sólo en caso de la victoria completa de la revolución democrática el proletariado no tendrá las manos atadas en la lucha contra la burguesía inconsecuente; sólo en este caso no se «disolverá» en la democracia burguesa, sino que impondrá a toda la revolución su sello proletario o, más exactamente, proletario-campesino.

En una palabra: para no encontrarse con las manos atadas en la lucha contra la democracia burguesa inconsecuente, el proletariado debe ser suficientemente consciente y fuerte para elevar al campesinado a la autoconciencia revolucionaria, para dirigir su ataque, para llevar a cabo así, de manera independiente, un democratismo consecuentemente proletario.

Así es como se plantea la cuestión, tan infructuosamente resuelta por los neoiskristas, del peligro de quedarse con las manos atadas en la lucha contra la burguesía inconsecuente. La burguesía siempre será inconsecuente. No hay nada más ingenuo y estéril que los intentos de bosquejar condiciones o puntos[16] bajo cuyo cumplimiento se pudiera considerar a la democracia burguesa como un amigo no hipócrita del pueblo. El único luchador consecuente por el democratismo puede ser el proletariado. Puede resultar un luchador victorioso por el democratismo únicamente a condición de que a su lucha revolucionaria se sume la masa del campesinado. Si al proletariado no le alcanzan las fuerzas para ello, la burguesía se encontrará a la cabeza de la revolución democrática y le imprimirá un carácter inconsecuente y egoísta. No hay otro medio de impedirlo que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado.

Así, llegamos a la indudable conclusión de que precisamente la táctica neoiskrista, por su significado objetivo, hace el juego a la democracia burguesa. La prédica de la indefinición organizativa, que llega hasta los plebiscitos, hasta el principio del acuerdo, hasta la separación de la literatura partidaria respecto del partido; la minimización de las tareas de la insurrección armada; la confusión de las consignas políticas populares del proletariado revolucionario y de la burguesía monárquica; la tergiversación de las condiciones de la «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo»; todo esto, en su conjunto, da precisamente esa política de seguidismo en el momento revolucionario que confunde al proletariado, lo desorganiza, introduce la confusión en su conciencia y rebaja la táctica de la socialdemocracia, en lugar de señalar el único camino hacia la victoria y sumar a la consigna del proletariado a todos los elementos revolucionarios y republicanos del pueblo.

Para confirmar esta conclusión, a la que hemos llegado sobre la base del análisis de la resolución, abordemos la misma cuestión desde otros ángulos. Veamos, en primer lugar, cómo ilustra la táctica neoiskrista un menchevique cándido y franco en el periódico georgiano «Sotsial-Demokrat». Veamos, en segundo lugar, quién se aprovecha en la práctica, en la situación política actual, de las consignas de la nueva «Iskra».

## 7. La táctica de «Apartar a los conservadores del gobierno»

El artículo del órgano del «comité» menchevique de Tiflis («Sotsial-Demokrat» nº 1) que mencionamos más arriba se titula «El Zemski Sobor y nuestra táctica». Su autor no ha olvidado aún del todo nuestro programa, enarbola la consigna de la república, pero razona sobre la táctica del siguiente modo:

«Para alcanzar este objetivo (la república) se pueden señalar dos caminos: o dejar completamente desatendido el Zemski Sobor convocado por el gobierno y, con las armas en la mano, derrotar al gobierno, formar un gobierno revolucionario y convocar una asamblea constituyente. O bien... declarar el Zemski Sobor centro de nuestra acción, influyendo con las armas en la mano sobre su composición, sobre su actividad, y obligarlo por la fuerza a declararse asamblea constituyente o a convocar a través de él una asamblea constituyente. Estas dos tácticas se diferencian muy nítidamente una de otra. Veamos, pues, cuál de ellas es más ventajosa para nosotros».

He aquí cómo los neoiskristas rusos exponen las ideas plasmadas ulteriormente en la resolución que hemos analizado. Esto fue escrito, obsérvese, antes de Tsushima{23}, cuando el «proyecto» de Buliguin no había salido aún a la luz. Incluso los liberales perdían la paciencia y expresaban su desconfianza en las páginas de la prensa legal, ¡mientras que el socialdemócrata neoiskrista resultó ser más crédulo que los liberales! Declara que el Zemski Sobor «se convoca», y cree hasta tal punto en el zar, que propone tomar como centro de nuestra acción a este Zemski Sobor aún inexistente (¿o, tal vez, a una «Duma de Estado» o un «sobor legislativo-consultivo»?). Más franco y directo que los autores de la resolución aprobada en la conferencia, nuestro colega de Tiflis no equipara ambas «tácticas» (expuestas con una ingenuidad inimitable), sino que declara que la segunda es «más ventajosa». Escuchen:

«Táctica primera. Como saben, la revolución que se avecina es una revolución burguesa, es decir, está dirigida a un cambio del régimen actual en el cual (cambio) está interesado no sólo el proletariado, sino toda la sociedad burguesa. En oposición al gobierno están todas las clases, incluso los propios capitalistas. El proletariado en lucha y la burguesía en lucha, en cierto sentido, marchan juntos y atacan juntos a la autocracia desde distintos flancos. El gobierno aquí está completamente solo y privado de la simpatía de la sociedad. Por eso, destruirlo[17] es muy fácil. Todo el proletariado ruso no es aún lo bastante consciente y organizado como para que él solo pudiera hacer la revolución. Y si pudiera hacerlo, haría no una revolución burguesa, sino proletaria (socialista). De modo que es de nuestro interés que el gobierno se quede sin aliados, que no pueda dividir a la oposición, que no atraiga hacia sí a la burguesía y no deje aislado al proletariado...».

¡De modo que es de interés del proletariado que el gobierno zarista no pueda dividir a la burguesía y al proletariado! ¿No habrá sido llamado por error el órgano georgiano «Sotsial-Demokrat», en lugar de llamarse «Osvobozhdenie»? ¡Y obsérvese qué filosofía inigualable de la revolución democrática! ¿Acaso no vemos aquí con nuestros propios ojos cómo el pobre colega de Tiflis ha sido completamente confundido por la interpretación razonadora y seguidista del concepto de «revolución burguesa»? Discute la cuestión del posible aislamiento del proletariado en la revolución democrática, y se olvida... se olvida de una minucia... ¡del campesinado! De los posibles aliados del proletariado, conoce y prefiere a los terratenientes zemstvistas, y no conoce a los campesinos. ¡Y esto en el Cáucaso! ¿Acaso no teníamos razón al decir que la nueva «Iskra» con sus razonamientos desciende al nivel de la burguesía monárquica, en lugar de elevar al campesinado revolucionario para sumarlo a sus aliados?

«...En caso contrario, la derrota del proletariado y la victoria del gobierno son inevitables. Y la autocracia tiende precisamente a esto. Sin duda alguna, en su Zemski Sobor atraerá a su lado a los representantes de la nobleza, los zemstvos, las ciudades, las universidades y otras instituciones burguesas[18]. Se esforzará por congraciárselos con pequeñas concesiones y reconciliarlos así consigo. Reforzada de esta manera, dirigirá todos sus golpes contra el pueblo trabajador, que habrá quedado solo. Nuestro deber es impedir tan desdichado desenlace. Pero ¿acaso puede hacerse esto por el primer camino? Supongamos que no prestamos ninguna atención al Zemski Sobor y comenzamos nosotros mismos a prepararnos para la insurrección, y un buen día salimos armados a la calle a luchar. Y he aquí que entonces tendremos delante no a uno, sino a dos enemigos: el gobierno y el Zemski Sobor. Mientras nosotros nos preparábamos, ellos habrán tenido tiempo de ponerse de acuerdo[19], concertar un acuerdo entre sí, elaborar una constitución ventajosa para ellos y se habrán repartido el poder. Ésta es una táctica directamente ventajosa para el gobierno, y debemos rechazarla del modo más enérgico...».

¡Esto sí que es franco! ¡Hay que rechazar resueltamente la «táctica» de preparar la insurrección, porque «durante ese tiempo» el gobierno llegará a un acuerdo con la burguesía! ¿Acaso puede encontrarse en la vieja literatura del más recalcitrante «economismo» algo siquiera que se aproxime a semejante oprobio de la socialdemocracia revolucionaria? Aquí y allá tienen lugar insurrecciones y estallidos de obreros y campesinos; es un hecho. El Zemski Sobor, una promesa de Buliguin. Y el «Sotsial-Demokrat» de la ciudad de Tiflis decide: ¡renunciar a la táctica de preparar la insurrección y esperar al «centro de influencia», el Zemski Sobor...!

«...La segunda táctica, por el contrario, consiste en poner el Zemski Sobor bajo nuestra vigilancia, no darle la posibilidad de actuar según su voluntad[20] y concertar un acuerdo con el gobierno[21].

Nosotros apoyamos el Zemski Sobor en la medida en que lucha contra la autocracia, y luchamos contra él en aquellos casos en que se reconcilia con la autocracia. Mediante una enérgica intervención y la fuerza, dividimos a los diputados entre sí[22], sumamos a los radicales a nuestro lado[23], apartamos a los conservadores del gobierno y, de este modo, ponemos todo[24] el Zemski Sobor en la vía revolucionaria. Gracias a esta táctica, el gobierno quedará constantemente solo, la oposición[25] fuerte, y con ello se facilitará el establecimiento del régimen democrático».

¡Sí, sí! Que digan ahora que exageramos el giro de los neoiskristas hacia la más vulgar semejanza del «economismo». Pues esto ya es directamente parecido al famoso polvo contra las moscas: atrapar la mosca, espolvorearla, y muere. Dividir por la fuerza a los diputados del Zemski Sobor, «apartar a los conservadores del gobierno», ¡y todo el Zemski Sobor se pondrá en la vía revolucionaria...! Sin ninguna insurrección armada «jacobina», sino así, noblemente, casi de modo parlamentario, «influyendo» sobre los miembros del Zemski Sobor.

¡Pobre Rusia! Se decía de ella que siempre lleva sombreritos pasados de moda, desechados por Europa. Aún no tenemos parlamento, ni siquiera Buliguin lo ha prometido, pero cretinismo parlamentario{24} tenemos cuanto se quiera.

«…¿Cómo debe producirse esta intervención? Ante todo, exigiremos que la Asamblea de la Tierra sea convocada mediante el sufragio universal, igual, directo y secreto. Junto con la promulgación[26] de tal procedimiento electoral, debe ser legalizada[27] la plena libertad de agitación preelectoral, es decir, la libertad de reunión, de palabra, de prensa, la inviolabilidad de los electores y los elegidos, y la liberación de todos los presos políticos. Las elecciones mismas deben ser fijadas lo más tarde posible, para que dispongamos de tiempo suficiente para informar y preparar al pueblo. Y puesto que la elaboración de las normas para la convocatoria de la Asamblea ha sido encomendada a la comisión del ministro del Interior, Bulyguin, debemos influir también sobre esta comisión y sobre sus miembros[28]. Si la comisión de Bulyguin se niega a satisfacer nuestras demandas[29] y concede el derecho de elegir diputados únicamente a los propietarios, entonces debemos intervenir en estas elecciones y, por vía revolucionaria, obligar a los electores a elegir candidatos avanzados y a exigir en la Asamblea de la Tierra una asamblea constituyente[30]. Finalmente, por todos los medios posibles: manifestaciones, huelgas y, si fuera necesario, la insurrección, obligar a la Asamblea de la Tierra a convocar una asamblea constituyente o a declararse como tal. El defensor de la asamblea constituyente debe ser el proletariado armado, y ambos juntos[31] marcharán hacia la república democrática.

Tal es la táctica socialdemócrata, y solo ella nos asegurará la victoria».

Que no piense el lector que todo este despropósito increíble es una simple prueba de pluma de algún neoiskrista irresponsable y sin influencia. No, esto se dice en el órgano de todo un comité de los neoiskristas, el de Tiflis. Más aún. Este despropósito es directamente aprobado por Iskra, en cuyo número cien leemos acerca de este Sotsial-Demokrat:

«El primer número está redactado de manera viva y talentosa. Se nota la mano experimentada y hábil de un redactor-escritor… Se puede afirmar con seguridad que el periódico cumplirá brillantemente la tarea que se ha propuesto».

¡Sí! Si esa tarea consiste en mostrar a todos y cada uno de manera palpable la completa descomposición ideológica del neoiskrismo, entonces ha sido cumplida, en efecto, «brillantemente». Nadie habría sabido expresar de forma más «viva, talentosa y hábil» la degradación de los neoiskristas hasta el oportunismo liberal-burgués.

## 8. Osvobozhdenismo y neoiskrismo

Pasemos ahora a otra confirmación palpable de la significación política del neoiskrismo.

En el notable, excelente y sumamente instructivo artículo «Cómo encontrarse a sí mismo» (n.º 71 de Osvobozhdenie), el señor Struve emprende una guerra contra el «revolucionarismo programático» de nuestros partidos extremos. El señor Struve está particularmente descontento conmigo personalmente[32]. En lo que a mí respecta, yo estoy de lo más contento con el señor Struve: no podría desear un aliado mejor en la lucha contra el resurgente «economismo» de los neoiskristas y contra la total falta de principios de los «socialistas-revolucionarios». De cómo el señor Struve y Osvobozhdenie demostraron prácticamente todo el carácter reaccionario de las «enmiendas» al marxismo introducidas en el proyecto de programa de los socialistas-revolucionarios, hablaremos en otra ocasión. De cómo el señor Struve, cada vez que aprobaba por principio a los neoiskristas, me ha prestado un servicio fiel, honesto y verdadero, ya hemos hablado repetidamente[33] y lo diremos ahora una vez más.

En el artículo del señor Struve hay toda una serie de declaraciones interesantísimas, que aquí solo podemos señalar de pasada. Se propone «crear una democracia rusa apoyándose no en la lucha, sino en la colaboración de clases», con lo cual la «intelectualidad socialmente privilegiada» (como la «nobleza culta», ante la cual el señor Struve se deshace en reverencias con la gracia de un lacayo auténticamente mundano) aportará «el peso de su posición social» (el peso del talego de dinero) a este partido «no clasista». El señor Struve expresa el deseo de dar a conocer a la juventud la inutilidad del «estereotipo radical de que la burguesía se ha asustado y ha traicionado al proletariado y a la causa de la libertad» (saludamos de todo corazón este deseo. Nada confirmará tanto este «estereotipo» marxista como la guerra que le hace el señor Struve. ¡Por favor, señor Struve, no deje en el tintero su magnífico plan!).

Para nuestro tema, nos importa señalar contra qué consignas prácticas combate actualmente un representante de la burguesía rusa tan políticamente sensible y atento al menor cambio de clima. En primer lugar, contra la consigna del republicanismo. El señor Struve está firmemente convencido de que esta consigna es «incomprensible y ajena a la masa popular» (¡olvida añadir: comprensible, pero desventajosa para la burguesía!). ¡Nos gustaría ver qué respuesta recibiría el señor Struve de los obreros en nuestros círculos y en nuestras reuniones de masas! ¿Acaso los obreros no son pueblo? ¿Y los campesinos? Entre ellos existe, según palabras del señor Struve, un «republicanismo ingenuo» («echar al zar»), ¡pero la burguesía liberal cree que el republicanismo ingenuo será reemplazado no por un republicanismo consciente, sino por un monarquismo consciente! Ça dépend, señor Struve, eso depende aún de las circunstancias. Tanto el zarismo como la burguesía no pueden dejar de oponerse a una mejora radical de la situación de los campesinos a costa de la tierra de los terratenientes, y la clase obrera no puede dejar de ayudar en esto al campesinado.

En segundo lugar, el señor Struve asegura que «en la guerra civil, el que ataca siempre resultará no tener razón». Esta idea se aproxima estrechamente a las tendencias del neoiskrismo mostradas más arriba. No diremos, por supuesto, que en la guerra civil siempre sea ventajoso atacar; no, a veces la táctica defensiva es obligatoria por un tiempo. Pero plantear una tesis como la formulada por el señor Struve, aplicada a la Rusia de 1905, significa precisamente mostrar un fragmento del «estereotipo radical» («la burguesía se asusta y traiciona la causa de la libertad»). Quien no quiere ahora atacar a la autocracia, a la reacción, quien no se prepara para este ataque, quien no lo predica, en vano acepta el nombre de partidario de la revolución.

El señor Struve condena las consignas: «conspiración» y «revuelta» (esta es «la insurrección en miniatura»). ¡El señor Struve desprecia ambas cosas desde el punto de vista del «acceso a las masas»! Preguntaríamos al señor Struve: ¿podría él señalar la prédica de la revuelta en una obra de un revolucionario tan desmesurado, según su criterio, como ¿Qué hacer?[34]. Y en cuanto a la «conspiración», ¿es acaso grande la diferencia, por ejemplo, entre nosotros y el señor Struve? ¿No trabajamos ambos en un periódico «ilegal», introducido «conspirativamente» en Rusia y que sirve a los grupos «secretos» de la «Unión de Liberación» o del POSDR? Nuestras reuniones obreras de masas son a menudo «conspirativas»: tenemos ese pecado. ¿Y las reuniones de los señores osvobozhdenistas? ¿Tiene usted de qué envanecerse, señor Struve, ante los despreciables partidarios de la despreciable conspiración?

Es cierto que se requiere una conspiración redoblada para la entrega de armas a los obreros. Aquí el señor Struve ya se expresa de manera más directa. Escuchen: «En lo que respecta a la insurrección armada o revolución en el sentido técnico[35], solo la propaganda masiva del programa democrático puede crear las condiciones socio-psíquicas para una insurrección armada general. Por consiguiente, incluso desde el punto de vista, que yo no comparto, que considera la insurrección armada como la culminación inevitable de la lucha actual por la liberación, la impregnación de las masas con las ideas de la transformación democrática es la tarea más fundamental, la más necesaria».

El señor Struve intenta eludir la cuestión. Habla de la inevitabilidad de la insurrección en lugar de hablar de su necesidad para la victoria de la revolución. Una insurrección no preparada, espontánea, fragmentada, ya ha comenzado. Nadie puede garantizar de manera absoluta que culminará en una insurrección popular armada, integral y completa, pues esto depende tanto del estado de las fuerzas revolucionarias (que solo se miden plenamente en la lucha misma), como del comportamiento del gobierno y de la burguesía, y de una serie de otras circunstancias imposibles de calcular con exactitud. Sobre la inevitabilidad, en el sentido de esa certeza absoluta sobre un acontecimiento concreto hacia la que desvía la conversación el señor Struve, no hay nada que decir. Si se quiere ser partidario de la revolución, hay que hablar de si la insurrección es necesaria para la victoria de la revolución, de si es necesario plantearla activamente, predicarla, prepararla de inmediato y con energía. El señor Struve no puede sino comprender esta diferencia: él mismo, por ejemplo, no encubre la cuestión, indiscutible para un demócrata, de la necesidad del sufragio universal con la cuestión, discutible e impertinente para un actor político, de la inevitabilidad de su obtención en el curso de una revolución dada. Al eludir la cuestión de la necesidad de la insurrección, el señor Struve expresa con ello el trasfondo más profundo de la posición política de la burguesía liberal. La burguesía, en primer lugar, prefiere pactar con la autocracia antes que aplastarla; en todo caso, la burguesía descarga la lucha con las armas en la mano sobre los obreros (esto, en segundo lugar). He aquí el significado real de la evasiva del señor Struve. He aquí por qué recula de la cuestión de la necesidad de la insurrección a la cuestión de sus "condiciones socio-psíquicas", de la "propaganda" previa. Exactamente igual que los charlatanes burgueses en el Parlamento de Fráncfort de 1848 se ocupaban de redactar resoluciones, declaraciones, decisiones, de la "propaganda de masas" y de la preparación de las "condiciones socio-psíquicas" en un momento en que se trataba de rechazar la fuerza armada del gobierno, cuando el movimiento "había llevado a la necesidad" de la lucha armada, cuando la sola influencia verbal (cien veces necesaria en el período preparatorio) se transformó en una vulgar inactividad y cobardía burguesas; exactamente igual, el señor Struve rehúye la cuestión de la insurrección, escudándose en frases. El señor Struve nos muestra de manera patente lo que muchos socialdemócratas se niegan obstinadamente a ver, a saber: que el momento revolucionario se distingue de los momentos históricos ordinarios, rutinarios, preparatorios, precisamente en que el estado de ánimo, la excitación, la convicción de las masas deben manifestarse y se manifiestan en la acción.

