El Tercer Congreso del Partido aprobó una resolución sobre la cuestión del gobierno revolucionario provisional. Dicha resolución expresa precisamente la posición que mantuvimos en el periódico *Vperiod*. Nos proponemos ahora proceder a un análisis detallado de todas las objeciones contra nuestra posición y a la explicación, desde todos los ángulos, del verdadero sentido de principio y la significación práctica de la resolución del Congreso. Empecemos por el intento de Plejánov de situar esta cuestión sobre un terreno estrictamente de principios. Plejánov tituló su artículo: «Sobre la cuestión de la toma del poder». Critica «la táctica dirigida (evidentemente por *Vperiod*) a la toma del poder político por el proletariado». En realidad, como bien sabe cualquiera que conozca *Vperiod*, este periódico jamás planteó la cuestión de la toma del poder ni orientó «táctica alguna hacia la toma del mismo». Plejánov se esfuerza por sustituir la cuestión realmente debatida por otra, inventada; para convencerse de ello, basta con recordar el curso de la polémica.

Martínov fue el primero en plantear la cuestión en sus famosas «Dos dictaduras». Afirmaba que si nuestro Partido tomaba parte dirigente en la insurrección, de ello, en caso de éxito, se derivaría la necesidad de su participación en el gobierno revolucionario provisional, y que tal participación es inadmisible en principio y no puede conducir más que a un desenlace funesto y comprometedor. *Iskra* defendía esta posición. *Vperiod* objetaba que tal desenlace es, por el contrario, el más deseable, que la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional, equivalente a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado, es admisible, que sin tal dictadura no se logrará defender la república. Así pues, ambas partes contendientes, respondiendo a la cuestión planteada por Martínov, aceptaban dos supuestos y divergían en las conclusiones extraídas de ellos: ambas aceptaban 1) la participación dirigente del Partido del proletariado en la insurrección; 2) la victoria de la insurrección y el derrocamiento completo de la autocracia; divergían en la valoración de las conclusiones tácticas de estos supuestos. ¿Acaso se parece esto a «la táctica dirigida (!!) a la toma (??) del poder»? ¿Acaso no está claro que Plejánov se esfuerza por eludir el planteamiento martinoviano de la cuestión, debatido por *Iskra* y *Vperiod*? Discutíamos sobre si es peligroso, funesto, el desarrollo victorioso de la insurrección, por cuanto puede conducir a la necesidad de la participación en el gobierno revolucionario provisional. Plejánov expresa el deseo de discutir sobre si se debe orientar la táctica hacia la toma del poder. Tememos que el deseo de Plejánov (comprensible solo desde el punto de vista de emborronar el planteamiento martinoviano de la cuestión) quede como un piadoso deseo, pues nadie ha discutido ni discute sobre ese tema.

Qué significado tiene esta sustitución de la cuestión en toda la argumentación de Plejánov, se ve de modo particularmente palmario en el episodio de los «virtuosos del filisteísmo». A Plejánov no lo deja en paz esta expresión, empleada por *Vperiod*. Plejánov vuelve sobre ella unas siete veces, asegurando amenazadora y airadamente a sus lectores que *Vperiod* «osó» llamar a Marx y Engels con ese epíteto no demasiado halagüeño, que *Vperiod* empieza a «criticar» a Marx, etc., etc. Comprendemos perfectamente que a Plejánov, empeñado en rehabilitar a Martínov y en «aniquilar» a *Vperiod*, le habría sido muy grato que *Vperiod* hubiese dicho algo parecido a la estupidez que él le atribuye. Pero el caso es que *Vperiod* no dijo nada semejante, y todo lector atento desenmascarará fácilmente a Plejánov, quien ha embrollado una interesante cuestión de principio con una quisquillosidad y una mezquindad totalmente baladíes.

