El informe de Lenin, que duró 2 horas y media, constó de dos partes. En la primera parte, Lenin esbozó las condiciones históricas que pudieron y debieron engendrar un «milagro» como la caída de la monarquía zarista en 8 días. El lugar principal entre estas condiciones lo ocupa la «gran rebelión» de 1905–1907, tan denostada por los actuales dueños de la situación, los Guchkov y los Miliukov, entusiasmados con la «gloriosa revolución» de 1917. Pero si la revolución de 1905, verdaderamente profunda, no hubiera «removido el suelo», no hubiera mostrado en acción a todas las clases y partidos unos frente a otros, no hubiera desnudado a la pandilla zarista en todo su salvajismo y bestialidad, la rápida victoria de 1917 no habría sido posible.

Una combinación de condiciones absolutamente excepcional permitió unificar en 1917 los golpes contra el zarismo dirigidos por las más heterogéneas fuerzas sociales. En primer lugar, el capital financiero anglo-francés, que es el que más domina y despoja al mundo entero, en 1905 estaba en contra de la revolución y ayudó al zarismo (empréstito de 1906) a sofocarla. Ahora participó directamente en la revolución del modo más activo, organizando una conspiración directa de los señores Guchkov, Miliukov y una parte de la alta oficialidad del ejército para deponer a Nicolás II u obligarlo a hacer concesiones. Desde el punto de vista de la política mundial y del capital financiero mundial, el gobierno de Guchkov-Miliukov es simplemente un dependiente de la firma bancaria «Inglaterra y Francia», un instrumento para continuar la carnicería imperialista de los pueblos. En segundo lugar, las derrotas de la monarquía zarista barrieron a la vieja oficialidad del ejército y la sustituyeron por una nueva, joven, burguesa. En tercer lugar, toda la burguesía rusa, que se organizó intensamente de 1905 a 1914 y aún más rápido de 1914 a 1917, se unió a los terratenientes en la lucha contra la putrefacta monarquía zarista, deseando enriquecerse con el saqueo de Armenia, Constantinopla, Galitzia, etc. En cuarto lugar, a estas fuerzas de carácter imperialista se sumó un profundo y poderoso movimiento proletario. El proletariado hacía la revolución exigiendo paz, pan y libertad, sin tener nada en común con la burguesía imperialista, y arrastró tras de sí a la mayoría del ejército, compuesta por obreros y campesinos. Había comenzado la transformación de la guerra imperialista en guerra civil.

De aquí surge la contradicción fundamental de la presente revolución, que la convierte solo en la primera etapa de la primera revolución nacida de la guerra. El gobierno de Guchkov-Miliukov, gobierno de terratenientes y capitalistas, no puede dar al pueblo ni paz, ni pan, ni libertad. Es un gobierno de continuación de la guerra de rapiña, que ha declarado abiertamente su fidelidad a los tratados internacionales del zarismo, y esos tratados son, de cabo a rabo, tratados de saqueo. Este gobierno podrá, en el mejor de los casos para él, aplazar la crisis, pero no podrá librar al país del hambre. Tampoco puede dar libertad, por muchas «promesas» que haga (las promesas son baratas), pues está atado a los intereses de la propiedad terrateniente y del capital, e inmediatamente comenzó a pactar con la dinastía para restaurar la monarquía.

Por eso, lo más estúpido es la táctica de «apoyar» al nuevo gobierno en aras, supuestamente, de la «lucha contra la reacción». Para esa lucha se necesita el armamento del proletariado, única garantía seria y real tanto contra el zarismo como contra la tendencia de los Guchkov y Miliukov a restaurar la monarquía.

Razón tiene, pues, el diputado Skóbelev cuando dijo que Rusia está «en vísperas de una segunda revolución, la verdadera (wirklich)».

Y la organización popular para esta revolución existe y crece. Es el Soviet de diputados obreros y soldados, al que no en vano denuestan los agentes del capital anglo-francés, los corresponsales de «The Times» y «Le Temps».

