La situación política actual en Rusia es la siguiente. Es posible la próxima convocatoria de la Duma de Bulyguin, es decir, una asamblea consultiva de representantes de los terratenientes y de la gran burguesía, elegidos bajo la supervisión y con la ayuda de los servidores del gobierno autocrático, sobre la base de un derecho electoral tan burdamente censitario, estamental e indirecto que constituye una burla directa de la idea de representación popular. ¿Qué actitud adoptar respecto a esta Duma? La democracia liberal da dos respuestas a esta cuestión: su ala izquierda, representada por la «Unión de Sindicatos», es decir, principalmente por los representantes de la intelectualidad burguesa, se pronuncia por el boicot de esta Duma, por no participar en las elecciones y aprovechar el momento para una agitación intensificada en favor de una constitución democrática sobre la base del sufragio universal. Su ala derecha, representada por el congreso de julio de los dirigentes de los zemstvos y de las ciudades, o, más exactamente, por una parte conocida de este congreso, está en contra del boicot, por la participación en las elecciones, por hacer pasar a la Duma el mayor número posible de sus candidatos. Es cierto que el congreso aún no ha adoptado ninguna resolución sobre esta cuestión, habiendo aplazado el asunto hasta el próximo congreso, que debe ser convocado por telégrafo tras la promulgación de la «constitución» de Bulyguin. Pero la opinión del ala derecha de la democracia liberal ya se ha definido suficientemente.

La democracia revolucionaria, es decir, principalmente el proletariado y su consciente portavoz, la socialdemocracia, se pronuncia incondicionalmente, en general y en conjunto, por la insurrección. Esta diferencia de táctica es captada acertadamente por el órgano de la burguesía liberal-monárquica, «Liberación», en cuyo último número (74) se condena enérgicamente, por un lado, «la predicación abierta de la insurrección armada» por considerarla «insensata y criminal» y, por otro lado, se critica la idea del boicot como «prácticamente estéril» y se expresa la seguridad de que no solo la fracción zemstvista del partido constitucional-«democrático» (léase: monárquico), sino también la Unión de Sindicatos «aprobarán su examen de estado», es decir, renunciarán a la idea del boicot.

Se pregunta, ¿cómo debe relacionarse el partido del proletariado consciente con la idea del boicot y qué consigna táctica debe poner en primer plano ante las masas populares? Para responder a esta pregunta, es necesario recordar ante todo en qué consisten la esencia y el significado fundamental de la «constitución» de Bulyguin. En el pacto del zarismo con los terratenientes y los grandes burgueses, quienes, mediante una inocua y completamente inofensiva para la autocracia dádiva pseudoconstitucional, deben ser gradualmente separados de la revolución, es decir, del pueblo en lucha, y reconciliados con la autocracia. Dado que todo nuestro partido constitucional-«democrático» ansía la conservación de la monarquía y de la cámara alta (es decir, el aseguramiento previo en el régimen estatal del país de los privilegios políticos y la dominación política de los «diez mil de arriba», los ricos), la posibilidad de tal pacto no está sujeta a duda. Más aún: de una forma u otra, tarde o temprano, tal pacto, al menos con una parte de la burguesía, es inevitable, pues está prescrito por la propia posición de clase de la burguesía en el régimen capitalista. La cuestión es solo cuándo y cómo se realizará este pacto, y toda la tarea del partido del proletariado consiste en alejar en lo posible el momento de su conclusión, en dividir en lo posible a la burguesía, en extraer el mayor provecho para la revolución de las apelaciones temporales de la burguesía al pueblo, en preparar durante este período las fuerzas del pueblo revolucionario (del proletariado y del campesinado) para el derrocamiento violento de la autocracia y para apartar, neutralizar a la burguesía traidora.

En efecto, la esencia de la situación política de la burguesía, como ya hemos señalado repetidamente, consiste en que ella se encuentra entre el zar y el pueblo, deseando desempeñar el papel de un honesto mediador, de acercarse al poder a espaldas del pueblo en lucha. Por eso la burguesía se dirige hoy al zar, mañana al pueblo: al primero, con propuestas «serias, prácticas» de negocio político; al segundo, con frases vacías sobre la libertad (los discursos del Sr. I. Petrunkévich en el congreso de julio). A nosotros nos conviene que la burguesía se dirija al pueblo, pues con este llamamiento proporciona material para el despertar político y la ilustración política de masas tan atrasadas y tan amplias que tratar de abarcarlas con la agitación socialdemócrata sería por ahora una utopía vana. Que la burguesía sacuda a los más atrasados, que remueva el terreno aquí y allá; nosotros sembraremos incansablemente semillas socialdemócratas en este terreno. En todas partes, en Occidente, la burguesía, para luchar contra la autocracia, se ha visto obligada a despertar la autoconciencia política del pueblo, esforzándose al mismo tiempo por sembrar las semillas de las teorías burguesas en la clase obrera. Nuestra tarea es aprovechar la labor destructora de la burguesía respecto a la autocracia e ilustrar constantemente a la clase obrera acerca de sus tareas socialistas, acerca de la irreconciliabilidad hostil de sus intereses con los intereses de la burguesía.

