Se publica según el texto del periódico, cotejado con el manuscrito

I

Hace apenas cinco años, la consigna «¡Abajo la autocracia!» parecía a muchos representantes de la socialdemocracia prematura, incomprensible para la masa obrera. Estos representantes eran con razón calificados de oportunistas. Se les explicaba, y se les explicó, que se quedaban rezagados del movimiento, que no comprendían las tareas del partido como destacamento de vanguardia de la clase, como su dirigente y organizador, como representante del movimiento en su conjunto, de sus objetivos fundamentales y principales. Estos objetivos pueden verse temporalmente eclipsados por la labor diaria y rutinaria, pero nunca deben perder su significación de estrella orientadora para el proletariado en lucha.

Y he aquí que ha llegado el momento en que la llama revolucionaria ha envuelto a todo el país, en que incluso los más incrédulos han llegado a creer en la inevitabilidad del derrocamiento de la autocracia en un futuro próximo. Pero la socialdemocracia, como por una ironía de la historia, se ve una vez más obligada a habérselas con iguales intentos reaccionarios, oportunistas, de hacer retroceder el movimiento, de rebajar sus tareas, de enturbiar sus consignas. La polémica con los representantes de tales intentos se convierte en la tarea del día, adquiere (a despecho de la opinión de muchísimos que no gustan de las polémicas en el seno del partido) una importancia práctica enorme. Pues cuanto más nos acercamos a la realización inmediata de nuestras tareas políticas más próximas, tanto más necesario es comprender con absoluta claridad estas tareas, tanto más perjudiciales resultan todas las ambigüedades, las insinuaciones o las simplezas en este problema.

Y no son pocas las simplezas entre los socialdemócratas del campo de la nueva «Iskra» o (lo que es casi lo mismo) del «Rabocheye Delo»{2}. ¡Abajo la autocracia! Con esto están de acuerdo todos, no sólo todos los socialdemócratas, sino todos los demócratas, incluso todos los liberales, si hemos de creer sus declaraciones actuales. Pero, ¿qué significa esto? ¿Cómo debe producirse exactamente ese derrocamiento del actual gobierno? ¿Quién debe convocar esa asamblea constituyente que ahora están dispuestos a enarbolar — reconociendo el sufragio universal, etc. — como su consigna los osvobozhdentsy (véase el n.° 67 de «Osvobozhdenie»{3})? ¿En qué debe consistir precisamente la garantía real de unas elecciones libres y que expresen los intereses de todo el pueblo para dicha asamblea?

Quien no se dé una respuesta clara y precisa a estas preguntas, no comprende la consigna: ¡abajo la autocracia! Y estas preguntas nos llevan inevitablemente al problema del gobierno revolucionario provisional; no es difícil comprender que bajo la autocracia unas elecciones verdaderamente libres y populares a la asamblea constituyente, con plena garantía de un sufragio realmente universal, igual, directo y secreto, no sólo son improbables, sino directamente imposibles. Y si no planteamos en vano la exigencia práctica del derrocamiento inmediato del gobierno autocrático, tendremos que aclararnos qué otro gobierno queremos poner en lugar del gobierno derrocado, o, dicho de otro modo: ¿cómo vemos la actitud de la socialdemocracia hacia el gobierno revolucionario provisional?

Sobre este problema, los oportunistas de la socialdemocracia actual, es decir, los novoiskrovtsy, están empeñados en hacer retroceder al partido con el mismo ahínco con que hace cinco años los rabochedelets lo hacían respecto a la lucha política en general. Sus concepciones reaccionarias sobre este punto están expuestas de manera más completa en el folleto de Martynov «Dos dictaduras», que la propia «Iskra» (n.° 84) aprobó y recomendó en una nota especial y sobre el que hemos llamado ya más de una vez la atención de nuestros lectores.

Al comienzo mismo de su folleto, Martynov nos asusta con una perspectiva aterradora: si una fuerte organización de la socialdemocracia revolucionaria pudiera «designar y llevar a cabo la insurrección armada de todo el pueblo» contra la autocracia, con lo que soñaba Lenin, entonces «¿no es evidente que la voluntad popular nombraría acto seguido, después de la revolución, precisamente a este partido como gobierno provisional? ¿No es evidente que el pueblo precisamente a este partido, y no a otro cualquiera, confiaría el destino inmediato de la revolución?»

