En Rusia la educación política del pueblo y de la intelectualidad es todavía absolutamente insignificante. Entre nosotros casi no se han formado aún convicciones políticas claras ni firmes concepciones de partido. Entre nosotros se toma con demasiada facilidad por fe cualquier protesta contra la autocracia, considerando con hostilidad toda crítica del carácter y la esencia de esa protesta, como una escisión perniciosa del movimiento liberador. No es de extrañar que, bajo esta bandera común de la liberación, el periódico *Osvobozhdenie* editado por el señor Struve se difunda ampliamente entre todos los intelectuales librepensadores de toda laya, que odian el análisis del contenido de clase del liberalismo *osvobozhdénico*.

Y, sin embargo, el liberalismo *osvobozhdénico* no es más que una expresión más sistemática, libre de censura, de los rasgos fundamentales de todo el liberalismo ruso. Cuanto más avanza la revolución, tanto más se desenmascara este liberalismo, tanto más imperdonable se vuelve el temor de mirar la verdad cara a cara y de comprender la verdadera esencia de este liberalismo. Son sumamente ilustrativas a este respecto las "Cartas políticas" del conocido historiador señor Pavel Vinogradov, publicadas en el conocido órgano liberal *Rússkiye Védomosti* (5 de agosto). No es menos característico que otros periódicos liberales, como *Nasha Zhizn*, hayan reproducido fragmentos de esta digna obra sin una sola palabra de indignación o reprobación. El señor Pavel Vinogradov ha expresado con singular relieve los intereses, la táctica y la psicología de la burguesía egoísta: su franqueza tal vez habría sido considerada fuera de lugar por algunos liberales más hábiles, pero tanto más valiosa es para los obreros conscientes. He aquí las palabras finales del artículo del señor Vinogradov, que expresan toda su quintaesencia:

«Yo no sé si Rusia conseguirá todavía ir hacia un nuevo régimen por un camino próximo al que recorrió Alemania en 1848, pero no dudo de que es necesario emplear todos los esfuerzos para encaminarse por esa vía y no por la que eligió Francia en 1789.

A la sociedad rusa, informe, mal cohesionada, llena de rencores intestinos, la amenazan en esta última vía peligros inauditos, si no la perdición. No es deseable llegar a vivir lecciones prácticas sobre los temas del poder, el orden, la unidad nacional, la organización social, tanto más cuanto que esas lecciones prácticas las darán o el *uriádnik* reanimado con nuevas fuerzas, o el sargento mayor alemán, al que la anarquía en Rusia abrirá una misión providencial».

¡He aquí lo que más preocupa al burgués ruso: los inauditos peligros de la "vía" de 1789! El burgués no descarta la vía de Alemania en 1848, pero "empleará todos los esfuerzos" para evitar la vía de Francia. Digna de profunda reflexión, es una máxima muy instructiva.

¿En qué consiste la diferencia radical entre ambas vías? En que la revolución burguesa democrática, llevada a cabo por Francia en 1789 y por Alemania en 1848, fue en el primer caso llevada hasta el fin, mientras que en el segundo no; en el primer caso llegó a la república y a la libertad completa, en tanto que en el segundo se detuvo sin derribar la monarquía y la reacción; en el segundo caso transcurrió bajo la dirección, principalmente, de los burgueses liberales, que llevaban a remolque a una clase obrera insuficientemente fortalecida, mientras que en el primer caso fue realizada, por lo menos en parte, por la masa activamente revolucionaria del pueblo, de los obreros y campesinos, que desplazaron, aunque solo fuera temporalmente, a la burguesía respetable y moderada; en el segundo caso condujo rápidamente a la "pacificación" del país, es decir, a la represión del pueblo revolucionario y al triunfo del "*uriádnik* y el sargento mayor", en el primero otorgó, durante un período determinado, el dominio al pueblo revolucionario, que aplastó la resistencia de los "*uriádniks* y sargentos mayores".

