Los números 71–72 de «Osvobozhdenie» y 102–103 de «Iskra» han proporcionado nuevo y sumamente rico material sobre la cuestión a la que dedicamos el § 8 de nuestro folleto. No teniendo posibilidad alguna de utilizar aquí todo este rico material, nos detendremos únicamente en lo principal: primero, en qué clase de «realismo» ensalza «Osvobozhdenie» en la socialdemocracia y por qué debe ensalzarlo; segundo, en la correlación de los conceptos: revolución y dictadura.

I. ¿Por qué los realistas burgués-liberales elogian a los «realistas» socialdemócratas?

Los artículos: «La escisión en la socialdemocracia rusa» y «El triunfo del sentido común» (núm. 72 de «Osvobozhdenie») representan un juicio notablemente valioso para los proletarios conscientes de los representantes de la burguesía liberal sobre la socialdemocracia. No se puede recomendar con suficiente insistencia a todo socialdemócrata que se familiarice con estos artículos en su versión íntegra y medite cada una de sus frases[42]. Reproduzcamos ante todo las tesis principales de ambos artículos:

«Para un observador ajeno —dice «Osvobozhdenie»— es bastante difícil captar el sentido político real de la divergencia que ha dividido al partido socialdemócrata en dos fracciones. La definición de la fracción de la “mayoría” como más radical y rectilínea, a diferencia de la “minoría”, que admite en interés de la causa ciertos compromisos, no es del todo exacta y, en todo caso, no constituye una caracterización exhaustiva. Al menos, los dogmas tradicionales de la ortodoxia marxista son guardados por la fracción minoritaria quizá con mayor celo que por la fracción de Lenin. Nos parece más exacta la siguiente caracterización. El temple político fundamental de la “mayoría” es el revolucionarismo abstracto, el espíritu de rebelión, el afán de alzar, por cualquier medio, la insurrección en la masa popular y, en nombre de ella, tomar inmediatamente el poder; esto aproxima en cierta medida a los “leninistas” a los socialistas-revolucionarios y eclipsa en su conciencia la idea de la lucha de clases por la idea de la revolución popular rusa; renunciando en la práctica a muchas estrecheces de la doctrina socialdemócrata, los “leninistas”, por otra parte, están totalmente impregnados de la estrechez del revolucionarismo, rechazan cualquier otra labor práctica que no sea la preparación de la insurrección inmediata, ignoran por principio todas las formas de agitación legal y semilegal y todas las modalidades de compromisos prácticamente útiles con otras corrientes de oposición. Por el contrario, la minoría, aferrándose firmemente al dogma del marxismo, conserva al mismo tiempo los elementos realistas de la concepción marxista del mundo. La idea fundamental de esta fracción es la contraposición de los intereses del “proletariado” a los intereses de la burguesía. Pero, por otra parte, la lucha del proletariado es concebida —por supuesto, dentro de ciertos límites dictados por los dogmas inquebrantables de la socialdemocracia— de manera realista, sobria, con clara conciencia de todas las condiciones y tareas concretas de esta lucha. Ambas fracciones no mantienen su punto de vista fundamental con entera consecuencia, ya que están constreñidas en su creación ideológico-política por las fórmulas rigurosas del catecismo socialdemócrata, que impiden a los “leninistas” convertirse en rebeldes rectilíneos, según el modelo de al menos algunos socialistas-revolucionarios, y a los “iskristas” en dirigentes prácticos del movimiento político real de la clase obrera.»

Y, citando a continuación el contenido de las principales resoluciones, el articulista de «Osvobozhdenie» aclara con algunos comentarios concretos sus «ideas» generales. En comparación con el III Congreso, dice, «la conferencia de la minoría se relaciona de un modo completamente distinto con la insurrección armada». «En conexión con la actitud hacia la insurrección armada» está la diferencia de las resoluciones sobre el gobierno provisional. «Igual divergencia se descubre también en la actitud hacia los sindicatos obreros. Los “leninistas”, en sus resoluciones, no mencionaron ni una palabra sobre este importantísimo punto de partida de la educación y organización políticas de la clase obrera. Por el contrario, la minoría elaboró una resolución muy seria». En cuanto a los liberales, ambas fracciones están, al parecer, unánimes, pero el III Congreso «repite casi literalmente la resolución de Plejánov sobre la actitud hacia los liberales, aprobada en el II Congreso, y rechaza la resolución de Starovier, adoptada por ese mismo congreso y más favorable a los liberales». Siendo en general homogéneas las resoluciones del congreso y de la conferencia sobre el movimiento campesino, «la “mayoría” subraya más la idea de la confiscación revolucionaria de las tierras de los terratenientes, etc., mientras que la “minoría” quiere hacer de las reivindicaciones de reformas estatales y administrativas democráticas la base de su agitación».

Por último, «Osvobozhdenie» cita del núm. 100 de «Iskra» una resolución menchevique cuyo punto principal dice: «En vista de que en la actualidad sólo el trabajo clandestino no asegura a la masa una participación suficiente en la vida del partido y conduce en parte a contraponer la masa, como tal, al partido, como organización ilegal, es necesario que esta última tome en sus manos la dirección de las luchas profesionales de los obreros en el terreno legal, vinculando estrictamente esta lucha con las tareas socialdemócratas». A propósito de esta resolución, «Osvobozhdenie» exclama: «Saludamos calurosamente esta resolución como el triunfo del sentido común, como una iluminación táctica de una parte conocida del partido socialdemócrata».

Ahora el lector tiene ante sí todos los juicios sustanciales de «Osvobozhdenie». Sería el mayor error, por supuesto, considerar que estos juicios son exactos en el sentido de corresponder a la verdad objetiva. Cualquier socialdemócrata descubrirá en ellos errores a cada paso. Sería ingenuidad olvidar que todos estos juicios están totalmente imbuidos de los intereses y del punto de vista de la burguesía liberal, que son enteramente parciales y tendenciosos en este sentido. Reflejan las concepciones de la socialdemocracia del mismo modo que un espejo cóncavo o convexo refleja los objetos. Pero un error aún mayor sería olvidar que estos juicios deformados por la burguesía reflejan, en última instancia, los intereses reales de la burguesía, la cual, como clase, comprende sin duda certeramente qué tendencias dentro de la socialdemocracia le son a ella, burguesía, ventajosas, cercanas, afines, simpáticas, y cuáles nocivas, lejanas, extrañas, antipáticas. El filósofo burgués o el publicista burgués jamás comprenderá correctamente a la socialdemocracia, ni a la socialdemocracia menchevique ni a la bolchevique. Pero si es un publicista medianamente inteligente, su instinto de clase no lo engañará, y el significado para la burguesía de una u otra corriente dentro de la socialdemocracia lo captará siempre en esencia de manera correcta, aunque lo presente de modo tergiversado. Por eso el instinto de clase de nuestro enemigo, su juicio de clase, merece siempre la más seria atención de todo proletario consciente.

