La insurrección y la batalla armada en las barricadas de Lodz{121}, la matanza de Ivanovo-Voznesensk{122}, las huelgas generales y los tiroteos contra los obreros en Varsovia y Odessa{123}, el vergonzoso final de la comedia de la delegación de los zemstvos: he aquí los principales acontecimientos políticos de la semana pasada. Si añadimos a esto las noticias, difundidas en los periódicos de Ginebra de hoy (28/15 de junio), sobre los disturbios campesinos en el distrito de Lebedín, provincia de Járkov, sobre la destrucción de cinco haciendas y el envío de tropas, en los acontecimientos de una sola semana se refleja el carácter de todas las fuerzas sociales fundamentales, que tan abierta y nítidamente se manifiesta ahora durante la revolución.

El proletariado se agita incesantemente, sobre todo después del 9 de enero, sin conceder un minuto de descanso al enemigo, avanzando principalmente mediante huelgas, absteniéndose de choques directos con la fuerza armada del zarismo, preparando sus fuerzas para la gran batalla decisiva. En las localidades más desarrolladas industrialmente, donde los obreros están más preparados políticamente, donde a la opresión económica y política general se suma la opresión nacional, la policía y las tropas del zarismo actúan con especial provocación, provocando directamente a los obreros. Y los obreros, incluso los que no están preparados para la lucha, incluso los que al principio se limitaron a la defensa, nos muestran, en la persona del proletariado de Lodz, no sólo un nuevo ejemplo de entusiasmo revolucionario y heroísmo, sino también las formas superiores de la lucha. Su armamento es todavía débil, sumamente débil, su insurrección sigue siendo parcial, aislada de la relación con el movimiento general, pero aun así dan un paso adelante, cubren con extraordinaria rapidez las calles de la ciudad con decenas de barricadas, infligen un serio quebranto a las tropas del zarismo, se defienden desesperadamente en casas aisladas. La insurrección armada crece en profundidad y en extensión. Las nuevas víctimas de los verdugos zaristas —en Lodz han sido muertos y heridos hasta 2.000 hombres— encienden con odio flameante hacia la maldita autocracia a nuevas decenas y centenares de miles de ciudadanos. Las nuevas batallas armadas muestran cada vez con mayor claridad la inevitabilidad de la lucha armada decisiva del pueblo contra las fuerzas armadas del zarismo. De las explosiones aisladas se perfila cada vez más el cuadro de un incendio que se propaga por toda Rusia. La lucha proletaria abarca nuevas regiones, las más atrasadas, y los esbirros del zar se afanan en provecho de la revolución, convirtiendo los conflictos económicos en políticos, explicando a los obreros en todas partes, con su propio destino, la necesidad incondicional de derrocar la autocracia, educándolos como futuros héroes y combatientes de la insurrección popular.

La insurrección armada popular, hacia esta consigna que tan resueltamente ha planteado el partido del proletariado en la persona del III Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, nos acercan más y más los propios acontecimientos, el propio proceso espontáneo del movimiento revolucionario que se extiende y se agudiza. Desaparezcan, pues, cuanto antes todas las vacilaciones y dudas, que todos y cada uno comprendan cuanto antes lo absurdas e indignas que son hoy las evasivas ante esta tarea perentoria —prepararse del modo más enérgico para la insurrección armada—, lo peligrosa que es la dilación, lo imperiosos que son la unificación y la cohesión de esas insurrecciones parciales que surgen por doquier. Estos brotes son impotentes cada uno por separado. La fuerza organizada del gobierno zarista puede aplastar a los insurrectos unos tras otros si el movimiento pasa de ciudad a ciudad, de región a región, de manera igualmente espontánea y lenta. Pero unidos, estos brotes pueden fundirse en una corriente tan poderosa de llama revolucionaria ante la cual no resistirá fuerza alguna del mundo. Y esta unificación avanza, avanza por mil caminos que no conocemos ni sospechamos. El pueblo aprende la revolución en estos brotes y escaramuzas aislados; nuestra misión es únicamente no quedar rezagados ante las tareas del momento, saber mostrar siempre la etapa siguiente, superior, de la lucha, extrayendo experiencia e indicaciones del pasado y del presente, llamando cada vez con más audacia y amplitud a los obreros y campesinos hacia adelante, hacia la victoria total del pueblo, hacia la aniquilación total de esa banda autocrática que lucha ahora con la desesperación del condenado a muerte.