Esto parece increíble, pero es un hecho. El futuro historiador de la socialdemocracia rusa tendrá que constatar con asombro que ya al comienzo mismo de la revolución rusa los girondinos de la socialdemocracia asustaban al proletariado revolucionario con semejante perspectiva. Todo el contenido del folleto de Martynov (y de toda una serie de artículos y pasajes sueltos en los artículos de la nueva «Iskra») se reduce a pintar con negros colores los «horrores» de esa perspectiva. Al jefe ideológico de los novoiskrovtsy se le antoja aquí una «toma del poder», se le aparece el espantajo del «jacobinismo», del bakunismo, del tkachevismo{5} y de otros terribles «ismos» con los que tan gustosamente asustan a los párvulos en política diversas niñeras revolucionarias[1]. Y, naturalmente, no falta, al hacerlo, el recurso a las «citas» de Marx y de Engels. ¡Pobres Marx y Engels, de cuántas maneras no han abusado de las citas de sus obras! ¿Recordáis?: aquella verdad de que «toda lucha de clases es una lucha política»{6} se invocaba para justificar la estrechez y el atraso de nuestras tareas políticas y de los métodos de agitación y lucha políticas. Ahora se hace comparecer a Engels como testigo falso a favor del seguidismo. En «La guerra campesina en Alemania» escribió: «Lo peor de todo cuanto puede ocurrirle al jefe de un partido extremo es verse forzado a empuñar el poder en un momento en que el movimiento no está aún lo bastante maduro para la dominación de la clase que él representa y para la aplicación de las medidas que garanticen esa dominación»{7}. Basta con leer atentamente este comienzo de la larga cita que aporta Martynov para convencerse de cómo tergiversa el pensamiento del autor nuestro seguidista. Engels habla del poder que asegura la dominación de una clase. ¿Acaso no está claro? En relación con el proletariado, esto significa, por tanto, el poder que asegura la dominación del proletariado, es decir, la dictadura del proletariado para realizar la revolución socialista. Martynov no comprende esto, confundiendo el gobierno revolucionario provisional en la época del derrocamiento de la autocracia con la dominación asegurada del proletariado en la época del derrocamiento de la burguesía, confundiendo la dictadura democrática del proletariado y del campesinado con la dictadura socialista de la clase obrera. Y, sin embargo, a medida que sigamos la cita de Engels, su pensamiento se hace aún más claro. El jefe del partido extremo — dice — tendrá que «defender los intereses de una clase que le es extraña y salir del paso ante la suya propia con frases, promesas y afirmaciones de que los intereses de la otra clase son los suyos propios. Quien una vez caiga en esta falsa posición, está perdido para siempre»{8}.

Los pasajes subrayados muestran claramente que Engels previene precisamente contra esa falsa posición que resulta de la incomprensión por parte del jefe de los verdaderos intereses de «su» clase y del verdadero contenido de clase de la revolución. Para mayor claridad, tratemos de masticárselo a nuestro profundo Martynov con un ejemplo sencillo. Cuando los narodovoltsi, creyendo representar los intereses del «trabajo», se aseguraban a sí mismos y a los demás que el 90 por ciento de los campesinos serían socialistas en la futura asamblea constituyente rusa, caían con ello en una posición falsa, que había de llevarles inevitablemente a su perdición política sin retorno, pues esas «promesas y afirmaciones» no se correspondían con la realidad objetiva. De hecho, habrían llevado a cabo los intereses de la democracia burguesa, «los intereses de otra clase». ¿No empezará usted a comprender algo, respetabilísimo Martynov? Cuando los socialistas-revolucionarios{9} presentan las transformaciones agrarias que inevitablemente aguardan a Rusia como «socialización», como «entrega de la tierra al pueblo», como inicio del «usufructo igualitario», se colocan en una posición falsa, que inevitablemente habrá de llevarles a su perdición política sin retorno, pues en realidad precisamente las transformaciones que ellos persiguen asegurarán la dominación de otra clase, la burguesía campesina, de modo que sus frases, promesas y afirmaciones serán desmentidas por la realidad tanto más rápidamente cuanto más rápido avance el desarrollo de la revolución. ¿Sigue usted sin comprender de qué se trata, respetabilísimo Martynov? ¿Sigue usted sin comprender que la esencia del pensamiento de Engels consiste en señalar lo funesto que resulta no comprender las verdaderas tareas históricas de la revolución, que las palabras de Engels son aplicables, por consiguiente, a los narodovoltsi y a los «socialistas-revolucionarios»?

