Mi tarea consiste en exponer el planteamiento de la cuestión sobre la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional. A primera vista podría parecer extraño que surgiera semejante cuestión. Podría pensarse que los asuntos de la socialdemocracia marchan de manera magnífica y que la probabilidad de su participación en el gobierno revolucionario provisional es muy grande. En realidad no es así. Discutir esta cuestión desde el punto de vista de su realización práctica inmediata sería quijotismo. Pero esta cuestión nos ha sido impuesta no tanto por la situación práctica de las cosas como por la polémica literaria. Es necesario tener siempre presente que quien primero planteó esta cuestión fue Martínov, ya antes del 9 de enero. He aquí lo que escribió en su folleto *Dos dictaduras* (págs. 10–11):

«Imagínese, lector, por un momento que se realiza la utopía de Lenin. Imagínese que el partido, cuyos miembros se reducen a la participación en él solo de revolucionarios profesionales, ha logrado “preparar, designar y llevar a cabo la insurrección armada de todo el pueblo”. ¿No es evidente que la voluntad popular nombraría inmediatamente después de la revolución precisamente a este partido como gobierno provisional? ¿No es evidente que el pueblo confiaría precisamente a este partido, y no a otro alguno, la suerte inmediata de la revolución? ¿No es evidente que este partido, no queriendo defraudar la confianza que antes le había depositado el pueblo, se vería obligado, estaría obligado, a tomar el poder en sus manos y conservarlo hasta que consolidase con medidas revolucionarias el triunfo de la revolución?»

Semejante planteamiento de la cuestión es inverosímil, pero de hecho es así: Martínov considera que si hubiéramos preparado e impulsado muy bien la insurrección, nos encontraríamos en una situación desesperada. Si expusiéramos nuestra disputa a algún extranjero, jamás creería en la posibilidad de semejante planteamiento de la cuestión y no nos entendería. Solo conociendo la historia de las concepciones de la socialdemocracia rusa y conociendo el carácter de las concepciones «rabistas» de *Rabócheie Dielo* se puede comprender nuestra disputa. La cuestión se ha convertido en una cuestión teórica inaplazable, cuyo esclarecimiento es necesario. Es una cuestión sobre la claridad de nuestros objetivos. Yo rogaría encarecidamente a los camaradas que, al exponer nuestros debates ante los prácticos rusos, subrayaran con insistencia este planteamiento de la cuestión dado por Martínov.

En el número 96 de *Iskra* se ha publicado un artículo de Plejánov. Nosotros hemos valorado y valoramos altamente a Plejánov por todos los «agravios» que ha infligido a los oportunistas y que le han granjeado el enemistad honorable de una masa de personas. Pero no podemos valorarle por su defensa de Martínov. No es aquí el Plejánov de antes. Titula su artículo: «Sobre la cuestión de la toma del poder». Esto reduce artificialmente la cuestión. Jamás hemos planteado la cuestión de ese modo. Plejánov presenta las cosas como si *Vperiod* hubiera llamado «virtuosos del filisteísmo» a Marx y Engels. Pero en realidad no es así, es una pequeña sustitución. *Vperiod* subrayó especialmente como correcta la concepción general de Marx sobre esta cuestión. Las palabras sobre el filisteísmo se referían a Martínov o a L. Mártox. Por muy dispuestos que estemos a valorar altamente a todos aquellos que trabajan con Plejánov, Martínov no es Marx. Plejánov difumina en vano el martynovismo.

