Los acontecimientos revolucionarios de Moscú son el primer relámpago de la tormenta que ha iluminado un nuevo campo de batalla. La promulgación de la ley sobre la Duma de Estado y la conclusión de la paz marcaron el inicio de una nueva etapa en la historia de la revolución rusa. La burguesía liberal, ya fatigada por la tenaz lucha de los obreros e inquieta por el fantasma de la «revolución ininterrumpida», respiró aliviada y se aferró con alegría a la limosna que se le arrojaba. Comenzó en toda la línea la lucha contra la idea del boicot, comenzó un giro evidente del liberalismo hacia la derecha. Por desgracia, incluso entre los socialdemócratas hubo personas inestables (en el campo de los neoiskristas), dispuestas a apoyar a esos traidores burgueses de la revolución en ciertas condiciones, dispuestas a «tomar en serio» la Duma de Estado. Cabe esperar que los acontecimientos de Moscú avergüencen a los hombres de poca fe y ayuden a los vacilantes a valorar correctamente la situación en el nuevo campo de batalla. Tanto los sueños de intelectuales anémicos sobre la posibilidad de elecciones verdaderamente populares bajo la autocracia, como las ilusiones de los torpes liberales sobre la importancia central de la Duma de Estado, se desmoronan de inmediato ante la primera gran acción revolucionaria del proletariado.

Nuestras informaciones sobre los acontecimientos de Moscú son aún (12 de octubre, nuevo estilo) muy escasas. Se limitan a noticias breves y a menudo contradictorias de los periódicos extranjeros y a los informes de la prensa legal sobre el inicio del movimiento, pasados por el tamiz de la censura. Una cosa es indudable: la lucha de los obreros moscovitas en su etapa inicial siguió el camino que ya se ha hecho habitual durante el último año revolucionario. El movimiento obrero ha impreso su sello sobre toda la revolución rusa. Comenzando con huelgas aisladas, se desarrolló rápidamente, por un lado, hasta huelgas masivas y, por otro, hasta manifestaciones callejeras. En 1905, la forma de movimiento plenamente consolidada es la huelga política, que ante nuestros ojos se transforma en insurrección. Y si al movimiento obrero en Rusia en su conjunto le llevó diez años elevarse hasta el escalón actual (aún lejos de ser definitivo, por supuesto), ahora el movimiento en determinadas regiones del país asciende en pocos días desde una simple huelga hasta una gigantesca explosión revolucionaria.

La huelga de los tipógrafos en Moscú la iniciaron, según se nos informa, obreros no conscientes. Pero el movimiento se escapa inmediatamente de sus manos y se convierte en un amplio movimiento profesional. Se suman obreros de otros oficios. La inevitable salida de los obreros a la calle, aunque sea para informar a los compañeros aún no notificados de la huelga, se transforma en una manifestación política con canciones y discursos revolucionarios. La exasperación largamente contenida contra la repugnante comedia de las elecciones «populares» a la Duma de Estado estalla. La huelga masiva desemboca en una movilización masiva de luchadores por la verdadera libertad. Entra en escena el estudiantado radical, que también en Moscú adoptó recientemente una resolución plenamente análoga a la de Petersburgo; esta resolución, de verdad, en el lenguaje de ciudadanos libres y no de funcionarios rastreros, estigmatiza a la Duma de Estado como una burla descarada al pueblo, llama a la lucha por la república, por la convocatoria, por un gobierno revolucionario provisional, de una asamblea realmente popular y realmente constituyente. Comienza la lucha callejera del proletariado y de los sectores avanzados de la democracia revolucionaria contra las tropas zaristas y la policía.

Así fue precisamente el desarrollo del movimiento en Moscú. El sábado 24 de septiembre (7 de octubre), además de los tipógrafos, ya no trabajaban las fábricas de tabaco ni los tranvías eléctricos; comenzaba la huelga de los panaderos. Por la tarde tuvieron lugar grandes manifestaciones en las que, además de obreros y estudiantes, participó una masa de personas «ajenas» (en las acciones populares abiertas ya se deja de considerar ajenos entre sí a los obreros revolucionarios y a los estudiantes radicales). Los cosacos y gendarmes dispersaban constantemente a los manifestantes, pero éstos se reagrupaban sin cesar. La multitud rechazaba a la policía y a los cosacos; se oían disparos de revólver y muchos policías resultaron heridos.

