Casi cada día trae confirmaciones de este «comercio» al que desde hace tanto tiempo venimos llamando la atención de los proletarios rusos. He aquí un interesante telegrama del señor Leroux desde San Petersburgo con fecha 2 de julio (n. e.): La reunión de representantes de las ciudades y zemstvos los días 28 y 29 de junio (15 y 16 v. e.) elaboró una vez más (¡centésima vez!) las exigencias constitucionales y las telegrafió a los ministerios. Las exigencias son más altas de lo habitual: se exige imperativamente la representación popular sobre bases constitucionales; la constitución «bulyguiniana» es rechazada de plano; se exige la proclamación inmediata de la inviolabilidad de la persona, la libertad de palabra, etc. En la reunión se habría aprobado por unanimidad (pero no se incluyó en la petición – cuando se negocia, no se deben mostrar todas las cartas!) la exigencia del sufragio universal.

¿Y cómo juzga el corresponsal del periódico burgués este significativo incremento de las exigencias de los señores terratenientes y fabricantes? Oh, juzga con mucha sobriedad:

«Es evidente – escribe – que los delegados piden más para obtener aunque sea un poco. Pero también es indudable que ese poco, para que sea aceptable para ellos, debe situarse a medio camino entre lo que exigen y lo que Bulygin les ofrece».

Un verdadero mercado, en el que la burguesía regatea los intereses y derechos de los obreros rusos y del campesinado ruso. Como en el mercado, la compradora – la burguesía – y el vendedor – el zar – se dan la mano, gritan por centésima vez su «última palabra», juran que «más caro les cuesta», amenazan con irse – y no se deciden en modo alguno a romper su estrecha amistad.

Si el zar no cumple nuestras exigencias, decía «uno de los representantes más destacados de la reunión de los zemstvos» al señor Leroux, entonces nosotros «recurriremos al pueblo».

¿Qué debe entenderse propiamente bajo ese pretencioso «recurso al pueblo»? – se pregunta a sí mismo y a sus lectores el corresponsal francés. Y responde: aquí no hay «arrabal de San Antonio» (barrio obrero de París: compárese el folletín en el nº 2 de «Vperiod»{135}). El pueblo tiende a no salir a la calle, sino a quedarse en casa, a protestar a la Tolstói negándose a pagar los impuestos...

¡No calumnien al pueblo, señores traidores burgueses de la libertad! Con ninguna calumnia podrán lavar su vergonzosa cobardía. El pueblo derrama su sangre en toda Rusia. En una serie de ciudades, en una multitud de aldeas, crecen nuestros propios «arrabales de San Antonio». El pueblo lleva a cabo una lucha desesperada. Si ustedes hubieran querido realmente «recurrir al pueblo» (y no solo amenazar a su aliado, el zar, con ese recurso), habrían debido asignar no cientos ni miles de rublos a sus parloteos, sino millones para la insurrección armada. Habrían debido elegir una delegación no para llamar a las puertas del zar, sino para relacionarse con los partidos revolucionarios, con el pueblo revolucionario.

El zar y su pandilla saben perfectamente que ustedes no son capaces de hacerlo por miedo a su bolsa de dinero, por miedo al pueblo. Por eso el zar tiene toda la razón cuando los trata como a lacayos; – cuando los alimenta con las mismas promesas, la misma constitución bulyguiniana; – cuando cuenta con que ustedes no se atreverán ni siquiera a protestar de manera decidida, de hecho, contra la limosna de Bulygin. No en vano el corresponsal especial del «serio» periódico liberal ginebrino «Journal de Genève»{136} informaba recientemente: «Los liberales no se ocultan las imperfecciones (!) del proyecto de Bulygin, pero creen que es necesario aceptarlo en interés de la causa del progreso y de la causa del orden... Rechazar el proyecto gubernamental significaría destruir conscientemente la última esperanza de un desenlace pacífico del actual conflicto entre el pueblo y el régimen burocrático». (La última frase está subrayada por el propio corresponsal.)

La burguesía quiere paz con el zar y teme la guerra popular contra el zar. El zar quiere paz con la burguesía, pero no teme, sin embargo, la guerra comenzada por él y proseguida sin piedad contra el pueblo. ¿Acaso no es evidente que el desenlace inevitable de esta situación, si el pueblo no obtiene la victoria completa a pesar de la traición de la burguesía, será la constitución Bulygin?

«Proletario» nº 7, 10 de julio (27 de junio) de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletario», cotejado con el manuscrito.