Las fuerzas se han equilibrado, escribíamos hace dos semanas[16] ante las primeras noticias de la huelga política de toda Rusia, cuando comenzaba a verse que el gobierno no se decidía a emplear de inmediato sus medios militares.

Las fuerzas se han equilibrado, repetíamos hace una semana[17], cuando el manifiesto del 17 de octubre fue la «última palabra» de las novedades políticas, mostrando ante todo el pueblo y ante el mundo entero la indecisión del zarismo y su repliegue.

Pero el equilibrio de fuerzas no excluye en absoluto la lucha, sino que, por el contrario, la hace particularmente aguda. El repliegue del gobierno, como ya dijimos, no es más que la elección por su parte de una nueva posición, más conveniente desde su punto de vista, para el combate. La proclamación de las «libertades», que lucen en el papelucho llamado manifiesto del 17 de octubre, no es más que un intento de preparar las condiciones morales para la lucha contra la revolución, al mismo tiempo que Trépov, al frente de las centurias negras de toda Rusia, prepara las condiciones materiales para esa lucha.

El desenlace se aproxima. La nueva situación política se perfila con una rapidez asombrosa, propia sólo de las épocas revolucionarias. El gobierno empezó a ceder de palabra y de inmediato comenzó a preparar la ofensiva en los hechos. A las promesas de constitución siguieron las violencias más salvajes y monstruosas, como a propósito, para presentar al pueblo de modo aún más patente todo el significado real del poder real de la autocracia. La contradicción entre las promesas, las palabras, los papeluchos y la realidad se ha vuelto infinitamente más sensible. Los acontecimientos han empezado a dar una magnífica confirmación de aquella verdad sobre la cual machacamos desde hace tiempo y machacaremos siempre a los lectores: mientras no sea derrocado el poder fáctico del zarismo, todas sus concesiones, incluso hasta la asamblea «constituyente», no son más que un fantasma, un espejismo, un engaño.

Los obreros revolucionarios de Petersburgo lo expresaron con notable claridad en uno de esos boletines diarios{47} que aún no nos han llegado, pero de los que informan cada vez con más frecuencia los periódicos extranjeros, impresionados y atemorizados por el poder del proletariado. «Se nos ha concedido la libertad de reunión –escribía el comité de huelga (traducimos del inglés al ruso, por lo cual son inevitables, claro está, ciertas imprecisiones)–, pero nuestras reuniones están rodeadas de tropas. Se nos ha concedido la libertad de prensa, pero la censura sigue existiendo. Se ha prometido la libertad de la ciencia, pero la universidad está ocupada por soldados. Se ha concedido la inviolabilidad de la persona, pero las cárceles están abarrotadas de detenidos. Se ha concedido a Witte, pero sigue existiendo Trépov. Se ha concedido una constitución, pero sigue existiendo la autocracia. Se nos ha dado todo, pero no tenemos nada».

El «manifiesto» ha sido suspendido por Trépov. La constitución ha sido detenida por Trépov. Las libertades han sido explicadas en su verdadero significado por el mismo Trépov. La amnistía ha sido desfigurada por Trépov.

Pero ¿qué es ese Trépov? ¿Una personalidad extraordinaria, a la que sería particularmente importante eliminar? Nada de eso. Es el más común de los policías, que cumple la más rutinaria labor de la autocracia, disponiendo de tropas y policía.

¿Por qué este vulgarísimo policía y su cotidianísimo «trabajo» adquirieron de repente una importancia tan descomunalmente grande? Porque la revolución dio un paso descomunalmente grande hacia adelante, acercó el verdadero desenlace. Dirigido por el proletariado, el pueblo madura políticamente no por días, sino por horas –o, si se quiere, no por años, sino por semanas. Y si ante el pueblo, políticamente aún dormido, Trépov era el más común de los policías, ante el pueblo que ha tomado conciencia de sí mismo como fuerza política, Trépov se ha vuelto imposible, encarnando en sí todo el salvajismo, la criminalidad y el sinsentido del zarismo.

