En el artículo anterior, al analizar la referencia histórica de Plejánov, mostramos que Plejánov extrae sin fundamento conclusiones generales y de principio basándose en palabras de Marx que se refieren entera y exclusivamente a la situación concreta de Alemania en 1850. Esta situación concreta explica plenamente por qué Marx no planteaba ni podía plantear entonces la cuestión de la participación de la Liga de los Comunistas en un gobierno revolucionario provisional. Pasemos ahora al examen de la cuestión general y de principio sobre la admisibilidad de tal participación.

Ante todo es necesario plantear con precisión la cuestión controvertida. A este respecto podemos, por fortuna, recurrir a una de las formulaciones dadas por nuestros oponentes, a fin de eliminar así las disputas acerca de la esencia del debate. En el número 93 de *Iskra* se dice: «El mejor camino para tal organización (para la organización del proletariado en un partido opuesto al Estado democrático-burgués) es el camino del desarrollo de la revolución burguesa desde abajo (subrayado de *Iskra*), mediante la presión del proletariado sobre la democracia que esté en el poder». Y más adelante *Iskra* dice de *Vperiod* que «quiere que la presión del proletariado sobre la revolución no vaya solo “desde abajo”, no solo desde la calle, sino también desde arriba, desde los salones del gobierno provisional».

Así, pues, la cuestión está planteada con claridad. *Iskra* quiere la presión desde abajo, *Vperiod*: «no solo desde abajo, sino también desde arriba». La presión desde abajo es la presión de los ciudadanos sobre el gobierno revolucionario. La presión desde arriba es la presión del gobierno revolucionario sobre los ciudadanos. Unos limitan su actividad a la presión desde abajo. Otros no están de acuerdo con tal limitación y exigen complementar la presión desde abajo con la presión desde arriba. El debate se reduce, por consiguiente, justamente a la cuestión planteada por nosotros en el subtítulo: ¿solo desde abajo, o desde abajo y desde arriba? Es inadmisible en principio para el proletariado, en la época de la revolución democrática, la presión desde arriba, «desde los salones del gobierno provisional», dicen unos. Es inadmisible en principio para el proletariado, en la época de la revolución democrática, negarse incondicionalmente a la presión desde arriba, negarse a participar en el gobierno revolucionario provisional, dicen otros. No se trata, por tanto, de si es probable, en la coyuntura dada, o si es realizable, con tal o cual correlación de fuerzas, la presión desde arriba. No, ahora no examinamos en absoluto ninguna situación concreta y, en vista de los reiterados intentos de sustituir una cuestión controvertida por otra, rogamos encarecidamente a los lectores que tengan esto presente. Tenemos ante nosotros la cuestión general de principio sobre la admisibilidad del paso de la presión desde abajo a la presión desde arriba en la época de la revolución democrática.

Para aclarar esta cuestión, dirijámonos primero a la historia de las concepciones tácticas de los fundadores del socialismo científico. ¿No hubo en dicha historia debates precisamente sobre la cuestión general de la admisibilidad de la presión desde arriba? Hubo tal debate. El motivo lo dio la insurrección española del verano de 1873. Engels valoró las lecciones que el proletariado socialista debía extraer de esa insurrección en el artículo «Los bakuninistas en acción», publicado en 1873 en el periódico socialdemócrata alemán *Volksstaat*{110} y reimpreso en 1894 en el folleto *Internationales aus dem Volksstaat*[84]. Veamos, pues, qué conclusiones generales extraía Engels{111}.

El 9 de febrero de 1873, el rey de España Amadeo abdicó del trono: «el primer rey que organizó una huelga», bromea Engels. El 12 de febrero fue proclamada la república. En las provincias vascas estalló luego la insurrección carlista. El 10 de abril fue elegida la Asamblea Constituyente, que el 8 de junio proclamó la república federal. El 11 de junio se constituyó el nuevo ministerio de Pi y Margall. Los republicanos extremos, los llamados «intransigentes», no entraron entonces en la comisión encargada de elaborar la constitución. Y cuando, el 3 de julio, fue proclamada esta nueva constitución, los intransigentes se sublevaron. Del 5 al 11 de julio triunfaron en las provincias de Sevilla, Granada, Alcoy, Valencia y otras más. El gobierno de Salmerón, que sustituyó al dimitido Pi y Margall, movió fuerzas militares contra las provincias sublevadas. La insurrección fue sofocada tras una resistencia más o menos tenaz: Cádiz cayó el 26 de julio de 1873, Cartagena el 11 de enero de 1874. Tales son los breves datos cronológicos que Engels antepone a su exposición.

