Publicado el 31 (18) de enero de 1905 en el periódico *Vperiod* nº 4

Se publica según el texto del periódico, cotejado con el manuscrito

**1. ¿Qué ocurre en Rusia?**

¿Motín o revolución? Tal es la pregunta que se hacen los periodistas y reporteros europeos que informan a todo el mundo sobre los sucesos de Petersburgo e intentan darles una valoración. ¿Son amotinados o insurgentes esas decenas de miles de proletarios contra los que ha salido victorioso el ejército zarista? Y los periódicos extranjeros, que tienen las mayores posibilidades de examinar los acontecimientos «desde fuera», con la imparcialidad de cronistas, se ven en dificultades para responder a esta pregunta. Pasan constantemente de una terminología a otra. Y no es de extrañar. No en vano se dice que la revolución es un motín triunfante, y el motín es una revolución fracasada. Quien está presente en los comienzos de grandes y grandiosos acontecimientos, quien tiene la posibilidad solo de conocer algo de lo que ocurre de manera muy incompleta, inexacta, de terceras manos, ese, por supuesto, no se decide a pronunciarse con certeza por el momento. Los periódicos burgueses, que a la vieja usanza hablan de motín, revuelta, desórdenes, no pueden dejar de ver, sin embargo, su significado nacional, e incluso internacional. Y es precisamente esto lo que confiere a los acontecimientos el carácter de revolución. Y quienes escriben sobre los últimos días del motín pasan, de vez en cuando, a discursos sobre los primeros días de la revolución. Ha llegado un punto de inflexión en la historia de Rusia. Esto no lo niega ni el más acérrimo conservador europeo, lleno de entusiasmo y ternura ante el poder poderoso e incontrolado de la autocracia de toda Rusia. De paz entre la autocracia y el pueblo no puede ni hablarse. De revolución hablan no solo algunos desesperados, no solo los «nihilistas», como todavía considera Europa a los revolucionarios rusos, sino todos y cada uno, cualquiera que sea mínimamente capaz de interesarse por la política mundial.

El movimiento obrero ruso ha ascendido en unos pocos días a un peldaño superior. Ante nuestros ojos está creciendo hacia una insurrección de todo el pueblo. Es comprensible que a nosotros, aquí en Ginebra, desde nuestra maldita lejanía, nos resulte inconmensurablemente más difícil seguir el ritmo de los acontecimientos. Pero, mientras estemos condenados a languidecer en esta maldita lejanía, debemos esforzarnos por seguirles el ritmo, hacer balances, sacar conclusiones, extraer de la experiencia de la historia de hoy lecciones que serán útiles mañana, en otro lugar, donde hoy todavía «calla el pueblo» y donde en un futuro próximo estallará, de una u otra forma, el incendio revolucionario. Debemos hacer el trabajo constante de los publicistas: escribir la historia de la contemporaneidad y esforzarnos por escribirla de modo que nuestra crónica aporte una ayuda en lo posible a los participantes directos del movimiento y a los héroes proletarios allí, en el lugar de los hechos; escribir de modo que contribuya a la ampliación del movimiento, a la elección consciente de los medios, procedimientos y métodos de lucha capaces de dar los resultados mayores y más sólidos con el menor gasto de fuerzas.

En la historia de las revoluciones salen a flote contradicciones que han madurado durante décadas y siglos. La vida se vuelve extraordinariamente rica. En la escena política aparece como combatiente activo la masa, siempre en la sombra y a menudo, por ello, ignorada o incluso despreciada por los observadores superficiales. Esta masa aprende en la práctica, dando pasos de prueba ante los ojos de todos, tanteando el camino, señalando tareas, verificándose a sí misma y las teorías de todos sus ideólogos. Esta masa realiza heroicos esfuerzos por elevarse a la altura de las gigantescas tareas mundiales impuestas por la historia y, por grandes que sean las derrotas de algunos, por mucho que nos estremezcan los torrentes de sangre y los miles de víctimas, nada ni nunca se comparará, por su importancia, con esta educación directa de las masas y las clases en el curso mismo de la lucha revolucionaria. La historia de esta lucha hay que medirla en días. Y no en vano algunos periódicos extranjeros han empezado ya un «diario de la revolución rusa». Abramos también nosotros ese diario.