Estudiando las informaciones disponibles en los periódicos sobre el Soviet de diputados obreros, Lenin llegó a la conclusión de que en él existen tres corrientes. La primera es la más cercana a los socialpatriotas. Expresa confianza en Kerenski, héroe de la frase, peón en manos de Guchkov y Miliukov, pésimo representante del «luiblanovismo»{41}, que alimenta a los obreros con promesas vacías, pronuncia frases resonantes en el espíritu de los socialpatriotas y socialpacifistas europeos a la Kautsky y Cía., pero en la práctica «concilia» a los obreros con la continuación de la guerra de rapiña. Por boca de Kerenski, la burguesía imperialista de Rusia dice a los obreros: os daremos la república, la jornada de 8 horas (ya implantada en Petrogrado), os prometemos libertades, todo para que nos ayudéis a despojar a Turquía, a Austria, a arrebatar al imperialismo alemán su botín, a retener el botín del imperialismo anglo-francés.

La segunda corriente es la del Comité Central de nuestro Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. En los periódicos se ha publicado un extracto (Auszug) del «Manifiesto» de nuestro Comité Central. El Manifiesto apareció en San Petersburgo el 18/III. Proclama las reivindicaciones de república democrática, jornada de 8 horas, confiscación de las tierras de los terratenientes en favor del campesinado, confiscación de las reservas de cereales e inicio inmediato de negociaciones de paz, no por el gobierno de Guchkov y Miliukov, sino por el Soviet de diputados obreros y soldados. Ese Soviet, para el Manifiesto, es el verdadero gobierno revolucionario. (Lenin añadió que también el corresponsal de «The Times» habla de dos gobiernos en Rusia.) Las negociaciones sobre la paz inmediata deben llevarse a cabo no con los gobiernos burgueses, sino con los proletarios de todos los países beligerantes. El Manifiesto llama a todos los obreros, campesinos y soldados a elegir delegados para el Soviet de diputados obreros.

Tal es la única táctica verdaderamente socialista, verdaderamente revolucionaria.

La tercera corriente es la de Chjeidze y sus amigos. Vacilan, lo que se refleja claramente en los comentarios de «The Times» y «Le Temps», que ora elogian, ora vituperan a Chjeidze. Cuando Chjeidze se negó a entrar en el segundo Gobierno Provisional, cuando declaró la guerra como imperialista por ambas partes, etc., llevó a cabo una política proletaria. Cuando Chjeidze entró en el primer Gobierno Provisional (el «Comité de la Duma»), cuando en el punto 3 de su proclama exigía «ausreichende Teilnahme der Vertreter der russischen Arbeiterschaft an der Regierung» (la participación de los internacionalistas en el gobierno de la guerra imperialista!!), cuando él (y Skóbelev) llamaban a ese gobierno imperialista a iniciar negociaciones de paz (en vez de explicar a los obreros la verdad de que la burguesía está atada de pies y manos por los intereses del capital financiero, que no puede librarse del imperialismo), cuando los amigos de Chjeidze, Tuliakov y Skóbelev, por encargo del gobierno de Guchkov y Miliukov, van a «calmar» a los soldados que se sublevan contra los generales liberales (el asesinato del almirante Nepenin, ¡llorado incluso por los imperialistas alemanes!!), entonces Chjeidze y sus amigos caen en el peor «luiblanovismo», hacen política burguesa, perjudican la causa de la revolución.

Lenin arremetió también contra la proclama socialpacifista de Gorki y expresó su pesar porque el gran artista se mete en política repitiendo los prejuicios de la pequeña burguesía.

En la segunda parte, Lenin se propuso mostrar cuál debe ser la táctica del proletariado. Describió la singularidad de la situación histórica del momento presente, como momento de transición de la primera etapa de la revolución a la segunda, de la insurrección contra el zarismo a la insurrección contra la burguesía, contra la guerra imperialista; o hacia la Convención, en la que podría convertirse la Asamblea Constituyente si el gobierno cumple su «promesa» de convocarla.

La tarea específica del momento, correspondiente a este estado de transición, es la organización del proletariado. Pero no una organización rutinaria, con la que se contentan los traidores al socialismo, los socialpatriotas y oportunistas de todos los países, y también los kautskianos, sino una organización revolucionaria. Esta organización debe ser, en primer lugar, de todo el pueblo; en segundo lugar, debe aunar funciones militares y estatales.

