La revolución que vive Rusia es una revolución de todo el pueblo. Los intereses de todo el pueblo han entrado en contradicción irreconciliable con los intereses de un puñado de personas que componen el gobierno autocrático y lo sostienen. La propia existencia de la sociedad moderna, construida sobre la base de la economía mercantil, con la enorme diferencia y contradicción de intereses de las distintas clases y grupos de la población, exige la destrucción de la autocracia, la libertad política, la expresión abierta y directa de los intereses de las clases dominantes en la organización y administración del Estado. La revolución democrática, burguesa por su esencia socioeconómica, no puede sino expresar las necesidades de toda la sociedad burguesa.

Pero esta misma sociedad, que ahora parece unida y cohesionada en la lucha contra la autocracia, está escindida irrevocablemente por el abismo entre el capital y el trabajo. El pueblo que se ha alzado contra la autocracia no es un pueblo unido. Propietarios y trabajadores asalariados, un número insignificante («las diez mil de arriba») de ricos y decenas de millones de desposeídos y trabajadores: son, en verdad, «dos naciones», como dijo un perspicaz inglés ya en la primera mitad del siglo XIX{101}. La lucha entre el proletariado y la burguesía está al orden del día en toda Europa. Hace tiempo que esta lucha ha irrumpido también en Rusia. En la Rusia actual, el contenido de la revolución no lo llenan dos fuerzas en pugna, sino dos guerras sociales distintas y heterogéneas: una en las entrañas del actual régimen autocrático-feudal, otra en las entrañas del futuro régimen democrático-burgués que ya está naciendo ante nuestros ojos. Una es la lucha de todo el pueblo por la libertad (por la libertad de la sociedad burguesa), por la democracia, es decir, por la autocracia del pueblo; la otra es la lucha de clase del proletariado contra la burguesía por la organización socialista de la sociedad.

*Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «Socialismo y campesinado». – 1905 (Reducido)*

Sobre los socialistas recae, pues, una tarea pesada y difícil: librar simultáneamente dos guerras completamente heterogéneas por su carácter, sus fines y la composición de las fuerzas sociales capaces de participar de manera decisiva en una u otra guerra. Esta difícil tarea ha sido claramente planteada y firmemente resuelta por la socialdemocracia, gracias a que ha colocado en la base de todo su programa el socialismo científico, es decir, el marxismo, gracias a que ha ingresado, como uno de los destacamentos, en el ejército de la socialdemocracia mundial, que ha verificado, confirmado, esclarecido y desarrollado más detalladamente las tesis del marxismo a través de la experiencia de una larga serie de movimientos democráticos y socialistas en los más diversos países europeos.

La socialdemocracia revolucionaria ha mostrado y mostró desde hace tiempo el carácter burgués del democratismo ruso, desde el liberal-populista hasta su formulación «osvobozhdeniana». Siempre señaló la inevitable mediatización, limitación y estrechez del democratismo burgués. Ante el proletariado socialista, en la época de la revolución democrática, planteó la tarea de atraer a su lado a la masa del campesinado y, paralizando la inestabilidad de la burguesía, quebrantar y aplastar la autocracia. La victoria decisiva de la revolución democrática sólo es posible bajo la forma de la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Pero cuanto más rápida y plenamente se realice esta victoria, tanto más rápida y hondamente se desplegarán nuevas contradicciones y una nueva lucha de clases en el escenario del régimen burgués plenamente democratizado. Cuanto más cabalmente llevemos a cabo la revolución democrática, tanto más cerca nos hallaremos, cara a cara, de las tareas de la revolución socialista, tanto más aguda e intensa será la lucha del proletariado contra las bases mismas de la sociedad burguesa.

Contra toda desviación de este planteamiento de las tareas democrático-revolucionarias y socialistas del proletariado, la socialdemocracia debe librar una lucha consecuente. Es absurdo ignorar el carácter democrático, es decir, fundamentalmente burgués, de la revolución actual, y es absurdo, en consecuencia, lanzar consignas como la formación de comunas revolucionarias. Es absurdo y reaccionario menospreciar las tareas de la participación, y precisamente de la participación dirigente, del proletariado en la revolución democrática, rehuyendo siquiera la consigna de la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado. Es absurdo confundir las tareas y las condiciones de la revolución democrática y de la revolución socialista, que son heterogéneas, repetimos, tanto por su carácter como por la composición de las fuerzas sociales que participan en ellas.