**2. El pope Gapón**

A favor de la suposición de que el pope Gapón es un provocador parece hablar el hecho de que es participante y cabecilla de la sociedad zubatovista. Además, los periódicos extranjeros, al igual que nuestros corresponsales, señalan el hecho de que la policía dejó adrede que el movimiento huelguístico se desarrollara más amplia y libremente, que el gobierno en general (y el gran duque Vladímir en particular) quería provocar una represión sangrienta en las condiciones más ventajosas para él. Los corresponsales ingleses indican incluso que la participación precisamente enérgica de los zubatovistas en el movimiento debía ser especialmente ventajosa para el gobierno en tal estado de cosas. La intelectualidad revolucionaria y los proletarios conscientes, que con mayor probabilidad y rapidez se habrían provisto de armas, no podían no sentir aversión y mantenerse al margen del movimiento zubatovista. El gobierno tenía así las manos especialmente libres y jugaba un juego sin pérdida: a la manifestación irán, dicen, los obreros más pacíficos, menos organizados, más grises; con ellos a nuestro ejército no le cuesta nada vérselas, y la lección al proletariado será buena; el pretexto para fusilar en la calle a todos y a cualquiera será magnífico; la victoria del partido reaccionario (o gran-ducal) en la corte sobre los liberales será total; la represión que seguirá será la más feroz.

Y tanto los periódicos ingleses como los conservadores alemanes atribuyen directamente al gobierno (o a Vladímir) tal plan de acción. Es muy probable que esto sea cierto. Los acontecimientos del sangriento día 9 de enero lo confirman de manera notable. Pero la existencia de tal plan no excluye en absoluto que el pope Gapón pudiera haber sido un instrumento inconsciente de ese plan. La existencia de un movimiento liberal, reformista, entre una parte del joven clero ruso está fuera de duda: este movimiento encontró sus exponentes tanto en las reuniones de la sociedad filosófico-religiosa como en la literatura eclesiástica. Este movimiento recibió incluso su nombre: movimiento «novoortodoxo». Por tanto, no se puede excluir categóricamente la idea de que el pope Gapón pudiera ser un sincero socialista cristiano, que precisamente el sangriento domingo lo empujara a una vía plenamente revolucionaria. Nos inclinamos por esta suposición, tanto más cuanto que las cartas de Gapón escritas por él después de la matanza del 9 de enero, de que «ya no tenemos zar», su llamamiento a la lucha por la libertad, etc., son hechos que hablan a favor de su honestidad y sinceridad, pues en las tareas de un provocador ya no podía entrar de ningún modo una agitación tan poderosa a favor de la continuación de la insurrección.

Sea como fuere, la táctica de los socialdemócratas con respecto al nuevo líder se perfilaba por sí misma: es necesaria una actitud cautelosa, expectante, desconfiada hacia el zubatovista. Es necesaria, en todo caso, una participación enérgica en el movimiento huelguístico iniciado (aunque fuera iniciado por un zubatovista), una predicación enérgica de las concepciones y consignas socialdemócratas. Esta táctica la sostuvieron, como se ve por las cartas citadas más arriba, también nuestros camaradas del Comité de Petersburgo del POSDR{82}. Por muy «astutos» que fueran los planes de la camarilla reaccionaria cortesana, la realidad de la lucha de clases y de la protesta política de los proletarios, como vanguardia de todo el pueblo, resultó ser muchas veces más astuta. El que los planes policiales y militares se volvieran contra el gobierno, el que de la zubatovshchina, como pequeño pretexto, creciera un movimiento revolucionario amplio, grande, de toda Rusia, es un hecho. La energía revolucionaria y el instinto revolucionario de la clase obrera irrumpieron con fuerza incontenible, a despecho de todas las artimañas y añagazas policiales.

**3. El plan de la batalla de Petersburgo**

Es extraño, en un primer momento, hablar de batalla cuando obreros desarmados marchaban pacíficamente a presentar una petición. Fue una matanza. Pero el gobierno calculaba precisamente con la batalla y actuaba, sin duda, según un plan completamente meditado. Discutió desde el punto de vista militar la defensa de Petersburgo y del Palacio de Invierno. Tomó todas las medidas militares. Retiró a todas las autoridades civiles y entregó la capital de millón y medio de habitantes a la plena disposición de generales sedientos de sangre del pueblo, encabezados por el gran duque Vladímir.

