1) Acciones militares independientes.

2) Dirección de la multitud.

Los destacamentos podrían ser de todos los tamaños, comenzando por dos o tres personas.

Los destacamentos deben armarse por sí mismos, cada cual con lo que pueda (fusil, revólver, bomba, cuchillo, puño de acero, palo, trapo con queroseno para incendiar, cuerda o escala de cuerda, pala para construir barricadas, cartucho de piroxilina, alambre de púas, clavos (contra la caballería), etc., etc.). En ningún caso esperar ayuda del exterior, de arriba, de fuera, sino procurárselo todo uno mismo.

Los destacamentos deben formarse, en lo posible, con personas que vivan cerca o que se reúnan frecuente y regularmente a horas determinadas (mejor ambas cosas, pues los encuentros regulares pueden ser interrumpidos por la insurrección). Su tarea consiste en organizar el asunto de modo que en los momentos más críticos, en las condiciones más imprevistas, sea posible encontrarse juntos. Por eso, cada destacamento debe elaborar de antemano procedimientos y métodos de acción conjunta: señales en las ventanas, etc., para encontrarse más fácilmente unos a otros; gritos o silbidos convenidos para reconocer a un camarada entre la multitud; señales convenidas para el caso de encontrarse de noche, etc., etc. Toda persona enérgica, con 2 o 3 camaradas, sabrá elaborar toda una serie de reglas y procedimientos que es preciso redactar, aprender y practicar su aplicación. No hay que olvidar que hay un 99% de probabilidades de que los acontecimientos sorprendan y de que haya que unirse en condiciones terriblemente difíciles.

Incluso sin armas, los destacamentos pueden desempeñar un papel importantísimo: 1) dirigiendo a la multitud; 2) atacando, cuando se presente la ocasión propicia, a un guardia urbano, a un cosaco que se haya rezagado por casualidad (caso de Moscú), etc., y arrebatándoles las armas; 3) salvando a los detenidos o heridos, cuando la policía sea muy escasa; 4) encaramándose a los techos de las casas, a los pisos superiores, etc., y arrojando piedras, agua hirviendo, etc., sobre las tropas. Con energía, un destacamento organizado y cohesionado es una fuerza inmensa. En ningún caso debe renunciarse a formar un destacamento o aplazar su formación con el pretexto de falta de armas.

Los destacamentos deben, en lo posible, distribuirse las funciones de antemano, a veces eligiendo de antemano un dirigente, un jefe de destacamento. No sería razonable, por supuesto, caer en el juego de nombrar grados, pero no se puede olvidar la gigantesca importancia de una dirección uniforme, de una acción rápida y decidida. Decisión, empuje: 3/4 del éxito.

Los destacamentos deben, inmediatamente después de formados, es decir, ahora mismo, emprender un trabajo multilateral, en modo alguno solo teórico, sino también, y sin falta, práctico. Consideramos trabajo teórico el estudio de las ciencias militares, la familiarización con los problemas militares, la lectura de informes sobre cuestiones militares, la invitación a conversaciones de militares (oficiales, suboficiales, etc., etc., hasta obreros que hayan sido soldados); la lectura, el análisis y la asimilación de folletos ilegales y artículos en periódicos sobre la lucha callejera, etc., etc.

Los trabajos prácticos, repetimos, deben iniciarse de inmediato. Se dividen en acciones preparatorias y en operaciones militares. A las acciones preparatorias pertenecen: la procura de todo tipo de armas y de toda clase de proyectiles, la búsqueda de viviendas convenientemente situadas para la batalla callejera (cómodas para la lucha desde arriba, para depósitos de bombas o piedras, etc., o de ácidos para arrojar a los policías, etc., etc., así como convenientes para alojar el estado mayor, para recoger informaciones, para ocultar a los perseguidos, para albergar a los heridos, etc., etc.). Además, a los trabajos preparatorios pertenecen las inmediatas labores de reconocimiento e investigación: informarse de los planos de las cárceles, comisarías, ministerios, etc.; informarse de la distribución del trabajo en las instituciones estatales, en los bancos, etc., de las condiciones de su vigilancia; procurar entablar relaciones que puedan ser de utilidad (un empleado en la policía, en un banco, en un tribunal, en la cárcel, en correos, telégrafos, etc.); informarse de los depósitos de armas, de todas las armerías de la ciudad, etc. Hay aquí un cúmulo de trabajo, y además un trabajo en el que cualquiera puede ser de inmensa utilidad, incluso los absolutamente incapaces para la lucha callejera, incluso las personas completamente débiles, las mujeres, los adolescentes, los ancianos, etc. Hay que esforzarse por agrupar ahora mismo, en destacamentos, sin falta e incondicionalmente, a todos los que quieran participar en la causa de la insurrección, porque no hay ni puede haber persona que, deseando trabajar, no preste inmensa utilidad aun careciendo de armas, aun siendo personalmente incapaz para la lucha.

