Imagínense que un pequeño número de personas lucha contra un mal flagrante y monstruoso, del cual no tiene conciencia o ante el cual permanece indiferente la masa de gente dormida. ¿Cuál es la tarea principal de quienes luchan? 1) Despertar al mayor número posible de los que duermen. 2) Ilustrarlos acerca de las tareas de su lucha y de las condiciones de la misma. 3) Organizarlos en una fuerza capaz de obtener la victoria. 4) Enseñarles a utilizar correctamente los frutos de la victoria.

Es natural que el punto 1 debe preceder a los puntos 2–4, los cuales son imposibles sin aquél.

Y he aquí que un pequeño número de personas despierta a todos, empuja a todo y a cada uno.

Sus esfuerzos, gracias también al desarrollo de la vida misma, se ven coronados por el éxito. La masa ha sido despertada. Entonces comienza a resultar que una parte de los despertados está interesada en la conservación del mal y se propone, ya sea apoyarlo conscientemente, ya sea retener aquellos de sus aspectos, aquellas partes que son ventajosas para estos grupos de despertados.

¿No es natural que entonces los luchadores, los heraldos del combate, los que despertaron, los campaneros de la revolución, se vuelvan contra esos mismos despertados a quienes ellos mismos despertaron? ¿No es natural que entonces los luchadores no gasten ya sus fuerzas en espabilar a «todo y a cada uno», sino que trasladen el centro de gravedad hacia aquellos que resultaron capaces de: 1) despertarse – primeramente; 2) asimilar las ideas de una lucha consecuente – en segundo lugar; 3) luchar con seriedad y hasta el final – en tercer lugar.

Tal es la actitud de los socialdemócratas rusos hacia los liberales en 1900–1902 (los despertaban), en 1902–1904 (deslindaban con los que se iban despertando) y en 1905 (lucharon contra los despertados… traidores).

Escrito entre el 27 y el 30 de septiembre (10 y 13 de octubre) de 1905.

Publicado por primera vez en 1926 en el Recopilador Leninista V.

Se publica según el manuscrito.