Los marxistas están incondicionalmente convencidos del carácter burgués de la revolución rusa. ¿Qué significa esto? Significa que las transformaciones democráticas del régimen político y las transformaciones socioeconómicas que han llegado a ser una necesidad para Rusia, no sólo no implican, de por sí, el socavamiento del capitalismo, el socavamiento de la dominación de la burguesía, sino que, por el contrario, despejarán por primera vez de manera real el terreno para un desarrollo amplio y rápido, europeo, y no asiático, del capitalismo; harán posible por primera vez la dominación de la burguesía como clase. Los socialistas revolucionarios no pueden comprender esta idea, porque desconocen el abecé de las leyes del desarrollo de la producción mercantil y capitalista; no ven que incluso el éxito completo de la insurrección campesina, incluso la redistribución de toda la tierra en interés del campesinado y según sus deseos (el "reparto negro" o algo por el estilo) no destruirá en absoluto el capitalismo, sino que, por el contrario, dará un impulso a su desarrollo y acelerará la descomposición clasista del propio campesinado. La incomprensión de esta verdad convierte a los socialistas revolucionarios en ideólogos inconscientes de la pequeña burguesía. La insistencia en esta verdad tiene para la socialdemocracia una importancia enorme no sólo teórica, sino también práctico-política, pues de aquí se desprende la obligatoriedad de la completa independencia de clase del partido del proletariado en el actual movimiento "democrático general".

Pero de esto no se deduce en absoluto que la revolución democrática (burguesa por su contenido socioeconómico) no represente un enorme interés para el proletariado. De esto no se deduce en absoluto que la revolución democrática no pueda ocurrir en una forma ventajosa principalmente para el gran capitalista, el magnate financiero, el terrateniente "ilustrado", y en una forma ventajosa para el campesino y para el obrero.

Los neoiskristas comprenden de manera radicalmente errónea el sentido y el significado de la categoría: revolución burguesa. En sus razonamientos se trasluce constantemente la idea de que la revolución burguesa es una revolución que sólo puede dar lo que es ventajoso para la burguesía. Y, sin embargo, no hay nada más erróneo que esa idea. La revolución burguesa es una revolución que no sale de los marcos del régimen socioeconómico burgués, es decir, capitalista. La revolución burguesa expresa las necesidades del desarrollo del capitalismo, no sólo sin destruir sus fundamentos, sino, por el contrario, ampliándolos y profundizándolos. Esta revolución expresa, por tanto, los intereses no sólo de la clase obrera, sino de toda la burguesía. Ya que la dominación de la burguesía sobre la clase obrera es inevitable bajo el capitalismo, se puede decir con pleno derecho que la revolución burguesa expresa los intereses no tanto del proletariado como de la burguesía. Pero es completamente absurda la idea de que la revolución burguesa no expresa en absoluto los intereses del proletariado. Esta idea absurda se reduce o bien a la vieja teoría populista de que la revolución burguesa contradice los intereses del proletariado, de que por eso no necesitamos la libertad política burguesa. O bien esta idea se reduce al anarquismo, que niega toda participación del proletariado en la política burguesa, en la revolución burguesa, en el parlamentarismo burgués. Teóricamente, esta idea representa el olvido de las tesis elementales del marxismo sobre la inevitabilidad del desarrollo del capitalismo sobre la base de la producción mercantil. El marxismo enseña que la sociedad basada en la producción mercantil, que mantiene intercambios con naciones capitalistas civilizadas, en cierto grado de desarrollo se encamina inevitablemente también ella misma hacia el capitalismo. El marxismo rompió de manera irrevocable con los delirios de los populistas y los anarquistas de que es posible, por ejemplo, que Rusia evite el desarrollo capitalista, salte fuera del capitalismo o lo salve por algún camino que no sea el de la lucha de clases sobre la base y dentro de los límites de ese mismo capitalismo.

