La resolución del III Congreso del POSDR, como se desprende de su título, está dedicada entera y exclusivamente a la cuestión del gobierno revolucionario provisional. Esto significa que la participación de los socialdemócratas en el gobierno revolucionario provisional entra aquí como parte de la cuestión. Por otra parte, se trata solo del gobierno revolucionario provisional, de ninguna otra cosa; por consiguiente, aquí no entra en absoluto la cuestión, por ejemplo, de la «conquista del poder» en general, etc. ¿Obró correctamente el congreso al apartar esta última cuestión y otras similares? Indudablemente, correcto, pues semejantes cuestiones no son planteadas en modo alguno en el orden del día por la situación política de Rusia. Por el contrario, todo el pueblo ha puesto en el orden del día el derrocamiento de la autocracia y la convocatoria de una asamblea constituyente. Los congresos del partido deben someter a resolución no aquellas cuestiones que han sido rozadas oportuna o inoportunamente por tal o cual literato, sino aquellas que tienen una seria importancia política en virtud de las condiciones del momento y como consecuencia del curso objetivo del desarrollo social.

¿Qué importancia tiene el gobierno revolucionario provisional en la presente revolución y en la lucha general del proletariado? La resolución del congreso lo explica, señalando desde el principio la necesidad de «una libertad política lo más completa posible», tanto desde el punto de vista de los intereses inmediatos del proletariado como desde el punto de vista de los «fines últimos del socialismo». Y la plena libertad política exige la sustitución de la autocracia zarista por la república democrática, como ya ha sido reconocido por nuestro programa del partido. El subrayar la consigna de la república democrática en la resolución del congreso es necesario lógica y de principio, pues el proletariado, como luchador de vanguardia por la democracia, aspira precisamente a la libertad completa; además, este subrayado es tanto más oportuno en el momento actual, cuanto que precisamente ahora comparecen bajo la bandera del «democratismo» los monárquicos, a saber: el llamado partido constitucional-«democrático» o «liberacionista». Para la instauración de la república es absolutamente necesaria una asamblea de representantes del pueblo, además, obligatoriamente de todo el pueblo (sobre la base del sufragio universal, igual y directo con voto secreto) y constituyente. Esto mismo reconoce la resolución del congreso más adelante. Pero no se limita a esto. Para instituir un nuevo orden, «que exprese realmente la voluntad del pueblo», no es suficiente llamar constituyente a la asamblea representativa. Es necesario que esta asamblea tenga el poder y la fuerza para «constituir». Consciente de ello, la resolución del congreso no se limita a la consigna formal de «asamblea constituyente», sino que añade las condiciones materiales, las únicas bajo las cuales es posible el verdadero cumplimiento de su tarea por esta asamblea. Tal indicación de las condiciones bajo las cuales la asamblea constituyente de palabra puede llegar a ser constituyente de hecho, es urgentemente necesaria, porque la burguesía liberal, en la persona del partido constitucional-monárquico, tergiversa a sabiendas, como ya hemos señalado repetidas veces, la consigna de la asamblea constituyente de todo el pueblo, reduciéndola a una frase vacía.

La resolución del congreso dice que solo un gobierno revolucionario provisional, y precisamente uno que sea el órgano de una insurrección popular victoriosa, es capaz de asegurar la plena libertad de la agitación preelectoral y de convocar una asamblea que exprese realmente la voluntad del pueblo. ¿Es correcta esta tesis? Quien pretendiera impugnarla, tendría que afirmar que el gobierno zarista puede no tender una mano a la reacción, que es capaz de ser neutral en las elecciones, que puede preocuparse de la expresión real de la voluntad del pueblo. Tales afirmaciones son tan absurdas que nadie las defenderá abiertamente, pero a escondidas las promueven, bajo bandera liberal, precisamente nuestros liberacionistas. La asamblea constituyente debe ser convocada por alguien; la libertad y la corrección de las elecciones deben ser aseguradas por alguien; la fuerza y el poder a esta asamblea deben ser entregados plenamente por alguien: solo un gobierno revolucionario, que sea el órgano de la insurrección, puede querer esto con toda sinceridad y estar en condiciones de hacer todo para su realización. El gobierno zarista se opondrá inevitablemente a esto. Un gobierno liberal, que haya entrado en un arreglo con el zar y no se apoye totalmente en la insurrección popular, no es capaz ni de quererlo con sinceridad ni de realizarlo, incluso con el deseo más sincero. La resolución del congreso da, pues, la única consigna democrática correcta y plenamente consecuente.