En este último error es en el que pretendemos detenernos ahora detalladamente. El insuficiente desarrollo de las contradicciones de clase en el pueblo en general, y en el campesinado en particular, es un fenómeno inevitable en la época de la revolución democrática, que crea por primera vez las bases para un desarrollo verdaderamente amplio del capitalismo. Y este insuficiente desarrollo económico provoca la supervivencia y resurrección, en una u otra forma, de formas atrasadas de socialismo, que es un socialismo pequeñoburgués, pues idealiza transformaciones que no rebasan los marcos de las relaciones pequeñoburguesas. La masa de los campesinos no comprende ni puede comprender que la más completa «libertad» y el más «justo» reparto, aunque sea de toda la tierra, no sólo no suprimirán el capitalismo, sino que, por el contrario, crearán las condiciones para un desarrollo especialmente amplio y pujante del mismo. Y mientras la socialdemocracia destaca y apoya únicamente el contenido democrático-revolucionario de estas aspiraciones campesinas, el socialismo pequeñoburgués eleva a teoría la inconsciencia campesina, confundiendo o fusionando en un solo todo las condiciones y tareas de la revolución democrática real y de una revolución socialista imaginada.

La expresión más patente de esta confusa ideología pequeñoburguesa es el programa, o mejor dicho, el proyecto de programa de los «socialistas-revolucionarios», que tanto más se apresuraron a proclamarse partido cuanto menos desarrolladas estaban en ellos las formas y premisas de la partididad. Al analizar su proyecto de programa (véase «Vperiod» nº 3[92]), ya tuvimos ocasión de mostrar que la raíz de las concepciones de los socialistas-revolucionarios es el viejo populismo ruso. Pero como todo el desarrollo económico de Rusia, toda la marcha de la revolución rusa, arranca despiadada e implacablemente, día a día y hora a hora, el suelo bajo los cimientos del populismo puro, las concepciones de los socialistas-revolucionarios se vuelven inevitablemente eclécticas. Los desgarrones del populismo tratan de remendarlos con parches de la «crítica» oportunista de moda del marxismo, pero el ropaje vetusto no por ello se vuelve más sólido. En general y en su conjunto, su programa es algo absolutamente inerte, internamente contradictorio, que expresa únicamente, en la historia del socialismo ruso, una de las etapas del camino de la Rusia feudal a la Rusia burguesa, del camino «del populismo al marxismo». Bajo esta definición, típica para toda una serie de riachuelos más o menos pequeños del pensamiento revolucionario contemporáneo, cae también el novísimo proyecto de programa agrario del Partido Socialista Polaco (PPS){102}, publicado en los números 6-8 de «Przedświt»{103}.

El proyecto divide el programa agrario en dos partes. La parte I expone «reformas para las cuales las condiciones sociales ya han madurado»; la parte II «formula la culminación e integración de las reformas agrarias expuestas en la parte I». La parte I, a su vez, se divide en tres secciones: A) protección del trabajo: reivindicaciones en favor del proletariado agrícola; B) reformas agrarias (en sentido estricto o, por así decirlo, reivindicaciones campesinas) y C) protección de la población rural (autogobierno, etc.).

Un paso hacia el marxismo lo constituye en este programa el intento de separar algo así como un programa mínimo de un programa máximo, así como la formulación completamente independiente de reivindicaciones de carácter puramente proletario y, además, el reconocimiento, en los considerandos del programa, de que es totalmente inadmisible para un socialista «adular los instintos propietarios de las masas campesinas». A decir verdad, si se meditara a fondo la verdad contenida en esta última tesis y se la desarrollara consecuentemente hasta el final, se obtendría de manera inevitable un programa rigurosamente marxista. Pero la desgracia está en que el PPS no es un partido consecuentemente proletario, y extrae sus ideas con igual avidez del manantial de la crítica oportunista del marxismo. «Debido a la tendencia no demostrada de la propiedad de la tierra a la concentración —leemos en los considerandos del programa—, es imposible defender esta forma de economía con plena sinceridad y convicción, y convencer al campesino de la inevitabilidad de la desaparición de las pequeñas explotaciones».

Esto no es más que un eco de la economía política burguesa. Los economistas burgueses se esfuerzan con todas sus fuerzas por inculcar al pequeño campesino la idea de la compatibilidad del capitalismo con el bienestar del pequeño agricultor propietario. Por eso ocultan la cuestión general de la economía mercantil, de la opresión del capital, de la decadencia y el envilecimiento de la pequeña hacienda campesina, tras la cuestión particular de la concentración de la propiedad territorial. Cierran los ojos ante el hecho de que la gran producción en las ramas comerciales especializadas de la agricultura se desarrolla también sobre la pequeña y mediana propiedad territorial, y de que esta propiedad se descompone tanto por el crecimiento del arrendamiento como bajo el peso de las hipotecas y bajo la presión de la usura. Dejan en la sombra el hecho indiscutible de la superioridad técnica de la gran explotación en la agricultura y el empeoramiento de las condiciones de vida del campesino en su lucha contra el capitalismo. En las palabras del PPS no hay nada más que la repetición de estos prejuicios burgueses, resucitados por los David contemporáneos.