¿Qué nos dice, pues, por boca de los osvobozhdenistas, el instinto de clase de la burguesía rusa?

Expresa con toda claridad su complacencia por las tendencias del neoiskrismo, elogiándolo por su realismo, sobriedad, triunfo del sentido común, seriedad de las resoluciones, iluminación táctica, espíritu práctico, etc., y su desagrado por las tendencias del III Congreso, censurándolo por su estrechez, revolucionarismo, espíritu de rebelión, negación de compromisos prácticamente útiles, etc. El instinto de clase de la burguesía le dicta precisamente aquello que ha sido demostrado en reiteradas ocasiones con los datos más exactos en nuestra literatura, a saber: que los neoiskristas representan el ala oportunista, y sus adversarios el ala revolucionaria de la socialdemocracia rusa contemporánea. Los liberales no pueden dejar de simpatizar con las tendencias de los primeros, no pueden dejar de censurar las tendencias de los segundos. Los liberales, como ideólogos de la burguesía, comprenden perfectamente que para la burguesía es ventajosa la «práctica, la sobriedad, la seriedad» de la clase obrera, es decir, la limitación de hecho del campo de su actividad a los marcos del capitalismo, de las reformas, de la lucha sindical, etc. Para la burguesía es peligrosa y temible la «estrechez revolucionarista» del proletariado y su afán de, en nombre de sus tareas de clase, conquistar el papel dirigente en la revolución popular rusa.

«No se puede estar de acuerdo con esta opinión. Sobre las concepciones programáticas del camarada Akímov pesa la impronta evidente del oportunismo, lo cual reconoce también el crítico de “Osvobozhdenie” —en uno de sus últimos números—, señalando que el camarada Akímov se adhiere a la corriente “realista”, —léase: revisionista—»[43].

Así pues, «Iskra» misma sabe perfectamente que el «realismo» osvobozhdenista es precisamente oportunismo y nada más. Si ahora, al atacar al «realismo liberal» (núm. 102 de «Iskra»), «Iskra» guarda silencio acerca de cómo la han elogiado los liberales por su realismo, este silencio se explica porque tales elogios son más amargos que cualquier censura. Semejantes elogios (no casuales ni formulados por primera vez por «Osvobozhdenie») demuestran de hecho el parentesco del realismo liberal con aquellas tendencias del «realismo» socialdemócrata (léase: oportunismo) que se transparentan en cada resolución de los neoiskristas, debido a lo erróneo de toda su posición táctica.

En efecto, la burguesía rusa ha revelado ya plenamente su inconsecuencia y su egoísmo en la revolución «popular», como lo han revelado los razonamientos del señor Struve, todo el tono y contenido de la masa de periódicos liberales y el carácter de las manifestaciones políticas de la masa de los zemstvos, de los intelectuales, en general de todos los partidarios de los señores Trubetskói, Petrunkévich, Rodichev y Cía. La burguesía no siempre comprende con claridad, por supuesto, pero en general y en conjunto capta de manera excelente con su olfato de clase que, por un lado, el proletariado y el «pueblo» le son útiles para su revolución como carne de cañón, como ariete contra la autocracia, pero que, por otro lado, el proletariado y el campesinado revolucionario son terriblemente peligrosos para ella en caso de que obtengan una «victoria decisiva sobre el zarismo» y lleven hasta el fin la revolución democrática. Por eso la burguesía pugna con todas sus fuerzas por que el proletariado se satisfaga con un papel «modesto» en la revolución, por que sea más sobrio, más práctico, más realista, por que su actividad se rija por el principio: «no sea que la burguesía se aparte». Los burgueses intelectuales saben muy bien que no pueden librarse del movimiento obrero. Por eso no se manifiestan en absoluto contra el movimiento obrero, en absoluto contra la lucha de clases del proletariado; no, inclusive hacen toda clase de reverencias ante la libertad de huelga, la lucha de clases cultural, entendiendo el movimiento obrero y la lucha de clases en el sentido de Brentano o de Hirsch-Duncker. En otras palabras, están completamente dispuestos a «ceder» a los obreros (de hecho ya casi conquistada por los propios obreros) la libertad de huelga y de asociación, con tal de que los obreros renuncien al «espíritu de rebelión», a la «estrechez revolucionaria», a la hostilidad hacia los «compromisos prácticamente útiles», a las pretensiones y afanes de imponer a la «revolución popular rusa» el sello de su lucha de clases, el sello de la consecuencia proletaria, de la decisión proletaria, del «jacobinismo plebeyo». Los burgueses intelectuales de toda Rusia, por mil procedimientos y vías —libros[44], conferencias, discursos, charlas, etc., etc.— se esfuerzan, por todos los medios, en inculcar a los obreros las ideas de la sobriedad (burguesa), del espíritu práctico (liberal), del realismo (oportunista), de la lucha de clases (brentaniana), de los sindicatos (Hirsch-Duncker)[41], etc. Estas dos últimas consignas son particularmente convenientes para los burgueses del partido «constitucional-democrático» u «osvobozhdenista», pues por su apariencia coinciden con las marxistas, pues con un pequeño silencio y una pequeña tergiversación es fácil confundirlas con las socialdemócratas e inclusive a veces hacerlas pasar por socialdemócratas. He aquí, por ejemplo, el periódico legal liberal «Rassviet»[42] (sobre el cual procuraremos conversar alguna vez más detenidamente con los lectores de «Proletari») dice con frecuencia cosas tan «audaces» sobre la lucha de clases, sobre el posible engaño del proletariado por la burguesía, sobre el movimiento obrero, sobre la acción independiente del proletariado, etc., etc., que un lector desatento y un obrero poco desarrollado tomarían fácilmente su «socialdemocratismo» por moneda legítima. Pero en realidad se trata de una falsificación burguesa del socialdemocratismo, de una tergiversación y desnaturalización oportunista del concepto de lucha de clases.

En la base de toda esta gigantesca (por su amplitud de influencia sobre las masas) sustitución burguesa alienta la tendencia a reducir el movimiento obrero sobre todo al movimiento sindical, a mantenerlo alejado de una política independiente (es decir, revolucionaria y dirigida a la dictadura democrática), «a eclipsar en la conciencia de los obreros la idea de la revolución popular rusa mediante la idea de la lucha de clases».