El domingo 25 de septiembre (8 de octubre), los acontecimientos toman de inmediato un cariz amenazador. Desde las 11 de la mañana comenzaron las aglomeraciones de obreros en las calles. La multitud canta La Marsellesa. Se organizan mítines revolucionarios. Las imprentas que se negaban a ir a la huelga son destrozadas. El pueblo asalta panaderías y armerías: los obreros necesitan pan para vivir y armas para luchar por la libertad (exactamente como se canta en la canción revolucionaria francesa). Los cosacos logran dispersar a los manifestantes sólo tras una resistencia tenacísima. En la calle Tverskaya, cerca de la casa del gobernador general, tiene lugar toda una batalla. Cerca de la panadería de Filíppov se reúne una multitud de oficiales panaderos. Como declaró después la administración de esta panadería, los obreros salían pacíficamente a la calle, abandonando el trabajo por solidaridad con todos los huelguistas. Un destacamento de cosacos ataca a la multitud. Los obreros penetran en la casa, suben al tejado, al desván, y arrojan piedras a los soldados. Se produce un verdadero asedio del edificio. La tropa dispara contra los obreros. Se cortan todas las comunicaciones. Dos compañías de granaderos realizan un movimiento envolvente, penetran en la casa por detrás y toman la posición enemiga. Son detenidos 192 oficiales panaderos, de ellos ocho heridos; dos obreros muertos. Por parte de la policía y la tropa hay heridos; un capitán de la gendarmería (rotmistr) está herido de muerte.

Naturalmente, estos datos son extremadamente incompletos. Según telegramas privados citados por algunos periódicos extranjeros, las atrocidades de los cosacos y soldados no conocieron límites. La administración de la panadería de Filíppov presenta una protesta contra las tropelías totalmente injustificadas de la tropa. Un serio periódico belga cita una información según la cual los porteros estaban ocupados limpiando las calles de rastros de sangre: este pequeño detalle —escribe— más que otros largos informes, testimonia la gravedad de la lucha. El «Vorwärts» informa, basándose en noticias privadas filtradas a los periódicos, que en la calle Tverskaya lucharon 10.000 huelguistas contra un batallón de infantería. Las tropas hicieron varias descargas. Las ambulancias estaban abrumadas de trabajo. El número de muertos se calcula aproximadamente en no menos de 50 personas, y el de heridos hasta 600. Se transmite que los detenidos eran llevados a los cuarteles y golpeados sin piedad, salvajemente, haciéndoles pasar por entre filas de soldados. Se transmite que los oficiales se distinguieron por una crueldad inhumana durante el combate callejero incluso hacia las mujeres (telegrama del corresponsal especial del conservador-burgués «Temps» desde Petersburgo del 10 de octubre (27 de septiembre)).

Sobre los acontecimientos de los días siguientes, las informaciones se vuelven cada vez más escasas. La exasperación de los obreros ha crecido terriblemente; el movimiento crece; el gobierno ha tomado todas las medidas para prohibir y restringir cualquier tipo de comunicación. Los periódicos extranjeros señalaban directamente la contradicción entre las noticias tranquilizadoras de las agencias oficiales (a las que se llegó a creer por un tiempo) y las noticias transmitidas a Petersburgo por teléfono. Gaston Leroux telegrafió al periódico parisino «Matin» que la censura hace maravillas para detener la difusión de cualquier noticia más o menos alarmante. El lunes 26 de septiembre (9 de octubre) —escribe— fue uno de los días más sangrientos de la historia de Rusia. Se lucha en todas las calles principales e incluso cerca de la casa del gobernador general. Los manifestantes desplegaron una bandera roja. Muchos muertos y heridos.

Las informaciones de otros periódicos son contradictorias. Sólo es indudable que la huelga crece. A ella se suma la mayoría de los obreros de los grandes talleres fabriles e incluso de las fábricas. Los ferroviarios van a la huelga. La huelga se convierte en general (martes 10 de octubre (27 de septiembre) y miércoles).

La situación es extremadamente grave. El movimiento se extiende a Petersburgo: los obreros de la fábrica San-Galli ya han parado el trabajo.

Aquí se detienen en este momento nuestras informaciones. Basándose en ellas no se puede ni pensar, naturalmente, en una evaluación completa de los acontecimientos de Moscú. No se puede decir aún si representan el ensayo general de una arremetida proletaria decisiva contra la autocracia o ya el comienzo de dicha arremetida; si son sólo la extensión de los métodos de lucha «habituales» que hemos delineado más arriba a una nueva región de la Rusia central, o si están destinados a servir de inicio de una forma superior de lucha y de una insurrección más decidida.

