El combate naval en el estrecho de Corea ha acaparado la atención de la prensa política de todo el mundo. Al principio, el gobierno zarista intentó ocultar la amarga verdad a sus fieles súbditos, pero pronto se convenció de la inutilidad de tal intento. Ocultar la derrota total de toda la flota rusa habría sido, de todos modos, imposible.

Al valorar la importancia política del último combate naval, nos vemos obligados a repetir lo que dijimos en el núm. 2 de *Vperiod*[88] a propósito de la caída de Port Arthur. El colapso militar total de la Rusia zarista ya era evidente entonces, pero la escuadra del Báltico aún infundía una sombra de esperanza a los patriotas rusos. Todos comprendían que el desenlace final de la guerra dependía de la victoria de una u otra parte en el mar. La autocracia veía que el desenlace desgraciado de la guerra equivalía al triunfo del "enemigo interno", es decir, al triunfo de la revolución. Por eso se jugó el todo por el todo. Se gastaron cientos de millones de rublos en el envío urgente de la escuadra del Báltico. Se reunió una tripulación de aquí y de allá, se terminaron apresuradamente los últimos preparativos de los buques de guerra para la travesía, se aumentó el número de estos buques añadiendo a los nuevos y potentes acorazados "viejos arcones". La gran armada, tan enorme, tan voluminosa, absurda, impotente, monstruosa como todo el Imperio ruso, se puso en marcha, gastando sumas desorbitadas en carbón y mantenimiento, provocando las burlas generales de Europa, sobre todo después de la brillante victoria sobre las barcas de pesca, pisoteando groseramente todas las costumbres y exigencias de la neutralidad. Según los cálculos más modestos, esta armada costó hasta 300 millones de rublos, y su envío supuso otros 100 millones de rublos; en total, 400 millones de rublos tirados por la borda en esta última apuesta militar de la autocracia zarista.

Ahora, también esta última apuesta ha sido derrotada. Todos lo esperaban, pero nadie pensaba que la derrota de la flota rusa resultara un desastre tan implacable. Como un rebaño de salvajes, la armada de buques rusos se abalanzó directamente contra la flota japonesa, magníficamente armada y dotada de todos los medios de defensa más modernos. Dos días de batalla, y de los veinte buques de guerra rusos con 12-15 mil hombres de tripulación, trece fueron hundidos y destruidos, cuatro apresados, y solo uno (el *Almaz*) se salvó y llegó a Vladivostok. Pereció la mayor parte de la tripulación; fueron hechos prisioneros el "propio" Rózhdestvenski y su ayudante más cercano, Nebogátov, mientras que toda la flota japonesa salió indemne del combate, perdiendo solo tres destructores.

La flota de guerra rusa ha sido definitivamente aniquilada. La guerra está perdida sin remedio. La expulsión total de las tropas rusas de Manchuria, la toma de Sajalín y Vladivostok por los japoneses son ya solo cuestión de tiempo. Estamos ante no solo una derrota militar, sino ante el colapso militar total de la autocracia.

La significación de este colapso como el colapso de todo el sistema político del zarismo se va haciendo cada vez más clara, tanto para Europa como para todo el pueblo ruso, con cada nuevo golpe asestado por los japoneses. Todo se levanta contra la autocracia: el orgullo nacional herido de la gran y pequeña burguesía, el orgullo indignado del ejército, la amargura por la pérdida de decenas y cientos de miles de jóvenes vidas en una absurda aventura bélica, la exasperación por el despilfarro de cientos de millones del dinero del pueblo, el temor al inevitable colapso financiero y a una larga crisis económica como consecuencia de tal guerra, y el miedo ante la amenazante revolución popular, que (en opinión de la burguesía) el zar podría y debería haber evitado mediante oportunas concesiones "sensatas". Crece y se extiende la exigencia de paz, se indigna la prensa liberal, incluso los elementos más moderados, como los terratenientes de la tendencia "shípovista", empiezan a amenazar; hasta el lacayuno *Nóvoye Vremia* exige la convocatoria inmediata de representantes del pueblo.