Como ve el lector, hemos puesto patas arriba la formulación de «Osvobozhdenie». Es una formulación excelente, que expresa de manera magnífica dos puntos de vista sobre el papel del proletariado en la revolución democrática: el punto de vista burgués y el punto de vista socialdemócrata. La burguesía quiere reducir al proletariado al movimiento exclusivamente sindical y de ese modo «eclipsar en su conciencia la idea de la revolución popular rusa mediante la idea (brentaniana) de la lucha de clases», enteramente en el espíritu de los autores bernsteinianos del «Credo», que eclipsaban en la conciencia de los obreros la idea de la lucha política mediante la idea del movimiento «puramente obrero». La socialdemocracia quiere, por el contrario, desarrollar la lucha de clases del proletariado en su participación dirigente en la revolución popular rusa, es decir, llevar esta revolución hasta la dictadura democrática del proletariado y del campesinado.

Entre nosotros, la revolución es popular —dice la burguesía al proletariado—. Por tanto, tú, como clase especial, debes limitarte a tu lucha de clases, debes, en nombre del «sentido común», dirigir la atención principal a los sindicatos y a su legalización, debes considerar precisamente a estos sindicatos como «el punto de partida más importante de tu educación y organización políticas», debes elaborar en el momento revolucionario sobre todo resoluciones «serias», como la neoiskrista, debes ser cuidadoso con las resoluciones «más favorables a los liberales», debes preferir dirigentes que tengan la tendencia de convertirse en «dirigentes prácticos del movimiento político real de la clase obrera», debes «conservar los elementos realistas de la concepción marxista del mundo» (si es que ya te has contagiado, desgraciadamente, con las «fórmulas rigurosas» de este catecismo «no científico»).

Entre nosotros, la revolución es popular —dice la socialdemocracia al proletariado—. Por tanto, tú debes, como la clase más avanzada y única revolucionaria hasta el fin, pugnar no sólo por la participación más enérgica, sino también dirigente en ella. Por tanto, no debes encerrarte en los marcos estrechamente concebidos de la lucha de clases, sobre todo en el sentido del movimiento sindical, sino, al contrario, debes esforzarte en ampliar los marcos y el contenido de tu lucha de clases hasta englobar con esos marcos no sólo todas las tareas de la presente revolución rusa, democrática, popular, sino también las tareas de la futura revolución socialista. Por tanto, no ignorando el movimiento sindical, no renunciando a aprovechar el menor resquicio de legalidad, debes en la época de la revolución colocar en primer plano las tareas de la insurrección armada, de la formación del ejército revolucionario y del gobierno revolucionario, como los únicos caminos para la victoria completa del pueblo sobre el zarismo, para la conquista de la república democrática y de la verdadera libertad política.

Es superfluo hablar de cuán ambigua, inconsecuente y, naturalmente, simpática a la burguesía fue la posición adoptada en esta cuestión por las resoluciones neoiskristas, debido a su errónea «línea».

II. Nueva «profundización» del problema por el camarada Martínov

Pasemos a los artículos de Martínov en los núms. 102 y 103 de «Iskra». Ni que decir tiene que no vamos a responder a los intentos de Martínov de demostrar lo incorrecto de nuestra interpretación y lo correcto de la suya sobre una serie de citas de Engels y de Marx. Estos intentos son tan poco serios, las argucias de Martínov son tan evidentes, la cuestión es tan clara, que no tendría interés detenernos en ello una vez más. Todo lector que piense se orientará fácilmente por sí mismo en las poco complicadas artimañas de la retirada de Martínov en toda la línea, en particular cuando aparezcan las traducciones completas, preparadas por un grupo de colaboradores de «Proletari», del folleto de Engels «Los bakuninistas en acción» y de Marx «Mensaje del Comité Central de la Liga de los Comunistas» de marzo de 1850{43}. Bastará una sola cita del artículo de Martínov para hacer patente al lector su retirada.

«Iskra» «reconoce» —dice Martínov en el núm. 103— «el establecimiento del gobierno provisional como uno de los caminos posibles y convenientes del desarrollo de la revolución, y niega la conveniencia de la participación de los socialdemócratas en el gobierno provisional burgués, precisamente en interés de apoderarse por completo en el futuro de la máquina estatal para la revolución socialista». Dicho de otro modo: «Iskra» ha reconocido ahora lo absurdo de todos sus temores acerca de la responsabilidad del gobierno revolucionario por el tesoro y los bancos, acerca del peligro y la imposibilidad de tomar en sus manos «las prisiones», etc. «Iskra» se enreda únicamente como antes, al confundir la dictadura democrática con la socialista. La confusión es inevitable, como encubrimiento de la retirada.

Pero entre los confusionistas de la nueva «Iskra» Martínov se destaca como confusionista de primer orden, como confusionista, si se permite la expresión, con talento. Al enmarañar el problema con sus intentos de «profundizarlo», casi siempre «se le ocurre» formular nuevas formulaciones que iluminan de manera espléndida toda la falsedad de la posición que ha adoptado. Recuerde el lector cómo en la época del «economismo» él «profundizaba» a Plejánov y creó de manera creativa la fórmula: «lucha económica contra los patronos y el gobierno». Sería difícil señalar en toda la literatura de los «economistas» una expresión más acertada de toda la falsedad de esa corriente. Así también ahora, Martínov sirve celosamente a la nueva «Iskra» y casi cada vez que toma la palabra nos proporciona material nuevo y magnífico para valorar la falsa posición neoiskrista. En el núm. 102 dice que Lenin «ha sustituido de modo imperceptible los conceptos de revolución y dictadura» (pág. 3, col. 2).

A esta acusación se reducen, en esencia, todas las acusaciones de los neoiskristas contra nosotros. ¡Y cuán agradecidos le estamos a Martínov por esta acusación! ¡Qué servicio inestimable nos presta en la lucha contra el neoiskrismo al formular así la acusación! De verdad, habría que pedir a la redacción de «Iskra» que lance más a menudo a Martínov contra nosotros para «profundizar» los ataques a «Proletari» y para formularlos de un modo «verdaderamente de principios». Pues cuanto más se empeña Martínov en razonar con principios, tanto peor le sale y tanto más claramente pone de manifiesto los desgarrones del neoiskrismo, tanto más exitosamente realiza sobre sí mismo y sobre sus amigos una provechosa operación pedagógica: reductio ad absurdum (reducción al absurdo de los principios de la nueva «Iskra»).

«Vperiod» y «Proletari» «sustituyen» los conceptos de revolución y dictadura. «Iskra» no quiere tal «sustitución». ¡Exactamente así, estimado camarada Martínov! Usted ha dicho involuntariamente una gran verdad. Usted ha confirmado con una nueva formulación nuestra tesis de que «Iskra» marcha a remolque de la revolución, se desvía hacia la formulación osvobozhdenista de sus tareas, mientras que «Vperiod» y «Proletari» lanzan consignas que hacen avanzar la revolución democrática.

