Las divergencias en el seno de los partidos políticos y entre los partidos políticos se resuelven generalmente no sólo mediante la polémica de principios, sino también por el desarrollo de la propia vida política; – y sería más exacto decir, acaso: no tanto por la primera como por la segunda. En particular, las divergencias relativas a la táctica del partido, es decir, a su conducta política, a menudo se agotan con el paso efectivo de quienes razonan incorrectamente al camino justo de la lucha, bajo la influencia de las lecciones de la vida, bajo la presión del curso mismo de los acontecimientos, que obliga a situarse en el camino justo, simplemente aparta a un lado los razonamientos erróneos, les quita su base, los convierte en algo vacío de contenido, insulso, que no interesa a nadie. Esto no significa, naturalmente, que las divergencias de principio en cuestiones de táctica no tengan una importancia seria, que no exijan esclarecimientos de principio sobre la cuestión, los únicos capaces de mantener al partido a la altura de sus convicciones teóricas. No. Esto significa únicamente que es necesario comprobar lo más frecuentemente posible las decisiones tácticas adoptadas de antemano a la luz de los nuevos acontecimientos políticos. Esta comprobación es necesaria tanto en el aspecto teórico como en el práctico: en el teórico, para convencerse de hecho, por la experiencia, de si son acertadas y en qué medida las decisiones adoptadas, y qué correcciones obligan a introducir en ellas los acontecimientos políticos ocurridos después de su adopción; – en el práctico, para aprender a guiarse verdaderamente por esas decisiones, para aprender a ver en ellas directivas sujetas a una aplicación directa e inmediata en la práctica.

La época revolucionaria, más que ninguna otra, proporciona material para tal comprobación, gracias a la enorme rapidez del desarrollo político y a la agudeza de los choques políticos que van madurando, manifestándose y resolviéndose. La vieja «superestructura» en la época revolucionaria estalla, y una nueva se crea ante los ojos de todos por la actividad autónoma de las más diversas fuerzas sociales, que muestran en la práctica su verdadera naturaleza.

Así también la revolución rusa nos brinda casi cada semana una asombrosa riqueza de material político para comprobar las decisiones tácticas que habíamos elaborado de antemano y para extraer las lecciones más instructivas sobre toda nuestra actividad práctica. Tomemos los acontecimientos de Odesa. Una de las tentativas de insurrección terminó en un fracaso. Un destacamento del ejército revolucionario sufrió una derrota; no fue aniquilado, es cierto, por el enemigo, pero fue empujado por éste a un territorio neutral (de manera semejante a como los alemanes empujaron a un ejército francés a Suiza en la guerra de 1870-1871) y desarmado por un Estado neutral. Un fracaso amargo, una derrota dura. Pero ¡qué abismo separa este fracaso en la lucha de aquellos fracasos en la mercachiflería que cosechan los señores Shípov, Trubetskói, Petrunkiévich, Struve y toda esa servidumbre burguesa del zar! Engels dijo en cierta ocasión: los ejércitos derrotados aprenden magníficamente{61}. Estas hermosas palabras se aplican aún de modo incomparablemente mayor a los ejércitos revolucionarios, que se nutren de representantes de las clases avanzadas, que a los ejércitos de tal o cual nación. Mientras no sea barrida la vieja y putrefacta superestructura que infecta a todo el pueblo con su putrefacción, mientras tanto, cada nueva derrota irá levantando nuevos y nuevos ejércitos de luchadores, incorporándolos al movimiento, ilustrándolos con la experiencia de sus compañeros, enseñándoles métodos de lucha nuevos y superiores. Por supuesto, existe una experiencia colectiva de la humanidad mucho más amplia, grabada en la historia de la democracia internacional y de la socialdemocracia internacional, afianzada por los representantes avanzados del pensamiento revolucionario. De esta experiencia extrae nuestro partido material para la propaganda y la agitación cotidianas. Pero sólo unos pocos pueden aprender directamente de esta experiencia mientras la sociedad esté edificada sobre la opresión y la explotación de millones de trabajadores. Las masas tienen que aprender sobre todo de su propia experiencia, pagando con pesados sacrificios cada lección, cada nuevo peldaño hacia la liberación. Dura fue la lección del 9 de enero, pero revolucionó el estado de ánimo de todo el proletariado de toda Rusia. Dura es la lección de la insurrección de Odesa, pero sobre la base de un estado de ánimo ya revolucionado, enseñará ahora al proletariado revolucionario no sólo a luchar, sino también a vencer. A propósito de los acontecimientos de Odesa, diremos: ¡el ejército revolucionario ha sido derrotado, viva el ejército revolucionario!