El gobierno llevó adrede al proletariado hasta la insurrección, provocando las barricadas mediante la matanza de gentes desarmadas, para aplastar esta insurrección en un mar de sangre. El proletariado aprenderá estas lecciones militares del gobierno. Y el proletariado aprenderá el arte de la guerra civil, una vez que ha comenzado ya la revolución. La revolución es una guerra. Esta es la única guerra legítima, legal, justa, verdaderamente grande de todas las guerras que conoce la historia. Esta guerra no se libra en los intereses egoístas de una pandilla de gobernantes y explotadores, como todas y cada una de las guerras, sino en interés de la masa del pueblo contra los tiranos, en interés de millones y decenas de millones de explotados y trabajadores contra la arbitrariedad y la violencia.

Todos los observadores ajenos reconocen ahora a una sola voz que en Rusia esta guerra ha sido declarada e iniciada. El proletariado se levantará de nuevo en masas aún mayores. Los restos de la fe infantil en el zar se extinguirán ahora tan rápido como rápido pasaron los obreros de Petersburgo de la petición a las barricadas. Los obreros se armarán en todas partes. No importa que la policía redoble diez veces el rigor en la vigilancia de almacenes y tiendas de armas. Ningún rigor, ninguna prohibición detendrá a las masas urbanas que han tomado conciencia de que, sin armas, siempre, por cualquier pretexto, pueden ser llevadas por el gobierno al fusilamiento. Cada cual, por su cuenta, hará todos los esfuerzos para conseguir un fusil o al menos un revólver, para ocultar el arma de la policía y estar listo para rechazar a los sanguinarios servidores del zarismo. Todo comienzo es difícil, dice el proverbio. A los obreros les fue muy difícil pasar a la lucha armada. El gobierno les ha obligado ahora a pasar a ella. El primer paso, el más difícil, está dado.

Una conversación característica de obreros en una de las calles de Moscú la transmite un corresponsal inglés. Un grupo de obreros discutía abiertamente las lecciones del día. «¿Hachas? —dice uno—. No, con hachas no se hace nada contra un sable. Con el hacha no lo alcanzas, y con un cuchillo, menos todavía. No, hacen falta revólveres, por lo menos revólveres, o mejor aún fusiles». Tales conversaciones y otras parecidas tienen lugar ahora por toda Rusia. Y estas conversaciones, después del «día de Vladímir» en Petersburgo, no se quedarán solo en conversaciones.

El plan militar del tío del zar, Vladímir, que dirigió la matanza, se reducía a no dejar pasar los suburbios, los suburbios obreros, hacia el centro de la ciudad. Los soldados se esforzaron por todos los medios en ser convencidos de que los obreros querían destruir el Palacio de Invierno (¡con ayuda de iconos, cruces y peticiones!) y matar al zar. La tarea estratégica se reducía a la protección de los puentes y las calles principales que llevan a la Plaza del Palacio. Y los lugares principales de las «acciones militares» fueron las plazas junto a los puentes (Tróitski, Sampsónievski, Nikoláievski, Dvortsovi), las calles que van de los barrios obreros al centro (junto a la barrera de Narva, en la carretera de Shlisselburg, en la Avenida Nevski) y, finalmente, la Plaza del Palacio, donde, a pesar de todos los concentraciones de tropa, a pesar de toda la resistencia, penetraron miles y miles de obreros. La tarea de las acciones militares se veía, por supuesto, terriblemente facilitada por el hecho de que todos sabían perfectamente adónde iban los obreros, sabían que existía solo un punto de concentración y un objetivo. Los valientes generales actuaron «con éxito» contra el enemigo que marchaba con las manos desnudas, después de haber pregonado a todos y cada uno adónde y para qué iba... Fue el asesinato más vil, a sangre fría, de masas populares indefensas y pacíficas. Ahora las masas reflexionarán durante mucho tiempo y revivirán en recuerdos y relatos todo lo ocurrido. La única e inevitable conclusión de estas reflexiones, de esta transformación de la «lección de Vladímir» en la conciencia de la masa, será la conclusión de que en la guerra hay que actuar militarmente. Las masas obreras, y tras ellas las masas de los campesinos pobres, tomarán conciencia de ser parte beligerante, y entonces... entonces las siguientes batallas en nuestra guerra civil se desarrollarán ya según «planes» no solo de los grandes duques y los zares. El llamamiento «¡A las armas!», que resonó en una multitud de obreros en la Avenida Nevski el 9 de enero, no puede ahora pasar sin dejar huella.