De aquí queda claro que nuestra táctica debe consistir en el momento actual, en primer lugar, en apoyar la idea del boicot. La propia cuestión de este boicot es una cuestión interna de la democracia burguesa. La clase obrera no está directamente interesada en ello, pero está incondicionalmente interesada en apoyar a aquella parte de la democracia burguesa que es más revolucionaria, está interesada en la ampliación de la agitación política y en su agudización. El boicot de la Duma es un llamamiento intensificado de la burguesía al pueblo, el desarrollo de su agitación, el aumento del número de motivos para nuestra agitación, la profundización de la crisis política, es decir, de la fuente del movimiento revolucionario. La participación de la burguesía liberal en la Duma es el debilitamiento de su agitación en el presente, su apelación más al zar que al pueblo, la aproximación del pacto contrarrevolucionario entre el zar y la burguesía.

No hay duda de que la Duma de Bulyguin, aunque no sea «reventada», engendrará ella misma en el futuro inevitables conflictos políticos, de los cuales deberá aprovecharse forzosamente el proletariado, pero esto es una cuestión de futuro. Sería ridículo «renunciar» a utilizar esta Duma burocrático-burguesa con fines de agitación y lucha, pero ahora la cuestión no es esa. Ahora, el ala izquierda de la propia democracia burguesa ha planteado la cuestión de una lucha directa e inmediata contra la Duma mediante el boicot, y nosotros debemos emplear todos los esfuerzos para ayudar a esta embestida más decidida. Debemos coger a los demócratas burgueses, a los liberacionistas, por la palabra: difundir lo más ampliamente posible sus frases «petrunkévichianas» sobre la apelación al pueblo, desenmascararlos ante el pueblo, mostrando que la primera y más pequeña verificación práctica de estas frases ha sido precisamente la cuestión de si boicotear la Duma, es decir, dirigirse con la protesta al pueblo, o aceptar la Duma, es decir, renunciar a la protesta, acudir una vez más al zar, aceptar la burla contra la representación popular.

Además, en segundo lugar, debemos hacer todos los esfuerzos para que el boicot aporte un beneficio real en el sentido de la ampliación y profundización de la agitación, y no quede en un simple apartamiento pasivo de las elecciones. Esta idea está ya bastante extendida, si no nos equivocamos, entre los camaradas que trabajan en Rusia, quienes expresan su pensamiento con las palabras: boicot activo. En contraposición al apartamiento pasivo, el boicot activo debe significar multiplicar por diez la agitación, organizar mítines por todas partes, utilizar las asambleas electorales aunque sea mediante la penetración violenta en ellas, organizar manifestaciones, huelgas políticas, etc., etc. Se sobreentiende que, con fines de agitación y lucha con tal motivo, son especialmente convenientes los acuerdos temporales con determinados grupos de la democracia burguesa revolucionaria, admitidos en general por una serie de resoluciones de nuestro partido. Al hacer esto, debemos, por un lado, salvaguardar constantemente la peculiaridad de clase del partido del proletariado, sin abandonar ni por un minuto la crítica socialdemócrata de nuestros aliados burgueses. Por otro lado, no cumpliríamos con nuestro deber como partido de la clase avanzada si no supiéramos poner en primer plano en la agitación la consigna revolucionaria de vanguardia en el momento actual de la revolución democrática.