Todas estas tesis del marxismo han sido demostradas y explicadas con todo detalle tanto en general como específicamente en relación con Rusia. Y de estas tesis se deduce que es reaccionaria la idea de buscar la salvación de la clase obrera en cualquier cosa que no sea el desarrollo ulterior del capitalismo. En países como Rusia, la clase obrera sufre no tanto por el capitalismo como por la falta de desarrollo del capitalismo. La clase obrera está, por tanto, incondicionalmente interesada en el desarrollo más amplio, más libre y más rápido del capitalismo. A la clase obrera le es incondicionalmente ventajosa la eliminación de todos los residuos del viejo régimen que obstaculizan el desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo. La revolución burguesa es precisamente esa revolución que barre de la manera más resuelta los residuos del viejo régimen, los residuos del feudalismo (a estos residuos pertenece no sólo la autocracia, sino también la monarquía), que asegura de la manera más completa el desarrollo más amplio, libre y rápido del capitalismo.

Por eso la revolución burguesa es sumamente ventajosa para el proletariado. La revolución burguesa es incondicionalmente necesaria en interés del proletariado. Cuanto más completa y resuelta, cuanto más consecuente sea la revolución burguesa, tanto más asegurada estará la lucha del proletariado contra la burguesía por el socialismo. Sólo a las personas que desconocen el abecé del socialismo científico puede parecerles esta conclusión nueva o extraña, paradójica. Y de esta conclusión, entre otras cosas, se deduce también la tesis de que, en cierto sentido, la revolución burguesa es más ventajosa para el proletariado que para la burguesía. Precisamente en este sentido es indiscutible esta tesis: a la burguesía le es ventajoso apoyarse en algunos residuos del viejo régimen contra el proletariado, por ejemplo, en la monarquía, en el ejército permanente, etc. A la burguesía le es ventajoso que la revolución burguesa no barra de manera demasiado resuelta todos los residuos del viejo régimen, sino que deje algunos de ellos, es decir, que esta revolución no sea completamente consecuente, no llegue hasta el fin, no sea resuelta ni implacable. Esta idea la expresan a menudo los socialdemócratas de un modo algo distinto, diciendo que la burguesía se traiciona a sí misma, que la burguesía traiciona la causa de la libertad, que la burguesía es incapaz de un democratismo consecuente. A la burguesía le es más ventajoso que las transformaciones necesarias en dirección democrático-burguesa se produzcan más lentamente, más gradualmente, con más cautela, con menos resolución, por la vía de las reformas y no por la de la revolución; que estas transformaciones sean lo más cautelosas posible respecto a las "respetables" instituciones del feudalismo (como la monarquía); que estas transformaciones desarrollen lo menos posible la actividad propia revolucionaria, la iniciativa y la energía de la gente del pueblo, es decir, del campesinado y sobre todo de los obreros, porque de lo contrario, tanto más fácil les será a los obreros, como dicen los franceses, "pasarse el fusil de un hombro al otro", es decir, dirigir contra la propia burguesía el arma que les proporcione la revolución burguesa, la libertad que ésta les dé, las instituciones democráticas que surjan en el terreno despejado del feudalismo.

Por el contrario, a la clase obrera le es más ventajoso que las transformaciones necesarias en dirección democrático-burguesa se realicen precisamente no por la vía reformista, sino por la vía revolucionaria, porque la vía reformista es la vía de las dilaciones, de las demoras, de la agonía dolorosamente lenta de las partes en descomposición del organismo popular. De su descomposición sufren ante todo y sobre todo el proletariado y el campesinado. La vía revolucionaria es la vía de una operación rápida, la menos dolorosa para el proletariado, la vía de la extirpación directa de las partes en descomposición, la vía de la menor condescendencia y cautela respecto a la monarquía y a las instituciones correspondientes a ella, repugnantes y viles, podridas y que infectan el aire con su putrefacción.

He aquí por qué nuestra prensa liberal-burguesa, no sólo por consideraciones de censura, no sólo por miedo a los judíos, deplora la posibilidad de la vía revolucionaria, teme a la revolución, asusta al zar con la revolución, se preocupa por evitar la revolución, serviliza y adula en aras de reformas miserables como base de la vía reformista. En este punto de vista se sitúan no sólo "Rússkie Védomosti"{15}, "Syn Otéchestva"{16}, "Nasha Zhizn"{17}, "Nashi Dni"{18}, sino también la ilegal y libre "Osvobozhdenie". La propia posición de la burguesía como clase en la sociedad capitalista engendra inevitablemente su inconsecuencia en la revolución democrática. La propia posición del proletariado como clase lo obliga a ser un demócrata consecuente. La burguesía mira hacia atrás, temiendo el progreso democrático que amenaza con fortalecer al proletariado. El proletariado no tiene nada que perder más que sus cadenas, y con ayuda de la democracia conquistará el mundo entero{19}. Por eso, cuanto más consecuente es la revolución burguesa en sus transformaciones democráticas, tanto menos se limita a lo que es ventajoso exclusivamente para la burguesía. Cuanto más consecuente es la revolución burguesa, tanto más asegura las ventajas del proletariado y del campesinado en la revolución democrática.

