El problema de la asamblea constituyente tenía que surgir natural e inevitablemente en nuestro movimiento revolucionario. Para barrer por completo los restos de las viejas instituciones feudales de la Rusia autocrática, para determinar el régimen de la nueva Rusia libre, no cabe imaginar otro camino íntegro y consecuente que la convocatoria de una asamblea constituyente de todo el pueblo. Es cierto que la vida rara vez realiza plenamente las consignas íntegras y consecuentes; siempre introduce mucho de imprevisto, que complica y enreda el desenlace, mezclando lo viejo con lo nuevo. Pero quien desea sinceramente acabar con lo viejo y sabe luchar por este objetivo, debe definir con claridad el significado de la asamblea constituyente y luchar con todas sus fuerzas por realizarla en su forma plena y pura.

El partido del proletariado consciente, la socialdemocracia, ya en su programa, aprobado en el II Congreso en 1903, planteó la reivindicación de la Asamblea Constituyente. «El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia —dice la última parte de nuestro programa— está firmemente convencido de que la realización plena, consecuente y duradera de las transformaciones políticas y económicas señaladas» (creación de un régimen estatal democrático, protección del trabajo, etc.) «sólo es alcanzable mediante el derrocamiento de la autocracia y la convocatoria de una Asamblea Constituyente, libremente elegida por todo el pueblo».

De estas palabras se desprende claramente que nuestro partido presta atención no sólo a las condiciones formales, sino también a las materiales de la convocatoria de la Asamblea Constituyente, es decir, a las condiciones que harían realmente que la asamblea fuese de todo el pueblo y constituyente. Pues no basta con llamar «constituyente» a la asamblea, no basta con reunir a los representantes del pueblo, aunque hayan sido elegidos sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto, aunque esté asegurada de hecho la libertad electoral. Además de todas estas condiciones, es necesario que la Asamblea Constituyente tenga el poder y la fuerza para instituir un nuevo orden. La historia de las revoluciones conoce ejemplos en que la asamblea pasaba por constituyente, pero de hecho el poder y la fuerza reales no estaban en sus manos, sino en las del viejo poder autocrático. Así ocurrió durante la revolución alemana de 1848, y por eso la asamblea «constituyente» de aquella época, el famoso Parlamento de Francfort, se ganó la vergonzosa reputación de despreciable «parloteo»: aquella asamblea parloteaba sobre la libertad, decretaba la libertad, pero no tomaba medidas reales para eliminar las instituciones del poder que aniquilaban la libertad. Es de lo más natural que aquella lamentable asamblea de lamentables charlatanes de la burguesía liberal abandonara la escena sin gloria.

Ahora en Rusia, la cuestión de la convocatoria de la Asamblea Constituyente ocupa el primer lugar entre los problemas políticos del día. Y precisamente ahora adquiere una importancia acuciantísima el aspecto real de esta cuestión. No es tan importante que la Asamblea Constituyente sea convocada (a esto incluso el ministro-comerciante, el conde Witte, accederá quizás mañana), sino que sea realmente de todo el pueblo y realmente constituyente.

En realidad, la experiencia misma de nuestra revolución, a pesar de que apenas empieza, ha mostrado con claridad qué tipo de trapicheos son posibles con las palabras y las promesas en general, y con la consigna de la Asamblea Constituyente en particular. Recordad el reciente congreso de los zemstvos y de las dumas municipales, de los «kadetes», en Moscú. Recordad su famosa fórmula: una Duma de Estado con funciones constituyentes para elaborar una Constitución con la aprobación del soberano... Incluso la prensa democrático-burguesa señaló la contradicción interna y el absurdo de esta fórmula. «Instituir» un nuevo orden estatal «con la aprobación» del jefe del viejo gobierno significa legalizar dos poderes, dos poderes supremos iguales (sobre el papel): el poder del pueblo sublevado y el poder de la vieja autocracia. Es comprensible que la igualdad entre ellos sea puramente aparente, que el «acuerdo» entre ellos se determine de hecho por la preponderancia de la fuerza de uno u otro lado. Los burgueses liberales legalizaban, por tanto, en su plan «ideal» de tránsito de la vieja Rusia a la nueva, la coexistencia de dos fuerzas iguales, hostiles y en lucha entre sí, es decir, legalizaban una lucha eterna y sin salida.

Esta contradicción es inexplicable desde el punto de vista de la simple lógica formal. Pero la explica plenamente la lógica de los intereses de clase de la burguesía. La burguesía teme la libertad plena, la plena democracia, porque sabe que el proletariado consciente, es decir, socialista, utilizará la libertad para luchar contra el dominio del capital. Por eso la burguesía no quiere, en esencia, la libertad plena, ni la plena soberanía popular, sino un trato con la reacción, un trato con la autocracia. La burguesía quiere el parlamentarismo para asegurar el dominio del capital, no de la burocracia, y al mismo tiempo quiere la monarquía, el ejército permanente, la conservación de ciertos privilegios de la burocracia, para no dejar que la revolución llegue hasta el fin, para no armar al proletariado, entendiendo por armamento tanto el armamento directo con armas como el armamento de la libertad plena. La contradictoria situación de clase de la burguesía, entre la autocracia y el proletariado, engendra inevitablemente, incluso con independencia de la voluntad y la conciencia de unos u otros individuos, las absurdas y estúpidas fórmulas de «acuerdo». La consigna de la Asamblea Constituyente resulta convertida en una frase; la gran reivindicación del proletariado sublevado por la libertad queda reducida a una comedia; así mancilla la burguesía todo en el mundo, sustituyendo la lucha por el mercantilismo.

Los burgueses radicales de «Nasha Zhizn» no comprenden este planteamiento inevitablemente falso y postizo de la cuestión por parte de los liberales, cuando describen con aire serio la elaboración de un «proyecto» de convocatoria de la Asamblea Constituyente por los señores Falbork y Charnoluski, y luego por la oficina central de la Unión de Uniones. ¡Es ridículo escribir tales «proyectos», señores! Ustedes van por el camino de los «kadetes», que traicionaron la revolución. Olvidan que los proyectos de papel, como todas las ilusiones constitucionales, corrompen la conciencia revolucionaria del pueblo y debilitan su energía combativa, porque se oscurece el centro de gravedad de la cuestión y se tergiversa todo su planteamiento. Pues ustedes no hacen propaganda del abecedario político: plantean la cuestión en la práctica, como lo indica el propio carácter de la discusión del proyecto por ustedes emprendida entre «representantes de los partidos extremos y moderados». Esto es manilovismo, respetables demócratas de la burguesía, cuando, por un lado, reconocen la deseabilidad de que la Asamblea Constituyente tenga toda la «plenitud» del poder y, por otro lado, intentan unir a los partidos extremos con los «moderados», es decir, a los que desean tal plenitud con los que no la desean.

¡Abajo los ropajes postizos! ¡Basta de frases liberales mentirosas! Es hora de deslindarse. A la derecha: la autocracia y la burguesía liberal, a las que une de hecho el que no quieren entregar a la Asamblea Constituyente todo el poder único, pleno e indivisible. A la izquierda: el proletariado socialista y el campesinado revolucionario o, en un sentido más amplio, toda la democracia burguesa revolucionaria. Ellos quieren la plenitud del poder para la Asamblea Constituyente. Pueden y deben concertar para este fin una alianza combativa, sin fundirse, naturalmente, unos con otros. Necesitan no proyectos de papel, sino medidas combativas, no la organización del trabajo de oficina, sino la organización de una lucha victoriosa por la libertad.

«Nóvaya Zhizn» núm. 18, 20 de noviembre de 1905.

Firmado: N. Lenin