Martínov afirma que, si participamos de manera decisiva en la insurrección, surge para nosotros un gran peligro: el proletariado nos obligará a tomar el poder. En este razonamiento hay una lógica peculiar, ciertamente retrógrada. A propósito de esta peculiar indicación sobre el peligro del triunfo en la lucha contra la autocracia, *Vperiod* pregunta a Martínov y a L. Mártox: ¿de qué se trata: de la dictadura socialista o de la dictadura democrática? Se nos citan las célebres palabras de Engels sobre el peligro de la situación de un dirigente que recibe el poder en nombre de una clase aún no madura para el dominio pleno. En *Vperiod* explicamos que Engels señala el peligro de la situación del dirigente cuando éste constata *postfactum* la divergencia entre los principios y la realidad, entre las palabras y los hechos. Tal divergencia conduce a la perdición en el sentido de un fracaso político, no de una derrota física. Debéis afirmar (tal es el pensamiento de Engels) que la revolución es socialista, cuando en realidad es solo democrática. Si prometiéramos ahora al proletariado de Rusia que estamos en condiciones de asegurarle desde ya el dominio pleno, incurriríamos en el error que cometen los eseristas. Precisamente de este error de los eseristas, que decían que la revolución sería «no burguesa, sino democrática», nosotros, los socialdemócratas, nos hemos burlado siempre. Siempre hemos dicho que la revolución no debilitará, sino que fortalecerá a la burguesía, pero dará al proletariado las condiciones necesarias para una lucha exitosa por el socialismo.

Pero si se trata de una revolución democrática, tenemos ante nosotros dos fuerzas: la autocracia y el pueblo revolucionario, es decir, el proletariado como principal fuerza combatiente, el campesinado y todos los elementos pequeñoburgueses. Los intereses del proletariado no coinciden con los intereses del campesinado y de la pequeña burguesía. La socialdemocracia siempre ha subrayado que esta divergencia de clase en el seno del pueblo revolucionario es inevitable. El objeto de la lucha, en una lucha candente, puede pasar de mano en mano. El pueblo revolucionario aspira a la autocracia del pueblo; todos los elementos reaccionarios defienden la autocracia del zar. Por eso, una revolución exitosa no puede dejar de ser una dictadura democrática del proletariado y del campesinado, cuyos intereses contra la autocracia del zar coinciden. Tanto *Iskra* como *Vperiod* coincidieron en la consigna «marchar por separado, golpear juntos»; pero *Vperiod* añade: si golpeamos juntos, rematemos juntos y juntos rechacemos las tentativas del enemigo de recuperar lo perdido. Tras el derrocamiento de la autocracia, la lucha no cesará, sino que se agudizará. Precisamente entonces las fuerzas reaccionarias se organizarán para la lucha de verdad. Si empleamos la consigna de la insurrección, no debemos atemorizar a la socialdemocracia con la posibilidad del triunfo de la insurrección. Conquistada la autocracia del pueblo, debemos defenderla, y eso es precisamente la dictadura revolucionario-democrática. No hay ningún fundamento para temerla. La conquista de la república es una conquista gigantesca para el proletariado, aunque para el socialdemócrata la república no sea el «ideal absoluto», como para el revolucionario burgués, sino solo una garantía de la libertad para la amplia lucha por el socialismo. Párvus dice que en ningún país la conquista de la libertad ha costado sacrificios tan gigantescos. Esto es cierto. Lo confirma también la prensa burguesa europea, que sigue atentamente los acontecimientos rusos desde fuera. La resistencia de la autocracia a las reformas más elementales es increíblemente fuerte, y cuanto más fuerte es la acción, más fuerte es la reacción. De ahí la alta probabilidad de un completo colapso de la autocracia. Toda la cuestión de la dictadura revolucionario-democrática solo tiene sentido si se produce el completo derrocamiento de la autocracia. Es posible que en nuestro país se repitan los acontecimientos de 1848-1850, es decir, que la autocracia no sea derrocada, sino limitada y transformada en monarquía constitucional. Entonces no podrá hablarse de dictadura democrática alguna. Pero si el gobierno autocrático es realmente derrocado, deberá ser sustituido por otro. Y ese otro solo podrá ser un gobierno revolucionario provisional. Solo podrá apoyarse en el pueblo revolucionario, es decir, en el proletariado y el campesinado. Solo podrá ser una dictadura, es decir, una organización no de «orden», sino de guerra. Quien asalta una fortaleza no puede renunciar a continuar la guerra después de haberse apoderado de la fortaleza. Una de dos: o tomamos la fortaleza para conservarla, o no vamos al asalto y declaramos que solo queremos un pequeño lugarcito junto a la fortaleza.