**4. Complemento al artículo «El plan de la batalla de Petersburgo»**

El plan de la batalla de Petersburgo fue descrito por nosotros en el nº 4 de *Vperiod*. En los periódicos ingleses encontramos ahora algunos detalles no exentos de interés relativos a este plan. El gran duque Vladímir nombró comandante del ejército en acción al general príncipe Vasílchikov. Toda la capital fue dividida en sectores entre los oficiales. El zar jugaba a la guerra completamente en serio, como si se encontrara ante la invasión de un enemigo armado. Durante las operaciones militares, el estado mayor principal estaba sentado a la mesa verde en la isla Vasílievski y recibía informes de cada jefe de sector cada media hora.

¡A conocimiento de los obreros de Petersburgo!

Escrito después del 18 (31) de enero de 1905.

Publicado por primera vez en 1926 en el *Recopilador Leninista V*

Se publica según el manuscrito

**5. El «Padrecito Zar» y las barricadas**

Lanzando una mirada general a los acontecimientos del sangriento domingo, lo que más asombra es esta combinación de fe ingenua y patriarcal en el zar con una encarnizada lucha callejera con las armas en la mano contra el poder zarista. El primer día de la revolución rusa enfrentó con sorprendente fuerza, cara a cara, a la vieja y a la nueva Rusia, mostró la agonía de la ancestral fe campesina en el padrecito zar y el nacimiento de un pueblo revolucionario en la persona del proletariado urbano. No en vano los periódicos burgueses europeos dicen que la Rusia del 10 de enero ya no es lo que era la Rusia del 8 de enero. No en vano el periódico socialdemócrata alemán{83} que mencionamos más arriba recuerda cómo hace 70 años comenzaba el movimiento obrero en Inglaterra, cómo en 1834 los obreros ingleses protestaban con manifestaciones callejeras contra la prohibición de los sindicatos obreros, cómo en 1838, cerca de Mánchester, elaboraban en enormes asambleas la «Carta del Pueblo» y el pastor Stephens proclamaba que «todo hombre libre que respira el libre aire de Dios y camina por la libre tierra de Dios tiene derecho a su propio hogar». Y este mismo pastor invitaba a los obreros reunidos a tomar las armas.

En Rusia, al frente del movimiento también resultó estar un sacerdote que en un solo día pasó del llamamiento a ir con una súplica pacífica ante el propio zar al llamamiento a iniciar la revolución. «¡Camaradas, obreros rusos!», escribía el sacerdote Gueorgui Gapón después del sangriento día en una carta leída en una reunión de liberales. «Ya no tenemos zar. Un río de sangre ha corrido hoy entre él y el pueblo ruso. Es hora de que los obreros rusos empiecen sin él la lucha por la libertad del pueblo. Os bendigo para hoy. Mañana estaré entre vosotros. Hoy estoy muy ocupado trabajando para nuestra causa».

Esto no lo dice el sacerdote Gueorgui Gapón. Esto lo dicen esos miles y decenas de miles, esos millones y decenas de millones de obreros y campesinos rusos que hasta ahora podían creer ingenua y ciegamente en el padrecito zar, buscar el alivio de su insoportable y penosa situación en el «propio» padrecito zar, culpar de todas las infamias, violencias, arbitrariedades y rapiñas solo a los funcionarios que engañan al zar. Largas generaciones de una vida campesina oprimida, embrutecida, abandonada en rincones remotos, fortalecieron esta fe. Cada mes de vida de la nueva Rusia, urbana, industrial, alfabetizada, minaba y destruía esta fe. La última década del movimiento obrero puso en primer plano a millares de proletarios avanzados, socialdemócratas, que rompieron de manera plenamente consciente con esta fe. Educó a decenas de miles de obreros en los que el instinto de clase, fortalecido en la lucha huelguística y en la agitación política, socavó todos los fundamentos de tal fe. Pero detrás de esos millares y decenas de miles había cientos de miles y millones de trabajadores y explotados, humillados y ofendidos, proletarios y semiproletarios, en los que aún podía quedar esa fe. Ellos no podían ir a la insurrección, solo eran capaces de pedir y suplicar. Sus sentimientos y su estado de ánimo, su nivel de conocimiento y de experiencia política los expresó el sacerdote Gueorgui Gapón, y en esto consiste el significado histórico del papel que desempeñó al comienzo de la revolución rusa un hombre ayer todavía desconocido para todos, hoy convertido en el héroe del día de Petersburgo, y después de Petersburgo, de toda la prensa europea.

