Las personas superficialmente familiarizadas con la situación en la socialdemocracia rusa o que juzgan desde fuera, sin conocer la historia de toda nuestra lucha interna en el partido desde los tiempos del «economismo», muy a menudo se desentienden de las divergencias tácticas ya definidas ahora, sobre todo después del III Congreso, con una simple referencia a dos tendencias naturales, inevitables y perfectamente conciliables de todo movimiento socialdemócrata. Por un lado —se dice—, el acentuado énfasis en el trabajo ordinario, corriente, cotidiano, en la necesidad de desarrollar la propaganda y la agitación, preparar las fuerzas, profundizar el movimiento, etc. Por otro lado, el énfasis en las tareas combativas, políticas generales, revolucionarias del movimiento, la indicación de la necesidad de la insurrección armada, el planteamiento de las consignas: dictadura democrático-revolucionaria, gobierno revolucionario provisional. Ni una ni otra parte deben exagerarse, ni aquí ni allí (como, en general, en ninguna parte del mundo) son buenos los extremos, etc., etc.

Las baratas verdades de la sabiduría mundana (y «política» entre comillas) que, indudablemente, contienen semejantes razonamientos, encubren con demasiada frecuencia, sin embargo, la incomprensión de las necesidades vitales, candentes, del partido. Tomemos las actuales divergencias tácticas entre los socialdemócratas rusos. Por supuesto, el énfasis acentuado en el aspecto cotidiano, rutinario del trabajo, que vemos en los razonamientos novoiskristas sobre la táctica, de por sí no podría representar aún nada peligroso ni provocar ninguna divergencia en las consignas tácticas. Pero basta comparar las resoluciones del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia con las resoluciones de la conferencia para que esta divergencia salte a la vista.

¿De qué se trata? Pues, en primer lugar, de que no basta una sola indicación general, abstracta, sobre las dos corrientes en el movimiento y sobre el perjuicio de los extremos. Hay que saber concretamente de qué adolece el movimiento dado en el momento dado, en qué reside ahora el peligro político real para el partido. En segundo lugar, hay que saber a qué fuerzas políticas reales llevan agua al molino tales o cuales consignas tácticas —o, quizás, tal o cual ausencia de consignas—. Escuchad a los novoiskristas y llegaréis a la conclusión de que al partido socialdemócrata le amenaza el peligro de echar por la borda la propaganda y la agitación, la lucha económica y la crítica de la democracia burguesa, de dejarse llevar desmedidamente por la preparación militar, los ataques armados, la toma del poder, etc. En realidad, el peligro real amenaza al partido desde un lado completamente distinto. Quien conozca algo de cerca el estado del movimiento, quien lo siga atenta y reflexivamente, no puede dejar de ver el lado ridículo de los temores novoiskristas. Todo el trabajo del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia se ha vaciado ya por completo en moldes firmes, invariables, que aseguran incondicionalmente la concentración del centro de gravedad en la propaganda y la agitación, las hojas volantes y los mítines de masas, la distribución de octavillas y folletos, la contribución a la lucha económica y la recogida de sus consignas. No hay un solo comité del partido, ni un solo comité de distrito, ni una sola reunión central, ni un solo grupo fabril en el que no se haya dedicado y se dedique siempre y constantemente el noventa y nueve por ciento de la atención, las fuerzas y el tiempo a todas estas funciones, consolidadas ya desde la segunda mitad de la década de los noventa. Esto solo lo ignoran personas completamente desconocedoras del movimiento. Solo personas muy ingenuas o desinformadas pueden tomar por moneda contante y sonante la repetición novoiskrista de lo archisabido, cuando se hace con un aire especialmente importante.