Paso a Plejánov. Emplea un procedimiento profundamente incorrecto. Elude las cuestiones de principio importantes, lanzándose a objeciones mezquinas, empleando un cierto momento de sustitución. (Exclamación del camarada Bársov: «¡Sí!».) *Vperiod* afirma que, en líneas generales, el esquema de Marx es correcto (el esquema de la sustitución de la autocracia primero por la monarquía burguesa y después por la república democrática pequeñoburguesa), pero si nos limitamos de antemano según este esquema a los límites hasta los cuales avanzaremos, seremos filisteos. De modo que la defensa de Marx por Plejánov es «verlorene Liebesmühe» (esfuerzos de amor perdidos). Al defender a Martínov, Plejánov se remite al «Mensaje» del Comité Central de la Liga de los Comunistas a los miembros de la Liga. Plejánov expone de nuevo este «Mensaje» de manera incorrecta. Deja en la sombra que este «Mensaje» fue escrito cuando la victoria completa del pueblo ya no se había logrado, a pesar de la insurrección victoriosa del proletariado en Berlín en 1848. La monarquía burguesa constitucional ya había sustituido a la autocracia y, por lo tanto, no podía hablarse de un gobierno provisional apoyado en todo el pueblo revolucionario. Todo el sentido del «Mensaje» consiste en que, tras el fracaso de la insurrección popular, Marx aconseja a la clase obrera organizarse y prepararse. ¿Acaso son idóneos estos consejos para esclarecer la situación en Rusia antes del comienzo de la insurrección? ¿Acaso estos consejos aclaran nuestra cuestión controvertida, que presupone una insurrección victoriosa del proletariado? El «Mensaje» comienza así: «... Durante los dos años revolucionarios, 1848-1849, la Liga de los Comunistas se manifestó de dos maneras: en primer lugar, porque sus miembros participaron enérgicamente en todas partes en el movimiento... además, porque sus concepciones sobre el movimiento» (expuestas, entre otras cosas, en el *Manifiesto Comunista*) «resultaron ser las únicas correctas»... «Al mismo tiempo, la anteriormente sólida organización de la Liga se debilitó considerablemente. La mayor parte de los miembros, que participaban directamente en el movimiento revolucionario, pensaban que el tiempo de las sociedades secretas había pasado y que bastaba con las acciones abiertas. Las distintas circunscripciones y comunidades comenzaron a descuidar las relaciones con el Comité Central (la Dirección Central – Zentralbehörde) y, gradualmente, cesaron por completo en ellas. De este modo, mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, se organizaba cada vez más en Alemania, el partido obrero perdió su único apoyo sólido, se mantuvo organizado, a lo sumo, en localidades aisladas para fines locales y, en virtud de ello, en el movimiento general (in der allgemeinen Bewegung) cayó por completo bajo el dominio y la dirección de los demócratas pequeñoburgueses» («Mensaje», pág. 75).

Así pues, Marx constata en 1850 que la democracia pequeñoburguesa durante la revolución ya transcurrida de 1848 ganó en organización, mientras que el partido obrero perdió. Es natural que toda la atención de Marx se dirija a que el partido obrero no se encuentre nuevamente a la cola de la burguesía. «...En la actualidad, cuando se avecina una nueva revolución, es sumamente importante que el partido obrero actúe lo más organizadamente posible, lo más unánimemente posible y lo más independientemente posible, si no quiere ser nuevamente, como en 1848, explotado por la burguesía y arrastrarse a su cola» («Mensaje», pág. 76).