Luego, sin limitarse en ningún caso a las solas acciones preparatorias, los destacamentos del ejército revolucionario deben pasar cuanto antes también a las acciones militares, con los fines de: 1) ejercitar las fuerzas combativas; 2) explorar los puntos débiles del enemigo; 3) infligir al enemigo derrotas parciales; 4) liberar a los prisioneros (detenidos); 5) obtener armas; 6) obtener medios para la insurrección (confiscaciones de fondos del gobierno), etc., etc. Los destacamentos pueden y deben aprovechar ahora mismo toda ocasión propicia para el trabajo vivo, sin aplazar en modo alguno la tarea hasta la insurrección general, pues sin templarse en el fuego no se puede adquirir aptitud para la insurrección.

Por supuesto, todo extremo es malo; todo lo bueno y útil, llevado al extremo, puede convertirse, e incluso, más allá de cierto límite, se convierte obligatoriamente en malo y perjudicial. Un terror pequeño, desordenado e impreparado puede, llevado al extremo, solo dispersar y dilapidar las fuerzas. Esto es cierto, y, por supuesto, no se debe olvidar. Pero, por otro lado, no se debe olvidar en ningún caso que ahora la consigna de la insurrección ya está dada, la insurrección ya ha comenzado. Iniciar ataques, en condiciones favorables, no es solo un derecho, sino un deber directo de todo revolucionario. El asesinato de espías, de policías, de gendarmes, las explosiones de comisarías de policía, la liberación de detenidos, la confiscación de fondos del gobierno para destinarlos a las necesidades de la insurrección: tales operaciones se llevan ya a cabo en todas partes donde se enciende la insurrección, tanto en Polonia como en el Cáucaso, y cada destacamento del ejército revolucionario debe estar inmediatamente preparado para tales operaciones. Cada destacamento debe recordar que, al dejar escapar hoy una ocasión propicia que se presenta para tal operación, él, ese destacamento, resulta culpable de una inactividad imperdonable, de pasividad; y tal culpa es el mayor crimen de un revolucionario en la época de la insurrección, la mayor vergüenza para todo el que aspire a la libertad no de palabra, sino de hecho.

En cuanto a la composición de estos destacamentos, cabe decir lo siguiente. La experiencia indicará el número deseable de miembros y la distribución de sus funciones. Hay que empezar por elaborar uno mismo esa experiencia, sin esperar indicaciones de fuera. Hay que pedir, por supuesto, a la organización revolucionaria local el envío de un revolucionario militar para conferencias, conversaciones, consejos, pero, a falta de este, actuar uno mismo indefectible y obligatoriamente.

En lo que respecta a las divisiones partidarias, los miembros de un mismo partido, naturalmente, preferirán agruparse juntos en destacamentos únicos. Pero no se debe poner obstáculos absolutos al ingreso en los destacamentos de miembros de otros partidos. Precisamente aquí debemos realizar la unión, el acuerdo práctico (sin fusión partidaria alguna, por supuesto) del proletariado socialista con la democracia revolucionaria. Quien quiere luchar por la libertad y demuestra con hechos su disposición, ese puede ser incluido entre los demócratas revolucionarios, y con él hay que esforzarse por trabajar juntos en la preparación de la insurrección (por supuesto, en presencia de plena confianza hacia la persona o el grupo). A todos los demás «demócratas» hay que separarlos tajantemente, como cuasi [102] demócratas, como charlatanes liberales, en quienes no es permisible confiar, y la credulidad hacia ellos por parte de los revolucionarios es criminal.

La unión de los destacamentos entre sí, por supuesto, es deseable. La elaboración de formas y condiciones de actividad conjunta es sumamente útil. Pero en ningún caso se debe caer en el extremo de urdir planes complejos, esquemas generales, de aplazar la tarea viva en aras de elucubraciones pedantescas, etc. La insurrección será inevitablemente en condiciones en que los elementos no organizados serán miles de veces más vastos que los organizados; son inevitables casos en que habrá que actuar allí mismo, en el lugar, de a dos, solo; y hay que prepararse para actuar por cuenta y riesgo propios. Las dilaciones, disputas, aplazamientos, indecisiones son la perdición de la causa de la insurrección. La mayor decisión, la mayor energía, el aprovechamiento inmediato de todo momento adecuado, la inmediata inflamación de la pasión revolucionaria de la multitud, su orientación hacia las acciones más decididas y aun las más extremas, tal es el primerísimo deber del revolucionario.

Una magnífica acción militar, que proporciona tanto instrucción a los soldados del ejército revolucionario, su bautismo de fuego, como inmensa utilidad a la revolución, es la lucha contra las centurias negras. Los destacamentos del ejército revolucionario deben estudiar de inmediato quiénes, dónde y cómo forman las centurias negras, y luego no limitarse a la sola prédica (esto es útil, pero solo esto es poco), sino actuar también con la fuerza armada, golpeando a los centurionegristas, matándolos, haciendo volar sus cuarteles generales, etc., etc.

Escrito en octubre, después del 3 (16) de 1905.

Publicado por primera vez en 1926 en la Recopilación Leninista V.

Se imprime según el manuscrito.