El artículo mencionado por nosotros más arriba en el órgano del «comité» menchevique de Tiflis (*Social-Demócrata* nº 1) se titula «La Asamblea de la Tierra y nuestra táctica». Su autor no ha olvidado del todo aún nuestro programa, enarbola la consigna de república, pero razona sobre la táctica del siguiente modo:

«Para alcanzar este objetivo (la república) se pueden señalar dos caminos: o bien hacer caso omiso por completo de la Asamblea de la Tierra convocada por el gobierno y, con las armas en la mano, golpear al gobierno, formar un gobierno revolucionario y convocar una Asamblea Constituyente. O bien: declarar la Asamblea de la Tierra centro de nuestra acción, influyendo con las armas en la mano sobre su composición, sobre su actividad, y obligarla por la fuerza a declararse Asamblea Constituyente o a convocar a través de ella una Asamblea Constituyente. Estas dos tácticas difieren de manera muy tajante. Veamos, pues, cuál de ellas nos resulta más ventajosa».

Así es como los novoiskristas rusos exponen las ideas plasmadas posteriormente en la resolución que hemos analizado. Esto fue escrito, nótese, antes de Tsushima{23}, cuando el «proyecto» de Bulyguin no había visto aún la luz del día. Incluso los liberales perdían la paciencia y expresaban su desconfianza en las páginas de la prensa legal, mientras el socialdemócrata novoiskrista resultaba ser más crédulo que los liberales. Declara que la Asamblea de la Tierra «está siendo convocada», y confía hasta tal punto en el zar que propone tomar como centro de nuestra acción esa Asamblea de la Tierra aún inexistente (¿o acaso la «Duma de Estado» o la «asamblea legislativo-consultiva»?). Más franco y directo que los autores de la resolución aprobada en la conferencia, nuestro tiflense no equipara ambas «tácticas» (expuestas por él con una ingenuidad inimitable), sino que declara que la segunda es «más ventajosa». Escuchen:

«Táctica primera. Como ustedes saben, la revolución que se avecina es una revolución burguesa, es decir, está dirigida a un cambio del régimen actual en el cual (en ese cambio) está interesado no sólo el proletariado, sino toda la sociedad burguesa. En oposición al gobierno se encuentran todas las clases, incluso los propios capitalistas. El proletariado en lucha y la burguesía en lucha, en cierto sentido, marchan juntos y atacan juntos a la autocracia desde distintos flancos. El gobierno aquí está completamente solo y carece de simpatías en la sociedad. Por eso es muy fácil destruirlo[17]. Todo el proletariado ruso no es aún tan consciente ni está tan organizado como para que únicamente él pueda hacer la revolución. Y si pudiera hacerla, haría no una revolución burguesa, sino proletaria (socialista). De modo que nos interesa que el gobierno se quede sin aliados, no pueda dividir a la oposición, no atraiga a su lado a la burguesía y no deje al proletariado aislado…».

¡Así pues, en interés del proletariado, que el gobierno zarista no pueda dividir a la burguesía y al proletariado! ¿Acaso el órgano georgiano no fue bautizado por error como *Social-Demócrata* en lugar de *Osvobozhdenie*? ¡Y fíjense qué filosofía tan inigualable de la revolución democrática! ¿Acaso no vemos aquí de manera patente cómo el pobre tiflense está totalmente desconcertado por la interpretación razonadora y jvostista del concepto de «revolución burguesa»? Discute la cuestión del posible aislamiento del proletariado en la revolución democrática y olvida… olvida una minucia… ¡al campesinado! De los posibles aliados del proletariado conoce y escoge a los terratenientes zemstvistas y no conoce a los campesinos. ¡Y eso en el Cáucaso! ¿Acaso no teníamos razón al decir que la nueva *Iskra* con sus razonamientos desciende hasta la burguesía monárquica en lugar de elevar al campesinado revolucionario hacia sí como aliado?

«…En caso contrario, la derrota del proletariado y la victoria del gobierno son inevitables. Y es precisamente a esto a lo que aspira la autocracia. Sin duda alguna, en su Asamblea de la Tierra atraerá a su lado a representantes de la nobleza, de los zemstvos, de las ciudades, de las universidades y demás instituciones burguesas[18]. Intentará contentarlos con pequeñas concesiones y así reconciliarlos consigo. Fortalecida de este modo, dirigirá todos sus golpes contra el pueblo trabajador, que quedará solo. Nuestro deber es impedir un desenlace tan desgraciado. Pero ¿acaso se puede lograr esto por el primer camino? Supongamos que no prestamos atención alguna a la Asamblea de la Tierra y comenzamos nosotros mismos a preparar la insurrección, y un buen día salimos armados a la calle a luchar. Y entonces, aquí delante de nosotros no hay uno, sino dos enemigos: el gobierno y la Asamblea de la Tierra. Mientras nosotros nos preparábamos, ellos tuvieron tiempo de ponerse de acuerdo[19], concertar un pacto entre sí, elaborar una constitución ventajosa para ellos y repartirse el poder. Ésta es una táctica directamente ventajosa para el gobierno, y debemos rechazarla del modo más enérgico…».