El marxismo enseña al proletario no a apartarse de la revolución burguesa, no a la indiferencia hacia ella, no a entregar la dirección de la misma a la burguesía, sino, por el contrario, a la participación más enérgica, a la lucha más resuelta por un democratismo proletario consecuente, por llevar la revolución hasta el fin. No podemos saltar fuera de los marcos democrático-burgueses de la revolución rusa, pero podemos ampliar enormemente estos marcos, podemos y debemos, dentro de estos marcos, luchar por los intereses del proletariado, por sus necesidades inmediatas y por las condiciones de preparación de sus fuerzas para la futura victoria completa. Hay democracia burguesa y democracia burguesa. Y el zemstvo-monárquico, partidario de la cámara alta, que "reclama" el sufragio universal y en secreto, sordamente, pacta con el zarismo un compromiso sobre una constitución raquítica, es un demócrata burgués. Y el campesino que, con las armas en la mano, marcha contra los terratenientes y los funcionarios, que propone de modo "ingenuamente republicano" "echar al zar"[13], es también un demócrata burgués. Los regímenes democrático-burgueses pueden ser como los de Alemania y como los de Inglaterra; como los de Austria y como los de América o Suiza. Bueno sería el marxista que en la época de la revolución democrática dejara pasar por alto esta diferencia entre los grados del democratismo y entre el carácter diverso de una u otra de sus formas, y se limitara a "hacerse el listillo" diciendo que, de todos modos, es una "revolución burguesa", frutos de una "revolución burguesa".

Y precisamente a esos listillos, que presumen de su miopía, es a lo que se reducen nuestros neoiskristas. Ellos se limitan precisamente a disquisiciones sobre el carácter burgués de la revolución allí y cuando lo que hay que saber es distinguir entre la democracia burguesa republicano-revolucionaria y la monárquico-liberal, por no hablar ya de la diferencia entre el democratismo burgués inconsecuente y el democratismo proletario consecuente. Se contentan, como si de verdad se hubieran convertido en "hombres en un estuche"{20}, con una conversación melancólica sobre el "proceso de lucha mutua de las clases opuestas", cuando se trata de proporcionar una dirección democrática en la presente revolución, de subrayar las consignas democráticas de vanguardia en contraposición a las consignas traicioneras del Sr. Struve y Cía., de señalar directa y tajantemente las tareas inmediatas de la lucha verdaderamente revolucionaria del proletariado y del campesinado, en contraposición al agiotaje liberal de los terratenientes y fabricantes. ¡En esto consiste ahora la esencia de la cuestión, que ustedes, señores, han pasado por alto: en si nuestra revolución se coronará con una victoria grandiosa y real o sólo con un compromiso lamentable, en si llegará hasta la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado o "se desangrará" en una constitución liberal a lo Shípov!

A primera vista puede parecer que, al plantear esta cuestión, nos desviamos por completo de nuestro tema. Pero sólo puede parecerlo a primera vista. En realidad, precisamente en esta cuestión se halla la raíz de la divergencia de principios que ya se ha perfilado plenamente entre la táctica socialdemócrata del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y la táctica establecida en la conferencia de los neoiskristas. Estos últimos han dado ya no dos, sino tres pasos atrás, resucitando los errores del "economismo" al resolver cuestiones incomparablemente más complejas, más importantes y más vitales para el partido obrero: las cuestiones de su táctica en el momento de la revolución. He aquí por qué es necesario que nos detengamos con toda atención en el análisis de la cuestión planteada.

