En la Universidad de Petersburgo se ha declarado una huelga de estudiantes. A ella se ha sumado toda una serie de otros centros de enseñanza superior. El movimiento se ha extendido ya a Moscú y Járkov. A juzgar por todos los datos disponibles en la prensa extranjera y rusa, así como en las cartas privadas procedentes de Rusia, nos encontramos ante el hecho de un movimiento académico bastante amplio[101].

¡Vuelta a lo viejo! ¡Vuelta a la Rusia prerrevolucionaria!: he aquí lo que testimonian, ante todo, estos acontecimientos. Como antaño, la reacción gubernamental aprieta las clavijas a las universidades. La eterna lucha, en la Rusia autocrática, contra las organizaciones estudiantiles ha adoptado la forma de una campaña del ministro ultrarreaccionario Schwarz —quien actúa en pleno acuerdo con el «primer ministro» Stolypin— contra la autonomía que se prometió a los estudiantes en el otoño de 1905 (¡qué no «prometió» entonces la autocracia a los ciudadanos rusos bajo la presión de la clase obrera revolucionaria!), contra la autonomía de la que disfrutaron los estudiantes mientras la autocracia «no tenía tiempo para los estudiantes», y que la autocracia no podía dejar de empezar a arrebatarles, en tanto seguía siendo autocracia.

Como antaño, la prensa liberal se lamenta y gime —esta vez junto con algunos octubristas—, se lamentan y lloriquean los señores profesores, implorando al gobierno que no emprenda el camino de la reacción, que aproveche la magnífica ocasión para «asegurar con reformas la paz y el orden» en un «país extenuado por las conmociones»; implorando a los estudiantes que no recurran a métodos ilegales de acción, que sólo pueden hacer el juego a la reacción, etc., etc., etc. ¡Qué viejos, requeteviejos y manidos motivos son todos éstos, y con qué viveza resucitan ante nosotros lo que ocurría hace unos veinte años, a finales de la década de 1880 del siglo pasado! La similitud entre aquella época y la actual parecerá especialmente sorprendente si se toma el momento presente por separado, sin relación con los tres años de revolución vividos. Pues la Duma (a primera vista) expresa sólo de manera ligeramente distinta exactamente la misma correlación de fuerzas prerrevolucionaria: la dominación del salvaje terrateniente, que prefiere los vínculos cortesanos y la influencia a través de su hermano el funcionario a cualquier tipo de representación; el apoyo a ese mismo funcionario por parte de los comerciantes (octubristas), que no se atreven a disentir de los padres-protectores; la «oposición» de la intelectualidad burguesa, preocupada sobre todo por demostrar su lealtad y que califica la amonestación a las autoridades como actividad política del liberalismo. Los diputados obreros de la Duma recuerdan de manera demasiado, demasiado débil el papel que desempeñó no hace mucho el proletariado con su abierta lucha de masas.

Cabe preguntarse: ¿podemos, en tales condiciones, conceder importancia a las viejas formas de la lucha académica primitiva del estudiantado? Si los liberales han descendido a la «política» (hablar aquí de política es, por supuesto, una burla) de los años 80, ¿no sería por parte de la socialdemocracia un rebajamiento de sus tareas si considerara necesario apoyar de una u otra manera la lucha académica?

Tal pregunta, al parecer, se la plantean en algunos lugares los estudiantes socialdemócratas. Al menos, a la redacción de nuestro periódico ha llegado una carta de un grupo de estudiantes socialdemócratas en la que, entre otras cosas, se dice:

«El 13 de septiembre, una asamblea de estudiantes de la Universidad de Petersburgo acordó llamar a los estudiantes a una huelga estudiantil en toda Rusia, motivando su llamamiento por la táctica agresiva de Schwarz; la plataforma de la huelga es académica, y la asamblea saluda incluso los “primeros pasos” de los consejos de profesores de Moscú y Petersburgo en la lucha por la autonomía. Nosotros nos mostramos perplejos ante la plataforma académica planteada por la asamblea de Petersburgo, y la consideramos inadmisible en las condiciones actuales e incapaz de unir al estudiantado para una lucha activa y amplia. Concebimos la acción estudiantil únicamente coordinada con la acción política general, y en ningún caso por separado. No están presentes los elementos que serían capaces de unir al estudiantado. En vista de ello, nos pronunciamos contra la acción académica.»

El error que cometen los autores de la carta tiene una importancia política mucho mayor de lo que podría pensarse a primera vista, pues el razonamiento de los autores afecta, en esencia, a un tema incomparablemente más amplio e importante que la cuestión de la participación en la presente huelga.

