Ginebra, 1 de noviembre (19 de octubre).

El lunes por la noche, el telégrafo trajo a Europa la noticia del manifiesto del zar del 17 de octubre. «El pueblo ha vencido. El zar ha capitulado. La autocracia ha dejado de existir», comunicaba el corresponsal de *The Times*. Con otras palabras lo expresaron los lejanos amigos de la revolución rusa, que enviaron desde Baltimore (Norteamérica) un telegrama a *Proletari*: «Felicitamos por la primera gran victoria de la revolución rusa».

Esta última valoración de los acontecimientos es, sin duda, mucho más acertada. Tenemos pleno derecho a celebrarlo. La concesión del zar es realmente una grandísima victoria de la revolución, pero esta victoria está lejos aún de decidir la suerte de toda la causa de la libertad. El zar está lejos aún de haber capitulado. La autocracia no ha dejado en absoluto de existir. Solo se ha batido en retirada, dejando al enemigo el campo de batalla, se ha replegado en una batalla sumamente seria, pero está lejos aún de ser derrotada, está reuniendo aún sus fuerzas, y al pueblo revolucionario le queda por resolver muchas y muy serias tareas combativas para llevar la revolución a la victoria real y completa.

El día 17 de octubre quedará en la historia como uno de los días grandes de la revolución rusa. La huelga de masas a escala nacional, sin precedentes en el mundo, alcanzó su apogeo. La mano poderosa del proletariado, alzada en un arranque de heroica solidaridad en todos los confines de Rusia, paralizó toda la vida industrial, comercial y estatal. El país enmudeció ante la tormenta. Ya de una ciudad grande, ya de otra, llegaban noticias, una más alarmante que otra. Las tropas vacilaban. El gobierno se abstenía de la represión, los revolucionarios no iniciaban ataques abiertos de envergadura, pero la insurrección irrumpía con fuerza espontánea por doquier y en todas partes.

Y el gobierno zarista, en el último momento, hizo concesiones, comprendiendo que la explosión era inevitable, que no estaba ya en condiciones de obtener una victoria completa en ningún caso, y que sufrir una derrota total podía muy bien ocurrir. «Primero habrá un baño de sangre, y luego una constitución», declaró, según comunican, Trépov. De la inevitabilidad de la constitución, incluso si se sofocara la presente insurrección, ya no podía haber ninguna duda. Y el gobierno calculó que era mejor no arriesgar un baño de sangre serio y general, pues en caso de vencer el pueblo, el poder zarista sería barrido por completo.

Solo conocemos una ínfima parte de las informaciones que se concentraron el lunes 17 de octubre en manos del gobierno y lo obligaron a eludir la batalla desesperada y a ceder. Todos los esfuerzos de las autoridades locales y centrales estaban dirigidos a detener las comunicaciones sobre el amenazador crecimiento de la insurrección o a recortarlas. Pero incluso el escaso, casual y recortado material que penetró en la prensa europea no deja ninguna duda de que se trataba de una verdadera insurrección, capaz de infundir un terror mortal al zar y a los ministros zaristas.

Las fuerzas del zarismo y de la revolución se equilibraron, escribíamos hace una semana, basándonos en las primeras noticias de la huelga política de toda Rusia. El zarismo ya no tiene fuerzas para aplastar la revolución. La revolución aún no tiene fuerzas para aplastar al zarismo[9]. Pero en este equilibrio de fuerzas, cualquier dilación amenazaba al zarismo con el mayor peligro, pues la dilación sembraba inevitablemente la vacilación en las tropas.

