[26 de octubre de 1905]
IX --------------- 26/X
9 h. 10 m.
Los s[ocial]d[emócratas] trabajaron en los sindicatos...*
Citas de la prensa («Proletari») sobre el carác[ter] bur[gué]s de los sindicatos (en parte simple relato sin hilo conductor)
Evasivas de los l[iber]a[l]es sobre la cuestión del armamento de los obreros
trabajo int[er]no de los l[iber]a[l]es
1) negativa a responder directamente a las preg[untas] de los obr[er]os sobre la nec[esidad] del armamento.
2) Distribución de dinero por la Cruz Roja al margen de las organizaciones] r[ev]ol[u]c[ionarias] 1.
3) al principio los s[ocial]d[emócratas] trabajaron en los sindicatos, luego se fueron de todos los s[in]d[i]c[at]os.
4) «Falbork»: «echarlos (a los s[ocial]d[emócratas]) a patadas».
Los s[ocial]d[emócratas] se fueron.
5) los sindicatos «inconscientes»...
6) V[o]d[o]v[o]z[o]v: «nuestro s[in]d[i]c[at]o» = «p[ar]t[i]do» en el sentido inglés **.
«Iskra» en su editorial «Traiciones liberales» (n.º 111 del 24 de septiembre de 1905) escribía: «La llamada organización general de los zemstvos decidió llevar a cabo la ayuda a los campesinos hambrientos conjuntamente con la «Cruz Roja» zarista. El boicot — y un boicot total — de la Cruz Roja se convirtió en una de las consignas del liberalismo y la democracia, como protesta contra la constante tendencia de la autocracia a atar de pies y manos toda iniciativa social en la esfera de la «filantropía». La renuncia a este boicot por parte de los liberales de los zemstvos significa una importante concesión que han hecho a la autocracia».

# ENTRE DOS BATALLAS *.
La gran batalla que el proletariado ha librado al zarismo ha terminado. La huelga política de toda Rusia parece haber cesado en casi todas partes. El enemigo ha retrocedido sobre todo en uno de los flancos (Finlandia), pero se ha fortalecido en el otro (estado de sitio en Polonia). En el centro, el enemigo ha retrocedido muy poco, ocupando, sin embargo, una nueva posición fuerte y preparándose para una batalla aún más sangrienta y más decisiva. Los enfrentamientos armados se suceden sin cesar a lo largo de toda la línea. Ambos bandos se apresuran a reponer sus pérdidas, a cerrar filas, a organizarse y armarse lo mejor posible para la próxima batalla.
Tal es, aproximadamente, la situación actual en el teatro de la lucha por la libertad. La guerra civil se diferencia naturalmente de otras guerras en que las formas de combate son mucho más variadas, el número y la composición de los combatientes de ambos bandos son menos susceptibles de cálculo y fluctúan más, y los intentos de concertar la paz o siquiera una tregua no provienen de los combatientes y se entrelazan de la manera más extraña con las operaciones militares.
Las suspensiones temporales de las hostilidades alientan especialmente la iniciativa de los «conciliadores». Witte se desvive, haciéndose pasar, directa y a través de la prensa lacaya, precisamente por tal «conciliador», ocultando como puede su papel de servidor diplomático del zarismo. El comunicado gubernamental reconoce — para satisfacción de los ingenuos liberales — la participación de la policía en las hazañas de las Centurias Negras. La prensa servil al gobierno («Nóvoye Vremia», por ejemplo) finge condenar los extremos de los reaccionarios y, por supuesto, los «extremos» de los revolucionarios. Los representantes extremos de la reacción se retiran

Ginebra, 15 de noviembre n. st.
(Pobedonóstsev, Vladímir, Trépov), descontentos con el juego mezquino. En parte, por su estupidez, no comprenden lo ventajoso que es este juego para conservar el máximo poder del zarismo; en parte, cuentan — y cuentan con razón — que les es más cómodo tener las manos completamente libres y participar en el mismo juego, pero en un papel diferente: el de luchadores «independientes» por el poder del monarca, el de vengadores «libres» de los «sentimientos nacionales del pueblo ruso ultrajados (por los revolucionarios)», dicho llanamente, el de caudillos de las Centurias Negras.