El hecho es que no solo no nos dejamos llevar en exceso por las tareas de la insurrección, las consignas políticas generales, la causa de la dirección de toda la revolución popular, sino que, al contrario, el atraso precisamente en este aspecto salta a la vista, constituye el punto más doloroso, representa un peligro real para el movimiento, que puede degenerar, y en algunos lugares degenera, de revolucionario de hecho en revolucionario de palabra. De los muchos y muchos cientos de organizaciones, grupos y círculos que realizan el trabajo del partido, no encontraréis uno solo en el que, desde su mismo surgimiento, no se haya llevado aquel trabajo cotidiano del que, con aire de personas que han descubierto nuevas verdades, peroran los sabios de la nueva «Iskra». Y, al contrario, encontraréis un porcentaje insignificante de grupos y círculos que hayan tomado conciencia de las tareas de la insurrección armada, que hayan empezado a cumplirlas, que se hayan dado cuenta de la necesidad de dirigir toda la revolución popular contra el zarismo, de la necesidad de plantear para ello precisamente estas, y no otras, consignas de vanguardia.

Estamos increíblemente atrasados respecto a las tareas de vanguardia y realmente revolucionarias, no hemos tomado conciencia de ellas aún en la mayoría de los casos, hemos pasado por alto aquí y allá el fortalecimiento de la democracia burguesa revolucionaria a costa de nuestro atraso en este aspecto. Y los escritores de la nueva «Iskra», volviendo la espalda al curso de los acontecimientos y a las exigencias de la época, repiten obstinadamente: ¡no olvidéis lo viejo! ¡no os dejéis llevar por lo nuevo! Este es el motivo fundamental e invariable de todas las resoluciones sustanciales de la conferencia, mientras que en las resoluciones del congreso leéis también invariablemente: confirmando lo viejo (y sin detenernos en rumiarlo precisamente porque es viejo, ya resuelto y fijado por la literatura, las resoluciones y la experiencia), planteamos una nueva tarea, dirigimos la atención hacia ella, ponemos una nueva consigna, exigimos de los socialdemócratas realmente revolucionarios el trabajo inmediato para su puesta en práctica.

Así es como se plantea en realidad la cuestión de las dos corrientes en la táctica de la socialdemocracia. La época revolucionaria ha planteado nuevas tareas, que solo los completamente ciegos no ven. Y estas tareas, unos socialdemócratas las reconocen resueltamente y las ponen a la orden del día: la insurrección armada es inaplazable, preparaos para ella inmediata y enérgicamente, recordad que es necesaria para la victoria decisiva, plantead las consignas de república, gobierno provisional, dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Los otros, en cambio, retroceden, se estancan en el mismo lugar, en lugar de consignas dan prefacios, en lugar de señalar lo nuevo junto a la confirmación de lo viejo, rumian extensa y aburridamente esto viejo, inventando pretextos para eludir lo nuevo, sin saber definir las condiciones de la victoria decisiva, sin saber plantear las consignas que son las únicas que corresponden al afán de alcanzar la victoria completa.

El resultado político de este seguidismo lo tenemos ante los ojos. La fábula sobre el acercamiento de la «mayoría» del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a la democracia burguesa revolucionaria sigue siendo una fábula, no confirmada por un solo hecho político, ni por una sola resolución influyente de los «bolcheviques», ni por un solo acto del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Y, mientras tanto, la burguesía oportunista y monárquica, en la persona de «Osvobozhdenie», saluda desde hace tiempo las tendencias «de principio» del novoiskrismo, y ahora ya directamente mueve con su agua su molino, recoge todas sus palabrejas e «ideítas» contra la «conspiración» y la «revuelta», contra la exageración del aspecto «técnico» de la revolución, contra el planteamiento directo de la consigna de insurrección armada, contra el «revolucionarismo» de las reivindicaciones extremas, etc., etc. La resolución de toda una conferencia de socialdemócratas-«mencheviques» en el Cáucaso y la aprobación de esta resolución por la redacción de la nueva «Iskra» ofrece un balance político inequívoco de todo esto: ¡como si no fuera a apartarse la burguesía en caso de participación del proletariado en la dictadura democrático-revolucionaria! Con esto está dicho todo. Con esto queda definitivamente sancionada la transformación del proletariado en apéndice de la burguesía monárquica. Con esto se demuestra de hecho, no mediante una declaración casual de una persona, sino mediante una resolución especialmente aprobada por toda una corriente, el significado político del seguidismo novoiskrista.