Precisamente en virtud de esta mayor organización de la democracia burguesa, Marx no duda de que obtendrá un predominio incondicional si se produce de inmediato una nueva revolución. «Que la democracia pequeñoburguesa, en el curso del ulterior desarrollo de la revolución, obtendrá en Alemania una influencia predominante por cierto tiempo (für einen Augenblick), no está sujeto a ninguna duda» («Mensaje», pág. 78). Tomando todo esto en consideración, entenderemos por qué Marx no dice ni una sola palabra en el «Mensaje» sobre la participación del proletariado en el gobierno revolucionario provisional. Es, por tanto, completamente erróneo Plejánov cuando afirma que Marx «no admitía siquiera la idea de que los representantes políticos del proletariado pudieran trabajar junto con los representantes de la pequeña burguesía en la creación de un nuevo orden social» (*Iskra* núm. 96). Esto no es cierto. Marx no plantea la cuestión de la participación de la socialdemocracia en el gobierno revolucionario provisional, y Plejánov presenta las cosas como si Marx resolviera negativamente esta cuestión. Marx dice: nosotros, los socialdemócratas, estábamos todos a la cola, estamos peor organizados, debemos organizarnos independientemente para el caso de que la democracia pequeñoburguesa se encuentre en el poder tras una nueva revolución. Martínov saca de estas premisas de Marx la siguiente conclusión: nosotros, los socialdemócratas, organizados ahora mejor que la democracia pequeñoburguesa y constituyendo un partido absolutamente independiente, debemos temer que, en caso de éxito de la insurrección, tengamos que participar en el gobierno revolucionario provisional. ¡Sí! Camarada Plejánov, una cosa es el marxismo y otra cosa es el martynovismo. Para indicar de manera más gráfica toda la diferencia entre la situación de Rusia en 1905 y la de Alemania en 1850, detengámonos aún en algunos pasajes interesantes del «Mensaje». En Marx no se hablaba para nada de la dictadura democrática del proletariado, pues él creía en la dictadura socialista inmediata del proletariado inmediatamente después de la revolución pequeñoburguesa. Por ejemplo, a propósito de la cuestión agraria dice que la democracia quiere crear una clase campesina pequeñoburguesa, y que los obreros deben oponerse a este plan en interés del proletariado rural y en su propio interés. Deben exigir que la propiedad feudal confiscada siga siendo propiedad del Estado y sea destinada a colonias obreras, en las cuales el proletariado rural asociado disfrute de todos los medios de la gran agricultura. Está claro que con planes de este tipo Marx no podía hablar de dictadura democrática. No escribía en vísperas de la revolución, como representante del proletariado organizado, sino después de la revolución, como representante de los obreros que se estaban organizando. Marx subraya como primera tarea que «inmediatamente después de la revolución, el Comité Central debe dirigirse a Alemania, convocar un congreso del partido y proponerle que tome medidas para la centralización de los clubes obreros». De esta manera, la idea de un partido obrero independiente, que para nosotros ha pasado a ser carne y sangre, era entonces nueva. No hay que olvidar que en 1848, cuando Marx editaba un periódico libre y sumamente revolucionario (la *Neue Rheinische Zeitung*), él no se apoyaba en ninguna organización obrera. Su periódico era sostenido por burgueses radicales, que casi lo hunden cuando Marx se lanzó en él contra la burguesía parisina después de las jornadas de junio. Por eso se habla tanto en este «Mensaje» sobre la organización independiente de los obreros. Allí se habla de la formación, junto al nuevo gobierno oficial, de gobiernos obreros revolucionarios, tanto en forma de clubes obreros y comités obreros como en forma de consejos municipales y administraciones comunales. Allí se habla de que los obreros deben ser armados y constituir una guardia obrera independiente. Como segundo punto del programa se indica que, junto a los candidatos burgueses, deben ser presentados candidatos obreros, siempre que sea posible entre los miembros de la Liga. Cuán débil era esta Liga lo muestra el hecho de que Marx tuviera que demostrar la necesidad de presentar candidaturas propias. La conclusión de todo esto es que Marx no mencionó ni resolvió la cuestión de la participación en el gobierno revolucionario provisional, porque esta cuestión no podía tener entonces ninguna importancia práctica, y toda la atención se dirigía por completo a la organización de un partido obrero independiente.