En el número 7 de nuestro periódico ya hablamos de cómo la insurrección de Odesa arrojó nueva luz sobre nuestras consignas: ejército revolucionario y gobierno revolucionario[51]. En el número anterior hablamos (artículo del camarada V. S.) de las lecciones militares de la insurrección{62}. En el presente número nos detenemos una vez más en algunas de sus lecciones políticas (artículo: «La revolución urbana»). Ahora es preciso detenerse también en la comprobación de nuestras recientes decisiones tácticas en el doble aspecto de la justeza teórica y la conveniencia práctica, del que hemos hablado más arriba.

Las cuestiones políticas candentes del momento actual son la insurrección y el gobierno revolucionario. De estas cuestiones han hablado y discutido más que nada los socialdemócratas entre sí. A estas cuestiones están dedicadas las principales resoluciones del III Congreso del POSDR y de la conferencia de la fracción separada del partido. En la esfera de estas cuestiones giran las principales divergencias tácticas en el seno de la socialdemocracia rusa. Cabe preguntarse ahora: ¿bajo qué luz se presentan estas divergencias después de la insurrección de Odesa? Todo aquel que se tome el trabajo de releer ahora, por un lado, los comentarios y artículos acerca de esta insurrección, y por otro lado, las cuatro resoluciones dedicadas a las cuestiones de la insurrección y del gobierno provisional por el congreso del partido y por la conferencia de los neoiskristas, verá en el acto cómo estos últimos, bajo la influencia de los acontecimientos, de hecho han empezado a pasarse al lado de sus oponentes, es decir, a actuar no de acuerdo con sus resoluciones, sino de acuerdo con las resoluciones del III Congreso. No hay mejor crítico de una doctrina errónea que el curso de los acontecimientos revolucionarios.

Bajo la influencia de estos acontecimientos, la redacción de «Iskra» publicó una hoja titulada: «La primera victoria de la revolución» y dirigida a los «ciudadanos rusos, obreros y campesinos». He aquí la parte más sustancial de esta hoja:

«Ha llegado la hora de actuar con audacia y apoyar con todas las fuerzas el audaz levantamiento de los soldados. ¡Ahora la audacia vencerá!

¡Convocad, pues, reuniones abiertas del pueblo y llevadle la noticia del desmoronamiento del apoyo militar del zarismo! ¡Dondequiera que sea posible, tomad las instituciones urbanas y convertidlas en apoyo del autogobierno revolucionario del pueblo! ¡Expulsad a los funcionarios zaristas y convocad elecciones populares a las instituciones del autogobierno revolucionario, a las que encomendaréis la dirección temporal de los asuntos públicos hasta la victoria definitiva sobre el gobierno zarista y la instauración de un nuevo orden estatal! ¡Tomad las sucursales del banco del Estado y los depósitos de armas y armad a todo el pueblo! ¡Estableced la comunicación entre las ciudades, entre la ciudad y el campo, y que los ciudadanos armados corran en ayuda unos de otros dondequiera que se necesite ayuda! ¡Tomad las cárceles y poned en libertad a los combatientes por nuestra causa que están presos en ellas: con ellos fortaleceréis vuestras filas! ¡Proclamad por doquier el derrocamiento de la monarquía zarista y su sustitución por una república democrática libre! ¡Levantaos, ciudadanos! ¡Ha llegado la hora de la liberación! ¡Viva la revolución! ¡Viva la república democrática! ¡Viva el ejército revolucionario! ¡Abajo la autocracia!»

Así pues, tenemos ante nosotros un llamamiento decidido, abierto y claro a la insurrección armada de todo el pueblo. Tenemos ante nosotros un llamamiento igualmente decidido, aunque, por desgracia, encubierto y no dicho hasta el final, a la formación de un gobierno revolucionario provisional. Examinemos primero la cuestión de la insurrección.