Por aburrido que sea responder a quisquillosidades, es necesario explicar detalladamente en qué consistió realmente ese episodio con los consabidos «virtuosos del filisteísmo». *Vperiod* razonaba así. Todos hablamos de la conquista de la república. Para conquistarla de hecho, es necesario que «juntos golpeemos» a la autocracia, nosotros, es decir, el pueblo revolucionario, el proletariado y el campesinado. Pero esto todavía no es suficiente. No es suficiente siquiera que «juntos rematemos» a la autocracia, es decir, que derroquemos completamente al gobierno autocrático. Es necesario además que «juntos rechacemos» los inevitables y desesperados intentos de restaurar la autocracia derrocada. Este «juntos rechacemos», aplicado a la época revolucionaria, no es otra cosa que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, es la participación del proletariado en el gobierno revolucionario. Por eso, las personas que asustan a la clase obrera con la posible perspectiva de esta dictadura, es decir, personas como Martínov y L. Mártof en el nuevo *Iskra*, caen en contradicción con su propia consigna de lucha por la república y de llevar la revolución hasta el fin. Estas personas, en esencia, razonan como si quisieran limitar, recortar su lucha por la libertad, es decir, medirse de antemano la más modesta porción de conquistas, una constitución raquítica en lugar de la república. Tales personas, decía *Vperiod*, vulgarizan filisteamente la conocida tesis marxista sobre las tres fuerzas principales de la revolución del siglo XIX (y XX) y sus tres etapas fundamentales. Esta tesis consiste en que la primera etapa de la revolución es la limitación del absolutismo, que satisface a la burguesía; la segunda, la conquista de la república, que satisface al «pueblo», es decir, al campesinado y a la pequeña burguesía en general; la tercera, la revolución socialista, que es la única capaz de satisfacer al proletariado. «Este cuadro es acertado en general y en su conjunto», escribía *Vperiod*. Tenemos realmente ante nosotros un ascenso por estos tres distintos escalones esquemáticos, distintos según qué clases pueden, en el mejor de los casos, acompañarnos en dicho ascenso. Pero si esta acertada tesis marxista de los tres escalones la entendemos en el sentido de que antes de todo ascenso hay que medirse de antemano una medida modestita, por ejemplo, no más de un escalón; si, basándonos en esta tesis, antes de todo ascenso, «nos trazamos un plan de actividad para la época revolucionaria», entonces seremos unos virtuosos del filisteísmo.

Tal fue el razonamiento de *Vperiod* en el número 14[81]. Y he aquí que a Plejánov se le ocurrió atenerse a las últimas palabras subrayadas. ¡*Vperiod* –declara con triunfo– ha llamado con ello mismo filisteo a Marx, pues Marx, precisamente según esta tesis, se trazó un plan de actividad en la más revolucionaria de las épocas!

¿La prueba? La prueba consiste en que en 1850, cuando el pueblo revolucionario de Alemania sufrió la derrota en la lucha de 1848-1849, no habiendo logrado rematar a la autocracia, cuando la burguesía liberal ya había obtenido una constitución raquítica y se había pasado al lado de la reacción, –en una palabra, cuando el movimiento democrático-revolucionario alemán había ascendido solo al primer escalón y se había detenido, impotente para subir más arriba, entonces… entonces Marx decía que un nuevo ascenso revolucionario sería el ascenso al segundo escalón.

¿Sonríe usted, lector? El silogismo de Plejánov resultó, en realidad, un poquito… ¿cómo expresarlo de manera más suave?… «dialéctico». Puesto que Marx, en un concreto momento correspondiente a una concreta revolución democrática, decía que después del ascenso producido al primer escalón se avecinaba el ascenso al segundo, –solo por eso tan solo los «críticos» de Marx pueden llamar filisteos a las personas que, antes del ascenso al primer escalón, nos asustan con la terrible perspectiva del salto (en caso de una insurrección particularmente bien organizada y llevada a cabo) a dos escalones a la vez.

Sí, sí, mala cosa es la «crítica» de Marx… y no muy buena cosa es una desacertada referencia a Marx. Martínov interpretó desacertadamente a Marx. Plejánov defendió desacertadamente a Martínov.