Plejánov dice además en *Iskra* que *Vperiod* no aporta ninguna prueba sustancial, limitándose a repetir varias palabritas predilectas, que *Vperiod* pretendidamente quiere criticar a Marx. ¿Es esto así? ¿No vemos, por el contrario, que *Vperiod* sitúa la cuestión en un terreno concreto, tomando en cuenta las fuerzas sociales reales que participan en Rusia en la lucha por la revolución democrática? Plejánov, en cambio, no dice ni una sola palabra sobre las condiciones concretas rusas. Todo su bagaje se limita a un par de citas traídas fuera de lugar. Es monstruoso, pero es así. La situación rusa se diferencia de la europeo-occidental hasta tal punto que Párvus pudo incluso plantear la cuestión de dónde está en nuestro país la democracia revolucionaria. No pudiendo demostrar que *Vperiod* quiere «criticar» a Marx, Plejánov se saca de la manga a Mach y Avenarius. Francamente no alcanzo a comprender qué relación tienen estos escritores, hacia los cuales no siento la menor simpatía, con la cuestión de la revolución social. Escribieron sobre la organización individual y social de la experiencia, o algo por el estilo, pero, a fe mía, no reflexionaron sobre la dictadura democrática. ¿Acaso sabe Plejánov que Párvus se ha hecho partidario de Mach y Avenarius? (Risas.) ¿O tal vez Plejánov tiene sus asuntos de tal modo que se ve obligado a crearse un blanco de Mach y Avenarius sin venir a cuento? Plejánov dice además que Marx y Engels perdieron pronto la fe en la cercanía de la revolución social. La Liga de los Comunistas se disolvió. Comenzaron las rencillas de los emigrados, que Marx y Engels explicaron por el hecho de que había revolucionarios, pero no había revolución. Plejánov escribe en *Iskra*: «Las tareas políticas del proletariado habrían sido definidas por ellos» (por Marx y Engels, que habían perdido la fe en la cercanía de la revolución social) «ya bajo el supuesto de que el régimen democrático seguiría siendo dominante durante un período bastante prolongado. Pero precisamente por eso habrían condenado aún más resueltamente la participación de los socialistas en un gobierno pequeñoburgués» (*Iskra* núm. 96). ¿Por qué? No hay respuesta. Plejánov sustituye nuevamente la dictadura democrática por la socialista, es decir, incurre en el error de Martínov, contra el que *Vperiod* ha advertido enérgicamente muchas veces. Sin la dictadura democrática del proletariado y del campesinado, la república en Rusia es imposible. Esta afirmación la ha expuesto *Vperiod* basándose en el análisis de la situación real. Lamentablemente, Marx no conoció esta situación y no escribió sobre ella. Y, por tanto, no se puede ni confirmar ni refutar el análisis de esta situación solo con citas de Marx. Y sobre las condiciones concretas, Plejánov no dice ni una palabra.

Aún menos afortunada es la segunda cita de Engels. En primer lugar, es sumamente extraño que Plejánov se remita a una carta privada, sin indicar dónde y cuándo fue publicada. Por la publicación de las cartas de Engels estaríamos muy agradecidos, pero desearíamos ver su texto completo. Sin embargo, tenemos algunos datos para juzgar el verdadero sentido de la carta de Engels.

Sabemos con certeza —en segundo lugar— que la situación en Italia de los años noventa es completamente distinta a la rusa. Italia gozaba ya de libertad desde hacía más de cuarenta años. En Rusia, la clase obrera no puede ni soñar con ella sin una revolución burguesa. En Italia, por consiguiente, la clase obrera podía desde hacía tiempo desarrollar una organización independiente para la revolución socialista. Turati es el Millerand italiano. Es muy posible, por tanto, que ya entonces Turati se manifestara con ideas millerandistas. Esta suposición queda plenamente confirmada por el hecho de que, según palabras del propio Plejánov, Engels tenía que explicarle a Turati la diferencia entre la revolución democrático-burguesa y la revolución socialista. Es decir, Engels temía precisamente que Turati se encontrara en la falsa situación de un dirigente que no comprende el sentido social del cambio en el que participaba. De Plejánov, por consiguiente, tenemos que repetir una vez más que confunde la revolución democrática con la socialista.