II

Engels señala el peligro de que los dirigentes del proletariado no comprendan el carácter no proletario de la revolución, y el inteligente Martínov deduce de aquí el peligro de que los dirigentes del proletariado, que se han aislado de la democracia revolucionaria tanto por su programa y su táctica (es decir, por toda su propaganda y agitación) como por su organización, desempeñen un papel dirigente en la creación de la república democrática. Engels ve el peligro en que el dirigente confunda el contenido seudosocialista y el realmente democrático de la revolución, y el inteligente Martínov deduce de aquí el peligro de que el proletariado, junto con el campesinado, asuma conscientemente la dictadura en la realización de la república democrática, como última forma de la dominación burguesa y como la mejor forma para la lucha de clases del proletariado contra la burguesía. Engels ve el peligro en una situación falsa, mentirosa, en que se dice una cosa y se hace otra, en que se promete la dominación de una clase y se asegura de hecho la dominación de otra clase; Engels ve en esta falsedad la inevitabilidad de una perdición política irrevocable, y el inteligente Martínov deduce de aquí el peligro de que los partidarios burgueses de la democracia impidan al proletariado y al campesinado asegurar una república realmente democrática. El inteligente Martínov es absolutamente incapaz de comprender que tal perdición, la perdición de un dirigente del proletariado, la perdición de miles de proletarios en la lucha por una república realmente democrática, siendo una perdición física, no solo no es una perdición política, sino que, por el contrario, es la más grande conquista política del proletariado, la más grande realización por él de su hegemonía en la lucha por la libertad. Engels habla de la perdición política de quien se desvía inconscientemente de su senda de clase hacia una senda de clase ajena, y el inteligente Martínov, citando con veneración a Engels, habla de la perdición de quien sigue y sigue avanzando por la senda de clase correcta.

La diferencia entre los puntos de vista de la socialdemocracia revolucionaria y del tailisme se manifiesta aquí con toda evidencia. Martínov y la nueva Iskra retroceden ante la tarea, que recae sobre el proletariado junto con el campesinado, de la revolución democrática más radical, retroceden ante la dirección socialdemócrata de esta revolución, entregando así, aunque sea inconscientemente, los intereses del proletariado en manos de la democracia burguesa. De aquel pensamiento justo de Marx de que debemos preparar no un partido gubernamental, sino un partido de oposición del futuro, Martínov saca la conclusión de que debemos hacer una oposición colista a la presente revolución. A esto se reduce toda su sabiduría política. He aquí su razonamiento, sobre el cual recomendaríamos mucho al lector que reflexione:

«El proletariado no puede obtener ni todo ni parte del poder político en el Estado mientras no haga la revolución socialista. Esta es aquella tesis indiscutible que nos separa del jaurésismo oportunista...» (Martínov, pág. 58), – y que, añadimos por nuestra cuenta, demuestra de manera indiscutible la incapacidad del honorable Martínov para comprender qué va con qué. Confundir la participación del proletariado en un poder que se opone a la revolución socialista, con la participación del proletariado en la revolución democrática, significa no comprender en absoluto de qué se trata. Es exactamente lo mismo que confundir la participación de Millerand en el ministerio del asesino Gallifet con la participación de Varlin en la Comuna, que defendió y mantuvo la República.