¡Esto sí que es sincero! ¡Hay que renunciar decididamente a la «táctica» de preparar la insurrección, porque «durante ese tiempo» el gobierno llegará a un acuerdo con la burguesía! ¿Se puede encontrar en la vieja literatura del más empedernido «economismo» algo que se aproxime siquiera a tal envilecimiento de la socialdemocracia revolucionaria? Las insurrecciones y los estallidos de obreros y campesinos que ocurren aquí y allá son un hecho. La Asamblea de la Tierra es una promesa de Bulyguin. Y el *Social-Demócrata* de la ciudad de Tiflis decide: renunciar a la táctica de preparar la insurrección y esperar el «centro de influencia»: la Asamblea de la Tierra…

«…La segunda táctica, por el contrario, consiste en colocar la Asamblea de la Tierra bajo nuestra vigilancia, no darle la posibilidad de actuar a su antojo[20] y llegar a un acuerdo con el gobierno[21].

Apoyamos la Asamblea de la Tierra en la medida en que lucha contra la autocracia, y luchamos contra ella en los casos en que se reconcilia con la autocracia. Mediante una enérgica intervención y por la fuerza, dividimos a los diputados entre sí[22], atraemos a los radicales a nuestro lado[23], apartamos del gobierno a los conservadores y, de este modo, encauzamos a toda[24] la Asamblea de la Tierra por la vía revolucionaria. Gracias a esta táctica, el gobierno permanecerá constantemente solo, la oposición[25] será fuerte, y con ello se facilitará el establecimiento de un régimen democrático».

¡Sí, sí! Que digan ahora que exageramos el giro de los novoiskristas hacia la más vulgar parodia del «economismo». Si esto ya es directamente una especie del célebre polvo contra las moscas: atrapar la mosca, espolvorearlo sobre ella, y la mosca muere. Dividir por la fuerza a los diputados de la Asamblea de la Tierra, «apartar a los conservadores del gobierno», y toda la Asamblea de la Tierra se pondrá en la vía revolucionaria… Sin ninguna insurrección armada «jacobina», sino así, noblemente, casi de forma parlamentaria, «influyendo» sobre los miembros de la Asamblea de la Tierra.

¡Pobre Rusia! De ella se decía que siempre lleva sombreros pasados de moda y desechados por Europa. Todavía no tenemos parlamento, ni siquiera Bulyguin lo ha prometido, pero de cretinismo parlamentario{24} tenemos de sobra.

«…¿Cómo debe producirse esta intervención? Ante todo, exigiremos que la Asamblea de la Tierra sea convocada mediante sufragio universal, igualitario, directo y con voto secreto. Junto con la promulgación[26] de este procedimiento electoral debe ser legalizada[27] la plena libertad de agitación preelectoral, es decir, la libertad de reunión, de palabra, de prensa, la inviolabilidad de los electores y elegibles y la liberación de todos los presos políticos. Las elecciones mismas deben fijarse lo más tarde posible, a fin de que tengamos tiempo suficiente para informar y preparar al pueblo. Y dado que la elaboración de las normas para la convocatoria de la Asamblea ha sido encomendada a una comisión del ministro del Interior, Bulyguin, debemos influir sobre esta comisión y sobre sus miembros[28]. Si la comisión Bulyguin se niega a satisfacer nuestras demandas[29] y concede el derecho a elegir diputados únicamente a los propietarios, entonces debemos intervenir en esas elecciones y, por vía revolucionaria, obligar a los electores a elegir candidatos avanzados y exigir en la Asamblea de la Tierra la convocatoria de una Asamblea Constituyente[30]. Por último, mediante toda clase de medidas: manifestaciones, huelgas y, si es necesario, la insurrección, obligar a la Asamblea de la Tierra a convocar una Asamblea Constituyente o a declararse como tal. El defensor de la Asamblea Constituyente debe ser el proletariado armado, y ambos juntos[31] marcharán hacia la república democrática.

Ésta es la táctica socialdemócrata, y sólo ella nos asegurará la victoria».

Que no piense el lector que todo este increíble disparate es una simple prueba de pluma de algún novoiskrista irresponsable y sin influencia. No, esto se dice en el órgano de todo un comité de los novoiskristas, el de Tiflis. Y no sólo eso. Este disparate es directamente aprobado por *Iskra*, en cuyo número cien leemos acerca de este *Social-Demócrata*:

«El primer número ha sido redactado con viveza y talento. Se nota la mano experimentada y hábil de un redactor-escritor… Se puede afirmar con certeza que el periódico cumplirá brillantemente la tarea que se ha propuesto».

¡Sí! Si esa tarea consiste en mostrar a todos y a cada uno, de manera patente, la completa descomposición ideológica del novoiskrismo, entonces ha sido cumplida realmente «con brillantez». Nadie habría podido expresar de manera más «viva, talentosa y hábil» la degradación de los novoiskristas hasta el oportunismo liberal-burgués.