Se comprende ahora por qué los socialdemócratas de Petersburgo, cuyas cartas citamos más arriba, se mostraron al principio, y no podían no mostrarse, con desconfianza hacia Gapón. Un hombre que vestía sotana, que creía en dios y actuaba bajo el alto patrocinio de Zubátov y de la sección de seguridad, no podía no inspirar sospechas. Si rasgaba su sotana y maldecía su pertenencia al vil estamento, al estamento de los popes que roban y corrompen al pueblo, sincera o insinceramente, nadie podía decirlo con certeza, excepto quizás personas que conocían personalmente a Gapón de cerca, es decir, excepto un puñado insignificante de personas. Esto solo podían decidirlo los acontecimientos históricos en desarrollo, solo los hechos, hechos y hechos. Y los hechos decidieron esta cuestión a favor de Gapón.

¿Podrá la socialdemocracia dominar este movimiento espontáneo?, se preguntaban con inquietud nuestros camaradas de Petersburgo, viendo el incontenible y rápido crecimiento de la huelga general que arrastraba a capas extraordinariamente amplias del proletariado, viendo la irresistible influencia de Gapón sobre masas tan «grises» que podrían dejarse arrastrar incluso por un provocador. Y los socialdemócratas no solo no apoyaban las ingenuas ilusiones sobre la posibilidad de una petición pacífica, sino que discutían con Gapón, defendían directa y resueltamente todos sus puntos de vista y toda su táctica. Y la historia, que hacían las masas obreras sin la socialdemocracia, confirmó la justeza de estos puntos de vista y de esta táctica. La lógica de la situación de clase del proletariado resultó ser más fuerte que los errores, las ingenuidades y las ilusiones de Gapón. El gran duque Vladímir, que actúa en nombre del zar y con toda la autoridad del zar, se encargó, con su proeza de verdugo, de mostrar a las masas obreras lo que, precisamente lo que los socialdemócratas siempre les han mostrado y les mostrarán de palabra y por escrito.

Las masas de obreros y campesinos que conservaban aún un resto de fe en el zar no podían ir a la insurrección, dijimos. Después del nueve de enero tenemos derecho a decir: ahora pueden ir e irán a la insurrección. El «Padrecito Zar», con su sangrienta represión de los obreros desarmados, los empujó él mismo a las barricadas y les dio las primeras lecciones de lucha en las barricadas. Las lecciones del «padrecito zar» no se perderán en vano.

A la socialdemocracia le queda preocuparse por la difusión lo más amplia posible de las noticias sobre los sangrientos días de Petersburgo, por una mayor cohesión y organización de sus fuerzas, por una propaganda más enérgica de la consigna que lanzó hace ya mucho tiempo: la insurrección armada de todo el pueblo[44].

**6. Los primeros pasos**

La chispa que encendió el incendio fue uno de los choques más habituales del trabajo con el capital: una huelga en una fábrica. Sin embargo, es interesante que esta huelga de 12.000 obreros de la fábrica Putílov, que estalló el lunes 3 de enero, fuera sobre todo una huelga en nombre de la solidaridad proletaria. El motivo fue el despido de cuatro obreros. «Cuando la exigencia de readmitirlos no fue satisfecha —nos escribe un camarada de Petersburgo el 7 de enero—, la fábrica paró de inmediato, de forma muy unánime. La huelga tiene un carácter muy firme; los obreros destacaron a varias personas para vigilar las máquinas y demás bienes de posibles daños por parte de los menos conscientes. Luego enviaron una delegación a otras fábricas con la comunicación de sus reivindicaciones y la propuesta de unirse». Miles y decenas de miles de obreros empezaron a sumarse al movimiento. La sociedad obrera legal, zubatovista, fundada con la colaboración del gobierno con el objetivo de corromper al proletariado mediante una propaganda monárquica sistemática, prestó no poca ayuda a la organización del movimiento en sus fases inferiores y a su crecimiento en amplitud. Ocurrió lo que desde hacía tiempo señalaban los socialdemócratas, que decían a los zubatovistas que el instinto revolucionario de la clase obrera y el espíritu de su solidaridad se impondría sobre todas las pequeñas artimañas policiales. Los obreros más atrasados se dejarán arrastrar por los zubatovistas al movimiento, y luego, más adelante, el propio gobierno zarista ya se encargará de empujar a los obreros más lejos, la propia explotación capitalista los moverá de la pacífica y completamente hipócrita zubatovshchina a la socialdemocracia revolucionaria. La práctica de la vida y de la lucha proletaria vencerá todas las «teorías» y todos los afanes de los señores zubatovistas[45].