Pero siga escuchando para ver cómo se enreda nuestro autor: «... Mas si esto es así, es evidente que la revolución que se avecina no puede realizar ninguna forma política contra la voluntad de toda (subrayado de Martínov) la burguesía, pues esta será el dueño del día de mañana...» En primer lugar, ¿por qué se habla aquí solo de formas políticas, mientras que en la frase anterior se trataba del poder del proletariado en general, incluida la revolución socialista? ¿Por qué el autor no habla de la realización de formas económicas? Porque, sin darse cuenta él mismo, ya ha saltado de la revolución socialista a la democrática. Y si esto es así (esto en segundo lugar), es completamente erróneo que el autor hable tout court (simple y llanamente) de «la voluntad de toda la burguesía», porque la época de la revolución democrática se caracteriza precisamente por la diferencia de voluntad de las diversas capas de la burguesía que apenas se está liberando del absolutismo. Hablar de la revolución democrática y limitarse a una simple y escueta contraposición del proletariado y la burguesía es un puro despropósito[2], pues esta revolución marca precisamente aquel período del desarrollo de la sociedad en que la masa de la misma se encuentra justamente entre el proletariado y la burguesía, constituyendo el amplísimo estrato pequeñoburgués, el campesinado. Este estrato gigantesco, precisamente porque la revolución democrática aún no se ha realizado, tiene muchos más intereses comunes con el proletariado en la realización de formas políticas que la "burguesía" en el sentido actual y estricto de esta palabra. En la incomprensión de esta sencilla cuestión radica una de las principales fuentes de la confusión de Martínov.

Sigue: «... Si esto es así, mediante la simple intimidación de la mayoría de los elementos burgueses, la lucha revolucionaria del proletariado solo puede conducir a una cosa: a la restauración del absolutismo en su forma primitiva; y el proletariado, por supuesto, no se detendrá ante este resultado posible, no renunciará a la intimidación de la burguesía en el peor de los casos, si la cosa se inclina decididamente a reanimar y fortalecer el poder autocrático en descomposición mediante una concesión pseudoconstitucional. Pero, al lanzarse a la lucha, el proletariado, de por sí, no tiene en vista este peor desenlace».

¿Entiende usted algo, lector? ¡El proletariado no se detendrá ante la intimidación que conduce a la restauración del absolutismo, en el caso de que amenace una concesión pseudoconstitucional! Es lo mismo que si yo dijera: me amenaza una plaga egipcia en forma de un día de conversación con un tal Martínov; por eso, en el peor de los casos, recurro a la intimidación, que solo puede llevar a dos días de conversación con Martínov y Mártov. ¡Esto es simple y llanamente un disparate sin pies ni cabeza, honorable señor!

La idea que vislumbraba Martínov al escribir el despropósito que hemos reproducido consiste en lo siguiente: si en la época de la revolución democrática el proletariado empieza a intimidar a la burguesía con la revolución socialista, esto solo conducirá a una reacción que también debilite las conquistas democráticas. Nada más. Por supuesto, no puede ni hablarse de restauración del absolutismo en su forma primitiva, ni de que el proletariado esté dispuesto, en el peor de los casos, a recurrir a la peor de las estupideces. Todo el asunto se reduce nuevamente a aquella diferencia entre revolución democrática y revolución socialista que Martínov olvida, a la existencia de aquella gigantesca población campesina y pequeñoburguesa que es capaz de apoyar la revolución democrática, pero no es capaz de apoyar la socialista en este momento.

Escuchemos a nuestro inteligente Martínov un poco más: «... Es evidente que la lucha entre el proletariado y la burguesía, en vísperas de la revolución burguesa, debe diferenciarse en algunos aspectos de esta misma lucha en su etapa final, en vísperas de la revolución socialista...». Sí, esto es evidente, y si Martínov hubiera pensado en qué consiste concretamente esta diferencia, difícilmente habría escrito la sandez anterior y todo su folleto.

«...La lucha por la influencia sobre el curso y el desenlace de la revolución burguesa sólo puede expresarse en que el proletariado ejerza una presión revolucionaria sobre la voluntad de la burguesía liberal y radical, en que los "de abajo" más democráticos obliguen a sus "de arriba" a consentir en llevar la revolución burguesa hasta su fin lógico. Se expresará en que el proletariado plantee en cada caso ante la burguesía un dilema: o bien retroceder a las garras del absolutismo, en las que se ahoga, o bien avanzar junto con el pueblo».