«Osvobozhdenie» reconoce decididamente que, en comparación con el congreso, «la conferencia de la minoría tiene una actitud completamente distinta hacia la insurrección armada». Y, en efecto, la resolución de la conferencia, en primer lugar, se refuta a sí misma, ya que niega la posibilidad de una insurrección planificada (punto 1) y luego la reconoce (punto d), y en segundo lugar, se limita a una enumeración de las condiciones generales de la «preparación de la insurrección», tales como: a) ampliación de la agitación, b) fortalecimiento de la vinculación con el movimiento de masas, c) desarrollo de la conciencia revolucionaria, d) establecimiento de enlaces entre las distintas localidades, e) atracción de los grupos no proletarios al apoyo del proletariado. Por el contrario, la resolución del congreso plantea directamente consignas positivas, reconociendo que el movimiento ya ha conducido a la necesidad de la insurrección, llamando a organizar al proletariado para la lucha directa, a tomar las medidas más enérgicas para su armamento, a explicar en la propaganda y la agitación «no sólo la importancia política» de la insurrección (a esto se limita, en esencia, la resolución de la conferencia), sino también su aspecto práctico-organizativo.

Para representar con mayor claridad la diferencia entre una y otra solución de la cuestión, recordemos el desarrollo de los puntos de vista socialdemócratas sobre el problema de la insurrección desde el surgimiento del movimiento obrero de masas. Primera etapa. Año 1897. En «Las tareas de los socialdemócratas rusos» de Lenin leemos: «Resolver ahora la cuestión de a qué medio recurrirá la socialdemocracia para el derrocamiento directo de la autocracia, si elegirá la insurrección o la huelga política de masas, u otro procedimiento de ataque, sería algo parecido a que los generales, sin haber reunido aún el ejército, celebraran un consejo de guerra» (pág. 18)[53]. Aquí, como vemos, no se habla siquiera de la preparación de la insurrección, sino sólo de la reunión del ejército, es decir, de propaganda, agitación, organización en general.

Segunda etapa. Año 1902. En «¿Qué hacer?» de Lenin leemos:

«…Imagínense una insurrección popular. En la actualidad (febrero de 1902), probablemente todos estarán de acuerdo en que debemos pensar en ella y prepararnos para ella. Pero, ¿cómo prepararse? ¡No irá el Comité Central a nombrar agentes por todos los lugares para preparar la insurrección! Aunque tuviéramos un CC, con tal nombramiento no conseguiría absolutamente nada en las actuales condiciones rusas. Por el contrario, una red de agentes que se forme por sí misma en el trabajo de creación y difusión de un periódico común, no tendría que «permanecer sentada esperando» la consigna de insurrección, sino que haría precisamente una labor regular que le garantizaría la máxima probabilidad de éxito en caso de insurrección. Precisamente esa labor consolidaría los vínculos tanto con las más amplias masas de obreros como con todas las capas descontentas con la autocracia, lo cual es tan importante para la insurrección. Precisamente en esa labor se educaría la capacidad de valorar correctamente la situación política general y, por consiguiente, la capacidad de elegir el momento oportuno para la insurrección. Precisamente esa labor acostumbraría a todas las organizaciones locales a responder simultáneamente a las mismas cuestiones, casos y acontecimientos políticos que conmueven a toda Rusia, a responder a estos «acontecimientos» de la manera más enérgica, más uniforme y más conveniente posible; y la insurrección es, en esencia, la «respuesta» más enérgica, más uniforme y más conveniente de todo el pueblo al gobierno. Precisamente esa labor, por último, acostumbraría a todas las organizaciones revolucionarias en todos los confines de Rusia a mantener las relaciones más constantes y al mismo tiempo más conspirativas, que crean la unidad de hecho del partido, y sin tales relaciones es imposible discutir colectivamente el plan de la insurrección y tomar aquellas necesarias medidas preparatorias en vísperas de la misma, que deben ser conservadas en el más estricto secreto» (pág. 136–137)[54].

¿Qué tesis plantea este razonamiento sobre la cuestión de la insurrección? 1) Lo absurdo de la idea de «preparar» la insurrección en el sentido de nombrar agentes especiales que «permanezcan sentados esperando» la consigna. 2) La necesidad de un vínculo, que se forme en el trabajo común, entre las personas y organizaciones que realizan una labor regular. 3) La necesidad de consolidar en esa labor los vínculos entre las capas proletarias (obreros) y no proletarias (todos los descontentos). 4) La necesidad de educar conjuntamente la capacidad de valorar correctamente la situación política y de «responder» de la manera más conveniente a los acontecimientos políticos. 5) La necesidad de la unificación de hecho de todas las organizaciones revolucionarias locales.