Al valorar las lecciones del acontecimiento, Engels subraya ante todo que la lucha por la república en España no fue ni podía ser en modo alguno una lucha por un viraje socialista. «España —dice— es un país tan atrasado en el aspecto industrial, que allí no puede hablarse siquiera de una inmediata y completa emancipación de la clase obrera. Antes de llegar a eso, España tiene que pasar necesariamente por diversas etapas previas de desarrollo y apartar del camino toda una serie de obstáculos. Recorrer esas etapas previas en el lapso de tiempo más corto posible, eliminar rápidamente esos obstáculos: tales eran las posibilidades que abría la república. Pero esas posibilidades solo podían aprovecharse mediante la activa intervención política de la clase obrera española. La masa obrera sentía esto; aspiraba por doquier a participar en los acontecimientos, a aprovechar la ocasión favorable para actuar, sin ceder, como hasta entonces, el campo libre para la acción y las intrigas de las clases poseedoras».

Así, pues, se trataba de la lucha por la república, de una revolución democrática y no socialista. La cuestión de la intervención de los obreros en los acontecimientos se planteaba entonces de dos modos: por un lado, los bakuninistas (o «aliancistas», los fundadores de la «Alianza» para luchar contra la «Internacional» marxista) negaban la actividad política, la participación en las elecciones, etc. Por otro lado, estaban en contra de la participación en una revolución que no persiguiese el objetivo de la emancipación inmediata y completa de la clase obrera, en contra de toda participación en un gobierno revolucionario. Esta última cuestión es la que encierra para nosotros un interés especial desde el punto de vista de nuestro tema controvertido. Esta cuestión fue precisamente, entre otras, la que dio motivo para formular la diferencia de principio entre dos consignas tácticas.

«Los bakuninistas —dice Engels— habían estado predicando durante muchos años que toda acción revolucionaria desde arriba hacia abajo es perniciosa, que todo debe ser organizado y llevado a cabo desde abajo hacia arriba».

Así, pues, el principio: «solo desde abajo» es un principio anarquista.

Engels muestra justamente la redoblada estupidez de este principio en la época de la revolución democrática. De él se desprende, natural e inevitablemente, la conclusión práctica de que la institución de gobiernos revolucionarios es una traición a la clase obrera. Y los bakuninistas extraían precisamente esa conclusión, proclamaban precisamente como principio que «la institución de un gobierno revolucionario es un nuevo engaño a la clase obrera, una nueva traición a la clase obrera».

Como ve el lector, tenemos ante nosotros justamente esos dos «principios» a los que llegó la nueva *Iskra*, a saber: 1) es admisible solo la acción revolucionaria desde abajo, en contraposición a la táctica «desde abajo y desde arriba»; 2) la participación en un gobierno revolucionario provisional es una traición a la clase obrera. Estos dos principios de la nueva *Iskra* son principios anarquistas. El curso real de la lucha por la república en España mostró precisamente toda la estupidez y todo el carácter reaccionario de ambos principios.