Pero la valoración de la importancia del gobierno revolucionario provisional sería incompleta e incorrecta si se perdiera de vista el carácter de clase de la revolución democrática. Por eso, la resolución añade que la revolución reforzará la dominación de la burguesía. Esto es inevitable bajo el actual, es decir, capitalista, régimen económico-social. Y como resultado del reforzamiento de la dominación de la burguesía sobre un proletariado políticamente más o menos libre, debe ser inevitable una lucha desesperada entre ellos por el poder, deben ser inevitables los intentos desesperados de la burguesía de «arrebatar al proletariado las conquistas del período revolucionario». Luchando por la democracia a la cabeza de todos y al frente de todos, el proletariado no debe olvidar ni por un minuto, por lo tanto, las nuevas contradicciones que se ocultan en el seno de la democracia burguesa y la nueva lucha.

La importancia del gobierno revolucionario provisional ha sido valorada, así, en la parte de la resolución que hemos examinado, plenamente: tanto en su relación con la lucha por la libertad y por la república, como en su relación con la asamblea constituyente, y en su relación con la revolución democrática, que despeja el terreno para una nueva lucha de clases.

Se plantea a continuación, cuál debe ser la posición del proletariado en general con respecto al gobierno revolucionario provisional. La resolución del congreso responde a esto, ante todo, con un consejo directo al partido de difundir en la clase obrera la convicción de la necesidad de un gobierno revolucionario provisional. La clase obrera debe tomar conciencia de esta necesidad. Mientras la burguesía «democrática» deja en la sombra la cuestión del derrocamiento del gobierno zarista, nosotros debemos colocarla en primer plano e insistir en la necesidad de un gobierno revolucionario provisional. Más aún, debemos señalar el programa de acción de este gobierno, que corresponda a las condiciones objetivas del momento histórico que vivimos y a las tareas de la democracia proletaria. Este programa es todo el programa mínimo de nuestro partido, el programa de las transformaciones políticas y económicas inmediatas, plenamente realizables, por una parte, sobre la base de las relaciones económico-sociales dadas, y necesarias, por otra parte, para dar un nuevo paso adelante, para la realización del socialismo.

Así, la resolución aclara plenamente el carácter y el objetivo del gobierno revolucionario provisional. Por su origen y carácter fundamental, este gobierno debe ser el órgano de la insurrección popular. Por su designación formal, debe ser el instrumento para la convocatoria de la asamblea constituyente de todo el pueblo. Por el contenido de su actividad, debe realizar el programa mínimo de la democracia proletaria, como el único capaz de asegurar los intereses del pueblo que se ha alzado contra la autocracia.

Puede objetarse que un gobierno provisional, siendo provisional, no puede llevar a cabo un programa positivo que aún no ha sido aprobado por todo el pueblo. Tal objeción no sería más que un sofisma de reaccionarios y «autocráticos». No llevar a cabo ningún programa positivo significa tolerar la existencia de los regímenes feudales de la autocracia podrida. Semejantes regímenes solo podría tolerarlos un gobierno de traidores a la causa de la revolución, y no un gobierno que sea el órgano de la insurrección popular. Sería una burla que alguien propusiera renunciar a la realización efectiva de la libertad de reunión hasta que esta libertad sea reconocida por la asamblea constituyente, ¡bajo el pretexto de que la asamblea constituyente podría no reconocer la libertad de reunión! La misma burla es la objeción contra la realización inmediata del programa mínimo por el gobierno revolucionario provisional.

Observemos, por último, que, al plantear como tarea del gobierno revolucionario provisional la realización del programa mínimo, la resolución elimina con ello las absurdas ideas semianarquistas sobre la realización inmediata del programa máximo, sobre la conquista del poder para la revolución socialista. El grado de desarrollo económico de Rusia (condición objetiva) y el grado de conciencia y organización de las amplias masas del proletariado (condición subjetiva, indisolublemente ligada a la objetiva) hacen imposible la liberación completa e inmediata de la clase obrera. Solo las personas más ignorantes pueden ignorar el carácter burgués de la revolución democrática en curso; – solo los optimistas más ingenuos pueden olvidar cuán poco sabe aún la masa obrera sobre los fines del socialismo y los modos de su realización. Y todos nosotros estamos convencidos de que la liberación de los obreros puede ser obra únicamente de los propios obreros; sin la conciencia y la organización de las masas, sin su preparación y educación mediante la lucha de clase abierta contra toda la burguesía, no puede haber ni siquiera discurso sobre la revolución socialista. Y en respuesta a las objeciones anarquistas de que supuestamente aplazamos la revolución socialista, diremos: no la aplazamos, sino que damos el primer paso hacia ella del único modo posible, por el único camino correcto, precisamente por el camino de la república democrática. Quien quiera ir hacia el socialismo por otro camino, al margen de la democracia política, llega inevitablemente a conclusiones absurdas y reaccionarias, tanto en el sentido económico como en el político. Si uno u otro obrero nos preguntara en el momento oportuno: ¿por qué no realizar el programa máximo?, les responderíamos señalando cuán ajenas son aún al socialismo las masas del pueblo con talante democrático, cuán poco desarrolladas están aún las contradicciones de clase, cuán desorganizados están aún los proletarios. ¡Organizad a cientos de miles de obreros en toda Rusia, difundid la simpatía por vuestro programa entre millones! Intentad hacerlo, sin limitaros a frases anarquistas sonoras pero vacías, – y veréis en seguida que la realización de esta organización, que la difusión de esta instrucción socialista depende de la realización lo más completa posible de las transformaciones democráticas.

