Escrito el 2–4 (15–17) de noviembre de 1905.

Publicado por primera vez el 5 de noviembre de 1940 en el periódico «Pravda» nº 308

Se publica según el manuscrito

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Nuestras tareas y el Soviet de Diputados Obreros». – Noviembre de 1905. (Reducido)

¡Camaradas! La cuestión del significado y el papel del Soviet de Diputados Obreros figura ahora en el orden del día de la socialdemocracia de Petersburgo y de todo el proletariado de la capital. Tomo la pluma para exponer algunas ideas sobre esta candente cuestión, pero antes de hacerlo considero absolutamente necesaria una salvedad esencialísima. Me pronuncio como alguien ajeno. Me veo obligado a escribir todavía desde la maldita lejanía, desde el odioso «extranjero» de la emigración. Y sobre una cuestión práctica concreta como ésta, formarse una opinión acertada sin haber estado en Petersburgo, sin haber visto ni una sola vez al Soviet de Diputados Obreros, sin haber intercambiado puntos de vista con los camaradas que trabajan allí, es casi imposible. Dejo, por tanto, a la responsabilidad de la redacción la inserción o no de esta carta, escrita por una persona no informada. Me reservo el derecho de cambiar de opinión cuando, por fin, logre conocer la cuestión no sólo «por documentos».

Y ahora, al grano. Me parece que el camarada Radin no tiene razón cuando plantea en el n.º 5 de «Nóvaya Zhizn» (sólo he visto cinco números de nuestro efectivo Órgano Central del POSDR) la cuestión: ¿Soviet de Diputados Obreros o partido? Me parece que no se puede plantear así la cuestión, que la solución debe ser incondicionalmente: tanto el Soviet de Diputados Obreros como el partido. La cuestión —y una cuestión sumamente importante— consiste únicamente en cómo dividir y cómo unir las tareas del Soviet y las tareas del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.

Me parece que no sería conveniente que el Soviet se adhiriera por entero a un partido cualquiera. Esta opinión sorprenderá, probablemente, a los lectores, y yo (recordando una vez más, del modo más insistente, que ésta es la opinión de una persona ajena) pasaré directamente a explicar mis puntos de vista.

El Soviet de Diputados Obreros surgió de la huelga general, con motivo de la huelga, para los fines de la huelga. ¿Quién dirigió y llevó victoriosamente la huelga? Todo el proletariado, entre el cual hay, por suerte en minoría, también no socialdemócratas. ¿Qué fines perseguía la huelga? Económicos y políticos a la vez. Los económicos afectaban a todo el proletariado, a todos los obreros y en parte incluso a todos los trabajadores, y no sólo a los obreros asalariados. Los fines políticos afectaban a todo el pueblo, o más exactamente a todos los pueblos de Rusia. Los fines políticos consistían en liberar a todos los pueblos de Rusia del yugo de la autocracia, de la servidumbre, de la falta de derechos, de la arbitrariedad policial.

Sigamos adelante. ¿Es necesario que el proletariado continúe la lucha económica? Indiscutiblemente sí, sobre esto no hay ni puede haber dos opiniones entre los socialdemócratas. ¿Debe llevarse a cabo esta lucha sólo por los socialdemócratas o bajo una sola bandera socialdemócrata? Me parece que no; sigo manteniendo la opinión que expresé (cierto que en condiciones completamente distintas, ya caducas) en «¿Qué hacer?»: a saber, que no es conveniente limitar la composición de los sindicatos y, por consiguiente, la composición de los participantes en la lucha sindical, económica, a los solos miembros del partido socialdemócrata[15]. Me parece que, como organización sindical, el Soviet de Diputados Obreros debe esforzarse por incluir en su composición a diputados de todos los obreros, empleados, sirvientes, braceros, etc., de todos los que quieran y puedan luchar en común por mejorar la vida de todo el pueblo trabajador, de todos los que tengan sólo una honradez política elemental, de todos, excepto de los centurias negras. Y nosotros, los socialdemócratas, procuraremos a nuestra vez, en primer lugar, ingresar en todos los sindicatos en la medida en que nos sea posible con toda la composición de nuestras organizaciones de partido, y, en segundo lugar, aprovechar la lucha conjunta con los camaradas proletarios, sin distinción de sus concepciones, para la prédica infatigable, perseverante, de la única concepción consecuente del mundo, la única verdaderamente proletaria: el marxismo. Para esta prédica, para esta labor de propaganda y agitación, conservaremos, fortaleceremos y desarrollaremos sin falta nuestro partido de clase completamente independiente, de principios firmes, del proletariado consciente, es decir, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Cada paso de la lucha proletaria, fusionado indisolublemente con nuestra actividad socialdemócrata, planificada y organizada, irá acercando cada vez más a las masas de la clase obrera en Rusia a la socialdemocracia.

