La Conferencia de los novoiskrovtsi no supo mantenerse en la posición anarquista que la nueva «Iskra» había llevado hasta sus últimas consecuencias (sólo «desde abajo», y no «desde abajo y desde arriba»). La incongruencia de admitir la insurrección pero no la victoria ni la participación en un gobierno revolucionario provisional saltaba demasiado a la vista. Por eso la resolución introdujo atenuantes y restricciones a la solución del problema dada por Martínov y Mártov. Examinemos estas salvedades, expuestas en la siguiente parte de la resolución:

«Esta táctica (“permanecer como partido de extrema oposición revolucionaria”), por supuesto, no excluye en absoluto la conveniencia de una toma parcial y episódica del poder y de la formación de comunas revolucionarias en tal o cual ciudad, en tal o cual distrito, con los fines excepcionales de contribuir a la extensión de la insurrección y a la desorganización del gobierno.»

Si es así, significa que en principio se admite la acción no sólo desde abajo, sino también desde arriba. Significa que la tesis expuesta por L. Mártov en un conocido artículo de «Iskra» (núm. 93) queda refutada y se reconoce como acertada la táctica del periódico «Vperiod»: no sólo «desde abajo», sino también «desde arriba».

Además, la toma del poder (aunque sea parcial, episódica, etc.) supone evidentemente la participación no sólo de la socialdemocracia ni del proletariado únicamente. Ello se desprende del hecho de que en la revolución democrática está interesado y toma parte activa no sólo el proletariado. Se desprende de que la insurrección es «popular», como se dice al comienzo de la resolución que examinamos, y de que en ella participan también «grupos no proletarios» (expresión de la resolución de los conferencistas sobre la insurrección), es decir, la burguesía. Por tanto, el principio de que toda participación de los socialistas, junto con la pequeña burguesía, en un gobierno revolucionario provisional es una traición a la clase obrera, ha sido arrojado por la borda por la Conferencia, tal como lo exigía «Vperiod». La «traición» no deja de ser traición por el hecho de que el acto que la constituye sea parcial, episódico, limitado a un distrito, etc. De modo que la equiparación de la participación en un gobierno revolucionario provisional al vulgar jauresismo ha sido arrojada por la borda por la Conferencia, tal como lo exigía «Vperiod»{28}. Un gobierno no deja de ser gobierno por el hecho de que su poder no se extienda a muchas ciudades, sino a una sola, ni a muchos distritos, sino a uno solo, ni tampoco por el nombre que reciba. Así pues, la formulación de principio que intentaba dar la nueva «Iskra» ha sido abandonada por la Conferencia.

Veamos ahora si son razonables las restricciones que la Conferencia impone a la formación de gobiernos revolucionarios y a la participación en ellos, admitidos ahora en principio. No sabemos en qué se diferencia el concepto de «episódico» del de «provisional». Tememos que con este término extranjero y «nuevo» se encubra simplemente la falta de una idea clara. Parece «más profundo», pero en realidad es sólo más oscuro y confuso. ¿En qué se diferencia la «conveniencia» de una «toma del poder» parcial en una ciudad o distrito de la participación en el gobierno revolucionario provisional de todo un Estado? ¿Acaso entre las «ciudades» no hay una como Petersburgo, donde tuvo lugar el 9 de enero? ¿Acaso entre los distritos no figura el Cáucaso, que es mayor que muchos Estados? ¿Acaso las tareas (que tanto inquietaban antes a la nueva «Iskra») de ocuparse de las cárceles, la policía, el fisco, etc., etc., no se plantean ante nosotros en caso de «toma del poder» incluso en una sola ciudad, por no hablar ya de un distrito? Nadie negará, desde luego, que cuando las fuerzas son insuficientes, cuando la insurrección no alcanza un éxito pleno ni su victoria es decisiva, son posibles gobiernos revolucionarios parciales, urbanos o de otro tipo, de carácter provisional. Pero ¿a qué viene esto, señores? ¿No decís vosotros mismos, al comienzo de la resolución, que se trata de la «victoria decisiva de la revolución», de la «insurrección popular victoriosa»? ¿Desde cuándo los socialdemócratas asumen la misión de los anarquistas: dispersar la atención y los objetivos del proletariado, orientarle hacia lo «parcial» y no hacia lo universal, único, íntegro y total? Al suponer la «toma del poder» en una ciudad, habláis vosotros mismos de la «extensión de la insurrección»... ¿a otra ciudad, nos atrevemos a pensar? ¿a todas las ciudades, nos es lícito esperar? Vuestras conclusiones, señores, son tan vacilantes y fortuitas, contradictorias y confusas como vuestras premisas. El III Congreso del POSDR dio una respuesta exhaustiva y clara a la cuestión del gobierno revolucionario provisional en general. Esta respuesta abarca también todos los gobiernos provisionales parciales. En cambio, la respuesta de la Conferencia, al separar de manera artificial y arbitraria una parte del problema, no hace sino eludir (aunque sin éxito) la cuestión en su conjunto y siembra la confusión.