La respuesta a estas preguntas la dará el futuro, al parecer no lejano. Una cosa es indudable: el crecimiento de la insurrección, la ampliación de la lucha, la agudización de sus formas prosiguen ininterrumpidamente ante nuestros ojos. El proletariado en toda Rusia se abre camino con heroicos esfuerzos, señalando aquí y allá en qué dirección puede desarrollarse y, sin duda, se desarrollará la insurrección armada. Es cierto que también la forma actual de lucha, que el movimiento de las masas obreras ya ha elaborado, asesta los golpes más serios al zarismo. La guerra civil ha adoptado la forma de una guerra de guerrillas desesperadamente tenaz y extendida por todas partes. La clase obrera no da tregua al enemigo, paraliza la vida industrial, detiene constantemente toda la máquina de la administración local, crea en todo el país un estado de alarma, movilizando cada vez más fuerzas para la lucha. Ningún Estado puede soportar durante mucho tiempo semejante embate, y menos aún el putrefacto gobierno zarista, cuyos antiguos partidarios lo abandonan uno tras otro. Y si a la burguesía liberal monárquica la lucha le parece a veces demasiado tenaz, si la asusta la guerra civil y ese estado de alarmante incertidumbre en que vive el país, para el proletariado revolucionario la continuación de este estado, la prolongación de la lucha, es una cuestión vitalmente necesaria. Si entre los ideólogos de la burguesía empiezan a aparecer personas que se dedican a apagar el incendio revolucionario con su prédica del progreso legal pacífico, que se preocupan por atenuar, y no por agudizar, la crisis política, el proletariado consciente, que nunca ha dudado de la naturaleza traicionera del amor a la libertad burgués, avanzará de manera firme, arrastrando tras de sí al campesinado, sembrando la descomposición en las filas de la tropa zarista. La tenaz lucha obrera, las constantes huelgas, manifestaciones, insurrecciones parciales, todos estos combates y escaramuzas de prueba, por así decirlo, arrastran inevitablemente al ejército a la vida política y, en consecuencia, al círculo de las cuestiones revolucionarias. La experiencia de la lucha ilustra más rápida y profundamente de lo que podrían hacerlo años de propaganda en otras condiciones. La guerra exterior ha terminado, pero el gobierno teme claramente el regreso de los prisioneros y el retorno del ejército de Manchuria. Las informaciones sobre su estado de ánimo revolucionario se multiplican. Los proyectos de colonias agrícolas en Siberia para soldados y oficiales del ejército de Manchuria no pueden sino intensificar la efervescencia, incluso si estos proyectos se quedan en meros proyectos. La movilización no se detiene, a pesar de la conclusión de la paz. Se hace cada vez más evidente que el ejército se necesita única y exclusivamente contra la revolución. Y en tales condiciones, nosotros, los revolucionarios, no tenemos absolutamente nada en contra de la movilización, estamos incluso dispuestos a saludarla. Al aplazar el desenlace a costa de involucrar en la lucha a nuevas y nuevas unidades del ejército, al acostumbrar a una cantidad cada vez mayor de tropas a la guerra civil, el gobierno no elimina la fuente de todas las crisis, sino que, por el contrario, amplía el terreno para ellas. Obtiene un aplazamiento al precio de la inevitable ampliación del campo de lucha y de su agudización. Levanta para la lucha a los más atrasados e ignorantes, a los más oprimidos y políticamente inertes; la lucha los ilustrará, los sacudirá y los revivificará. Cuanto más se prolongue este estado de guerra civil, tanto más inevitable será el desgajamiento del ejército contrarrevolucionario de una masa de neutrales y de un núcleo de luchadores por la revolución.

Toda la marcha de la revolución rusa en los últimos meses testimonia que el escalón alcanzado ahora no es ni puede ser el escalón más alto. El movimiento se elevará aún más, como ya se ha elevado desde el 9 de enero. Entonces vimos por primera vez un movimiento que asombró al mundo por la unanimidad y cohesión de gigantescas masas obreras, alzadas en nombre de reivindicaciones políticas. Pero ese movimiento era aún extremadamente poco consciente en el aspecto revolucionario y completamente impotente en el sentido del armamento y la preparación militar. Polonia y el Cáucaso dieron el ejemplo de una lucha ya más elevada, donde el proletariado comenzó a actuar parcialmente armado, donde la guerra adoptó una forma prolongada. La insurrección de Odesa se caracterizó por la aparición de una nueva e importante condición para el éxito: el paso de una parte de las tropas al lado del pueblo. Es cierto que el éxito no se alcanzó de inmediato; la difícil tarea de «combinar las fuerzas navales y terrestres» (una de las tareas más difíciles incluso para un ejército regular) aún no se había resuelto. Pero fue planteada, y todos los indicios dicen que los acontecimientos de Odesa no quedarán como un caso aislado. La huelga de Moscú nos muestra la extensión de la lucha a la región «genuinamente rusa», cuya estabilidad tanto alegró a los reaccionarios durante largo tiempo. La acción revolucionaria en esta zona tiene una importancia gigantesca ya que reciben su bautismo de fuego masas del proletariado, el menos móvil y al mismo tiempo concentrado en un área relativamente pequeña, en una cantidad que no tiene igual en ninguna parte de Rusia. El movimiento comenzó en San Petersburgo, recorrió por las periferias toda Rusia, movilizó Riga, Polonia, Odesa, el Cáucaso, y ahora el incendio se ha propagado al mismo «corazón» de Rusia.