La insurrección se extendía. Ya corría la sangre en todos los confines de Rusia. El pueblo luchaba en las barricadas desde Reval hasta Odesa, desde Polonia hasta Siberia. Las tropas vencían en choques aislados y de poca monta, pero al mismo tiempo empezaron a llegar noticias de un fenómeno nuevo, nunca antes visto, que testimoniaba claramente la impotencia militar de la autocracia. Eran noticias sobre las negociaciones de las tropas zaristas con el pueblo insurrecto (Járkov), noticias sobre la retirada de las tropas de las ciudades (Járkov, Reval) como único medio de restablecer la tranquilidad. Negociar con el pueblo insurrecto, retirar las tropas, eso es el principio del fin. Esto muestra, mejor que cualquier razonamiento, que las autoridades militares se sentían en un grado sumo de inseguridad. Esto muestra que el descontento en las tropas alcanzó proporciones verdaderamente aterradoras. Algunas noticias y rumores llegaron también a la prensa extranjera. En Kiev detenían a los soldados que se negaban a disparar. En Polonia hubo casos similares. En Odesa retenían a la infantería en los cuarteles, temiendo sacarla a la calle. En Petersburgo comenzaba una fermentación manifiesta en la flota, y se comunicaba la completa falta de fiabilidad de la guardia. En cuanto a la flota del mar Negro, hasta ahora no hay posibilidad de conocer la verdad real. Ya el 17 de octubre los telegramas trasmitían que se mantenía con terquedad el rumor de una nueva revuelta de esta flota, que todos los telegramas eran interceptados por las autoridades, las cuales pusieron en marcha todos los medios para impedir que se difundieran las noticias sobre los acontecimientos.

Confrontando todos estos mensajes fragmentarios, no cabe sino llegar a la conclusión de que la situación de la autocracia, incluso desde un punto de vista puramente militar, era desesperada. Aún sofocaba explosiones parciales, sus tropas aún tomaban barricadas aquí y allá, pero estos choques parciales solo encendían las pasiones, solo aumentaban la indignación, solo aproximaban una explosión general más fuerte, y eso era precisamente lo que temía el gobierno, que ya no confiaba en el ejército.

El enemigo no aceptó una batalla seria. El enemigo se batió en retirada, dejando el campo de batalla en manos del pueblo revolucionario, se retiró a una nueva posición que le parece mejor fortificada y en la cual espera reunir fuerzas más seguras, agruparlas y animarlas, elegir el mejor momento para atacar.

Toda una serie de comentarios relativamente «imparciales» de la prensa burguesa europea confirma esta valoración del gran día 17 de octubre.

Por un lado, la burguesía europea suspira con tranquilidad. El manifiesto del zar promete una constitución directa: la Duma recibe derechos legislativos, ninguna ley puede entrar en vigor sin la aprobación de los representantes del pueblo, se concede la responsabilidad de los ministros, se conceden las libertades civiles, la inviolabilidad de la persona, la libertad de conciencia, de palabra, de reunión y de asociación. Y la bolsa se apresura a expresar una mayor confianza en las finanzas rusas. Sube el valor de los títulos rusos, que había caído en los últimos días. Los banqueros extranjeros, que habían huido del revolucionario Petersburgo, prometen regresar dentro de dos semanas. La constitución le parece a la burguesía europea la garantía de pequeñas concesiones «pacíficas» que satisfarán plenamente a las clases poseedoras, impidiendo al mismo tiempo que el proletariado revolucionario adquiera «demasiada» libertad.

Pero, por otro lado, incluso los burgueses liberales no pueden dejar de ver que el manifiesto del zar solo contiene palabras, solo promesas. ¿Quién confiará ahora en meras promesas? ¿No es una burla todas esas frases sobre la inviolabilidad de la persona y la libertad de palabra, cuando las cárceles siguen atestadas de los llamados criminales políticos, cuando la censura sigue aún manteniéndose? ¿Qué hombres pondrán en práctica la promesa del zar? ¿El ministerio de Witte, al que, según los rumores, entran Kuzmín-Karaváiev, Kosich, Koni? Eso no será siquiera un ministerio de la burguesía liberal. Eso no es más que un ministerio de la burocracia liberal, a la que tantas veces ha vencido ya la camarilla reaccionaria cortesana. ¿Acaso el pueblo ha derramado su sangre en la lucha por la libertad para confiarse a burócratas liberales que solo se desembarazan con palabras y promesas?

No, el zarismo está lejos aún de haber capitulado. La autocracia está lejos aún de haber caído. Al proletariado revolucionario le aguarda aún una serie de grandes batallas, y la primera victoria le ayudará a cohesionar sus fuerzas y a ganar nuevos aliados en la lucha.