Y así ocurrió. Un camarada, obrero, miembro del Comité de Petersburgo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, expone sus impresiones de la siguiente manera en una carta dirigida a nosotros el 5 de enero:

«Escribo bajo la fresca impresión de la reunión que acaba de celebrarse detrás de la barrera del Nevá de los obreros de la fábrica Semiánnikov. Pero antes, un par de palabras sobre el estado de ánimo que predomina entre los obreros de Petersburgo. Como se sabe, últimamente empezaron a surgir aquí o, mejor, a resurgir, las organizaciones “zubatovistas” bajo la dirección del pope Gapón. Las organizaciones se han multiplicado y fortalecido mucho en muy poco tiempo. Ya existen 11 secciones del llamado “Sobránie de los Obreros Fabriles Rusos”. Como era de esperar, los resultados de estas reuniones debían ser los mismos que tuvieron en el sur.

Ahora, se puede decir con certeza, comienza un amplio movimiento huelguístico en Petersburgo. Casi a diario se oye hablar de una nueva huelga en una u otra fábrica. Hace ya dos días que está en huelga la fábrica Putílov. Hace unas dos semanas estuvo en huelga la fábrica de hilados de algodón Schau en el lado de Výborg. La huelga duró unos cuatro días. Los obreros no consiguieron nada. Hoy o mañana esta huelga se reanudará. En todas partes el ánimo está exaltado, pero no se puede decir que sea a favor de la socialdemocracia. La mayor parte de los obreros está a favor de la lucha puramente económica y en contra de la política. Sin embargo, hay que esperar y confiar en que este ánimo cambie y los obreros comprendan que sin lucha política no conseguirán ninguna mejora económica. Hoy se declaró en huelga la fábrica de la Sociedad de Construcción Naval del Nevá (Semiánnikov). La sección local del “Sobránie de los Obreros Fabriles y Manufactureros Rusos” intenta presentarse como dirigente de la huelga que comienza, pero, por supuesto, no lo conseguirá. El dirigente será la socialdemocracia, a pesar de que aquí es terriblemente débil.

Han salido octavillas del Comité de Petersburgo: dos dirigidas a la fábrica de hilados Schau y una a los obreros de Putílov. Hoy hubo una reunión de los obreros de la fábrica de Construcción Naval del Nevá. Se reunieron unos 500 obreros. Por primera vez intervinieron miembros de la sección local del “Sobránie”. Ellos se desviaron de las reivindicaciones políticas y expusieron principalmente reivindicaciones económicas. De entre la multitud se oyeron voces de desaprobación. Pero entonces apareció el colaborador del “Rússkaya Gazeta”{84}, Stróev, que goza de gran respeto entre los obreros de Petersburgo. Stróev propuso una resolución, según declaró, elaborada por él y representantes de la socialdemocracia. Esta resolución, aunque subraya la oposición de los intereses de clase del proletariado y la burguesía, lo hace de manera insuficiente. Después de Stróev hablaron camaradas obreros socialdemócratas, que defendieron esta resolución en principio, subrayando, sin embargo, su limitación e insuficiencia. Entonces empezó el alboroto, algunos estaban descontentos con los discursos de los socialdemócratas y empezaron a reventar la reunión. La reunión se pronunció por mayoría de votos contra el presidente, que estaba entre los que la reventaban, y eligió a un nuevo presidente, socialista. Pero los miembros de la “sociedad” (zubatovista) no callaron y siguieron desbaratando la reunión. Aunque la abrumadora mayoría de la reunión (90%) estaba del lado de los socialistas, la reunión al final se disolvió sin nada y aplazó la decisión para mañana. En todo caso, se puede decir que los socialdemócratas lograron inclinar el ánimo de los obreros a su favor. Mañana se espera una gran reunión. Es posible que haya dos o tres mil personas. Hay que esperar en los próximos días una manifestación grandiosa, algo parecido a la de julio en el sur en 1903. Está en huelga la fábrica de la Sociedad Franco-Rusa, unos cuatro o cinco mil hombres. Se dice que ha comenzado una huelga en la fábrica de hilados de algodón Stieglitz, unos cinco mil. Se espera una huelga en la fábrica Obújovski, cinco o seis mil».