Witte se frota las manos de satisfacción al ver los «grandes» éxitos de su asombrosamente astuto juego. Conserva la inocencia del liberalismo, ofrece insistentemente carteras ministeriales a los líderes del partido k.-d. (incluso a Miliukov, según el telegrama del corresponsal de «Le Temps»), dirige una carta autógrafa al Sr. Struve invitándole a regresar a la patria, esforzándose por presentarse como un «blanco» igualmente alejado tanto de los «rojos» como de los «negros». Y al mismo tiempo, junto con la inocencia, adquiere también un capital, pues sigue siendo el jefe del gobierno zarista, que conserva en sus manos todo el poder y solo espera el momento más oportuno para pasar a la ofensiva decisiva contra la revolución.
La caracterización que dimos de Witte en «Proletari» se confirma plenamente. Es un ministro payaso por sus métodos, «talentos» y por su cometido. Es un ministro de la burocracia liberal por las fuerzas reales de que dispone hasta ahora, pues aún no ha logrado llegar a un acuerdo con la burguesía liberal. Cierto, este regateo avanza poco a poco. Los regateadores gritan su último precio, se dan la mano, aplazan el trato hasta las decisiones del próximo congreso de zemstvos, que se celebrará en breve. Witte trata de sobornar a la intelectualidad burguesa, ampliando los derechos electorales para la Duma, estableciendo un censo por educación, arrojando incluso un miserable mendrugo a los obreros (¡¡que deben saciarse con 21 escaños bajo el sistema de elecciones indirectas «de los obreros»!!), jurando que con tal de que la Duma se reúna, con tal de que se pronuncie, aunque sea una minoría en ella, a favor del sufragio universal, su apoyo, el de Witte, a esta exigencia está total y completamente asegurado.
Pero el regateo, sin embargo, no conduce aún a nada. Los regateadores llevan a cabo sus negociaciones al margen de quienes realmente

ENTRE DOS BATALLAS
luchan, y esto no puede por menos de paralizar los esfuerzos de nuestros «honrados corredores». La burguesía liberal por sí misma aceptaría de buen grado la Duma de Estado — ¡pues la aceptaba incluso en su forma «consultiva», pues ya en septiembre rechazó el boicot activo! Pero la cuestión es que en estos dos meses transcurridos desde entonces, la revolución ha dado un paso gigantesco hacia adelante, el proletariado ha librado una batalla seria y por primera vez ha obtenido de inmediato una gran victoria. La Duma de Estado, esa despreciable y vil comedia de representación popular, resultó enterrada: el primer golpe del poderoso embate proletario la hizo añicos. La revolución desenmascaró en pocas semanas la miopía de quienes se disponían a entrar en la Duma buliguiniana o a apoyar a los que entraban en ella. La táctica del boicot activo recibió la más brillante confirmación que puede recibir la táctica de los partidos políticos en momentos de lucha: la confirmación por los hechos, la verificación por el curso de los acontecimientos, el reconocimiento por el hecho indiscutible e incontrovertible de lo que ayer parecía a los miopes y a los timoratos comerciantes un «salto a lo desconocido» demasiado audaz.
La clase obrera asustó bien a los comediantes de la «Duma» — los asustó tanto que ahora temen poner un pie en ese frágil y quebradizo puentecillo, temen incluso creer en la solidez de la «más reciente» reparación, hecha a toda prisa por los «artesanos» estatales. Los papeles se han desplazado un poco. Ayer, los camaradas Parvus, Cherevanin y Mártov querían tomar un compromiso revolucionario a quienes iban a ese puentecillo, el compromiso de exigir en la Duma la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Hoy, el lugar de esos s.-d. lo ha ocupado el presidente del Consejo de Ministros, el conde Serguéi Yúlievich Witte, quien ya da un compromiso «revolucionario» de apoyar aunque sea a un solo diputado de la Duma que exija la convocatoria de la Asamblea Constituyente.
