Que el pope Gapón es un provocador: en apoyo de esta suposición parece hablar el hecho de que es miembro y cabecilla de la sociedad de Zubátov. Además, los periódicos del extranjero, al igual que nuestros corresponsales, señalan que la policía permitió deliberadamente que el movimiento huelguístico se extendiera con mayor amplitud y libertad, que el gobierno en general (y el gran duque Vladímir en particular) quería provocar una masacre sangrienta en las condiciones más ventajosas para él. Los corresponsales ingleses indican incluso que la enérgica participación de los zubatovistas en el movimiento debía de ser especialmente ventajosa para el gobierno en semejante coyuntura. La intelectualidad revolucionaria y los proletarios conscientes, que con toda probabilidad se habrían pertrechado de armas con mayor rapidez, no podían menos que mantenerse alejados del movimiento zubatovista, no podían menos que apartarse de él. El gobierno tenía así las manos especialmente libres y se jugaba una partida sin riesgo: irán a la manifestación —pensaban— los obreros más pacíficos, los menos organizados, los más grises; con ellos, nuestras tropas no tendrán ningún problema, y se dará una buena lección al proletariado; el pretexto para fusilar en la calle a todo el mundo será magnífico; la victoria del partido reaccionario (o granducal) en la corte sobre los liberales será completa; seguirá la más feroz represión.

Tanto los periódicos ingleses como los conservadores alemanes atribuyen directamente al gobierno (o a Vladímir) semejante plan de acción. Es muy probable que esto sea cierto. Los acontecimientos del sangriento día 9 de enero lo confirman de manera notable. Pero la existencia de semejante plan en modo alguno excluye que el pope Gapón pudiera haber sido un instrumento inconsciente de dicho plan. La existencia de un movimiento liberal y reformista en una parte del joven clero ruso es indudable: este movimiento ha encontrado expresión tanto en las reuniones de la sociedad religioso-filosófica como en la literatura eclesiástica. Este movimiento ha recibido incluso su propio nombre: movimiento «neortodoxo». No se puede, por tanto, descartar en absoluto la idea de que el pope Gapón pudiera ser un socialista cristiano sincero, que fuera precisamente el domingo sangriento lo que lo empujara a una vía plenamente revolucionaria. Nos inclinamos por esta hipótesis, tanto más cuanto que las cartas de Gapón escritas después de la matanza del 9 de enero afirmando que «ya no tenemos zar», su llamamiento a la lucha por la libertad, etc., son hechos que hablan en favor de su honestidad y su sinceridad, pues en modo alguno podía entrar en los planes de un provocador una agitación tan poderosa a favor de la continuación de la insurrección.

Sea como fuere, la táctica de los socialdemócratas hacia el nuevo cabecilla se delineaba por sí sola: era necesaria una actitud prudente, expectante y desconfiada hacia el zubatovista. Era necesario en todo caso participar enérgicamente en el movimiento huelguístico iniciado (aunque lo hubiera iniciado un zubatovista) y predicar enérgicamente las concepciones y las consignas socialdemócratas. Esta fue la táctica que mantuvieron, como se desprende de las cartas antes citadas, nuestros camaradas del Comité de Petersburgo del POSDR{82}. Por muy «astutos» que fueran los planes de la camarilla reaccionaria de la corte, la realidad de la lucha de clases y de la protesta política de los proletarios, como vanguardia de todo el pueblo, resultó ser muchísimo más astuta. Que los planes policiacos y militares se volvieran contra el gobierno, que de la zubatovshchina, como pretexto insignificante, surgiera un amplio, vasto movimiento revolucionario en toda Rusia, es un hecho. La energía revolucionaria y el instinto revolucionario de la clase obrera irrumpieron con fuerza incontenible a despecho de todas las artimañas y astucias policiacas.