Y he aquí al docto lacayo de la burguesía rusa que se presenta en el "más digno" órgano liberal con una advertencia contra la primera vía, la "francesa". El docto historiador desea la vía "alemana" y lo dice directamente. Sabe perfectamente que la vía alemana no se dio sin una insurrección popular armada. En 1848 y 1849 hubo toda una serie de insurrecciones e incluso de gobiernos provisionales revolucionarios en Alemania. Pero ninguna de esas insurrecciones fue plenamente victoriosa. La insurrección más triunfante, la del 18 de marzo de 1848 en Berlín, no terminó con el derrocamiento del poder real, sino con concesiones del rey que conservó su poder y que muy pronto supo reponerse de la derrota parcial y retirar todas esas concesiones.

Así, pues, el docto historiador de la burguesía no teme las insurrecciones del pueblo. Teme la victoria del pueblo. No teme que la reacción, la burocracia, la burocracia que odia, sea ligeramente escarmentada por el pueblo. Teme el derrocamiento del poder reaccionario por el pueblo. Odia la autocracia y desea con toda el alma su derrocamiento, pero la perdición de Rusia la espera no de la conservación de la autocracia, no del envenenamiento del organismo popular por la lenta putrefacción del parásito no exterminado del poder monárquico, sino de la victoria completa del pueblo. Sabe, este hombre de la ciencia de pacotilla, que el tiempo de revolución es tiempo de lecciones prácticas para el pueblo, y he aquí que no quiere lecciones prácticas sobre la eliminación de la reacción, atemorizándonos con lecciones prácticas sobre la aniquilación de la revolución. Teme más que al fuego aquella vía en que la revolución, aunque solo fuera por un breve tiempo, alcanzó la victoria completa, y ansía con toda el alma un resultado como el alemán, en que la reacción obtuvo, por largos, muy largos períodos, la victoria más completa.

No saluda la revolución en Rusia, sino que solo se esfuerza por mitigar su culpa. No desea una revolución victoriosa, sino una revolución fracasada. Considera la reacción un fenómeno legal y legítimo, natural y sólido, seguro y prudente. Considera la revolución un fenómeno ilegal, fantástico, ilegítimo, que a lo sumo puede justificarse en cierta medida por la inestabilidad, la "debilidad", la "insolvencia" del gobierno autocrático. Este "objetivo" historiador no mira la revolución como el derecho más legítimo del pueblo, sino solo como un procedimiento pecaminoso y peligroso para corregir los extremos de la reacción. Para él, la revolución que ha triunfado plenamente es la "anarquía", mientras que la reacción que ha triunfado plenamente no es anarquía, sino solo una pequeña exageración de ciertas funciones necesarias del Estado. No conoce otro "poder" que el monárquico, otro "orden" ni otra "organización social" que los burgueses. De las fuerzas europeas a las que la revolución en Rusia "abrirá una misión providencial", solo conoce al "sargento mayor alemán", pero no conoce ni quiere conocer al obrero socialdemócrata alemán. Le repugna sobre todo la "soberbia" de quienes "se proponen adelantar a la burguesía occidental" (el señor profesor escribe la palabra burguesía entre comillas irónicas: ¡haber encontrado un término tan absurdo para aplicarlo a la cultura europea, ¡eu-ro-pe-a!). Cierra bondadosamente los ojos, este "objetivo historiador", ante el hecho de que precisamente a causa de la envejecida abominación autocrática en Rusia, Europa lleva ya decenas y decenas de años estancada o retrocediendo políticamente. Teme las lecciones prácticas del "*uriádnik* reanimado con nuevas fuerzas" y por eso – ¡oh, guía del pueblo! ¡oh, político! – advierte ante todo contra el aplastamiento decisivo de todas las "fuerzas" del *uriádnik* actual. ¡Qué despreciable figura servil! ¡Qué vil traición a la revolución bajo la capa de un examen supuestamente científico y supuestamente objetivo del problema! Escarbad en un ruso y encontraréis a un tártaro, decía Napoleón. Escarbad en un burgués liberal ruso, diremos nosotros, y encontraréis a un *uriádnik* vestido con un uniforme flamante, al que se le dejan 9/10 de su vieja fuerza por esa profunda consideración "científica" y "objetiva" de que, de otro modo, ¡quizá querrá "reanimarse con nuevas fuerzas"! Todo ideólogo de la burguesía tiene un alma de mercachifle hasta la médula; no piensa en aniquilar las fuerzas de la reacción y del "*uriádnik*", sino en sobornarlo, untarlo, ablandarlo mediante un trato lo más rápido posible con él.

