I

El movimiento revolucionario en Rusia, al abarcar rápidamente a nuevas y nuevas capas de la población, crea toda una serie de organizaciones sin partido. La necesidad de unión se abre paso con tanta mayor fuerza cuanto más tiempo fue reprimida y perseguida. Constantemente surgen organizaciones, de una u otra forma, a menudo no formalizada, y su carácter es en extremo original. Aquí no hay marcos rígidos, como los que tienen las organizaciones europeas. Los sindicatos adquieren un carácter político. La lucha política se funde con la económica —por ejemplo, en forma de huelga— creando formas híbridas de organizaciones temporales o más o menos permanentes.

¿Cuál es el significado de este fenómeno? ¿Cuál debe ser la actitud de la socialdemocracia hacia él?

La estricta fidelidad al partido es compañera y resultado de una lucha de clases altamente desarrollada. Y, a la inversa, en interés de una lucha de clases abierta y amplia es necesario desarrollar una estricta fidelidad al partido. Por eso el partido del proletariado consciente, la socialdemocracia, con toda razón combate siempre al espíritu sin partido y trabaja incansablemente en la creación de un partido obrero socialista de principios firmes y sólidamente cohesionado. Este trabajo tiene éxito entre las masas a medida que el desarrollo del capitalismo divide a todo el pueblo cada vez más profundamente en clases, agudizando las contradicciones entre ellas.

Es perfectamente comprensible que la presente revolución en Rusia haya engendrado y engendre tantas organizaciones sin partido. Esta revolución es democrática, es decir, burguesa por su contenido económico-social. Esta revolución derriba el régimen autocrático-feudal, liberando de su tutela al régimen burgués, realizando así las reivindicaciones de todas las clases de la sociedad burguesa, siendo en este sentido una revolución de todo el pueblo. Esto no significa, por supuesto, que nuestra revolución no sea de clase; claro que lo es. Pero está dirigida contra estamentos y castas caducos y que caducan desde el punto de vista de la sociedad burguesa, extraños a esta sociedad, que obstaculizan su desarrollo. Y como toda la vida económica del país ya se ha vuelto, en todos sus rasgos fundamentales, burguesa, como la gigantesca mayoría de la población vive ya de hecho en condiciones burguesas de existencia, los elementos contrarrevolucionarios son naturalmente poco numerosos hasta la nimiedad, son verdaderamente un «puñado» comparado con el «pueblo». El carácter de clase de la revolución burguesa se manifiesta, por tanto, inevitablemente en el carácter «popular», no de clase a primera vista, de la lucha de todas las clases de la sociedad burguesa contra la autocracia y el feudalismo.

La época de la revolución burguesa se distingue también en Rusia, como en otros países, por un desarrollo comparativamente incipiente de las contradicciones de clase de la sociedad capitalista. Es cierto que en Rusia el capitalismo está hoy mucho más desarrollado que en Alemania en 1848, por no hablar ya de Francia en 1789, pero no cabe duda de que las contradicciones puramente capitalistas aún se ven en una medida muy, muy grande ocultadas entre nosotros por las contradicciones entre la «cultura» y el asiaticismo, el europeísmo y la tártara barbarie, el capitalismo y el feudalismo, es decir, que pasan a primer plano reivindicaciones cuyo cumplimiento desarrollará el capitalismo, lo limpiará de las escorias del feudalismo, mejorará las condiciones de vida y de lucha tanto para el proletariado como para la burguesía.

En efecto, si examinamos atentamente las reivindicaciones, instrucciones, doléances[22], que en número incontable se redactan ahora en Rusia en cada fábrica, en cada oficina, en cada regimiento, en cada escuadrón de gendarmes, en cada eparquía, en cada institución docente, etc., etc., veremos fácilmente que su inmensa mayoría son reivindicaciones puramente «culturales», si es que puede decirse así. Quiero decir que no son propiamente reivindicaciones específicas de clase, sino reivindicaciones jurídicas elementales, reivindicaciones que no destruyen el capitalismo sino que, al contrario, lo introducen en el marco del europeísmo, lo libran de la barbarie, el salvajismo, el soborno y otras supervivencias «rusas» del derecho feudal. En esencia, también las reivindicaciones proletarias se limitan en la mayoría de los casos a transformaciones que son plenamente realizables dentro del marco del capitalismo. El proletariado ruso exige ahora y de inmediato no aquello que socava el capitalismo, sino aquello que lo limpia y acelera, que intensifica su desarrollo.