El revolucionarismo vulgar no comprende que la palabra también es un hecho; esta tesis es indiscutible en su aplicación a la historia en general o a aquellas épocas de la historia en las que no hay una acción política abierta de las masas, la cual ningún golpe de estado puede sustituir ni provocar artificialmente. El rabismo de los revolucionarios no comprende que, cuando ha comenzado el momento revolucionario, cuando la vieja "superestructura" ha crujido por todas sus costuras, cuando la acción política abierta de las clases y de las masas que se crean una nueva superestructura se ha convertido en un hecho, cuando ha comenzado la guerra civil, entonces limitarse a la vieja "palabra", sin dar la consigna directa de pasar al "hecho", entonces excusarse del hecho con la referencia a las "condiciones psíquicas" y a la "propaganda" en general es falta de vitalidad, mortal rigidez, raciocinio estéril, o bien traición a la revolución y deserción de ella. Los charlatanes de Fráncfort de la burguesía democrática constituyen un inolvidable ejemplo histórico de tal traición o de tal estúpida obstinación raciocinante.

¿Quieren ustedes una explicación de esta diferencia entre el revolucionarismo vulgar y el rabismo de los revolucionarios con ejemplos de la historia del movimiento socialdemócrata en Rusia? Nosotros les daremos tal explicación. Recuerden los años 1901-1902, tan recientemente pasados y que ya nos parecen ahora una especie de leyenda lejana. Comenzaron las manifestaciones. El revolucionarismo vulgar levantó el grito de "asalto" (Rábochie Dielo){25}, se lanzaban "hojitas sangrientas" (de origen berlinés, si no me falla la memoria), se atacaba el "literaturismo" y el carácter de gabinete de la idea de la agitación en toda Rusia mediante un periódico (Nadezhdin){26}. El rabismo de los revolucionarios se manifestaba entonces, por el contrario, con la prédica de que "la lucha económica es el mejor medio para la agitación política". ¿Cómo se situaba la socialdemocracia revolucionaria? Ella atacaba ambas corrientes. Condenaba el espontaneísmo insurreccional y los gritos de asalto, pues todos veían claramente o debían haber visto que la acción abierta de masas era asunto del día siguiente. Condenaba el rabismo y planteaba directamente la consigna de la insurrección armada, incluso de todo el pueblo, no en el sentido de un llamamiento directo (el señor Struve no habría encontrado en nosotros en aquella época un llamamiento a la "revuelta"), sino en el sentido de una conclusión necesaria, en el sentido de la "propaganda" (de la que el señor Struve se ha acordado solo ahora: siempre se retrasa unos años, nuestro respetable señor Struve), en el sentido de la preparación de esas mismas "condiciones socio-psíquicas" sobre las que ahora peroran "triste e inoportunamente" los representantes de la burguesía desconcertada y mercantil. Entonces, la propaganda y la agitación, la agitación y la propaganda eran realmente situadas en primer plano por la situación objetiva de las cosas. Entonces, como piedra de toque del trabajo de preparación de la insurrección podía plantearse (y se planteó en ¿Qué hacer?) el trabajo en torno a un periódico político para toda Rusia, cuya aparición semanal parecía un ideal. Entonces, las consignas: agitación de masas en lugar de acciones armadas directas; preparación de las condiciones socio-psíquicas de la insurrección en lugar del espontaneísmo insurreccional, eran las únicas consignas correctas de la socialdemocracia revolucionaria. ¡Ahora, estas consignas han sido superadas por los acontecimientos, el movimiento ha avanzado, se han convertido en basura, en harapos, útiles solo para encubrir la hipocresía liberacionista y el rabismo neoiskrista!

¿O acaso me equivoco? ¿Acaso la revolución aún no ha comenzado? ¿El momento de la acción política abierta de las clases aún no ha llegado? ¿La guerra civil aún no existe, y la crítica de las armas no debe aparecer ya ahora como el sucesor necesario y obligatorio, el heredero, el albacea, el consumador de las armas de la crítica?

Miren a su alrededor, asómense desde el gabinete a la calle para responder a estas preguntas. ¿Acaso el propio gobierno no ha comenzado ya la guerra civil, fusilando en masa por doquier a ciudadanos pacíficos e inermes? ¿Acaso no actúan las centurias negras armadas como "argumento" de la autocracia? ¿Acaso la burguesía —incluso la burguesía— no ha reconocido la necesidad de una milicia civil? ¿Acaso ese mismo señor Struve, el idealmente moderado y puntilloso señor Struve, no dice (¡ay, solo dice, para excusarse!) que "el carácter abierto de las acciones revolucionarias" (¡así estamos ahora!) "es actualmente una de las condiciones más importantes de la influencia educativa sobre las masas populares"?

Quien tenga ojos para ver no puede dudar de cómo debe ser planteada ahora por los partidarios de la revolución la cuestión de la insurrección armada. Observen, pues, las tres maneras de plantear esta cuestión que se han dado en los órganos de prensa libre capaces de influir en cierta medida sobre las masas.

Primera manera de plantearla. La resolución del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia[36]. Se ha reconocido y declarado públicamente que el movimiento revolucionario democrático general ya ha llevado a la necesidad de la insurrección armada. La organización del proletariado para la insurrección ha sido puesta a la orden del día como una de las tareas esenciales, principales y necesarias del partido. Se ha encargado tomar las medidas más enérgicas para armar al proletariado y asegurar la posibilidad de la dirección directa de la insurrección.

Segunda manera de plantearla. El artículo de principios en Osvobozhdenie del "jefe de los constitucionalistas rusos" (como llamó hace poco al señor Struve un órgano tan influyente de la burguesía europea como el Frankfurter Zeitung{27}), o jefe de la burguesía progresista rusa. Él no comparte la opinión sobre la inevitabilidad de la insurrección. La conspiración y la revuelta son métodos específicos del revolucionarismo irracional. El republicanismo es un método de aturdimiento. La insurrección armada es una cuestión, en propiedad, solo técnica, mientras que "la labor más fundamental, la más necesaria" es la propaganda de masas y la preparación de las condiciones socio-psíquicas.

Tercera postura. Resolución de la conferencia neoiskrista. Nuestra tarea es preparar la insurrección. Se excluye la posibilidad de una insurrección planificada. Las condiciones favorables para la insurrección se crean con la desorganización gubernamental, nuestra agitación, nuestra organización. Solo entonces «pueden adquirir una importancia más o menos seria los preparativos técnico-combativos».

¿Y solo eso? Solo eso. Si la insurrección se ha hecho necesaria, los dirigentes neoiskristas del proletariado aún no lo saben. Si la tarea de organizar al proletariado para la lucha directa es urgente, aún no está claro para ellos. No hay que llamar a adoptar las medidas más enérgicas, es mucho más importante (en 1905, y no en 1902) explicar en líneas generales bajo qué condiciones estas medidas «pueden» adquirir una importancia «más o menos seria»...

¿Ven ahora, camaradas neoiskristas, a dónde los ha llevado su giro hacia el martynovismo? ¿Comprenden que su filosofía política ha resultado ser un refrito de la filosofía osvobozhdénskaya? ¿que han ido a parar (contra su voluntad y al margen de su conciencia) a la cola de la burguesía monárquica? ¿Les queda claro ahora que, repitiendo lugares comunes y perfeccionándose en el razonamiento abstracto, han pasado por alto la circunstancia de que —diciéndolo con las inolvidables palabras del inolvidable artículo de Piotr Struve— «el carácter abierto de las acciones revolucionarias en el momento actual es una de las condiciones más importantes para la influencia educativa sobre las masas populares»?

## 9. ¿Qué significa ser partido de oposición extrema en tiempo de revolución?

Volvamos a la resolución sobre el gobierno provisional. Hemos mostrado que la táctica de los neoiskristas no hace avanzar la revolución —posibilidad que ellos quisieran asegurar con su resolución—, sino que la hace retroceder. Hemos mostrado que precisamente esta táctica ata las manos de la socialdemocracia en la lucha contra la burguesía inconsecuente y no la protege de la disolución en la democracia burguesa. Es comprensible que de premisas falsas de la resolución se obtenga una conclusión falsa: «Por eso la socialdemocracia no debe proponerse como objetivo tomar o compartir el poder en el gobierno provisional, sino que debe seguir siendo el partido de oposición revolucionaria extrema». Fijémonos en la primera mitad de esta conclusión, relativa al planteamiento de los objetivos. ¿Se proponen los neoiskristas como objetivo de la actividad socialdemócrata la victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo? —Se lo proponen. No saben formular correctamente las condiciones de la victoria decisiva, desviándose hacia la formulación «osvobozhdénskaya», pero el objetivo indicado se lo proponen. Además, ¿vinculan ellos el gobierno provisional con la insurrección? —Sí, lo vinculan directamente, diciendo que el gobierno provisional «sale de la insurrección popular victoriosa». Finalmente, ¿se proponen dirigir la insurrección? —Sí, ellos eluden, como el señor Struve, reconocer la insurrección como necesaria e inaplazable, pero dicen al mismo tiempo, a diferencia del señor Struve, que «la socialdemocracia se esfuerza por subordinarla (la insurrección) a su influencia y dirección y utilizarla en interés de la clase obrera».

¿No es cierto que esto resulta coherente? Nos proponemos subordinar la insurrección de las masas proletarias y no proletarias a nuestra influencia, a nuestra dirección, utilizarla en nuestros intereses. Nos proponemos, por consiguiente, dirigir en la insurrección tanto al proletariado como a la burguesía revolucionaria y a la pequeña burguesía («grupos no proletarios»), es decir, «compartir» la dirección de la insurrección entre la socialdemocracia y la burguesía revolucionaria. Nos proponemos la victoria de la insurrección, que debe llevar a la instauración del gobierno provisional («salido de la insurrección popular victoriosa»). Por eso... ¡¡por eso no debemos proponernos tomar o compartir el poder en el gobierno revolucionario provisional!!

Nuestros amigos no consiguen de ninguna manera hacer cuadrar las cuentas. Vacilan entre el punto de vista del señor Struve, que se excusa de la insurrección, y el punto de vista de la socialdemocracia revolucionaria, que llama a emprender esa tarea inaplazable. Vacilan entre el anarquismo, que condena por principio, como traición al proletariado, toda participación en el gobierno revolucionario provisional, y el marxismo, que exige tal participación bajo la condición de la influencia dirigente de la socialdemocracia sobre la insurrección[37]. No tienen ninguna posición independiente: ni la posición del señor Struve, que desea pactar con el zarismo y por eso debe esquivar y hacer rodeos en la cuestión de la insurrección; —ni la posición de los anarquistas, que condenan toda acción «desde arriba» y toda participación en la revolución burguesa. Los neoiskristas confunden el pacto con el zarismo y la victoria sobre el zarismo. Quieren participar en la revolución burguesa. Han avanzado algo con respecto a las «Dos dictaduras» de Mártov. Están de acuerdo incluso en dirigir la insurrección del pueblo, —con la condición de renunciar a esa dirección inmediatamente después de la victoria (o, tal vez, justo antes de la victoria?), es decir, con la condición de no disfrutar los frutos de la victoria, sino entregar todos los frutos íntegramente a la burguesía. A eso lo llaman «utilizar la insurrección en interés de la clase obrera»...

No hay necesidad de detenerse más en esta confusión. Es más útil examinar el origen de esta confusión en la formulación de esta última que reza: «seguir siendo el partido de oposición revolucionaria extrema».

Tenemos ante nosotros una de las tesis familiares de la socialdemocracia revolucionaria internacional. Es una tesis completamente correcta. Se ha convertido en un lugar común para todos los adversarios del revisionismo o del oportunismo en los países parlamentarios. Ha adquirido carta de naturaleza como réplica legal y necesaria al «cretinismo parlamentario», al millerandismo, al bernsteinianismo, al reformismo italiano al estilo de Turati. Nuestros buenos neoiskristas han aprendido de memoria esta buena tesis y la aplican celosamente... de forma completamente inoportuna. Las categorías de la lucha parlamentaria se insertan en resoluciones escritas para condiciones en las que no hay parlamento alguno. El concepto de «oposición», que surgió como reflejo y expresión de una situación política en la que nadie habla en serio de la insurrección, es trasladado sin sentido a una situación en la que la insurrección ha comenzado y en la que todos los partidarios de la revolución piensan y hablan de dirigirla. El deseo de «seguir» igual que antes, es decir, actuando solo «desde abajo», se expresa con pompa y estrépito justo cuando la revolución ha planteado la cuestión de la necesidad de actuar desde arriba, en caso de victoria de la insurrección.

¡No, decididamente no tienen suerte nuestros neoiskristas! Incluso cuando formulan una tesis socialdemócrata correcta, no saben aplicarla correctamente. No han pensado en cómo se transforman y se convierten en su contrario los conceptos y términos de la lucha parlamentaria en la época de la revolución iniciada, en ausencia de parlamento, en presencia de la guerra civil, en presencia de los estallidos de la insurrección. No han pensado que, en las condiciones de que se trata, las enmiendas se proponen mediante manifestaciones callejeras, las interpelaciones se presentan mediante acciones ofensivas de ciudadanos armados, la oposición al gobierno se ejerce mediante el derrocamiento violento del gobierno.

Así como el conocido héroe de nuestra epopeya popular repetía buenos consejos justamente cuando resultaban inoportunos, los admiradores de Martínov repiten las lecciones del parlamentarismo pacífico precisamente cuando ellos mismos constatan el comienzo de las hostilidades militares abiertas. No hay nada más curioso que ese proclamar, con aire importante, la consigna de «oposición extrema» en una resolución que empieza señalando la «victoria decisiva de la revolución», la «insurrección popular». ¡Dense cuenta, señores, de lo que significa ser la «oposición extrema» en la época de la insurrección! ¿Significa esto desenmascarar al gobierno o derribarlo? ¿Significa votar contra el gobierno o infligir una derrota a sus fuerzas militares en batalla abierta? ¿Significa negarle al gobierno nuevos ingresos para su tesoro, o significa la confiscación revolucionaria de ese tesoro para destinarlo a las necesidades de la insurrección, al armamento de los obreros y de los campesinos, a la convocatoria de una asamblea constituyente? ¿No empiezan ustedes a comprender, señores, que el concepto de «oposición extrema» expresa únicamente acciones negativas –desenmascarar, votar en contra, negarse–? ¿Por qué? Porque este concepto se refiere tan solo a la lucha parlamentaria, y además en una época en que nadie se fija como objetivo inmediato de la lucha la «victoria decisiva». ¿No empiezan ustedes a comprender que la cuestión cambia radicalmente a este respecto desde el momento en que se inicia el embate decisivo del pueblo políticamente oprimido en todos los frentes para luchar desesperadamente por la victoria?

Los obreros nos preguntan: ¿hay que emprender con energía la obra impostergable de la insurrección? ¿Cómo hacer para que la insurrección iniciada sea victoriosa? ¿Cómo aprovechar la victoria? ¿Qué programa se puede y se debe aplicar entonces? Los neoiskristas, que «profundizan» el marxismo, responden: seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema… Pues bien, ¿acaso no teníamos razón al calificar a estos caballeros de virtuosos del filisteísmo?

## 10. Las «comunas revolucionarias» y la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado

La conferencia de los neoiskristas no se mantuvo en la postura anarquista a la que había llegado la nueva Iskra (solo «desde abajo» y no «desde abajo y desde arriba»). Lo absurdo de admitir la insurrección pero no admitir la victoria ni la participación en un gobierno revolucionario provisional saltaba demasiado a la vista. Por eso la resolución introdujo salvedades y restricciones en la solución del problema dada por Martínov y Mártov. Examinemos esas salvedades recogidas en la siguiente parte de la resolución:

«Esa táctica (“seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema”), por supuesto, no excluye en modo alguno la conveniencia de una toma parcial, episódica, del poder y de la formación de comunas revolucionarias en tal o cual ciudad, en tal o cual región, en interés exclusivo de contribuir a extender la insurrección y desorganizar al gobierno».

Si es así, eso significa que en principio se admite la acción no solo desde abajo, sino también desde arriba. Significa que queda refutada la tesis expuesta por L. Mártov en su conocido folletín de Iskra (núm. 93) y se reconoce como acertada la táctica del periódico Vperiod: no solo «desde abajo», sino también «desde arriba».

Además, la toma del poder (aunque sea parcial, episódica, etc.) evidentemente presupone la participación no solo de la socialdemocracia y no solo del proletariado. Esto se desprende del hecho de que no solo el proletariado está interesado y participa activamente en la revolución democrática. Se desprende de que la insurrección es «popular», como se dice al comienzo de la resolución que examinamos, de que en ella participan también «grupos no proletarios» (expresión de la resolución de la conferencia sobre la insurrección), es decir, también la burguesía. Eso significa que el principio según el cual toda participación de los socialistas junto con la pequeña burguesía en un gobierno revolucionario provisional es una traición a la clase obrera, ha sido arrojado por la borda por la conferencia, tal como lo exigía Vperiod. La «traición» no deja de ser traición por el hecho de que el acto que la constituye sea parcial, episódico, de ámbito regional, etc. Significa que la equiparación de la participación en un gobierno revolucionario provisional con el jauressismo vulgar ha sido arrojada por la borda por la conferencia, tal como lo exigía Vperiod{28}. Un gobierno no deja de ser gobierno porque su poder se extienda no a muchas ciudades, sino a una sola ciudad, no a muchas regiones, sino a una sola, ni tampoco por cómo se denomine ese gobierno. De este modo, la manera principista de plantear la cuestión que pretendía dar la nueva Iskra ha sido abandonada por la conferencia.

Veamos si son razonables las restricciones que la conferencia impone a la formación de gobiernos revolucionarios, ahora admitida en principio, y a la participación en ellos. En qué se diferencia el concepto de «episódico» del concepto de «provisional», no lo sabemos. Tememos que con esta palabra extranjera y «nueva» se oculte aquí sencillamente la falta de un pensamiento claro. Parece «más profundo», pero en realidad es solo más oscuro y más confuso. ¿En qué se diferencia la «conveniencia» de una «toma del poder» parcial en una ciudad o región de la participación en el gobierno revolucionario provisional de todo el Estado? ¿Acaso entre las «ciudades» no se encuentra Petersburgo, donde tuvo lugar el 9 de enero? ¿Acaso entre las regiones no está el Cáucaso, que es más grande que muchos Estados? ¿Acaso las tareas (que antaño tanto turbaban a la nueva Iskra) relacionadas con las prisiones, la policía, las tesorerías, etc., etc., no se plantean ante nosotros con la «toma del poder» incluso en una sola ciudad, por no hablar ya de una región? Nadie negará, por supuesto, que cuando las fuerzas son insuficientes, cuando el éxito de la insurrección es incompleto, cuando su victoria no es decisiva, son posibles gobiernos revolucionarios provisionales parciales, de ciudades u otros. Pero ¿a qué viene eso, señores? ¿No son ustedes mismos los que al inicio de la resolución hablan de la «victoria decisiva de la revolución», de la «insurrección popular victoriosa»? ¿Desde cuándo los socialdemócratas se arrogan la tarea de los anarquistas: dispersar la atención y los objetivos del proletariado, orientarlo hacia lo «parcial» y no hacia lo universal, único, íntegro y completo? Al suponer la «toma del poder» en una ciudad, ustedes mismos hablan de «extender la insurrección»: ¿a otra ciudad, nos atrevemos a pensar? ¿a todas las ciudades, es lícito esperarlo? Sus conclusiones, señores, son tan vacilantes y casuales, contradictorias y confusas como sus premisas. El III Congreso del POSDR dio una respuesta exhaustiva y clara a la cuestión del gobierno revolucionario provisional en general. Esa respuesta abarca también todos los gobiernos provisionales parciales. En cambio, la respuesta de la conferencia, al aislar de manera artificial y arbitraria una parte de la cuestión, no hace sino eludir (sin éxito) el problema en su conjunto y sembrar la confusión.

