Al echar una mirada general sobre los acontecimientos del Domingo Sangriento, lo que más sorprende es esa combinación de una ingenua fe patriarcal en el zar y una encarnizada lucha callejera con las armas en la mano contra el poder zarista. La primera jornada de la revolución rusa enfrentó con fuerza asombrosa a la vieja y a la nueva Rusia, mostró la agonía de la ancestral fe campesina en el zar-padrecito y el nacimiento de un pueblo revolucionario encarnado en el proletariado urbano. No en vano los periódicos burgueses europeos dicen que la Rusia del 10 de enero ya no es la que era la Rusia del 8 de enero. No en vano el periódico socialdemócrata alemán que mencionamos más arriba{83} recuerda cómo hace 70 años comenzó el movimiento obrero en Inglaterra, cómo en 1834 los obreros ingleses protestaron con manifestaciones callejeras contra la prohibición de los sindicatos, cómo en 1838, cerca de Mánchester, elaboraron en enormes asambleas la «Carta del Pueblo» y el pastor Stephens proclamaba que «todo hombre libre que respira el libre aire de Dios y pisa la libre tierra de Dios tiene derecho a su propio hogar». Y este mismo pastor instaba a los obreros reunidos a tomar las armas.

Entre nosotros, en Rusia, a la cabeza del movimiento también apareció un sacerdote que, en un solo día, pasó del llamado: ir con una petición pacífica al propio zar— al llamado de iniciar la revolución. «¡Camaradas, obreros rusos!», escribía el sacerdote Gueorgui Gapón después de la jornada sangrienta en una carta leída en una reunión de liberales. «Ya no tenemos zar. Un río de sangre ha corrido hoy entre él y el pueblo ruso. Es hora de que los obreros rusos inicien sin él la lucha por la libertad popular. Os bendigo hoy. Mañana estaré entre vosotros. Hoy estoy muy ocupado trabajando para nuestra causa».

No es el sacerdote Gueorgui Gapón quien habla. Hablan aquellos miles y decenas de miles, aquellos millones y decenas de millones de obreros y campesinos rusos que hasta ahora podían creer ingenua y ciegamente en el zar-padrecito, buscar alivio a su situación insoportablemente penosa en el «propio» zar-padrecito, culpar de todas las infamias, violencias, arbitrariedades y saqueos solo a los funcionarios que engañaban al zar. Largas generaciones de una vida campesina oprimida, embrutecida, relegada a rincones perdidos, fortalecieron esta fe. Cada mes de vida de la nueva Rusia, urbana, industrial, alfabetizada, minaba y destruía esta fe. El último decenio del movimiento obrero sacó a la luz a miles de proletarios socialdemócratas de vanguardia que rompieron conscientemente con esta fe. Educó a decenas de miles de obreros, en los cuales el instinto de clase, fortalecido en la lucha huelguística y en la agitación política, socavó todas las bases de tal fe. Pero tras esos miles y decenas de miles estaban los centenares de miles y millones de trabajadores y explotados, humillados y ofendidos, proletarios y semiproletarios, en quienes aún podía persistir esa fe. Ellos no podían ir a la insurrección, solo eran capaces de pedir y suplicar. Sus sentimientos y su estado de ánimo, su nivel de conocimiento y de experiencia política fueron expresados por el sacerdote Gueorgui Gapón, y en ello reside la importancia histórica del papel que desempeñó en el inicio de la revolución rusa un hombre, ayer todavía desconocido para todos, hoy convertido en el héroe del día en Petersburgo y, tras Petersburgo, de toda la prensa europea.

Ahora se comprende por qué los socialdemócratas de Petersburgo, cuyas cartas reprodujimos más arriba, trataron al principio, y no podían no tratar, con desconfianza a Gapón. Un hombre que vestía sotana, que creía en Dios y actuaba bajo la alta protección de Zubátov y de la Ojrana no podía sino inspirar sospechas. Si se rasgaba la sotana sincera o insinceramente y maldecía su pertenencia a la vil casta, a la casta de los popes que roban y corrompen al pueblo, nadie podía decirlo con seguridad, salvo quizás las personas que conocían de cerca a Gapón personalmente, es decir, salvo un puñado insignificante de gente. Eso solo podían decidirlo los acontecimientos históricos en desarrollo, solo los hechos, los hechos y los hechos. Y los hechos resolvieron esta cuestión a favor de Gapón.

¿Podrá la socialdemocracia dominar este movimiento espontáneo?, se preguntaban con inquietud nuestros camaradas de Petersburgo, viendo el crecimiento inconteniblemente rápido de la huelga general, que abarcaba a capas extraordinariamente amplias del proletariado, viendo lo irresistible de la influencia de Gapón sobre masas tan «grises» que podrían dejarse arrastrar incluso por un provocador. Y los socialdemócratas no solo no apoyaban las ingenuas ilusiones sobre la posibilidad de una petición pacífica, sino que discutían con Gapón, defendían directa y resueltamente todos sus puntos de vista y toda su táctica. Y la historia, que las masas obreras hacían al margen de la socialdemocracia, confirmó la justeza de esos puntos de vista y de esa táctica. La lógica de la posición de clase del proletariado resultó ser más fuerte que los errores, ingenuidades e ilusiones de Gapón. El gran duque Vladímir, actuando en nombre del zar y con todo el poder del zar, se encargó con su hazaña de verdugo de mostrar a las masas obreras exactamente eso, y precisamente eso, que los socialdemócratas siempre les han mostrado y les mostrarán de palabra y por escrito.

Las masas de obreros y campesinos que conservaban aún un resto de fe en el zar no podían ir a la insurrección —dijimos—. Después del 9 de enero tenemos derecho a decir: ahora pueden ir e irán a la insurrección. El «zar-padrecito», con su sangrienta represalia contra los obreros desarmados, los empujó él mismo a las barricadas y les dio las primeras lecciones de la lucha en las barricadas. Las lecciones del «padrecito-zar» no caerán en saco roto.

A la socialdemocracia le queda preocuparse por la difusión más amplia posible de las noticias sobre las jornadas sangrientas de Petersburgo, por una mayor cohesión y organización de sus fuerzas, por una propaganda más enérgica de la consigna que propugna desde hace tiempo: la insurrección armada del pueblo entero[44].