«El propio éxito de la causa de la libertad —escribía el corresponsal de *The Times* el día de la publicación del manifiesto— solo incitará a los elementos reaccionarios a una nueva actividad, y, mientras el ejército permanezca bajo el poder de sus viejos jefes, Rusia no puede estar a salvo de la posibilidad de un pronunciamiento»[10]. «Cabe preguntarse si la concesión forzada del gobierno en pleno auge revolucionario no servirá de señal para un nuevo esfuerzo de la revolución.» «No se sabe si la burocracia ha sido desalojada de su ciudadela o si solo se ha retirado de sus posiciones avanzadas», dicen los optimistas burgueses, aunque los hechos muestran claramente que la «ciudadela» de la autocracia permanece aún con toda su fuerza.

El carácter forzado de la concesión es lo que más preocupa a los burgueses moderados. El órgano del gran capital financiero francés, el periódico *Le Temps*{26}, se indignaba terriblemente por la «anarquía» y vomitaba injurias y calumnias contra los organizadores y participantes de la huelga política de toda Rusia. Ahora este periódico, satisfecho en sí mismo por las promesas constitucionales del zar, observa con alarma: «El zar, en lugar de actuar por iniciativa propia, se ha limitado a firmar las “instrucciones” de la oposición liberal. Es una mala manera, que confiere a las reformas sucesivas un carácter forzado, un carácter fragmentario, repentino. Esta manera pone al gobierno en contradicción consigo mismo y premia la violencia. Por desgracia, está demasiado claro que las cosas han ido realmente muy lejos, que no había otra salida del callejón sin salida al que había llevado el gobierno. Olvidemos, pues, rápidamente el carácter de esta capitulación: capitulación no solo ante los constitucionalistas, personas moderadas a las que habría que haber escuchado ante todo, sino capitulación ante la huelga, capitulación ante la revolución».

No, señores burgueses, ¡los obreros no olvidarán jamás el carácter forzado de la capitulación del zar! Los obreros no olvidarán jamás que solo por la fuerza, por la fuerza de su organización, de su unanimidad, de su heroísmo de masas, arrancaron al zarismo el reconocimiento de la libertad en un papelucho de manifiesto, y arrancarán la libertad también de hecho.

Hemos dicho más arriba que el enemigo se ha batido en retirada, dejando el campo de batalla al proletariado revolucionario. Debemos añadir ahora que el enemigo en retirada sigue siendo perseguido enérgicamente. El lunes 17 de octubre salió el manifiesto del zar. El martes 18, según comunicaba la agencia Wolff, salió el manifiesto del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia{27}, editado en enormes cantidades en Petersburgo. El manifiesto declara que la lucha del proletariado no cesa en modo alguno con la publicación del manifiesto del zar. La táctica del proletariado debe consistir en utilizar los derechos que le han sido concedidos bajo la presión de sus golpes, en organizar reuniones obreras para decidir la cuestión de la continuación de la huelga, en organizar la milicia para la salvaguarda de los derechos revolucionarios[11], en plantear la exigencia de una amnistía completa. Los oradores socialdemócratas de las asambleas populares insisten en la convocatoria de una asamblea constituyente. El comité de huelga{28}, según los telegramas, exige la amnistía y la convocatoria inmediata de una asamblea constituyente sobre las bases del sufragio universal y directo.

El instinto revolucionario dictó en seguida a los obreros de Petersburgo la consigna acertada: continuación enérgica de la lucha, utilizar las nuevas posiciones conquistadas para proseguir el ataque, para el aniquilamiento real de la autocracia. Y la lucha continúa. Las reuniones se hacen más frecuentes y numerosas. La alegría y el legítimo orgullo por la primera victoria no impiden la nueva organización de las fuerzas para llevar la revolución hasta el fin. Su éxito depende de que se atraiga al lado de la libertad a capas aún más amplias del pueblo, de su instrucción y organización. La clase obrera ha demostrado sus gigantescas fuerzas con la huelga política de toda Rusia, pero entre las capas atrasadas del proletariado urbano nos queda aún no poco trabajo. Al crear la milicia obrera —ese único baluarte seguro de la revolución—, al prepararnos para una nueva lucha aún más resuelta, al mantener nuestras viejas consignas, debemos prestar también especial atención al ejército. La concesión forzada del zar debió de provocar las mayores vacilaciones en sus filas, y ahora, atrayendo a los soldados a las reuniones obreras, intensificando la agitación en los cuarteles, ampliando los vínculos con los oficiales, debemos, junto con el ejército revolucionario de los obreros, crear cuadros de revolucionarios conscientes también en el ejército que ayer era aún exclusivamente el ejército del zar, y que hoy está en vísperas de transformarse en ejército popular.