Pero los burgueses liberales, los k.-d., se han desacreditado tanto la primera vez que no desearían la repetición de la triste experiencia. Ya tenían casi lista la «campaña electoral», nuestros buenos parlamentarios de «Osvobozhdenie» y de «Rússkie Védemosti»; ya eligieron un comité central para dirigir esa campaña; incluso organizaron una oficina jurídica para dar consejos a la población sobre si el jefe de distrito tiene derecho a disolver directamente a los electores campesinos o debe
preguntar primero al gobernador. En una palabra, ya se habían acomodado casi para dormir en el diván otorgado a todos los Oblómov rusos, cuando de repente... con un movimiento poco cortés del hombro, el proletariado derribó la Duma y toda la «campaña de la Duma». No es de extrañar que los burgueses liberales no se inclinen ahora a creer en los «compromisos revolucionarios» del amable conde. No es de extrañar que ahora estén menos dispuestos a estrechar la mano que les tiende el conde, que miren más a menudo hacia la izquierda, aunque se les haga la boca agua al ver el magnífico pastel de la Duma, adornado con nuevos rizos de azúcar.
Las negociaciones de Witte con los líderes de la burguesía liberal tienen, sin duda, una gravísima significación política, pero solo en el sentido de que confirman una vez más el parentesco interno de la burocracia liberalizante con los defensores de los intereses del capital, — solo en el sentido de que muestran una vez más cómo y quién se dispone a enterrar la revolución rusa. Pero estas negociaciones y acuerdos no tienen éxito precisamente porque la revolución aún vive. La revolución no solo vive, sino que es más fuerte que nunca, aún está muy, muy lejos de haber dicho su última palabra, apenas comienza a desplegarse en toda la amplitud de las fuerzas del proletariado y del campesinado revolucionario. He aquí por qué las negociaciones y acuerdos del ministro payaso con la burguesía tienen un carácter tan mortecino: no pueden adquirir una importancia seria durante una lucha ardiente, cuando las fuerzas hostiles se enfrentan entre dos batallas decisivas.
En un momento así, la política del proletariado revolucionario, consciente de sus fines histórico-mundiales, que aspira no solo a la liberación política, sino también a la económica de los trabajadores, que no olvida ni un minuto sus tareas socialistas, — su política debe ser especialmente firme, clara y definida. A la vil mentira del ministro payaso, a las estúpidas ilusiones constitucionales de los liberales y demócratas burgueses, debe oponer, más decididamente que nunca, su consigna de derrocamiento del poder zarista mediante la insurrección armada de todo el pueblo. El proletariado revolucionario aborrece toda hipocresía y lucha implacablemente contra todos los intentos de encubrir la situación real de las cosas. Y en los discursos actuales sobre el régimen constitucional en Rusia, cada palabra es hipocresía, cada frase es una vieja mentira oficial, que sirve al propósito de

ENTRE DOS BATALLAS
salvar uno u otro resto de la Rusia autocrático-feudal.
Hablan de libertad, hablan de representación popular, peroran sobre la Asamblea Constituyente, y olvidan constante, a cada hora y a cada minuto, que todas estas cosas buenas son frases vacías sin garantías serias. Y la única garantía seria puede ser la insurrección popular victoriosa, solo el dominio completo del proletariado y el campesinado armados sobre todos los representantes del poder zarista, que han retrocedido un paso ante el pueblo, pero que aún no están sometidos al pueblo, ni mucho menos derrocados por el pueblo. Y mientras este objetivo no se alcance, no puede haber verdadera libertad, verdadera representación del pueblo, una Asamblea Constituyente realmente capaz de establecer un nuevo orden en Rusia.