¿Qué significa «comunas revolucionarias»? ¿Se distingue este concepto del de «gobierno revolucionario provisional» y, en caso afirmativo, en qué? Los propios señores conferencistas lo ignoran. La confusión de su pensamiento revolucionario les conduce, como sucede a menudo, a la fraseología revolucionaria. Sí, el empleo de la expresión «comuna revolucionaria» en una resolución de representantes de la socialdemocracia es una frase revolucionaria y nada más. Marx condenó repetidas veces esa fraseología, cuando con un término «seductor» de un pasado ya caduco se ocultan las tareas del futuro. El atractivo de un término que ha desempeñado un papel en la historia se convierte en estos casos en una vacua y dañina hojarasca, en un cascabel. Debemos dar a los obreros y a todo el pueblo una idea clara e inequívoca de por qué queremos la instauración de un gobierno revolucionario provisional; qué transformaciones realizaremos, si ejercemos una influencia decisiva sobre el poder, mañana mismo, tras el desenlace victorioso de la insurrección popular ya iniciada. He aquí los problemas que tienen planteados los dirigentes políticos.

El III Congreso del POSDR responde a estas preguntas con la máxima claridad, ofreciendo el programa completo de esas transformaciones: nuestro programa mínimo del partido. En cambio, la palabra «comuna» no da ninguna respuesta y no hace más que embrollar las cabezas con un eco lejano... o con una vacua sonoridad. Cuanto más estimada sea para nosotros, digamos, la Comuna de París de 1871, más inadmisible es despachar el asunto con una simple referencia a ella, sin analizar sus errores y sus condiciones particulares. Proceder así equivaldría a repetir el necio ejemplo de los blanquistas puestos en ridículo por Engels, quienes (en 1874, en su «manifiesto») se postraban ante cada acto de la Comuna{29}. ¿Qué dirá el conferencista al obrero cuando éste le pregunte sobre esa «comuna revolucionaria» mencionada en la resolución? Sólo podrá decir que en la historia se conoce con ese nombre un gobierno obrero que no supo ni pudo distinguir entonces los elementos de la transformación democrática y de la transformación socialista, que confundió las tareas de la lucha por la república con las de la lucha por el socialismo, que no supo resolver la tarea de una enérgica ofensiva militar contra Versalles, que cometió el error de no apoderarse del Banco de Francia, etc. En una palabra, ya os remitáis en vuestra respuesta a la Comuna de París o a cualquier otra, nuestra respuesta será: fue un gobierno como el nuestro no debe ser. ¡Vaya respuesta, no hay más que decir! ¿No atestigua esto un afán libresco de razonar y la impotencia del revolucionario, cuando el programa práctico del partido se silencia y, fuera de lugar, se empieza a impartir una lección de historia en la resolución? ¿No revela esto precisamente el error que, sin éxito, trataban de imputarnos: la confusión de la revolución democrática y la revolución socialista, que ninguna de las «comunas» distinguía?

Como objetivo del gobierno provisional (tan inoportunamente llamado comuna) se señala «exclusivamente» la extensión de la insurrección y la desorganización del gobierno. Este «exclusivamente» descarta, según el sentido literal de la palabra, todas las demás tareas, siendo un resabio de la absurda teoría de «sólo desde abajo». Semejante eliminación de las demás tareas es, una vez más, miopía y falta de reflexión. Una «comuna revolucionaria», es decir, un poder revolucionario aunque sea en una sola ciudad, deberá desempeñar inevitablemente (aunque sea con carácter provisional, «parcial, episódico») todas las funciones estatales, y esconder aquí la cabeza bajo el ala es el colmo de la insensatez. Ese poder deberá tanto legalizar la jornada laboral de ocho horas, como establecer la inspección obrera en las fábricas, implantar la enseñanza general gratuita, introducir la elegibilidad de los jueces, formar los comités campesinos, etc.; en una palabra, deberá llevar a cabo forzosamente una serie de reformas. Subsumir estas reformas bajo el concepto de «contribución a la extensión de la insurrección» equivaldría a jugar con las palabras y reforzar adrede la oscuridad allí donde se necesita una claridad completa.

