El telégrafo trajo ayer la noticia de que el lunes la delegación del zemstvo fue recibida por Nicolás II, quien, en respuesta a los discursos del príncipe Serguéi Trubetskói y del Sr. Fiódorov, confirmó de manera tajante su promesa de convocar a los representantes del pueblo.

Para valorar correctamente la importancia de este «acontecimiento», es preciso, ante todo, restablecer algunos hechos comunicados por la prensa extranjera.

Los días 24 y 25 de mayo, según el viejo estilo, se celebraron en Moscú tres reuniones de representantes de los zemstvos y de las ciudades, en número aproximado de 300. El texto litografiado de la petición al zar y de la resolución aprobadas por ellos, que obra en nuestro poder y ha sido enviado desde Rusia, no contiene indicaciones sobre el número de delegados, limitándose a mencionar que en la conferencia participaron, además de los vocales de los zemstvos y de las ciudades, los alcaldes y los mariscales de la nobleza. Los representantes de la gran propiedad agraria y del capital urbano discutían los destinos políticos de Rusia. Los debates, según informan los corresponsales extranjeros, fueron muy acalorados. Gozaba de gran influencia el partido de Shípov, moderado, rico en vínculos cortesanos. Los más radicales eran los provincianos; los más moderados, los petersburgueses; el «centro» lo formaban los moscovitas. Cada palabra de la petición fue objeto de debate, y al fin votó también a favor de ella Petersburgo. La petición resultó patriótica y leal al trono. «Movidos por un ardiente amor a la patria», los honorables burgueses dejan de lado «toda discordia y todas las diferencias que los separan» y se dirigen al zar. Señalan el «gran peligro para Rusia y para el propio trono», que amenaza no tanto desde fuera como por la «discordia interna». (Rusia está, en verdad, por delante del «trono»; nuestros patriotas se dirigieron primero al trono, amenazando –en privado y en voz baja– con dirigirse al pueblo.) Como es habitual, la petición está llena de la tópica mentira oficial, echando la culpa a los consejeros del zar, a la tergiversación de sus designios y disposiciones, que condujo al reforzamiento del poder policial, a cerrar el paso a «la voz de la verdad» que asciende hasta el trono, etc. La conclusión es una súplica para que, «antes de que sea demasiado tarde», se «convoque sin demora a los representantes del pueblo, elegidos para este fin de manera igual y sin distinción por todos los súbditos». Los representantes del pueblo deben decidir, «en concordia» con el zar, la cuestión de la guerra o la paz y «establecer (también en concordia con el zar) un régimen estatal renovado». Así pues, en la petición no figura ni la reivindicación precisa del sufragio universal, directo e igual con voto secreto, supuestamente adoptada por el partido «constitucional-democrático» (el voto directo y secreto se omite por completo y, claro está, no por casualidad), ni la exigencia de al menos algunas garantías de la libertad electoral. Los autores de la petición dicen con voz quejumbrosa: «La opresión de la persona y de la sociedad, la opresión de la palabra y toda arbitrariedad se multiplican y crecen», pero no ponen sobre la mesa medidas contra ello. «En concordia» con el zar crece la arbitrariedad; «en concordia» con el zar se «renueva» el régimen estatal… Los representantes de la burguesía se aferran firmemente a la teoría del «acuerdo», no del pueblo, por supuesto, sino de la burguesía con los opresores del pueblo.

La conferencia eligió una delegación para presentar la petición al zar, compuesta por los señores Heiden, Golovín, Petrunkiévich, G. y N. Lvov, Piotr y Pável Dolgoruki, Kovalevski, Novosíltsev, Ródichev, Shajovskói y Serguéi Trubetskói. De parte de Petersburgo se sumaron después, en la recepción de Nicolás II, los Sres. Korf, Nikitin y Fiódorov.