En la parte de la resolución neoiskrista que hemos citado se contiene una indicación sobre el peligro de que la socialdemocracia se ate las manos en la lucha contra la política inconsecuente de la burguesía, de que se disuelva en la democracia burguesa. La idea de este peligro atraviesa como un hilo rojo toda la literatura específicamente neoiskrista; esta idea es el verdadero clavo de toda la posición de principios en nuestra escisión partidaria (desde que los elementos de rencilla en esta escisión han pasado completamente a un segundo plano ante los elementos de viraje hacia el "economismo"). Y nosotros reconocemos sin ningún rodeo que este peligro existe realmente, que precisamente ahora, en pleno auge de la revolución rusa, este peligro se ha vuelto particularmente serio. Sobre todos nosotros, teóricos o – para mis adentros preferiría decir – publicistas de la socialdemocracia, recae la tarea inaplazable y sumamente responsable de analizar de qué lado amenaza realmente este peligro. Pues la fuente de nuestra divergencia no reside en la disputa sobre si existe tal peligro, sino en la disputa sobre si lo engendra el llamado seguidismo de la "minoría" o el llamado revolucionarismo de la "mayoría".

Para eliminar tergiversaciones y malentendidos, señalemos ante todo que el peligro del que hablamos no reside en el aspecto subjetivo, sino en el objetivo del asunto; no en la posición formal que adopte la socialdemocracia en la lucha, sino en el resultado material de toda la lucha revolucionaria actual. La cuestión no es si unos u otros grupos socialdemócratas querrán disolverse en la democracia burguesa, si son conscientes de que se disuelven – de eso no se trata en absoluto. No sospechamos semejante deseo en ningún socialdemócrata, y el deseo no tiene nada que ver aquí. Tampoco es la cuestión si unos u otros grupos socialdemócratas conservarán su independencia formal, su particularidad, su separación de la democracia burguesa a lo largo de toda la revolución. Pueden no sólo proclamar esa "independencia", sino también conservarla formalmente, y sin embargo el resultado puede ser que se encuentren con las manos atadas en la lucha contra la inconsecuencia de la burguesía. El resultado político definitivo de la revolución puede ser que, a pesar de la "independencia" formal, a pesar de la completa particularidad organizativa y partidaria de la socialdemocracia, ésta resulte de hecho no ser independiente, resulte incapaz de imprimir al curso de los acontecimientos el sello de su independencia proletaria, resulte tan débil que, en general, en última instancia, en el balance final, su "disolución" en la democracia burguesa sea, de todos modos, un hecho histórico.

He aquí en qué consiste el peligro real. Y ahora veamos de qué lado amenaza: ¿de la desviación a la derecha de la socialdemocracia en la persona del nuevo "Iskra", como pensamos nosotros, o de su desviación a la izquierda en la persona de la "mayoría", "Vperiod", etc., como piensan los neoiskristas?

La solución de esta cuestión, como hemos indicado, está determinada por la combinación objetiva de la acción de las distintas fuerzas sociales. El carácter de estas fuerzas ha sido definido teóricamente por el análisis marxista de la realidad rusa, y ahora se define prácticamente por la actuación abierta de los grupos y clases en el curso de la revolución. Y he aquí que todo el análisis teórico, realizado por los marxistas mucho antes de la época que estamos viviendo, y todas las observaciones prácticas sobre el desarrollo de los acontecimientos revolucionarios nos muestran que, desde el punto de vista de las condiciones objetivas, son posibles un doble curso y un doble desenlace de la revolución en Rusia. La transformación del régimen económico y político de Rusia en dirección democrático-burguesa es inevitable e ineludible. No hay fuerza en la tierra que pueda impedir esa transformación. Pero de la combinación de la acción de las fuerzas existentes que realizan esta transformación pueden resultar un doble resultado o una doble forma de esta transformación. Una de dos: 1) o la cosa termina con la "victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo", o 2) no habrá fuerzas suficientes para la victoria decisiva y la cosa terminará con un compromiso del zarismo con los elementos más "inconsecuentes" y más "egoístas" de la burguesía. Toda la infinita diversidad de detalles y combinaciones, que nadie está en condiciones de prever, se reduce, en general, precisamente a uno u otro de estos dos desenlaces.

Examinemos ahora estos desenlaces, en primer lugar, desde el punto de vista de su significado social y, en segundo lugar, desde el punto de vista de la situación de la socialdemocracia (su "disolución" o sus "manos atadas") en uno y otro desenlace.