La parte final de la resolución novoiskrovista no proporciona material nuevo para la crítica de las tendencias de principio del «economismo» resurgido en nuestro partido, pero ilustra desde un ángulo algo distinto lo dicho anteriormente.

He aquí esa parte:

«Sólo en un caso debería la socialdemocracia, por iniciativa propia, dirigir sus esfuerzos a conquistar el poder y, en la medida de lo posible, retenerlo por más tiempo en sus manos: precisamente en el caso de que la revolución se extendiera a los países avanzados de Europa Occidental, en los que las condiciones para la realización del socialismo han alcanzado ya cierta (?) madurez. En este caso, los estrechos límites históricos de la revolución rusa pueden ampliarse considerablemente y surgir la posibilidad de emprender el camino de las transformaciones socialistas.

Al construir su táctica pensando en conservar, para el partido socialdemócrata, durante todo el período revolucionario, la posición de oposición revolucionaria extrema frente a todos los gobiernos que se sucedan en el curso de la revolución, la socialdemocracia puede prepararse de la mejor manera también para utilizar el poder gubernamental si éste llegara a caer (??) en sus manos.»

La idea fundamental aquí es la que formuló repetidamente «Vperiod» al afirmar que no debemos temer (como teme Martínov) la victoria completa de la socialdemocracia en la revolución democrática, es decir, la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, porque semejante victoria nos dará la posibilidad de levantar a Europa, y el proletariado socialista europeo, al sacudirse el yugo de la burguesía, nos ayudará a su vez a realizar la revolución socialista. Pero mirad cómo esta idea ha sido empeorada en la exposición de los novoiskrovtsi. No nos detendremos en detalles: en el absurdo de que el poder pueda «caer» en manos de un partido consciente que considera nociva la táctica de la toma del poder; en que en Europa las condiciones para el socialismo no han alcanzado una madurez determinada, sino la madurez en general; en que nuestro programa del partido no conoce transformaciones socialistas, sino sólo la revolución socialista. Tomemos la diferencia principal y fundamental entre la idea de «Vperiod» y la resolución. «Vperiod» señalaba al proletariado revolucionario de Rusia una tarea activa: triunfar en la lucha por la democracia y aprovechar esa victoria para trasladar la revolución a Europa. La resolución no comprende esta vinculación de nuestra «victoria decisiva» (no en el sentido novoiskrovista) con la revolución en Europa, y por eso no habla de las tareas del proletariado, de las perspectivas de su victoria, sino de una de las posibilidades en general: «en caso de que la revolución se extendiera»... «Vperiod» indicaba directa y claramente – indicaciones que se incorporaron a la resolución del III Congreso del POSDR – cómo se puede y se debe «utilizar el poder gubernamental» en interés del proletariado, teniendo en cuenta lo que se puede realizar de inmediato en la presente etapa del desarrollo social y lo que es necesario realizar primero, como premisa democrática de la lucha por el socialismo. También en esto la resolución se limita a ir irremediablemente a la zaga, diciendo: «puede prepararse para la utilización», pero sin saber decir cómo puede, cómo prepararse ni para qué utilización. No dudamos, por ejemplo, de que los novoiskrovtsi «pueden prepararse para la utilización» de una posición dirigente en el partido, pero el quid de la cuestión es que hasta ahora su experiencia de esta utilización, su preparación, no permiten albergar esperanzas de que la posibilidad se convierta en realidad...

