La prensa extranjera de todos los países y de todos los partidos está llena de noticias, telegramas y artículos acerca del paso de parte de los buques de la Flota del Mar Negro al lado de la revolución rusa. Los periódicos no encuentran palabras para expresar su asombro, para caracterizar con suficiente fuerza la vergüenza a la que ha llegado el gobierno autocrático.

He aquí la cima de esta vergüenza: ¡el llamamiento del gobierno zarista a Rumania y Turquía solicitando ayuda policial contra los marineros sublevados! ¡He aquí cuando se ha revelado que los «turcos interiores» son más terribles para el pueblo ruso que todos los «turcos exteriores»! El sultán turco tiene que defender la autocracia zarista del pueblo ruso; el zar no puede apoyarse en las fuerzas militares rusas e implora la ayuda de potencias extranjeras. Difícilmente se podría imaginar una prueba mejor del total derrumbamiento del poder zarista. Difícilmente se podría encontrar mejor material para explicar a los soldados del ejército ruso su papel.

He aquí lo que escribe en su editorial del 4 de julio (n. st.) el periódico «The Times»; — hay que señalar que este es uno de los periódicos más ricos y mejor informados del mundo, órgano de la burguesía inglesa conservadora, que incluso considera a nuestros «osvobozhdenets» (liberales) excesivamente radicales, simpatizando con los partidarios de Shípov, etc. En una palabra, nadie podrá sospechar que este periódico exagere las fuerzas y la importancia de la revolución rusa.

«La impotencia del gobierno ruso en el mar —escribe «The Times»— ha encontrado una confirmación sorprendente en la nota con la que, según se informa, se dirigió a la Puerta (es decir, al gobierno turco) y al gobierno rumano. En esta nota, el gobierno ruso ruega a dichos estados que consideren a los marineros sublevados de la flota rusa como criminales comunes, y les advierte que, de lo contrario, son posibles complicaciones internacionales. En otras palabras, el gobierno del zar se ha rebajado hasta implorar al sultán turco y al rey rumano que tengan la bondad de realizar en su lugar el trabajo policial que él mismo ya no está en condiciones de hacer. Solo queda esperar si Abdul Hamid se dignará prestar al zar la ayuda solicitada o no. Hasta ahora, el único resultado de la sublevación de los marineros, desde el punto de vista de su influencia sobre las autoridades turcas, ha sido el de incitarlas a una vigilancia más estricta que de costumbre; y la primera víctima de esta vigilancia resultó ser, el sábado, un buque ruso de defensa costera, a bordo del cual, por la noche, cuando ya estaba oscuro, entraba por el Bósforo el embajador ruso. Los turcos dispararon contra este buque un cañonazo de salva. Un año atrás, difícilmente los turcos se habrían decidido a ejercer su vigilancia de este modo. En cuanto al gobierno rumano, ha obrado correctamente ignorando la solicitud de considerar a los marineros sublevados como criminales comunes. Esto, por supuesto, era de esperar de un gobierno de una nación que se respeta a sí misma. El gobierno rumano ha ordenado no suministrar vituallas ni carbón al «Potemkin», pero al mismo tiempo comunicó a sus 700 marineros que, si desembarcaban en Rumanía, serían considerados únicamente como desertores extranjeros.»

Así pues, el gobierno rumano no está en absoluto del lado de la revolución, ¡nada de eso! Pero no quiere rebajarse al servicio policial del zar de toda Rusia, odiado y despreciado por todos. Le niega al zar su petición. Obra como solo puede obrar un «gobierno de una nación que se respeta a sí misma».

¡He aquí cómo hablan ahora en Europa del gobierno autocrático ruso, esas mismas personas que hasta ayer se inclinaban servilmente ante el «grande y poderoso monarca»!

Ahora también en los periódicos alemanes hay confirmaciones de esta nueva e inaudita vergüenza de la autocracia. A la «Gaceta de Francfort» telegrafían desde Constantinopla el 4 de julio (n. st.): «El embajador ruso Zinóviev entregó ayer al gobierno turco una nota del gabinete de Petersburgo, en la que se informa que cerca de 400 marineros rusos, después de hundir un crucero, se salvaron anteayer en un barco mercante inglés que se dirigía a Constantinopla. El ministro plenipotenciario ruso exige de Turquía la detención incondicional de este barco mercante a su paso por el Bósforo, así como la detención y entrega de los marineros amotinados. El gobierno turco reunió aquella misma noche en sesión extraordinaria al consejo de ministros, el cual examinó la nota rusa. Turquía respondió a la embajada rusa que le era imposible cumplir su exigencia, pues, según el derecho internacional, Turquía no tiene derechos de vigilancia policial sobre los buques que navegan bajo pabellón inglés, incluso cuando estos buques se encuentran en puertos turcos. Además, entre Rusia y Turquía no existe tratado de extradición de criminales.»

Turquía respondió «con valentía» —señala a este respecto el periódico alemán. ¡Los turcos no quieren ser los sirvientes policiales del zar!

También informan que cuando el destructor «Stremítelni» junto con varios otros buques de guerra llegó a Constanza (Rumanía) en busca del «Potemkin», el gobierno rumano indicó a las autoridades rusas que en aguas rumanas la vigilancia del orden corresponde al ejército rumano y a la policía rumana, incluso en el caso de que el «Potemkin» se encontrara aún en aguas rumanas.