La revolución enseña. Da a todas las clases del pueblo y a todos los pueblos de Rusia excelentes lecciones objetivas sobre la esencia de la constitución. La revolución enseña sacando a relucir las tareas políticas inmediatas a resolver en su más patente y tangible evidencia, obligando a las masas del pueblo a sentir esas tareas, haciendo imposible la propia existencia del pueblo sin resolver esas tareas, desenmascarando en la práctica la inutilidad de todos y cada uno de los encubrimientos, evasivas, promesas, reconocimientos. «Se nos ha dado todo, pero no tenemos nada». Porque sólo se nos han «dado» promesas, porque no tenemos un poder real. Nos hemos acercado de lleno a la libertad, hemos obligado a todos y a todo, incluso al zar, a reconocer la necesidad de la libertad. Pero no necesitamos el reconocimiento de la libertad, sino la libertad real. No necesitamos un papelucho que prometa derechos legislativos a los representantes del pueblo. Necesitamos la autocracia real del pueblo. Cuanto más nos hemos acercado a ella, tanto más insoportable se ha vuelto su ausencia. Cuanto más seductores son los manifiestos zaristas, tanto más imposible es el poder zarista.

La lucha se acerca al desenlace, a la solución de la cuestión de si el poder real permanece en manos del gobierno zarista. En cuanto al reconocimiento de la revolución, ya la han reconocido todos. La reconoció hace bastante tiempo el señor Struve y los liberacionistas, la ha reconocido ahora el señor Witte, la ha reconocido Nicolás Románov. Os prometo todo lo que queráis, dice el zar, sólo conservad para mí el poder, permitidme ejecutar yo mismo mis promesas. A esto se reduce el manifiesto zarista, y se comprende que no podía sino empujar a la lucha decisiva. Todo lo concedo, excepto el poder, declara el zarismo. Todo es un fantasma, excepto el poder, responde el pueblo revolucionario.

El verdadero significado de ese aparente sinsentido al que han llegado las cosas en Rusia reside en el afán del zarismo de engañar, de sortear la revolución mediante un trato con la burguesía. El zar promete a la burguesía cada vez más, probando si no se inicia, por fin, un giro masivo de las clases poseedoras hacia el «orden». Pero mientras ese «orden» se encarna en los desmanes de Trépov y sus centurias negras, el llamamiento del zar corre el riesgo de seguir siendo una voz que clama en el desierto. El zar necesita por igual a Witte y a Trépov: a Witte, para atraer a unos; a Trépov, para contener a otros; a Witte para las promesas, a Trépov para los hechos; a Witte para la burguesía, a Trépov para el proletariado. Y ante nosotros se despliega de nuevo, sólo que en un nivel de desarrollo incomparablemente más alto, el mismo cuadro que vimos al comienzo de las huelgas de Moscú: los liberales negocian, los obreros luchan.

Trépov comprendió perfectamente su papel y su verdadero significado. Quizá se apresuró demasiado —para el diplomático Witte—, pero es que temía llegar tarde, viendo con qué rapidez avanza la revolución. Trépov incluso se vio obligado a darse prisa, pues sentía que las fuerzas a su disposición menguaban.

Simultáneamente con el manifiesto constitucional de la autocracia, comenzaron las advertencias autocráticas a la constitución. Las centurias negras se pusieron a trabajar como Rusia jamás había visto. Las noticias de masacres, de progromos, de atrocidades inauditas no dejan de llegar de todos los rincones de Rusia. Domina el terror blanco. Donde puede, la policía levanta y organiza la escoria de la sociedad capitalista para el saqueo y la violencia, emborrachando a los desechos de la población urbana, organizando progromos judíos, azuzando a golpear a «estudiantes» y amotinados, ayudando a «dar una lección» a los zemstvistas. La contrarrevolución actúa a toda marcha. Trépov «justifica su existencia». Disparan con ametralladoras (Odesa), arrancan los ojos (Kiev), arrojan al pavimento desde un quinto piso, toman por asalto y entregan al saqueo y el pillaje casas enteras, provocan incendios y no dejan apagarlos, fusilan a quienes se atreven a resistir a las centurias negras. Desde Polonia hasta Siberia, desde las costas del golfo de Finlandia hasta el mar Negro, en todas partes lo mismo.