Comparando estas informaciones del socialdemócrata, miembro del comité local (que, por supuesto, solo podía saber con exactitud de los acontecimientos en una pequeña parte de Petersburgo), con las informaciones de los periódicos extranjeros, especialmente ingleses, debemos sacar la conclusión de que estos últimos se distinguen por una considerable exactitud.

La huelga crecía día a día con rapidez vertiginosa. Los obreros organizaban multitud de asambleas y elaboraban su «Carta», sus reivindicaciones económicas y políticas. Unas y otras, a pesar de la dirección de los zubatovistas, coincidían en general con las reivindicaciones del programa del partido socialdemócrata, hasta la consigna de la convocatoria de una asamblea constituyente sobre la base del sufragio universal, directo, igual y secreto. El crecimiento espontáneo de una huelga sin precedentes por sus dimensiones dejaba muy, muy atrás la participación planificada en el movimiento de los socialdemócratas organizados. Pero demos la palabra a ellos mismos.

**7. La víspera del sangriento domingo**

En nuestro relato sobre el curso del movimiento nos detuvimos en cómo, por iniciativa de Gapón, se fijó para el domingo 9 de enero la marcha de las masas obreras al Palacio de Invierno para presentar una «petición» al zar sobre la convocatoria de una asamblea constituyente. La huelga en Petersburgo ya el sábado 8 de enero se había convertido en general. Incluso los datos oficiales calculaban el número de huelguistas entre 100 y 150 mil personas. Rusia no había visto aún una explosión tan gigantesca de la lucha de clases. Toda la vida industrial, comercial, social de un gigantesco centro de millón y medio de habitantes resultó paralizada. El proletariado mostraba en la práctica que él, y solo él, sostiene la civilización moderna, que con su trabajo se crean las riquezas y el lujo, que sobre él descansa toda nuestra «cultura». La ciudad se quedó sin periódicos, sin alumbrado y sin agua. Y esta huelga general tenía un carácter político claramente expresado, era el prólogo directo de los acontecimientos revolucionarios.

Así describe un testigo presencial, en una carta a nosotros, la víspera del día histórico: «Desde el 7 de enero, la huelga en Petersburgo se ha hecho general. Se han parado no solo todas las grandes fábricas y talleres, sino también muchos pequeños talleres artesanales. Hoy, 8 de enero, no ha salido ningún periódico, excepto el “Pravítelstvenny Véstnik”{85} y las “Védomosti de la Municipalidad de S. Petersburgo”{86}. La dirección del movimiento sigue hasta ahora en manos de los zubatovistas. Observamos un cuadro nunca visto en Petersburgo, y el corazón se encoge de miedo ante la incertidumbre: ¿será la organización socialdemócrata capaz de tomar el movimiento en sus manos, aunque sea después de algún tiempo? La situación es extremadamente grave. Todos estos días se celebran asambleas masivas diarias de los obreros en todos los distritos de la ciudad en los locales de la “Unión de los Obreros Rusos”. Ante ellos, las calles están llenas durante todo el día de miles de obreros. De vez en cuando, los socialdemócratas pronuncian discursos y distribuyen octavillas. Son acogidos en general con simpatía, aunque los zubatovistas intentan organizar oposición. Cuando el discurso toca la autocracia, ellos gritan: “¡Eso no nos hace falta, la autocracia no nos estorba!”. Y sin embargo, en los discursos que pronuncian los zubatovistas en los locales de la “Unión”, se exponen todas las reivindicaciones socialdemócratas, empezando por la jornada de 8 horas y terminando con la convocatoria de representantes del pueblo sobre la base del sufragio igual, directo y secreto. Solo que los zubatovistas afirman que la satisfacción de estas reivindicaciones no significa el derrocamiento de la autocracia, sino el acercamiento del pueblo al zar, la destrucción de la burocracia que separa al zar del pueblo.