La vergonzosa comedia de la Duma de Estado parece aún más despreciable junto a esta acción verdaderamente revolucionaria de la clase genuinamente avanzada y dispuesta a la lucha. La unión del proletariado con la democracia revolucionaria, de la que hemos hablado más de una vez, se convierte en un hecho. El estudiantado radical, que también en Petersburgo y Moscú ha adoptado las consignas de la socialdemocracia revolucionaria, es la vanguardia de todas las fuerzas democráticas que sienten repugnancia por la vileza de los reformistas «constitucional-demócratas» que han ido a la Duma de Estado, que tienden hacia la lucha real y decidida contra el maldito enemigo del pueblo ruso, y no al mercadeo con la autocracia.

Miren a los profesores liberales, rectores, vicerrectores y toda esa compañía de los Trubetskói, Manuílov y demás. Son, después de todo, lo mejor del liberalismo y del partido constitucional-demócrata, los más ideológicamente comprometidos, los más instruidos, los más desinteresados, los más libres de la presión directa de los intereses e influencias del saco de dinero. ¿Y cómo se comportan estos mejores hombres? ¿Cómo han utilizado el primer poder, el poder del gobierno en las universidades, poder que les fue conferido por elección? Ya le temen a la revolución, temen la agudización y ampliación del movimiento, ya apagan el incendio y tratan de aportar calma, recibiendo por ello los merecidísimos escupitajos en la cara en forma de elogios de los príncipes Meschérski.

Y fueron bien castigados, esos filisteos de la ciencia burguesa. Cerraron la universidad en Moscú, temiendo una masacre en la universidad. Sólo provocaron, aún más rápido, una masacre incomparablemente mayor en la calle. Quisieron apagar la revolución en la universidad, pero sólo encendieron la revolución en la calle. Cayeron en una buena tenaza, junto con los señores Trépov y Románov, a quienes ahora se han apresurado a convencer de la necesidad de la libertad de reunión: si cierras la universidad, abrirás la lucha callejera. Si abres la universidad, abrirás la tribuna para las reuniones revolucionarias populares, que preparan nuevos y aún más decididos luchadores por la libertad.

¡Cuán infinitamente instructivo es el ejemplo de estos profesores liberales para la valoración de nuestra Duma de Estado! ¿No está claro ahora, a partir de la experiencia de las escuelas superiores, que los liberales y los kadetes temerán del mismo modo por «el destino de la Duma» como estos lamentables caballeros de la ciencia de tres al cuarto temen por «el destino de las universidades»? ¿No está claro ahora que los liberales y los k.-d. no pueden utilizar la Duma más que para una prédica aún más amplia y aún más pestilente del progreso legal pacífico? ¿No está claro ahora cuán ridículas son las esperanzas de convertir la Duma en una asamblea revolucionaria? ¿No está claro que hay un solo modo de «influir» no específicamente en la Duma, ni específicamente en las universidades, sino en todo el viejo orden autocrático: el modo de los obreros de Moscú, el modo de la insurrección popular? Sólo él no se limitará a hacer que los Manuílov en las universidades pidan la libertad de reunión, o que los Petrunkévich en la Duma pidan la libertad para el pueblo; él conquistará la libertad real para el pueblo.

Los acontecimientos de Moscú han mostrado la agrupación real de las fuerzas sociales: los liberales corrían del gobierno a los radicales, disuadiendo a estos últimos de la lucha revolucionaria. Los radicales luchaban en las filas del proletariado. No olvidemos esta lección: se refiere directamente también a la Duma de Estado.

Que los Petrunkévich y demás k.-d. se ocupen en la Rusia autocrática del juego parlamentario; los obreros llevarán a cabo la lucha revolucionaria por la verdadera autocracia del pueblo.

Cualquiera que sea el desenlace del estallido insurreccional en Moscú, el movimiento revolucionario resurgirá en todo caso aún más fortalecido, abarcará un área más vasta y se aprovisionará de nuevas fuerzas. Admitamos incluso que las tropas zaristas celebran ahora en Moscú una victoria completa; unas cuantas victorias más como ésta, y el colapso total del zarismo será un hecho. Y será entonces ya un colapso real, verdadero, de toda la herencia del feudalismo, la autocracia y las tinieblas, y no ese débil, cobarde e hipócrita remiendo de un harapo putrefacto con el que se embaucan a sí mismos y a otros los burgueses liberales. Admitamos incluso que el correo de mañana traiga la dura noticia: el estallido insurreccional ha sido reprimido una vez más. Exclamaremos entonces: ¡una vez más, viva la insurrección!

«Proletari» nº 21, 17 (4) de octubre de 1905.

Se imprime según el manuscrito, cotejado con el texto del periódico «Proletari».