Esa tirada es el punto central del folleto de Martínov. Ahí está toda su sustancia, todas sus "ideas" fundamentales. ¿Y en qué resultan esas ideas tan inteligentes? Veamos: ¿qué son esas "bases" de la sociedad, ese "pueblo" del que por fin se ha acordado nuestro sabio? Es precisamente esa capa urbana y campesina pequeñoburguesa de millones de personas, plenamente capaz de presentarse como demócrata revolucionaria. Y ¿qué es esa presión del proletariado más el campesinado sobre las cúpulas de la sociedad, qué es ese movimiento del proletariado junto con el pueblo hacia adelante, a pesar de las cúpulas de la sociedad? ¡Es precisamente la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, contra la cual combate nuestro rabista! Solo teme pensar hasta el final, teme llamar las cosas por su verdadero nombre. Por eso dice palabras cuyo significado no entiende, por eso repite tímidamente, con giros ridículos y torpes[3], consignas cuyo verdadero sentido se le escapa. Solo con un rabista es posible, por tanto, tal curiosidad en la parte más "interesante" de sus conclusiones finales: ¡presión revolucionaria tanto del proletariado como del "pueblo" sobre las cúpulas de la sociedad, pero sin dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, solo Martínov pudo llegar a semejante conclusión! Martínov quiere que el proletariado amenace a las cúpulas de la sociedad con que irá adelante junto con el pueblo, pero que al mismo tiempo el proletariado decida firmemente con sus líderes neoskristas no ir adelante por el camino democrático, pues este es el camino de la dictadura democrático-revolucionaria. Martínov quiere que el proletariado ejerza presión sobre la voluntad de las cúpulas mostrando su propia falta de voluntad. Martínov quiere que el proletariado impulse a las cúpulas a "aceptar" llevar la revolución burguesa hasta su lógico final democrático-republicano, impulsarlas expresando su propio temor a asumir, junto con el pueblo, esa culminación de la revolución, a tomar el poder y la dictadura democrática. ¡Martínov quiere que el proletariado sea la vanguardia en la transformación democrática, y por eso el inteligente Martínov asusta al proletariado con la perspectiva de participar en un gobierno revolucionario provisional en caso de éxito de la insurrección!

No se puede ir más lejos en el rabismo reaccionario. A Martínov, como a un santo, habría que hacerle una reverencia hasta el suelo por haber llevado hasta el final las tendencias rabistas de la nueva "Iskra" y haberlas expresado de manera nítida y sistemática en la cuestión política más candente y fundamental[4].

III

¿Cuál es la fuente de la confusión de Martínov? La confusión entre la transformación democrática y la socialista, el olvido del papel de la capa popular intermedia, situada entre la "burguesía" y el "proletariado" (la masa pequeñoburguesa de los pobres urbanos y rurales, "semiproletarios", semieconomistas), la incomprensión del verdadero significado de nuestro programa mínimo. Martínov ha oído que a un socialista no le conviene participar en un ministerio burgués (cuando el proletariado lucha por la transformación socialista) y se apresuró a "entender" esto en el sentido de que no se debe participar junto con la democracia burguesa revolucionaria en la transformación democrático-revolucionaria y en la dictadura que es necesaria para la plena realización de tal transformación. Martínov leyó nuestro programa mínimo, pero no notó que la estricta separación en él de las transformaciones realizables sobre la base de la sociedad burguesa, a diferencia de las transformaciones socialistas, no tiene solo un significado libresco, sino el más vital y práctico[5]; no notó que en el período revolucionario está sujeto a verificación inmediata y aplicación práctica. Martínov no pensó que la renuncia a la idea de la dictadura democrático-revolucionaria en la época de la caída de la autocracia equivale a la renuncia a la realización de nuestro programa mínimo. En efecto, recuerden solamente todas las transformaciones económicas y políticas planteadas en este programa, las exigencias de república, armamento del pueblo, separación de la iglesia y el Estado, plenas libertades democráticas, reformas económicas decisivas. ¿Acaso no está claro que la realización de estas transformaciones sobre la base del régimen burgués es impensable sin la dictadura democrático-revolucionaria de las clases inferiores? ¿Acaso no está claro que aquí no se trata precisamente solo del proletariado a diferencia de la "burguesía"[6], sino de las "clases inferiores", que son los motores activos de toda transformación democrática? Estas clases son el proletariado más decenas de millones de pobres urbanos y rurales que viven en condiciones de existencia pequeñoburguesa. Es indudable la pertenencia a la burguesía de muchísimos representantes de esta masa. Pero es aún más indudable que en los intereses de esta masa está la plena realización del democratismo, y que cuanto más ilustrada sea esta masa, tanto más inevitable será su lucha por esta plena realización. El socialdemócrata nunca olvidará, por supuesto, la doble naturaleza político-económica de la masa pequeñoburguesa urbana y rural, nunca olvidará la necesidad de una organización clasista separada e independiente del proletariado que lucha por el socialismo. Pero tampoco olvidará que esta masa tiene "además del pasado, el futuro, además de los prejuicios, la razón"{10}, que la empuja hacia adelante, hacia la dictadura democrático-revolucionaria; no olvidará que la ilustración no la da solo el libro, y ni siquiera tanto el libro como el propio curso de la revolución, que abre los ojos, que da escuela política. En tales condiciones, la teoría que renuncia a la idea de la dictadura democrático-revolucionaria no puede ser llamada de otro modo que justificación filosófica del atraso político[7].