¿Qué significa «comunas revolucionarias»? ¿Se diferencia este concepto del de «gobierno revolucionario provisional» y, en caso afirmativo, en qué? Eso ni los propios señores de la conferencia lo saben. La confusión del pensamiento revolucionario conduce en ellos, como sucede con frecuencia, a la frase revolucionaria. Sí, el uso del término «comuna revolucionaria» en una resolución de representantes de la socialdemocracia es eso, una frase revolucionaria, y nada más. Marx condenó más de una vez semejante frase cuando tras un término «seductor» del pasado ya caduco se ocultan las tareas del futuro. El carácter seductor de un término que ha desempeñado un papel en la historia se convierte en estos casos en oropel vacío y nocivo, en un cascabel. Tenemos que dar a los obreros y a todo el pueblo una idea clara e inequívoca de para qué queremos instaurar un gobierno revolucionario provisional, qué transformaciones concretas llevaremos a cabo si mañana mismo, tras el desenlace victorioso de la insurrección popular ya iniciada, ejercemos una influencia decisiva sobre el poder. Esas son las cuestiones que tienen ante sí los dirigentes políticos.

El Tercer Congreso del POSDR responde a estas preguntas con total claridad, ofreciendo un programa completo de estas transformaciones: nuestro programa mínimo de partido. En cambio, la palabra «comuna» no da respuesta alguna, llenando las cabezas con un sonido lejano… o un sonsonete vacío. Cuanto más preciada es para nosotros, por ejemplo, la Comuna de París de 1871, tanto más inadmisible es despachar el asunto con una referencia a ella sin analizar sus errores y sus condiciones particulares. Hacerlo significaría repetir el insensato ejemplo, ridiculizado por Engels, de los blanquistas que, en 1874, en su «manifiesto», se postraban ante cada acto de la Comuna{29}. ¿Qué dirá el delegado de la conferencia al obrero que le pregunte sobre esa «comuna revolucionaria» mencionada en la resolución? Solo podrá decir que en la historia se conoce con ese nombre a un gobierno obrero que no supo ni pudo entonces distinguir los elementos del cambio democrático y del socialista, que confundía las tareas de la lucha por la república con las tareas de la lucha por el socialismo, que no supo resolver la tarea de una enérgica ofensiva militar contra Versalles, que erróneamente no se apoderó del banco francés, etc. En una palabra: si en vuestra respuesta os remitís a la Comuna de París o a cualquier otra, nuestra respuesta será: ese fue un gobierno como el nuestro no debe ser. ¡Vaya respuesta, no hay más que decir! ¿No da testimonio esto del razonamiento de un repetidor escolástico y de la impotencia del revolucionario, cuando se pasa por alto en silencio el programa práctico del partido y, fuera de lugar, se empieza a impartir lecciones de historia en una resolución? ¿No muestra esto precisamente el error que sin éxito intentaron atribuirnos: la confusión entre el cambio democrático y el socialista, que ninguna de las «comunas» distinguía?

El objetivo del gobierno provisional (tan inoportunamente llamado comuna) se plantea «exclusivamente» como la extensión de la insurrección y la desorganización del gobierno. Este «exclusivamente» elimina, en su sentido literal, todas las demás tareas, siendo un resabio de la absurda teoría del «solo desde abajo». Tal eliminación de otras tareas es, una vez más, miopía e irreflexión. La «comuna revolucionaria», es decir, el poder revolucionario, aunque sea en una sola ciudad, deberá inevitablemente cumplir (aunque sea temporalmente, «parcial, episódicamente») todas las funciones estatales, y esconder aquí la cabeza bajo el ala es el colmo de la insensatez. Este poder deberá legalizar la jornada laboral de 8 horas, instaurar la inspección obrera en las fábricas, establecer la educación universal gratuita, introducir la elección de los jueces, instaurar comités campesinos, etc.; en una palabra, deberá llevar a cabo ineludiblemente una serie de reformas. Subsumir estas reformas bajo el concepto de «contribuir a la extensión de la insurrección» significaría jugar con las palabras y exacerbar deliberadamente la falta de claridad allí donde se necesita una claridad completa.

La parte final de la resolución novoiskrista no aporta material nuevo para la crítica de las tendencias de principio del «economismo» renacido en nuestro partido, pero ilustra, desde un ángulo algo distinto, lo dicho anteriormente.

He aquí esta parte:

«Solo en un caso la socialdemocracia debería, por iniciativa propia, dirigir sus esfuerzos a conquistar el poder y, en la medida de lo posible, retenerlo por más tiempo en sus manos: precisamente en el caso de que la revolución se extendiera a los países avanzados de Europa Occidental, donde las condiciones para la realización del socialismo han alcanzado ya una determinada (?) madurez. En este caso, los limitados márgenes históricos de la revolución rusa pueden ampliarse considerablemente y surgirá la posibilidad de emprender el camino de las transformaciones socialistas.

Construyendo su táctica con la mira puesta en conservar para el partido socialdemócrata, durante todo el período revolucionario, la posición de oposición revolucionaria extrema frente a todos los gobiernos que se sucedan en el curso de la revolución, la socialdemocracia puede prepararse de la mejor manera también para utilizar el poder gubernamental, si este cae (??) en sus manos».

La idea fundamental aquí es la que formuló reiteradamente «Vperiod» al decir que no debemos temer (como teme Martínov) la victoria completa de la socialdemocracia en la revolución democrática, es decir, la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, pues tal victoria nos dará la posibilidad de levantar a Europa, y el proletariado socialista europeo, sacudiéndose el yugo de la burguesía, a su vez nos ayudará a realizar el cambio socialista. Pero ved cómo se ha deteriorado esta idea en la exposición de los novoiskristas. No nos detendremos en los detalles: en el disparate de que el poder pueda «caer» en manos de un partido consciente que considera una táctica nociva la toma del poder; en que en Europa las condiciones para el socialismo han alcanzado no una determinada madurez, sino la madurez en general; en que nuestro programa de partido no conoce transformaciones socialistas, sino solo el cambio socialista. Tomemos la principal y fundamental diferencia entre la idea de «Vperiod» y la resolución. «Vperiod» señalaba al proletariado revolucionario de Rusia una tarea activa: vencer en la lucha por la democracia y aprovechar esta victoria para trasladar la revolución a Europa. La resolución no comprende este vínculo de nuestra «victoria decisiva» (no en el sentido novoiskrista) con la revolución en Europa y habla por tanto no de las tareas del proletariado, no de las perspectivas de su victoria, sino de una de las posibilidades en general: «si la revolución se extendiera»... «Vperiod» indicaba directa y determinadamente –y estas indicaciones entraron en la resolución del Tercer Congreso del POSDR– cómo precisamente se puede y debe «utilizar el poder gubernamental» en interés del proletariado, tomando en cuenta lo que se puede realizar de inmediato en la presente fase del desarrollo social y lo que es necesario realizar primero, como premisa democrática de la lucha por el socialismo. La resolución también aquí se arrastra irremediablemente a la zaga, diciendo: «puede prepararse para la utilización», pero sin saber decir cómo puede, cómo prepararse, para qué utilización. No dudamos, por ejemplo, de que los novoiskristas «pueden prepararse para la utilización» de la posición dirigente en el partido, pero el hecho es que hasta ahora su experiencia de esta utilización, su preparación, no infunden esperanzas en cuanto a la transformación de la posibilidad en realidad...

«Vperiod» decía con precisión en qué consiste exactamente la real «posibilidad de retener el poder en sus manos»: en la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, en su fuerza masiva conjunta, capaz de superar a todas las fuerzas de la contrarrevolución, en su inevitable coincidencia de intereses en lo tocante a las transformaciones democráticas. La resolución de la conferencia tampoco aquí da nada positivo, solo elude la cuestión. Pues la posibilidad de retener el poder en Rusia debe estar condicionada por la composición de las fuerzas sociales de la propia Rusia, por las condiciones del cambio democrático que transcurre actualmente entre nosotros. Pues la victoria del proletariado en Europa (y desde el traslado de la revolución a Europa hasta la victoria del proletariado hay aún una distancia de cierto tamaño) provocará una lucha contrarrevolucionaria desesperada de la burguesía rusa: la resolución de los novoiskristas no dice ni palabra sobre esta fuerza contrarrevolucionaria, cuyo significado está valorado en la resolución del Tercer Congreso del POSDR. Si no pudiéramos apoyarnos, además de en el proletariado, también en el campesinado en la lucha por la república y la democracia, entonces la causa de «retener el poder» sería desesperada. Pero si no es desesperada, si la «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo» abre tal posibilidad, entonces debemos señalarla, llamar activamente a su transformación en realidad, dar consignas prácticas no solo para el caso del traslado de la revolución a Europa, sino también para tal traslado. En los rabicortistas de la socialdemocracia, la referencia a los «limitados márgenes históricos de la revolución rusa» solo encubre la limitación de la comprensión de las tareas de esta revolución democrática y del papel de vanguardia del proletariado en ella.

Una de las objeciones contra la consigna: «dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado» consiste en que la dictadura presupone una «voluntad única» («Iskra» nº 95), y no puede haber una voluntad única entre el proletariado y la pequeña burguesía. Esta objeción es insostenible, pues se basa en una interpretación abstracta, «metafísica», del concepto de «voluntad única». Hay voluntad única en un sentido y no única en otro. La falta de unidad en las cuestiones del socialismo y en la lucha por el socialismo no excluye la unidad de voluntad en las cuestiones del democratismo y en la lucha por la república. Olvidar esto significaría olvidar la diferencia lógica e histórica entre la revolución democrática y la socialista. Olvidar esto significaría olvidar el carácter popular general de la revolución democrática: si es «popular general», entonces significa que hay «unidad de voluntad» justamente en la medida en que esta revolución realiza las necesidades y requerimientos populares generales. Más allá de los límites del democratismo, no puede hablarse de unidad de voluntad entre el proletariado y la burguesía campesina. La lucha de clases entre ellos es inevitable, pero precisamente sobre el terreno de la república democrática esta lucha será la más profunda y la más amplia lucha popular por el socialismo. La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado tiene, como todo en el mundo, su pasado y su futuro. Su pasado es la autocracia, la servidumbre, la monarquía, los privilegios. En la lucha contra este pasado, en la lucha contra la contrarrevolución, es posible la «unidad de voluntad» del proletariado y del campesinado, pues hay unidad de intereses.

Su futuro es la lucha contra la propiedad privada, la lucha del trabajador asalariado con el patrono, la lucha por el socialismo. Aquí la unidad de voluntad es imposible[38]. Aquí no tenemos el camino de la autocracia a la república, sino el camino de la república democrática pequeñoburguesa al socialismo.

Claro está que en la situación histórica concreta se entrelazan elementos del pasado y del futuro, se entremezclan uno y otro camino. El trabajo asalariado y su lucha contra la propiedad privada existen también bajo la autocracia, surgen incluso bajo el derecho feudal. Pero esto no nos impide en absoluto separar lógica e históricamente las grandes franjas del desarrollo. En efecto, todos nosotros contraponemos la revolución burguesa y la socialista, todos nosotros insistimos incondicionalmente en la necesidad de distinguirlas con el mayor rigor, ¿y acaso se puede negar que en la historia se entrelazan elementos particulares, aislados, de una y otra revolución? ¿Acaso la época de las revoluciones democráticas en Europa no conoce una serie de movimientos y tentativas socialistas? ¿Y acaso a la futura revolución socialista en Europa no le quedará todavía mucho y mucho por completar en el sentido del democratismo?

El socialdemócrata no debe olvidar nunca, ni por un minuto, la inevitable lucha de clases del proletariado por el socialismo contra la burguesía y la pequeña burguesía más democráticas y republicanas. Esto es indudable. De esto se deriva la obligatoriedad incondicional de un partido socialdemócrata separado, independiente y rigurosamente de clase. De esto se deriva el carácter temporal de nuestro «golpear juntos» con la burguesía, la obligación de vigilar estrictamente «al aliado como al enemigo», etc. Todo esto tampoco está sujeto a la menor duda. Pero de esto sería ridículo y reaccionario deducir el olvido, la ignorancia o el menosprecio de las tareas perentorias en relación con el presente, aunque sean transitorias y temporales. La lucha contra la autocracia es una tarea temporal y transitoria de los socialistas, pero cualquier ignorancia o menosprecio de esta tarea equivale a una traición al socialismo y a un servicio a la reacción. La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado es, por supuesto, sólo una tarea transitoria, temporal de los socialistas, pero ignorar esta tarea en la época de la revolución democrática es directamente reaccionario.

Las tareas políticas concretas deben plantearse en una situación concreta. Todo es relativo, todo fluye, todo cambia. La socialdemocracia alemana no incluye en su programa la reivindicación de la república. Allí la situación es tal que esta cuestión difícilmente puede separarse en la práctica de la cuestión del socialismo (¡aunque también con respecto a Alemania, Engels, en sus observaciones al proyecto de programa de Erfurt en 1891, prevenía contra la subestimación de la importancia de la república y de la lucha por la república!{30}). En la socialdemocracia rusa ni siquiera se planteó la cuestión de eliminar la reivindicación de la república del programa y de la agitación, pues entre nosotros no puede hablarse de un nexo indisoluble entre la cuestión de la república y la cuestión del socialismo. El socialdemócrata alemán de 1898, que no sitúa en primer plano la cuestión específica de la república, es un fenómeno natural, que no causa ni asombro ni condena. El socialdemócrata alemán que en 1848 hubiera dejado en la sombra la cuestión de la república, habría sido un directo traidor a la revolución. No existe la verdad abstracta. La verdad es siempre concreta.

Llegará el tiempo – terminará la lucha contra la autocracia rusa – pasará para Rusia la época de la revolución democrática – entonces será ridículo hablar de la «unidad de voluntad» del proletariado y del campesinado, de la dictadura democrática, etc. Entonces pensaremos directamente en la dictadura socialista del proletariado y hablaremos más detalladamente de ella. Ahora, en cambio, el partido de la clase avanzada no puede dejar de aspirar del modo más enérgico a la victoria decisiva de la revolución democrática sobre el zarismo. Y la victoria decisiva no es otra cosa que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado.

1) Recordemos al lector que en la polémica de «Iskra» con «Vperiod», la primera se remitía, entre otras cosas, a la carta de Engels a Turati, en la que Engels prevenía (al futuro) líder de los reformistas italianos contra la confusión de la revolución democrática y la socialista. La revolución venidera en Italia, escribía Engels a propósito de la situación política de Italia en 1894, será pequeñoburguesa, democrática, y no socialista{32}. «Iskra» reprochaba a «Vperiod» el apartarse del principio establecido por Engels. Este reproche es incorrecto, pues «Vperiod» (nº 14) reconocía plenamente, en general y en conjunto, la justeza de la teoría de Marx sobre la diferencia de las tres fuerzas principales de las revoluciones del siglo XIX[39]. Según esta teoría, contra el viejo orden, la autocracia, el feudalismo, la servidumbre, actúan: 1) la gran burguesía liberal; 2) la pequeña burguesía radical; 3) el proletariado. La primera lucha únicamente por una monarquía constitucional; la segunda, por una república democrática; el tercero, por la revolución socialista. La confusión de la lucha pequeñoburguesa por la revolución democrática plena con la lucha proletaria por la revolución socialista amenaza al socialista con el fracaso político. Esta advertencia de Marx es completamente justa. Pero precisamente la consigna de las «comunas revolucionarias» es errónea por esa misma razón, pues las comunas conocidas en la historia justamente confundían la revolución democrática y la socialista. Por el contrario, nuestra consigna: dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado, garantiza plenamente contra este error. Reconociendo incondicionalmente el carácter burgués de la revolución, incapaz de salir directamente de los marcos de una revolución únicamente democrática, nuestra consigna impulsa hacia adelante esta revolución dada, aspira a dar a esta revolución las formas más ventajosas para el proletariado, aspira, por consiguiente, a la máxima utilización de la revolución democrática con el fin de la lucha ulterior más exitosa del proletariado por el socialismo.

## 11. Breve comparación de algunas resoluciones del III Congreso del POSDR y de la «conferencia»

La cuestión del gobierno revolucionario provisional es el punto central de las cuestiones tácticas de la socialdemocracia en el momento actual. No es posible ni necesario detenerse con tanto detalle en las demás resoluciones de la conferencia. Nos limitaremos sólo a una breve indicación de algunos puntos que confirman la diferencia de principio, analizada por nosotros más arriba, en la orientación táctica de las resoluciones del III Congreso del POSDR y de las resoluciones de la conferencia.

Tomemos la cuestión de la actitud hacia la táctica del gobierno en vísperas del golpe. Encontrarán también una respuesta integral a ella en la resolución del III Congreso del POSDR. Esta resolución toma en cuenta todas las diversas condiciones y tareas de un momento singular: la denuncia de la hipocresía de las concesiones gubernamentales, la utilización de las «formas caricaturescas de representación popular», la realización revolucionaria de las reivindicaciones apremiantes de la clase obrera (con la jornada de ocho horas a la cabeza) y, por último, la resistencia a las bandas negras. En las resoluciones de la conferencia la cuestión está dispersa por varios apartados: la «resistencia a las fuerzas oscuras de la reacción» se menciona solo en los considerandos de la resolución sobre la actitud hacia otros partidos. La participación en las elecciones a las instituciones representativas se examina separadamente de los «compromisos» del zarismo con la burguesía. En lugar del llamamiento a implantar por vía revolucionaria la jornada de ocho horas, una resolución especial con el rimbombante título de «Sobre la lucha económica» se limita a repetir (tras unas sonoras y muy poco inteligentes palabras sobre «el lugar central que ocupa la cuestión obrera en la vida social rusa») la vieja consigna de agitación a favor del «establecimiento legislativo de la jornada laboral de ocho horas». La insuficiencia y el atraso de esta consigna en el momento actual son demasiado evidentes para que sea necesario detenerse a demostrarlos.

La cuestión de la acción política abierta. El III Congreso toma en cuenta el inminente cambio radical de nuestra actividad. De ninguna manera se puede abandonar la actividad conspirativa ni el desarrollo del aparato conspirativo: ello haría el juego a la policía y resultaría sumamente ventajoso para el gobierno. Pero ya no se puede dejar de pensar en la acción abierta. Es preciso preparar de inmediato formas adecuadas de tal acción y, por consiguiente, aparatos especiales —menos conspirativos— para este fin. Hay que utilizar las sociedades legales y semilegales para convertirlas, en la medida de lo posible, en puntos de apoyo del futuro partido obrero socialdemócrata abierto en Rusia.

También aquí la conferencia desmenuza la cuestión sin dar consignas integrales algunas. De pronto salta el ridículo encargo a la Comisión de Organización de que se ocupe de la «colocación» de los literatos legales. Completamente absurdo es el acuerdo de «someter a su influencia a aquellos periódicos democráticos que se proponen como objetivo coadyuvar al movimiento obrero». Todos nuestros periódicos legales liberales, casi enteramente de orientación oswobozhdentsy, se fijan ese objetivo. ¿Por qué la redacción de Iskra no empieza por cumplir ella misma su consejo y no nos muestra un ejemplo de cómo se debe someter a la influencia socialdemócrata a «Oswobozhdenie»? En lugar de la consigna de utilizar las uniones legales para crear puntos de apoyo del partido, se nos da, primero, un consejo particular solo sobre los sindicatos «profesionales» (participación obligatoria en ellos de los miembros del partido) y, segundo, el consejo de dirigir las «organizaciones revolucionarias de los obreros» = «organizaciones no formalizadas» = «clubes obreros revolucionarios». Cómo han ido a parar estos «clubes» a las organizaciones no formalizadas, qué clase de «clubes» son, solo Alá lo sabe. En lugar de directivas precisas y claras del órgano superior del partido, tenemos ante nosotros una especie de esbozos de ideas y borradores de literatos. No se obtiene ningún cuadro integral sobre el inicio del tránsito del partido hacia una base completamente distinta de todo su trabajo.