Pero esta mitad de la cuestión, la relativa a la lucha económica, es comparativamente sencilla y no suscita casi siquiera divergencias especiales. Otra cosa es la otra mitad de la cuestión, la relativa a la dirección política, a la lucha política. A riesgo de sorprender aún más a los lectores, debo decir de inmediato, sin embargo, que también a este respecto me parece poco conveniente exigir al Soviet de Diputados Obreros que adopte el programa socialdemócrata e ingrese en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Me parece que para la dirección de la lucha política son igualmente necesarios en la actualidad tanto el Soviet (transformado en el sentido del que se hablará ahora) como el partido.

Tal vez me equivoque, pero (por las informaciones incompletas y sólo «documentales» de que dispongo) me parece que, en el aspecto político, el Soviet de Diputados Obreros debe ser considerado como el embrión de un gobierno revolucionario provisional. Me parece que el Soviet debe, lo más rápidamente posible, proclamarse gobierno revolucionario provisional de toda Rusia o (lo que es lo mismo, sólo que en otra forma) debe crear un gobierno revolucionario provisional.

La lucha política ha alcanzado ahora precisamente esa fase de desarrollo en que las fuerzas de la revolución y la contrarrevolución se han equilibrado aproximadamente, en que el gobierno zarista ya es impotente para aplastar la revolución, pero la revolución aún no es suficientemente fuerte para barrer por completo al gobierno de las centurias negras. La descomposición del gobierno zarista es total. Pero, al descomponerse en vida, envenena a Rusia con su veneno cadavérico. A la descomposición de las fuerzas zaristas, contrarrevolucionarias, es absolutamente necesario oponer ahora mismo, de inmediato, sin la más mínima dilación, la organización de las fuerzas revolucionarias. Esta organización avanza precisamente en los últimos tiempos con magnífica rapidez. De esto dan testimonio la formación de destacamentos del ejército revolucionario (druzhinas de defensa, etc.), el rápido desarrollo de las organizaciones socialdemócratas de masas del proletariado, la creación de comités campesinos por el campesinado revolucionario, y las primeras asambleas libres de nuestros hermanos proletarios, vestidos con los uniformes de marineros y soldados, que se abren un camino difícil y penoso, pero seguro y luminoso, hacia la libertad y el socialismo.

Lo que falta ahora es precisamente la unificación de todas las fuerzas verdaderamente revolucionarias, de todas las fuerzas que actúan ya de modo revolucionario. Falta un centro político panruso, vivo, fresco, con profundas raíces en el pueblo, que goce de la confianza incondicional de las masas, que posea una efervescente energía revolucionaria, ligado estrechamente a los partidos revolucionarios y socialistas organizados. Sólo el proletariado revolucionario, que llevó brillantemente a cabo la huelga política, que organiza ahora la insurrección armada de todo el pueblo, que conquistó para Rusia la mitad de la libertad y conquistará la libertad completa, puede crear tal centro.