Y que ningún lector quisquilloso saque de nuestras palabras la conclusión de que predicamos «una táctica dirigida» a saltos obligatorios de escalón, independientemente de la correlación de las fuerzas sociales. No, nosotros no predicamos ninguna táctica semejante. Luchamos solo contra la influencia sobre el proletariado de personas capaces de hablar de la república y de llevar la revolución hasta el fin, y que, al mismo tiempo, se asustan a sí mismas y a otros con la posibilidad de la participación en la dictadura democrática. Ya advertíamos en el número 14 de *Vperiod* que, después del actual ascenso revolucionario, la reacción será, por supuesto, inevitable, pero que nos quitará menos libertad cuanto más conquistemos ahora y cuanto más implacablemente aplastemos y aniquilemos las fuerzas contrarrevolucionarias en la época de la posible (y deseable) dictadura democrática. También advertíamos en el número 14 de *Vperiod* que la cuestión misma de esta dictadura solo tiene sentido admitiendo un curso de los acontecimientos en que la revolución democrática llega hasta el derrocamiento completo del absolutismo, hasta la república, y no se detiene a medio camino.

Pasemos ahora del episodio de los «virtuosos del filisteísmo» al contenido del célebre «Mensaje» (del Comité Central de la Liga de los Comunistas a los miembros de la Liga, en marzo de 1850), citado por Plejánov. En este «Mensaje», sumamente interesante e instructivo (que merecería ser traducido íntegro al ruso), Marx examina la concreta situación política en Alemania en 1850, señala la probabilidad de una nueva explosión política, constata la inevitabilidad del paso del poder, en caso de revolución, al partido democrático pequeñoburgués republicano y analiza la táctica del proletariado. Examinando especialmente la táctica antes de la revolución, en el momento de ella y después de la victoria de la democracia pequeñoburguesa, Marx insiste en la necesidad de crear una «organización independiente, secreta y abierta, del partido obrero», lucha con todas sus fuerzas contra «su rebajamiento al papel de apéndice de la democracia burguesa oficial», subraya la importancia del armamento de los obreros, de la formación de una guardia proletaria independiente, de la estricta vigilancia de los proletarios sobre la traicionera democracia pequeñoburguesa, etc.

En todo el «Mensaje» no se dice ni una palabra sobre la participación del partido obrero en el gobierno revolucionario provisional, ni sobre la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado. Plejánov deduce de aquí que Marx, «como se ve, no admitía siquiera la idea de que los representantes políticos del proletariado revolucionario puedan, junto con los representantes de la pequeña burguesía, trabajar en la creación de un nuevo orden social». La lógica de esta conclusión cojea. Marx no plantea la cuestión de la participación del partido obrero en el gobierno revolucionario provisional, y Plejánov concluye que Marx resuelve esta cuestión en general y en principio en un sentido incondicionalmente negativo. Marx habla solo de una situación concreta, Plejánov saca una conclusión general, sin examinar en absoluto la cuestión en su concreción. Y sin embargo, basta con fijarse en algunos pasajes del «Mensaje», omitidos por Plejánov, para ver la total incorrección de sus conclusiones.

El «Mensaje» fue escrito basándose en la experiencia de dos años de época revolucionaria, 1848 y 1849. Los resultados de esta experiencia los formula Marx así: «Al mismo tiempo (es decir, precisamente en 1848-1849) la anterior y sólida organización de la Liga de los Comunistas se debilitó considerablemente. La mayor parte de los miembros, que participaban directamente en el movimiento revolucionario, pensaban que el tiempo de las sociedades secretas había pasado y que era suficiente la sola actividad abierta. Los distintos distritos y comunidades (Gemeinden) empezaron a descuidar sus relaciones con el Comité Central y las cesaron gradualmente por completo. De este modo, mientras que el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, se organizaba cada vez más en Alemania, el partido obrero perdió su único apoyo firme, se conservó en forma organizada a lo sumo en localidades aisladas para fines locales y, en virtud de ello, cayó en general por completo bajo el dominio y bajo la dirección de los demócratas pequeñoburgueses»[82]. Y en la página siguiente del «Mensaje», Marx declara: «En la actualidad, cuando se avecina una nueva revolución, es sumamente importante que el partido obrero actúe lo más organizado posible, lo más unánime posible y lo más independiente posible, si no quiere ser nuevamente, como en 1848, explotado por la burguesía y marchar a remolque de ella».