La burguesía europea, ese firmísimo baluarte del poder zarista, empieza también a perder la paciencia. Le asustan la inevitable reagrupación de las relaciones internacionales, el creciente poderío de un Japón joven y lozano, la pérdida de un aliado militar en Europa. Le preocupa la suerte de los miles de millones que tan generosamente ha prestado a la autocracia. Le inquieta seriamente la revolución en Rusia, que agita demasiado al proletariado europeo y amenaza con un incendio revolucionario mundial. En nombre de la "amistad" con el zarismo, apela a su sensatez, insiste en la necesidad de la paz: paz con los japoneses y paz con la burguesía liberal rusa. Europa no cierra en absoluto los ojos ante el hecho de que la paz con Japón solo puede comprarse ahora a un precio muy alto, pero calcula fría y pragmáticamente que cada nuevo mes de guerra exterior y de revolución interior eleva inevitablemente ese precio y aumenta el peligro de una explosión revolucionaria tal que barrerá como una mota de polvo toda la política de "concesiones". Europa comprende que a la autocracia le es terriblemente difícil, casi imposible ya detenerse ahora, pues ha ido demasiado lejos; y he aquí que esta Europa burguesa intenta calmarse a sí misma y a su aliado con rosados sueños.

He aquí lo que escribe, por ejemplo, el periódico de la burguesía patriótica francesa, *Le Siècle*{112}, en un articulito de Cornély, titulado "El fin de una epopeya": "Ahora, cuando los rusos han sido derrotados en el mar tras una serie de derrotas en tierra, sobre su gobierno recae el deber de concluir la paz y reformar sus fuerzas militares. Los gobiernos aventureros se ven a veces obligados, en virtud de sus pretensiones o con el fin de su seguridad, a involucrar en la guerra a los pueblos sobre los que gobiernan. Y, como para tales gobiernos lo que está en juego en la lucha por la victoria es su propia existencia, exigen de sus pueblos nuevos y nuevos sacrificios, llevándolos así a la ruina final. Tal fue en Francia la historia de nuestros dos imperios. Tal sería también la historia de un tercer imperio, si se consiguiera crear uno entre nosotros.

Por el contrario, la situación del gobierno ruso no es precisamente esa; él se sostiene en las entrañas mismas del pueblo ruso, y las desgracias comunes no separan al gobierno y al pueblo, sino que los sueldan más estrechamente entre sí. El César vencido ya no es César. El zar desgraciado puede seguir siendo un zar sagrado y popular".

¡Ay, ay! La fanfarronería del chovinista tendero francés es "ya demasiado evidente"; sus afirmaciones de que la guerra no ha separado al gobierno ruso del pueblo contradicen hasta tal punto los hechos de todos conocidos, que provocan una sonrisa y parecen una astucia ingenua e inocente. Para prevenir a su amigo y aliado, el autócrata ruso, del inevitable colapso al que, como verdadero "César", se dirige ciega y tercamente, el burgués francés asegura con ternura a este César que él no debe parecerse a otros césares, que tiene todavía otra salida, mejor. "Se cree lo que se desea". La burguesía francesa desea tanto tener un aliado poderoso, el zar, que se arrulla a sí misma con el romántico cuento de hadas de la desgracia que suelda al pueblo ruso con el zar. Hablando en serio, ni el propio señor Cornély cree, naturalmente, en este cuento, y menos aún debemos nosotros tomarlo en serio.

Aventureros no solo son los gobiernos de los césares, sino también los gobiernos de monarcas legítimos de las más antiguas dinastías. En la autocracia rusa, que se ha quedado rezagada de la historia en todo un siglo, hay más de aventurerismo que en cualquiera de los imperios franceses. La autocracia precisamente de manera aventurera lanzó al pueblo a una guerra absurda y vergonzosa. Se encuentra ahora ante su merecido fin. La guerra ha abierto todas sus llagas, ha puesto al descubierto toda su podredumbre, ha mostrado su completa separación del pueblo, ha quebrantado los únicos puntales de la dominación cesarista. La guerra ha resultado un juicio implacable. El pueblo ya ha pronunciado su veredicto contra este gobierno de bandidos. La revolución ejecutará este veredicto.

*Proletari* núm. 3, 9 de junio (27 de mayo) de 1905.

Se publica según el texto del periódico *Proletari*, cotejado con el manuscrito.