Pero junto a este desenfreno de la centuria negra, a esta orgía del poder autocrático, a estas últimas convulsiones del monstruo del zarismo, se abre paso con claridad un nuevo y renovado embate del proletariado que, como siempre, sólo en apariencia se calma después de cada ascenso del movimiento, en realidad reuniendo fuerzas y preparándose para el golpe decisivo. Los desmanes de la policía han adquirido ahora en Rusia un carácter totalmente distinto del que tenían antes, por las razones que hemos señalado más arriba. Junto a los estallidos de la venganza cosaca y del «revanchismo» de Trépov, la descomposición del poder zarista avanza y avanza. Esto se ve tanto en las provincias como en Finlandia, y en Petersburgo; se manifiesta tanto en los lugares donde el pueblo está más oprimido y el desarrollo político es más débil, como en las periferias con población de otras nacionalidades, y en la capital, donde promete desarrollarse el más grandioso drama de la revolución.

De hecho, compárense estos dos telegramas que tomamos del diario liberal-burgués vienés que tenemos delante{48}: «Tver. La chusma, en presencia del gobernador Sleptsov, atacó el edificio de las instituciones del zemstvo. Asediada por la chusma, la casa fue luego incendiada. Los bomberos se negaban a apagar. La tropa estaba al lado, sin emprender nada contra los asaltantes» (no garantizamos, claro está, la plena veracidad de esta noticia, pero que cosas semejantes y cien veces peores se cometen por doquier es un hecho indiscutible). «Kazán. El pueblo ha desarmado a la policía. Las armas arrebatadas a ésta se distribuyen entre la población. Se ha organizado la milicia popular. Reina el más completo orden».

¿Verdad que es instructivo contraponer uno y otro cuadro? Venganza, desmanes, progromo. Derrocamiento del poder zarista y organización de la insurrección victoriosa.

Finlandia nos muestra los mismos fenómenos en una escala incomparablemente más amplia. El virrey zarista ha sido expulsado. Los senadores lacayos han sido destituidos por el pueblo. Los gendarmes rusos son echados fuera. Intentan vengarse (telegrama de Gaparanda del 4 de noviembre, calendario nuevo), dañando las comunicaciones ferroviarias. Entonces se envían destacamentos de la milicia popular armada para detener a los gendarmes que cometen desmanes. En una asamblea de ciudadanos en Torneå se decidió organizar la importación de armas y literatura libre. Miles y decenas de miles se alistan en la milicia finlandesa por ciudades y aldeas. Se dice que la guarnición rusa de una fuerte fortaleza (Sveaborg) expresó su simpatía al pueblo insurrecto y entregó la fortaleza a la milicia popular. Finlandia está jubilosa. El zar hace concesiones, está dispuesto a convocar la Dieta, deroga el ilegal manifiesto del 15 de febrero de 1899{49}, acepta la «dimisión» de los senadores expulsados por el pueblo. Y junto a esto, «Nóvoye Vremia» aconseja bloquear todos los puertos de Finlandia y sofocar la insurrección por la fuerza de las armas. Según telegramas de periódicos extranjeros, en Helsingfors está acantonada mucha tropa rusa (se desconoce en qué medida es apta para sofocar la insurrección). Barcos de guerra rusos habrían entrado en la rada interior de Helsingfors.