La «cuestión campesina» ha sido planteada de manera completamente diferente por el congreso del partido y por la conferencia. El congreso elaboró una resolución sobre «la actitud hacia el movimiento campesino». La conferencia, sobre «el trabajo entre los campesinos». En un caso se sitúan en primer plano las tareas de dirección, en aras de los intereses nacionales generales de la lucha contra el zarismo, de todo el amplio movimiento democrático-revolucionario. En el otro caso, la cuestión se reduce solo al «trabajo» entre una capa especial. En un caso se destaca la consigna práctica central de agitación: la organización inmediata de comités campesinos revolucionarios para llevar a cabo todas las transformaciones democráticas. En el otro, la «exigencia de formar comités» debe ser presentada a la asamblea constituyente. ¿Por qué debemos esperar obligatoriamente a esa asamblea constituyente? ¿Llegará a ser de hecho constituyente? ¿Será sólida sin la creación previa y simultánea de comités campesinos revolucionarios? Todas estas cuestiones las ha pasado por alto la conferencia. En todas sus resoluciones se refleja la idea general que hemos rastreado: que en la revolución burguesa debemos llevar a cabo solo nuestro trabajo especial, sin plantearnos la dirección de todo el movimiento democrático ni la realización independiente de este. Así como los «economistas» se desviaban constantemente hacia la idea de que a los socialdemócratas corresponde la lucha económica y a los liberales la política, también los nuevoiskrovtsy se desvían en todo el curso de sus razonamientos hacia la idea de que a nosotros nos corresponde un rinconcito apartado y modesto de la revolución burguesa, y a la burguesía, su realización activa.

Por último, tampoco se puede dejar de señalar la resolución sobre la actitud hacia otros partidos. La resolución del III Congreso del POSDR habla de desenmascarar toda limitación e insuficiencia del movimiento de liberación de la burguesía, sin plantearse la ingenua idea de enumerar, de congreso a congreso, todos los casos posibles de esa limitación y de trazar una línea divisoria que separe a los burgueses malos de los burgueses buenos. La conferencia, repitiendo el error de Starover, busca con empeño esa línea y desarrolla la célebre teoría del «papel de tornasol». Starover partía de una idea muy buena: poner a la burguesía condiciones más severas. Solo olvidaba que todo intento de separar de antemano a los demócratas burgueses merecedores de aprobación, de acuerdos, etc., de los que no la merecen, conduce a una «fórmula» que el desarrollo de los acontecimientos arroja inmediatamente por la borda y que introduce confusión en la conciencia de clase proletaria. Se desplaza el centro de gravedad de la unidad real en la lucha a las declaraciones, las promesas, las consignas. Starover consideraba que tal consigna fundamental era el «sufragio universal, igual, directo y secreto». No habían transcurrido dos años cuando el «papel de tornasol» demostró su inutilidad; la consigna del sufragio universal fue adoptada por los oswobozhdentsy, quienes no solo no se acercaron con ello a la socialdemocracia, sino que, al contrario, justamente mediante esa consigna intentan inducir a error a los obreros y apartarlos del socialismo.

Ahora los nuevoiskrovtsy presentan «condiciones» aun «más severas», «exigen» de los enemigos del zarismo un «apoyo enérgico e inequívoco a toda acción decidida del proletariado organizado», etc., hasta la «participación activa en la causa del armamento popular». La línea se ha trazado considerablemente más lejos; mas, no obstante, esta línea ya ha vuelto a envejecer, resultó de inmediato inútil. ¿Por qué, por ejemplo, falta la consigna de la república? ¿De qué manera, en aras de una «guerra revolucionaria implacable contra todas las bases del orden estamental-monárquico», los socialdemócratas «exigen» de los demócratas burgueses todo lo que se quiera, ¡salvo la lucha por la república?

Que esta cuestión no es un reparo capcioso, que el error de los nuevoiskrovtsy tiene una importancia política de la mayor vitalidad, lo demuestra la «Unión de Liberación de Rusia» (véase el núm. 4 de Proletari)[40]. Esos «enemigos del zarismo» encajan plenamente en todas las «exigencias» de los nuevoiskrovtsy. Y, sin embargo, hemos demostrado que el espíritu oswobozhdentsy impera en el programa (o en la falta de programa) de esa «Unión de Liberación de Rusia» y que los oswobozhdentsy pueden fácilmente remolcarla. Y la conferencia declara, al final de la resolución, que «la socialdemocracia se alzará, como hasta ahora, tanto contra los hipócritas amigos del pueblo, como contra todos aquellos partidos políticos que, enarbolando la bandera liberal y democrática, se niegan a apoyar de manera efectiva la lucha revolucionaria del proletariado». La «Unión de Liberación de Rusia» no solo no se niega, sino que ofrece celosamente ese apoyo. ¿Es esto una garantía de que sus dirigentes no sean «hipócritas amigos del pueblo», aunque sean oswobozhdentsy?

Vean ustedes: al inventar de antemano las "condiciones" y presentar "exigencias" que resultan cómicas por su amenazadora impotencia, los neoiskristas se colocan de inmediato en una situación ridícula. Sus condiciones y exigencias resultan en el acto insuficientes para tomar en cuenta la realidad viva. Su carrera tras las fórmulas es desesperada, pues ninguna fórmula puede captar todas y cada una de las manifestaciones de la hipocresía, la inconsecuencia y la estrechez de la democracia burguesa. La cuestión no reside en el "papel de tornasol", ni en las fórmulas, ni en las exigencias registradas e impresas, ni en la demarcación previa de los "amigos del pueblo" hipócritas y los no hipócritas, sino en la unidad real de la lucha, en la crítica incesante por parte de los socialdemócratas de cada paso "vacilante" de la democracia burguesa. Para la "unificación efectiva de todas las fuerzas sociales interesadas en la reorganización democrática", no se necesitan los "puntos" sobre los cuales trabajó con tanto celo y en vano la conferencia, sino la capacidad de lanzar consignas verdaderamente revolucionarias. Para ello hacen falta consignas que eleven a la burguesía revolucionaria y republicana hasta el nivel del proletariado, y no que rebajen las tareas del proletariado hasta el nivel de la burguesía monárquica. Para ello es necesaria la participación más enérgica en la insurrección, y no las evasivas razonadoras ante la tarea inaplazable de la insurrección armada.

## 12. ¿Se debilitará la envergadura de la revolución democrática si la burguesía se aparta de ella?

Las líneas anteriores ya estaban escritas cuando recibimos las resoluciones de la conferencia caucásica de los neoiskristas, publicadas por "Iskra". Pour la bonne bouche (para un buen final), no habríamos podido imaginar un material mejor.

La redacción de "Iskra" observa justamente: "En la cuestión fundamental de la táctica, la conferencia caucásica también llegó a una decisión análoga" (¡es verdad!) "a la adoptada en la conferencia de toda Rusia" (es decir, la neoiskrista). "La cuestión de la actitud de la socialdemocracia hacia el gobierno revolucionario provisional ha sido resuelta por los camaradas caucásicos en el sentido de la actitud más negativa hacia el nuevo método que propugna el grupo 'Vperiod' y los delegados que se le han adherido en el llamado congreso". "La formulación de la táctica del partido proletario en la revolución burguesa, dada por la conferencia, debe ser reconocida como muy afortunada".

Lo que es verdad, es verdad. Nadie habría podido dar una formulación más "afortunada" del error fundamental de los neoiskristas. He aquí dicha formulación completa, señalando primero entre paréntesis las florecillas, y luego las bayas ofrecidas al final.

Resolución de la conferencia caucásica de los neoiskristas sobre el gobierno provisional:

"Considerando como su tarea utilizar el momento revolucionario para profundizar" (¡claro está! Habría que añadir: ¡para la profundización martynovista!) "la conciencia socialdemócrata del proletariado" (¿solo para profundizar la conciencia, y no para conquistar la república? ¡Qué comprensión tan 'profunda' de la revolución!), "la conferencia, con el fin de asegurar al partido la más completa libertad de crítica del emergente régimen estatal burgués" (¡asegurar la república no es asunto nuestro! Nuestro asunto es solo asegurar la libertad de crítica. ¡Las ideas anarquistas engendran también un lenguaje anarquista: régimen 'estatal burgués'!), "se pronuncia contra la formación de un gobierno provisional socialdemócrata y contra la entrada en él" (recuerden la resolución de los bakuninistas, citada por Engels, diez meses antes de la revolución española: véase "Proletari" núm. 3{33}), "y considera lo más conveniente ejercer presión desde fuera" (desde abajo, no desde arriba) "sobre el gobierno provisional burgués para una democratización en lo posible (?!) del régimen estatal. La conferencia estima que la formación por los socialdemócratas de un gobierno provisional o la entrada en él llevaría, por una parte, al alejamiento del partido socialdemócrata de amplias masas del proletariado, desilusionadas de él, ya que la socialdemocracia, a pesar de la toma del poder, no podrá satisfacer las necesidades perentorias de la clase obrera hasta la realización del socialismo" (¡la república no es una necesidad perentoria! Los autores, en su inocencia, no notan que hablan un lenguaje puramente anarquista, como si negaran la participación en las revoluciones burguesas!), "y, por otra parte, hará que las clases burguesas se aparten de la causa de la revolución y con ello debilitará su envergadura".

Ahí está el quid de la cuestión. Ahí es donde las ideas anarquistas se entrelazan (como ocurre constantemente entre los bernsteinianos de Europa occidental) con el más puro oportunismo. ¡Piénsenlo bien: no entrar en el gobierno provisional porque esto hará que la burguesía se aparte de la causa de la revolución y con ello debilitará la envergadura de la revolución! Pues aquí tenemos ya por completo, en forma pura y consecuente, esa filosofía neoiskrista de que, puesto que la revolución es burguesa, debemos inclinarnos ante la vulgaridad burguesa y cederle el paso. Si nos guiamos, aunque sea en parte, aunque sea por un minuto, por la consideración de que nuestra participación puede hacer que la burguesía se aparte, entonces estamos cediendo por entero la dirección de la revolución a las clases burguesas. Con ello entregamos totalmente al proletariado a la tutela de la burguesía (¡conservando plena "libertad de crítica"!), obligando al proletariado a ser moderado y manso para que la burguesía no se aparte. Castramos las necesidades más perentorias del proletariado, precisamente sus necesidades políticas, que nunca entendieron bien los "economistas" y sus epígonos, castramos en aras de que la burguesía no se aparte. Pasamos completamente del terreno de la lucha revolucionaria por la realización de la democracia en los límites necesarios para el proletariado, al terreno del regateo con la burguesía, comprando con nuestra traición a los principios, con la traición a la revolución, el consentimiento voluntario de ella, de la burguesía ("para que no se aparte").

En dos pequeñas líneas, los neoiskristas caucásicos han sabido expresar toda la esencia de la táctica de traición a la revolución, de conversión del proletariado en un lamentable lacayo de las clases burguesas. Lo que más arriba dedujimos de los errores del neoiskrismo como tendencia, aparece ahora elevado a principio claro y definido: a la cola de la burguesía monárquica. Puesto que la realización de la república haría que la burguesía se aparte (y ya la está haciendo, ejemplo del Sr. Struve), ¡abajo la lucha por la república! Puesto que toda exigencia democrática enérgica y llevada hasta el fin por parte del proletariado hace, siempre y en todo el mundo, que la burguesía se aparte, por tanto, escóndanse en sus madrigueras, camaradas obreros, actúen solo desde fuera, no piensen en utilizar para la revolución las armas y los medios del régimen "estatal burgués" y consérvense su "libertad de crítica".

La falsedad fundamental en la propia comprensión del término "revolución burguesa" ha salido aquí a la luz. La "comprensión" martynovista o neoiskrista del mismo conduce directamente a la traición de la causa del proletariado en manos de la burguesía.

Quien ha olvidado el viejo "economismo", quien no lo estudia ni lo recuerda, difícilmente puede comprender también el actual regusto del "economismo". Recuerden el "Credo" bernsteiniano{34}. De concepciones y programas "puramente proletarios" se deducía: nosotros, los socialdemócratas, la economía, la verdadera causa obrera, la libertad de crítica de toda politiquería, la verdadera profundización del trabajo socialdemócrata. Ellos, los liberales, la política. Dios nos libre de caer en el "revolucionarismo": eso haría que la burguesía se aparte. Quien relea íntegramente el "Credo" o el Suplemento especial al núm. 9 de "Rábocheie Mysl" (septiembre de 1899){35}, verá toda esta línea de razonamiento.

Ahora lo mismo, solo que en gran escala, aplicado a la valoración de toda la "gran" revolución rusa, ¡ay, trivializada y reducida a caricatura ya de antemano por los teóricos de la filisteidad ortodoxa! Nosotros, los socialdemócratas, libertad de crítica, profundización de la conciencia, acción desde fuera. Ellos, las clases burguesas, libertad de acción, libertad de escenario para la dirección revolucionaria (léase: liberal), libertad de realizar "reformas" desde arriba.

Estos vulgarizadores del marxismo jamás reflexionaron sobre las palabras de Marx acerca del necesario relevo del arma de la crítica por la crítica de las armas{36}. Invocando en vano el nombre de Marx, en la práctica redactan resoluciones tácticas totalmente en el espíritu de los charlatanes burgueses de Frankfurt, que criticaban libremente el absolutismo, profundizaban la conciencia democrática y no comprendían que el tiempo de la revolución es tiempo de acción, de acción tanto desde arriba como desde abajo. Al convertir el marxismo en razonamiento vacío, transformaron la ideología de la clase revolucionaria más avanzada, decidida y enérgica en la ideología de sus capas menos desarrolladas, que se esconden de las difíciles tareas democrático-revolucionarias y dejan esas tareas democráticas a los señores Struve.

Si las clases burguesas, a causa de la entrada de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario, se apartan de la causa de la revolución, con ello «debilitarán su alcance».

Escuchad, obreros rusos: el alcance de la revolución será mayor si la llevan a cabo los señores Struve, no ahuyentados por los socialdemócratas, que no buscan la victoria sobre el zarismo, sino un arreglo con él. ¡El alcance de la revolución será mayor si, de los dos posibles desenlaces esbozados por nosotros antes, se realiza el primero, es decir, si la burguesía monárquica pacta con la autocracia una «constitución» como la de Shípov!

Los socialdemócratas que escriben en resoluciones para orientación de todo el partido cosas tan vergonzosas, o que aprueban esas «acertadas» resoluciones, están hasta tal punto cegados por el razonamiento vacío, que ha extirpado todo espíritu vivo del marxismo, que no se dan cuenta de cómo esas resoluciones convierten en fraseología todas sus otras buenas palabras. Tomad cualquier artículo suyo de «Iskra», tomad incluso el famoso folleto de nuestro célebre Martínov, y oiréis discursos sobre la insurrección popular, sobre llevar la revolución hasta el fin, sobre el afán de apoyarse en las capas populares bajas en la lucha contra la burguesía inconsecuente. Pero todas esas cosas buenas se convierten en una frase lastimosa desde el momento en que aceptáis o aprobáis la idea del «debilitamiento» del «alcance de la revolución» a causa del distanciamiento de la burguesía. Una de dos, señores: o bien debemos, junto con el pueblo, esforzarnos por llevar a cabo la revolución, logrando una victoria completa sobre el zarismo, a pesar de la burguesía inconsecuente, egoísta y cobarde; o bien no admitimos ese «a pesar de», tememos que la burguesía «se aparte», y entonces entregamos el proletariado y el pueblo a la burguesía, a una burguesía inconsecuente, egoísta y cobarde.

Ni se os ocurra tergiversar mis palabras. No gritéis que se os acusa de traición consciente. No, vosotros, al igual que los viejos «economistas», os habéis estado metiendo siempre de manera inconsciente y ahora os habéis metido en el pantano, arrastrados irremisiblemente hacia abajo por la pendiente de la «profundización» del marxismo hasta un «alarde de ingenio» antirrevolucionario, desalmado y sin vida.

¿De qué fuerzas sociales reales depende el «alcance de la revolución», habéis pensado en ello, señores? Dejemos de lado las fuerzas de la política exterior, las combinaciones internacionales, que se han configurado muy favorablemente para nosotros en este momento, pero que todos excluimos justamente del análisis, ya que la cuestión versa sobre las fuerzas internas de Rusia. Mirad esas fuerzas sociales internas. Contra la revolución están la autocracia, la corte, la policía, la burocracia, el ejército, un puñado de la alta nobleza. Cuanto más profunda es la indignación popular, tanto más inseguro se vuelve el ejército, tantas más vacilaciones hay en la burocracia. Además, la burguesía en su conjunto se halla ahora del lado de la revolución, prodigando discursos sobre la libertad, hablando cada vez más a menudo en nombre del pueblo e incluso en nombre de la revolución[41]. Pero todos nosotros, los marxistas, sabemos por la teoría, y observamos a diario y a cada hora en el ejemplo de nuestros liberales, zémstvos y osvobozhdentsi, que la burguesía está por la revolución de manera inconsecuente, egoísta y cobarde. La burguesía inevitablemente se pasará, en su masa, al lado de la contrarrevolución, al lado de la autocracia contra la revolución, contra el pueblo, tan pronto como se satisfagan sus estrechos intereses egoístas, tan pronto como «se aparte» del democratismo consecuente (¡y ya ahora se está apartando de él!). Queda el «pueblo», es decir, el proletariado y el campesinado: el proletariado es el único capaz de ir de manera segura hasta el fin, pues avanza mucho más allá de la transformación democrática. Por ello, el proletariado lucha en primera fila por la república, rechazando con desprecio los consejos estúpidos e indignos de él de preocuparse de si la burguesía se apartará o no. El campesinado incluye una masa de elementos semiproletarios junto a otros pequeño-burgueses. Esto lo hace también inestable, obligando al proletariado a cohesionarse en un partido estrictamente de clase. Pero la inestabilidad del campesinado se diferencia radicalmente de la inestabilidad de la burguesía, pues el campesinado, en el momento actual, está interesado no tanto en la defensa incondicional de la propiedad privada, cuanto en la expropiación de la tierra terrateniente, una de las principales formas de esa propiedad. Sin convertirse por ello en socialista, sin dejar de ser pequeño-burgués, el campesinado es capaz de convertirse en el partidario más completo y radical de la revolución democrática. El campesinado se convertirá inevitablemente en tal, siempre que el curso ilustrador de los acontecimientos revolucionarios no se vea truncado demasiado pronto por la traición de la burguesía y la derrota del proletariado. El campesinado se convertirá inevitablemente, bajo la condición señalada, en el baluarte de la revolución y de la república, pues sólo una revolución plenamente victoriosa podrá dar al campesinado todo en materia de reforma agraria, todo lo que el campesinado quiere, con lo que sueña, lo que realmente le es necesario (no para eliminar el capitalismo, como imaginan los «socialistas-revolucionarios», sino) para salir del fango de la semiservidumbre, de las tinieblas del embrutecimiento y el servilismo, para mejorar sus condiciones de vida en la medida en que eso sea posible dentro de los límites de la economía mercantil.

Es más: no sólo la transformación agraria radical vincula al campesinado a la revolución, sino también todos los intereses generales y permanentes del campesinado. Incluso en la lucha contra el proletariado, el campesinado necesita la democracia, pues sólo un régimen democrático es capaz de expresar con precisión sus intereses y darle predominio a él, como masa, como mayoría. Cuanto más ilustrado sea el campesinado (y desde la guerra con Japón se está ilustrando con una rapidez que muchos, acostumbrados a medir la ilustración sólo con el rasero escolar, no sospechan), tanto más consecuente y decididamente se mantendrá a favor de una transformación democrática completa, porque a él no le es temible, como a la burguesía, sino ventajosa la soberanía del pueblo. La república democrática se convertirá en su ideal apenas empiece a desprenderse del monarquismo ingenuo, pues el monarquismo consciente de la burguesía intermediaria (con cámara alta, etc.) significa para el campesinado la misma falta de derechos, el mismo embrutecimiento y oscuridad, apenas levemente barnizados con una capa constitucional europea.