Quien reflexione sobre estos hechos, comprenderá el verdadero significado de las indicaciones corrientes sobre los dos lados y las dos tendencias del movimiento socialdemócrata. Tomad la bernsteiniada, para estudiar estas tendencias en una escala mayor. Pues los bernsteinianos repitieron y repiten exactamente lo mismo: que son ellos quienes comprenden las verdaderas necesidades del proletariado, las tareas de crecimiento de sus fuerzas, de profundización de todo el trabajo, de preparación de los elementos de la nueva sociedad, de propaganda y agitación. ¡Exigimos el reconocimiento abierto de lo que existe! —dice Bernstein, santificando con ello el «movimiento» sin el «objetivo final», santificando una táctica exclusivamente defensiva, predicando la táctica del miedo, «como si no fuera a apartarse la burguesía». Y los bernsteinianos gritaban sobre el «jacobinismo» de los socialdemócratas revolucionarios, sobre los «literatos» que no comprenden la «iniciativa obrera», etc., etc. De hecho, como todos saben, los socialdemócratas revolucionarios ni siquiera pensaron en abandonar el trabajo cotidiano y menudo, la preparación de fuerzas, etc., etc. Ellos solo exigían una conciencia clara del objetivo final, un planteamiento claro de las tareas revolucionarias, querían elevar las capas semiproletarias y semipequeñoburguesas hasta el espíritu revolucionario del proletariado, y no rebajar este último hasta consideraciones oportunistas, «como si no fuera a apartarse la burguesía». Casi la expresión más nítida de esta discordia entre el ala intelectualista-oportunista y el ala proletaria-revolucionaria del partido fue la cuestión: dürfen wir siegen? «¿nos atrevemos a vencer?», ¿nos está permitido vencer?, ¿no es peligroso para nosotros vencer?, ¿debemos vencer? Por extraña que parezca a primera vista, esta cuestión fue planteada y tenía que ser planteada, pues los oportunistas temían la victoria, espantaban al proletariado de ella, profetizaban desgracias a causa de ella, ridiculizaban las consignas que llaman directamente a ella.

La misma división fundamental en tendencia intelectualista-oportunista y proletaria-revolucionaria se da entre nosotros, con la única, y muy sustancial, diferencia de que no se trata de una revolución socialista, sino democrática. También entre nosotros se ha planteado la cuestión, absurda a primera vista: «¿nos atrevemos a vencer?». La ha planteado Martínov en sus «Dos dictaduras», que profetizaban desgracias en caso de que preparemos muy bien y llevemos a cabo con pleno éxito la insurrección. La ha planteado toda la literatura de los novoiskristas sobre la cuestión del gobierno revolucionario provisional, intentando afanosa, pero infructuosamente todo el tiempo, confundir la participación de Millerand en un gobierno burgués-oportunista con la participación de Varlin{37} en un gobierno pequeñoburgués revolucionario. Está sancionada por la resolución «como si no fuera a apartarse la burguesía». Y aunque Kautsky, por ejemplo, intenta ahora ironizar diciendo que nuestras disputas sobre el gobierno revolucionario provisional se parecen al reparto de la piel del oso aún no cazado, esta ironía solo muestra cómo incluso socialdemócratas inteligentes y revolucionarios caen en un desatino cuando hablan de lo que conocen solo de oídas. La socialdemocracia alemana no está aún demasiado cerca de cazar el oso (realizar la revolución socialista), pero la disputa sobre si «nos atrevemos» a cazarlo tuvo una enorme importancia de principio y práctico-política. Los socialdemócratas rusos no están aún demasiado cerca de ser capaces de «cazar su oso» (realizar la revolución democrática), pero la cuestión de si «nos atrevemos» a cazarlo tiene una importancia extremadamente seria para todo el futuro de Rusia y para el futuro de la socialdemocracia rusa. No puede ni hablarse de una reunión enérgica y exitosa del ejército, de su dirección, sin la seguridad de que «nos atrevemos» a vencer.