Sigamos adelante. Una vez aclarada la importancia del gobierno revolucionario provisional y la actitud del proletariado hacia él, surge la siguiente cuestión: ¿es admisible y en qué condiciones nuestra participación en él (acción desde arriba)? ¿Cuál debe ser nuestra acción desde abajo? La resolución da respuestas precisas a ambas cuestiones. Declara resueltamente que, en principio, la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional (en la época de la revolución democrática, en la época de la lucha por la república) es admisible. Con esta declaración nos separamos de manera irrevocable tanto de los anarquistas, que responden a esta cuestión en sentido negativo por principio, como de los seguidistas de la socialdemocracia (como Martínov y los neoiskristas), que nos asustaban con la perspectiva de una situación en la que esta participación pudiera resultar necesaria para nosotros. Con esta declaración, el III Congreso del POSDR rechazó de manera irrevocable aquella idea de la nueva «Iskra» de que la participación de los socialdemócratas en el gobierno revolucionario provisional es una variedad de millerandismo{9}, de que eso es inadmisible por principio, como una consagración del orden burgués, etc.

Pero la cuestión de la admisibilidad de principio, por supuesto, no resuelve todavía la cuestión de la conveniencia práctica. ¿Bajo qué condiciones es conveniente este nuevo tipo de lucha, de lucha «desde arriba», reconocido por el congreso del partido? Por supuesto, no hay posibilidad de hablar ahora sobre condiciones concretas, como la correlación de fuerzas, etc., y la resolución, naturalmente, renuncia a la determinación previa de estas condiciones. Ninguna persona razonable se comprometerá a predecir algo sobre la cuestión que nos interesa en el momento actual. Se puede y se debe determinar el carácter y el objetivo de nuestra participación. La resolución hace precisamente esto, señalando dos objetivos de la participación: 1) la lucha despiadada contra los intentos contrarrevolucionarios y 2) la defensa de los intereses independientes de la clase obrera. Mientras los burgueses liberales comienzan a hablar celosamente sobre la psicología de la reacción (véase la instructivísima «Carta abierta» del Sr. Struve en el núm. 71 de «Osvobozhdenie»), esforzándose por asustar al pueblo revolucionario e inducirlo a la contemporización respecto a la autocracia, – en este momento es especialmente oportuno que el partido del proletariado recuerde la tarea de la verdadera guerra contra la contrarrevolución. Las grandes cuestiones de la libertad política y de la lucha de clases las decide, en última instancia, solo la fuerza, y debemos preocuparnos de la preparación, de la organización de esta fuerza y de su empleo activo, no solo defensivo, sino también ofensivo. La larga época de reacción política que reina en Europa casi ininterrumpidamente desde los tiempos de la Comuna de París nos ha familiarizado demasiado con la idea de la acción solo «desde abajo», nos ha acostumbrado demasiado a observar solo la lucha defensiva. Hemos entrado ahora, indudablemente, en una nueva época; ha comenzado un período de conmociones políticas y revoluciones. En un período como el que atraviesa Rusia, es inadmisible limitarse al viejo esquema. Hay que propagar la idea de la acción desde arriba, hay que prepararse para las acciones más enérgicas, ofensivas, hay que estudiar las condiciones y las formas de tales acciones. De estas condiciones, la resolución del congreso pone en primer plano dos: una se refiere al aspecto formal de la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional (el control estricto del partido sobre sus representantes plenipotenciarios), la otra – al carácter mismo de esta participación (no perder de vista ni por un minuto el objetivo de la revolución socialista completa).

Habiendo aclarado así, desde todos los lados, la política del partido en la acción «desde arriba», – este nuevo modo de lucha, casi nunca visto hasta ahora, – la resolución prevé también el caso en que no logremos actuar desde arriba. Actuar desde abajo sobre el gobierno revolucionario provisional estamos obligados en todo caso. Para tal presión desde abajo, el proletariado debe estar armado, – pues en el momento revolucionario la situación llega con especial rapidez a la guerra civil directa, – y dirigido por la socialdemocracia. El objetivo de su presión armada es «la salvaguardia, el afianzamiento y la ampliación de las conquistas de la revolución», es decir, de aquellas conquistas que, desde el punto de vista de los intereses del proletariado, deben consistir en la realización de todo nuestro programa mínimo.

Con esto terminamos el breve análisis de la resolución del III Congreso sobre el gobierno revolucionario provisional. Como ve el lector, esta resolución aclara tanto la importancia de la nueva cuestión, como la actitud del partido del proletariado hacia ella, y la política del partido tanto desde dentro del gobierno revolucionario provisional como desde fuera de él.

Veamos ahora la resolución correspondiente de la «conferencia».