¿Qué es una constitución? Un papel en el que están escritos los derechos del pueblo. ¿Cuál es la garantía del reconocimiento efectivo de estos derechos? La fuerza de aquellas clases del pueblo que han tomado conciencia de estos derechos y han sabido conquistarlos. No nos dejemos embriagar por las palabras — eso solo es propio de los charlatanes de la democracia burguesa —, no olvidemos ni un minuto que la fuerza solo se demuestra con la victoria en la lucha, y que aún estamos lejos de haber obtenido una victoria completa. No creamos en las bellas frases — vivimos precisamente una época en que se libra una lucha abierta, en que todas las frases y todas las promesas se verifican inmediatamente en la práctica, en que con palabras, manifiestos, promesas de constitución se engaña al pueblo, se trata de debilitar sus fuerzas, dividir sus filas, incitarlo al desarme. No hay nada más falso que tales promesas y frases, y podemos decir con orgullo que el proletariado de Rusia ya ha madurado para luchar tanto contra la violencia brutal como contra la falsedad liberal-constitucional. Prueba de ello es la proclama de los obreros ferroviarios, de la que informaron hace poco los periódicos extranjeros (lamentablemente, no tenemos el original). «¡Reunid armas, camaradas! — dice esta proclama —, organizaos para la lucha incansablemente, con energía decuplicada. Solo armándonos y cerrando filas podremos defender lo conquistado y lograr el cumplimiento completo de nuestras exigencias. Llegará el momento: nos levantaremos de nuevo todos como un solo hombre para una nueva lucha, aún más tenaz, por la libertad completa».
¡He aquí nuestras únicas garantías! ¡He aquí la única constitución no
Lenin, Colección XXVI
ilusoria de la Rusia libre! Mirad, en efecto, el manifiesto del 17 de octubre y la realidad rusa: ¿puede haber algo más instructivo que este reconocimiento de la constitución por el zar en el papel y — la «constitución» real, la aplicación real del poder zarista? Pues el manifiesto zarista contiene promesas de carácter incondicionalmente constitucional. Y he aquí el valor de estas promesas. La persona es declarada inviolable. Pero quienes no son gratos a la autocracia permanecen en prisiones, en el exilio, en el destierro. Las reuniones son declaradas libres. Pero las universidades, que crearon en Rusia por primera vez la libertad de reunión en la práctica, están cerradas, y su entrada es custodiada por la policía y las tropas. La prensa es libre — y por eso el órgano de los intereses obreros, el periódico «Nóvaya Zhizn», es confiscado por publicar el programa socialdemócrata. El lugar de los ministros de las Centurias Negras lo han ocupado ministros que proclamaron el orden jurídico. Pero los de las Centurias Negras «trabajan» aún más intensamente con la ayuda de la policía y las tropas en la calle, y a los ciudadanos de la Rusia libre que no son gratos al zarismo se les fusila, golpea y mutila libre e impunemente.
Hay que ser ciego o estar cegado por el interés de clase para, con tan edificantes lecciones de la vida, atribuir en el momento actual una importancia realmente seria a si Witte promete el sufragio universal, si el zar firma un manifiesto sobre la convocatoria de una Asamblea «Constituyente». Aunque estos «actos» se llevaran a cabo, no decidirían el resultado de la lucha, no crearían una verdadera libertad de agitación electoral, no asegurarían a la asamblea de representantes del pueblo un carácter realmente constituyente. La Asamblea Constituyente debe consagrar jurídicamente, formalizar parlamentariamente el régimen de vida en la nueva Rusia, pero antes de consolidar la victoria de lo nuevo sobre lo viejo, pero para formalizar esta victoria, es necesario realmente vencer, es necesario quebrantar la fuerza de las viejas instituciones, barrerlas, arrasar el viejo edificio, destruir la posibilidad de una resistencia seria por parte de la policía y sus bandas.
Solo la victoria completa de la insurrección, el derrocamiento del poder zarista y su sustitución por un gobierno revolucionario provisional puede asegurar la plena libertad de elecciones, el pleno poder de la Asamblea Constituyente. A esto deben dirigirse todos nuestros esfuerzos, la organización y preparación de la insurrección deben estar

ENTRE DOS BATALLAS
absolutamente en primer plano. Solo en la medida en que la insurrección sea victoriosa y su victoria sea la aniquilación decisiva del enemigo, — solo en esa medida la asamblea de representantes del pueblo será no solo sobre el papel popular y no solo de palabra constituyente.