¿Qué es la "victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo"? Ya hemos visto que, al emplear esta expresión, los neoiskristas no la comprenden ni siquiera en su significado político inmediato. Aún menos se percibe en ellos la comprensión del contenido de clase de este concepto. Pues nosotros, los marxistas, de ningún modo debemos dejarnos seducir por palabras como "revolución" o "la gran revolución rusa", como se dejan seducir ahora por ellas muchos demócratas revolucionarios (como Gapón). Debemos darnos cuenta exacta de cuáles son las fuerzas sociales reales que se enfrentan al "zarismo" (ésta es una fuerza plenamente real y comprensible para todos) y son capaces de obtener una "victoria decisiva" sobre él. Esa fuerza no puede ser la gran burguesía, los terratenientes, los fabricantes, la "sociedad" que sigue a los osvobozhdenistas. Vemos que ellos ni siquiera quieren la victoria decisiva. Sabemos que, por su posición de clase, no son capaces de una lucha decisiva contra el zarismo: la propiedad privada, el capital, la tierra son un grillete demasiado pesado en los pies como para lanzarse a una lucha decisiva. Necesitan demasiado al zarismo con sus fuerzas policíaco-burocráticas y militares contra el proletariado y el campesinado, como para que puedan aspirar a la destrucción del zarismo. No, la fuerza capaz de obtener la "victoria decisiva sobre el zarismo" sólo puede ser el pueblo, es decir, el proletariado y el campesinado, si tomamos las fuerzas principales y grandes, repartiendo a la pequeña burguesía rural y urbana (también "pueblo") entre uno y otro. La "victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo" es la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado. De esta conclusión, señalada hace tiempo por "Vperiod", no escaparán a ningún lado nuestros neoiskristas. No hay nadie más que pueda obtener la victoria decisiva sobre el zarismo.

Y esa victoria será precisamente una dictadura, es decir, deberá apoyarse inevitablemente en la fuerza militar, en el armamento de las masas, en la insurrección, y no en tales o cuales instituciones creadas por la "vía legal" y "pacífica". Sólo puede ser una dictadura, porque la realización de las transformaciones inmediata y forzosamente necesarias para el proletariado y el campesinado provocará la resistencia desesperada de los terratenientes, de los grandes burgueses y del zarismo. Sin dictadura es imposible quebrar esa resistencia, rechazar las intentonas contrarrevolucionarias. Pero será, naturalmente, no una dictadura socialista, sino democrática. No podrá afectar (sin toda una serie de etapas intermedias de desarrollo revolucionario) los fundamentos del capitalismo. Podrá, en el mejor de los casos, introducir una redistribución radical de la propiedad agraria en favor del campesinado, llevar a cabo un democratismo consecuente y completo hasta la república, arrancar de raíz todos los rasgos asiáticos y esclavizadores no sólo de la vida rural, sino también de la fabril, iniciar una mejora seria de la situación de los obreros y la elevación de su nivel de vida, y por último, last but not least[14], trasladar el incendio revolucionario a Europa. Semejante victoria no convertirá aún en absoluto nuestra revolución burguesa en una revolución socialista; la revolución democrática no saldrá directamente de los marcos de las relaciones socioeconómicas burguesas; pero no obstante, la importancia de tal victoria será gigantesca para el desarrollo futuro tanto de Rusia como del mundo entero. Nada elevará a tal grado la energía revolucionaria del proletariado mundial, nada acortará tan fuertemente el camino que conduce a su victoria completa, como esta victoria decisiva de la revolución iniciada en Rusia.

Cuán probable sea esta victoria es otra cuestión. No somos en absoluto propensos a un optimismo insensato a este respecto, no olvidamos en absoluto la enorme dificultad de esta tarea, pero, al lanzarnos a la lucha, debemos desear la victoria y ser capaces de señalar el verdadero camino hacia ella. Las tendencias capaces de conducir a esta victoria están indiscutiblemente presentes. Es cierto que nuestra influencia socialdemócrata sobre la masa del proletariado es todavía muy, muy insuficiente; la influencia revolucionaria sobre la masa del campesinado es completamente insignificante; la dispersión, el atraso, la ignorancia del proletariado y, sobre todo, del campesinado son todavía terriblemente grandes. Pero la revolución une rápidamente e instruye rápidamente. Cada paso en su desarrollo despierta a la masa y con fuerza incontenible la atrae precisamente al lado del programa revolucionario, como el único que expresa de manera consecuente e íntegra sus verdaderos intereses vitales.