He aquí por qué la burguesía, como clase, tiende natural e inevitablemente a acogerse bajo el ala del partido liberal-monárquico, mientras el campesinado, como masa, tiende a acogerse bajo la dirección del partido revolucionario y republicano. He aquí por qué la burguesía no es capaz de llevar hasta el fin la revolución democrática, mientras el campesinado sí es capaz de llevar la revolución hasta el fin, y nosotros debemos ayudar con todas nuestras fuerzas a ello.

Se me objetará: eso no hay que demostrarlo, es el abecé, eso lo comprenden perfectamente todos los socialdemócratas. No, no lo comprenden aquellos que son capaces de hablar del «debilitamiento del alcance» de la revolución a consecuencia del desprendimiento de la burguesía respecto a ella. Tales personas repiten las palabras aprendidas de nuestro programa agrario, pero no comprenden su significado, pues de otro modo no temerían el concepto, que se desprende inevitablemente de toda la cosmovisión marxista y de nuestro programa, de dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado; de otro modo no limitarían el alcance de la gran revolución rusa al alcance de la burguesía. Tales personas derrotan sus propias frases abstractas, marxistas y revolucionarias con sus resoluciones concretas, antimarxistas y antirrevolucionarias.

Quien comprenda realmente el papel del campesinado en la victoriosa revolución rusa, no sería capaz de decir que la envergadura de la revolución se debilitará cuando la burguesía se aparte. Pues, en realidad, solo entonces comenzará la verdadera envergadura de la revolución rusa, solo entonces será esta realmente el mayor alcance revolucionario posible en la época de la transformación democrático-burguesa, cuando la burguesía se aparte y la masa del campesinado actúe como revolucionaria activa junto al proletariado. Para ser llevada consecuentemente hasta el fin, nuestra revolución democrática debe apoyarse en fuerzas capaces de paralizar la inevitable inconsecuencia de la burguesía (es decir, capaces precisamente de "obligarla a apartarse", cosa que temen, por falta de discernimiento, los partidarios caucasianos de "Iskra").

El proletariado debe llevar hasta el fin la transformación democrática, sumando a sí a la masa del campesinado, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe realizar la transformación socialista, sumando a sí a la masa de elementos semiproletarios de la población, para quebrantar por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad del campesinado y de la pequeña burguesía. Tales son las tareas del proletariado, que los neoiskristas presentan de manera tan estrecha en todos sus razonamientos y resoluciones sobre la envergadura de la revolución.

Solo no hay que olvidar una circunstancia, a menudo perdida de vista en los razonamientos sobre este tema de la "envergadura". No hay que olvidar que no se trata de las dificultades de la tarea, sino de en qué camino buscar y lograr su solución. No se trata de si es fácil o difícil hacer la envergadura de la revolución poderosa e invencible, sino de cómo se debe actuar para fortalecer dicha envergadura. La divergencia concierne precisamente al carácter fundamental de la actividad, a su dirección misma. Subrayamos esto porque personas poco atentas y de mala fe confunden con demasiada frecuencia dos cuestiones diferentes: la cuestión de la dirección del camino, es decir, la elección de uno de dos caminos diferentes, y la cuestión de la facilidad para realizar el objetivo o la proximidad de su realización en ese camino.

Esta última cuestión no la hemos tocado en absoluto en la exposición precedente, porque dicha cuestión no suscitaba entre nosotros desacuerdos ni divergencias dentro del partido. Pero, por supuesto, la cuestión en sí es sumamente importante y merece la más seria atención de todos los socialdemócratas. Sería un optimismo inadmisible olvidar las dificultades vinculadas a la incorporación al movimiento de la masa no solo de la clase obrera, sino también del campesinado. Precisamente contra estas dificultades se estrellaron más de una vez los esfuerzos por llevar hasta el fin la revolución democrática, triunfando sobre todo la burguesía más inconsecuente y egoísta, que "adquiría capital" con la defensa monárquica frente al pueblo y "conservaba la inocencia" del liberalismo... o del osvobozhdenismo. Pero dificultad no significa irrealizable. Importa la seguridad en la elección correcta del camino, y esta seguridad centuplica la energía revolucionaria y el entusiasmo revolucionario, capaces de obrar milagros.

Página 157 del manuscrito de V. I. Lenin "Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática". – 1905. (Reducido)

Hasta qué punto es profunda la divergencia entre los socialdemócratas contemporáneos en la cuestión de la elección del camino, se ve de inmediato al comparar la resolución caucasiana de los neoiskristas con la resolución del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. La resolución del congreso dice: la burguesía es inconsecuente, tratará sin falta de arrebatarnos las conquistas de la revolución. Por tanto, preparaos con más energía para la lucha, camaradas obreros, armaos, atraed a vuestro lado al campesinado. No cederemos a la burguesía egoísta nuestras conquistas revolucionarias sin combate. La resolución de los neoiskristas caucasianos dice: la burguesía es inconsecuente, puede apartarse de la revolución. Por tanto, camaradas obreros, no penséis, por favor, en participar en el gobierno provisional, pues entonces la burguesía se apartará con certeza y ¡la envergadura de la revolución será por ello más débil!

Unos dicen: impulsad la revolución hacia adelante, hasta el fin, pese a la resistencia o pasividad de la burguesía inconsecuente.

Otros dicen: no penséis en llevar la revolución hasta el fin de forma independiente, pues entonces se apartará de ella la burguesía inconsecuente.

¿Acaso no tenemos ante nosotros dos caminos diametralmente opuestos? ¿Acaso no es evidente que una táctica excluye incondicionalmente a la otra? ¿Que la primera táctica es la única táctica correcta de la socialdemocracia revolucionaria, y la segunda, en esencia, es una táctica puramente osvobozhdenista?

## 13. Conclusión. ¿Nos atrevemos a vencer?

Las personas que conocen superficialmente la situación en la socialdemocracia rusa o que juzgan desde fuera, sin conocer la historia de toda nuestra lucha interna en el partido desde la época del "economismo", se libran muy a menudo de las divergencias tácticas, definidas ahora, especialmente después del III Congreso, con una simple referencia a dos tendencias naturales, inevitables y plenamente conciliables de todo movimiento socialdemócrata. Por un lado, se dice, el subrayado reforzado del trabajo habitual, corriente, cotidiano, de la necesidad de desarrollar la propaganda y la agitación, de preparar las fuerzas, de profundizar el movimiento, etc. Por otro lado, el subrayado de las tareas combativas, políticas generales, revolucionarias del movimiento, la indicación de la necesidad de la insurrección armada, el planteamiento de las consignas: dictadura democrático-revolucionaria, gobierno provisional revolucionario. Ni un lado ni el otro deben exagerarse, ni aquí ni allí (como en general en ninguna parte del mundo) son buenos los extremos, etc., etc.

Las verdades baratas de la sabiduría cotidiana (y "política" entre comillas), que indudablemente se hallan en semejantes razonamientos, encubren sin embargo con demasiada frecuencia la incomprensión de las necesidades perentorias y acuciantes del partido. Tomemos las divergencias tácticas contemporáneas entre los socialdemócratas rusos. Por supuesto, el subrayado reforzado en sí mismo del aspecto cotidiano, rutinario del trabajo, que vemos en los razonamientos neoiskristas sobre la táctica, no podría representar aún nada peligroso ni podría provocar divergencia alguna en las consignas tácticas. Pero basta comparar las resoluciones del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia con las resoluciones de la conferencia para que esta divergencia salte a la vista.

¿De qué se trata, pues? Se trata, en primer lugar, de que no basta una indicación general, abstracta, sobre dos corrientes en el movimiento y sobre el perjuicio de los extremos. Es necesario saber concretamente de qué adolece el movimiento dado en el momento dado, en qué consiste ahora el peligro político real para el partido. En segundo lugar, es necesario saber a qué fuerzas políticas reales llevan agua al molino tales o cuales consignas tácticas — o, tal vez, tal o cual ausencia de consignas. Escuchad a los neoiskristas y llegaréis a la conclusión de que al partido de la socialdemocracia le amenaza el peligro de echar por la borda la propaganda y la agitación, la lucha económica y la crítica de la democracia burguesa, de dejarse arrastrar sin medida por la preparación militar, los ataques armados, la toma del poder, etc. Pero, en realidad, el peligro real amenaza al partido desde un lado completamente distinto. Quien conozca algo de cerca el estado del movimiento, quien lo siga con atención y reflexión, no puede dejar de ver el lado ridículo de los temores neoiskristas. Todo el trabajo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia se ha vaciado ya por completo en moldes firmes e inmutables, que aseguran incondicionalmente la concentración del centro de gravedad en la propaganda y la agitación, en las octavillas y las reuniones de masas, en la difusión de hojas y folletos, en el apoyo a la lucha económica y en la recogida de sus consignas. No hay un solo comité del partido, ni un solo comité de distrito, ni una sola reunión central, ni un solo grupo fabril en el que el noventa y nueve por ciento de la atención, las fuerzas y el tiempo no se dediquen siempre y constantemente a todas estas funciones, consolidadas desde la segunda mitad de los años noventa. Solo las personas completamente desvinculadas del movimiento ignoran esto. Solo personas muy ingenuas o desinformadas pueden tomar por moneda de curso legal la repetición neoiskrista de lo archisabido, cuando se hace con un aire particularmente importante.

El hecho es que no sólo no nos dejamos llevar en exceso por las tareas de la insurrección, las consignas políticas generales, la dirección de toda la revolución popular, sino que, por el contrario, el atraso precisamente en este sentido salta a la vista, constituye el punto más doloroso, representa un peligro real para el movimiento, que puede degenerar y en algunos lugares está degenerando de revolucionario en los hechos a revolucionario de palabra. De entre muchos y muchos centenares de organizaciones, grupos y círculos que realizan la labor del partido, no encontrarán ustedes uno solo en el cual, desde su surgimiento mismo, no se haya llevado a cabo ese trabajo cotidiano del que, con aires de haber descubierto nuevas verdades, hablan los sabios de la nueva «Iskra». Y, por el contrario, encontrarán un porcentaje insignificante de grupos y círculos que hayan tomado conciencia de las tareas de la insurrección armada, que hayan emprendido su realización, que se hayan percatado de la necesidad de dirigir toda la revolución popular contra el zarismo, de la necesidad de enarbolar para ello precisamente tales consignas de vanguardia, y no otras.

Estamos increíblemente rezagados respecto a las tareas de vanguardia y realmente revolucionarias, en la mayoría de los casos aún no las hemos asimilado, hemos dejado escapar aquí y allá el fortalecimiento de la democracia burguesa revolucionaria a costa de nuestro atraso en este sentido. Y los publicistas de la nueva «Iskra», volviendo la espalda a la marcha de los acontecimientos y a las exigencias del momento, insisten tercamente: ¡no olviden lo viejo!, ¡no se dejen seducir por lo nuevo! Este es el leitmotiv fundamental e invariable de todas las resoluciones sustanciales de la conferencia, mientras que en las resoluciones del congreso se lee también invariablemente: confirmando lo viejo (y sin detenernos a masticarlo de nuevo, precisamente porque es viejo, ya resuelto y fijado por la literatura, las resoluciones y la experiencia), planteamos una nueva tarea, llamamos la atención sobre ella, formulamos una nueva consigna, exigimos a los socialdemócratas verdaderamente revolucionarios que trabajen de inmediato para llevarla a la práctica.

Así es como se plantea en realidad la cuestión de las dos corrientes en la táctica de la socialdemocracia. La época revolucionaria ha planteado nuevas tareas que sólo los completamente ciegos no ven. Y estas tareas, una parte de los socialdemócratas las reconocen resueltamente y las ponen a la orden del día: la insurrección armada es inaplazable, prepárense para ella de inmediato y con energía, recuerden que es necesaria para la victoria decisiva, enarbolen las consignas de república, gobierno provisional, dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Los otros, en cambio, retroceden, se estancan en el mismo lugar, en vez de consignas ofrecen prefacios, en vez de señalar lo nuevo junto con confirmar lo viejo, mastican de manera prolija y aburrida eso viejo, inventando pretextos para eludir lo nuevo, incapaces de definir las condiciones de la victoria decisiva, incapaces de enarbolar las consignas que son las únicas que corresponden a la aspiración de alcanzar la victoria completa.

El resultado político de este seguidismo es ya evidente entre nosotros. La fábula del acercamiento de la «mayoría» del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a la democracia burguesa revolucionaria sigue siendo una fábula, no confirmada por un solo hecho político, ni por una sola resolución influyente de los «bolcheviques», ni por un solo acto del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Mientras tanto, la burguesía oportunista y monárquica en la persona de «Osvobozhdenie» saluda desde hace tiempo las tendencias «de principio» del nuevo iskrismo, y ahora ya hace girar directamente con su agua su molino, asimila todas sus palabritas e «ideítas» contra la «conspiración» y la «insurrección», contra la exageración del aspecto «técnico» de la revolución, contra el planteamiento directo de la consigna de la insurrección armada, contra el «revolucionarismo» de las reivindicaciones extremas, etc., etc. ¡La resolución de toda una conferencia de los socialdemócratas «mencheviques» en el Cáucaso y la aprobación de esa resolución por la redacción de la nueva «Iskra» da un balance político inequívoco a todo esto: que no vaya a apartarse la burguesía en caso de la participación del proletariado en la dictadura democrático-revolucionaria! Con eso está dicho todo. Con eso queda definitivamente sancionada la transformación del proletariado en apéndice de la burguesía monárquica. Con esto está demostrado de hecho, no por una declaración casual de una persona aislada, sino por una resolución especialmente aprobada por toda una corriente, el significado político del seguidismo del nuevo iskrismo.

Quien reflexione sobre estos hechos comprenderá el significado real de las habituales referencias a los dos bandos y dos tendencias del movimiento socialdemócrata. Tomen el bernsteinismo para estudiar estas tendencias a gran escala. Pues los bernsteinianos han machacado y machacan que son ellos quienes comprenden las verdaderas necesidades del proletariado, las tareas de crecimiento de sus fuerzas, de profundización de todo el trabajo, de preparación de los elementos de la nueva sociedad, de propaganda y agitación. ¡Exigimos el reconocimiento abierto de lo que existe! —dice Bernstein, consagrando con ello el «movimiento» sin «objetivo final», consagrando únicamente la táctica defensiva, predicando la táctica del miedo a «que no vaya a apartarse la burguesía». Y los bernsteinianos vociferaban sobre el «jacobinismo» de los socialdemócratas revolucionarios, sobre los «literatos» que no entienden la «autonomía obrera», etc., etc. De hecho, como es bien sabido, los socialdemócratas revolucionarios ni pensaban descuidar el trabajo cotidiano y menudo, la preparación de fuerzas, etc., etc. Ellos sólo exigían una clara conciencia del objetivo final, un claro planteamiento de las tareas revolucionarias, querían elevar a las capas semiproletarias y semipequeñoburguesas hasta la revolucionariedad del proletariado, y no rebajar esta última a consideraciones oportunistas de «que no vaya a apartarse la burguesía». Acaso la expresión más nítida de esta división entre el ala intelectual-oportunista y el ala proletaria-revolucionaria del partido fue la pregunta: «dürfen wir siegen?» «¿osamos vencer?», ¿nos es lícito vencer?, ¿no es peligroso para nosotros vencer?, ¿debemos vencer? Por extraña que parezca a primera vista, esta pregunta fue planteada y tenía que ser planteada, pues los oportunistas temían la victoria, la convertían en un espantajo para el proletariado, profetizaban desgracias a raíz de ella, se burlaban de las consignas que llamaban directamente a conquistarla.

La misma división fundamental en una tendencia intelectual-oportunista y otra proletaria-revolucionaria existe entre nosotros, con la única diferencia, muy sustancial, de que no se trata de la revolución socialista, sino de la revolución democrática. También entre nosotros se ha planteado la pregunta, a primera vista absurda: «¿osamos vencer?». La ha planteado Martínov en sus «Dos dictaduras», que profetizaban desgracias si preparamos muy bien y llevamos a cabo con todo éxito la insurrección. La ha planteado toda la literatura de los nuevos iskristas sobre la cuestión del gobierno revolucionario provisional, en la cual con celo, pero sin éxito, se han esforzado todo el tiempo por confundir la participación de Millerand en un gobierno burgués-oportunista con la participación de Varlin{37} en un gobierno revolucionario pequeñoburgués. Está sancionada por la resolución de «que no vaya a apartarse la burguesía». Y aunque Kautsky, por ejemplo, trata ahora de ironizar diciendo que nuestras disputas sobre el gobierno revolucionario provisional se parecen al reparto de la piel del oso que todavía no se ha matado, esta ironía sólo muestra cómo incluso socialdemócratas inteligentes y revolucionarios meten la pata cuando hablan de lo que conocen sólo de oídas. La socialdemocracia alemana aún no está demasiado cerca de matar al oso (realizar la revolución socialista), pero la discusión sobre si «osamos» matarlo tuvo una enorme importancia de principio y práctico-política. Los socialdemócratas rusos aún no están demasiado cerca de estar en condiciones de «matar a su oso» (realizar la revolución democrática), pero la cuestión de si «osamos» matarlo tiene para todo el futuro de Rusia y para el futuro de la socialdemocracia rusa una importancia sumamente seria. No se puede ni hablar de una enérgica y exitosa reunión del ejército, de su dirección, sin la seguridad de que «osamos» vencer.

Tomen a nuestros viejos «economistas». Ellos también gritaban que sus adversarios eran conspiradores, jacobinos (véase Rabócheie Dielo, especialmente el núm. 10, y el discurso de Martínov durante los debates en el II Congreso{38} sobre el programa), que se desprendían de las masas al lanzarse a la política, que olvidaban las bases del movimiento obrero, no tomaban en cuenta la autoactividad obrera, etc., etc. En realidad, estos partidarios de la «autoactividad obrera» eran intelectuales oportunistas que imponían a los obreros su comprensión estrecha y filistea de las tareas del proletariado. En realidad, los adversarios del «economismo», como cualquiera puede ver por la vieja Iskra, no abandonaron ni relegaron a un segundo plano ninguno de los aspectos del trabajo socialdemócrata, no olvidaron en absoluto la lucha económica, sabiendo al mismo tiempo plantear en toda su amplitud las tareas políticas urgentes e inmediatas, oponiéndose a la transformación del partido obrero en un apéndice «económico» de la burguesía liberal.

Los economistas aprendieron de memoria que la economía está en la base de la política, y lo «entendieron» en el sentido de que hay que rebajar la lucha política al nivel de la lucha económica. Los neoiskristas aprendieron de memoria que la revolución democrática tiene en su base económica la revolución burguesa, y lo «entendieron» en el sentido de que hay que rebajar las tareas democráticas del proletariado al nivel de la moderación burguesa, hasta aquel límite tras el cual «se apartará la burguesía». Los «economistas», bajo el pretexto de profundizar el trabajo, bajo el pretexto de la autoactividad obrera y de una política puramente de clase, entregaban de hecho a la clase obrera en manos de los políticos liberal-burgueses, es decir, conducían al partido por un camino cuyo significado objetivo era precisamente ese. Los neoiskristas, bajo los mismos pretextos, traicionan de hecho a la burguesía los intereses del proletariado en la revolución democrática, es decir, conducen al partido por un camino cuyo significado objetivo es precisamente ese. A los «economistas» les parecía que la hegemonía en la lucha política no es asunto de los socialdemócratas, sino propiamente asunto de los liberales. A los neoiskristas les parece que la realización activa de la revolución democrática no es asunto de los socialdemócratas, sino propiamente asunto de la burguesía democrática, pues la dirección y la participación predominante del proletariado «debilitarían el alcance» de la revolución.