¡Abajo, pues, toda hipocresía, toda falsedad y toda ambigüedad! La guerra está declarada, la guerra hierve, vivimos un pequeño intervalo entre dos batallas. No puede haber término medio. El partido de los «blancos» es un engaño. Quien no está con la revolución, es de las Centurias Negras. No solo lo afirmamos nosotros. No es una formulación inventada por nosotros. Lo dicen a todos y cada uno las piedras de los adoquines empapadas en sangre en Moscú y Odesa, en Kronstadt y en el Cáucaso, en Polonia y en Tomsk.
Quien no está con la revolución, es de las Centurias Negras. Quien no quiere tolerar que la libertad rusa sea la libertad del desenfreno policial, del soborno, del emborrachamiento, del ataque por la espalda a los desarmados, debe armarse él mismo y prepararse inmediatamente para la batalla. Debemos conquistar no la promesa de libertad, no un papel sobre la libertad, sino la libertad real. Debemos lograr no la humillación del poder zarista, no su reconocimiento de los derechos del pueblo, sino la destrucción de este poder, pues el poder zarista es el poder de las Centurias Negras sobre Rusia. Y esto tampoco es en absoluto una conclusión nuestra. Es la conclusión de la vida. Es la lección de los acontecimientos. Es la voz de quienes hasta ahora han sido ajenos a toda enseñanza revolucionaria y que no se atreven a dar un solo paso libre, a decir una sola palabra libre en la calle, en una reunión, en su propia casa, sin correr el peligro más inmediato y amenazador de ser pisoteados, destrozados, despedazados por una banda de partidarios del zar.
La revolución ha obligado, por fin, a salir a la luz a esta fuerza «popular», la fuerza de los partidarios del zar. Ha obligado a mostrar a todos a las claras en quién se apoya realmente el poder zarista, quién sostiene realmente este poder. Helos aquí, he aquí este ejército de policías embrutecidos, militares atontados hasta la imbecilidad, curas embrutecidos, tenderos salvajes, desechos embriagados de la sociedad capitalista. ¡He aquí quién reina ahora en Rusia, con la ayuda directa e indirecta de nueve décimas partes de todas nuestras instituciones gubernamentales! ¡He aquí la Vendée rusa, tan parecida a la Vendée francesa como el monarca «legítimo» Nicolás Románov se parece al advenedizo Napoleón! Y nuestra
Vendée tampoco ha dicho aún su última palabra — no os engañéis al respecto, ciudadanos. Ella también apenas comienza a desplegarse como es debido. También tiene aún «reservas de combustible» acumuladas durante siglos de oscuridad, falta de derechos, servidumbre, omnipotencia policial. Reúne en sí toda la barbarie del asiaticismo con todos los aspectos repugnantes de los refinados métodos de explotación y embrutecimiento de todos aquellos que están más oprimidos, atormentados por la civilización capitalista urbana, que han sido reducidos a una condición peor que la de una bestia. Esta Vendée no desaparecerá por ningún manifiesto del zar, por ningún mensaje del sínodo, por ningún cambio en la alta y baja burocracia. Solo puede quebrantarla la fuerza del proletariado organizado e ilustrado, pues solo él, siendo él mismo explotado, es capaz de levantar a todos los que están por debajo de él, despertar en ellos al hombre y al ciudadano, mostrarles el camino hacia la liberación de toda explotación.
Solo él puede crear el núcleo de un poderoso ejército revolucionario, poderoso tanto por sus ideales como por su disciplina, por su organización y por su heroísmo en la lucha, ante el cual ninguna Vendée podrá resistir.