Esto constituye nuestra tercera tarea política inmediata y más próxima. El «boicot activo», como ya dijimos, es agitación, reclutamiento, organización de las fuerzas revolucionarias en una escala aumentada, con doble energía, bajo triple presión. Pero tal trabajo es impensable sin una consigna clara, precisa, directa[60]. Tal consigna solo puede ser la insurrección armada. La convocatoria por el gobierno de una toscamente falseada representación «popular» proporciona magníficos motivos para la agitación en favor de una auténtica representación popular, para explicar a las más amplias masas que solo un gobierno revolucionario provisional puede convocar ahora (después de tales engaños del zar y tal burla suya contra el pueblo) esta auténtica representación, para cuyo establecimiento es necesaria la victoria de la insurrección armada y el derrocamiento de hecho del poder zarista. No se puede imaginar un momento mejor para una amplia agitación en favor de la insurrección, y para tal agitación también es necesaria una completa claridad respecto al programa del gobierno revolucionario provisional. Tal programa deben ser los seis puntos que ya hemos esbozado anteriormente («Proletari» n.° 7, «Ejército revolucionario y gobierno revolucionario»)[61]: 1) convocatoria de una asamblea constituyente de todo el pueblo; 2) armamento del pueblo; 3) libertad política: abolición inmediata de todas las leyes que la contradigan; 4) plena libertad cultural y política para todas las nacionalidades oprimidas y privadas de derechos. El pueblo ruso no puede conquistar su libertad sin luchar por la libertad de otros pueblos; 5) jornada laboral de ocho horas; 6) establecimiento de comités campesinos para apoyar y llevar a cabo todas las transformaciones democráticas, incluidas las agrarias, hasta la confiscación de las tierras de los terratenientes.

Por lo tanto: el más enérgico apoyo a la idea del boicot; el desenmascaramiento del ala derecha de la democracia burguesa, que la rechaza, por traición; la transformación de este boicot en activo, es decir, el desarrollo de la más amplia agitación; la predicación de la insurrección armada, el llamamiento a la organización inmediata de destacamentos y grupos del ejército revolucionario para el derrocamiento de la autocracia y el establecimiento del gobierno revolucionario provisional; la difusión y explicación del programa fundamental e incondicionalmente obligatorio de este gobierno revolucionario provisional, que debe ser la bandera de la insurrección y el modelo para todas las futuras repeticiones de los acontecimientos de Odesa.

Tal debe ser la táctica del partido del proletariado consciente. A fin de esclarecer completamente esta táctica y lograr su unidad, debemos detenernos aún en la táctica de «Iskra». En su número 106 se expone en el artículo «Defensa u ofensiva». Sin detenernos en las discrepancias pequeñas y particulares, que desaparecerán por sí mismas a los primeros intentos de pasar a la acción, señalemos la discrepancia fundamental. Condenando justamente el boicot pasivo, «Iskra» le contrapone la idea de la «organización inmediata de la autoadministración revolucionaria» como «posible prólogo de la insurrección». Nosotros debemos, según la opinión de «Iskra», «arrogar el derecho a la agitación electoral mediante la creación de comités obreros de agitación». Estos comités «deben tener como objetivo organizar la elección por el pueblo de sus diputados revolucionarios plenipotenciarios fuera de los marcos "legales" que serán establecidos por los proyectos ministeriales», debemos «cubrir el país con una red de órganos de autoadministración revolucionaria».

Semejante consigna no sirve para nada. Representa una confusión desde el punto de vista de las tareas políticas en general y echa agua al molino del liberacionismo desde el punto de vista de la situación política dada. La organización de la autoadministración revolucionaria, de la elección por el pueblo de sus plenipotenciarios, no es un prólogo, sino un epílogo de la insurrección. Plantearse el objetivo de realizar esta organización ahora, antes de la insurrección, al margen de la insurrección, significa plantearse un objetivo absurdo e introducir confusión en la conciencia del proletariado revolucionario. Hay que vencer primero en la insurrección (aunque sea en una ciudad aislada) y establecer un gobierno revolucionario provisional, para que este último, como órgano de la insurrección, como jefe reconocido del pueblo revolucionario, pueda proceder a la organización de la autoadministración revolucionaria. Ocultar o aunque sea relegar la consigna de la insurrección con la consigna de la organización de la autoadministración revolucionaria es algo así como el consejo de cazar una mosca y luego espolvorearla con polvos insecticidas. Si a los camaradas de Odesa, en los famosos días de Odesa, se les hubiera aconsejado como prólogo de la insurrección no la organización del ejército revolucionario, sino la organización de las elecciones por el pueblo de Odesa de sus plenipotenciarios, los camaradas de Odesa, naturalmente, se habrían burlado de tal propuesta. «Iskra» repite el error de los «economicistas», que querían ver en la «lucha por los derechos» un prólogo a la lucha contra la autocracia. «Iskra» vuelve a los infortunios del desgraciado «plan de la campaña de los zemstvos», que ocultaba la consigna de la insurrección con la teoría del «tipo superior de manifestación».

