Hemos mostrado que la táctica de los neoiskristas hace retroceder la revolución en lugar de impulsarla hacia adelante —posibilidad que desearían garantizar con su resolución—. Hemos mostrado que precisamente esta táctica ata las manos de la socialdemocracia en la lucha contra la burguesía inconsecuente y no la preserva de disolverse en la democracia burguesa. Es comprensible que de premisas falsas de la resolución se desprenda una conclusión falsa: «Por eso la socialdemocracia no debe proponerse como objetivo tomar o compartir el poder en el gobierno provisional, sino que debe permanecer como el partido de la oposición revolucionaria extrema». Observad la primera mitad de esta conclusión, referida al planteamiento de objetivos. ¿Se proponen los neoiskristas como objetivo de la actividad socialdemócrata la victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo? Sí, se lo proponen. No saben formular correctamente las condiciones de la victoria decisiva, desviándose hacia la formulación «osvobozhdenista», pero dicho objetivo se lo plantean. Además, ¿vinculan ellos el gobierno provisional con la insurrección? Sí, lo vinculan directamente al afirmar que el gobierno provisional «surge de la insurrección popular victoriosa». Por último, ¿se proponen dirigir la insurrección? Sí, eluden, al igual que el señor Struve, reconocer que la insurrección es necesaria e inaplazable, pero al mismo tiempo dicen, a diferencia del señor Struve, que «la socialdemocracia se esfuerza por someterla (la insurrección) a su influencia y dirección, y utilizarla en interés de la clase obrera».

¿No es cierto que resulta bien hilado? Nos proponemos someter la insurrección, tanto de las masas proletarias como de las no proletarias, a nuestra influencia, a nuestra dirección, utilizarla en nuestro interés. Por consiguiente, nos proponemos dirigir durante la insurrección tanto al proletariado como a la burguesía revolucionaria y a la pequeña burguesía («grupos no proletarios»), es decir, «compartir» la dirección de la insurrección entre la socialdemocracia y la burguesía revolucionaria. Nos proponemos la victoria de la insurrección, que debe conducir a la instauración del gobierno provisional («surgido de la insurrección popular victoriosa»). Por lo tanto… ¡por lo tanto no debemos proponernos tomar o compartir el poder en el gobierno revolucionario provisional!

Nuestros amigos no logran atar cabos. Oscilan entre el punto de vista del señor Struve, que desaconseja la insurrección, y el punto de vista de la socialdemocracia revolucionaria, que llama a emprender esta tarea inaplazable. Vacilan entre el anarquismo, que condena por principio, como traición al proletariado, toda participación en el gobierno revolucionario provisional, y el marxismo, que exige tal participación bajo la condición de la influencia dirigente de la socialdemocracia sobre la insurrección[37]. No tienen ninguna posición independiente: ni la posición del señor Struve, que desea pactar con el zarismo y por eso debe eludir y zigzaguear en la cuestión de la insurrección; ni la posición de los anarquistas, que condenan toda acción «desde arriba» y toda participación en la revolución burguesa. Los neoiskristas mezclan el pacto con el zarismo y la victoria sobre el zarismo. Quieren participar en la revolución burguesa. Han avanzado un poco respecto a las «Dos dictaduras» de Martínov. Están de acuerdo incluso en dirigir la insurrección del pueblo, con la condición de renunciar a esa dirección inmediatamente después de la victoria (o tal vez ¿justo antes de la victoria?), es decir, con la condición de no aprovechar los frutos de la victoria, sino entregar todos los frutos íntegramente a la burguesía. A esto lo llaman «utilizar la insurrección en interés de la clase obrera»…

No hay necesidad de detenerse más en esta confusión. Resulta más útil examinar el origen de esta confusión en la formulación que dice: «permanecer como el partido de la oposición revolucionaria extrema».

Tenemos ante nosotros una de las tesis conocidas de la socialdemocracia revolucionaria internacional. Es una tesis absolutamente justa. Se ha convertido en un lugar común para todos los adversarios del revisionismo o del oportunismo en los países parlamentarios. Ha adquirido carta de naturaleza como réplica legítima y necesaria al «cretinismo parlamentario», al millerandismo, al bernsteinianismo, al reformismo italiano al estilo de Turati. Nuestros buenos neoiskristas han aprendido de memoria esta buena tesis y la aplican celosamente… completamente fuera de lugar. Insertan categorías de la lucha parlamentaria en resoluciones escritas para condiciones en las que no existe ningún parlamento. El concepto de «oposición», surgido como reflejo y expresión de una situación política en la que nadie habla seriamente de insurrección, se traslada sin sentido a una situación en la que la insurrección ha comenzado y en la que todos los partidarios de la revolución piensan y hablan de dirigirla. El deseo de «permanecer» en lo mismo que antes, es decir, actuando sólo «desde abajo», se proclama con pompa y estruendo precisamente cuando la revolución ha planteado la cuestión de la necesidad, tras la victoria de la insurrección, de actuar desde arriba.

¡No, decididamente la suerte no acompaña a nuestros neoiskristas! Incluso cuando formulan una tesis socialdemócrata acertada, no saben aplicarla correctamente. No han pensado en cómo se transforman y se convierten en su contrario los conceptos y los términos de la lucha parlamentaria en la época de la revolución iniciada, en ausencia de parlamento, en presencia de la guerra civil, en presencia de estallidos insurreccionales. No han pensado que, en las condiciones de que se trata, las enmiendas se proponen mediante manifestaciones callejeras, las interpelaciones se presentan mediante acciones ofensivas de ciudadanos armados, la oposición al gobierno se ejerce mediante el derrocamiento violento del gobierno.

Así como cierto héroe de nuestra epopeya popular repetía buenos consejos justo cuando resultaban inoportunos, así también nuestros admiradores de Martínov repiten las lecciones del parlamentarismo pacífico justo cuando ellos mismos constatan el inicio de las hostilidades militares directas. ¡No hay nada más curioso que este proclamar, con aire importante, la consigna de «oposición extrema» en una resolución que comienza señalando la «victoria decisiva de la revolución», la «insurrección popular»! Razonad, señores, ¿qué significa erigirse en «oposición extrema» en la época de la insurrección? ¿Significa desenmascarar al gobierno o derrocarlo? ¿Significa votar contra el gobierno o infligir una derrota a sus fuerzas militares en batalla abierta? ¿Significa negar al gobierno el reabastecimiento de su erario, o significa la toma revolucionaria de ese erario para destinarlo a las necesidades de la insurrección, al armamento de los obreros y los campesinos, a la convocatoria de la asamblea constituyente? ¿No empezáis a comprender, señores, que el concepto de «oposición extrema» expresa acciones sólo negativas: desenmascarar, votar en contra, negar? ¿Por qué? Porque este concepto se refiere únicamente a la lucha parlamentaria y, además, en una época en la que nadie se plantea como objetivo inmediato de la lucha una «victoria decisiva». ¿No empezáis a comprender que la cuestión cambia radicalmente en este sentido desde el momento en que comienza el embate decisivo del pueblo políticamente oprimido en toda la línea para una lucha desesperada por la victoria?

Los obreros nos preguntan: ¿hay que emprender con energía la tarea inaplazable de la insurrección? ¿Cómo hacer para que la insurrección iniciada sea victoriosa? ¿Cómo aprovechar la victoria? ¿Qué programa se puede y se debe realizar entonces? Los neoiskristas que profundizan el marxismo responden: permaneciendo como el partido de la oposición revolucionaria extrema… Bueno, ¿acaso no teníamos razón al llamar a estos caballeros virtuosos del filisteísmo?