¡Reflexionen bien sobre el significado de estas categóricas afirmaciones! Después de 2 años de revolución abierta, después de la victoria de la insurrección popular en Berlín, después de la convocatoria de un parlamento revolucionario, después de que una parte del país se hallara en abierta insurrección y el poder pasara temporalmente a manos de gobiernos revolucionarios, –Marx constata la derrota del pueblo revolucionario y, en lo que respecta a la organización partidaria, la ganancia de la democracia pequeñoburguesa, la pérdida del partido obrero. ¿Acaso esto no señala más claro que claro una situación política en la que no había por qué plantear la cuestión de la participación del partido obrero en el gobierno? Después de 2 años de época revolucionaria, cuando Marx publicó abiertamente durante nueve meses el periódico más revolucionario del partido obrero, se ve obligado a constatar la completa desorganización de este partido, la completa ausencia de una corriente proletaria mínimamente pronunciada en el torrente general (las hermandades obreras de Stephan Born{105} son demasiado insignificantes), ¡el completo sometimiento del proletariado no solo al dominio, sino a la dirección de la burguesía! Es evidente que las relaciones económicas estaban aún extremadamente poco desarrolladas, que la gran industria era casi inexistente, que no había ningún movimiento obrero independiente en magnitudes más o menos serias, que la pequeña burguesía dominaba indivisamente. Es comprensible que, en tales condiciones, al escritor que analiza la situación concreta no se le pudiera pasar siquiera por la cabeza la idea de la posibilidad de la participación del partido obrero en el gobierno provisional. Es comprensible que Marx tuviera que inculcar (perdón por la expresión) a los miembros de la Liga de los Comunistas, en su «Mensaje», verdades que ahora nos parecen del abecé. Marx tenía que demostrar la necesidad de que los obreros presentaran candidatos propios en las elecciones, independientemente de la democracia burguesa. Marx tenía que refutar las frases democráticas de que la separación de los obreros «escinde» (¡fíjense! ¡escindir se puede solo lo que ayer estaba todavía unido y continúa ideológicamente unido!) al partido democrático. Marx tenía que precaver a los miembros de la Liga de los Comunistas contra el entusiasmo por estas frases. Marx tenía que prometer, en nombre del CC de la Liga, la convocatoria, en la primera oportunidad, de un congreso del partido obrero para centralizar los clubes obreros, –¡durante los años revolucionarios de 1848-1849 no existían aún las condiciones para poder admitir la idea de la posibilidad de un congreso especial del partido obrero!

La conclusión de aquí es clara: en el célebre «Mensaje», Marx no toca en absoluto la cuestión de la admisibilidad en principio de la participación del proletariado en el gobierno revolucionario provisional. Marx examina exclusivamente la situación concreta de Alemania en 1850. Marx no dice ni una palabra acerca de la participación de la Liga de los Comunistas en el gobierno revolucionario porque, en las condiciones de entonces, no podía surgir siquiera la idea de tal participación en nombre del partido obrero con fines de dictadura democrática.

La idea de Marx consiste en lo siguiente: nosotros, los socialdemócratas alemanes de 1850, no estamos organizados, hemos sufrido una derrota en el primer período de la revolución, hemos caído por completo a remolque de la burguesía; debemos organizarnos de manera independiente, obligatoria, incondicionalmente, cueste lo que cueste de manera independiente, –de lo contrario, también ante la próxima victoria del partido pequeñoburgués, que ha reforzado su organización y es poderoso, estaremos también en la cola.

La idea de Martínov consistía en lo siguiente: nosotros, los socialdemócratas rusos de 1905, estamos organizados en un partido independiente y queremos ir al primer asalto contra la fortaleza del zarismo, ir a la cabeza del pueblo pequeñoburgués. Pero si organizamos demasiado bien el asalto y, Dios no lo quiera, lo llevamos a cabo victoriosamente, entonces tendremos que participar, quizás, en el gobierno revolucionario provisional o incluso en la dictadura democrática. Y esta participación es inadmisible en principio.