En una palabra, los neoiskristas son epígonos del «economismo» no solo por su origen en el segundo congreso del partido, sino también por su actual planteamiento de las tareas tácticas del proletariado en la revolución democrática. Esta es también el ala intelectual-oportunista del partido. En la organización, debutó con el individualismo anárquico de los intelectuales y terminó con el «proceso de desorganización», consolidando en los «estatutos»{39} adoptados por la conferencia la separación de la literatura respecto a la organización del partido, elecciones no directas, casi de cuarto grado, un sistema de plebiscitos bonapartistas en lugar de la representación democrática y, por último, el principio de «acuerdo» entre la parte y el todo. En la táctica del partido, se deslizaron por el mismo plano inclinado. En el «plan de la campaña zemstva», declararon «tipo superior de manifestación» la intervención ante los zemstvos, viendo en la escena política solo dos fuerzas activas (¡en vísperas del 9 de enero!): el gobierno y la democracia burguesa. La tarea urgente del armamento la «profundizaban», sustituyendo la consigna práctica directa por el llamamiento a armarse con la necesidad acuciante de autoarmarse. Las tareas de la insurrección armada, del gobierno provisional, de la dictadura democrático-revolucionaria son tergiversadas y embotadas ahora en sus resoluciones oficiales. «Como si la burguesía no fuera a apartarse»: este acorde final de su última resolución arroja plena luz sobre la cuestión de hacia dónde conduce al partido su camino.

La revolución democrática en Rusia es, por su esencia económico-social, una revolución burguesa. No basta con simplemente repetir esta correcta tesis marxista. Hay que saber comprenderla y saber aplicarla a las consignas políticas. Toda libertad política en general, sobre la base de las relaciones de producción modernas, es decir, capitalistas, es una libertad burguesa. La exigencia de libertad expresa ante todo los intereses de la burguesía. Sus representantes fueron los primeros en enarbolar esta exigencia. Sus partidarios se aprovecharon en todas partes, como dueños, de la libertad obtenida, reduciéndola a una mesurada y ordenada medida burguesa, compaginándola con la más refinada represión del proletariado revolucionario en tiempos de paz y con la más brutal y feroz en tiempos de tormenta.

Pero sacar de esto la negación o el rebajamiento de la lucha por la libertad solo podían hacerlo los rebeldes populistas, los anarquistas y los «economistas». Imponer estas doctrinas intelectuales y filisteas al proletariado siempre se logró solo por un tiempo, solo contra su resistencia. El proletariado captaba instintivamente que la libertad política le es necesaria, le es necesaria más que a nadie, a pesar de que ella fortalezca y organice directamente a la burguesía. El proletariado no espera su salvación en la evasión de la lucha de clases, sino en su desarrollo, en el aumento de su amplitud, conciencia, organización, decisión. Quien rebaja las tareas de la lucha política, convierte al socialdemócrata de tribuno del pueblo en secretario de un trade-union. Quien rebaja las tareas proletarias en la revolución democrática burguesa, convierte al socialdemócrata de jefe de la revolución popular en cabecilla de un sindicato obrero libre.

Sí, de la revolución popular. La socialdemocracia ha luchado y lucha con pleno derecho contra el abuso democrático-burgués de la palabra pueblo. Exige que con esta palabra no se encubra la incomprensión de los antagonismos de clase dentro del pueblo. Insiste categóricamente en la necesidad de la plena independencia clasista del partido del proletariado. Pero ella descompone al «pueblo» en «clases» no para que la clase avanzada se encierre en sí misma, se limite con una medida estrecha, caponice su actividad con consideraciones de si no se apartarán los dueños económicos del mundo, sino para que la clase avanzada, sin sufrir la timidez, la inestabilidad, la irresolución de las clases intermedias, luche con tanta mayor energía, con tanto mayor entusiasmo por la causa de todo el pueblo, a la cabeza de todo el pueblo.

He aquí lo que tan a menudo no entienden los neoiskristas contemporáneos, que sustituyen el planteamiento de consignas políticas activas en la revolución democrática por una simple repetición razonadora de la palabra «de clase» en todos los géneros y en todos los casos.

La revolución democrática es burguesa. La consigna de la redistribución negra o de tierra y libertad, esa consigna tan difundida entre la masa campesina, oprimida e ignorante, pero que busca apasionadamente la luz y la felicidad, es burguesa. Pero nosotros, los marxistas, debemos saber que no hay ni puede haber otro camino hacia la verdadera libertad del proletariado y del campesinado que el camino de la libertad burguesa y del progreso burgués. No debemos olvidar que en la actualidad no hay ni puede haber otro medio de acercar el socialismo que la plena libertad política, la república democrática, la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Como representantes de la clase avanzada y la única revolucionaria sin reservas, sin dudas, sin miradas atrás, debemos plantear ante todo el pueblo, del modo más amplio, audaz e iniciativo posible, las tareas de la revolución democrática. El rebajamiento de esas tareas es, en teoría, una caricatura del marxismo y una deformación filistea de este, y en la práctica política significa entregar la causa de la revolución en manos de la burguesía, que inevitablemente se apartará de la realización consecuente de la revolución. Las dificultades que se alzan en el camino de la victoria plena de la revolución son muy grandes. Nadie podrá condenar a los representantes del proletariado si hacen cuanto está en sus fuerzas y si todos sus esfuerzos se estrellan contra la resistencia de la reacción, la traición de la burguesía, la ignorancia de las masas. Pero todos y cada uno —y, ante todo, el proletariado consciente— condenarán a la socialdemocracia si esta cercena la energía revolucionaria de la revolución democrática, si cercena el entusiasmo revolucionario por miedo a vencer, por consideraciones de que la burguesía no vaya a apartarse. Las revoluciones son las locomotoras de la historia, decía Marx.{40} Las revoluciones son la fiesta de los oprimidos y explotados. Nunca la masa del pueblo es capaz de actuar como creadora tan activa de nuevos órdenes sociales como durante la revolución. En tales momentos, el pueblo es capaz de milagros desde el punto de vista del rasero estrecho y pequeñoburgués del progreso gradualista. Pero es preciso que también los dirigentes de los partidos revolucionarios planteen sus tareas con mayor amplitud y audacia en esos momentos, que sus consignas vayan siempre por delante de la iniciativa revolucionaria de las masas, sirviéndoles de faro, mostrando en toda su grandeza y en todo su atractivo nuestro ideal democrático y socialista, mostrando el camino más cercano y más recto hacia la victoria plena, incondicional y decidida. Dejemos que los oportunistas de la burguesía del «Osvobozhdenie» inventen, por miedo a la revolución y al camino recto, vías indirectas, rodeos y compromisos. Si nos obligan por la fuerza a arrastrarnos por esos caminos, sabremos cumplir con nuestro deber incluso en el mezquino trabajo cotidiano. Pero que primero la lucha despiadada decida la elección del camino. Seremos traidores y renegados de la revolución si no aprovechamos esta energía festiva de las masas y su entusiasmo revolucionario para librar una lucha despiadada y abnegada por el camino recto y decidido. Que los oportunistas de la burguesía piensen con temor en la futura reacción. A los obreros no los asustará ni la idea de que la reacción se dispone a ser terrible, ni la de que la burguesía se dispone a apartarse. Los obreros no esperan transacciones, no piden limosnas; aspiran a aplastar sin piedad a las fuerzas reaccionarias, es decir, a la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado.

No cabe duda de que, en tiempos tormentosos, amenazan a nuestro barco del partido más peligros que durante la apacible «navegación» del progreso liberal, que significa la extracción terriblemente lenta de los jugos de la clase obrera por sus explotadores. No cabe duda de que las tareas de la dictadura democrático-revolucionaria son mil veces más difíciles y complejas que las tareas de la «oposición extrema» y de la sola lucha parlamentaria. Pero quien en el actual momento revolucionario sea capaz, conscientemente, de preferir la navegación apacible y el camino de la «oposición» segura, que se aparte por un tiempo del trabajo socialdemócrata, que espere el fin de la revolución, cuando pase la fiesta, vuelvan a empezar los días ordinarios y su rasero mezquino y cotidiano no sea una disonancia tan repugnante, una deformación tan monstruosa de las tareas de la clase avanzada.

¡A la cabeza de todo el pueblo y, en particular, del campesinado, por la libertad plena, por la revolución democrática consecuente, por la república! ¡A la cabeza de todos los trabajadores y explotados, por el socialismo! Tal debe ser en la práctica la política del proletariado revolucionario, tal es la consigna de clase que debe impregnar y determinar la solución de cada cuestión táctica, de cada paso práctico del partido obrero durante la revolución.

## Epílogo. Una vez más el osvobozhdenismo, una vez más el neoiskrismo

Los números 71–72 de «Osvobozhdenie» y 102–103 de «Iskra» han aportado un material nuevo y sumamente abundante sobre la cuestión a la que dedicamos el § 8 de nuestro folleto. Sin posibilidad alguna de utilizar aquí todo ese rico material, nos detendremos solo en lo más importante: en primer lugar, en qué clase de «realismo» elogia «Osvobozhdenie» en la socialdemocracia y por qué debe elogiarlo; en segundo lugar, en la relación entre los conceptos de revolución y dictadura.

### I. ¿Por qué los realistas liberales burgueses elogian a los «realistas» socialdemócratas?

Los artículos «La escisión en la socialdemocracia rusa» y «El triunfo del sentido común» (n.º 72 de «Osvobozhdenie») constituyen un juicio notablemente valioso para los proletarios conscientes, emitido por representantes de la burguesía liberal sobre la socialdemocracia. No se puede recomendar con suficiente fuerza a todo socialdemócrata que se familiarice con esos artículos en su versión íntegra y medite cada una de sus frases[42]. Reproduciremos, ante todo, las principales tesis de ambos artículos:

«Para un observador externo —dice «Osvobozhdenie»— resulta bastante difícil captar el sentido político real de la divergencia que ha dividido al partido socialdemócrata en dos fracciones. La definición de la fracción “mayoritaria” como más radical y de línea recta, a diferencia de la “minoritaria”, que admite en interés de la causa algunos compromisos, no es del todo exacta y, en todo caso, no constituye una caracterización exhaustiva. Al menos, los dogmas tradicionales de la ortodoxia marxista son observados por la fracción minoritaria, acaso con mayor celo aún que por la fracción de Lenin. Nos parece más exacta la siguiente caracterización. El temple político fundamental de la “mayoría” es el revolucionarismo abstracto, el insurreccionalismo, la aspiración de alzar por cualquier medio un levantamiento en la masa popular y, en su nombre, tomar inmediatamente el poder; esto aproxima en cierta medida a los “leninistas” a los socialistas revolucionarios y vela en su conciencia la idea de la lucha de clases con la idea de la revolución rusa de todo el pueblo; renunciando en la práctica a muchas estrecheces de la doctrina socialdemócrata, los “leninistas”, por otro lado, están completamente imbuidos de la estrechez del revolucionarismo, renuncian a cualquier otro trabajo práctico que no sea la preparación del levantamiento inmediato, ignoran por principio todas las formas de agitación legal y semilegal y todo tipo de compromisos prácticamente útiles con otras corrientes opositoras. Por el contrario, la minoría, aferrándose firmemente al dogma del marxismo, conserva al mismo tiempo los elementos realistas de la concepción marxista del mundo. La idea básica de esta fracción es la contraposición de los intereses del “proletariado” a los intereses de la burguesía. Pero, por otra parte, la lucha del proletariado se concibe —naturalmente, dentro de ciertos límites dictados por los dogmas inmutables de la socialdemocracia— de manera realista y sobria, con una clara conciencia de todas las condiciones y tareas concretas de esa lucha. Ambas fracciones aplican su punto de vista fundamental de manera no del todo consecuente, ya que están atadas en su creación ideológico-política por las fórmulas estrictas del catecismo socialdemócrata, que impiden a los “leninistas” convertirse en insurreccionalistas de línea recta, a imagen de algunos socialistas revolucionarios por lo menos, y a los “iskristas”, en dirigentes prácticos del movimiento político real de la clase obrera».

Y, exponiendo a continuación el contenido de las principales resoluciones, el escritor de «Liberación» explica con algunos comentarios concretos sobre ellas sus «ideas» generales. En comparación con el III Congreso, dice, «la conferencia de la minoría se relaciona de manera completamente diferente con la insurrección armada». «En relación con la actitud hacia la insurrección armada» está la diferencia en las resoluciones sobre el gobierno provisional. «La misma discrepancia se revela también en la actitud hacia los sindicatos obreros. Los ‘leninistas’ en sus resoluciones ni siquiera mencionaron este importantísimo punto de partida de la educación política y la organización de la clase obrera. Por el contrario, la minoría elaboró una resolución muy seria». En cuanto a los liberales, supuestamente ambas fracciones son unánimes, pero el III Congreso «repite casi literalmente la resolución de Plejánov sobre la actitud hacia los liberales, adoptada en el II Congreso, y rechaza la resolución de Starover, más favorable a los liberales, adoptada por el mismo congreso». Con la homogeneidad general de las resoluciones del congreso y la conferencia sobre el movimiento campesino, «la ‘mayoría’ subraya más la idea de la confiscación revolucionaria de las tierras de los terratenientes, etc., mientras que la ‘minoría’ quiere basar su agitación en las demandas de reformas estatales y administrativas democráticas».

Finalmente, «Liberación» cita del n.º 100 de «Iskra» una resolución menchevique, cuyo punto principal dice: «En vista de que en la actualidad el trabajo clandestino por sí solo no asegura a la masa una participación suficiente en la vida del partido y en parte conduce a la contraposición de la masa, como tal, al partido, como organización ilegal, es necesario que esta última tome en sus manos la dirección de la lucha profesional de los obreros en el terreno legal, vinculando estrictamente esta lucha con las tareas socialdemócratas». A propósito de esta resolución, «Liberación» exclama: «Saludamos calurosamente esta resolución como un triunfo del sentido común, como un esclarecimiento táctico de una parte conocida del partido socialdemócrata».

Ahora el lector tiene ante sí todos los juicios esenciales de «Liberación». Sería un error gravísimo, por supuesto, considerar que estos juicios son correctos en el sentido de corresponder a la verdad objetiva. Cualquier socialdemócrata descubrirá fácilmente errores en ellos a cada paso. Sería una ingenuidad olvidar que todos estos juicios están impregnados de cabo a rabo por los intereses y el punto de vista de la burguesía liberal, que son completamente parciales y tendenciosos en este sentido. Reflejan las opiniones de la socialdemocracia tal como un espejo cóncavo o convexo refleja los objetos. Pero sería un error aún mayor olvidar que estos juicios burguesamente deformados reflejan, en última instancia, los intereses reales de la burguesía, la cual, como clase, comprende sin duda correctamente qué tendencias dentro de la socialdemocracia le son a ella, a la burguesía, ventajosas, cercanas, afines, simpáticas, y cuáles son perjudiciales, lejanas, ajenas, antipáticas. Un filósofo burgués o un publicista burgués nunca comprenderá correctamente la socialdemocracia, ni la socialdemocracia menchevique ni la bolchevique. Pero si es un publicista medianamente inteligente, su instinto de clase no lo engañará, y la importancia para la burguesía de una u otra corriente dentro de la socialdemocracia la captará siempre esencialmente de manera correcta, aunque la presente deformada. El instinto de clase de nuestro enemigo, su juicio de clase, merece por ello siempre la más seria atención de todo proletario consciente.

¿Qué nos dice, entonces, por boca de los de Liberación, el instinto de clase de la burguesía rusa?

Expresa de manera absolutamente clara su satisfacción por las tendencias del neoiskrismo, alabándolo por su realismo, sobriedad, triunfo del sentido común, seriedad de las resoluciones, esclarecimiento táctico, practicidad, etc., y su descontento por las tendencias del III Congreso, censurándolo por su estrechez, revolucionarismo, rebeldía, negación de compromisos prácticamente útiles, etc. El instinto de clase de la burguesía le sugiere precisamente lo que ha sido demostrado reiteradamente con los datos más exactos en nuestra literatura: que los neoiskristas constituyen el ala oportunista, y sus adversarios, el ala revolucionaria de la socialdemocracia rusa actual. Los liberales no pueden no simpatizar con las tendencias de la primera, no pueden no censurar las tendencias de la segunda. Los liberales, como ideólogos de la burguesía, comprenden perfectamente que a la burguesía le es ventajosa la «practicidad, sobriedad, seriedad» de la clase obrera, es decir, la limitación de hecho del campo de su actividad al marco del capitalismo, las reformas, la lucha profesional, etc. A la burguesía le es peligrosa y temible la «estrechez revolucionista» del proletariado y su aspiración, en nombre de sus tareas de clase, a conquistar un papel dirigente en la revolución rusa de todo el pueblo.

«No se puede estar de acuerdo con esta opinión. Las concepciones programáticas del camarada Akímov llevan un claro sello de oportunismo, lo que también reconoce el crítico de “Liberación” en uno de sus últimos números, señalando que el camarada Akímov se adhiere a la corriente “realista” —léase: revisionista—»[43].

Así pues, la propia «Iskra» sabe perfectamente que el «realismo» de Liberación es precisamente oportunismo y nada más. Si ahora, al atacar el «realismo liberal» (n.º 102 de «Iskra»), «Iskra» silencia cómo fue alabada por los liberales por su realismo, este silencio se explica porque tales alabanzas son más amargas que cualesquiera censuras. Tales alabanzas (expresadas por «Liberación» no por casualidad ni por primera vez) demuestran de hecho el parentesco entre el realismo liberal y aquellas tendencias del «realismo» socialdemócrata (léase: oportunismo) que se transparentan en cada resolución de los neoiskristas, debido al carácter erróneo de toda su posición táctica.

En efecto, la burguesía rusa ya ha revelado plenamente su inconsecuencia y su egoísmo en la revolución "de todo el pueblo": lo ha revelado tanto en los razonamientos del señor Struve, como en todo el tono y el contenido de la mayoría de los periódicos liberales, y en el carácter de las intervenciones políticas de la masa de miembros de los zemstvos, de la masa de intelectuales, en general de todos los partidarios de los señores Trubetskói, Petrunkévich, Rodíchev y Cía. La burguesía no siempre comprende con claridad, es cierto, pero en general, en su conjunto, capta de un modo excelente, con su instinto de clase, que, por un lado, el proletariado y el "pueblo" le son útiles para su revolución, como carne de cañón, como ariete contra la autocracia, pero que, por otro lado, el proletariado y el campesinado revolucionario son terriblemente peligrosos para ella en caso de que alcancen una "victoria decisiva sobre el zarismo" y lleven hasta el fin la revolución democrática. Por eso la burguesía se esfuerza con todas sus fuerzas en que el proletariado se contente con un papel "modesto" en la revolución, en que sea más sensato, más práctico, más realista, en que su actividad se determine por el principio: "cómo no hacer que la burguesía se aparte". Los burgueses intelectuales saben perfectamente que no pueden librarse del movimiento obrero. Por eso no se pronuncian en absoluto contra el movimiento obrero, en absoluto contra la lucha de clases del proletariado; no, incluso hacen todo tipo de reverencias ante la libertad de huelgas, ante la lucha de clases cultural, entendiendo el movimiento obrero y la lucha de clases en el sentido brentaniano o hirsch-dunckeriano. En otras palabras, están totalmente dispuestos a "ceder" a los obreros (ceder de hecho lo que los propios obreros casi ya han conquistado) la libertad de huelgas y de sindicatos, con tal de que los obreros renuncien al "revoltosismo", al "estrecho revolucionarismo", a la hostilidad hacia los "compromisos práctico-útiles", a las pretensiones y aspiraciones de imponer a la "revolución rusa de todo el pueblo" el sello de su lucha de clases, el sello de la consecuencia proletaria, de la decisión proletaria, del "jacobinismo plebeyo". Los burgueses intelectuales en toda Rusia, por miles de medios y vías —libros[44], conferencias, discursos, charlas, etc., etc.— se esfuerzan por eso con todas sus fuerzas en inculcar a los obreros las ideas de la sensatez (burguesa), de la practicidad (liberal), del realismo (oportunista), de la lucha de clases (brentaniana), de los sindicatos (hirsch-dunckerianos){41}, etc. Estas dos últimas consignas son especialmente cómodas para los burgueses del partido "constitucional-democrático" u "osvobozhdéntsiano", pues en apariencia coinciden con las marxistas, pues con un pequeño silencio y una pequeña tergiversación es fácil confundirlas con las socialdemócratas, incluso a veces hacerlas pasar por socialdemócratas. He aquí, por ejemplo, el periódico legal liberal "Rassviet"{42} (sobre el cual procuraremos conversar algún día más detalladamente con los lectores de "Proletari") dice con frecuencia cosas tan "audaces" sobre la lucha de clases, sobre el posible engaño del proletariado por la burguesía, sobre el movimiento obrero, sobre la actividad propia del proletariado, etc., etc., que el lector desatento y el obrero poco desarrollado tomarán fácilmente su "socialdemocratismo" por moneda pura. Mientras que en realidad esto es una falsificación burguesa del socialdemocratismo, una tergiversación y desfiguración oportunista del concepto de lucha de clases.