Tenemos ante nosotros, por consiguiente, el planteamiento claro ya de la consigna de preparación de la insurrección, pero aún no hay un llamamiento directo a la insurrección, no hay aún el reconocimiento de que el movimiento «ya ha conducido» a su necesidad, de que es necesario armarse de inmediato, organizarse en grupos de combate, etc. Tenemos ante nosotros el análisis precisamente de aquellas mismas condiciones de preparación de la insurrección que están repetidas casi literalmente en la resolución de la conferencia (¡en 1905!).

Tercera etapa. Año 1905. En el periódico «Vperiod» y después en la resolución del III Congreso se da un paso más adelante: además de la preparación política general de la insurrección, se plantea la consigna directa de organizarse de inmediato y armarse para la insurrección, de crear grupos especiales (de combate), puesto que el movimiento «ya ha conducido a la necesidad de la insurrección armada» (punto 2 de la resolución del congreso).

Esta pequeña referencia histórica conduce a tres conclusiones indudables: 1) Constituye una mentira directa la afirmación de los burgueses liberales, los de «Osvobozhdenie», de que nosotros caemos en un «revolucionarismo abstracto, en el amotinamiento». Nosotros planteamos y hemos planteado siempre esta cuestión precisamente no «en abstracto», sino sobre un terreno concreto, resolviéndola de manera diferente en 1897, 1902 y 1905. La acusación de amotinamiento es una frase oportunista de los señores burgueses liberales, que se disponen a traicionar los intereses de la revolución y a serle infieles en la época de la lucha decisiva contra la autocracia. 2) La conferencia de los neoiskristas se detuvo en la segunda etapa del desarrollo de la cuestión de la insurrección. En 1905 repitió sólo lo que era suficiente únicamente en 1902. Se retrasó unos tres años respecto al desarrollo revolucionario. 3) Bajo la influencia de las lecciones de la vida, precisamente de la insurrección de Odesa, los neoiskristas reconocieron de hecho la necesidad de actuar según las indicaciones no de su resolución, sino de la del congreso, es decir, reconocieron la tarea de la insurrección como inaplazable, y los llamamientos directos e inmediatos a la organización directa de la insurrección y al armamento, como absolutamente necesarios.

La doctrina socialdemócrata atrasada fue de inmediato desplazada por la revolución. Tenemos un obstáculo menos para la unificación práctica en el trabajo común con los neoiskristas, aunque, por supuesto, esto no significa aún la eliminación completa de las divergencias de principio. No podemos conformarnos con que nuestras consignas tácticas cojeen tras los acontecimientos, adaptándose a ellos después de su realización. Debemos esforzarnos por que estas consignas nos guíen hacia adelante, iluminen nuestro camino ulterior, nos eleven por encima de las tareas inmediatas del momento. Para librar una lucha consecuente y firme, el partido del proletariado no puede definir su táctica de caso en caso. Debe combinar en sus decisiones tácticas la fidelidad a los principios del marxismo con una correcta consideración de las tareas avanzadas de la clase revolucionaria.

Tomen otra cuestión política candente: la del gobierno revolucionario provisional. Aquí vemos, quizá con mayor claridad aún, que en su hoja la redacción de «Iskra» rompe de hecho con las consignas de la conferencia y adopta las consignas tácticas del III Congreso. La absurda teoría de «no plantearse como objetivo la toma» (para la revolución democrática) «o la división del poder en un gobierno provisional» ha sido arrojada por la borda, pues la hoja llama directamente a «tomar las instituciones municipales» y a organizar «la dirección provisional de los asuntos públicos». La absurda consigna de «seguir siendo el partido de la oposición revolucionaria extrema» (absurda en la época de la revolución, aunque muy acertada para la época de lucha puramente parlamentaria) ha sido remitida de hecho al archivo, porque los acontecimientos de Odesa obligaron a «Iskra» a comprender que durante la insurrección es ridículo limitarse a esa consigna, que es necesario llamar activamente a la insurrección, a su realización más enérgica y a la utilización del poder revolucionario. La absurda consigna de las «comunas revolucionarias» también ha sido desechada, porque los acontecimientos de Odesa obligaron a «Iskra» a comprender que esa consigna solo facilita la confusión entre la revolución democrática y la socialista. Y mezclar estas cosas tan diferentes no sería más que aventurerismo, que atestiguaría una total falta de claridad del pensamiento teórico y podría dificultar la aplicación de medidas prácticas urgentemente necesarias que facilitan a la clase obrera la lucha por el socialismo en una república democrática.