¿No comprende usted esto, camarada Martínov? En vista de la importancia del problema, nos tomaremos el trabajo de darle una explicación detallada.

El carácter burgués de la revolución democrática se manifiesta, entre otras cosas, en que toda una serie de clases, grupos y estratos sociales, situados enteramente sobre el terreno del reconocimiento de la propiedad privada y de la producción mercantil, incapaces de salir de estos marcos, llegan por la fuerza de las cosas a reconocer la inutilidad de la autocracia y de todo el régimen de servidumbre en general, y se adhieren a la reivindicación de la libertad. Con ello el carácter burgués de esta libertad, exigida por la «sociedad», defendida por un torrente de palabras (¡y sólo de palabras!) de terratenientes y capitalistas, sale a la luz cada vez con mayor claridad. Al mismo tiempo, se vuelve también cada vez más patente la diferencia radical entre la lucha obrera y la lucha burguesa por la libertad, entre el democratismo proletario y el liberal. La clase obrera y sus representantes conscientes marchan hacia adelante e impulsan hacia adelante esta lucha, no sólo sin temor de llevarla hasta el fin, sino pugnando por ir mucho más lejos del más lejano fin de la revolución democrática. La burguesía es inconsecuente y egoísta, aceptando las consignas de libertad sólo de manera incompleta e hipócrita. Todos los intentos de definir con un rasgo especial, con «puntos» especialmente elaborados (como los puntos de la resolución de Starovier o de los conferencistas) los límites más allá de los cuales comienza esa hipocresía de los amigos burgueses de la libertad o, si se quiere, esa traición a la libertad por sus amigos burgueses, están inevitablemente condenados al fracaso, pues la burguesía, colocada entre dos fuegos (la autocracia y el proletariado), es capaz de cambiar su posición y sus consignas por mil procedimientos y medios, adaptándose una pulgada a la izquierda y otra a la derecha, regateando y actuando de intermediario constantemente. La tarea del democratismo proletario no consiste en inventar tales «puntos» muertos, sino en la crítica incesante de la situación política en desarrollo, en la denuncia de las inconsecuencias y traiciones siempre nuevas e imprevistas de la burguesía.

Recuerde el lector la historia de las manifestaciones políticas en la literatura ilegal del señor Struve, la historia de la guerra de la socialdemocracia contra él, y verá de manera palpable cómo realizó estas tareas la socialdemocracia, paladín del democratismo proletario. El señor Struve empezó con una consigna puramente shipovskiana: «derechos y zemstvo con autoridad» (véase mi artículo en «Zariá»: «Los perseguidores del zemstvo y los Aníbales del liberalismo»)[45]. La socialdemocracia lo desenmascaró y lo empujó hacia un programa constitucionalista definido. Cuando estos «empujones» surtieron efecto gracias al curso particularmente rápido de los acontecimientos revolucionarios, la lucha se orientó hacia la siguiente cuestión del democratismo: no sólo constitución en general, sino necesariamente sufragio universal, directo e igual con voto secreto. Cuando «tomamos» al «enemigo» también esta nueva posición (aceptación del sufragio universal por la «Unión de Liberación»), empezamos a presionar más allá, mostrando la hipocresía y falsedad del sistema bicameral, lo incompleto del reconocimiento por los osvobozhdenistas del sufragio universal, mostrando en su monarquismo el carácter de intermediario de su democratismo o, en otras palabras, el regateo de los intereses de la gran revolución rusa por esos héroes osvobozhdenistas del talego.

Por último, la contumacia salvaje de la autocracia, el progreso gigantesco de la guerra civil, lo desesperado de la situación en que los monárquicos han colocado a Rusia, empezaron a ablandar las cabezas más duras. La revolución se convertía en un hecho. Para reconocer la revolución ya no se necesitaba ser revolucionario. El gobierno autocrático se descomponía de hecho y se está descomponiendo a la vista de todos. Como justamente observó un liberal en la prensa legal (el señor Gredeskúl), se había creado una desobediencia de hecho a ese gobierno. Pese a toda su aparente fuerza, la autocracia resultó impotente, los acontecimientos de la revolución en desarrollo empezaron simplemente a apartar a este organismo parasitario que se descompone en vida. Obligados a construir su actividad (o sus negocios políticos, para decirlo con mayor exactitud) sobre el terreno de las relaciones que se iban formando de hecho, los burgueses liberales empezaron a llegar a la necesidad de reconocer la revolución. Lo hacen no porque sean revolucionarios, sino a pesar de que no lo son. Lo hacen por necesidad y contra su voluntad, viendo con ira los éxitos de la revolución, acusando de revolucionaria a la autocracia, que no quiere un trato sino una lucha a vida o muerte. Mercachifles por naturaleza, odian la lucha y la revolución, pero las circunstancias los obligan a ponerse en el terreno de la revolución, pues no hay otro terreno bajo sus pies.

Asistimos a un espectáculo altamente instructivo y altamente cómico. Las prostitutas del liberalismo burgués tratan de echarse encima la toga del revolucionarismo. Los osvobozhdenistas —¡risum teneatis, amici![46]— ¡los osvobozhdenistas empiezan a hablar en nombre de la revolución! Los osvobozhdenistas empiezan a asegurar que ellos «no temen a la revolución» (el señor Struve en el núm. 72 de «Osvobozhdenie»)!!! Los osvobozhdenistas expresan la pretensión de «ponerse al frente de la revolución»!!!

Es un fenómeno sumamente significativo, que caracteriza no sólo el progreso del liberalismo burgués, sino más aún el progreso de los éxitos reales del movimiento revolucionario, que ha obligado a que se lo reconozca. Incluso la burguesía empieza a sentir que es más ventajoso ponerse en el terreno de la revolución, hasta tal punto está resquebrajada la autocracia. Pero, por otro lado, este fenómeno, que testimonia la elevación de todo el movimiento a un nuevo escalón superior, nos plantea a nosotros también tareas nuevas y asimismo superiores. El reconocimiento de la revolución por la burguesía no puede ser sincero, independientemente de la probidad personal de tal o cual ideólogo de la burguesía. La burguesía no puede dejar de introducir consigo su egoísmo e inconsecuencia, su espíritu mercantilista y sus pequeñas artimañas reaccionarias también en esta fase superior del movimiento. Debemos ahora formular de otro modo las tareas concretas inmediatas de la revolución en nombre de nuestro programa y en desarrollo de nuestro programa. Lo que ayer era suficiente, hoy ya no lo es. Ayer tal vez bastaba, como consigna democrática avanzada, la exigencia de reconocer la revolución. Ahora esto ya es poco. La revolución ha obligado incluso al señor Struve a reconocerla. Ahora se requiere de la clase avanzada que defina con precisión el contenido mismo de las tareas perentorias e impostergables de esta revolución. Los señores Struve, al reconocer la revolución, al punto mismo vuelven a sacar una y otra vez sus orejas de asno, entonando de nuevo la vieja canción sobre la posibilidad de un desenlace pacífico, sobre el llamamiento de Nikolái a los señores osvobozhdenistas para que asuman el poder, etc., etc. Los señores osvobozhdenistas reconocen la revolución para, de manera más segura para ellos, escamotear esta revolución, traicionarla. Nuestra tarea ahora es señalar al proletariado y a todo el pueblo la insuficiencia de la consigna: revolución, mostrar la necesidad de una definición clara, inequívoca, consecuente y resuelta del contenido mismo de la revolución. Y tal definición la representa precisamente la consigna, la única capaz de expresar correctamente la «victoria decisiva» de la revolución, la consigna: dictadura democrática revolucionaria del proletariado y del campesinado{45}.