En la base de toda esta gigantesca (por la amplitud de su influencia sobre las masas) suplantación burguesa se encuentra la tendencia a reducir el movimiento obrero predominantemente al movimiento sindical, a mantenerlo alejado de una política independiente (es decir, revolucionaria y dirigida hacia la dictadura democrática), a "eclipsar en su conciencia, la conciencia de los obreros, la idea de la revolución rusa de todo el pueblo con la idea de la lucha de clases".

Como ve el lector, hemos puesto patas arriba la formulación de "Osvobozhdenie". Esta es una formulación excelente, que expresa perfectamente las dos concepciones sobre el papel del proletariado en la revolución democrática, la concepción burguesa y la concepción socialdemócrata. La burguesía quiere reducir al proletariado a un solo movimiento sindical y con ello "eclipsar en su conciencia la idea de la revolución rusa de todo el pueblo con la idea de la lucha de clases (brentaniana)", —completamente en el espíritu de los autores bernsteinianos del "Credo", que eclipsaban en la conciencia de los obreros la idea de la lucha política con la idea del movimiento "puramente obrero". La socialdemocracia quiere, por el contrario, desarrollar la lucha de clases del proletariado hasta su participación dirigente en la revolución rusa de todo el pueblo, es decir, llevar esta revolución hasta la dictadura democrática del proletariado y el campesinado.

La revolución en nuestro país es de todo el pueblo —dice la burguesía al proletariado—. Por lo tanto, tú, como clase especial, debes limitarte a tu lucha de clase, debes, en nombre del "sentido común", dirigir la atención principal a los sindicatos y a su legalización, debes considerar precisamente estos sindicatos como "el punto de partida más importante de tu educación y organización políticas", debes elaborar en el momento revolucionario preferentemente resoluciones "serias", como la de la nueva Iskra, debes tratar con cuidado las resoluciones "más benévolas hacia los liberales", debes preferir a los dirigentes que tengan la tendencia a convertirse en "dirigentes prácticos del movimiento político real de la clase obrera", debes "conservar los elementos realistas de la cosmovisión marxista" (si ya te has contagiado, por desgracia, de las "fórmulas estrictas" de este catecismo "no científico").

La revolución en nuestro país es de todo el pueblo —dice la socialdemocracia al proletariado—. Por lo tanto, tú debes, como la clase más avanzada y la única consecuentemente revolucionaria hasta el fin, aspirar no solo a la participación más enérgica, sino también dirigente en ella. Por eso no debes encerrarte en los marcos estrechamente entendidos de la lucha de clases, predominantemente en el sentido del movimiento sindical, sino que, al contrario, debes aspirar a ampliar los marcos y el contenido de tu lucha de clases hasta abarcar con esos marcos no solo todas las tareas de la presente revolución rusa, democrática, de todo el pueblo, sino también las tareas de la ulterior revolución socialista. Por eso, sin ignorar el movimiento sindical, sin negarte a aprovechar el más mínimo resquicio de legalidad, debes, en la época de la revolución, poner en primer plano las tareas de la insurrección armada, de la formación de un ejército revolucionario y de un gobierno revolucionario, como los únicos caminos hacia la victoria completa del pueblo sobre el zarismo, hacia la conquista de la república democrática y de la verdadera libertad política.

Es superfluo hablar de la posición tan vacilante, inconsecuente y, naturalmente, simpática a la burguesía que adoptaron en este problema, debido a su errónea "línea", las resoluciones de la nueva Iskra.

### II. Nueva "profundización" del problema por el camarada Martínov

Pasemos a los artículos de Martínov en los números 102 y 103 de "Iskra". De por sí se entiende que no vamos a responder a los intentos de Martínov de demostrar la incorrección de nuestra interpretación y la justeza de la suya sobre una serie de citas de Engels y de Marx. Estos intentos son tan poco serios, las argucias de Martínov tan evidentes, el problema tan claro, que detenerse en él una vez más sería poco interesante. Todo lector pensante por sí mismo se orientará fácilmente en las no complicadas artimañas de la retirada de Martínov en toda la línea, especialmente cuando aparezcan, preparadas por un grupo de colaboradores de "Proletari", las traducciones completas del folleto de Engels "Los bakuninistas en acción" y de Marx: "Mensaje del Consejo Central de la Liga de los Comunistas" de marzo de 1850{43}. Basta una cita del artículo de Martínov para hacer evidente al lector su retirada.

"Iskra 'reconoce'" —dice Martínov en el número 103— "la institución de un gobierno provisional como una de las vías posibles y convenientes del desarrollo de la revolución, y niega la conveniencia de la participación de los socialdemócratas en el gobierno provisional burgués, precisamente en interés de apoderarse por completo en el futuro de la máquina estatal para la revolución socialista". En otras palabras: "Iskra" ha reconocido ahora lo absurdo de todos sus temores respecto a la responsabilidad del gobierno revolucionario por el tesoro y los bancos, respecto al peligro e imposibilidad de tomar en sus manos las "cárceles", etc. "Iskra" solo sigue embrollando las cosas, como antes, confundiendo la dictadura democrática y la socialista. La confusión es inevitable, como cobertura de la retirada.

Pero entre los confusos de la nueva «Iskra», Martynov se destaca como un confuso de primer rango, como un confuso, si se permite la expresión, talentoso. Al embrollar la cuestión con sus esfuerzos de «profundizarla», casi siempre «discurre» hasta dar con nuevas formulaciones que iluminan espléndidamente toda la falsedad de la posición que ocupa. Recuerden cómo en la época del «economismo» «profundizó» a Plejánov y creó de manera creativa la fórmula: «lucha económica contra los patronos y contra el gobierno». Sería difícil señalar en toda la literatura de los «economistas» una expresión más acertada de toda la falsedad de esta tendencia. Así también ahora, Martynov sirve celosamente a la nueva «Iskra» y casi cada vez que toma la palabra nos brinda material nuevo y espléndido para valorar la falsa posición de la nueva Iskra. En el n.º 102 dice que Lenin «ha sustituido de manera imperceptible los conceptos de revolución y dictadura» (pág. 3, columna 2).

A esta acusación se reducen, en esencia, todas las acusaciones de los de la nueva Iskra contra nosotros. ¡Y cuán agradecidos estamos a Martynov por esta acusación! ¡Qué servicio inestimable nos presta en la lucha contra el nuevo iskrismo, al dar semejante formulación de la acusación! Positivamente, deberíamos rogar a la redacción de «Iskra» que saque a Martynov contra nosotros con más frecuencia para «profundizar» los ataques a «Proletari» y para formularlos de manera «verdaderamente principista». Pues cuanto más principista se esfuerza Martynov en razonar, peor le sale y con mayor nitidez muestra los agujeros del nuevo iskrismo, y con mayor acierto realiza sobre sí mismo y sobre sus amigos una útil operación pedagógica: reductio ad absurdum (llevar al absurdo los principios de la nueva «Iskra»).

«Vperiod» y «Proletari» «sustituyen» los conceptos de revolución y dictadura. «Iskra» no desea tal «sustitución». ¡Exactamente, estimadísimo camarada Martynov! Usted ha dicho sin querer una gran verdad. Usted ha confirmado con una nueva formulación nuestra tesis de que «Iskra» se arrastra a la zaga de la revolución, desviándose hacia la formulación osvobozhdeniana de sus tareas, mientras que «Vperiod» y «Proletari» dan consignas que hacen avanzar la revolución democrática.

¿No comprende usted esto, camarada Martynov? Dada la importancia de la cuestión, nos esforzaremos por darle una explicación detallada.

El carácter burgués de la revolución democrática se manifiesta, entre otras cosas, en que toda una serie de clases, grupos y capas sociales, que se mantienen enteramente en el terreno del reconocimiento de la propiedad privada y de la producción mercantil, incapaces de salir de esos marcos, llegan por la fuerza de las cosas a reconocer la inutilidad de la autocracia y de todo el régimen feudal en general, y se suman a la reivindicación de la libertad. Al mismo tiempo, el carácter burgués de esta libertad, reclamada por la «sociedad», defendida con un torrente de palabras (¡y solo palabras!) de terratenientes y capitalistas, se hace cada vez más evidente. Conjuntamente, se vuelve también más patente la diferencia radical entre la lucha obrera y la burguesa por la libertad, entre el democratismo proletario y el liberal. La clase obrera y sus representantes conscientes van hacia adelante y empujan hacia adelante esta lucha, no solo sin temor a llevarla hasta el fin, sino aspirando a ir mucho más allá del más lejano fin de la revolución democrática. La burguesía es inconsecuente y egoísta, aceptando las consignas de libertad solo de manera incompleta e hipócrita. Todos los intentos de determinar con un rasgo especial, con «puntos» especialmente elaborados (como los puntos de la resolución de Starovier o de los conferenciantes) los límites a partir de los cuales comienza esa hipocresía de los amigos burgueses de la libertad o, si se quiere, esa traición a la libertad por parte de sus amigos burgueses, están inevitablemente condenados al fracaso, porque la burguesía, puesta entre dos fuegos (autocracia y proletariado), es capaz por mil caminos y medios de cambiar su posición y sus consignas, adaptándose una pulgada a la izquierda y una pulgada a la derecha, regateando y comerciando constantemente. La tarea del democratismo proletario no consiste en inventar tales «puntos» muertos, sino en la crítica incansable de la situación política en desarrollo, en denunciar las siempre nuevas, imprevisibles de antemano, inconsecuencias y traiciones de la burguesía.

Recuerden la historia de las intervenciones políticas del señor Struve en la literatura ilegal, la historia de la guerra contra él por parte de la socialdemocracia, y verán palpablemente la realización de estas tareas por la socialdemocracia, paladín del democratismo proletario. El señor Struve comenzó con una consigna netamente shipoviana: «derechos y un zemstvo con poder» (véase mi artículo en «Zariá»{44}: «Los perseguidores del zemstvo y los Aníbales del liberalismo»[45]). La socialdemocracia lo desenmascaró y lo empujó hacia un programa definidamente constitucionalista. Cuando estos «empujones» surtieron efecto gracias a la marcha especialmente rápida de los acontecimientos revolucionarios, la lucha se dirigió hacia la siguiente cuestión del democratismo: no solo la constitución en general, sino el sufragio obligatoriamente universal, directo e igual, con voto secreto. Cuando «tomamos» del «enemigo» también esta nueva posición (la adopción del sufragio universal por la «Unión de Liberación»), comenzamos a presionar más, mostrando la hipocresía y falsedad del sistema bicameral, el carácter incompleto del reconocimiento por parte de los osvobozhdenianos del sufragio universal, mostrando con su monarquismo el carácter mercantil de su democratismo o, en otras palabras, la traficación por estos héroes osvobozhdenianos del saco de dinero de los intereses de la gran revolución rusa.

Finalmente, la salvaje obstinación de la autocracia, el gigantesco progreso de la guerra civil, la falta de salida de la situación a que los monárquicos han llevado a Rusia, empezaron a abrir incluso las cabezas más duras. La revolución se convertía en un hecho. Para reconocer la revolución ya no se requería ser revolucionario. El gobierno autocrático se descomponía de hecho y se sigue descomponiendo ante los ojos de todos. Como justamente señaló un liberal en la prensa legal (el señor Gredeskul), se ha creado una desobediencia de hecho a este gobierno. A pesar de toda su aparente fuerza, la autocracia se mostró impotente; los acontecimientos de la revolución en desarrollo empezaron simplemente a hacer a un lado a este organismo parásito que se descomponía en vida. Obligados a construir su actividad (o más exactamente sus negocios políticos) sobre el terreno de relaciones dadas, que se están formando de hecho, los burgueses liberales empezaron a llegar a la necesidad de reconocer la revolución. Lo hacen no porque sean revolucionarios, sino a pesar de que no lo son. Lo hacen por necesidad y contra su voluntad, con rabia viendo los éxitos de la revolución, acusando de revolucionarismo a la autocracia, que no quiere transigir, sino que quiere una lucha a vida o muerte. Mercaderes natos, odian la lucha y la revolución, pero las circunstancias los obligan a situarse en el terreno de la revolución, porque no tienen otro terreno bajo los pies.

Presenciamos un espectáculo sumamente instructivo y sumamente cómico. Las prostitutas del liberalismo burgués intentan cubrirse con la toga del revolucionarismo. Los de Osvobozhdénie – ¡risum teneatis, amici![46] – ¡los de Osvobozhdénie empiezan a hablar en nombre de la revolución! ¡Los de Osvobozhdénie empiezan a asegurar que «no temen a la revolución» (señor Struve en el n.º 72 de «Osvobozhdénie»)!!! ¡Los de Osvobozhdénie expresan la pretensión de «situarse al frente de la revolución»!!!

Es este un fenómeno extraordinariamente significativo, que caracteriza no solo el progreso del liberalismo burgués, sino aún más el progreso de los éxitos reales del movimiento revolucionario, que se ha hecho reconocer. Incluso la burguesía comienza a sentir que es más ventajoso situarse en el terreno de la revolución, hasta tal punto está resquebrajada la autocracia. Pero, por otro lado, este fenómeno, que testimonia la elevación de todo el movimiento a una nueva fase superior, nos plantea también tareas nuevas e igualmente superiores. El reconocimiento de la revolución por la burguesía no puede ser sincero, independientemente de la honestidad personal de uno u otro ideólogo de la burguesía. La burguesía no puede dejar de introducir consigo su egoísmo e inconsecuencia, su mercantilismo y sus pequeñas artimañas reaccionarias también en esta fase superior del movimiento. Debemos ahora formular de otro modo las tareas concretas inmediatas de la revolución en nombre de nuestro programa y desarrollando nuestro programa. Lo que ayer era suficiente, hoy es insuficiente. Ayer, quizás, era suficiente, como consigna democrática avanzada, la reivindicación de reconocer la revolución. Ahora esto es poco. La revolución ha obligado incluso al señor Struve a reconocerla. Ahora se exige de la clase avanzada que defina con precisión el contenido mismo de las tareas apremiantes e impostergables de esta revolución. Los señores Struve, reconociendo la revolución, acto seguido asoman una y otra vez sus orejas de asno, entonando de nuevo la vieja canción sobre la posibilidad de un desenlace pacífico, sobre el llamamiento de Nikolái al poder de los señores liberacionistas, etc., etc. Los señores liberacionistas reconocen la revolución para escamotearla con mayor seguridad para sí mismos, para traicionarla. Nuestra tarea ahora es señalar al proletariado y a todo el pueblo la insuficiencia de la consigna: revolución, mostrar la necesidad de una definición clara e inequívoca, consecuente y decidida del contenido mismo de la revolución. Y precisamente esa definición la constituye la consigna, la única capaz de expresar correctamente la «victoria decisiva» de la revolución, la consigna: dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado{45}.

El abuso de las palabras es el fenómeno más común en política. «Socialistas», por ejemplo, se han llamado más de una vez tanto los partidarios del liberalismo burgués inglés («todos somos ahora socialistas» —«We all are socialists now», dijo Harcourt), como los partidarios de Bismarck y los amigos del papa León XIII. La palabra «revolución» también es perfectamente apta para abusar de ella, y en una determinada fase del desarrollo del movimiento tal abuso es inevitable. Cuando el señor Struve se puso a hablar en nombre de la revolución, recordamos involuntariamente a Thiers. Pocos días antes de la revolución de febrero, este monstruoso enano, este perfecto exponente de la venalidad política de la burguesía, presintió la proximidad de la tormenta popular. ¡Y declaró desde la tribuna parlamentaria que pertenecía al partido de la revolución! (Véase «La guerra civil en Francia» de Marx){46}. El significado político del paso liberacionista al partido de la revolución es completamente idéntico a este «paso» de Thiers. Cuando los Thiers rusos se pusieron a hablar de su pertenencia al partido de la revolución, esto significa que la consigna revolución se ha vuelto insuficiente, que no dice nada, que no define ninguna tarea, pues la revolución se ha hecho un hecho, hacia su lado se han volcado los elementos más heterogéneos.

En efecto, ¿qué es la revolución desde el punto de vista marxista? La destrucción violenta de una superestructura política caduca, cuya contradicción con las nuevas relaciones de producción provocó en un momento dado su derrumbe. La contradicción de la autocracia con todo el régimen de la Rusia capitalista, con todas las necesidades de su desarrollo democrático-burgués, ha provocado ahora un derrumbe tanto más fuerte cuanto más tiempo se mantuvo artificialmente esta contradicción. La superestructura se resquebraja por todas sus junturas, cede a la presión, se debilita. El pueblo mismo, en la persona de representantes de las más diversas clases y grupos, tiene que erigirse una nueva superestructura. En un momento dado del desarrollo, la inutilidad de la vieja superestructura se hace evidente para todos. La revolución es reconocida por todos. Ahora la tarea consiste en definir qué clases exactamente y cómo exactamente deben construir la nueva superestructura. Sin tal definición, la consigna revolución en el momento actual es vacía y carente de contenido, pues la debilidad de la autocracia convierte en «revolucionarios» ¡incluso a los grandes duques y a «Moskovskiie Védomosti»{47}! Sin tal definición, no puede hablarse de las tareas democráticas avanzadas de la clase avanzada. Y esta definición es precisamente la consigna: dictadura democrática del proletariado y el campesinado. Esta consigna define tanto las clases en las que pueden y deben apoyarse los nuevos «constructores» de la nueva superestructura, como el carácter de esta (dictadura «democrática» a diferencia de la socialista) y el modo de construcción (dictadura, es decir, represión violenta de la resistencia violenta, armamento de las clases revolucionarias del pueblo). Quien no reconozca ahora esta consigna de dictadura democrático-revolucionaria, la consigna del ejército revolucionario, del gobierno revolucionario, de los comités campesinos revolucionarios, o bien no comprende irremediablemente las tareas de la revolución, no sabe definir las nuevas y superiores tareas de ella planteadas por el momento actual, o bien engaña al pueblo, traiciona la revolución, abusando de la consigna «revolución».

El primer caso es el camarada Martínov y sus amigos. El segundo caso es el señor Struve y todo el partido «constitucional-democrático» de los zemstvos.

¡El camarada Martínov fue tan perspicaz e ingenioso que lanzó la acusación de «sustitución» de los conceptos revolución y dictadura justo cuando el desarrollo de la revolución exigió la definición de sus tareas mediante la consigna de dictadura! El camarada Martínov, de hecho, volvió a tener la desgracia de quedarse a la cola, de atascarse en el penúltimo peldaño, de encontrarse al nivel del liberacionismo, pues precisamente a la posición política liberacionista, es decir, a los intereses de la burguesía liberal monárquica, corresponde ahora reconocer la «revolución» (de palabra) y no querer reconocer la dictadura democrática del proletariado y el campesinado (es decir, la revolución de hecho). La burguesía liberal se pronuncia ahora, por boca del señor Struve, por la revolución. El proletariado consciente exige, por boca de los socialdemócratas revolucionarios, la dictadura del proletariado y el campesinado. Y he aquí que interviene en la disputa el sabio de la nueva «Iskra», gritando: ¡no oséis «sustituir» los conceptos revolución y dictadura! ¿Acaso no es verdad que la falsedad de la posición de los neoiskristas los condena a ir constantemente a la cola del liberacionismo?