De qué modo insuperable confirma este doctísimo ideólogo de la burguesía todo lo que no una vez hemos dicho ya en *Proletari* sobre la esencia y el carácter del liberalismo ruso. A diferencia de la burguesía europea, que fue en su tiempo revolucionaria y decenas de años después se pasó al lado de la reacción, nuestros sabihondos caseros saltan por encima de la revolución, o quieren saltar, directamente hacia el dominio moderado y pulcro de la burguesía reaccionaria. La burguesía no quiere ni puede, por su posición de clase, querer la revolución. Solo quiere un pacto con la monarquía contra el pueblo revolucionario, solo quiere colarse hacia el poder a espaldas de ese pueblo.

Y qué lección tan instructiva da este sabio del liberalismo burgués a los doctrinarios de la socialdemocracia que llegaron al disparate de aprobar la siguiente resolución, adoptada por los novoiskristas del Cáucaso y especialmente aprobada por la redacción de *Iskra* en un suplemento especial. Esta resolución (junto con la aprobación de *Iskra*) se reproduce íntegramente en el folleto de N. Lenin *Dos tácticas* (págs. 68-69), pero como es poco conocida por los camaradas de Rusia, y la propia redacción de *Iskra* no quiso reproducir en su periódico esta resolución, "muy acertada" en su opinión, la citamos aquí en su totalidad para enseñanza de todos los socialdemócratas y para oprobio de *Iskra*:

«Considerando su tarea utilizar el momento revolucionario para profundizar la conciencia socialdemócrata del proletariado, la conferencia (conferencia caucasiana de los novoiskristas), a fin de garantizar al partido la más completa libertad de crítica del naciente régimen estatal burgués, se pronuncia contra la formación de un gobierno provisional socialdemócrata y la entrada en él, y considera más conveniente ejercer presión desde fuera sobre el gobierno provisional burgués para democratizar en lo posible el régimen estatal. La conferencia estima que la formación de un gobierno provisional por los socialdemócratas o su entrada en él llevaría, por una parte, a que las amplias masas del proletariado, decepcionadas de la socialdemocracia, se apartaran de ella, ya que la socialdemocracia, a pesar de tomar el poder, no podrá satisfacer las necesidades perentorias de la clase obrera hasta la realización del socialismo, y por otra, obligaría a las clases burguesas a rehuir la causa de la revolución y con ello debilitaría su envergadura».

Esta resolución es vergonzosa, porque expresa (al margen de la voluntad y la conciencia de quienes la redactaron, que se han deslizado por el plano inclinado del oportunismo) la entrega de los intereses de la clase obrera en manos de la burguesía. Esta resolución consagra la transformación del proletariado, en la época de la revolución democrática, en apéndice de la burguesía. Basta poner esta resolución al lado de la cita precedente del señor Vinogradov (y cualquiera encontrará cientos y miles de citas similares en la publicística liberal) para ver en qué pantano han ido a parar los novoiskristas. Pues el señor Vinogradov, este ideólogo típico de la burguesía, ya rehuyó la causa de la revolución. ¿Acaso no debilitó con ello la "envergadura de la revolución", señores novoiskristas? ¿No deberían ustedes presentarse con el arrepentimiento a cuestas ante los señores Vinogradov e implorarles, a costa de su abstención de dirigir la revolución, que no "rehuyan la causa de la revolución"?

*Proletari*, núm. 16, 14 (1) de septiembre de 1905.

Se imprime según el texto del periódico *Proletari*, cotejado con el manuscrito.