La ley de la mecánica dice que la acción es igual a la reacción. En la historia, la fuerza destructiva de la revolución también depende en no pequeña medida de cuán fuerte y prolongada haya sido la represión de la aspiración a la libertad, de cuán profunda sea la contradicción entre la "superestructura" antediluviana y las fuerzas vivas de la época moderna. Y la situación política internacional se está configurando, en muchos aspectos, de la manera más ventajosa posible para la revolución rusa. La insurrección de los obreros y los campesinos ya ha comenzado; está fragmentada, es espontánea, débil, pero demuestra de manera indiscutible e incondicional la existencia de fuerzas capaces de una lucha decidida y que marchan hacia la victoria decisiva.

Si estas fuerzas no son suficientes, entonces el zarismo tendrá tiempo de concertar el compromiso que ya están preparando por los dos extremos tanto los señores Bulýguin como los señores Struve. Entonces el asunto terminará con una constitución raquítica o incluso – en el peor de los peores casos – con una parodia de ella. Esto será también una "revolución burguesa", sólo que un aborto, un prematuro, un engendro. La socialdemocracia no se hace ilusiones, conoce la naturaleza traicionera de la burguesía, no se desanimará y no abandonará su tenaz, paciente y perseverante trabajo de educación clasista del proletariado incluso en los días más grises de la prosperidad constitucional-burguesa "a lo Shípov". Semejante desenlace se parecería más o menos al desenlace de casi todas las revoluciones democráticas en Europa durante el siglo XIX, y nuestro desarrollo partidario marcharía entonces por un camino difícil, penoso, largo, pero conocido y trillado.

Se pregunta ahora: ¿en cuál de estos dos desenlaces posibles se encontrará la socialdemocracia de hecho con las manos atadas frente a la burguesía inconsecuente y egoísta? ¿se encontrará de hecho "disuelta" o casi disuelta en la democracia burguesa?

Basta plantear claramente esta cuestión para responder a ella sin dificultad ni un minuto.

Si la burguesía logra abortar la revolución rusa mediante un compromiso con el zarismo, entonces la socialdemocracia se encontrará de hecho con las manos atadas frente a la burguesía inconsecuente, entonces la socialdemocracia resultará "disuelta" en la democracia burguesa en el sentido de que el proletariado no logrará imprimir su sello brillante a la revolución, no logrará ajustar cuentas con el zarismo de manera proletaria o, como decía antaño Marx, "a la manera plebeya".

Si se logra la victoria decisiva de la revolución, entonces ajustaremos cuentas con el zarismo a la manera jacobina o, si se quiere, a la manera plebeya. "Todo el terrorismo francés – escribía Marx en el famoso 'Nueva Gaceta Renana' en 1848 – no fue sino un modo plebeyo de ajustar cuentas con los enemigos de la burguesía, con el absolutismo, el feudalismo y la pequeña burguesía" (ver Marx' Nachlass, edición de Mehring, tomo III, pág. 211){21}. ¿Han pensado alguna vez en el significado de estas palabras de Marx las personas que asustan a los obreros socialdemócratas rusos con el coco del "jacobinismo" en la época de la revolución democrática?

Los girondinos de la socialdemocracia rusa contemporánea, los neoiskristas, no se fusionan con los osvobozhdenistas, pero se encuentran de hecho, en virtud del carácter de sus consignas, a la zaga de ellos. Y los osvobozhdenistas, es decir, los representantes de la burguesía liberal, quieren ajustar cuentas con la autocracia suavemente, por la vía reformista, – con deferencia, sin ofender a la aristocracia, a la nobleza, a la corte, – con cautela, sin ninguna ruptura, – amable y cortésmente, a lo señorial, poniéndose guantes blancos (como los que el señor Petrunkévich se quitó de las manos del bashibozuk en la recepción de los "representantes del pueblo" (?) por Nicolás el Sangriento{22}, ver "Proletari" nº 5[15]).