Pero, ¿acaso en Marx y Engels se puede encontrar respuesta no sobre la situación concreta rusa, sino sobre los principios generales de la lucha revolucionaria del proletariado? Al menos, *Iskra* ha planteado una cuestión general de este tipo.

En el núm. 93 escribe: «El mejor camino para organizar al proletariado en un partido de oposición al Estado democrático-burgués es el camino del desarrollo de la revolución burguesa desde abajo, mediante la presión del proletariado sobre la democracia que esté en el poder». *Iskra* dice: «*Vperiod* quiere que la presión del proletariado sobre la revolución (?) no venga solo desde abajo, no solo desde la calle, sino también desde arriba, desde los palacios del gobierno provisional». Esta formulación es correcta; *Vperiod* efectivamente quiere esto. Aquí tenemos realmente una cuestión general de principio: ¿es admisible la acción revolucionaria desde abajo o también desde arriba? A esta cuestión general se puede encontrar respuesta en Marx y Engels.

Tengo en mente un interesante artículo de Engels: «Los bakunistas en acción» (1873). Engels describe brevemente la revolución española de 1873, cuando el país fue cubierto por la insurrección de los intransigentes, es decir, los republicanos extremistas. Engels subraya que entonces no podía hablarse de la liberación inmediata de la clase obrera. La tarea consistía en acelerar para el proletariado el paso de las etapas previas que preparan la revolución social, en eliminar los obstáculos que se hallan en su camino. La república ofrecía la posibilidad de alcanzar ese objetivo. La clase obrera española podía aprovechar esa posibilidad solo participando activamente en la revolución. A tal participación se oponía entonces la influencia de los bakunistas y, entre otras cosas, su idea de la huelga general, criticada de manera muy certera por Engels. Engels describe, entre otras cosas, los acontecimientos en la ciudad de Alcoy, con 30 mil obreros fabriles. El proletariado resultó allí ser el dueño de la situación. ¿Qué hizo entonces? En contra de los principios del bakunismo, tuvo que participar en el gobierno revolucionario provisional. «Los bakunistas —dice Engels— habían predicado durante muchos años que toda acción revolucionaria desde arriba hacia abajo es perjudicial; todo debe ser organizado y llevado a cabo desde abajo hacia arriba».

Así pues, he aquí cómo respondió Engels a la cuestión general, planteada por *Iskra* sobre «desde arriba y desde abajo». El principio de *Iskra*: «solo desde abajo y en ningún caso desde arriba» es un principio anárquico. Sacando conclusiones de los acontecimientos de la revolución española, Engels dice: «Los bakunistas tuvieron que actuar en contra de sus propios principios, en contra del principio de que la institución de un gobierno revolucionario es un nuevo engaño y una nueva traición a la clase obrera» (como ahora quiere haceros creer Plejánov). «En contra de estos principios, los bakunistas tuvieron que formar parte de los comités gubernamentales de distintas ciudades y además en calidad de una minoría impotente, puesta en minoría y explotada políticamente por la burguesía». Así pues, a Engels no le desagrada que los bakunistas estuvieran en minoría, sino el hecho de que estuvieran en minoría. Al concluir el folleto, Engels dice que el ejemplo de los bakunistas «nos muestra cómo no se debe hacer la revolución».

Si Mártox limitara su trabajo revolucionario exclusivamente a la acción desde abajo, repetiría el error de los bakunistas.

Pero *Iskra*, habiendo inventado divergencias de principio con *Vperiod*, ella misma se desliza hacia nuestro punto de vista. Así, Martínov dice que el proletariado, junto con el pueblo, debe obligar a la burguesía a llevar la revolución hasta el final. Pero esto no es otra cosa que la dictadura revolucionaria del «pueblo», es decir, del proletariado y del campesinado. La burguesía no quiere en absoluto llevar la revolución hasta el final. Y el pueblo debe querer esto por las condiciones sociales de su vida. La dictadura revolucionaria lo ilustrará y lo incorporará a la vida política.