¿Y Plejánov quiere convencer seriamente a alguien de que se puede defender a Martínov recurriendo a Marx? Plejánov debe de considerar niños a los lectores de *Iskra*. Por nuestra parte, solo diremos: una cosa es el marxismo, otra cosa es el martinovismo.

Para terminar con el «Mensaje», es necesario aún aclarar la siguiente opinión incorrecta de Plejánov. Él señala, con razón, que en marzo de 1850, cuando se escribía el «Mensaje», Marx creía en la decrepitud del capitalismo, y la revolución socialista le parecía «muy cercana». Muy pronto Marx corrigió su error: ya el 15 de septiembre de 1850 se separó de Schapper (Schapper, con Willich, permaneció en la minoría de la Liga y la abandonó), quien sucumbió al revolucionarismo o utopismo democrático-burgués hasta el punto de decir: «debemos alcanzar el poder de inmediato, o bien podemos irnos a dormir». Marx replicaba a Schapper que no se puede considerar solo la voluntad propia como motor de la revolución en lugar de las condiciones reales. Al proletariado tal vez le toque vivir aún 15, 20, 50 años de guerras civiles y conflictos internacionales «no solo para cambiar estas condiciones, sino también para cambiarse a sí mismos, a los proletarios, y hacerse capaces de la dominación política»{106}. Plejánov relata brevemente este cambio de puntos de vista de Marx y concluye:

«Las tareas políticas del proletariado habrían sido definidas por ellos» (Marx y Engels después de este «cambio») «ya en el supuesto de que el régimen democrático permanecería como dominante durante un período bastante prolongado. Pero precisamente por eso habrían condenado aún más resueltamente la participación de los socialistas en un gobierno pequeñoburgués» (*Iskra*, n.º 96).

Esta conclusión de Plejánov es completamente incorrecta. Se reduce precisamente a esa confusión de la dictadura socialista y la democrática, por la cual hemos reprochado más de una vez a L. Mártof y a Martínov. Marx y Engels en 1850 no distinguían entre la dictadura democrática y la socialista, o, mejor dicho, no hablaban en absoluto de la primera, pues el capitalismo les parecía decrépito y el socialismo cercano. Por eso no distinguían tampoco en aquel tiempo el programa mínimo del programa máximo. Pero si se hace esta distinción (como hacemos todos nosotros, los marxistas, ahora, guerreando por su incomprensión con el revolucionarismo democrático-burgués de los «socialistas-revolucionarios»), entonces hay que analizar especialmente la cuestión de la dictadura socialista y de la democrática. Al no hacerlo, Plejánov procede inconsecuentemente. Al elegir una formulación equívoca, al hablar en general de «la participación de los socialistas en el gobierno pequeñoburgués», con ello mismo está precisamente introduciendo subrepticiamente la cuestión de la dictadura socialista en lugar de la cuestión clara, definida y precisamente planteada de la dictadura democrática. Él confunde (empleando la comparación de *Vperiod*[83]) la participación de Millerand en el ministerio junto a Galliffet en la época en vísperas de la revolución socialista, con la participación de Varlin en el gobierno revolucionario junto a los demócratas pequeñoburgueses que defendían y defendieron la república.

Marx y Engels en 1850 consideraban el socialismo cercano y por eso subestimaban las conquistas democráticas, que les parecían plenamente firmes en vista de la indudable victoria del partido democrático pequeñoburgués{107}. 25 años después, en 1875, Marx señalaba el carácter no democrático del régimen alemán: «absolutismo, forrado de formas parlamentarias»{108}. 35 años después, en 1885, Engels predecía el paso del poder en Alemania a la democracia pequeñoburguesa ante la próxima conmoción europea{109}. De aquí se deriva justamente lo contrario de lo que quiere demostrar Plejánov: si Marx y Engels hubieran comprendido la inevitabilidad de una dominación relativamente prolongada del régimen democrático, tanto más importancia habrían concedido a la dictadura democrática del proletariado y el campesinado con el fin de consolidar la república, de eliminar completamente todos los vestigios del absolutismo y de despejar completamente la arena para la batalla por el socialismo. Tanto más habrían condenado a los seguidistas, capaces de asustar al proletariado, en vísperas de una revolución democrática, con la posibilidad de la dictadura democrático-revolucionaria.