Con cuánta frecuencia ha habido entre los socialdemócratas personas, sobre todo de su ala intelectual, que menospreciaban las tareas del movimiento, que, pusilánimes, perdían la fe en la energía revolucionaria de la clase obrera. Algunos piensan aún ahora que, puesto que la revolución democrática es burguesa por su carácter económico-social, el proletariado no debe aspirar a desempeñar en ella el papel dirigente, ni a la participación más enérgica, ni a enarbolar las consignas avanzadas de derrocamiento del poder zarista y de instauración de un gobierno revolucionario provisional. Los acontecimientos enseñan también a estos rezagados. Los acontecimientos confirman las conclusiones combativas de la teoría revolucionaria del marxismo. El carácter burgués de la revolución democrática no significa que pueda ser ventajosa sólo para la burguesía. Al contrario, es sumamente ventajosa y sumamente necesaria para el proletariado y el campesinado. Los acontecimientos muestran cada vez más palmariamente que sólo el proletariado es capaz de luchar resueltamente por la libertad plena, por la república, a pesar de la inseguridad e inestabilidad de la burguesía. El proletariado puede ponerse al frente de todo el pueblo, atrayendo a su lado al campesinado, al que nada espera de la autocracia salvo opresión y violencia, y de los amigos burgueses del pueblo salvo traición y felonía. El proletariado, en virtud de su propia situación como clase en la sociedad moderna, es capaz de comprender antes que todas las demás clases que las grandes cuestiones históricas se resuelven en última instancia sólo por la fuerza, que la libertad no se obtiene sin los mayores sacrificios, que la resistencia armada del zarismo debe ser quebrantada y aplastada por la mano armada. De otro modo no veremos la libertad, de otro modo a Rusia le espera la suerte de Turquía, una decadencia y descomposición largas y penosas, penosas en particular para todas las masas trabajadoras y explotadas del pueblo. Que la burguesía se humille y servilice, que trapichee y mendigue limosnas, aspirando a una mísera parodia de libertad. El proletariado irá al combate, llevará tras de sí al campesinado, desgarrado por el más innoble e insoportable régimen de servidumbre y escarnio, irá hacia la libertad plena, que sólo puede defender un pueblo armado apoyándose en el poder revolucionario.

La socialdemocracia no ha enarbolado con precipitación la consigna de la insurrección. Siempre ha combatido y combatirá contra la fraseología revolucionaria, exigirá un cálculo sobrio de las fuerzas y un análisis del momento. La socialdemocracia habló de la preparación de la insurrección ya desde 1902, sin confundir jamás esta preparación con la provocación insensata de motines, cuya organización artificial sólo sería un derroche infructuoso de nuestras fuerzas. Y sólo ahora, después del 9 de enero, la consigna de la insurrección ha sido puesta a la orden del día por el partido obrero, se ha reconocido la necesidad de la insurrección y lo perentorio de la tarea de prepararse para ella. La propia autocracia ha convertido esta consigna en consigna práctica del movimiento obrero. La autocracia ha dado las primeras lecciones amplias y de masas de guerra civil. Esta guerra ha comenzado y se libra cada vez más extensamente, en una forma cada vez más aguda. Nosotros debemos únicamente generalizar sus lecciones, explicar todo el gran significado de las palabras «guerra civil», extraer indicaciones prácticas de los combates aislados de esta guerra, organizar las fuerzas, preparar directa e inmediatamente todo lo necesario para una verdadera guerra.

La socialdemocracia no teme mirar a la verdad a la cara. Conoce la naturaleza traicionera de la burguesía. Sabe que la libertad no traerá al obrero ni sosiego ni paz, sino una nueva lucha, aún más grande, por el socialismo, una lucha contra los actuales amigos burgueses de la libertad. Pero no obstante —y precisamente por eso— la libertad es absolutamente necesaria a los obreros, la libertad les es necesaria más que a nadie. Por la libertad plena, por la república democrática, sólo los obreros son capaces de luchar al frente del pueblo, y lucharán por ella a vida o muerte.

No cabe duda, hay aún muchas tinieblas y abatimiento en el pueblo, aún habrá que invertir una gran cantidad de trabajo en desarrollar la autoconciencia de los obreros, por no hablar ya del campesinado. Pero mirad con qué rapidez se endereza el esclavo de ayer, cómo centellea la llamita de la libertad incluso en los ojos medio apagados. Mirad el movimiento campesino. Está disperso, es inconsciente, no conocemos más que migajas de verdad sobre su envergadura y carácter. Pero sabemos firmemente que el obrero consciente y el campesino que se alza a la lucha se entenderán a las primeras palabras, que cada rayo de luz los unirá más estrechamente para la lucha por la libertad, que no cederán entonces en manos de la burguesía despreciablemente cobarde y egoísta ni de los terratenientes su revolución, esa revolución democrática que puede dar tierra y libertad, dar todos los alivios imaginables en la sociedad burguesa a la vida de los trabajadores para la ulterior lucha por el socialismo. Mirad la región industrial central. ¿Cuánto tiempo hace que nos parecía sumida en un sueño profundo, cuánto hace que considerábamos posible allí sólo un movimiento parcial, fragmentario, pequeño, profesional? Pero ya ha estallado allí una huelga general. Decenas y cientos de miles se han alzado y se alzan. La agitación política crece extraordinariamente. A los obreros de allí aún les falta, por supuesto, mucho para el heroico proletariado de la heroica Polonia, pero el gobierno zarista los ilustra con rapidez, los obliga rápidamente a «alcanzar a Polonia».