Engels lo muestra en distintos episodios de la revolución española. He aquí, por ejemplo, que estalla la revolución en la ciudad de Alcoy. Es una ciudad fabril de origen relativamente reciente, con 30 mil habitantes. La insurrección obrera triunfa, a pesar de la dirección de los bakuninistas, que por principio rehuían la idea de organizar la revolución. Los bakuninistas se jactaron luego, a posteriori, de haberse convertido en «los amos de la situación». Y ¿qué hicieron estos «amos» de su «situación»?, pregunta Engels. En primer lugar, fundaron en Alcoy un «comité de bienestar», es decir, un gobierno revolucionario. Y sin embargo, esos mismos aliancistas (bakuninistas), en su congreso del 15 de septiembre de 1872, esto es, apenas diez meses antes de la revolución, habían acordado: «toda organización de un poder político, llamado temporal o revolucionario, no puede ser sino un nuevo engaño y resultaría tan peligrosa para el proletariado como todos los gobiernos actualmente existentes». En lugar de refutar estas frases anarquistas, Engels se limita a una observación sarcástica: que fueron precisamente los partidarios de esa resolución quienes tuvieron que convertirse en «participantes de ese poder gubernamental temporal y revolucionario» en Alcoy. Engels trata a esos señores con el merecido desprecio porque, al verse en el poder, mostraron «una impotencia, desconcierto y falta de energía absolutos». Engels habría contestado con igual desprecio a las acusaciones de «jacobinismo», tan gratas a los girondinos de la socialdemocracia. Muestra que en otras muchas ciudades, por ejemplo en Sanlúcar de Barrameda (ciudad portuaria de 26 mil habitantes, cerca de Cádiz), «los aliancistas también tuvieron que formar un gobierno revolucionario, en contra de sus principios anarquistas». Él les reprocha el que «no supieran qué hacer con su poder». Sabiendo perfectamente que los dirigentes bakuninistas de los obreros participaban en los gobiernos provisionales junto con los intransigentes, es decir, con los republicanos, representantes de la pequeña burguesía, Engels no reprocha a los bakuninistas su participación en el gobierno (como debería hacerse según los «principios» de la nueva *Iskra*), sino la falta de organización, la falta de energía en su participación, su subordinación a la dirección de los señores republicanos burgueses. De qué manera fulminante habría cubierto Engels de sarcasmos a las personas que menosprecian en la época de la revolución la importancia de la dirección «técnica» y militar, se ve, entre otras cosas, por el hecho de que reprochaba a los dirigentes bakuninistas de los obreros que, una vez en el gobierno revolucionario, entregaran la «dirección política y militar» a los señores republicanos burgueses, mientras ellos alimentaban a los obreros con frases pomposas y proyectos de papel sobre reformas «sociales».

Como verdadero jacobino de la socialdemocracia, Engels no solo sabía apreciar la importancia de la acción desde arriba, no solo admitía plenamente la participación en un gobierno revolucionario junto con la burguesía republicana, sino que exigía esa participación y una enérgica iniciativa militar por parte del poder revolucionario. Engels consideraba su deber, al hacerlo, dar consejos militares prácticos y orientadores.

«A pesar de que la insurrección —dice— fue iniciada de un modo insensato, tenía, no obstante, grandes posibilidades de éxito si hubiera sido dirigida con un poco de sentido común[85], aunque fuera tan solo siguiendo el modelo de los pronunciamientos militares españoles. En tales pronunciamientos, la guarnición de una ciudad se levanta, se dirige a la ciudad vecina, arrastra consigo a su guarnición, previamente ganada a la causa, y de ese modo los sublevados, aumentando en número como un alud, marchan sobre la capital, hasta que una batalla afortunada o el paso a su lado de las tropas enviadas contra ellos decide la victoria. Este método era especialmente aplicable en el caso presente. Los insurgentes estaban organizados desde hacía tiempo en todas partes en batallones de voluntarios; es cierto que su disciplina era deplorable, pero, en todo caso, no peor que la de los restos del antiguo ejército español, en su mayor parte licenciado. Las únicas tropas seguras con que contaba el gobierno eran los gendarmes, pero estos estaban dispersos por todo el país. La tarea consistía, ante todo, en impedir que esos gendarmes se concentraran, y esto solo era posible adoptando una actitud ofensiva y lanzándose audazmente al combate en campo abierto. Tal modo de actuar no entrañaba gran peligro, porque el gobierno solo podía oponer a los voluntarios tropas tan indisciplinadas como los propios voluntarios. Y quien quisiera vencer, no tenía otros caminos para la victoria».