La inestabilidad de las concepciones teóricas se refleja también en el programa práctico. Tomemos la parte I: las reformas agrarias en sentido estricto. Por un lado, leemos el punto 5) «Supresión de toda clase de restricciones para la compra de tierras de nadiel» y el punto 6) «Supresión de las szarwarks{104} y de las prestaciones de transporte (obligaciones en especie)». Estas son reivindicaciones mínimas puramente marxistas. Al plantearlas (especialmente el punto 5), el PPS da un paso adelante en comparación con nuestros socialistas-revolucionarios, que, junto con «Moskovskie Védomosti», sienten debilidad por la famosa «inalienabilidad de los nadieles». Al plantearlas, el PPS se aproxima estrechamente a la idea del marxismo sobre la lucha contra los residuos del feudalismo como base y contenido del actual movimiento campesino. Pero, al aproximarse a esta idea, el PPS está lejos de una aceptación plena y consciente de la misma.

Los puntos principales del programa mínimo que examinamos dicen: «1) nacionalización de las fincas de la familia imperial, del Estado y del clero, mediante confiscación; 2) nacionalización de la gran propiedad territorial en ausencia de herederos directos; 3) nacionalización de los bosques, ríos y lagos». Estas reivindicaciones adolecen de todos los defectos de un programa que coloca en primer plano, para el momento actual, la reivindicación de la nacionalización de la tierra. Mientras no existan la plena libertad política y la autocracia del pueblo, mientras no haya una república democrática, plantear la reivindicación de la nacionalización es prematuro e irracional, pues la nacionalización es el traspaso a manos del Estado, y el Estado actual es un Estado policíaco y clasista, y el Estado de mañana será, en todo caso, un Estado clasista. Y como consigna que haga avanzar en el sentido de la democratización, esta reivindicación es particularmente inadecuada, pues desplaza el centro de gravedad no a las relaciones de los campesinos con los terratenientes (los campesinos toman las tierras de los terratenientes), sino a las relaciones de los terratenientes con el Estado. Semejante planteamiento de la cuestión es radicalmente falso para un momento en que los campesinos luchan por la vía revolucionaria, tanto contra los terratenientes como contra el Estado de los terratenientes. Los comités campesinos revolucionarios para la confiscación, como instrumento de la confiscación: he ahí la única consigna que corresponde a ese momento y que hace avanzar la lucha de clases contra los terratenientes en indisoluble vínculo con la destrucción revolucionaria del Estado terrateniente.

Los restantes puntos del programa mínimo agrario en el proyecto del PPS son los siguientes: «4) limitación del derecho de propiedad, en la medida en que se convierta en un obstáculo para todo tipo de mejoras agrícolas (mejoramiento de tierras), si dichas mejoras son consideradas necesarias por la mayoría de los interesados; … 7) nacionalización del seguro de las cosechas contra incendios y granizo, y del ganado contra epizootias; 8) fomento legislativo, por parte del Estado, de la formación de arteles y cooperativas agrícolas; 9) escuelas de agronomía».

Estos puntos están plenamente en el espíritu de los socialistas-revolucionarios o, lo que es lo mismo, totalmente en el espíritu del reformismo burgués. No tienen nada de revolucionarios. Son progresivos, por supuesto, no cabe duda, pero progresivos en interés de los propietarios. Plantearlos por parte de un socialista significa precisamente adular los instintos propietarios. Plantearlos es lo mismo que reclamar la ayuda del Estado a los trusts, cárteles, sindicatos y asociaciones de industriales, que no son menos «progresivos» que las cooperativas, los seguros, etc., en la agricultura. Todo esto es progreso capitalista. Ocuparse de él no es asunto nuestro, sino asunto de los dueños, de los empresarios. El socialismo proletario, a diferencia del pequeñoburgués, deja a los condes de Roquigny, a los terratenientes zémtsi y otros semejantes que se ocupen de las cooperativas de dueños y propietarios, y él mismo se ocupa entera y exclusivamente de la cooperación de los trabajadores asalariados con el fin de luchar contra los dueños.

Veamos ahora la parte II del programa. Consta del siguiente punto único: «Nacionalización de la gran propiedad territorial mediante confiscación. Las tierras de labor y los prados así adquiridos por el pueblo deberán ser divididos en nadieles y entregados a los campesinos sin tierra y con poca tierra en arrendamiento asegurado a largo plazo».

