[Noviembre, antes del 7, 1905. Estocolmo.]

En el número del 1 de noviembre (nuevo estilo) de «Vorwärts» se ha publicado bajo este título el siguiente artículo.

«De las manos ensangrentadas del verdugo autócrata, el pueblo no ha recibido aún la libertad, sino sólo una promesa, únicamente palabras, pero aún no hechos.

Pero, aun así, ¡podemos en cierto sentido celebrar! Claro que no como los liberales, inclinados a un júbilo prematuro, que ven en cada victoria, por dudosa que sea, un pretexto para huir del campo de batalla. No, podemos celebrar siendo conscientes del verdadero significado del momento presente... El manifiesto del zar atestigua con toda claridad una conquista que no podrá ser arrebatada. ¡Este manifiesto es el canto fúnebre del anterior manifiesto del zar, es el toque de difuntos por esa famosa Duma, por toda la constitución de Bulyguin! ¡Apenas habían comenzado las “elecciones” a esa monstruosa “representación popular”, cuando toda esa farsa de la Duma fue destruida, barrida, pisoteada, destrozada, reducida a la nada por el proletariado urbano unánime, que se alzó en todo el país, desde Petersburgo hasta Odesa, desde Varsovia y Lodz hasta Krasnoyarsk! El pueblo se ha librado del suplicio de interminables etapas, de las insoportables peripecias de las rencillas y disputas liberales con la autocracia. El camino hacia la libertad real ha sido acortado, despejado, abierto por una vía puramente revolucionaria.

“¡Y todo esto es obra de la vanguardia consciente del proletariado ruso, obra de la socialdemocracia!”

“También esta vez los acontecimientos han seguido un curso semejante al de la célebre semana de enero. El proletariado de Petersburgo, y luego el de toda Rusia, se alzó precisamente en el momento en que la campaña liberal y democrática de los banquetes comenzaba a agotarse en su impotencia, en su inconsistencia interna. Los liberales estaban ya a punto de echar a perder por completo la causa de la libertad, cuando intervino el proletariado y de un solo golpe hizo avanzar todo el carro. Lo mismo sucede ahora. El liberalismo y la democracia rusos estaban de nuevo a punto de tropezar con una paja, de tropezar con la campaña de la Duma, haciendo fracasar la causa de la revolución por un buen período de tiempo. Los señores de los zemstvos y, junto con ellos, otros héroes “democráticos” de diverso pelaje estaban ya casi dispuestos, pese a todas sus melindres, a morder la manzana que les ofrecía Bulyguin, a participar en la “constitución” que acababan de rechazar con indignación, a lanzarse con gracia a la agitación “electoral”. Los liberales estaban ya casi a punto de pronunciar sus grandes y atronadores discursos liberales en la “Duma” en defensa del pueblo, que debía permanecer al margen, contemplando la Duma desde lejos. Pero el obrero urbano se alzó —esta vez bajo la dirección consciente y firme de la socialdemocracia— y declaró: ¡No, estimados señores, prefiero arreglármelas yo mismo con los asuntos! ¡Y bastó una semana de ardiente agitación, una semana de grandiosa huelga de masas, para que todo el encanto de la Duma de Bulyguin se desmoronara hecho polvo!»

[Nota: ¹ Véase Vorwärts nº 256 del 1 de noviembre de 1905. «Das neue Verfassungsmanifest Nikolaus des Letzten».]