El socialdemócrata revolucionario desechará con desprecio semejante teoría. En vísperas de la revolución no se limitará a señalar su "mal final"[8]. No, también señalará la posibilidad de un mejor final. Soñará —está obligado a soñar, si no es un filisteo irremediable— con que después de la gigantesca experiencia de Europa, después del inaudito despliegue de energía de la clase obrera en Rusia, logremos encender, como nunca, la antorcha de la luz revolucionaria ante la masa oscura y oprimida; logremos —gracias a que estamos sobre los hombros de toda una serie de generaciones revolucionarias de Europa— realizar con una plenitud nunca vista todas las transformaciones democráticas, todo nuestro programa mínimo; logremos que la revolución rusa no sea un movimiento de unos pocos meses, sino un movimiento de muchos años, que no conduzca solo a pequeñas concesiones por parte de los poderes constituidos, sino al derrocamiento total de esos poderes. Y si esto se lograra, entonces… entonces el incendio revolucionario prenderá en Europa; el obrero europeo, extenuado en la reacción burguesa, se levantará a su vez y nos mostrará "cómo se hace"; entonces el auge revolucionario de Europa ejercerá su acción inversa sobre Rusia y de la época de unos pocos años revolucionarios hará la época de varias décadas revolucionarias; entonces… pero aún tendremos ocasión de hablar más de una vez sobre lo que haremos "entonces", hablarlo no desde la maldita lejanía ginebrina, sino ante reuniones de miles de obreros en las calles de Moscú y Petersburgo, ante asambleas libres de "mujiks" rusos.

IV

A los filisteos de la nueva "Iskra" y a su "amo del pensamiento", nuestro buen lecturón Martínov, les son ajenos y extraños, naturalmente, tales sueños. Tienen miedo de la plena realización de nuestro programa mínimo mediante la dictadura revolucionaria del pueblo sencillo y negro. Tienen miedo por su propia conciencia, miedo de perder la guía del libro empollado (pero no meditado), miedo de no ser capaces de distinguir los pasos correctos y audaces de las transformaciones democráticas de los saltos aventureros del socialismo no clasista, populista o del anarquismo. Su alma filistea, con razón, les susurra que en el vertiginoso avance es más difícil distinguir el camino correcto y resolver rápidamente las cuestiones complejas y nuevas que en la rutina del trabajo cotidiano y mezquino; por eso instintivamente susurran: ¡quita, quita! ¡que pase de mí el cáliz de la dictadura democrático-revolucionaria! ¡cómo no voy a perecer! ¡señores! mejor "con paso lento, tímido zigzag".