Más tarde, esta misma conferencia aprobó la siguiente resolución, de la que los periódicos extranjeros no informan, pero que ha sido reproducida en la hoja rusa:

«La conferencia de los grupos unidos de personalidades de los zemstvos y de las ciudades, imbuida, a pesar de la diversidad de opiniones sobre cuestiones políticas concretas, de la común convicción de que la causa fundamental de la actual y penosa situación interna y externa de Rusia es el régimen burocrático-autocrático hasta hoy no abolido, que niega la libertad personal y social, sojuzga la autoconciencia popular y la actividad autónoma del pueblo, aparta a la población de la participación en la vida estatal y engendra la arbitrariedad ilimitada y cada vez mayor de una administración irresponsable; de que ese régimen, que durante largos años ha introducido la violencia, la mentira y la descomposición en nuestra vida interna, ha conducido ahora de manera fatal a un grave peligro exterior, implicando al Estado en una guerra funesta, provocando y alimentando durante ella la enemistad intestina y llevando al país a una serie de derrotas, culminadas con el exterminio, sin precedentes en la historia rusa, de nuestras fuerzas navales; estimando que la persistencia de este régimen amenaza no solo la paz interna, el orden y el bienestar del pueblo, sino también la firmeza del trono, la integridad y la seguridad exterior de Rusia, reconoce como absolutamente necesario para la salvación del país:

1. – La convocatoria inmediata de una representación nacional libremente elegida para decidir, en unión con el monarca, la cuestión de la guerra y la paz y para establecer el orden jurídico estatal;

2. – La derogación inmediata de las leyes, instituciones, disposiciones y órdenes contrarias a los principios de libertad de la persona, de expresión, de prensa, de asociación y de reunión, y la declaración de una amnistía política;

3. – La inmediata renovación de la composición de la administración, llamando a la dirección de la gestión central a personas sinceramente consagradas a la causa de la transformación del Estado y que inspiren confianza a la sociedad».

En qué relación se halla esta resolución con la petición y con los encargos a la delegación, es decir, si esta última se comprometió a exponer el contenido de la resolución o a entregarla junto con la petición, se desconoce. ¿Quizá la petición es el documento oficial para el «trono», y la resolución, el oficioso para el «pueblo»?

Sobre el carácter de los debates en la conferencia, el corresponsal del periódico francés «Le Matin»{116}, Sr. Gaston Leroux, comunica que los delegados más «avanzados», los miembros provinciales del zemstvo, eran partidarios de las elecciones en dos grados, por temor a que, con elecciones directas, las «ciudades» los aplastaran (evidentemente, temían que las elecciones directas no garantizaran plenamente los privilegios de los terratenientes sobre el campesinado). El corresponsal del «Frankfurter Zeitung»{117} escribía:

«El zemstvo ruso, como partido político, se divide en tres fracciones: la mayoría liberal del zemstvo (jefe, el conde Heiden), la minoría del zemstvo, liberal moderada, nacionalista-eslavófila, encabezada por el Sr. Shípov, y el grupo de los zemtsi radicales-constitucionalistas. Es característico que en las elecciones de los delegados resultaran elegidos precisamente los representantes "feudales". Los moderados deseaban que quienes aparecieran como sus dignos representantes ante el zar fuesen personas de antiguas y respetadas familias. Los radicales, por su parte, sin hacerse ilusión alguna sobre los resultados de la petición, querían que los representantes de viejas estirpes se convencieran con sus propios ojos de que el gobierno no cedería ni un palmo voluntariamente».

Las comodidades de la vaga organización del partido «constitucional-democrático» (léase: monárquico), ensalzada por el Sr. Struve, no tardaron en ponerse de manifiesto en la práctica muy rápidamente. Para los trapicheos y regateos, para los zigzagueos y ardides, una organización de partido fuerte y sólida no resulta cómoda. Que en el «partido» entre la «Unión de Liberación» (quizá sea este el «grupo de radicales» del que hablaba el corresponsal del «Frankfurter Zeitung»), y entre también la «fracción del zemstvo» (es decir, tanto los partidarios de Heiden como los partidarios de Shípov, ¿de quien el Sr. Struve ahora se esfuerza oficialmente por desvincularse?). Y en la fracción del zemstvo entran los partidarios de Heiden, los de Shípov y… los «radicales». ¡A ver quién se aclara! Todos ellos coincidían, arrastrados por un ardiente amor a la patria y a los privilegios de la burguesía, en la teoría del acuerdo, que ya hemos explicado más de una vez en «Proletari» y que resalta con nitidez tanto en la «petición» como en la «resolución».