Los jacobinos de la socialdemocracia contemporánea – bolcheviques, vperiodistas, congresistas o proletaristas, no sé ya cómo llamarlos – quieren elevar con sus consignas a la pequeña burguesía revolucionaria y republicana, y sobre todo al campesinado, hasta el nivel del democratismo consecuente del proletariado, que conserva su plena particularidad de clase. Quieren que el pueblo, es decir, el proletariado y el campesinado, ajuste cuentas con la monarquía y la aristocracia "a la manera plebeya", aniquilando implacablemente a los enemigos de la libertad, aplastando por la fuerza su resistencia, sin hacer ninguna concesión al maldito legado del feudalismo, del asiaticismo, del ultraje al hombre.

Esto no significa, por supuesto, que queramos imitar obligatoriamente a los jacobinos de 1793, copiar sus opiniones, programa, consignas, modos de acción. Nada de eso. Nosotros no tenemos un programa viejo, sino uno nuevo: el programa mínimo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Nosotros tenemos una nueva consigna: dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado. Nosotros tendremos, si llegamos a vivir hasta la verdadera victoria de la revolución, también nuevos modos de acción, correspondientes al carácter y a los fines del partido de la clase obrera que aspira a la revolución socialista completa. Sólo queremos aclarar con nuestra comparación que los representantes de la clase avanzada del siglo XX, del proletariado, es decir, los socialdemócratas, se dividen en las mismas dos alas (oportunista y revolucionaria) en que se dividieron también los representantes de la clase avanzada del siglo XVIII, de la burguesía, es decir, los girondinos y los jacobinos.

Sólo en caso de victoria completa de la revolución democrática, el proletariado no tendrá las manos atadas en la lucha contra la burguesía inconsecuente; sólo en este caso no se "disolverá" en la democracia burguesa, sino que impondrá a toda la revolución su sello proletario o, más exactamente, proletario-campesino.

En una palabra: para no encontrarse con las manos atadas en la lucha contra la democracia burguesa inconsecuente, el proletariado debe ser suficientemente consciente y fuerte para elevar al campesinado hasta la autoconciencia revolucionaria, para dirigir su empuje, para llevar a cabo así, de manera independiente, un democratismo proletario consecuente.

He aquí cómo se plantea la cuestión, tan desacertadamente resuelta por los neoiskristas, sobre el peligro de quedarse con las manos atadas en la lucha contra la burguesía inconsecuente. La burguesía será siempre inconsecuente. No hay nada más ingenuo y estéril que los intentos de trazar condiciones o puntos[16] bajo cuyo cumplimiento se podría considerar a la democracia burguesa como amiga sincera del pueblo. El luchador consecuente por el democratismo sólo puede ser el proletariado. Puede resultar un luchador victorioso por el democratismo sólo con la condición de que a su lucha revolucionaria se sume la masa del campesinado. Si al proletariado no le alcanzan las fuerzas para ello, la burguesía se pondrá al frente de la revolución democrática y le imprimirá un carácter inconsecuente y egoísta. No hay otro medio para impedirlo que la dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado.

De este modo llegamos a la conclusión indudable de que precisamente la táctica neoiskrista, por su significado objetivo, hace el juego a la democracia burguesa. La prédica de la vaguedad organizativa, que llega hasta los plebiscitos, hasta el principio del acuerdo, hasta la desvinculación de la literatura partidaria del partido; el rebajamiento de las tareas de la insurrección armada; la mezcolanza de las consignas políticas populares del proletariado revolucionario y de la burguesía monárquica; la tergiversación de las condiciones de la "victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo": todo esto en su conjunto constituye precisamente esa política de seguidismo en el momento revolucionario, que confunde al proletariado, lo desorganiza y siembra la confusión en su conciencia, rebaja la táctica de la socialdemocracia, en lugar de señalar el único camino hacia la victoria y unir a la consigna del proletariado todos los elementos revolucionarios y republicanos del pueblo.

Para confirmar esta conclusión a la que hemos llegado sobre la base del análisis de la resolución, abordemos la misma cuestión desde otros lados. Veamos, en primer lugar, cómo ilustra la táctica neoiskrista el sencillo y franco menchevique en el "Sotsial-Demokrat" georgiano. Veamos, en segundo lugar, quién utiliza de hecho, en la presente situación política, las consignas del nuevo "Iskra".