Tomad a nuestros viejos «economistas». Ellos también gritaban que sus adversarios eran conspiradores, jacobinos (véase «Rabócheie Dielo», especialmente el n.º 10, y el discurso de Martínov durante los debates sobre el programa en el II Congreso{38}), que se desprendían de la masa al lanzarse a la política, que olvidaban las bases del movimiento obrero, no tenían en cuenta la iniciativa obrera, etc., etc. En realidad, estos partidarios de la «iniciativa obrera» eran intelectuales oportunistas que imponían a los obreros su comprensión estrecha y filistea de las tareas del proletariado. En realidad, los adversarios del «economismo», como puede verlo cualquiera por la vieja «Iskra», no abandonaron ni relegaron a un segundo plano ni uno solo de los aspectos del trabajo socialdemócrata, no olvidaron en absoluto la lucha económica, sabiendo al mismo tiempo plantear en toda su amplitud las tareas políticas candentes y del momento, oponiéndose a la transformación del partido obrero en un apéndice «económico» de la burguesía liberal.

Los economistas aprendieron de memoria que en la base de la política está la economía, y «comprendieron» esto de tal manera que hay que rebajar la lucha política al nivel de la lucha económica. Los novoiskristas aprendieron de memoria que la revolución democrática tiene en su base económica la revolución burguesa, y «comprendieron» esto de tal manera que hay que rebajar las tareas democráticas del proletariado al nivel de la moderación burguesa, hasta aquel límite tras el cual «se apartará la burguesía». Los «economistas», bajo el pretexto de profundizar el trabajo, bajo el pretexto de la iniciativa obrera y de la política puramente de clase, entregaban de hecho a la clase obrera en manos de los políticos liberales burgueses, es decir, llevaban al partido por un camino cuyo significado objetivo era precisamente ese. Los novoiskristas, bajo los mismos pretextos, entregan de hecho a la burguesía los intereses del proletariado en la revolución democrática, es decir, llevan al partido por un camino cuyo significado objetivo es precisamente ese. A los «economistas» les parecía que la hegemonía en la lucha política no era cosa de los socialdemócratas, sino propiamente cosa de los liberales. A los novoiskristas les parece que la realización activa de la revolución democrática no es cosa de los socialdemócratas, sino propiamente cosa de la burguesía democrática, pues la dirección y la participación preponderante del proletariado «debilitarían la envergadura» de la revolución.

En una palabra, los novoiskristas son epígonos del «economismo» no solo por su origen en el segundo congreso del partido, sino también por la manera actual en que plantean las tareas tácticas del proletariado en la revolución democrática. Esta es también el ala intelectualista-oportunista del partido. En la organización, debutó con el individualismo anárquico de los intelectuales y terminó con el «proceso de desorganización», sancionando en los «estatutos»{39} adoptados por la conferencia la separación de la literatura respecto a la organización del partido, las elecciones indirectas, de casi cuatro grados, el sistema de plebiscitos bonapartistas en lugar de la representación democrática y, finalmente, el principio de «acuerdo» entre la parte y el todo. En la táctica del partido, rodaban por el mismo plano inclinado. En el «plan de la campaña zemstvista», declararon como «tipo superior de manifestación» la intervención ante los zemstvistas, encontrando en la escena política solo dos fuerzas activas (¡en vísperas del 9 de enero!): el gobierno y la democracia burguesa. La tarea candente del armamento la «profundizaban», sustituyendo la consigna práctica directa de armarse por el llamamiento a armar la imperiosa necesidad del autoarmamento. Las tareas de la insurrección armada, del gobierno provisional, de la dictadura democrático-revolucionaria han sido tergiversadas y embotadas por ellos ahora en sus resoluciones oficiales. «Como si no fuera a apartarse la burguesía»: este acorde final de su última resolución arroja plena luz sobre la cuestión de adónde lleva al partido su camino.