El abuso de las palabras es el fenómeno más común en política. De «socialistas», por ejemplo, se han autodenominado más de una vez tanto los partidarios del liberalismo burgués inglés («todos somos socialistas ahora» —«We all are socialists now», dijo Harcourt) como los partidarios de Bismarck y los amigos del papa León XIII. La palabra «revolución» es también muy apta para que se abuse de ella, y en una determinada etapa del desarrollo del movimiento tal abuso es inevitable. Cuando el señor Struve empezó a hablar en nombre de la revolución, recordamos involuntariamente a Thiers. Unos días antes de la revolución de febrero, ese monstruoso enano, ese exponente ideal de la venalidad política de la burguesía, presintió la proximidad de la tormenta popular. ¡Y declaró desde la tribuna parlamentaria que él pertenecía al partido de la revolución! (Véase «La guerra civil en Francia» de Marx){46}. El significado político del tránsito de los osvobozhdenistas al partido de la revolución es enteramente idéntico a este «tránsito» de Thiers. Cuando los Thiers rusos empezaron a hablar de su pertenencia al partido de la revolución, eso significa que la consigna revolución se ha vuelto insuficiente, que ya no dice nada, que ya no define ninguna tarea, pues la revolución ya es un hecho, a su lado se han volcado los más heterogéneos elementos.

En efecto, ¿qué es la revolución desde el punto de vista marxista? La ruptura violenta de una superestructura política caduca, cuya contradicción con las nuevas relaciones de producción provocó en un momento dado su derrumbe. La contradicción de la autocracia con todo el régimen de la Rusia capitalista, con todas las necesidades de su desarrollo democrático-burgués, ha provocado ahora un derrumbe tanto más fuerte cuanto más tiempo se mantuvo artificialmente esta contradicción. La superestructura cruje por todas sus costuras, cede ante la presión, se debilita. El pueblo tiene que construirse por sí mismo, en la persona de los representantes de las más diversas clases y grupos, una nueva superestructura. En cierto momento del desarrollo, la inservibilidad de la vieja superestructura se vuelve clara para todos. La revolución es reconocida por todos. Ahora la tarea consiste en determinar qué clases precisamente y cómo exactamente deben construir la nueva superestructura. Sin tal determinación, la consigna revolución es en el momento actual vacía y carente de contenido, ¡pues la debilidad de la autocracia convierte en «revolucionarios» hasta a los grandes duques y a «Moskovskie Viédomosti»{47}! Sin tal determinación, no puede hablarse siquiera de las tareas democráticas avanzadas de la clase avanzada. Y esta determinación es precisamente la consigna: dictadura democrática del proletariado y del campesinado. Esta consigna determina tanto las clases en las que pueden y deben apoyarse los nuevos «constructores» de la nueva superestructura, como el carácter de ésta (dictadura «democrática» a diferencia de la socialista) y el modo de construcción (dictadura, es decir, represión violenta de la resistencia violenta, armamento de las clases revolucionarias del pueblo). Quien no reconozca ahora esta consigna de la dictadura revolucionario-democrática, la consigna del ejército revolucionario, del gobierno revolucionario, de los comités campesinos revolucionarios, o bien no comprende irremediablemente las tareas de la revolución, no sabe definir las nuevas y superiores tareas de ésta planteadas por el momento actual, o bien engaña al pueblo, traiciona la revolución, abusando de la consigna «revolución».

El primer caso es el camarada Martínov y sus amigos. El segundo caso es el señor Struve y todo el partido «constitucional-democrático» de los zemstvos.

El camarada Martínov ha sido tan perspicaz e ingenioso que lanzó la acusación de «sustitución» de los conceptos de revolución y dictadura ¡precisamente cuando el desarrollo de la revolución exigía definir sus tareas mediante la consigna de la dictadura! De hecho, el camarada Martínov ha tenido nuevamente la desgracia de quedarse a la zaga, de atascarse en el penúltimo peldaño, de encontrarse al nivel del osvobozhdenismo, pues precisamente a la posición política osvobozhdenista, es decir, a los intereses de la burguesía liberal monárquica, corresponde ahora el reconocimiento de la «revolución» (de palabra) y la renuncia a reconocer la dictadura democrática del proletariado y del campesinado (es decir, la revolución de hecho). La burguesía liberal se pronuncia ahora, por boca del señor Struve, por la revolución. El proletariado consciente exige, por boca de los socialdemócratas revolucionarios, la dictadura del proletariado y del campesinado. Y entonces se entromete en la disputa el sabio de la nueva «Iskra», gritando: ¡no oséis «sustituir» los conceptos de revolución y dictadura! Y bien, ¿acaso no es cierto que la falsedad de la posición de los neoiskristas los condena a marchar constantemente a remolque del osvobozhdenismo?

