[Febrero, antes del 7 de 1905. Ginebra]

«El paso al ataque del ejército del zar en el Hun-ho, pocos días después del sangriento aplastamiento de la manifestación obrera en Petersburgo, suscita muchas reflexiones. Es poco probable que consideraciones militares hayan podido provocar este paso al ataque, a no ser que se suponga una gigantesca sobrestimación de fuerzas por parte de los generales rusos. Desde un punto de vista puramente militar, las desventajas de semejante paso son enormes y evidentes: nuestro corresponsal de guerra lo muestra detalladamente en su artículo de hoy. El general Kuropatkin no es hombre que lance tropas frescas, recién llegadas, a un ataque a sabiendas desesperado contra un enemigo de fuerzas iguales o incluso superiores, que cuenta con combatientes especialmente aguerridos y que posee fortificaciones muy sólidas. Estas tropas frescas eran su principal recurso para la campaña venidera. ¿A qué venía, pues, desmoralizarlas antes del comienzo de esta campaña, sometiéndolas a todas las penalidades de una ofensiva en el terrible y duro tiempo invernal, con la certeza moral de que el ataque sería rechazado con graves pérdidas? La respuesta a esta pregunta la da la comparación de fechas y una breve reflexión sobre las necesidades perentorias de la autocracia en su política interior. El domingo 9 (22) de enero, los obreros de la capital eran ametrallados en las calles. El miércoles 12 (25) de enero, los refuerzos recién llegados eran lanzados al ataque contra los japoneses en el Hun-ho. Evidentemente, se quiso distraer la atención del pueblo ruso lo más rápidamente posible de los acontecimientos que hicieron estremecerse de horror al mundo entero. Aún antes de que la sangre dejara de correr en Petersburgo, comenzaron a llegar noticias de alarmantes agitaciones populares en muchas grandes ciudades de provincias. ¿Cómo era posible, en estas condiciones, que la camarilla cortesana y sus aliados de la burocracia no desearan apasionadamente dar a las masas populares algún otro objeto de interés que las absorbiera? La camarilla cortesana difícilmente podía halagarse con una esperanza particular de victoria; pero un suceso militar, cualquiera que fuese, aunque fuera una derrota, podía en todo caso dar al público nuevo alimento para las conversaciones. Mejor que hablen del ataque rechazado en el Hun-ho que de la matanza en la avenida Nevski. Por supuesto, no podemos afirmar con certeza que así razonaran las altas esferas al preparar el movimiento militar que añadió, según cálculos de Tokio, otros 10.000 hombres<sup>*</sup> a la enorme lista de soldados rusos perdidos en empresas que cualquier militar consideraría desesperadas. Pero este fatal predominio de la política sobre la estrategia, que se ha manifestado ya más de una vez antes, cuando la necesidad de distraer la atención de los asuntos internos era mucho menos acuciante, justifica plenamente la sospecha de que el desdichado Kuropatkin fue una vez más condenado, por órdenes de Petersburgo, a sacrificar sus tropas en operaciones a sabiendas desesperadas.»

Así escribía el martes 31 (18) de enero el serio periódico *Times*, que habitualmente examina con muchísima «sobriedad» los acontecimientos rusos desde un punto de vista burgués «razonable-conservador». Este periódico era tan «sobrio»<sup>**</sup> que escribió no hace mucho sobre las exageraciones «histéricas» de la carnicería de Petersburgo (!), que advirtió incluso al público inglés sobre la «falta de tacto» de recolectar dinero en Inglaterra para ayudar a los luchadores rusos por la libertad. Tanto más valiosos son para nosotros los juicios a sangre fría de este fiel intérprete de los intereses del gran capital sobre el significado de los últimos acontecimientos militares.

En Rusia hay tan poca posibilidad de obtener informaciones veraces sobre estos acontecimientos, es tan increíblemente difícil oír una evaluación militar un poco escrupulosa de los mismos, es tan difícil valorar el significado político y politiquero de las distintas «maniobras» de la banda zarista, que reproduciremos también los comentarios de aquel corresponsal militar al que el *Times* se refiere. Su autoridad en asuntos militares ha sido reconocida hace tiempo por la prensa tanto europea como rusa más o menos honesta.

«La batalla, comenzada el miércoles entre partes considerables de los ejércitos enemigos de Manchuria, tiene todos los rasgos de una representación popular, organizada por orden del prisionero de Tsárskoye Seló<sup>1</sup> con fines políticos para distraer la atención.

»Poco después de la última gran batalla, que sería más correcto llamar batalla de Yenshai que del Sha-ho, los japoneses extendieron su flanco izquierdo hasta el Hun-ho, y la última batalla se limitó a la línea de varias aldeas fortificadas cerca de este río. De estas aldeas, los puntos principales del ataque fueron Sandepú y la aldea de Hei-kau-tai (o Keigutaiya o Cheigutai, según la transcripción). Las fuerzas rusas consistían, según las informaciones de Oyama, en el 8.º cuerpo de ejército europeo, una división del 10.º cuerpo, la 61.ª división de reserva y dos divisiones del 1.er cuerpo de ejército de Siberia oriental, aparte de un considerable destacamento de caballería bajo la dirección del emprendedor Mishchenko.

»Los informes de Tokio estiman el número de rusos en 65.000 hombres, pero este cálculo debe ser inferior a la realidad si en la batalla participaron todas las unidades militares que se acaban de enumerar. Según el informe de Oyama, los cuerpos rusos 8.º y 10.º atacaron Chen-chieh-pu, y el resto de las fuerzas, Hei-kau-tai. Esta última aldea, según el primer despacho de Kuropatkin del 26 (13) de enero, fue tomada tras una valiente defensa entre las 10 y las 11 de la noche del miércoles. Pero Sandepú se mantuvo firme, aunque una parte de esta aldea fue ocupada por los rusos, y dos cuerpos rusos, perdiendo de 1.600 a 4.000 hombres (según datos no oficiales), se retiraron y se limitaron a bombardear la aldea de Sandepú. Hay que felicitar al general Sájarov por el giro tan afortunado de la frase en su descripción de este hecho. Concretamente, expresó que los rusos no podían permanecer en Sandepú sin correr el riesgo de sufrir una derrota. Hasta ahora, en efecto, el fenómeno habitual consistía en que uno de los ejércitos contendientes al final de la batalla abandona el campo de batalla, pero hasta ahora se pensaba habitualmente que este ejército que abandona el campo obra así no para evitar el peligro de sufrir una derrota, sino porque ya ha sufrido una derrota.

»Tan pronto como se desarrolló (se perfiló) la ofensiva rusa, Oyama, siguiendo el ejemplo de la anterior batalla del Sha-ho, pasó rápidamente a la ofensiva en su flanco izquierdo. La batalla se transformó en una serie de choques por la posesión de diversas aldeas, especialmente la aldea de Hei-kau-tai. Al fin y al cabo, tanto esta aldea como otras posiciones importantes quedaron en manos de los japoneses. Los rusos fueron rechazados y empujados hacia el norte, perdiendo 500 prisioneros y una masa de muertos y heridos»... (En la actualidad, la magnitud de estas pérdidas comienza a esclarecerse cada vez más. Los heridos sufrieron horriblemente a causa del intenso frío, y una masa de ellos murió, como se sabe por los periódicos. — *Red.*)

«Entre la sociedad rusa hay personas con educación que desean apasionadamente la victoria, esperando que solo después de la victoria se podrá incitar al zar a pensar en la paz. Pero, por mucho que deseen la paz también los japoneses, es poco probable esperar que se pongan a contribuir a la realización de estos loables anhelos rusos. Además, sigue siendo completamente problemático si la victoria rusa habría conducido a la paz; es mucho más probable que, por el contrario, habría fortalecido al partido de los grandes duques con su jingoísmo y su afán de continuar la guerra. En todo caso, este último intento infructuoso de Kuropatkin terminó con el mismo fracaso que todos los anteriores a lo largo de todo el año de guerra. Este año ha terminado ahora con una nueva y grave derrota de los rusos.

»Kuropatkin todavía no se ha dignado dar un informe concluyente sobre la batalla, a no ser por su infantil comunicación, telegrafiada hoy», (sobre la pérdida de tres muertos y 35 heridos), «y es posible que le aguarden aún nuevas pruebas. Pero, si la victoria japonesa del domingo fue la conclusión de esta batalla —esto queda todavía bajo duda—, entonces resultan completamente incomprensibles las consideraciones específicamente militares que pudieran haber provocado la ofensiva por parte de los rusos. Es incomprensible cómo podían los rusos contar con el éxito. Pasar a la ofensiva en condiciones climáticas como las actuales, contra un enemigo igual en fuerzas o incluso más fuerte, un enemigo que ha tenido tres meses de tiempo para fortificar sus posiciones, significa sacrificar despiadadamente a su ejército en el altar del patriotismo. A juzgar por la composición de las tropas que participaron en la batalla, no eran tropas de un solo Grippenberg, sino de los tres ejércitos, es decir, ¿quizás fueron enviadas las mejores tropas, las tropas selectas? En un aspecto, Kuropatkin ha mostrado indudablemente capacidades sobresalientes en el transcurso de esta campaña. Ningún general ha sabido enviar tan rápidamente tropas frescas a una derrota segura, apenas acababan de llegar al ejército, como Kuropatkin. Su maestría en derrochar fuerzas jóvenes es indiscutible (His success in blooding his "young entry" is beyond dispute). El 8.º cuerpo de ejército, la 61.ª brigada de reserva y las dos brigadas de tiradores que participaron en la batalla del Hun-ho, son todas tropas frescas que aún no habían entrado en fuego. El estado de cosas parecía exigir que estas tropas frescas no se vieran sometidas a la influencia desmoralizadora de la derrota y fueran conservadas para un golpe serio en una gran batalla. En lugar de ello, se las somete a todas las penalidades de una marcha en la nieve, en un frío espantoso, durante cuatro jornadas enteras; se mina su energía<sup>*</sup>, encargándoles la más difícil de las operaciones de un ejército en campaña: el ataque contra localidades (aldeas) bien fortificadas, una operación que los generales experimentados evitan en la medida de lo posible, pues conduce invariablemente a la pérdida de los mejores oficiales y soldados.

»Los escritores rusos han afirmado a menudo que en pleno invierno los soldados rusos tienen más probabilidades de victoria que los japoneses. Quien conoce las condiciones de vida del campesino ruso y del japonés ha dudado siempre de la exactitud de esta afirmación. Los japoneses están más acostumbrados al trabajo al aire libre en la estación fría que el campesinado, que pasa el invierno echado sobre la estufa con sus zamarras (sheepskins). Además, en la preparación de los soldados japoneses desempeñaron un papel importante las maniobras invernales y los movimientos de tropas con el fin de curtir a los soldados. Exigir del soldado ruso, con su falta de preparación (unwieldy movements), con su pesada (cumbrous) vestimenta, con jefes incapaces (?? the most indifferent leading), que pase a la ofensiva en invierno, cuando las siluetas se destacan particularmente sobre la nieve, y ataque a los japoneses, confortablemente instalados en posiciones fortificadas de antemano, esto nos ha parecido siempre un acto de pura locura (act of folly).

»Los informes sobre la gran batalla del Sha-ho en octubre están aún lejos de ser completos. A medida que llegan descripciones más detalladas, refuerzan la impresión sobre las enormes diferencias en la capacidad militar de uno y otro ejército. El general Kuropatkin, al parecer, dirigió personalmente toda la batalla del Sha-ho no solo en el sentido de la dirección general, sino a menudo incluso en los movimientos detallados. Como resultado, diversas unidades militares recibían órdenes contradictorias de distintos generales, o no recibían ninguna orden y perdían el tiempo en una espera inútil. No se ve ni rastro del espíritu de iniciativa y camaradería en la batalla. Todo el ejército, súbitamente llamado a abandonar sus trincheras, en las que se había escondido durante varios meses, perdió, al parecer, toda aptitud para la guerra ofensiva. Más aún. Un año entero de guerra ha transcurrido sin traer ni una sola victoria, ni un atisbo (glimmer) de victoria para los rusos. Rusia está creando para sí misma toda una tradición de derrotas<sup>*</sup>. Y entre tanto, para un ejército no puede haber nada más funesto, pues el abismo (chasm) entre la derrota y la victoria no deja de crecer y colmar este abismo se volverá al final directamente imposible.»

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<sup>*</sup> Acabamos de leer en *Le Temps* que el corresponsal de *Nóvoye Vremia* calcula las pérdidas rusas en la última batalla del Hun-ho en 13.000 hombres. — *Red.* [Nota de Lenin. — *Red.*]

<sup>**</sup> En el manuscrito hay un lapsus: está escrito “sobriamente”. — *Red.*

<sup>*</sup> they (las tropas rusas) have had the edge taken off their keenness by the most difficult of all field operations.

<sup>*</sup> Russia is storing up for herself the tradition of defeat.

<sup>1</sup> Los extractos han sido tomados de los artículos: 1) «The assumption of the offensive by the army of the Tsar» y 2) «The war in the far East» en el núm. 37618 de «The Times» del 31 de enero de 1905.