Y el proletariado, dirigido por la socialdemocracia, ha comenzado ya en todas partes la formación de este ejército revolucionario. En sus filas debe ir todo aquel que no quiera estar en el ejército de las Centurias Negras. La guerra civil no conoce neutrales. Quien se aparta de ella, apoya con su pasividad a las triunfantes Centurias Negras. También el ejército se divide en ejército rojo y ejército negro. Hace apenas dos semanas señalábamos con qué rapidez se ve arrastrado a la lucha por la libertad. El ejemplo de Kronstadt lo demostró palpablemente. Que el gobierno del canalla Witte haya vencido la insurrección en Kronstadt, que fusile ahora a cientos de marineros que volvieron a alzar la bandera roja — esta bandera se alzará aún más alto, pues esta enseña es la enseña de todos los trabajadores y explotados del mundo entero. Que la prensa lacaya, como «Nóvoye Vremia», grite sobre la neutralidad del ejército — esta vil y hipócrita mentira se desvanece como humo ante cada nueva hazaña de las Centurias Negras. El ejército no puede ser, nunca ha sido ni nunca será neutral. Se divide con una rapidez enorme, precisamente ahora, en ejército de la libertad y ejército de las Centurias Negras. Aceleraremos esta división. Cubriremos de oprobio a todos los indecisos y vacilantes, a todos los que rehúyen la idea de la formación inmediata de una milicia popular

ENTRE DOS BATALLAS
(la Duma de Moscú, según las últimas noticias de los periódicos extranjeros, rechazó el proyecto de formación de una milicia popular). Decuplicaremos nuestra agitación en las masas, nuestra actividad organizativa para la formación de destacamentos revolucionarios. El ejército del proletariado consciente se fusionará entonces con los destacamentos rojos del ejército ruso — ¡y veremos si las Centurias Negras policiales podrán con toda la nueva, toda la joven, toda la Rusia libre!

El artículo «Entre dos batallas» del n.º 20 de «Proletari» del 25 (12) de noviembre de 1905 pertenece indudablemente a Lenin (el manuscrito del artículo no se ha conservado). La autoría de Lenin se fundamenta en los siguientes datos: a continuación publicamos extractos de «Le Temps» del 10 de noviembre, hechos por Lenin y utilizados en el artículo. Asimismo, en el artículo se utilizan extractos hechos por Lenin del «Frankfurter Zeitung» (véase Len. sb. XVI, 232). El análisis del texto y la comparación de varios pasajes del artículo con artículos publicados en los tomos VII y VIII de las Obras no dejan lugar a dudas sobre la pertenencia del artículo a Lenin. Así, en el artículo se dice: «Los regateadores gritan su último precio, se dan la mano», y en el tomo VII de las Obras, p. 393, leemos: «Un verdadero bazar, en el que la burguesía regatea los intereses y derechos de los obreros y campesinos rusos. Como en un bazar, la compradora — la burguesía — y el vendedor — el zar — se dan la mano, gritan por centésima vez su «última palabra»». En el artículo hay una referencia a Parvus, Cherevanin, Mártov. Lenin menciona repetidamente en polémicas a este trío de mencheviques (véase, por ej., Obras VIII, 212, 273, 299). Al llamar a Witte «ministro payaso», el autor del artículo repite literalmente el título de uno de los artículos de Lenin: «Planes del ministro payaso» (Obras VIII, 345, véase también 332). En el artículo se dice: «No solo lo afirmamos nosotros. No es una formulación inventada por nosotros. Lo dicen a todos y cada uno las piedras de los adoquines empapadas en sangre en Moscú y Odesa...». Análogamente, en el artículo «El zar-padrecito y las barricadas» Lenin escribía: «No lo dice el sacerdote Gueorgui Gapón. Lo dicen esos miles y decenas de miles, esos millones y decenas de millones de campesinos...» (Obras VII, 88). Cuando en el artículo leemos: «la guerra civil... se diferencia de otras guerras en que las formas de combate son mucho más variadas, el número y la composición de los combatientes de ambos bandos son menos susceptibles de cálculo y fluctúan más, y los intentos de concertar la paz o siquiera una tregua no provienen de los combatientes y se entrelazan de la manera más extraña con las operaciones militares», — esto no es más que el desarrollo de la idea de Lenin sobre «la diferencia entre la guerra revolucionaria y otras guerras» en la p. 356 del tomo VIII de las Obras. Finalmente, el subrayado de los «fines histórico-mundiales del movimiento», la defensa del máximo alcance del movimiento y, simultáneamente, el esbozo de la perspectiva de la transformación de la revolución burguesa en revolución socialista — todo esto son elementos del estilo leninista en la obra, todo esto confirma indudablemente que el autor del artículo es Lenin.