Por supuesto, la situación particular del proletariado en la sociedad capitalista hace que el afán de los obreros por el socialismo, su alianza con el partido socialista, se abra paso con fuerza espontánea ya en las etapas más tempranas del movimiento. Pero las reivindicaciones propiamente socialistas están aún por delante, y en el orden del día figuran las reivindicaciones democráticas de los obreros en política, las reivindicaciones económicas dentro de los límites del capitalismo en la economía. Incluso el proletariado hace la revolución, por así decirlo, dentro del programa mínimo, y no del programa máximo. Y del campesinado, esa masa gigantesca, aplastante por su número, de la población, ni siquiera hay que hablar. Su «programa máximo», sus fines últimos no rebasan los límites del capitalismo, que se desplegaría aún más amplia y exuberantemente si toda la tierra pasara a todo el campesinado y a todo el pueblo. La revolución campesina es en la actualidad una revolución burguesa, por mucho que estas palabras «ofendan» el oído sentimental de los sentimentales caballeros de nuestro socialismo pequeñoburgués.

El carácter esbozado de la revolución en curso engendra las organizaciones sin partido de modo completamente natural. El sello de una exterioridad sin partido, la apariencia de una ausencia de partido, la adquiere inevitablemente con ello todo el movimiento en su conjunto —pero solo apariencia, por supuesto. La necesidad de una vida «humana», cultural, de unión, de defensa de la propia dignidad, de los propios derechos del hombre y del ciudadano, lo envuelve todo y a todos, une a todas las clases, supera gigantescamente toda fidelidad partidista, sacude a gentes que aún están muy, muy lejos de poder elevarse a la vida de partido. Lo perentorio de los derechos y reformas inmediatos, elementalmente necesarios, relega, por así decirlo, los pensamientos y consideraciones sobre algo más lejano. El entusiasmo por la lucha en curso, entusiasmo necesario y legítimo, sin el cual es imposible el éxito de la lucha, hace idealizar estos objetivos inmediatos, elementales, los pinta con luz de rosa, a veces incluso los reviste con un ropaje fantástico; el simple democratismo, el vulgar democratismo burgués, se toma por socialismo y se inscribe «en el ramo» del socialismo. Todo y todos parecen «sin partido»; todo y todos parece que se entrelazan en un solo movimiento «liberador» (de hecho: que libera a toda la sociedad burguesa); todo y todos adquiere un ligero, ligerísimo barniz de «socialismo», sobre todo gracias al papel de vanguardia del proletariado socialista en la lucha democrática.

La idea de ausencia de partido no puede menos que cosechar, en tales condiciones, ciertas victorias temporales. El espíritu sin partido no puede menos que convertirse en una consigna de moda, pues la moda se arrastra impotente a la zaga de la vida, y el fenómeno más «común» de la superficie política es precisamente la organización sin partido, el democratismo sin partido, el huelguismo sin partido, el revolucionarismo sin partido.

Ahora cabe preguntarse, ¿cómo deben relacionarse con este hecho del espíritu sin partido y con esta idea de la ausencia de partido los partidarios, los representantes de las distintas clases? —deben, no en sentido subjetivo, sino objetivo, es decir, no en el sentido de cómo se debe reaccionar ante ello, sino en el sentido de qué actitud ante este hecho se forma inevitablemente en dependencia de los intereses y puntos de vista de las diferentes clases.

II

Como ya hemos mostrado, la ausencia de partido es un producto —o, si se prefiere, una expresión— del carácter burgués de nuestra revolución. La burguesía no puede menos de tender hacia el espíritu sin partido, pues la ausencia de partidos entre los que luchan por la libertad de la sociedad burguesa significa la ausencia de una nueva lucha contra esta misma sociedad burguesa. Quien libra una lucha «sin partido» por la libertad, o bien no es consciente del carácter burgués de la libertad, o bien consagra ese régimen burgués, o bien aplaza la lucha contra él, su «perfeccionamiento», hasta las calendas griegas{73}. Y a la inversa, quien consciente o inconscientemente está del lado del orden burgués, no puede menos de sentir inclinación por la idea de la ausencia de partido.