¡Así razonaba el fundador del socialismo científico cuando tenía que habérselas con las tareas de la insurrección y de la lucha directa en una época de explosión revolucionaria! A pesar de que la insurrección fue alzada por republicanos pequeñoburgueses; a pesar de que para el proletariado no se planteaba la cuestión ni de un viraje socialista ni de la elemental e indispensable libertad política; a pesar de ello, Engels valoraba altísimamente la participación más activa de los obreros en la lucha por la república, Engels exigía de los dirigentes del proletariado que subordinaran toda su actividad a la necesidad de la victoria en la lucha comenzada; Engels, a este respecto, entraba personalmente también, como uno de los dirigentes del proletariado, hasta en los detalles de la organización militar; Engels no desdeñaba, cuando ello era necesario para la victoria, ni siquiera los métodos anticuados de lucha de los pronunciamientos militares; Engels ponía en primer término la actitud ofensiva y la centralización de las fuerzas revolucionarias. Dirigía los más amargos reproches contra los bakuninistas por haber erigido en principio «lo que había sido un mal inevitable en la época de la guerra campesina alemana y durante las insurrecciones de mayo en Alemania en 1849, precisamente la fragmentación y el aislamiento de las fuerzas revolucionarias, que permitieron a unas mismas tropas gubernamentales sofocar un alzamiento aislado tras otro». Las concepciones de Engels sobre la conducción de la insurrección, sobre la organización de la revolución, sobre la utilización del poder revolucionario, distan como el cielo de la tierra de las concepciones rabicortas de la nueva *Iskra*.

Resumiendo las lecciones de la revolución española, Engels señala ante todo que «los bakuninistas se vieron obligados, tan pronto como se encontraron ante una situación revolucionaria seria, a echar por la borda todo su programa anterior». Precisamente, en primer lugar, tuvieron que echar por la borda el principio de abstención de la actividad política, de las elecciones, el principio de la «destrucción del Estado». En segundo lugar, «echaron por la borda el principio de que los obreros no deben participar en ninguna revolución que no persiga el objetivo de la inmediata y completa emancipación del proletariado; ellos mismos participaron en un movimiento a todas luces puramente burgués». En tercer lugar —y esta conclusión da respuesta justamente a nuestra cuestión controvertida— «pisoteaban el principio que acababan de proclamar ellos mismos: que la institución de un gobierno revolucionario no es sino un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera; lo pisoteaban, sentándose cómodamente en los comités gubernamentales de distintas ciudades, y además, en casi todas partes, como una minoría impotente, mayorizada y explotada políticamente por los señores burgueses». No sabiendo dirigir la insurrección, fragmentando las fuerzas revolucionarias en lugar de centralizarlas, dejando la conducción de la revolución en manos de los señores burgueses, disolviendo la sólida y fuerte organización de la Internacional, «los bakuninistas nos dieron en España un ejemplo insuperable de cómo no se debe hacer una revolución».

Resumiendo lo expuesto, obtenemos las siguientes conclusiones:

1. Limitar en principio la acción revolucionaria a la presión desde abajo y renunciar a la presión también desde arriba es anarquismo.

2. Quien no comprende las nuevas tareas en la época de la revolución, las tareas de la acción desde arriba, quien no sabe determinar las condiciones y el programa de dicha acción, no tiene idea de las tareas del proletariado en toda revolución democrática.

3. El principio de que para la socialdemocracia es inadmisible participar, junto con la burguesía, en un gobierno revolucionario provisional, de que toda participación de ese tipo es una traición a la clase obrera, es un principio del anarquismo.

4. Ante el partido del proletariado, toda «situación revolucionaria seria» plantea la tarea de la dirección consciente de la insurrección, de la organización de la revolución, de la centralización de todas las fuerzas revolucionarias, del audaz avance militar ofensivo, de la más enérgica utilización del poder revolucionario[86].

5. Marx y Engels no habrían podido aprobar, y jamás habrían aprobado, la táctica de la nueva *Iskra* en el actual momento revolucionario, pues dicha táctica consiste justamente en la repetición de todos los errores enumerados más arriba. Marx y Engels habrían calificado la posición de principio de la nueva *Iskra* de contemplación de la «retaguardia» del proletariado y de reedición de las aberraciones anarquistas[87].

En el siguiente artículo pasaremos al examen de las tareas del gobierno revolucionario provisional.