«Vperiod» decía con precisión en qué consiste concretamente la «posibilidad real de retener el poder en sus manos»: en la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado, en su fuerza de masas conjunta, capaz de superar a todas las fuerzas de la contrarrevolución, en su inevitable coincidencia de intereses en cuanto a las transformaciones democráticas. La resolución de la Conferencia tampoco aquí aporta nada positivo, limitándose a eludir el problema. Pues la posibilidad de retener el poder en Rusia debe estar condicionada por la composición de las fuerzas sociales de la propia Rusia, por las condiciones de la revolución democrática que está teniendo lugar actualmente entre nosotros. Pues la victoria del proletariado en Europa (y desde el traslado de la revolución a Europa hasta la victoria del proletariado aún hay una distancia de cierta magnitud) provocará una lucha contrarrevolucionaria desesperada de la burguesía rusa; la resolución de los novoiskrovtsi no dice ni una palabra sobre esta fuerza contrarrevolucionaria, cuyo significado ha sido valorado en la resolución del III Congreso del POSDR. Si, en la lucha por la república y la democracia, no pudiéramos apoyarnos, además de en el proletariado, también en el campesinado, la empresa de «retener el poder» sería desesperada. Pero si no es desesperada, si la «victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo» abre tal posibilidad, entonces debemos señalarla, llamar activamente a convertirla en realidad, lanzar consignas prácticas no sólo para el caso de que la revolución se extienda a Europa, sino también para lograr esa extensión. En los partidarios de ir a la zaga de la socialdemocracia, la referencia a los «estrechos límites históricos de la revolución rusa» no hace más que encubrir la estrechez de su comprensión de las tareas de esta revolución democrática y del papel dirigente del proletariado en ella.

Una de las objeciones contra la consigna de «dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado» consiste en que la dictadura presupone una «voluntad única» («Iskra» núm. 95), y no puede haber una voluntad única entre el proletariado y la pequeña burguesía. Esta objeción es insostenible, porque se basa en una interpretación abstracta, «metafísica», del concepto de «voluntad única». Hay voluntad única en un aspecto y no única en otro. La ausencia de unidad en las cuestiones del socialismo y en la lucha por el socialismo no excluye la unidad de voluntad en las cuestiones del democratismo y en la lucha por la república. Olvidarlo significaría olvidar la diferencia lógica e histórica entre la revolución democrática y la revolución socialista. Olvidarlo significaría olvidar el carácter popular general de la revolución democrática: si es «popular general», entonces significa que hay «unidad de voluntad» precisamente en la medida en que esta revolución satisface necesidades y exigencias populares generales. Más allá de los límites del democratismo no puede hablarse de unidad de voluntad entre el proletariado y la burguesía campesina. La lucha de clases entre ellos es inevitable, pero sobre el terreno de la república democrática esta lucha será la más profunda y la más amplia lucha popular por el socialismo. La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado tiene, como todo en el mundo, un pasado y un futuro. Su pasado: la autocracia, la servidumbre, la monarquía, los privilegios. En la lucha contra este pasado, en la lucha contra la contrarrevolución, es posible la «unidad de voluntad» del proletariado y el campesinado, porque hay unidad de intereses.

Su futuro: la lucha contra la propiedad privada, la lucha del obrero asalariado contra el patrono, la lucha por el socialismo. Aquí es imposible la unidad de voluntad[38]. Aquí tenemos ante nosotros no el camino de la autocracia a la república, sino el camino de la república democrática pequeñoburguesa al socialismo.

Por supuesto, en una situación histórica concreta, se entrelazan los elementos del pasado y del futuro, se mezclan uno y otro camino. El trabajo asalariado y su lucha contra la propiedad privada existen también bajo la autocracia, e incluso surgen bajo el régimen de servidumbre. Pero esto no impide en absoluto que distingamos lógica e históricamente las grandes fases del desarrollo. Pues todos contraponemos la revolución burguesa y la revolución socialista, todos insistimos de manera absoluta en la necesidad de distinguirlas con el máximo rigor, pero ¿acaso se puede negar que en la historia se entrelazan elementos particulares y aislados de una y otra revolución? ¿Acaso la época de las revoluciones democráticas en Europa no conoce una serie de movimientos socialistas e intentos socialistas? ¿Y acaso no le queda aún a la futura revolución socialista en Europa mucho por completar en el sentido del democratismo?