No es este el lugar para detenernos en la fuente de este error táctico de «Iskra»; remitimos a los interesados al folleto de N. Lenin: «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática»[62]. Aquí es más importante señalar de qué modo la consigna neoiskrista se desvía hacia la consigna liberacionista. En la práctica, los intentos de organizar, antes de la victoria de la insurrección, la elección por el pueblo de sus plenipotenciarios harán el juego enteramente a los liberacionistas y degenerarán en que los socialdemócratas se encuentren a la cola de ellos. A los obreros y al pueblo, la autocracia, mientras no sea sustituida por un gobierno revolucionario provisional, no les permitirá realizar ninguna elección que merezca en alguna medida el nombre de popular (y a la comedia de las elecciones «populares» bajo la autocracia la socialdemocracia no se prestará), mientras que los liberacionistas, los zemstvistas, los vocales realizarán elecciones y las harán pasar sin contemplaciones por «populares», por «autoadministración revolucionaria». Toda la posición de la burguesía liberal-monárquica consiste ahora en intentar eludir la insurrección, obligar a la autocracia a reconocer las elecciones de los zemstvos como populares sin la victoria del pueblo sobre el zarismo, convertir la autoadministración de los zemstvos y de las ciudades en «autoadministración» «revolucionaria» (en el sentido petrunkévichiano) sin una auténtica revolución. En el n.° 74 de «Liberación» esta posición está expresada de manera excelente. Es difícil imaginar algo más repugnante que este ideólogo de la burguesía pusilánime, que asegura que la predicación de la insurrección «desmoraliza» ¡tanto al ejército como al pueblo! ¡Esto se dice en un momento en que hasta los ciegos ven que solo mediante la insurrección el hombre común y el soldado rusos pueden salvarse de la desmoralización definitiva y demostrar su derecho a ser ciudadanos! El Manilov burgués se imagina un idilio arcádico, cómo bajo la presión de una sola «opinión pública» «el gobierno se verá obligado a hacer cada vez nuevas concesiones, hasta que, finalmente, no tenga adónde seguir y se vea forzado a entregar el poder a una asamblea constituyente, elegida sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto, como lo exige la sociedad...» (¿con cámara alta?). «En esta transición pacífica (!!) del poder del actual gobierno a una asamblea constituyente de todo el pueblo, que organizará el poder estatal y gubernamental sobre nuevas bases, no hay absolutamente nada de increíble.» Y esta genial filosofía de la burguesía rastrera se complementa con el consejo: atraer al ejército a su lado, especialmente a los oficiales, instituir milicias populares «por vía de hecho», organizar órganos de autoadministración local (léase: de terratenientes y capitalistas), como «elementos del futuro gobierno provisional».

Esta confusión tiene sentido. La burguesía precisamente quiere que el poder pase a ella «pacíficamente», sin insurrección popular, que podría acaso vencer, conquistar la república y la verdadera libertad, armar al proletariado, levantar a millones del campesinado. Ocultar la consigna de la insurrección, desentenderse de ella y disuadir a otros, aconsejar como «prólogo» la organización inmediata de la autoadministración (accesible solo a los Trubetskói, Petrunkévich, Fiódorov y Cía.), esto es precisamente lo que necesita la traición burguesa a la revolución, para el pacto con el zar (monarquía y cámara alta) contra la «plebe». La manilovschina liberal expresa, por tanto, los pensamientos más íntimos del talego de dinero y sus más profundos intereses.

La manilovschina socialdemócrata de «Iskra» expresa solo la falta de reflexión de una parte de los socialdemócratas y su desviación de la única táctica revolucionaria del proletariado: desenmascarar implacablemente las ilusiones burguesas-oportunistas de que son posibles las concesiones pacíficas del zarismo, de que es realizable la autoadministración sin el derrocamiento de la autocracia, de que son posibles las elecciones por el pueblo de sus plenipotenciarios como prólogo de la insurrección. No, debemos mostrar clara y decididamente la necesidad de la insurrección en la actual situación, llamar directamente a la insurrección (sin determinar, naturalmente, de antemano el momento de la misma), llamar a la organización inmediata del ejército revolucionario. Solo la más audaz y amplia organización de tal ejército puede ser el prólogo de la insurrección. Solo la insurrección puede asegurar de hecho la victoria de la revolución, aunque, naturalmente, quien conozca las condiciones locales prevendrá siempre contra los intentos prematuros de insurrección. Solo el epílogo de la insurrección victoriosa puede ser la verdadera organización de una autoadministración verdaderamente popular y auténtica.

«Proletari» n.° 12, 16 (3) de agosto de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.