Se pregunta: ¿por qué el Soviet de diputados obreros no habría de ser el embrión de semejante centro? ¿Acaso porque en el Soviet no sólo hay socialdemócratas? Eso no es un defecto, sino una ventaja. Siempre hemos dicho que es necesaria una unión combativa entre los socialdemócratas y los demócratas burgueses revolucionarios. Nosotros lo dijimos, y los obreros lo hicieron. Y es magnífico que lo hayan hecho. Cuando leí en “Nóvaya Zhizn” la carta de los camaradas obreros{43} pertenecientes al partido socialista revolucionario y que protestaban contra la inclusión del Soviet en alguno de los partidos, no pude menos de pensar que esos camaradas obreros tienen, en muchísimos aspectos, razón en la práctica. Por supuesto, discrepamos de ellos en cuanto a las concepciones, por supuesto, no se puede hablar siquiera de fusión entre socialdemócratas y socialistas revolucionarios, pero justamente de eso no se trata. Los obreros que comparten las concepciones de los socialistas revolucionarios y luchan en las filas del proletariado son, en nuestra convicción más profunda, inconsecuentes, pues, realizando una labor auténticamente proletaria, conservan concepciones no proletarias. Estamos obligados a combatir esta inconsecuencia en el terreno ideológico del modo más resuelto, pero combatirla de manera que la causa revolucionaria impostergable, candente, viva, reconocida por todos, que une a todas las personas honradas, no sufra por ello. Seguimos considerando que las concepciones de los socialistas revolucionarios no son socialistas, sino democrático-revolucionarias. Pero para los fines combativos estamos obligados a marchar juntos manteniendo una total independencia partidaria, y el Soviet es precisamente una organización combativa y debe seguir siéndolo. Echar a los revolucionarios demócratas leales y honestos en un momento en que estamos haciendo justamente la revolución democrática sería un absurdo y una locura. Con su inconsecuencia podremos fácilmente, porque en defensa de nuestras ideas sale a la palestra la historia misma, sale a la palestra a cada paso la realidad. Si no les ha enseñado socialdemocracia nuestro libro, se la enseñará nuestra revolución. Por supuesto, también son inconsecuentes los obreros que siguen siendo cristianos, que creen en Dios, y los intelectuales partidarios (¡puf, puf!) del misticismo, pero no los echaremos ni del Soviet, ni siquiera del partido, porque estamos firmemente convencidos de que la lucha real, el trabajo en la fila y en formación, convencerá de la verdad del marxismo a todos los elementos vitales y apartará a todo lo que no tenga vitalidad. Y de nuestra fuerza, de la fuerza aplastante de los marxistas dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, no dudamos ni por un instante.

A mi juicio, el Soviet de diputados obreros, como centro revolucionario de dirección política, no es una organización demasiado amplia, sino, al contrario, demasiado estrecha. El Soviet debe proclamarse a sí mismo gobierno revolucionario provisional, o constituir uno, incorporando obligatoriamente para ello a nuevos diputados no sólo de los obreros, sino: primero, de los marineros y soldados, que ya por doquier se han volcado hacia la libertad; segundo, del campesinado revolucionario; tercero, de la intelectualidad burguesa revolucionaria. El Soviet debe elegir un núcleo fuerte del gobierno revolucionario provisional y completarlo con representantes de todos los partidos revolucionarios y de todos los demócratas revolucionarios (pero, por supuesto, sólo revolucionarios, no liberales). No tememos esa amplitud y heterogeneidad en la composición, sino que la deseamos, porque sin la unión del proletariado y el campesinado, sin el acercamiento combativos de los socialdemócratas y los demócratas revolucionarios, es imposible el éxito completo de la gran revolución rusa. Será una alianza temporal para tareas prácticas inmediatas y claramente definidas, mientras que el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, independiente y consecuente en los principios, custodiará inflexiblemente los intereses aún más importantes y fundamentales del proletariado socialista, velará por sus metas finales.

Se me objetará: ¿será posible, con una composición amplia y heterogénea, crear un centro suficientemente cohesionado y unitario para la dirección práctica? Respondo con una pregunta: ¿qué enseña la revolución de octubre?{44} ¿Acaso el comité de huelga no resultó en los hechos un centro universalmente reconocido, un verdadero gobierno? ¿Y acaso ese comité no habría incorporado de buen grado a sus filas a representantes de aquella parte de los “sindicatos” y de la “Unión de Uniones”{45} que son realmente revolucionarios y apoyan de verdad al proletariado en su lucha implacable por la libertad? Sólo hace falta que el núcleo fundamental, puramente proletario, sea fuerte en el gobierno revolucionario provisional; que, por cada cientos, pongamos por caso, de obreros, marineros, soldados y campesinos, haya decenas de diputados de las uniones de intelectuales revolucionarios. Y pienso que los proletarios sabrán establecer pronto en la práctica la proporción correcta.