Hemos mostrado que los osvobozhdenistas ascienden (no sin la influencia de los empujones alentadores de la socialdemocracia) de peldaño en peldaño en el reconocimiento del democratismo. Primero, la cuestión en nuestra disputa con ellos era: ¿shipovismo (derechos y zemstvo con autoridad) o constitucionalismo? Luego: ¿elecciones restringidas o sufragio universal? Después: ¿reconocimiento de la revolución o trato de intermediario con la autocracia? Finalmente, ahora: ¿reconocimiento de la revolución sin dictadura del proletariado y del campesinado o reconocimiento de la exigencia de la dictadura de estas clases en la revolución democrática? Es posible y probable que los señores osvobozhdenistas (sean los actuales o sus sucesores en el ala izquierda de la democracia burguesa) asciendan todavía un peldaño, es decir, reconozcan con el tiempo (quizás para cuando el camarada Martínov ascienda también un peldaño) la consigna de la dictadura. Incluso será inevitable que así sea si la revolución rusa avanza con éxito y llega a la victoria decisiva. ¿Cuál sería entonces la posición de la socialdemocracia? La victoria completa de la revolución actual sería el fin del vuelco democrático y el comienzo de la lucha decisiva por el vuelco socialista. La realización de las reivindicaciones del campesinado actual, la derrota total de la reacción, la conquista de la república democrática sería el fin completo del espíritu revolucionario de la burguesía e incluso de la pequeña burguesía, sería el comienzo de la verdadera lucha del proletariado por el socialismo. Cuanto más completo sea el vuelco democrático, tanto más rápida, amplia, pura y resueltamente se desplegará esta nueva lucha. La consigna de dictadura «democrática» expresa precisamente el carácter históricamente limitado de la revolución actual y la necesidad de una nueva lucha, sobre el terreno del nuevo orden, por la liberación completa de la clase obrera de toda opresión y de toda explotación. Dicho en otras palabras: cuando la burguesía democrática o la pequeña burguesía ascienda todavía un peldaño más, cuando sea un hecho no sólo la revolución, sino la victoria completa de la revolución, entonces nosotros «sustituiremos» (quizás entre los horribles chillidos de nuevos futuros Martínov) la consigna de la dictadura democrática por la consigna de la dictadura socialista del proletariado, es decir, del vuelco socialista completo.

III. La representación vulgar-burguesa de la dictadura y la concepción de Marx sobre ella

«Todo poder estatal provisional —escribía la “Nueva Gaceta Renana” el 14 de septiembre de 1848— después de una revolución exige una dictadura, y por cierto una dictadura enérgica. Nosotros, desde el principio, reprochamos a Camphausen (jefe del ministerio después del 18 de marzo de 1848) que no actuara dictatorialmente, que no destruyera y eliminara de inmediato los restos de las viejas instituciones. Y he aquí que mientras el señor Camphausen se adormecía con ilusiones constitucionales, el partido vencido (es decir, el partido de la reacción) fortaleció sus posiciones en la burocracia y en el ejército, e incluso empezó a atreverse aquí y allá a la lucha abierta»{49}.

En estas palabras —dice con razón Mehring— se resume en pocas tesis lo que la «Nueva Gaceta Renana» desarrolló detalladamente en largos artículos sobre el ministerio Camphausen. ¿Qué nos dicen estas palabras de Marx? Que el gobierno revolucionario provisional debe actuar dictatorialmente (tesis que no podía comprender de ningún modo «Iskra», que rehuía la consigna de dictadura); que la tarea de esta dictadura es la destrucción de los restos de las viejas instituciones (precisamente lo que se indica claramente en la resolución del III Congreso del POSDR sobre la lucha contra la contrarrevolución y lo que fue omitido en la resolución de la conferencia, como mostramos más arriba). Finalmente, en tercer lugar, de estas palabras se desprende que Marx fustigaba a los demócratas burgueses por las «ilusiones constitucionales» en la época de revolución y de guerra civil abierta. El sentido de estas palabras se ve con particular claridad en un artículo de la «Nueva Gaceta Renana» del 6 de junio de 1848. «La Asamblea Nacional Constituyente —escribía Marx— debe ser ante todo una asamblea activa, revolucionariamente activa. Pero la Asamblea de Fráncfort se ocupa en ejercicios escolares de parlamentarismo y deja actuar al gobierno. Supongamos que este docto concilio lograra, tras madura discusión, promulgar el mejor orden del día y la mejor constitución. ¿De qué serviría el mejor orden del día y la mejor constitución si los gobiernos alemanes en ese tiempo ya han puesto la bayoneta en el orden del día?»{50}.

Tal es el sentido de la consigna: dictadura. De aquí se puede ver cómo habría reaccionado Marx ante las resoluciones que llaman «decisión de organizar la Asamblea Constituyente» a la victoria decisiva, o que invitan a «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema».

Las grandes cuestiones en la vida de los pueblos se resuelven sólo por la fuerza. Las propias clases reaccionarias suelen recurrir primero a la violencia, a la guerra civil, «ponen la bayoneta en el orden del día», como hizo la autocracia rusa y sigue haciendo sistemática e invariablemente, en todas partes y en todo lugar, a partir del 9 de enero. Y una vez que tal situación se ha creado, una vez que la bayoneta se ha puesto realmente al frente del orden del día político, una vez que la insurrección ha resultado necesaria e impostergable, entonces las ilusiones constitucionales y los ejercicios escolares de parlamentarismo se convierten sólo en una pantalla de la traición burguesa a la revolución, en una pantalla de cómo la burguesía «se aparta» de la revolución. La clase realmente revolucionaria debe entonces precisamente enarbolar la consigna de la dictadura.

Acerca de las tareas de esta dictadura, Marx escribía todavía en la «Nueva Gaceta Renana»: «La Asamblea Nacional debía haber actuado dictatorialmente contra las apetencias reaccionarias de los gobiernos caducos, y entonces habría conquistado tal fuerza en la opinión popular que todos los fusiles se habrían roto contra ella… Pero esta asamblea aburre al pueblo alemán con palabras tediosas en lugar de arrastrarlo consigo o ser arrastrada por él»{51}. La Asamblea Nacional debía, a juicio de Marx, «eliminar del régimen realmente existente en Alemania todo lo que contradijera el principio de la soberanía del pueblo», luego «afianzar el terreno revolucionario sobre el que se asienta, asegurar la soberanía del pueblo conquistada por la revolución contra todos los ataques»{52}.

Por consiguiente, según su contenido, las tareas que Marx planteaba en 1848 al gobierno revolucionario o a la dictadura se reducían ante todo al vuelco democrático: defensa contra la contrarrevolución y eliminación de hecho de todo lo que contradijera la soberanía del pueblo. Esto no es otra cosa que la dictadura revolucionario-democrática.

Ahora sigamos: ¿qué clases podían y debían, según Marx, realizar esta tarea (llevar a cabo de hecho hasta el fin el principio de la soberanía del pueblo y rechazar los ataques de la contrarrevolución)? Marx habla del «pueblo». Pero nosotros sabemos que él combatió siempre implacablemente contra las ilusiones pequeñoburguesas acerca de la unidad del «pueblo», acerca de la ausencia de lucha de clases en el seno del pueblo. Al emplear la palabra «pueblo», Marx no borraba con esa palabra las diferencias de clase, sino que unía determinados elementos capaces de llevar la revolución hasta el fin.

