La vergonzosa comedia de la Duma de Estado parece aún más despreciable junto a esta acción realmente revolucionaria de la clase dispuesta a la lucha y verdaderamente avanzada. La unión del proletariado con la democracia revolucionaria, de la que hemos hablado más de una vez, se convierte en un hecho. El estudiantado radical, que ha asumido en Petersburgo y en Moscú las consignas de la socialdemocracia revolucionaria, es la vanguardia de todas las fuerzas democráticas que sienten repugnancia por la vileza de los reformistas «constitucional-democráticos» que han entrado en la Duma de Estado, que tienden a una lucha realmente decidida contra el maldito enemigo del pueblo ruso, y no al chalaneo con la autocracia.

Mirad a los profesores liberales, rectores, vicerrectores y toda esa compañía de los Trubetskói, Manuílov y demás. Estos son los mejores hombres del liberalismo y del partido constitucional-democrático, los más ideológicos, los más instruidos, los más desinteresados, los más libres de la presión directa de los intereses y las influencias del gran capital. ¿Y cómo se comportan estos mejores hombres? ¿Cómo han aprovechado el primer poder, el poder de gobierno en las universidades, poder que les fue confiado por elección? Ya le tienen miedo a la revolución, temen la agudización y la ampliación del movimiento, ya apagan el incendio y se esfuerzan por llevar la calma, recibiendo por ello los perfectamente merecidos escupitajos en la cara en forma de elogios de los príncipes Meshcherski.

Y fueron bien castigados, estos filisteos de la ciencia burguesa. Cerraron la universidad en Moscú, por miedo a una carnicería en la universidad. Sólo provocaron aún más rápidamente una carnicería incomparablemente mayor en la calle. Quisieron extinguir la revolución en la universidad, y sólo encendieron la revolución en la calle. Cayeron en una buena tenaza, junto con los señores Trépov y los Románov, a quienes se apresuraron ahora a convencer de la necesidad de la libertad de reunión: si cierras la universidad, abrirás la lucha callejera. Si abres la universidad, abrirás una tribuna para las asambleas revolucionarias del pueblo, que preparan a nuevos y aún más decididos luchadores por la libertad.

¡Cuán infinitamente instructivo es el ejemplo de estos profesores liberales para juzgar nuestra Duma de Estado! ¿No está claro ahora, por la experiencia de las escuelas superiores, que los liberales y los constitucional-demócratas temerán por la «suerte de la Duma» tanto como estos lamentables caballeros de la ciencia de a cuarto temen por la «suerte de las universidades»? ¿No está claro ahora que los liberales y los constitucional-demócratas no pueden aprovechar la Duma más que para una prédica aún más amplia, aún más hedionda, del progreso legal pacífico? ¿No está claro ahora cuán ridículas son las esperanzas de convertir la Duma en una asamblea revolucionaria? ¿No está claro que hay un solo medio de «influir» no particularmente sobre la Duma, ni particularmente sobre las universidades, sino sobre todo el viejo orden autocrático, el medio de los obreros de Moscú, el medio de la insurrección popular? Sólo él no sólo obligará a Ma-