En una sociedad basada en la división en clases, la lucha entre clases hostiles se convierte inevitablemente, en una determinada etapa de su desarrollo, en lucha política. La expresión más íntegra, completa y formalizada de la lucha política de clases es la lucha de partidos. El espíritu sin partido es indiferencia hacia la lucha de partidos. Pero esta indiferencia no equivale a neutralidad, a abstención de la lucha, pues en la lucha de clases no puede haber neutrales; no se puede «abstenerse» en la sociedad capitalista de participar en el intercambio de productos o de fuerza de trabajo. Y el intercambio genera ineludiblemente la lucha económica, y tras ella la lucha política. La indiferencia hacia la lucha no es, por tanto, en modo alguno, un apartamiento de la lucha, una abstención de ella o neutralidad. La indiferencia es un apoyo silencioso a quien es fuerte, a quien domina. Quien fue indiferente en Rusia a la autocracia antes de su caída durante la revolución de octubre, apoyaba silenciosamente a la autocracia. Quien es indiferente en la Europa actual al dominio de la burguesía, apoya silenciosamente a la burguesía. Quien se relaciona con indiferencia ante la idea del carácter burgués de la lucha por la libertad, apoya silenciosamente el dominio de la burguesía en esta lucha, el dominio de la burguesía en la Rusia libre que está naciendo. La indiferencia política es saciedad política. «Con indiferencia», «con desdén» se relaciona con un pedazo de pan el hombre saciado; el hambriento, en cambio, siempre será «partidista» en la cuestión del pedazo de pan. La «indiferencia y el desdén» hacia el pedazo de pan no significan que el hombre no necesite pan, sino que el hombre tiene siempre el pan asegurado, que nunca necesita pan, que está sólidamente acomodado en el «partido» de los saciados. El espíritu sin partido en la sociedad burguesa no es más que una expresión hipócrita, encubierta, pasiva, de pertenencia al partido de los saciados, al partido de los dominantes, al partido de los explotadores.

El espíritu sin partido es una idea burguesa. La fidelidad al partido es una idea socialista. Esta tesis, en general y en su conjunto, es aplicable a toda la sociedad burguesa. Por supuesto, hay que saber aplicar esta verdad general a cuestiones y casos particulares. Pero olvidar esta verdad en un momento en que toda la sociedad burguesa en su conjunto se alza contra el feudalismo y la autocracia, significa renunciar por completo, de hecho, a la crítica socialista de la sociedad burguesa.

La revolución rusa, a pesar de que aún se encuentra en el comienzo de su desarrollo, suministra ya abundante material para confirmar las consideraciones generales expuestas. La estricta fidelidad al partido siempre la ha defendido y la defiende solo la socialdemocracia, el partido del proletariado consciente. Nuestros liberales, representantes de las concepciones de la burguesía, no pueden soportar la fidelidad socialista al partido y ni siquiera quieren oír hablar de la lucha de clases: recordemos al menos los recientes discursos del señor Rodíchev, que repitió por enésima vez lo que decían y rumiaban tanto en «Osvobozhdenie» en el extranjero como los innumerables órganos vasallos del liberalismo ruso. Finalmente, la ideología de la clase intermedia, de la pequeña burguesía, ha encontrado una viva expresión en las concepciones de los «radicales» rusos de distintos matices, desde «Nasha Zhizn», los r.-d. («radicales-demócratas»){74} hasta los «socialistas-revolucionarios». Estos últimos han plasmado su mezcla de socialismo y democratismo con total claridad en la cuestión agraria y precisamente en la consigna de «socialización» (de la tierra sin socialización del capital). Es sabido también que, tolerantes con el radicalismo burgués, son intolerantes con la idea de la fidelidad socialdemócrata al partido.

No entra en nuestro tema el análisis de cómo precisamente se reflejan los intereses de las distintas clases en el programa y la táctica de los liberales y los radicales rusos de todo tipo. Solo de pasada hemos rozado aquí esta interesante cuestión y debemos pasar ahora a las conclusiones práctico-políticas sobre la actitud de nuestro partido hacia las organizaciones sin partido.

¿Es admisible la participación de los socialistas en las organizaciones sin partido? Si lo es, ¿en qué condiciones es admisible? ¿Qué táctica se debe seguir en tales organizaciones?