Después de la victoria del proletariado berlinés el 18 de marzo —escribía la «Nueva Gaceta Renana»—, los resultados de la revolución resultaron ser dobles: «Por un lado, el armamento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía del pueblo conquistada de hecho; por otro lado, la conservación de la monarquía y el ministerio de Camphausen-Hansemann, es decir, el gobierno de los representantes de la gran burguesía. De modo que la revolución tuvo resultados de dos tipos, los cuales inevitablemente debían llegar a una ruptura. El pueblo ha vencido; ha conquistado libertades de carácter decididamente democrático, pero la dominación inmediata no ha pasado a sus manos, sino a las manos de la gran burguesía. En una palabra, la revolución no fue llevada hasta el fin. El pueblo dejó que los representantes de la gran burguesía formasen el ministerio, y estos representantes de la gran burguesía demostraron sus aspiraciones de inmediato al proponer una alianza a la vieja nobleza y burocracia prusianas. Entraron en el ministerio Arnim, Kanitz y Schwerin.

La gran burguesía, antirrevolucionaria desde el principio, concertó una alianza defensiva y ofensiva con la reacción por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y a la burguesía democrática» (cursiva nuestra){53}.

Así pues, ¡no sólo la «decisión de organizar la Asamblea Constituyente» es aún insuficiente para la victoria decisiva de la revolución, sino que lo es incluso la convocatoria efectiva de la misma! Incluso después de una victoria parcial en la lucha armada (victoria de los obreros berlineses sobre la tropa el 18 de marzo de 1848) es posible una revolución «no acabada», «no llevada hasta el fin». ¿De qué depende entonces que se la lleve hasta el fin? De en manos de quién pase la dominación inmediata: en manos de los Petrunkévich y Rodichev, o sea, de los Camphausen y Hansemann, o en manos del pueblo, es decir, de los obreros y la burguesía democrática. En el primer caso, la burguesía tendrá el poder, y el proletariado, la «libertad de crítica», la libertad de «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema». La burguesía, inmediatamente después de la victoria, concertará una alianza con la reacción (esto se habría producido inevitablemente también en Rusia si, por ejemplo, los obreros de Petersburgo hubieran obtenido sólo una victoria parcial en el combate de calle con las tropas y hubieran dejado la formación del gobierno a los señores Petrunkévich y Cía). En el segundo caso, sería posible la dictadura revolucionario-democrática, es decir, la victoria completa de la revolución.

Resta por definir con mayor exactitud: ¿qué entendía precisamente Marx por «burguesía democrática» (demokratische Bürgerschaft), a la que, junto con los obreros, llamaba pueblo en contraposición a la gran burguesía?

Una respuesta clara a esta cuestión la da el siguiente pasaje del artículo de la «Nueva Gaceta Renana» del 29 de julio de 1848: «…La revolución alemana de 1848 es sólo una parodia de la revolución francesa de 1789.

El 4 de agosto de 1789, tres semanas después de la toma de la Bastilla, el pueblo francés en un solo día venció todas las cargas feudales.

El 11 de julio de 1848, cuatro meses después de las barricadas de marzo, las cargas feudales vencieron al pueblo alemán. Teste Gierke cum Hansemanno[47].

La burguesía francesa de 1789 no abandonó ni un instante a sus aliados, los campesinos. Sabía que la base de su dominación era la destrucción del feudalismo en el campo, la creación de una clase de campesinos propietarios libres (grundbesitzenden).

La burguesía alemana de 1848 traiciona sin el menor escrúpulo a los campesinos, sus aliados más naturales, que son carne de su carne y sin los cuales es impotente frente a la nobleza.

La conservación de los derechos feudales, su sanción bajo la forma de un rescate (ilusorio), tal es el resultado de la revolución alemana de 1848. El monte parió un ratón»{54}.

Este es un pasaje muy instructivo, que nos da cuatro tesis importantes: 1) La revolución alemana inacabada se distingue de la revolución francesa acabada en que la burguesía traicionó no sólo al democratismo en general, sino en particular al campesinado. 2) La base del pleno cumplimiento del vuelco democrático es la creación de una clase libre de campesinos. 3) La creación de tal clase es la supresión de las cargas feudales, la destrucción del feudalismo, de ningún modo aún un vuelco socialista. 4) Los campesinos son los aliados «más naturales» de la burguesía, precisamente de la burguesía democrática, sin los cuales ésta es «impotente» frente a la reacción.

Con los correspondientes cambios de las particularidades nacionales concretas, con la sustitución de la servidumbre en lugar del feudalismo, todas estas tesis son enteramente aplicables también a la Rusia de 1905. Indudablemente, extrayendo lecciones de la experiencia de Alemania, iluminada por Marx, no podemos llegar a ninguna otra consigna de la victoria decisiva de la revolución que: dictadura revolucionario-democrática del proletariado y del campesinado. Indudablemente, los componentes principales de ese «pueblo» que Marx contraponía en 1848 a la reacción resistente y a la burguesía traidora son el proletariado y el campesinado. Indudablemente, también entre nosotros, en Rusia, la burguesía liberal y los señores osvobozhdenistas traicionan y traicionarán al campesinado, es decir, se librarán con una falsa reforma, se pondrán del lado de los terratenientes en la lucha decisiva entre ellos y el campesinado. Sólo el proletariado es capaz de apoyar al campesinado hasta el fin en esta lucha. Indudablemente, por último, también entre nosotros, en Rusia, el éxito de la lucha campesina, es decir, el paso de toda la tierra al campesinado, significará un vuelco democrático completo, siendo el apoyo social de la revolución llevada hasta el fin, pero de ningún modo un vuelco socialista ni la «socialización» de la que hablan los ideólogos de la pequeña burguesía, los socialistas-revolucionarios. El éxito de la insurrección campesina, la victoria de la revolución democrática, sólo despejará el camino para una verdadera y decisiva lucha por el socialismo sobre el terreno de la república democrática. El campesinado, como clase de propietarios de tierra, desempeñará en esta lucha el mismo papel traidor e inestable que desempeña ahora la burguesía en la lucha por la democracia. Olvidarlo significa olvidar el socialismo, engañarse a sí mismo y a otros acerca de los verdaderos intereses y tareas del proletariado.