¡No hay más que decir, vaya una «culminación»! Un partido que se llama socialista propone, como «culminación e integración de las reformas agrarias», no una organización socialista de la sociedad, sino una absurda utopía pequeñoburguesa. Tenemos ante nosotros el ejemplo más patente de una confusión total de la revolución democrática y la revolución socialista, de una incomprensión plena de sus fines heterogéneos. El paso de la tierra de los terratenientes a los campesinos puede ser —y en todas partes de Europa lo ha sido— un componente de la revolución democrática, una de las etapas de la revolución burguesa; pero sólo los radicales burgueses pueden llamarlo culminación o remate. La redistribución de la tierra entre unos u otros sectores de propietarios, entre unas u otras clases de dueños, puede ser ventajosa y necesaria en interés de la victoria de la democracia, en interés de extirpar por completo las huellas del feudalismo, de elevar el nivel de vida de la masa, de acelerar el desarrollo del capitalismo, etc.; el apoyo más decidido a semejante medida puede ser obligatorio para el proletariado socialista en la época de la revolución democrática, pero «culminación y remate» sólo puede ser la producción socialista, y no la pequeña producción campesina. La «garantía» del arrendamiento del pequeño campesino, manteniendo la economía mercantil y el capitalismo, es una utopía pequeñoburguesa reaccionaria y nada más.

Vemos ahora que el error fundamental del PPS no es privativo suyo, ni único, ni casual. Expresa, de una forma más clara y neta (que la famosa «socialización» de los socialistas-revolucionarios, que ni ellos mismos entienden), el error radical de todo el populismo ruso, de todo el liberalismo y radicalismo burgués rusos en la cuestión agraria, hasta el punto de vista que se manifestó en los debates del último congreso (de septiembre) de los zémtsi en Moscú.

Este error radical puede expresarse así:

En el planteamiento de los fines inmediatos, el programa del PPS no es revolucionario. En sus fines últimos, no es socialista.

O, dicho de otro modo: la incomprensión de la diferencia entre la revolución democrática y la socialista conduce a que en las tareas democráticas no se exprese su lado verdaderamente revolucionario, y a que en las tareas socialistas se introduzca toda la nebulosidad de la cosmovisión democrático-burguesa. Resulta una consigna insuficientemente revolucionaria para un demócrata e imperdonablemente confusa para un socialista.

Por el contrario, el programa de la socialdemocracia satisface todas las exigencias tanto de apoyo al democratismo verdaderamente revolucionario como de planteamiento de un claro fin socialista. En el actual movimiento campesino vemos la lucha contra el feudalismo, la lucha contra los terratenientes y contra el Estado terrateniente. Esta lucha la apoyamos hasta el fin. Para tal apoyo, la única consigna acertada es: confiscación por medio de los comités campesinos revolucionarios. Qué hacer con las tierras confiscadas es una cuestión secundaria. No la resolveremos nosotros, sino los campesinos. Al resolverla es precisamente cuando se iniciará la lucha entre el proletariado y la burguesía dentro del campesinado. He ahí por qué dejamos esta cuestión abierta (lo que tanto desagrada a los proyectistas pequeñoburgueses) o damos de nuestra parte, como máximo, una indicación del comienzo del camino, en forma de la recuperación de los otrezki (en lo que las gentes de poco pensar ven un obstáculo al movimiento, a pesar de las numerosas aclaraciones de la socialdemocracia).

Para que la reforma agraria, inevitable en la Rusia actual, desempeñe un papel democrático-revolucionario, no hay más que un medio: que sea realizada por la iniciativa revolucionaria de los propios campesinos, contra los terratenientes y la burocracia, contra el Estado, es decir, por la vía revolucionaria. La peor distribución de la tierra después de semejante transformación será mejor que la actual desde todos los puntos de vista. Y nosotros señalamos este camino, colocando en la base la reivindicación de los comités campesinos revolucionarios.

Pero, al mismo tiempo, decimos al proletariado rural: «La victoria más radical de los campesinos, a la que debes ayudar ahora con todas tus fuerzas, no te librará de la miseria. Para este fin no hay más que un medio: la victoria de todo el proletariado —tanto industrial como agrícola— sobre toda la burguesía, la organización de la sociedad socialista».

Junto con los campesinos propietarios contra los terratenientes y el Estado terrateniente, junto con el proletariado urbano contra toda la burguesía y todos los campesinos propietarios. He ahí la consigna del proletariado rural consciente. Y si esta consigna no es aceptada de inmediato, o incluso no es aceptada en absoluto por los propietarios, en cambio se convertirá en la consigna de los obreros, será confirmada de manera ineluctable por toda la revolución, nos librará de las ilusiones pequeñoburguesas y nos señalará con claridad y precisión nuestro fin socialista.

«Proletari» nº 20, 10 de octubre (27 de septiembre) de 1905.

Publicado según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.