No, la insurrección armada de todo el pueblo no es un sueño. No es una idea ociosa la victoria plena del proletariado y del campesinado en la presente revolución democrática. ¡Y qué magníficas perspectivas abre semejante victoria para el proletariado europeo, al que desde hace ya muchos años contiene artificialmente, en su aspiración a la felicidad, la reacción militar y terrateniente! La victoria de la revolución democrática en Rusia será la señal para el comienzo de la revolución socialista, para una nueva victoria de nuestros hermanos, los proletarios conscientes de todos los países.

En comparación con la potente y heroica lucha del proletariado, qué repugnantemente mezquina parece la actuación sumisa de los zemstvos y de los «libertarios» en la famosa recepción de Nicolás II. Los comediantes han recibido un merecido castigo. No se había secado aún la tinta con que escribieron sus informes servilmente entusiastas sobre las misericordiosas palabras del zar, cuando el verdadero significado de estas palabras se puso de manifiesto ante todos en nuevos hechos. La censura hace estragos. El periódico «Rus»{124} ha sido suspendido por la simple publicación de un modestísimo mensaje. La dictadura de la policía con Trépov a la cabeza prospera. ¡Las palabras del zar se explican oficialmente en el sentido de que prometió una asamblea consultiva de representantes del pueblo con inviolabilidad del inmemorial y «peculiar» régimen autocrático!

El príncipe Mescherski en «Grazhdanín»{125} ha tenido razón en la apreciación de la recepción de la delegación. Nicolás ha sabido *dormer le change* a los zemstvos y a los liberales —escribía—. ¡Nicolás ha sabido tomarlos el pelo!

¡Santa verdad! Los jefes de los zemstvos y los libertarios han sido tomados el pelo. Bien merecido lo tienen. Por su actuación servil, por ocultar sus verdaderas resoluciones y pensamientos sobre la constitución, por su innoble silencio en respuesta al jesuítico discurso del zar, han sido castigados según sus merecimientos. Ellos han estado regateando y siguen regateando, tratando de obtener una parodia de libertad «sin peligro» para la burguesía. Shípov regatea con Buliguin, Trubetskói regatea con Shípov, Petrunkiévich y Rodíchev regatean con Trubetskói, Struve regatea con Petrunkiévich y Rodíchev. Regatean poniéndose «temporalmente» de acuerdo con el programa puramente shipoviano de la delegación de los zemstvos. A estos mercachifles les han respondido bien… con un puntapié de la bota del soldado.

¿Acaso esta ignominia de los jefes del «osvobozhdenismo» burgués ruso no resultará el principio del fin? ¿Acaso aquellos que son capaces de ser demócratas sinceros y honrados no se apartarán siquiera ahora de este célebre «partido constitucional-democrático»? ¿Acaso no comprenderán que se deshonran sin remedio y traicionan la causa de la revolución apoyando a un «partido» en el cual la «fracción de los zemstvos» se arrastra de rodillas ante la autocracia, y la «Unión de Liberación» se arrastra de rodillas ante la fracción de los zemstvos?

¡Saludamos el final de la delegación de los zemstvos! La máscara ha sido arrancada. Elegid, señores terratenientes y señores burgueses. Elegid, señores personas cultas y miembros de todas las «uniones». ¿Por la revolución o por la contrarrevolución? ¿Por la libertad o contra la libertad? Quien quiera ser demócrata de hecho, debe luchar, debe romper con los rastreros y con los traidores, debe crear un partido honrado, que se respete a sí mismo y a sus convicciones, debe ponerse resuelta e irrevocablemente del lado de la insurrección armada. Y quien quiera continuar el juego de la diplomacia, el juego de las reticencias, regatear y servilizarse, lanzar amenazas verbales en las que nadie cree, y recibir con entusiasmo la promesa de un puesto de mariscal de la nobleza del amado monarca, ése debe ser públicamente estigmatizado con el desprecio general de los partidarios de la libertad.

¡Abajo los traidores burgueses de la libertad!

¡Viva el proletariado revolucionario! ¡Viva la insurrección armada por la libertad plena, por la república, por los intereses más vitales y perentorios del proletariado y del campesinado!

Escrito el 15 (28) de junio de 1905.

Publicado el 3 de julio (20 de junio) de 1905 en el periódico «Proletari» nº 6

Se publica según el texto del periódico, cotejado con el manuscrito.