Los oportunistas que dominaban en la II Internacional deformaron la doctrina de Marx y Engels sobre el Estado en el período revolucionario. Kautsky, en su polémica con Pannekoek (1912), también abandonó el punto de vista de Marx{42}. Marx enseñaba, estudiando la experiencia de la Comuna de 1871, que la clase obrera «nicht die fertige Staatsmaschine einfach in Besitz nehmen und sie für ihre eigene Zwecke in Bewegung setzen kann». El proletariado debe (¿tiene que?) destruir esta máquina (ejército, policía, burocracia){43}. Esto es lo que los oportunistas (socialpatriotas) y los kautskianos (socialpacifistas) niegan o escamotean. Es la lección práctica más importante de la Comuna de París y de la revolución rusa de 1905.

Nos diferenciamos de los anarquistas en que reconocemos la necesidad del Estado para la transformación revolucionaria. Pero nos diferenciamos de los oportunistas y kautskianos en que decimos: no necesitamos la máquina estatal «ya lista» tal como existe en las repúblicas burguesas más democráticas, sino el poder directo de los obreros armados y organizados. Ese es el Estado que necesitamos. Eso son, en esencia, la Comuna de 1871 y los Soviets de diputados obreros de 1905 y 1917. Sobre estos cimientos debemos seguir construyendo[9]. ¡No permitir que se restaure la policía! Crear, a partir de la milicia popular, una milicia verdaderamente de todo el pueblo, dirigida por el proletariado, «nuestro Estado», de modo que los capitalistas paguen a los obreros los días dedicados al servicio en la milicia. Completar los «milagros de heroísmo proletario» que el proletariado demostró ayer en la lucha contra el zarismo y demostrará mañana en la lucha contra los Guchkov-Miliukov, con «milagros de organización proletaria». ¡Tal es la consigna del momento! ¡Esa es la garantía del éxito!

A este camino empujan a los obreros las condiciones objetivas: el hambre, la necesidad de distribuir el pan, la inevitabilidad del «servicio civil obligatorio» (Zivildienstpflicht[10]), la necesidad de conseguir la paz. Nuestras condiciones de paz – decía Lenin – son las siguientes: 1) Que el Soviet de diputados obreros, como gobierno revolucionario, declare de inmediato que no está atado por ningún tratado ni del zarismo ni de la burguesía; 2) que publique de inmediato esos viles tratados de rapiña; 3) que proponga abiertamente un armisticio inmediato a todos los beligerantes; 4) que proponga la paz bajo la condición de liberación de todas las colonias y de todos los pueblos oprimidos; 5) que declare que no confía en los gobiernos burgueses y llame a los obreros de todos los países a derrocarlos; 6) que declare que las deudas de guerra las contrajo la burguesía y que sean los capitalistas quienes las paguen.

Tal es la política que atraería al lado del Soviet de diputados obreros a la mayoría tanto de los obreros como de los campesinos más pobres. La confiscación de las tierras de los terratenientes estaría asegurada. Esto no sería todavía el socialismo. Sería la victoria de los obreros y de los campesinos más pobres, que garantizaría la paz, la libertad, el pan. ¡Por tales condiciones de paz, nosotros también estamos dispuestos a librar una guerra revolucionaria! Lenin recordó que en el número 47 de «El Socialdemócrata» (del 13/X/1915) ya se declaraba que la socialdemocracia no renunciaba a una guerra revolucionaria de ese tipo[11]. La ayuda del proletariado socialista de todos los países estaría asegurada. Los viles llamamientos de los socialpatriotas (como la vergonzosa carta de Guesde: «Primero la victoria, después la república») se disiparían como el humo.

¡Viva la revolución rusa! – concluyó el ponente – ¡Viva la revolución obrera mundial que ha comenzado!

Escrito el 16 o 17 (29 o 30) de marzo de 1917.

Publicado el 31 de marzo y el 2 de abril de 1917 en el periódico «Volksrecht», núms. 77 y 78.

Publicado por primera vez en ruso en 1929 en la revista «Revolución Proletaria», núm. 10.

Se imprime según el manuscrito.