Los socialdemócratas hablan también en los locales de la “Unión”, y sus discursos son acogidos con simpatía, pero la iniciativa de las propuestas prácticas parte de los zubatovistas. A pesar de las objeciones de los socialdemócratas, estas propuestas se aceptan. Se reducen a lo siguiente: el domingo 9 de enero los obreros deben dirigirse al Palacio de Invierno y entregar, a través del sacerdote Gueorgui Gapón, una petición al zar con el listado de todas las reivindicaciones obreras, que termina con las palabras: “Danos todo esto, o moriremos”. Al mismo tiempo, los dirigentes de las asambleas añaden: “Si el zar no lo da, entonces nuestras manos quedan libres; significa que es nuestro enemigo, y entonces ya nos levantaremos contra él, desplegando la bandera roja. Si se derrama nuestra sangre, caerá sobre su cabeza.” La petición es aceptada en todas partes. Los obreros juran que todos irán el domingo a la plaza “con sus mujeres e hijos”. Hoy la petición se firmará por distintos distritos, y a las 2 todos deben reunirse en la “Casa del Pueblo” para el mitin final.

Todo esto ocurre con la total permisividad de la policía; ha sido retirada de todas partes, aunque en los patios de algunos edificios hay gendarmes a caballo escondidos.

Hoy se fijan en las calles los bandos del gobernador municipal que prohíben las aglomeraciones y amenazan con la fuerza armada. Los obreros los arrancan. Las tropas se concentran en la ciudad desde los alrededores. Los empleados de los tranvías (cobradores y cocheros) fueron obligados a salir al trabajo por cosacos con los sables desenvainados.»

**8. El número de muertos y heridos**

En cuanto al número de muertos y heridos, las noticias son divergentes. De suyo se entiende que no se puede hablar de un cálculo exacto, y juzgar a ojo es muy difícil. El comunicado del gobierno sobre 96 muertos y 330 heridos es evidentemente falso, y nadie le cree. Según las últimas noticias de prensa, los periodistas presentaron el 13 de enero al ministro del Interior una lista de 4600 muertos y heridos, lista compuesta por los reporteros. Por supuesto, esta cifra tampoco puede ser completa, porque ni siquiera de día (y no digamos de noche) habría sido posible contar a todos los muertos y heridos en todos los choques.

La victoria de la autocracia sobre el pueblo desarmado costó no menos víctimas que las grandes batallas en Manchuria. No en vano, como informan todos los corresponsales extranjeros, los obreros de Petersburgo gritaban a los oficiales que luchaban con más éxito contra el pueblo ruso que contra los japoneses.

**9. Las batallas en las barricadas{87}**

Como ya hemos visto, las informaciones de los corresponsales hablan con más frecuencia de barricadas en la isla Vasílievski, y en parte en la Avenida Nevski. El comunicado del gobierno, aparecido el 10 (23) de enero, lunes, dice: «La multitud levantaba barricadas con obstáculos de alambre, con banderas rojas en la carretera de Shlisselburg, luego junto a la barrera de Narva, en el puente Tróitski, junto al jardín Aleksándrovski, junto a los parques de la Avenida Nevski. Desde las ventanas de las casas vecinas arrojaban piedras y disparaban contra la tropa. La multitud arrebataba las armas a los policías. La fábrica de armas Schof fue saqueada. En el primer y segundo sector de la isla Vasílievski, la multitud cortaba los hilos telegráficos y derribaba los postes de telégrafo. Fue destruida una comisaría de policía.»

Un corresponsal francés telegrafió el domingo a las 2:50: «El tiroteo continúa. Las tropas, al parecer, han perdido completamente la cabeza. Al cruzar el Nevá, vi varias hogueras de señal y oí el estruendo de descargas de fusilería. En la isla Vasílievski, las barricadas están iluminadas por hogueras encendidas por los huelguistas. No consigo pasar más adelante. El siniestro sonido del clarín significa la orden de disparar. Un batallón de soldados, con las bayonetas caladas, toma al asalto una barricada hecha de trineos amontonados. Se produce una verdadera carnicería. Alrededor de un centenar de obreros quedan tendidos en el campo de batalla. Unos cincuenta heridos prisioneros pasan ante mí. Un oficial me amenaza con una pistola y me ordena largarme.»

Los corresponsales dan pocas descripciones detalladas de las batallas de barricadas. Es comprensible, porque los corresponsales intentaban mantenerse más o menos alejados de los lugares peligrosos. Y de los participantes en las batallas en las barricadas sobrevivieron, naturalmente, acaso muy, muy pocos. Hubo incluso informes de que la artillería disparó contra las barricadas, pero parece que no se confirma.

Se publica según el manuscrito