El propio Plejánov siente la debilidad de su posición, basada en una tergiversación del «Mensaje». Por eso se cura en salud cautelosamente diciendo que no pretende agotar definitivamente la cuestión con su información histórica, –aunque extrae conclusiones de una categoricidad «exhaustiva», sin haber aducido absolutamente nada más que una información histórica que no viene al caso, y sin haber intentado siquiera analizar el planteamiento concreto de la cuestión dado por *Vperiod*. Plejánov se esfuerza por atribuir a *Vperiod* tanto el deseo de «criticar» a Marx como el punto de vista de Mach y Avenarius. Este intento suyo solo nos provoca una sonrisa: debe de ser mala la posición de Plejánov si no puede encontrar un blanco en las afirmaciones reales de *Vperiod* y se ve obligado a inventar un blanco a partir de temas completamente ajenos tanto al periódico *Vperiod* como a la cuestión examinada. Finalmente, Plejánov se remite a una prueba más, que a él le parece «irrebatible». En realidad, esta prueba (la carta de Engels a Turati de 1894) es sencillamente pésima.

Como se desprende de la exposición que hace Plejánov de esta carta (lamentablemente, Plejánov no cita la carta completa ni indica si fue publicada y dónde exactamente), Engels debía demostrar a Turati la diferencia entre la revolución socialista y la pequeñoburguesa. ¡Con eso está dicho todo, camarada Plejánov! Turati es el Millerand italiano, un bernsteiniano, a quien Giolitti le ofreció una cartera en su ministerio. Turati confundía, evidentemente, dos revoluciones de contenido de clase completamente distinto. Turati se imaginaba que él defendería los intereses de la dominación del proletariado, y Engels le explicaba que, en la situación dada en la Italia de 1894 (es decir, varias décadas después del ascenso de Italia al «primer escalón», después de la conquista de la libertad política, que permitió al proletariado organizarse abierta, amplia e independientemente), él, Turati, en el ministerio del partido pequeñoburgués vencedor, defendería y llevaría a la práctica, de hecho, los intereses de una clase ajena, la pequeña burguesía. Tenemos, por consiguiente, ante nosotros uno de los casos de millerandismo; contra la confusión del millerandismo con la dictadura democrática se alzó directamente *Vperiod*, y a los argumentos de *Vperiod* ni siquiera los rozó Plejánov. Tenemos ante nosotros un ejemplo característico de esa falsa posición contra la que Engels advertía desde hacía tiempo a los jefes de los partidos extremos, precisamente cuando no comprenden el verdadero carácter de la revolución y defienden inconscientemente los intereses de una clase «ajena». ¡Por todo lo sagrado, camarada Plejánov, acaso guarda esto la menor relación con la cuestión planteada por Martínov y analizada por *Vperiod*? ¿Acaso el peligro de confundir el segundo y el tercer escalón por personas que han subido al primer escalón, puede servir de justificación para que a nosotros, antes del ascenso al primer escalón, nos asusten con la perspectiva de un posible ascenso a dos escalones a la vez?

No, la «pequeña información histórica» de Plejánov no demuestra absolutamente nada. Su conclusión de principio: «participar en el gobierno revolucionario junto con representantes de la pequeña burguesía significa traicionar al proletariado» no se confirma en absoluto con las referencias a las situaciones que tuvieron lugar en Alemania en 1850 e Italia en 1894 y que se diferencian radicalmente de la rusa en enero y en mayo de 1905. Estas referencias no aportan nada a la cuestión de la dictadura democrática y el gobierno revolucionario provisional. Y si Plejánov quiere aplicar su conclusión a esta cuestión, si considera en principio inadmisible toda participación del proletariado en el gobierno revolucionario durante la lucha por la república, durante la revolución democrática, entonces nosotros nos comprometemos a demostrarle que esto es un «principio» del anarquismo, condenado de la manera más inequívoca por Engels. Esta demostración la daremos en el siguiente artículo.