Recuerden la polémica de la nueva «Iskra» con «Vperiod», su táctica de «solo desde abajo» en contraposición a la de «Vperiod» de «desde abajo y desde arriba», y verán que «Iskra» ha adoptado nuestra solución del problema, al llamar ahora directamente ella misma a la acción desde arriba. Recuerden los temores de «Iskra» respecto a cómo no comprometernos con la responsabilidad por el erario, las finanzas, etc., y verán que, si a «Iskra» no la convencieron nuestros argumentos, fueron los propios acontecimientos los que la convencieron de la certeza de esos argumentos, pues en la referida hoja «Iskra» recomienda directamente «tomar las sucursales del banco estatal». La absurda teoría de que la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, su participación conjunta en el gobierno revolucionario provisional, es una «traición al proletariado» o un «jauressismo (millerandismo) vulgar», ha sido simplemente olvidada por los neoiskristas, quienes ahora se dirigen precisamente a los obreros y campesinos con el llamamiento a tomar las instituciones municipales, las sucursales del banco estatal, los depósitos de armas, «armar a todo el pueblo» (evidentemente, ahora ya armarlo con armas, y no solo con la «ardiente necesidad de armarse por sí mismos»), proclamar el derrocamiento de la monarquía zarista, etc., en una palabra, a actuar enteramente según el programa dado en la resolución del III Congreso, a actuar precisamente como lo indica la consigna de la dictadura democrático-revolucionaria y del gobierno revolucionario provisional.

Es cierto que «Iskra» no menciona en su hoja ni una ni otra consigna. Enumera y describe todas las acciones cuyo conjunto es característico de un gobierno revolucionario provisional, pero evita esa expresión. Y hace mal. De hecho, ella misma adopta esa consigna. Pero la falta de un término claro solo puede sembrar vacilaciones, indecisión y confusión en la mente de los luchadores. El temor a la expresión «gobierno revolucionario», «poder revolucionario» es un temor puramente anarquista, indigno de un marxista. Para «tomar» las instituciones y los bancos, «convocar elecciones», encargar la «dirección provisional de los asuntos», «proclamar el derrocamiento de la monarquía», para ello es absolutamente necesario instaurar y proclamar primero un gobierno revolucionario provisional que unifique y dirija hacia un mismo objetivo toda la actividad militar y política del pueblo revolucionario. Sin esa unificación, sin el reconocimiento general del gobierno provisional por el pueblo revolucionario, sin la transmisión a este de todo el poder, toda «toma» de instituciones, toda «proclamación» de la república será una simple y vana salida insurreccional. La energía revolucionaria del pueblo, no concentrada por el gobierno revolucionario, tras el primer éxito de la insurrección solo se dispersará, se disgregará en menudencias, perderá su envergadura nacional y no podrá cumplir la tarea de conservar lo conquistado ni de realizar lo proclamado.

Repetimos: de hecho, en la práctica, los socialdemócratas que no reconocen las decisiones del III Congreso del POSDR se ven obligados, por la marcha de los acontecimientos, a actuar precisamente conforme a las consignas dadas por este, arrojando por la borda las consignas de la conferencia. La revolución enseña. Nuestra tarea consiste en aprovechar hasta la última gota sus lecciones, poner en consonancia nuestras consignas tácticas con nuestra conducta y nuestras tareas inmediatas, difundir entre las masas la comprensión correcta de estas tareas inmediatas y proceder de la manera más amplia a la organización de los obreros en todas partes y en todas las esferas para los objetivos combativos de la insurrección, para la creación del ejército revolucionario y la formación del gobierno revolucionario provisional.

«Proletari» Nº 9, 26 (13) de julio de 1905.

Se imprime según el manuscrito, cotejado con el texto del periódico «Proletari»