(DEL TIPO DE 1789 O DE 1848)

[Principios de 1905]

La fecha de la nota no está establecida. Escrita a propósito del folleto de A. Martínov *Dos dictaduras*, aparecido en Ginebra a principios de 1905.

La cuestión importante respecto a la revolución rusa consiste en lo siguiente:

I ¿Llegará hasta el derrocamiento completo del gobierno zarista, hasta la república,  
II o se limitará a un recorte, a una limitación del poder zarista,  
a una constitución monárquica?

O dicho de otro modo: ¿estaremos abocados a una revolución del tipo de 1789 o del tipo de 1848*)? (decimos del *tipo* para eliminar la idea absurda de la posibilidad de que se repita la situación social, política e internacional, irrevocablemente pasada, de 1789 y 1848).

Que el socialdemócrata debe desear y luchar por lo primero, difícilmente puede haber dudas al respecto.

Mientras tanto, el planteamiento martynoviano de la cuestión se reduce por entero al deseo *colista* de una revolución más modesta. Con el II tipo, el «peligro» de la toma del poder por el proletariado y el campesinado, que tanto asusta a los martýnov, desaparece por completo. Permanecer en la «oposición» incluso respecto a la revolución en el segundo caso es inevitable para la socialdemocracia; Martínov precisamente quiere permanecer en la oposición incluso respecto a la revolución.

Cabe preguntarse: ¿qué tipo es más probable?

A favor del I habla (1) la reserva incomparablemente mayor de exasperación, de espíritu revolucionario en las clases bajas rusas que en la Alemania de 1848. Entre nosotros el viraje es más brusco, entre nosotros entre la autocracia y la libertad política no hubo ni hay peldaños intermedios (el *zemstvo* no cuenta), nuestro despotismo es asiáticamente virginal. (2) La guerra desdichada hace aún más probable un *crac* brusco, pues enreda al gobierno zarista hasta el final. (3) Nuestra coyuntura internacional es más ventajosa, pues la Europa proletaria hará imposible la ayuda a la monarquía rusa por parte de los monarcas europeos. (4) El desarrollo de los partidos conscientemente revolucionarios, de su literatura y de su organización es en nuestro país muchas veces superior al de 1789, 1848 y 1871. (5) Toda una serie de nacionalidades oprimidas por el zarismo —polacos, finlandeses, etc.— hacen particularmente enérgico el embate contra la autocracia. (6) Nuestro campesinado está especialmente arruinado, increíblemente empobrecido y no tiene ya absolutamente nada que perder.

Todas estas consideraciones, por supuesto, están lejos de ser absolutas. A ellas se pueden contraponer otras: (1) Los restos de feudalismo son muy escasos entre nosotros. (2) El gobierno tiene más experiencia y dispone de mayores medios para detectar el peligro revolucionario. (3) La guerra complica el carácter directo de la explosión revolucionaria con tareas ajenas a la revolución. La guerra demuestra la debilidad de las clases revolucionarias rusas, que sin la guerra no habrían estado en condiciones de alzarse (compárese a K. Kautsky en *La revolución social*)[^1]. (4) De otros países no nos llega ningún impulso para el viraje. (5) Los movimientos nacionales tendentes a la desmembración de Rusia son capaces de desgajar de nuestra revolución a una masa de la grande y pequeña burguesía rusa. (6) El antagonismo entre el proletariado y la burguesía es en nuestro país mucho más profundo que en 1789, 1848 y 1871, por lo cual la burguesía temerá más la revolución proletaria y se lanzará más rápidamente a los brazos de la reacción.

Sopesar todo esto + n — sólo podrá hacerlo, por supuesto, la historia.  
Nuestra tarea, la de la socialdemocracia, es impulsar la revolución burguesa lo más lejos posible, sin olvidar jamás nuestra principal tarea: la organización independiente del proletariado.

Y es aquí precisamente donde se confunde Martínov.  
Una revolución completa es la toma del poder por el proletariado y el campesinado pobre. Y estas clases, al encontrarse en el poder, no pueden dejar de luchar por la revolución socialista. *Ergo*, la toma del poder, siendo al principio un paso en la transformación democrática, por la fuerza de las cosas, contra la voluntad (y a veces la conciencia) de los participantes, se transformará en socialista. Y entonces el crac es inevitable. Y si el crac de los intentos de revolución socialista es inevitable, nosotros (como Marx en 1871, al prever el inevitable crac de la insurrección en París) debemos aconsejar al proletariado que no se insurreccione, que espere, se organice, *reculer pour mieux sauter* (retroceder para saltar mejor).

Ésta es, en rigor, la idea de Martínov (y de la nueva *Iskra*), si la hubiera pensado hasta el final.

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\*) *NB:* ¿cabría acaso añadir «o 1871»? Es necesario examinar esta cuestión como probable objeción que nos harían muchos socialdemócratas.

[^1]: En el original, «Сериальной] революции]», por «Социальной революции». Se refiere a *La revolución social* de Karl Kautsky.