El corresponsal especial del serio periódico conservador «Temps» telegrafió a dicho periódico desde Petersburgo el 21 (8) de septiembre:

«Anteayer por la noche un grupo de 70 personas atacó la prisión central de Riga, cortó las líneas telefónicas y mediante escaleras de cuerda penetró en el patio de la prisión, donde, tras un encarnizado combate, murieron dos guardianes y otros tres resultaron gravemente heridos. Los manifestantes liberaron entonces a dos presos políticos que se hallaban bajo jurisdicción militar y aguardaban la sentencia de muerte. Durante la persecución de los manifestantes, que lograron huir, a excepción de dos que fueron detenidos, un agente resultó muerto y varios policías heridos».

¡Así pues, las cosas avanzan a pesar de todo! El armamento, pese a dificultades increíbles, indescriptibles, progresa sin embargo. El terror individual, engendro de la debilidad intelectual, va quedando en el pasado. En lugar de gastar decenas de miles de rublos y una gran cantidad de energías revolucionarias para matar a un tal Serguéi{98} (que revolucionó Moscú quizá mejor que muchos revolucionarios), para matar «en nombre del pueblo», en lugar de esto comienzan las acciones militares junto con el pueblo. He aquí cuando los pioneros de la lucha armada, no sólo de palabra sino de hecho, se funden con la masa, se ponen al frente de las milicias y destacamentos del proletariado, educan a sangre y fuego de la guerra civil a decenas de jefes populares que mañana, en el día del levantamiento obrero, sabrán ayudar con su experiencia y su heroica audacia a miles y decenas de miles de obreros.

¡Salud a los héroes del destacamento revolucionario de Riga! ¡Que su éxito sirva de aliento y ejemplo a los obreros socialdemócratas de toda Rusia! ¡Vivan los iniciadores del ejército popular revolucionario!

Mirad con qué éxito, incluso desde un punto de vista puramente militar, se ha coronado la empresa de los de Riga. El enemigo ha tenido tres muertos y, probablemente, de 5 a 10 heridos. Nuestras pérdidas: sólo dos, probablemente heridos y por ello capturados por el enemigo. Nuestros trofeos: dos jefes revolucionarios rescatados del cautiverio. ¡Pero si es una victoria brillante!! Es una verdadera victoria en una batalla contra un enemigo armado de pies a cabeza. Esto ya no es una conspiración contra alguna persona odiada, ni un acto de venganza, ni un gesto de desesperación, ni una simple «intimidación»; no, es el comienzo, meditado y preparado, calculado desde el punto de vista de la correlación de fuerzas, de las acciones de los destacamentos del ejército revolucionario. El número de estos destacamentos, de 25 a 75 hombres, puede existir en cada gran ciudad, y a menudo, en los suburbios de una gran ciudad, elevarse a varias decenas. Los obreros irán por centenares a estos destacamentos; sólo hay que emprender de inmediato una amplia propaganda de esta idea, la formación de estos destacamentos, su dotación de toda clase de armas, desde cuchillos y revólveres hasta bombas, y la instrucción y educación militares de los mismos.

Por fortuna, pasaron los tiempos en que, a falta de pueblo revolucionario, la revolución la «hacían» revolucionarios solitarios, terroristas. La bomba ha dejado de ser el arma del terrorista solitario. Se convierte en un accesorio indispensable del armamento popular. Con los cambios de la técnica militar, cambian y deben cambiar los procedimientos y métodos de la lucha callejera. Todos nosotros estudiamos hoy (y hacemos bien en estudiarlo) la construcción de barricadas y el arte de defenderlas. Pero tras esta vieja y útil labor no hay que olvidar los pasos más recientes de la técnica militar. El progreso en la aplicación de sustancias explosivas ha introducido una serie de novedades en la artillería. Los japoneses resultaron más fuertes que los rusos, en parte también porque supieron manejar las sustancias explosivas mucho mejor. La amplia utilización de las sustancias explosivas más potentes es uno de los rasgos muy característicos de la última guerra. Y estos japoneses, reconocidos hoy en todo el mundo como maestros del arte militar, recurrieron también a la bomba de mano, que utilizaron magníficamente contra Port Arthur. ¡Aprendamos, pues, de los japoneses! No nos desanimemos ante los graves fracasos que acompañan los intentos de envíos masivos de armas. Ningún fracaso quebrantará la energía de los hombres que sienten y ven en la práctica su estrecha vinculación con la clase revolucionaria, que tienen conciencia de que tras sus objetivos inmediatos de lucha se ha alzado ahora realmente todo el pueblo. La fabricación de bombas es posible en todas partes. Se lleva a cabo hoy en Rusia en una escala mucho más amplia de lo que cada uno de nosotros sabe (y cada miembro de una organización socialdemócrata conoce seguramente más de un ejemplo de instalación de talleres). Se lleva a cabo en una escala incomparablemente mayor de lo que sabe la policía (y ésta sabe, seguramente, más que los revolucionarios de las distintas organizaciones). Ninguna fuerza podrá resistir a los destacamentos del ejército revolucionario que se armen con bombas, que una buena noche lleven a cabo de golpe varios ataques como el de Riga, tras los cuales —y ésta es la última y más importante condición— se alzarán centenares de miles de obreros que no han olvidado el «pacífico» nueve de enero y que ansían apasionadamente un nueve de enero armado.

Hacia esto marchan claramente las cosas en Rusia. Reflexionad sobre estas noticias de los periódicos legales acerca de bombas halladas en las cestas de pacíficos pasajeros de vapores. Leed atentamente estas informaciones sobre centenares de ataques a policías y militares, sobre decenas de muertos en el acto y decenas de heridos graves en los dos últimos meses. Incluso los corresponsales del traidor y burgués «Osvobozhdenie», que se dedica a condenar la prédica «descabellada» y «criminal» del levantamiento armado, reconocen que jamás los trágicos acontecimientos han estado tan cercanos como ahora.

¡Manos a la obra, camaradas! Que cada cual ocupe su puesto. Que cada círculo obrero recuerde que los acontecimientos pueden exigir de él, de un día para otro, su participación dirigente en la última y decisiva batalla.

«Proletari» nº 18, 26 (13) de septiembre de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.