A la primera pregunta no se puede responder con un incondicional y principista: no. Sería erróneo decir que en ningún caso y bajo ninguna condición es admisible la participación de los socialistas en las organizaciones sin partido (es decir, más o menos consciente o inconscientemente burguesas). En la época de la revolución democrática, renunciar a la participación en las organizaciones sin partido equivaldría, en determinados casos, a renunciar a la participación en la revolución democrática. Pero es indudable que los socialistas deben limitar con marcos estrechos esos «determinados casos», que pueden admitir semejante participación solo en condiciones rigurosamente definidas y restrictivas. Pues, si las organizaciones sin partido son engendradas, como ya dijimos, por un desarrollo relativamente incipiente de la lucha de clases, por otra parte, la estricta fidelidad al partido es una de las condiciones que hacen la lucha de clases consciente, clara, definida y principista.

La salvaguardia de la independencia ideológica y política del partido del proletariado es un deber constante, invariable e incondicional de los socialistas. Quien no cumple este deber, de hecho deja de ser socialista, por muy sinceras que sean sus convicciones «socialistas» (socialistas de palabra). La participación en organizaciones sin partido para el socialista solo es admisible como excepción. Y los propios fines de esta participación y su carácter, condiciones, etc., deben subordinarse por entero a la tarea fundamental: la preparación y organización del proletariado socialista para la dirección consciente de la revolución socialista.

Las circunstancias pueden obligarnos a participar en organizaciones sin partido, sobre todo en la época de la revolución democrática y, en particular, de una revolución democrática en la que el proletariado desempeña un papel destacado. Tal participación puede resultar necesaria, por ejemplo, en interés de la prédica del socialismo ante un auditorio de carácter democrático indefinido, o en interés de la lucha conjunta de los socialistas y los demócratas revolucionarios contra la contrarrevolución. En el primer caso, tal participación será un medio de hacer llegar nuestras concepciones; en el segundo, un acuerdo de combate para el logro de determinados fines revolucionarios. En ambos casos, la participación solo puede ser temporal. En ambos casos, solo es admisible si se salvaguarda plenamente la independencia del partido obrero y bajo el control y la dirección obligatorios de todo el partido en su conjunto sobre los miembros y grupos del partido «delegados» a las uniones o consejos sin partido.

Cuando la actividad de nuestro partido era secreta, la realización de tal control y dirección presentaba dificultades gigantescas, a veces casi insuperables. Ahora, cuando la actividad del partido se vuelve cada vez más abierta, ejercer este control y esta dirección se puede y se debe del modo más amplio y, obligatoriamente, no solo ante las «cumbres», sino también ante las «bases» del partido, ante todos los obreros organizados que ingresan en el partido. Los informes sobre las intervenciones de los socialdemócratas en uniones o consejos sin partido, los referatos sobre las condiciones y tareas de tal intervención, las resoluciones de las organizaciones del partido de todo tipo acerca de dichas intervenciones deben obligatoriamente entrar en la práctica del partido obrero. Solo una participación real semejante del partido en su conjunto, la participación en la dirección de todas estas intervenciones, puede oponer de hecho el trabajo verdaderamente socialista al trabajo democrático general.

¿Qué táctica debemos seguir en las uniones sin partido? Primero, aprovechar toda posibilidad para establecer contactos independientes y propagar todo nuestro programa socialista. Segundo, definir las tareas políticas inmediatas del momento desde el punto de vista de la realización más completa y decidida de la revolución democrática, dar consignas políticas en la revolución democrática, presentar el «programa» de aquellas transformaciones que debe realizar la democracia revolucionaria en lucha, a diferencia de la democracia liberal, que regatea.

Solo planteando así la cuestión puede ser admisible y fecunda la participación de los miembros de nuestro partido en las organizaciones revolucionarias sin partido que hoy crean los obreros, mañana los campesinos, pasado mañana los soldados, etc. Solo planteando así la cuestión estaremos en condiciones de cumplir la doble tarea del partido obrero en la revolución burguesa: llevar hasta el fin la revolución democrática, ampliar y fortalecer los cuadros del proletariado socialista, que necesita libertad para una lucha implacable por el derrocamiento del dominio del capital.

«Nóvaya Zhizn» núms. 22 y 27; 26 de noviembre y 2 de diciembre de 1905. Firmado: N. Lenin

Se imprime según el texto del periódico «Nóvaya Zhizn»