«Concebimos la acción estudiantil únicamente coordinada con la acción política general. En vista de ello, nos pronunciamos contra la acción académica.»

Tal razonamiento es radicalmente incorrecto. La consigna revolucionaria —hay que aspirar a una acción política coordinada de los estudiantes con el proletariado, etc.— se convierte aquí, de guía viva para una agitación cada vez más amplia, multifacética y combativa, en un dogma muerto que se aplica mecánicamente a las diferentes etapas de las diferentes formas de movimiento. No basta con proclamar la acción política coordinada repitiendo la «última palabra» de las lecciones de la revolución. Hay que saber hacer agitación por la acción política, utilizando para esta agitación todas las posibilidades, todas las condiciones y, ante todo y sobre todo, todos los conflictos masivos de unos u otros elementos avanzados con la autocracia. No se trata, por supuesto, de que dividamos de antemano todo movimiento estudiantil en «etapas» obligatorias y nos preocupemos indefectiblemente por el paso puntual de cada etapa, temiendo las transiciones «intempestivas» hacia la política, etc. Semejante punto de vista sería el más pernicioso de los pedantismos y conduciría únicamente a una política oportunista. Pero es igualmente pernicioso el error contrario, cuando no se quiere contar con la situación y las condiciones de hecho creadas de un movimiento de masas dado en aras de una consigna falsamente entendida en un sentido inmóvil: semejante aplicación de la consigna degenera inevitablemente en frase revolucionaria.

Son posibles condiciones en las que un movimiento académico rebaje o disperse el movimiento político o desvíe de él; entonces los grupos de estudiantes socialdemócratas tendrían, naturalmente, la obligación de concentrar su agitación contra ese movimiento. Cualquiera ve, sin embargo, que las condiciones políticas objetivas del momento actual son otras: el movimiento académico expresa el inicio del movimiento de un nuevo «relevo» de la juventud estudiantil, que se ha acostumbrado ya, más o menos, a una reducida autonomía, y este movimiento comienza en un entorno de ausencia de otras formas de lucha de masas en el momento actual, en un entorno de calma, cuando las amplias masas continúan digiriendo la experiencia de los tres años de revolución aún en silencio, de manera concentrada, lentamente.

En tales condiciones, la socialdemocracia cometería un profundo error si se pronunciara «contra la acción académica». No, los grupos de estudiantes pertenecientes a nuestro partido deben dirigir todos sus esfuerzos a apoyar, utilizar y ampliar el movimiento actual. Como todo apoyo de la socialdemocracia a las formas primitivas de movimiento, también este apoyo debe consistir, sobre todo y principalmente, en la influencia ideológica y organizativa sobre capas más amplias, excitadas por el conflicto y que a menudo, en esta forma de conflicto, están viviendo su primer conflicto político. Pues la juventud estudiantil que ha ingresado en las universidades durante los dos últimos años ha vivido casi por completo una vida desvinculada de la política y se ha educado en un espíritu de estrecho autonomismo académico, educada no sólo por los profesores gubernamentales y la prensa del gobierno, sino también por los profesores liberales y todo el partido de los kadetes. Para esa juventud, una amplia huelga (¡si es que esa juventud logra crear una amplia huelga! Debemos hacer todo lo posible por ayudarla en ello, pero, por supuesto, no somos nosotros, los socialistas, quienes debemos salir fiadores del éxito de tal o cual movimiento burgués) es el inicio de un conflicto político, tengan conciencia de ello o no los que luchan. Nuestra tarea consiste en explicar a la masa de los «académicos» que protestan el significado objetivo de este conflicto, esforzarnos por hacerlo conscientemente político, multiplicar por diez la actividad de agitación de los grupos estudiantiles socialdemócratas y orientar toda esta actividad hacia la asimilación de las conclusiones revolucionarias de la historia de los tres años, hacia la comprensión de la inevitabilidad de una nueva lucha revolucionaria, hacia que nuestras viejas —y plenamente actuales— consignas de derrocamiento de la autocracia y convocatoria de la Asamblea Constituyente vuelvan a ser objeto de discusión y piedra de toque para la concentración política de las nuevas generaciones de la democracia.

Los estudiantes socialdemócratas no tienen derecho a renunciar a ese trabajo bajo ninguna condición; por muy difícil que sea este trabajo en el momento actual, por muchos fracasos que persigan a unos u otros agitadores en una u otra universidad, hermandad, reunión, etc., nosotros decimos: ¡llamad y se os abrirá! El trabajo de agitación política nunca se pierde en vano. Su éxito no se mide sólo por si hemos logrado inmediata y directamente obtener la mayoría o el acuerdo para una acción política coordinada. Es posible que no lo consigamos de inmediato: para eso somos un partido proletario organizado, para no desconcertarnos ante los fracasos temporales, sino para llevar a cabo nuestro trabajo de manera tenaz, firme y perseverante, incluso en las condiciones más difíciles.