Resulta, pues, que en lugar de las inquietudes para los buques extranjeros por parte del «Potemkin» (con lo que la autocracia zarista asustaba a Europa), ahora les llueven los contratiempos por parte de la flota rusa. Los ingleses están indignados por la detención y registro en Odesa de su buque «Granley». Los alemanes están disgustados por los rumores de que los turcos detengan y registren, a solicitud de los rusos, al buque alemán «Pera» que se dirige de Odesa a Constantinopla. Quizá, en estas circunstancias, no sea tan fácil para Rusia obtener ayuda de Europa contra los revolucionarios rusos. La cuestión de prestar tal ayuda la discuten muchísimos periódicos extranjeros, pero en su mayoría llegan a la conclusión de que no es asunto de Europa ayudar al zar a luchar contra el «Potemkin». En el periódico alemán «Berliner Tageblatt» apareció la noticia de que el gobierno ruso se había dirigido también a las potencias pidiéndoles que enviaran sus buques de guerra desde Constantinopla a Odesa para ayudar a restablecer el orden. Hasta qué punto es verídica esta noticia (desmentida por algunos otros periódicos), lo mostrará el futuro cercano. Una cosa es indudable: el paso del «Potemkin» al lado de la insurrección ha sido el primer paso para convertir la revolución rusa en una fuerza internacional, enfrentándola cara a cara con los estados europeos.

No hay que olvidar esta circunstancia al valorar la noticia que comunica el señor Leroux en un telegrama del 4 de julio (n. st.) desde Petersburgo al periódico parisino «Le Matin»: «En todo este incidente del «Potemkin» —escribe— es sorprendente la imprevisión de las autoridades rusas, pero tampoco se puede dejar de señalar las deficiencias en la organización de la revolución. La revolución se apodera de un acorazado —¡un acontecimiento sin precedentes en la historia!— sin saber, al mismo tiempo, qué hacer con él.»

Aquí hay una gran parte de verdad, sin duda. Somos culpables, no hay discusión, de la insuficiente organización de la revolución. Somos culpables de la debilidad de conciencia de algunos socialdemócratas acerca de la necesidad de organizar la revolución, de situar la insurrección entre las tareas prácticas inaplazables, de propagandizar la necesidad de un gobierno revolucionario provisional. Merecemos el que ahora los escritores burgueses nos hagan, a nosotros los revolucionarios, reproches por la mala realización de las funciones revolucionarias.

Pero nadie se atreverá a decir si el acorazado «Potemkin» ha merecido este reproche. ¿Acaso su tripulación no perseguía precisamente el objetivo de aparecer en un puerto de una potencia europea? ¿No ocultó el gobierno ruso al pueblo las noticias sobre los acontecimientos en la Flota del Mar Negro hasta que el «Potemkin» se dirigió libremente a Rumanía? Y en Rumanía, el acorazado revolucionario entregó a los cónsules una proclama declarando la guerra a la flota zarista y confirmando que no se permitiría ningún acto hostil contra los buques neutrales. La revolución rusa ha declarado a Europa la guerra abierta del pueblo ruso contra el zarismo. De hecho, la revolución rusa hace con esto un intento de presentarse en nombre de un nuevo gobierno revolucionario de Rusia. Indudablemente, esto no es más que un primer y débil intento, pero «todo es empezar», dice el refrán.

Según las últimas noticias, el «Potemkin» ha llegado a Feodosia, exigiendo vituallas y carbón. La población de la ciudad se agita. Los obreros exigen que se satisfaga la petición del acorazado revolucionario. La Duma acuerda negar el carbón, pero dar provisiones. Todo el sur de Rusia está más agitado que nunca. El número de víctimas de la guerra civil en Odesa se calcula en 6.000 personas. Telegrafían sobre el fusilamiento de 160 insurgentes por un consejo de guerra, y que desde Petersburgo se ha dado la orden de «¡no dar cuartel!». Pero las tropas están impotentes, las tropas mismas son poco fiables. En los suburbios fabriles de Odesa la agitación no amaina. La noche pasada (del 4 al 5 de julio, n. st.) fueron muertas 35 personas. La mayor parte de las tropas, por orden del gobernador general, ha sido sacada de la ciudad, porque entre las tropas se ha manifestado una seria falta de disciplina. En Nikoláiev y Sebastopol se han producido disturbios en los arsenales del gobierno. En Sebastopol fueron muertas 13 personas. En cinco distritos de la provincia de Jersón se desarrollan insurrecciones campesinas. En los últimos cuatro días han sido muertos hasta 700 campesinos. «Comienza, al parecer —así reza un telegrama de Odesa a Londres del 5 de julio (n. st.)—, una lucha a muerte entre el pueblo y la burocracia».

Sí, la verdadera lucha por la libertad, la lucha a muerte, no ha hecho más que comenzar. El acorazado revolucionario aún no ha dicho su última palabra. ¡Viva el ejército revolucionario! ¡Viva el gobierno revolucionario!

Escrito el 23 de junio (6 de julio) de 1906.

Publicado el 10 de julio (27 de junio) de 1905 en el periódico «Proletari» nº 7

Se publica según el texto del periódico, cotejado con el manuscrito.