No es de extrañar que Parvus, quien tan generosamente apoyó a los de la nueva Iskra mientras se trataba principalmente de cooptar a los más veteranos y meritorios, acabara por sentirse agobiado en semejante sociedad pantanosa. No es de extrañar que sintiera cada vez con más frecuencia taedium vitae, tedio de la vida. Y, al fin, se rebeló. No se limitó a defender la consigna de «organizar la revolución», que tanto aterrorizó a la nueva Iskra, no se limitó a los llamamientos que Iskra imprimió en hojas sueltas, ocultando incluso, con motivo de los horrores «jacobinos», la mención del partido obrero socialdemócrata[9]. No. Liberado de la pesadilla de la sapientísima teoría de la organización como proceso, de Axelrod (¿o de Luxemburgo?), Parvus logró, por fin, avanzar, en lugar de retroceder como un cangrejo. No quiso realizar el «trabajo de Sísifo»{11} de infinitas enmiendas a las necedades de Martínov y Mártov. Se pronunció directamente (por desgracia, junto con Trotsky) en defensa de la idea de la dictadura democrático-revolucionaria[10], de la idea del deber de la socialdemocracia de participar en el gobierno revolucionario provisional después del derrocamiento de la autocracia. Mil veces tiene razón Parvus cuando dice que la socialdemocracia no debe temer los pasos audaces hacia adelante, no debe temer asestar «golpes» conjuntos al enemigo, mano a mano con la democracia burguesa revolucionaria, bajo la condición obligatoria (muy oportunamente recordada) de no mezclar las organizaciones; marchar por separado, golpear juntos; no ocultar la heterogeneidad de intereses; vigilar al aliado como al enemigo, etc.

Igualmente incorrectas, y por la misma razón, son las tesis de Parvus de que «el gobierno provisional revolucionario en Rusia será un gobierno de la democracia obrera», de que «si la socialdemocracia está al frente del movimiento revolucionario del proletariado ruso, ese gobierno será socialdemócrata», de que el gobierno provisional socialdemócrata «será un gobierno íntegro con mayoría socialdemócrata». Esto no puede ser, si no hablamos de episodios casuales y fugaces, sino de una dictadura revolucionaria más o menos prolongada, más o menos capaz de dejar huella en la historia. Esto no puede ser, porque una dictadura revolucionaria solo puede ser medianamente sólida (por supuesto, no de manera absoluta, sino relativa) si se apoya en la inmensa mayoría del pueblo. Y el proletariado ruso constituye hoy una minoría de la población de Rusia. Solo puede convertirse en una mayoría inmensa y aplastante si se une a la masa de semiproletarios, de pequeños propietarios a medias, es decir, a la masa de la pequeña burguesía urbana y rural pobre. Y semejante composición de la base social de la posible y deseable dictadura democrático-revolucionaria se reflejará, por supuesto, en la composición del gobierno revolucionario, hará inevitable la participación en él, o incluso el predominio en él, de los más variopintos representantes de la democracia revolucionaria. Sería sumamente perjudicial hacerse ilusiones de ningún tipo al respecto. Si el charlatán de Trotsky escribe ahora (por desgracia, junto a Parvus) que «el padre Gapón pudo aparecer una vez», que «no hay lugar para un segundo Gapón», es únicamente porque es un charlatán. Si en Rusia no hubiera lugar para un segundo Gapón, tampoco habría lugar entre nosotros para una revolución democrática verdaderamente «grande», que llegue hasta el final. Para ser grande, para recordar los años 1789-1793 y no los de 1848-1850, y para superarlos, debe elevar a la vida activa, a los esfuerzos heroicos, a la «creación histórica profunda» a masas gigantescas, elevarlas desde la terrible oscuridad, desde la opresión inaudita, desde el increíble embrutecimiento y la estupidez sin remedio. Ya las está elevando, las elevará –el propio gobierno facilita esta tarea con su resistencia convulsiva–, pero, por supuesto, de una conciencia política meditada, de una conciencia socialdemócrata de estas masas y de sus numerosos guías «originales», populares e incluso mujikiles, no puede ni hablarse. No pueden, ahora mismo, sin haber pasado por una serie de pruebas revolucionarias, convertirse en socialdemócratas, no solo a causa de la oscuridad (la revolución ilustra, lo repetimos, con rapidez fabulosa), sino porque su posición de clase no es proletaria, porque la lógica objetiva del desarrollo histórico les plantea en este momento tareas que no son en absoluto socialistas, sino de la transformación democrática. Y en esta transformación participará con toda energía el proletariado revolucionario, rechazando de sí el lamentable seguidismo de unos y la frase revolucionaria de otros, aportando definición de clase y conciencia al vertiginoso torbellino de los acontecimientos, avanzando firme y audazmente, sin temer la dictadura democrático-revolucionaria, sino deseándola apasionadamente, luchando por la república y por la plena libertad republicana, por serias reformas económicas, para crearse una arena de lucha por el socialismo verdaderamente amplia y verdaderamente digna del siglo XX.