Para no dejar un vacío en la exposición de las concepciones de Marx en 1848, es necesario señalar una diferencia sustancial entre la socialdemocracia (o partido comunista del proletariado, hablando en el lenguaje de entonces) alemana de entonces y la socialdemocracia rusa contemporánea. Cedamos la palabra a Mehring:

«La “Nueva Gaceta Renana” apareció en la palestra política como “órgano de la democracia”. No puede dejar de verse un hilo rojo que atraviesa todos sus artículos. Pero de modo inmediato defendía más los intereses de la revolución burguesa contra el absolutismo y el feudalismo que los intereses del proletariado contra los intereses de la burguesía. Sobre el movimiento obrero particular durante la revolución se encontrará poco material en sus columnas, aunque no debe olvidarse que junto a ella aparecía dos veces por semana, bajo la redacción de Moll y Schapper, un órgano especial de la Unión Obrera de Colonia{55}. En cualquier caso, al lector contemporáneo le llama la atención cuán poco interés prestaba la “Nueva Gaceta Renana” al movimiento obrero alemán de entonces, aunque el más capaz de sus militantes, Stephan Born, había estudiado con Marx y Engels en París y Bruselas y en 1848 corresponsalía desde Berlín a su periódico. Born cuenta en sus “Memorias” que Marx y Engels nunca le expresaron con una sola palabra su desaprobación de su agitación obrera. Pero posteriores declaraciones de Engels hacen probable la suposición de que estaban descontentos, como mínimo, con los métodos de esta agitación. Su descontento era fundado en la medida en que Born se veía obligado a hacer muchas concesiones a la conciencia de clase del proletariado, todavía no desarrollada en absoluto en la mayor parte de Alemania, concesiones que no resisten la crítica desde el punto de vista del “Manifiesto Comunista”. Su descontento era infundado en la medida en que Born sabía, con todo, mantener la agitación que dirigía a una altura relativamente considerable… Sin duda, Marx y Engels estaban en lo cierto histórica y políticamente al ver el interés más importante de la clase obrera ante todo en empujar cuanto más mejor la revolución burguesa… A pesar de ello, una notable prueba de cómo el instinto elemental del movimiento obrero sabe corregir las concepciones de los más geniales pensadores es el hecho de que en abril de 1849 se pronunciaran por una organización obrera específica y decidieran participar en el congreso obrero que preparaba en especial el proletariado de la Prusia oriental (Ost-Elbien)»{56}.

Así pues, ¡sólo en abril de 1849, después de casi un año de publicación del periódico revolucionario (la «Nueva Gaceta Renana» empezó a aparecer el 1 de junio de 1848), Marx y Engels se pronunciaron por una organización obrera especial! ¡Hasta entonces habían dirigido simplemente un «órgano de la democracia», no vinculado por ningún nexo organizativo a un partido obrero independiente! Este hecho —monstruoso e increíble desde nuestro actual punto de vista— nos muestra con claridad qué diferencia tan enorme había entre el partido obrero socialdemócrata alemán de entonces y el ruso de hoy. Este hecho nos muestra en cuánta menor medida se manifestaban en la revolución democrática alemana (debido al atraso de Alemania en 1848 tanto en el aspecto económico como en el político —fragmentación estatal) los rasgos proletarios del movimiento, la corriente proletaria en él. Esto no hay que olvidarlo (como lo olvida, por ejemplo, Plejánov[48]) al valorar las reiteradas declaraciones de Marx, de esta época y de poco después, sobre la necesidad de la organización independiente del partido del proletariado. Marx sólo de la experiencia de la revolución democrática, casi un año después, extrajo prácticamente esta conclusión: hasta tal punto era en Alemania entonces toda la atmósfera filistea, pequeñoburguesa. Para nosotros, esta conclusión es ya una vieja y sólida adquisición de la experiencia del medio siglo de la socialdemocracia internacional, adquisición con la que empezamos la organización del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Entre nosotros no puede hablarse, por ejemplo, de que los periódicos revolucionarios del proletariado estén fuera del partido socialdemócrata del proletariado, de que puedan siquiera por un momento presentarse simplemente como «órganos de la democracia».

Pero la oposición que apenas empezaba a manifestarse entre Marx y Stephan Born existe entre nosotros en forma tanto más desarrollada cuanto más poderosamente se manifiesta la corriente proletaria en la corriente democrática de nuestra revolución. Al hablar del probable descontento de Marx y Engels con la agitación de Stephan Born, Mehring se expresa con excesiva suavidad y evasivas. Esto es lo que escribió Engels sobre Born en 1885 (en el prefacio a «Enthüllungen über den Kommunistenprozeβ zu Köln». Zúrich, 1885[49]):

Los miembros de la Liga de los Comunistas{57} estaban por doquier al frente del movimiento democrático extremo, demostrando con ello que la Liga era una escuela excelente de actividad revolucionaria. «El tipógrafo Stephan Born, miembro activo de la Liga en Bruselas y París, fundó en Berlín una “Hermandad Obrera” (“Arbeiterverbrüderung”), que alcanzó una considerable difusión y se mantuvo hasta 1850. Born, joven de talento, se apresuró demasiado, sin embargo, en presentarse como político. Se “hermanaba” con la más abigarrada mezcolanza (Kreti und Plethi) con tal de reunir en torno suyo una multitud. No era en absoluto de los hombres capaces de poner unidad en aspiraciones contradictorias, de poner luz en el caos. Por eso en las publicaciones oficiales de su hermandad se tropieza constantemente con confusión y mezcla de las concepciones del “Manifiesto Comunista” con reminiscencias y anhelos gremiales, con fragmentos de las ideas de Louis Blanc y de Proudhon, con la defensa del proteccionismo, etc.; en una palabra, esos hombres querían complacer a todos (Allen alles sein). En particular se ocupaban de organizar huelgas, sindicatos, cooperativas de producción, olvidando que la tarea consistía ante todo en conquistar primero, mediante la victoria política, un terreno en el que únicamente podían realizarse tales cosas de manera sólida y segura (cursiva nuestra). Y he aquí que, cuando las victorias de la reacción obligaron a los dirigentes de esa hermandad a sentir la necesidad de la participación directa en la lucha revolucionaria, entonces, como es natural, la masa no desarrollada que se agrupaba en torno suyo los abandonó. Born tomó parte en la insurrección de Dresde en mayo de 1849 y se salvó por una feliz casualidad. La Hermandad Obrera se mantuvo al margen del gran movimiento político del proletariado como una unión aislada, existente en su mayor parte sobre el papel y que desempeñaba un papel tan secundario que la reacción creyó necesario clausurarla sólo en 1850, y sus filiales muchos años más tarde. Born Buttermilch [su verdadero apellido][50] no llegó a ser ni nunca fue un político, sino que resultó un pequeño profesor suizo que ahora traduce no a Marx al lenguaje gremial, sino al bondadoso Renan al almibarado idioma alemán»{58}.

¡Así valoraba Engels las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática!

Nuestros neoiskristas también tiran hacia el «economismo» con un celo tan irracional que se hacen merecedores del elogio de la burguesía monárquica por su «iluminación». También ellos reúnen en torno suyo un público abigarrado, adulando a los «economistas», atraendo demagógicamente a la masa no desarrollada con consignas de «acción independiente», «democratismo», «autonomía», etc., etc. Sus sindicatos obreros también existen a menudo sólo en las páginas de la nueva «Iskra» a lo Jlestakov. Sus consignas y resoluciones revelan igual incomprensión de las tareas del «gran movimiento político del proletariado».