Se objetará: ¿se puede presentar un programa para semejante gobierno que sea lo bastante completo para asegurar la victoria de la revolución, y lo bastante amplio para posibilitar una unión combativa ajena a toda reticencia, ambigüedad, silencio o hipocresía? Respondo: ese programa ya ha sido planteado enteramente por la vida. Ese programa ya ha sido reconocido en principio por todos los elementos conscientes de absolutamente todas las clases y sectores de la población, incluso por los sacerdotes ortodoxos. En ese programa debe figurar en primer lugar la realización plena y efectiva de la libertad política, tan hipócritamente prometida por el zar. La abolición de todas las leyes que coartan la libertad de palabra, de conciencia, de reunión, de prensa, de asociación y de huelga, así como la destrucción de todas las instituciones que limitan esa libertad, debe ser inmediata, real, garantizada y llevada a la práctica. En ese programa debe figurar la convocatoria de una asamblea constituyente verdaderamente popular, apoyada en un pueblo libre y armado, que tenga todo el poder y toda la fuerza para instaurar un nuevo orden en Rusia. En ese programa debe figurar el armamento del pueblo. La necesidad de ese armamento es reconocida por todos. Resta culminar y unificar la labor ya iniciada y que se lleva a cabo por doquier. En el programa del gobierno revolucionario provisional debe figurar, además, la concesión inmediata de una libertad real y completa a las nacionalidades oprimidas por el monstruo zarista. Ha nacido la Rusia libre. El proletariado está en su puesto. No permitirá que la heroica Polonia sea aplastada una vez más. Él mismo se lanzará al combate y, ya no sólo con la huelga pacífica, sino con las armas en la mano, se alzará por la libertad tanto de Rusia como de Polonia. En ese programa debe figurar la consolidación de la jornada laboral de 8 horas, ya “conquistada de hecho” por los obreros, y de otras medidas urgentes para frenar la explotación capitalista. En ese programa, por último, debe incluirse obligatoriamente la entrega de toda la tierra a los campesinos, el apoyo a todas las medidas revolucionarias del campesinado para tomar toda la tierra (sin respaldar, por supuesto, las ilusiones del “reparto igualitario” de la pequeña explotación de la tierra) y la creación por doquier de comités campesinos revolucionarios, que ya han empezado a formarse por sí mismos.

¿Quién, salvo los centurias negras y el gobierno de las centurias negras, no reconoce ahora la urgencia y la perentoriedad práctica de este programa? ¡Si hasta los liberales burgueses, de palabra, están dispuestos a reconocerlo! Pero nosotros necesitamos llevarlo a la práctica con las fuerzas del pueblo revolucionario; necesitamos, para ello, unificar esas fuerzas cuanto antes mediante la proclamación, por parte del proletariado, de un gobierno revolucionario provisional. Desde luego, el sostén real de semejante gobierno no puede ser más que la insurrección armada. Pero el gobierno proyectado no será otra cosa que el órgano de esa insurrección que ya crece y madura. Era imposible abordar en la práctica la formación de un gobierno revolucionario mientras la insurrección no hubiese crecido hasta dimensiones claras para todos, palpables, podría decirse, para todos. Y ahora justamente es necesario unificar políticamente esa insurrección, organizarla, darle un programa claro, convertir todos los ya numerosos —y que rápidamente aumentan en número— destacamentos del ejército revolucionario en apoyo e instrumento de ese nuevo gobierno, realmente libre y realmente popular. La lucha es inminente, la insurrección inevitable, el choque decisivo está ya muy próximo. Es hora de lanzar un desafío directo, de oponer al zarismo en descomposición el poder organizado del proletariado, de dirigirse a todo el pueblo con un manifiesto en nombre de un gobierno revolucionario provisional constituido por los obreros de vanguardia.

Ahora ya vemos claramente que de las entrañas del pueblo revolucionario surgirán personas capaces de llevar a cabo esta gran obra, personas de abnegada entrega a la revolución y, lo principal, personas de energía ferviente e ilimitada. Ahora ya vemos claramente que están presentes los elementos de un ejército revolucionario que apoyará esta obra, que todo lo honesto, todo lo vivo, todo lo consciente en todas las clases de la población se apartará definitivamente del zarismo cuando el nuevo gobierno declare una guerra decidida a la moribunda Rusia feudal y policial.