El proletariado revolucionario ha conseguido neutralizar al ejército, paralizándolo en los grandes días de la huelga general. Debe ahora lograr el paso completo de las tropas al lado del pueblo.

El proletariado revolucionario ha llevado la revolución urbana a su primera gran victoria. Debe ahora ampliar y profundizar la base de la revolución, extendiéndola a las aldeas. Levantar al campesinado hasta la defensa consciente de la causa de la libertad, exigir las medidas más serias en favor del campesinado, preparar el movimiento campesino que, en unión con el proletariado urbano de vanguardia, remate a la autocracia, conquiste la libertad plena y verdadera: tal es ahora la tarea inmediata de la socialdemocracia rusa.

El éxito de la revolución depende de la magnitud de las masas del proletariado y del campesinado que se levanten en su defensa y para su culminación. La guerra revolucionaria se distingue de otras guerras en que extrae su principal reserva del campo de los aliados de ayer de su enemigo, de los partidarios de ayer del zarismo o de quienes marchaban ciegamente tras el zarismo. Y el éxito de la huelga política de toda Rusia hablará más a la mente y al corazón del mujik que las confusas palabras de cualesquiera manifiestos y leyes.

La revolución rusa apenas había comenzado a desarrollarse cuando todo el proscenio político lo ocupaban los burgueses liberales, como sucedía hace un año.

La revolución se puso en pie cuando intervino la clase obrera urbana el 9 de enero.

La revolución obtuvo la primera victoria cuando el proletariado de todos los pueblos de Rusia se levantó como un solo hombre y sacudió el trono zarista, del que tantas calamidades incontables han sufrido todos los pueblos y, sobre todo, las clases trabajadoras de todos los pueblos.

La revolución rematará al enemigo y borrará de la faz de la tierra el trono del sangriento zar cuando los obreros se levanten una vez más y arrastren también tras de sí al campesinado.

Y más allá... más allá hay aún una reserva en la revolución rusa. Pasaron los tiempos en que los pueblos y los Estados podían vivir aislados unos de otros. Mirad: Europa se agita ya. Su burguesía está confundida y dispuesta a entregar millones y miles de millones con tal de detener el incendio en Rusia. Los gobernantes de las potencias militares europeas piensan en una ayuda militar al zar. Guillermo ha enviado ya varios cruceros y dos divisiones de torpederos para establecer relaciones directas de los soldadescos alemanes con Peterhof. La contrarrevolución europea tiende la mano a la contrarrevolución rusa.

¡Intentadlo, intentadlo, ciudadano Hohenzollern! Nosotros también tenemos una reserva europea de la revolución rusa. Esa reserva es el proletariado socialista internacional, la socialdemocracia revolucionaria internacional. Los obreros del mundo entero, con estremecimiento de entusiasmo, saludan la victoria de los obreros rusos y, conscientes de la estrecha ligazón entre los destacamentos del ejército internacional del socialismo, se preparan, ellos también, para la gran y decisiva lucha.

¡No estáis solos, obreros y campesinos de toda Rusia! Y si lográis derribar, rematar y aniquilar a los tiranos de la Rusia feudal, policíaca, terrateniente y zarista, vuestra victoria será la señal de la lucha mundial contra la tiranía del capital, la lucha por la liberación plena, no solo política, sino también económica, de los trabajadores, la lucha por librar a la humanidad de la miseria y por la realización del socialismo.

*Proletari* nº 24, 7 de noviembre (25 de octubre) de 1905.

Se imprime según el texto del periódico *Proletari*, cotejado con el manuscrito.