*Iskra* escribe en el núm. 95:

«Pero si, independientemente de nuestra voluntad, la dialéctica interna de la revolución, en fin de cuentas, nos llevara al poder cuando las condiciones nacionales para la realización del socialismo aún no han madurado, no nos echaríamos atrás. Nos fijaríamos como objetivo romper los estrechos marcos nacionales de la revolución e impulsar por el camino de la revolución a Occidente, tal como hace cien años Francia impulsó por ese camino a Oriente».

Así pues, *Iskra* misma reconoce que, si ocurriese tal desgracia que venciésemos, tendríamos que actuar precisamente como señala *Vperiod*. Por consiguiente, en la cuestión práctica, *Iskra* va a la zaga de *Vperiod* y socava su propia posición. Solo que no comprendo cómo se puede sacar a Mártox y a Martínov al poder contra su voluntad. Esto ya es un completo absurdo.

*Iskra* cita como ejemplo a Francia. Pero se trata de la Francia jacobina. Atemorizar con el jacobinismo en el momento de la revolución es la mayor vulgaridad. La dictadura democrática, como ya he señalado, no es una organización de «orden», sino una organización de guerra. Si incluso nos apoderáramos de Petersburgo y guillotináramos a Nicolás, tendríamos ante nosotros varias Vandées. Y Marx lo comprendía perfectamente cuando en 1848, en la *Nueva Gaceta Renana*, recordaba a los jacobinos. Decía: «El terror de 1793 no es otra cosa que el método plebeyo de ajustar cuentas con el absolutismo y la contrarrevolución». También nosotros preferimos ajustar cuentas con la autocracia rusa mediante el método «plebeyo» y dejamos a *Iskra* los métodos girondinos. La revolución rusa tiene ante sí una situación excepcionalmente ventajosa (guerra antipopular, conservadurismo asiático de la autocracia, etc.). Y esta situación permite esperar un desenlace exitoso de la insurrección. El ánimo revolucionario del proletariado crece no por días, sino por horas. Y en un momento así, el martynovismo no es solo una estupidez, sino un crimen, porque socava el alcance de la energía revolucionaria del proletariado, corta su entusiasmo revolucionario. (Liádov: «¡Exactamente!».) Este es el mismo error que, en otro contexto, sobre la cuestión no de la dictadura democrática, sino de la socialista, cometió Bernstein en el partido alemán.

Para daros una idea concreta de cómo son en realidad esos famosos «palacios» del gobierno revolucionario provisional, me remito aún a otra fuente. En su artículo «La campaña por la constitución del Reich», Engels describe cómo participó en la revolución cerca de esos «palacios». Describe, por ejemplo, la insurrección en la Prusia renana, que era uno de los centros industriales más importantes de Alemania. Las posibilidades de victoria del partido democrático, dice, eran allí particularmente favorables. La tarea consistía en lanzar todas las fuerzas libres a la orilla derecha del Rin, extender la insurrección a una arena más amplia e intentar crear allí, mediante la *Landwehr* (milicia territorial), el núcleo de un ejército revolucionario. Precisamente esta fue la propuesta hecha por Engels cuando se dirigió a Elberfeld para hacer lo posible por realizar su plan. Y Engels arremete contra los jefes pequeñoburgueses por no haber sabido organizar la insurrección, por no haber reunido dinero, por ejemplo, para el sustento de los obreros que luchaban en las barricadas, etc. Era necesario actuar con más energía, dice Engels. El primer paso debía ser el desarme del ejército cívico de Elberfeld y el reparto de sus armas entre los obreros, seguido de la recaudación de un impuesto forzoso para mantener a los obreros así armados. Pero esta propuesta, dice Engels, partió única y exclusivamente de mí. El honorable Comité de Salvación Pública no tenía la menor inclinación hacia tales «empresas terroristas».