El llamamiento del Consejo estudiantil de coalición de San Petersburgo, que publicamos más abajo, muestra que incluso los elementos más activos del estudiantado se aferran tenazmente al academicismo puro y por ahora siguen entonando la cancioncilla kadete-octubrista. Y esto en un momento en que la prensa kadete-octubrista se comporta de la manera más vil respecto a la huelga, demostrando en pleno auge de la lucha que ésta es perjudicial, criminal, etc. La réplica que el Comité de Petersburgo de nuestro partido consideró necesario dar al Consejo de coalición no puede sino ser acogida por nosotros con satisfacción (véase «Del Partido»[102]).

Es evidente que al estudiantado actual no le bastan todavía, para transformarse de «académicos» en «políticos», los azotes de Schwarz; aún necesita los escorpiones de nuevos y nuevos sargentos ultrarreaccionarios para la completa instrucción revolucionaria de los nuevos cuadros. Sobre estos cuadros, instruidos por toda la política de Stolypin, instruidos por cada paso de la contrarrevolución, debemos trabajar sin descanso también nosotros, los socialdemócratas, que vemos con claridad la inevitabilidad objetiva de nuevos conflictos democrático-burgueses a escala nacional con la autocracia, que se ha unido sólidamente con la Duma ultrarreaccionaria-octubrista.

Sí, a escala nacional, porque la contrarrevolución ultrarreaccionaria, haciendo retroceder a Rusia, no sólo templa a nuevos combatientes en las filas del proletariado revolucionario, sino que provocará inevitablemente un nuevo movimiento de la democracia no proletaria, es decir, burguesa (entendiendo por ello, por supuesto, no la participación en la lucha de toda la oposición, sino la amplia participación de elementos realmente democráticos, es decir, capaces de luchar, de la burguesía y de la pequeña burguesía). El inicio de la lucha estudiantil de masas en la Rusia de 1908 es un síntoma político, síntoma de toda la situación actual creada por la contrarrevolución. Miles y millones de hilos unen a la juventud estudiantil con la media y baja burguesía, el funcionariado menor, ciertos grupos del campesinado, el clero, etc. Si en la primavera de 1908 se hicieron intentos de resucitar la «Unión de Liberación»[41] más hacia la izquierda, distinta de la vieja unión kadete, semiterrateniente, representada por Piotr Struve; si en otoño comienza a agitarse la masa de la juventud, la más cercana a la burguesía democrática en Rusia; si de nuevo han empezado a aullar con furia redoblada los plumíferos venales contra la revolución en las escuelas; si gimen y lloran los viles profesores liberales y los líderes kadetes a propósito de las huelgas intempestivas, peligrosas, funestas, que no son gratas a los queridos octubristas, capaces de «ahuyentar» a los octubristas, a los octubristas dominantes, entonces significa que llega nueva pólvora a los polvorines! Significa que no sólo en el estudiantado comienza una reacción, contra la reacción.

Y por débil y embrionario que sea este inicio, el partido de la clase obrera debe y sabrá utilizarlo. Nosotros supimos trabajar años y decenios antes de la revolución, introduciendo nuestras consignas revolucionarias primero en los círculos, luego en las masas obreras, luego en la calle, luego en las barricadas. Debemos saber ahora también organizar ante todo aquello que es la tarea del día, sin lo cual serán palabras vacías las conversaciones sobre la acción política coordinada, a saber: una sólida organización proletaria, que lleve a cabo en todas partes y en todo lugar agitación política entre las masas en nombre de sus consignas revolucionarias. A esa organización en el seno del estudiantado, a esa agitación sobre la base del movimiento actual deben entregarse también nuestros grupos universitarios.

El proletariado no se hará esperar. A menudo cede a la democracia burguesa la primacía en las acciones de banquetes, en las uniones legales, entre los muros de las universidades, en la tribuna de las instituciones representativas. Nunca cede ni cederá la primacía en la lucha revolucionaria seria y grandiosa de las masas. No maduran tan rápido ni tan fácilmente todas las condiciones para la explosión de esta lucha como quisiera uno u otro de nosotros, pero esas condiciones maduran y van madurando invariablemente. Y un pequeño inicio de pequeños conflictos académicos es un gran inicio, pues tras él —si no hoy, mañana; si no mañana, pasado mañana— seguirán grandes continuaciones.

«Proletari» nº 36, 3 (16) de octubre de 1908

Publicado según el texto del periódico «Proletari»