Bajo este título, el periódico liberal berlinés «Vossische Zeitung» publica la siguiente información de no poco interés:

«Los acontecimientos se desarrollan con fuerza incontenible en el imperio de los zares. Para cualquier observador imparcial está claro que ni el gobierno, ni ningún partido de oposición o revolucionario es dueño de la situación. El difunto príncipe Trubetskói y otros profesores de instituciones de enseñanza superior intentaron en vano disuadir a los estudiantes rusos del peligroso camino por el que decidieron convertir las universidades en lugares de asambleas populares políticas. Los estudiantes honraron con entusiasmo la memoria de Trubetskói, acompañaron en masa sus restos al cementerio, convirtieron su funeral en una imponente manifestación política, pero no siguieron su consejo de no dejar entrar en la universidad a elementos ajenos. Tanto en la Universidad de Petersburgo como en la Academia de Minas y en el politécnico se celebran gigantescas asambleas populares, en las que los estudiantes a menudo son minoría y que se prolongan desde temprano por la mañana hasta tarde por la noche. Se pronuncian discursos apasionados e incendiarios, se cantan canciones revolucionarias. Además, se insulta con celo a los liberales, en particular por su “tibieza”, que —según dicen— no es una característica casual del liberalismo ruso, sino que estaría condicionada por leyes históricas eternas.

Hay algo profundamente trágico en estos reproches. A pesar de su fundamentación histórica, son en realidad completamente antihistóricos, ya que los liberales en Rusia no tienen siquiera la posibilidad de mostrar tibieza alguna que pudiera perjudicar la causa de la liberación, tan importante para todos los partidos. No son los actos de los liberales, sino sus sufrimientos, los que frenan su camino en la vida. El gobierno está tan impotente (bastardilla en el original) ante estos acontecimientos como lo está ante las agitaciones obreras y ante el fermento general. Por supuesto, es posible que esté planeando una nueva y fuerte sangría, esperando solo el momento en que el movimiento madure para un ataque cosaco. Pero incluso si se llega a eso, nadie entre los que detentan el poder tiene la seguridad de que esto no conduzca a un estallido aún más violento del descontento. Incluso el general Trépov ya no cree en su propia causa. Ante sus amigos no oculta que se considera condenado a muerte y que no espera ningún resultado positivo de su gestión. Dice: “Ya solo cumplo con mi deber y lo cumpliré hasta el final”.

Mal deben andar los asuntos del trono zarista si el jefe de la policía llega a semejantes conclusiones. Y en verdad, no se puede dejar de reconocer que, pese a todos los esfuerzos de Trépov, pese a la febril actividad de interminables comisiones y conferencias, la tensa situación del año pasado no solo no se ha calmado, sino que, por el contrario, se ha intensificado. Miremos donde miremos, en todas partes la situación se ha vuelto peor y más peligrosa, en todas partes los asuntos se han agudizado de manera notoria.»

Mucha verdad hay en esta evaluación, pero también mucha miopía liberal. «Los liberales no pudieron mostrar una tibieza perjudicial para la causa». ¡Ah, sí! ¿Y por qué entonces esos pobres liberales pudieron manifestarse, no obstante, más abierta y libremente que otros partidos? ¡No! A los estudiantes los guía un sano instinto revolucionario, respaldado por su contacto con el proletariado, cuando celosamente se deslindan de los demócratas-constitucionalistas y los desacreditan a los ojos del pueblo. El día de mañana nos trae grandes batallas por la libertad, de trascendencia histórica mundial. Es posible que los luchadores por la libertad sufran todavía más de una derrota. Pero las derrotas no harán más que sacudir cada vez más hondo a los obreros y campesinos, no harán más que agudizar aún más la crisis, no harán más que hacer más amenazadora la inevitable victoria final de la causa de la libertad. Y nosotros haremos todos los esfuerzos para que a esta victoria no se adhieran las sanguijuelas burguesas del liberalismo monárquico terrateniente, para que de esta victoria no se aprovechen principalmente los señores de la gran burguesía, como ha ocurrido más de una vez en Europa. Haremos todos los esfuerzos para que esta victoria de los obreros y campesinos sea llevada hasta el fin, hasta la completa destrucción de todas las odiosas instituciones de la autocracia, la monarquía, la burocracia, el militarismo y la servidumbre. Solo una victoria así pondrá en manos del proletariado un arma verdadera, y entonces incendiaremos Europa, para hacer de la revolución democrática rusa el prólogo de la revolución socialista europea.

«Proletari» № 23, 31 (18) de octubre de 1906.

Publicado según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.