La revolución democrática en Rusia es, por su esencia económico-social, una revolución burguesa. Esta acertada tesis marxista no basta con simplemente repetirla. Hay que saber comprenderla y saber aplicarla a las consignas políticas. Toda libertad política en general, sobre el terreno de las relaciones de producción actuales, es decir, capitalistas, es una libertad burguesa. La reivindicación de libertad expresa ante todo los intereses de la burguesía. Sus representantes fueron los primeros en plantear esta reivindicación. Sus partidarios aprovecharon en todas partes, como dueños, la libertad obtenida, reduciéndola a la medida burguesa moderada y formal, combinándola con la represión más refinada en tiempos de paz y bestialmente cruel durante las tormentas contra el proletariado revolucionario.

Pero deducir de esto la negación o el rebajamiento de la lucha por la libertad solo podían hacerlo los rebeldes populistas, los anarquistas y los «economistas». Imponer estas doctrinas intelectualistas-filisteas al proletariado solo se lograba siempre por un tiempo, solo contra su resistencia. El proletariado captaba con su instinto que la libertad política le es necesaria, le es necesaria sobre todo a él, a pesar de que fortalezca y organice directamente a la burguesía. No en la evasión de la lucha de clases espera su salvación el proletariado, sino en su desarrollo, en el aumento de su amplitud, conciencia, organización y resolución. Quien rebaja las tareas de la lucha política, transforma al socialdemócrata de tribuno popular en secretario de un trade-union. Quien rebaja las tareas proletarias en la revolución democrática burguesa, transforma al socialdemócrata de jefe de la revolución popular en cabecilla de un sindicato obrero libre.

Sí, de la revolución popular. La socialdemocracia ha luchado y lucha con pleno derecho contra el abuso democrático-burgués de la palabra *pueblo*. Exige que con esta palabra no se encubra la incomprensión de los antagonismos de clase dentro del pueblo. Insiste incondicionalmente en la necesidad de la plena independencia de clase del partido del proletariado. Pero descompone el «pueblo» en «clases» no para que la clase de vanguardia se encierre en sí misma, se limite con una medida estrecha, capora su actividad con consideraciones sobre si no se apartarán los dueños económicos del mundo, sino para que la clase de vanguardia, sin padecer la tibieza, la inestabilidad, la irresolución de las clases intermedias, luche con tanta más energía, con tanto más entusiasmo por la causa de todo el pueblo, a la cabeza de todo el pueblo.

¡He aquí lo que tan a menudo no comprenden los actuales novoiskristas, que sustituyen el planteamiento de consignas políticas activas en la revolución democrática por una mera repetición razonadora de la palabra «clasista» en todos los géneros y en todos los casos!