¡Ciudadanos! –habría que decir en esta declaración de guerra, en este manifiesto del gobierno revolucionario– ¡Ciudadanos, elegid! Allí está toda la vieja Rusia, todas las fuerzas oscuras de la explotación, de la opresión, del ultraje al hombre. Aquí está la unión de ciudadanos libres, iguales en derechos en todos los asuntos del Estado. Allí está la alianza de los explotadores, de los ricos, de los policías. Aquí está la alianza de todos los trabajadores, de todas las fuerzas vivas del pueblo, de toda la intelectualidad honesta. Allí están las centurias negras, aquí los obreros organizados que luchan por la libertad, por la instrucción, por el socialismo.

¡Ciudadanos, elegid! Este es nuestro programa, expuesto desde hace tiempo por todo el pueblo. Estos son nuestros objetivos, en nombre de los cuales declaramos la guerra al gobierno de las centurias negras. No imponemos al pueblo ninguna innovación inventada por nosotros, solo tomamos a nuestro cargo la iniciativa de llevar a la práctica aquello sin lo cual no se puede seguir viviendo en Rusia, según reconocimiento general y unánime. No nos aislaremos del pueblo revolucionario, sometiendo a su juicio cada paso nuestro, cada decisión nuestra; nos apoyamos entera y exclusivamente en la libre iniciativa que emana de las propias masas trabajadoras. Agrupamos a todos y cada uno de los partidos revolucionarios, llamamos a nuestras filas a diputados de todo grupo de la población dispuesto a luchar por la libertad, por nuestro programa, que asegura los derechos y necesidades elementales del pueblo. Tendemos la mano en particular a los camaradas obreros vestidos con uniforme de soldado y a nuestros hermanos del campesinado para la lucha conjunta hasta el fin contra el yugo de los terratenientes y los funcionarios, para la lucha por la tierra y la libertad.

¡Ciudadanos! Preparaos para la lucha decisiva. No permitiremos que el gobierno de las centurias negras ultraje a Rusia. No nos dejaremos engañar por el cambio de unos cuantos funcionarios, por la dimisión de unos cuantos policías, mientras toda la masa de la policía de las centurias negras conserve el poder para cometer asesinatos, saqueos y desmanes contra el pueblo. Que la burguesía liberal se rebaje a interceder ante este gobierno de centurias negras. Los centurionegristas se ríen cuando los amenazan con el mismo tribunal del zar de los mismos funcionarios del zar. Nosotros daremos la orden a los destacamentos de nuestro ejército de arrestar a los héroes de la centuria negra que embriagan y sobornan al pueblo oscuro; entregaremos a todos esos monstruos como el jefe de policía de Kronstadt a un tribunal revolucionario abierto y popular.

¡Ciudadanos! Del gobierno zarista se han apartado todos, excepto las centurias negras. Agrupaos, pues, en torno al gobierno revolucionario, cesad el pago de todos los impuestos y contribuciones, dirigid todos los esfuerzos a organizar y armar la milicia popular libre. La libertad real será asegurada a Rusia solo en la medida en que el pueblo revolucionario resulte vencedor sobre las fuerzas del gobierno de las centurias negras. En la guerra civil no hay ni puede haber neutrales. El partido de los blancos es pura hipocresía cobarde. Quien se aparta de la lucha, apoya la dominación de los centurionegristas. Quien no está por la revolución, está contra la revolución. Quien no es revolucionario, es un centurionegrista.

Tomamos sobre nosotros la unificación y la preparación de las fuerzas de la insurrección popular. ¡Que para el aniversario del gran 9 de enero no quede en Rusia ni rastro de las instituciones del poder zarista! ¡Que la fiesta primaveral del proletariado internacional sorprenda a Rusia ya libre, con una asamblea constituyente popular libremente convocada!

Así es como me imagino el desarrollo del Soviet de diputados obreros hacia un gobierno revolucionario provisional. Estas son las tareas que plantearía en primer lugar a todas las organizaciones de nuestro partido, a todos los obreros conscientes, al propio Soviet, al próximo congreso obrero de Moscú y al congreso de la Unión Campesina{46}.