Un socialdemócrata no debe olvidar jamás, ni por un instante, la inevitable lucha de clases del proletariado por el socialismo contra la burguesía más democrática y republicana y contra la pequeña burguesía. Esto es indiscutible. De aquí se deriva la obligatoriedad incondicional de un partido socialdemócrata de clase, separado e independiente. De aquí se deriva el carácter temporal de nuestro «golpear juntos» con la burguesía, el deber de vigilar estrictamente «al aliado como a un enemigo», etc. Todo esto tampoco admite la menor duda. Pero de aquí sería ridículo y reaccionario deducir el olvido, la ignorancia o el desdén de las tareas apremiantes en relación con el presente, aunque sean transitorias y temporales. La lucha contra la autocracia es una tarea temporal y transitoria de los socialistas, pero todo menosprecio o desdén hacia esta tarea equivale a una traición al socialismo y a un servicio a la reacción. La dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado es, desde luego, sólo una tarea transitoria y temporal de los socialistas, pero ignorar esta tarea en la época de la revolución democrática es directamente reaccionario.

Las tareas políticas concretas deben plantearse en una situación concreta. Todo es relativo, todo fluye, todo cambia. La socialdemocracia alemana no incluye en su programa la reivindicación de la república. Allí la situación es tal que este problema difícilmente puede separarse en la práctica del problema del socialismo (aunque, respecto a Alemania, Engels, en sus observaciones al proyecto de Programa de Erfurt de 1891, advertía contra la subestimación de la importancia de la república y de la lucha por la república{30}). En la socialdemocracia rusa ni siquiera se planteó la cuestión de eliminar la reivindicación de la república del programa y de la agitación, pues entre nosotros no puede hablarse de una vinculación indisoluble entre el problema de la república y el problema del socialismo. El socialdemócrata alemán de 1898 que no pone en primer plano el problema específico de la república es un fenómeno natural, que no provoca asombro ni condena. El socialdemócrata alemán que en 1848 hubiera dejado en la sombra el problema de la república habría sido un traidor directo a la revolución. No existe la verdad abstracta. La verdad siempre es concreta.

Llegará el momento – termine la lucha contra la autocracia rusa, pase para Rusia la época de la revolución democrática – y entonces será ridículo hablar de «unidad de voluntad» del proletariado y el campesinado, de dictadura democrática, etc. Entonces pensaremos directamente en la dictadura socialista del proletariado y hablaremos más detenidamente de ella. Ahora, en cambio, el partido de la clase avanzada no puede dejar de aspirar del modo más enérgico a la victoria decisiva de la revolución democrática sobre el zarismo. Y la victoria decisiva no es otra cosa que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado.

1) Recordamos al lector que en la polémica de «Iskra» con «Vperiod», la primera aludía, entre otras cosas, a la carta de Engels a Turati, en la que Engels prevenía (al futuro) líder de los reformistas italianos contra la confusión de la revolución democrática y la revolución socialista. La revolución que se avecinaba en Italia, escribía Engels refiriéndose a la situación política de Italia en 1894, sería una revolución pequeñoburguesa, democrática, y no socialista{32}. «Iskra» reprochaba a «Vperiod» apartarse del principio establecido por Engels. Este reproche es incorrecto, pues «Vperiod» (núm. 14) reconocía plenamente, en términos generales, la justeza de la teoría de Marx sobre la diferencia de las tres fuerzas principales de las revoluciones del siglo XIX[39]. Según esta teoría, contra el viejo orden, la autocracia, el feudalismo, la servidumbre, se alzan: 1) la gran burguesía liberal; 2) la pequeña burguesía radical; 3) el proletariado. La primera lucha a lo sumo por una monarquía constitucional; la segunda, por la república democrática; el tercero, por la revolución socialista. La confusión de la lucha pequeñoburguesa por una revolución democrática completa con la lucha proletaria por la revolución socialista amenaza al socialista con un fracaso político. Esta advertencia de Marx es completamente acertada. Pero precisamente la consigna de las «comunas revolucionarias» es errónea por esa causa, ya que las comunas conocidas en la historia confundían precisamente la revolución democrática y la revolución socialista. Por el contrario, nuestra consigna: dictadura democrática revolucionaria del proletariado y el campesinado garantiza plenamente contra ese error. Al reconocer incondicionalmente el carácter burgués de la revolución, incapaz de salir directamente de los marcos de una revolución meramente democrática, nuestra consigna impulsa hacia adelante esta revolución dada, tiende a darle las formas más ventajosas para el proletariado, tiende, por consiguiente, a la máxima utilización de la revolución democrática en pro de la ulterior lucha exitosa del proletariado por el socialismo.