Así, mientras nuestros Marx y Engels (mejor dicho, Martínov y Mártox) (carcajadas) nos atemorizan con el jacobinismo, Engels fustigaba a la pequeña burguesía revolucionaria por su desprecio hacia el modo de acción «jacobino». Engels comprendía que disponerse a guerrear y renunciar al mismo tiempo a la hacienda pública y al poder estatal —en tiempo de guerra— significa hacer un indigno juego de palabras. ¿De dónde sacaréis el dinero para la insurrección, si ésta se convierte en una insurrección de todo el pueblo, señores neoiskrovistas? ¿Acaso no será de la caja del Estado? ¡Eso es burgués! ¡Eso es jacobinismo!

A propósito de la insurrección en Baden, Engels escribe: «El gobierno insurrecto tenía en sus manos todas las posibilidades de éxito: un ejército ya preparado, arsenales llenos, una rica hacienda pública, una población unánime». Todo el mundo comprendió retrospectivamente lo que debía haberse hecho en tales condiciones. Había que organizar un ejército para defender la asamblea nacional, rechazar a los austríacos y a los prusianos, extender la insurrección a los Estados vecinos y «poner a la débil y alemana, así llamada asamblea nacional bajo la influencia terrorista de la población insurrecta y del ejército insurrecto; había que organizar además las fuerzas de la insurrección, poner a su disposición abundantes sumas de dinero, interesar en la insurrección a la población agrícola mediante la inmediata abolición de todas las cargas feudales. Y todo esto había que hacerlo inmediatamente, para dar a la insurrección un carácter enérgico. Una semana después del nombramiento del Comité de Baden, ya era tarde».

Estamos seguros de que los socialdemócratas revolucionarios, en el momento de la insurrección en Rusia, siguiendo el ejemplo de Engels, alistándose como soldados de la revolución, darán consejos «jacobinos» semejantes. Nuestra *Iskra*, por su parte, prefiere escribir sobre el color de los sobres de las papeletas electorales, relegando a un segundo plano la cuestión del gobierno revolucionario provisional y de la defensa revolucionaria de la asamblea constituyente. Nuestra *Iskra* no tiene intención alguna de actuar «desde arriba».

De Karlsruhe, Engels se dirigió al Palatinado. En el gobierno provisional participaba su amigo D'Ester (el que una vez había liberado a Engels de la detención). «De una participación oficial en el movimiento, que era ajeno a nuestro partido —dice Engels—, no podía ni hablarse. Yo debía ocupar en el movimiento el lugar que solo podían ocupar los colaboradores de la *Nueva Gaceta Renana*: el lugar de soldado». Ya hemos hablado de aquella disolución de la Liga de los Comunistas que dejaba a Engels casi sin ningún vínculo con las organizaciones obreras. Esto hace comprensible la cita que hemos dado: «Se me ofrecieron muchos puestos civiles y militares —escribe Engels—, puestos que no habría vacilado ni un minuto en aceptar en un movimiento proletario. En las condiciones dadas, los rechacé todos».

Como veis, Engels no temía actuar desde arriba, no temía una organización y una fuerza demasiado grandes del proletariado, que pudieran llevarlo a participar en el gobierno provisional. Engels lamentaba, por el contrario, que el movimiento no fuera lo suficientemente exitoso, lo suficientemente proletario debido a la total desorganización de los obreros. Pero aun en esas condiciones, Engels aceptó un puesto: sirvió en el ejército como ordenanza de Willich, se encargó del suministro de municiones, transportó con dificultades increíbles pólvora, plomo, cartuchos, etc. «Morir por la república, tal era entonces mi objetivo», escribe Engels.

Os dejo juzgar, camaradas, si este cuadro del gobierno provisional, pintado con palabras de Engels, se parece a esos «palacios» con los que la nueva *Iskra* intenta espantar de nosotros a los obreros. (Aplausos.) (El orador lee el proyecto de su resolución y lo comenta.)