Hemos demostrado que los liberacionistas ascienden (no sin la influencia de los impulsos alentadores de la socialdemocracia) de escalón en escalón en el reconocimiento del democratismo. Al principio, la cuestión en nuestra polémica con ellos era: ¿shipovismo (zemstvo con derechos y poder) o constitucionalismo? Luego: ¿elecciones restringidas o sufragio universal? Después: ¿reconocimiento de la revolución o pacto de corretaje con la autocracia? Finalmente, ahora: ¿reconocimiento de la revolución sin la dictadura del proletariado y del campesinado, o reconocimiento de la exigencia de la dictadura de estas clases en la revolución democrática? Es posible y probable que los señores liberacionistas (ya sean los actuales o sus sucesores en el ala izquierda de la democracia burguesa) asciendan aún un escalón más, es decir, que reconozcan con el tiempo (quizás para cuando también ascienda un escalón el camarada Martínov) la consigna de la dictadura. Esto será incluso inevitable si la revolución rusa avanza con éxito y llega a una victoria decisiva. ¿Cuál será entonces la posición de la socialdemocracia? La victoria completa de la actual revolución será el fin del giro democrático y el comienzo de la lucha decisiva por el giro socialista. La realización de las reivindicaciones del campesinado contemporáneo, la completa derrota de la reacción, la conquista de la república democrática, será el fin completo de la revolucionaridad de la burguesía e incluso de la pequeña burguesía, será el comienzo de la verdadera lucha del proletariado por el socialismo. Cuanto más completo sea el giro democrático, tanto más rápida, amplia, pura y decididamente se desplegará esta nueva lucha. La consigna de la dictadura «democrática» expresa justamente el carácter históricamente limitado de la actual revolución y la necesidad de una nueva lucha, sobre la base de nuevos órdenes, por la completa liberación de la clase obrera de toda opresión y de toda explotación. En otras palabras: cuando la burguesía democrática o la pequeña burguesía ascienda aún un escalón, cuando sea un hecho no solo la revolución, sino la victoria completa de la revolución, entonces nosotros «sustituiremos» (quizás entre los terribles gritos de los nuevos futuros Martínov) la consigna de la dictadura democrática por la consigna de la dictadura socialista del proletariado, es decir, del giro socialista completo.

### III. Representación vulgar-burguesa de la dictadura y la visión de Marx sobre ella

«Todo orden estatal provisional —escribía la *Neue Rheinische Zeitung* el 14 de septiembre de 1848— requiere, después de una revolución, una dictadura, y además una dictadura enérgica. Desde el principio le reprochamos a Camphausen (jefe del ministerio después del 18 de marzo de 1848) que no actuara dictatorialmente, que no destruyera y eliminara de inmediato los restos de las viejas instituciones. Y he aquí que, mientras el señor Camphausen se adormecía con ilusiones constitucionales, el partido vencido (es decir, el partido de la reacción) reforzó sus posiciones en la burocracia y en el ejército y comenzó incluso a atreverse aquí y allá a una lucha abierta»{49}.

En estas palabras —dice con razón Mehring— se resume en pocas tesis lo que la *Neue Rheinische Zeitung* desarrolló detalladamente en largos artículos sobre el ministerio de Camphausen. ¿Qué nos dicen estas palabras de Marx? Que el gobierno revolucionario provisional debe actuar dictatorialmente (tesis que no podía comprender de ninguna manera *Iskra*, que rehuía la consigna de la dictadura); —que la tarea de esta dictadura es la destrucción de los restos de las viejas instituciones (justamente lo que se indica claramente en la resolución del III Congreso del POSDR sobre la lucha contra la contrarrevolución y lo que se omite en la resolución de la conferencia, como mostramos más arriba). Finalmente, en tercer lugar, de estas palabras se deduce que Marx fustigaba a los demócratas burgueses por las «ilusiones constitucionales» en la época de la revolución y de la guerra civil abierta. El sentido de estas palabras se ve con especial claridad en el artículo de la *Neue Rheinische Zeitung* del 6 de junio de 1848. «La Asamblea Nacional Constituyente —escribía Marx— debe ser ante todo una asamblea activa, revolucionariamente activa. En cambio, la Asamblea de Fráncfort se ocupa de ejercicios escolares de parlamentarismo y deja actuar al gobierno. Supongamos que esta docta asamblea lograra, tras una madura discusión, elaborar el mejor orden del día y la mejor constitución. ¿De qué serviría el mejor orden del día y la mejor constitución si, mientras tanto, los gobiernos alemanes ya han puesto la bayoneta en el orden del día?»{50}.

He aquí el sentido de la consigna: dictadura. De aquí se ve cómo habría reaccionado Marx ante las resoluciones que llaman «victoria decisiva» a la decisión de organizar la asamblea constituyente, ¡o que invitan a «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema»!

Las grandes cuestiones en la vida de los pueblos se resuelven solo por la fuerza. Las propias clases reaccionarias suelen ser las primeras en recurrir a la violencia, a la guerra civil, a «poner la bayoneta en el orden del día», como hizo la autocracia rusa y sigue haciendo sistemática y obstinadamente, en todas partes y en todo lugar, desde el 9 de enero. Y una vez que se ha creado tal situación, una vez que la bayoneta ha pasado realmente a encabezar el orden del día político, una vez que la insurrección se ha hecho necesaria e inaplazable, entonces las ilusiones constitucionales y los ejercicios escolares de parlamentarismo se convierten solo en un encubrimiento de la traición burguesa a la revolución, en un encubrimiento de cómo la burguesía «se aparta» de la revolución. La clase auténticamente revolucionaria debe entonces precisamente lanzar la consigna de la dictadura.

Sobre la cuestión de las tareas de esta dictadura, Marx escribía también en la *Neue Rheinische Zeitung*: «La Asamblea Nacional debió haber actuado dictatorialmente contra las tendencias reaccionarias de los gobiernos caducos, y entonces habría conquistado tal fuerza en la opinión del pueblo, que contra ella se habrían roto todas las bayonetas… En cambio, esta asamblea aburre al pueblo alemán con palabras tediosas, en lugar de entusiasmarlo consigo o ser entusiasmada por él»{51}. Según la opinión de Marx, la Asamblea Nacional debió «eliminar de la estructura realmente existente de Alemania todo lo que contradijera el principio de la soberanía del pueblo», y luego «afianzar el terreno revolucionario sobre el cual se encuentra, asegurar la soberanía del pueblo conquistada por la revolución contra todos los ataques»{52}.

Por consiguiente, según su contenido, las tareas que Marx planteaba en 1848 al gobierno revolucionario o a la dictadura se reducían ante todo al giro democrático: defensa contra la contrarrevolución y eliminación efectiva de todo lo que contradijera la soberanía del pueblo. Esto no es otra cosa que la dictadura revolucionario-democrática.

Ahora, prosigamos: ¿qué clases podían y debían, según Marx, realizar esta tarea (llevar a la práctica hasta el fin el principio de la soberanía del pueblo y rechazar los ataques de la contrarrevolución)? Marx habla del «pueblo». Pero sabemos que él combatió siempre implacablemente contra las ilusiones pequeñoburguesas sobre la unidad del «pueblo», sobre la ausencia de lucha de clases en el seno del pueblo. Al utilizar la palabra «pueblo», Marx no emborronaba con esta palabra las diferencias de clase, sino que unía determinados elementos capaces de llevar la revolución hasta el fin.

Después de la victoria del proletariado berlinés el 18 de marzo —escribía la *Neue Rheinische Zeitung*—, los resultados de la revolución resultaron ser de dos tipos: «Por un lado, el armamento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía del pueblo conquistada de hecho; por otro lado, el mantenimiento de la monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann, es decir, un gobierno de representantes de la gran burguesía. Así, la revolución tuvo resultados de dos tipos, que inevitablemente debían llegar a una ruptura. El pueblo venció; conquistó libertades de carácter decididamente democrático, pero el dominio directo no pasó a sus manos, sino a las manos de la gran burguesía. En una palabra, la revolución no fue llevada hasta el fin. El pueblo dejó a los representantes de la gran burguesía la formación del ministerio, y estos representantes de la gran burguesía demostraron sus aspiraciones de inmediato al proponer una alianza a la vieja nobleza y burocracia prusianas. Arnim, Kanitz y Schwerin entraron en el ministerio.

La gran burguesía, antirrevolucionaria desde el comienzo, concluyó una alianza defensiva y ofensiva con la reacción por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y a la burguesía democrática» (cursivas nuestras){53}.

Así pues, no solo la «decisión de organizar una asamblea constituyente» es todavía insuficiente para la victoria decisiva de la revolución, ¡sino que incluso su convocatoria efectiva lo es! Incluso después de una victoria parcial en la lucha armada (la victoria de los obreros berlineses sobre las tropas el 18 de marzo de 1848), es posible una revolución «inconclusa», «no llevada hasta el final». ¿De qué depende que se la lleve hasta el final? De en qué manos va a parar la dominación directa: si a las de los Petrunkiévich y Rodíchev, es decir, los Camphausen y Hansemann, o a las del pueblo, esto es, de los obreros y la burguesía democrática. En el primer caso, la burguesía tendrá el poder y el proletariado la «libertad de crítica», la libertad de «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema». La burguesía, inmediatamente después de la victoria, concertará una alianza con la reacción (esto se habría producido inevitablemente también en Rusia si, por ejemplo, los obreros de Petersburgo hubieran obtenido únicamente una victoria parcial en el combate callejero contra las tropas y hubieran dejado la formación del gobierno a los señores Petrunkiévich y Cía.). En el segundo caso, sería posible una dictadura revolucionario-democrática, es decir, la victoria completa de la revolución.

Resta por definir con mayor precisión qué entendía Marx concretamente por «burguesía democrática» (demokratische Bürgerschaft), a la que, junto con los obreros, llamaba pueblo, en contraposición a la gran burguesía.

Una respuesta clara a esta pregunta la da el siguiente pasaje del artículo de la Nueva Gaceta Renana del 29 de julio de 1848: «...La revolución alemana de 1848 no es más que una parodia de la Revolución Francesa de 1789.

El 4 de agosto de 1789, tres semanas después de la toma de la Bastilla, el pueblo francés liquidó en un solo día todas las cargas feudales.

El 11 de julio de 1848, cuatro meses después de las barricadas de marzo, las cargas feudales liquidaron al pueblo alemán. Teste Gierke cum Hansemanno[47].

La burguesía francesa de 1789 no abandonó ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la destrucción del feudalismo en el campo, la creación de una clase campesina libre, poseedora de tierras (grundbesitzenden).

La burguesía alemana de 1848 traiciona sin el menor escrúpulo a los campesinos, sus aliados más naturales, que son carne de su carne y sin los cuales carece de fuerza frente a la nobleza.

La conservación de los derechos feudales, su sanción bajo la forma de un rescate (ilusorio): tal es el resultado de la revolución alemana de 1848. La montaña parió un ratón»{54}.

Este es un pasaje muy instructivo que nos brinda cuatro tesis importantes: 1) La revolución alemana inconclusa se diferencia de la revolución francesa concluida en que la burguesía traicionó no solo al democratismo en general, sino en particular al campesinado. 2) La base del pleno cumplimiento de la transformación democrática es la creación de una clase libre de campesinos. 3) La creación de dicha clase significa la abolición de las cargas feudales, la destrucción del feudalismo, pero en modo alguno constituye una transformación socialista. 4) Los campesinos son los aliados «más naturales» de la burguesía, precisamente de la burguesía democrática, sin los cuales esta es «impotente» frente a la reacción.

Con las correspondientes modificaciones de las particularidades nacionales concretas y sustituyendo el feudalismo por la servidumbre, todas estas tesis son plenamente aplicables a la Rusia de 1905. No cabe duda de que, extrayendo lecciones de la experiencia de Alemania, iluminada por Marx, no podemos arribar a otra consigna de victoria decisiva de la revolución que la siguiente: dictadura revolucionario-democrática del proletariado y del campesinado. Es indudable que los componentes principales de ese «pueblo» que Marx contraponía en 1848 a la reacción que ofrecía resistencia y a la burguesía traidora son el proletariado y el campesinado. Es indudable que también en Rusia la burguesía liberal y los señores osvobozhdenios traicionan y traicionarán al campesinado, es decir, se desembarazarán del problema con una seudorreforma, se pondrán del lado de los terratenientes en la lucha decisiva entre estos y los campesinos. Solo el proletariado es capaz de apoyar al campesinado hasta el fin en esta lucha. Es indudable, por último, que también en Rusia el éxito de la lucha campesina, es decir, el paso de toda la tierra al campesinado, significará una completa transformación democrática, será el soporte social de una revolución llevada hasta el final, mas de ningún modo una transformación socialista ni la «socialización» de que hablan los ideólogos de la pequeña burguesía, los socialistas revolucionarios. El éxito de la insurrección campesina, la victoria de la revolución democrática, solo desbrozará el camino para una lucha verdadera y resuelta por el socialismo sobre el terreno de la república democrática. El campesinado, en cuanto clase poseedora de tierras, desempeñará en esa lucha el mismo papel traicionero e inestable que desempeña hoy la burguesía en la lucha por la democracia. Olvidarlo significa olvidar el socialismo, engañarse a sí mismo y a otros respecto a los verdaderos intereses y tareas del proletariado.

Para no dejar una laguna en la exposición de las concepciones de Marx en 1848, es necesario señalar una diferencia esencial entre la socialdemocracia alemana de entonces (o el partido comunista del proletariado, para decirlo en el lenguaje de la época) y la socialdemocracia rusa actual. Cedamos la palabra a Mehring:

«La Nueva Gaceta Renana» salió a la palestra política como 'órgano de la democracia'. No puede dejar de verse el hilo rojo que recorre todos sus artículos. Pero, de manera inmediata, defendía más los intereses de la revolución burguesa contra el absolutismo y el feudalismo que los intereses del proletariado contra los de la burguesía. Poco material sobre el movimiento obrero independiente se encuentra en sus columnas durante la revolución, aunque no debe olvidarse que junto a ella aparecía, dos veces por semana, bajo la redacción de Moll y Schapper, el órgano especial de la Unión Obrera de Colonia{55}. En todo caso, al lector de hoy le salta a la vista el poco interés que la «Nueva Gaceta Renana» prestaba al movimiento obrero alemán de entonces, a pesar de que su más capaz dirigente, Stephan Born, había sido discípulo de Marx y Engels en París y Bruselas y en 1848 escribía desde Berlín como corresponsal de su periódico. Born relata en sus «Recuerdos» que Marx y Engels nunca le expresaron con una sola palabra su desaprobación de su agitación obrera. Pero declaraciones posteriores de Engels hacen probable la suposición de que estaban descontentos, cuando menos, con los métodos de dicha agitación. Su descontento era fundado en la medida en que Born se veía forzado a hacer numerosas concesiones a la conciencia de clase del proletariado, aún completamente subdesarrollada en la mayor parte de Alemania, concesiones que no resisten la crítica desde el punto de vista del «Manifiesto Comunista». Su descontento era infundado en la medida en que Born supo, a pesar de todo, mantener la agitación dirigida por él a una altura relativamente considerable... Sin duda, Marx y Engels tenían razón histórica y política al considerar que el interés más importante de la clase obrera consistía ante todo en impulsar al máximo la revolución burguesa... No obstante, es una prueba notable de cómo el instinto elemental del movimiento obrero sabe corregir las concepciones aun de los más geniales pensadores el hecho de que en abril de 1849 se pronunciaran por una organización obrera específica y decidieran participar en el congreso obrero que estaban preparando, en especial, los proletarios del este del Elba (Prusia Oriental)»{56}.

Así pues, sólo en abril de 1849, después de casi un año de publicación de un periódico revolucionario (la "Nueva Gaceta Renana" comenzó a aparecer el 1 de junio de 1848), Marx y Engels se pronunciaron a favor de una organización obrera específica. ¡Hasta entonces, habían dirigido simplemente un "órgano de la democracia", sin ningún vínculo organizativo con un partido obrero independiente! Este hecho —monstruoso e increíble desde nuestro punto de vista actual— nos muestra claramente la enorme diferencia que existía entre el partido socialdemócrata obrero alemán de entonces y el ruso de ahora. Este hecho nos muestra en cuánto menos se manifestaban en la revolución democrática alemana (debido al atraso de Alemania en 1848 tanto en el aspecto económico como en el político —la fragmentación estatal) los rasgos proletarios del movimiento, la corriente proletaria dentro de él. Esto no debe olvidarse (como lo olvida, por ejemplo, Plejánov[48]) al valorar las múltiples declaraciones de Marx, de esa época y de un poco más tarde, sobre la necesidad de una organización independiente del partido del proletariado. Marx extrajo prácticamente esta conclusión sólo a partir de la experiencia de la revolución democrática, casi un año después: hasta entonces, toda la atmósfera en Alemania era tan mezquina, pequeñoburguesa. Para nosotros, esta conclusión es ya una conquista antigua y sólida de medio siglo de experiencia de la socialdemocracia internacional, una conquista desde la cual iniciamos la organización del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Entre nosotros no puede hablarse, por ejemplo, de que los periódicos revolucionarios del proletariado estén fuera del partido socialdemócrata del proletariado, de que puedan presentarse, aunque sea por un momento, simplemente como "órganos de la democracia".

Pero la contraposición que apenas comenzaba a manifestarse entre Marx y Stephan Born existe entre nosotros en una forma tanto más desarrollada cuanto más poderosa se manifiesta la corriente proletaria en el torrente democrático de nuestra revolución. Al hablar del probable descontento de Marx y Engels con la agitación de Stephan Born, Mehring se expresa de un modo demasiado blando y evasivo. He aquí lo que escribió Engels sobre Born en 1885 (en el prefacio a "Enthüllungen über den Kommunistenprozeß zu Köln", Zúrich, 1885[49]):

Los miembros de la Liga de los Comunistas{57} estaban en todas partes al frente del movimiento democrático más extremo, demostrando así que la Liga era una excelente escuela de actividad revolucionaria. "El tipógrafo Stephan Born, que había sido un miembro activo de la Liga en Bruselas y París, fundó en Berlín una 'Hermandad Obrera' ('Arbeiterverbrüderung'), que alcanzó una difusión considerable y se mantuvo hasta 1850. Born, un joven de talento, se apresuró demasiado, sin embargo, a presentarse como político. Se 'hermanaba' con la más variopinta gentuza (Kreti und Plethi) con tal de reunir una multitud a su alrededor. No era en absoluto de esos hombres capaces de introducir unidad en las aspiraciones contradictorias, de arrojar luz en el caos. Por eso, en las publicaciones oficiales de su hermandad aparece constantemente una confusión y mezcla de las concepciones del 'Manifiesto Comunista' con reminiscencias y deseos gremiales, con fragmentos de las concepciones de Louis Blanc y Proudhon, con defensa del proteccionismo, etc.; en una palabra, esa gente quería complacer a todos (Allen alles sein). Se ocupaban especialmente de organizar huelgas, sindicatos, cooperativas de producción, olvidando que la tarea consistía ante todo en conquistar primero, mediante la victoria política, un terreno en el cual tales cosas pudieran realizarse de manera sólida y segura (cursivas nuestras). Y he aquí que, cuando las victorias de la reacción hicieron sentir a los dirigentes de esta hermandad la necesidad de participar directamente en la lucha revolucionaria, entonces, como es natural, la masa no desarrollada que se agrupaba a su alrededor los abandonó. Born tomó parte en la insurrección de Dresde en mayo de 1849 y se salvó por un afortunado azar. En cuanto a la Hermandad Obrera, se mantuvo al margen del gran movimiento político del proletariado como una asociación aislada, que existía en su mayor parte sobre el papel y desempeñaba un papel tan secundario que la reacción consideró necesario cerrarla sólo en 1850, y sus filiales sólo muchos años después. Born (verdadero apellido de Born: Buttermilch)[50] nunca llegó a ser un político, sino que resultó ser un pequeño profesor suizo que ahora no traduce a Marx al lenguaje gremial, sino al bonachón Renan a un dulzón idioma alemán"{58}.

¡Así valoraba Engels dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática!

Nuestros neoiskristas también tienden al "economismo" con un celo tan irracional, que merecen el elogio de la burguesía monárquica por su "esclarecimiento". También ellos reúnen a su alrededor a un público variopinto, adulando a los "economistas", atrayendo demagógicamente a la masa no desarrollada con consignas de "autonomía", "democratismo", "iniciativa propia", etc., etc. También sus sindicatos obreros existen a menudo sólo en las páginas de la nueva "Iskra" jlestakoviana. Sus consignas y resoluciones revelan la misma incomprensión de las tareas del "gran movimiento político del proletariado".