Petersburgo. Por el júbilo del pueblo revolucionario (a raíz de la concesión arrancada al zar) se venga Trépov. Los cosacos cometen desmanes. Arrecian las masacres. La policía organiza abiertamente las centurias negras. Los obreros tenían la intención de organizar una gigantesca manifestación el domingo 5 de noviembre (23 de octubre). Querían honrar públicamente la memoria de sus camaradas héroes caídos en la lucha por la libertad. El gobierno, por su parte, preparaba una gigantesca carnicería. Para Petersburgo guardaba lo que en pequeña escala se había desencadenado en Moscú (la matanza en el entierro del dirigente obrero Bauman). Trépov quería aprovechar el momento en que aún no había dispersado sus tropas enviando una parte a Finlandia, el momento en que los obreros se disponían a manifestarse, no a luchar.

Los obreros de Petersburgo descubrieron el plan del enemigo. La manifestación fue suspendida. El comité obrero decidió librar la batalla final no en el momento en que Trépov se había dignado elegirla. El comité obrero calculó correctamente que una serie de causas (entre ellas la insurrección en Finlandia) hace que la postergación de la lucha sea desventajosa para Trépov, y ventajosa para nosotros. Mientras tanto, prosigue la intensa preparación del armamento. La propaganda en las tropas logra notables éxitos. Se informa del arresto de 150 marineros de las dotaciones navales 14 y 18, y de 92 quejas presentadas en la última semana y media contra oficiales por simpatizar con los revolucionarios. Las proclamas que llaman a la tropa a pasarse al lado del pueblo se entregan incluso a las patrullas que «custodian» Petersburgo. La libertad de prensa, prometida dentro de los límites permitidos por Trépov, el proletariado revolucionario la amplía con su brazo poderoso hasta límites algo más amplios. El sábado 22 de octubre (4 de noviembre), según informan los periódicos extranjeros, salieron solo los diarios petersburgueses que aceptaron la exigencia de los obreros de ignorar la censura. Dos periódicos alemanes de Petersburgo que quisieron permanecer «leales» (serviles) no pudieron ver la luz. Los periódicos «legales» –desde el momento en que los límites de lo legal pasó a definirlos no Trépov, sino el sindicato de los huelguistas de Petersburgo– empezaron a hablar un lenguaje insólitamente audaz. «La huelga ha sido suspendida sólo temporalmente –telegrafían el 23 de octubre (5 de noviembre) a «Neue Freie Presse»–, se declara que la huelga se reanudará cuando llegue la hora de asestar el golpe final al viejo orden. En el proletariado, las concesiones ya no causan la menor impresión. La situación es extremadamente peligrosa. Las ideas revolucionarias abarcan a masas cada vez más amplias. La clase obrera se siente dueña de la situación. De aquí (de Petersburgo) empiezan ya a irse aquellos a quienes asusta la catástrofe inminente».

El desenlace se acerca. La victoria de la insurrección popular ya no está lejos. Las consignas de la socialdemocracia revolucionaria se plasman en la vida con inesperada rapidez. Que se debata, pues, Trépov entre la Finlandia revolucionaria y el Petersburgo revolucionario, entre las periferias revolucionarias y las provincias revolucionarias. Que pruebe a elegir un solo lugar seguro para operaciones militares libres. Que se difunda más ampliamente el manifiesto zarista, que se extienda un poco más la noticia de los acontecimientos en los centros revolucionarios: eso nos dará nuevos partidarios, eso introducirá nuevas vacilaciones y descomposición en las filas, cada vez más raleadas, de los partidarios del zar.

La huelga política de toda Rusia cumplió magníficamente su cometido, impulsando la insurrección, infligiendo terribles heridas al zarismo, desbaratando la vil comedia de la vil Duma de Estado. El ensayo general ha terminado. Estamos, según todas las apariencias, en vísperas del drama propiamente dicho. Witte chorrea torrentes de palabras. Trépov chorrea torrentes de sangre. Al zar le quedan ya muy pocas promesas que pueda dar aún. A Trépov le queda muy poca tropa de las centurias negras que aún pueda lanzar a la última batalla. En cambio, las filas del ejército revolucionario no dejan de crecer, las fuerzas se templan en los choques aislados, la bandera roja se alza sobre la nueva Rusia cada vez más alto.

«Proletari» nº 25, 16 (3) de noviembre de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletari».