Al día siguiente del decreto que le colocó en el cargo de primer ministro, empezó a buscar apoyo allí donde el Sr. Bulyguin no había encontrado más que resistencia y hostilidad, es decir, comenzó a buscar la alianza con los constitucionalistas de Moscú. Los Sres. Lvov, Kokoshkin y A. Golovín, convocados a consulta, fueron los primeros pasajeros que aprovecharon la reanudación del servicio en el ferrocarril Nikoláievski para dirigirse a Petersburgo. Al Sr. Shípov le ofrecen una cartera. El Sr. Struve... abandona París...

... Las intensas gestiones realizadas ante el partido radical fueron recibidas al principio con escepticismo...

... Las concesiones abiertamente hechas a los constitucionalistas, las garantías que se les han dado, nada de eso reduce su ánimo hostil, aunque sí debilita su oposición. La mayoría de ellos, incluido el Sr. Struve, son contrarios a la colaboración que, al comienzo de la crisis, les impusieron hábilmente los líderes socialistas y que [estos] proponen continuar también en el futuro. Trazan una línea tajante entre el ámbito de su actividad reformista y el de las reivindicaciones obreras; su honestidad política les hace precaverse de cualquier malentendido que pueda conducir a que sean desplazados de la escena por actores inquietos, siempre dispuestos a pasar al drama y de antemano resignados a un desenlace sangriento. Estos constitucionalistas puros, en el aspecto político general y en la cuestión de la distribución de los derechos generales, sitúan al obrero ruso en el mismo plano que al campesino. Tras la obtención de todos estos derechos —y nos encontramos en vísperas de ello—, su siguiente tarea será la resolución no de la cuestión social, sino de la agraria, que se alza ante ellos debido a la superioridad numérica de 80 millones de desdichados campesinos frente a 5 millones de obreros descontentos. Este programa, en una forma ligeramente mitigada, o mejor dicho dividido en varias partes para llevarlo a la práctica gradualmente, puede, al parecer, convertirse también en el programa del conde Witte.

El futuro mostrará si los zemstvos, por su parte, accederán a un acuerdo amistoso y aceptarán la protección política tan fervientemente ofrecida a sus líderes por el presidente del Consejo. No hay duda alguna de que el despertar de las fuerzas reaccionarias y los encarnizados choques entre bandas de rojos y negros, ocurridos el 1 de noviembre aquí, en Moscú, Kiev y muchos otros lugares, serán una advertencia provechosa para los reformistas demasiado apresurados. No se puede en un solo día acostumbrar a la constitución a un pueblo que durante tanto tiempo ha sido ajeno a toda libertad; no se puede arrancar del autócrata a una masa popular que jamás ha tenido otro credo político que el amor a su monarca. Todas estas son verdades evidentes para el observador foráneo, pero a menudo olvidadas, en el fragor de la lucha, por los actores; ahora han sido probadas de nuevo por el pueblo, que se resiste a todos los bienes de la constitución. Quizá los oposicionistas, a quienes este pueblo llama al orden y que ahora se encuentran cara a cara con estas verdades elementales, concedan al conde Witte la tregua que necesita para crear en torno suyo una concentración de opiniones y, al amparo de la bandera nacional, ocupar el justo medio entre el estandarte dinástico y la bandera roja.

(Fin de la correspondencia.)