La revolución democrática es burguesa. La consigna del reparto negro o de tierra y libertad, esta consigna tan difundida de la masa campesina, oprimida y oscura, pero que busca apasionadamente la luz y la felicidad, es burguesa. Pero nosotros, los marxistas, debemos saber que no hay ni puede haber otro camino hacia la verdadera libertad del proletariado y del campesinado que el camino de la libertad burguesa y del progreso burgués. No debemos olvidar que no hay ni puede haber en la actualidad otro medio de acercar el socialismo que la plena libertad política, que la república democrática, que la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado. Como representantes de la clase de vanguardia y única revolucionaria, sin reservas, sin dudas, sin miradas atrás, debemos plantear ante todo el pueblo, del modo más amplio, audaz e iniciativo posible, las tareas de la revolución democrática. Rebajar estas tareas es, en teoría, una caricatura del marxismo y una tergiversación filistea del mismo, y en la práctica política es entregar la causa de la revolución en manos de la burguesía, que inevitablemente se apartará de la realización consecuente de la revolución. Las dificultades que se alzan en el camino de la victoria completa de la revolución son muy grandes. Nadie podrá condenar a los representantes del proletariado si hacen todo lo que está en sus fuerzas y si todos sus esfuerzos se estrellan contra la resistencia de la reacción, la traición de la burguesía, la oscuridad de la masa. Pero todos y cada uno –y ante todo el proletariado consciente– condenarán a la socialdemocracia si ella cercena la energía revolucionaria de la revolución democrática, cercena el entusiasmo revolucionario por miedo a vencer, por consideraciones sobre cómo hacer para que no se aparte la burguesía. Las revoluciones son las locomotoras de la historia –decía Marx{40}. Las revoluciones son la fiesta de los oprimidos y explotados. Nunca la masa del pueblo es capaz de actuar como un creador tan activo de nuevos órdenes sociales como durante la revolución. En tales épocas, el pueblo es capaz de milagros, desde el punto de vista de la estrecha y mezquina medida del progreso gradualista. Pero es necesario que también los dirigentes de los partidos revolucionarios planteen sus tareas de manera más amplia y audaz en tal momento, que sus consignas vayan siempre por delante de la iniciativa revolucionaria de la masa, sirviéndole de faro, mostrando en toda su grandeza y en todo su encanto nuestro ideal democrático y socialista, mostrando el camino más cercano, más directo hacia la victoria completa, incondicional, decisiva. Dejemos a los oportunistas de la burguesía «osvobozhdentsi» que, por miedo a la revolución y por miedo al camino directo, inventen vías tortuosas, indirectas, de compromiso. Si por la fuerza nos obligan a arrastrarnos por tales vías, sabremos cumplir con nuestro deber también en el menudo trabajo cotidiano. Pero que primero la lucha despiadada decida la cuestión de la elección del camino. Seremos traidores y vendidos a la revolución si no aprovechamos esta energía festiva de las masas y su entusiasmo revolucionario para una lucha despiadada y abnegada por el camino directo y decidido. Que los oportunistas de la burguesía piensen cobardemente en la futura reacción. A los obreros no les asustará la idea ni de que la reacción se dispone a ser terrible, ni de que la burguesía se dispone a apartarse. Los obreros no esperan componendas, no piden limosnas, aspiran a aplastar despiadadamente las fuerzas reaccionarias, es decir, a la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado.

No cabe duda de que en tiempos borrascosos más peligros amenazan a nuestro barco del partido que en la tranquila «navegación» del progreso liberal, que significa la penosa y lenta extracción de los jugos de la clase obrera por sus explotadores. No cabe duda de que las tareas de la dictadura democrático-revolucionaria son mil veces más difíciles y complejas que las tareas de la «oposición extrema» y de la sola lucha parlamentaria. Pero quien en el actual momento revolucionario sea conscientemente capaz de preferir la navegación tranquila y el camino de la «oposición» segura, que se aparte por un tiempo del trabajo socialdemócrata, que espere el fin de la revolución, cuando pase la fiesta, comiencen de nuevo los días laborables, y su medida cotidiana y limitada no sea una disonancia tan repugnante, una tergiversación tan monstruosa de las tareas de la clase de vanguardia.

¡A la cabeza de todo el pueblo y, en particular, del campesinado, por la libertad completa, por la revolución democrática consecuente, por la república! ¡A la cabeza de todos los trabajadores y explotados, por el socialismo! Así debe ser en realidad la política del proletariado revolucionario, tal es la consigna de clase que debe impregnar y determinar la solución de cada cuestión táctica, cada paso práctico del partido obrero durante la revolución.