La resolución, probablemente, estaba destinada a alimentar las aspiraciones «ideales» de los radicales. Y la petición, en la interpretación de los delegados «moderados», a servir para un pacto material con el zarismo. A la plebe no iniciada se le ocultaban con el mayor celo la distribución de las fracciones de la conferencia, los poderes de la delegación, las condiciones del pacto y las ulteriores intenciones de los zemtsi. ¡El «pueblo», en cuyo nombre los señores burgueses regatean con el zarismo, no tiene por qué conocer la alta política del «partido constitucional-democrático»! Los señores burgueses conversarán con el zar sobre la opresión de la palabra, la mordaza a la voz de la verdad, los representantes del pueblo, la Rusia «agrupada en torno a la única bandera nacional», etc., mientras que al pueblo no le hace maldita falta saber toda la verdad acerca de la política de los mercaderes liberales y «osvobozhdenistas»… Sí, sí, no en balde el Sr. Struve reprochaba hace poco en «Osvobozhdenie» a los «partidos extremos» (es decir, a los socialdemócratas en particular) su inmoderada afición a la estrecha, conspirativa y jacobina «conspiración». Nosotros, los socialdemócratas, conspiramos contra el zar y sus sabuesos, preocupándonos al mismo tiempo de que el pueblo lo sepa todo sobre nuestro partido, sobre los matices dentro de él, sobre el desarrollo de su programa y de su táctica, incluso sobre lo que dijo tal o cual delegado en el congreso del partido. Los señores burgueses ilustrados, los osvobozhdenistas, conspiran… contra el pueblo, que no sabe nada con exactitud acerca del afamado partido «constitucional-democrático», pero a cambio se sinceran con el zar y con los sabuesos del zar. ¡Qué demócratas, vamos!

Sobre qué se sinceraron los delegados de los zemtsi con la camarilla cortesana, que no quería permitirles ver al zar, no lo sabemos. Y estuvieron sincerándose y parlamentando largo tiempo. Los periódicos extranjeros captaban con avidez noticias de cada paso de la «alta política» de los Sres. delegados. Petersburgo, 9 de junio (27 de mayo). La delegación del zemstvo visita primero al Sr. ministro del Interior, Bulyguin, para quejarse de Trépov. – 10 de junio (28 de mayo). Bulyguin declaró a la delegación que no sería recibida por el zar, y le aconsejó abandonar Petersburgo. – 12 de junio (30 de mayo). Se considera probable que el zar reciba a la delegación. – 15 (2) de junio. Telegrama especial del Sr. Gaston Leroux al periódico «Le Matin»: «Los delegados de los zemtsi aceptaron las condiciones de la audiencia con el emperador que les planteaba el ministerio de la corte. Después de esto, el barón Frédérics se dirigió esta tarde a Tsárskoye Seló para saber del zar si había decidido recibir a la diputación».

¿Lo oís, obreros y campesinos rusos? ¡Así actúan los «demócratas»-«osvobozhdenistas», los enemigos del conspirativismo, los aborrecedores de la conspiración! Organizan complots con el ministerio de la corte de su majestad policial, conspiran contra el pueblo junto con los espías. ¡Deseando ser representantes del «pueblo», aceptan las condiciones impuestas por los espías acerca de cómo hay que hablar con los zares de las necesidades del «pueblo»!

Así actúan personas ricas, independientes, ilustradas, liberales, «movidas por un ardiente amor a la patria». No es el rudo, ignorante y dependiente de cualquier capataz populacho obrero, que se planta directa y abiertamente ante el zar con algún cura insolente, sin haber hablado siquiera con infl uyentes espías sobre las condiciones de la conversación con el zar. ¿Es que acaso se puede admitir la república o, al menos, las elecciones directas y el sistema unicameral con una masa popular tan políticamente inculta? La gente políticamente instruida conoce los conductos y comprende que primero hay que entrar por la puerta trasera a ver a los espías –quizá incluso consultar con ellos el contenido y el estilo del mensaje al zar–; solo entonces la «voz de la verdad» «ascenderá» de verdad «hasta el trono».

En qué transaron los «representantes» –valga la expresión– del «pueblo» con los espías zaristas, no lo sabemos. Sabemos por los telegramas que, en la recepción a la delegación, pronunció un «largo discurso» el príncipe S. Trubetskói, exponiendo al zar, durante media hora, la difícil situación de Rusia y las condiciones que forzaron a los zemtsi a dirigirse directamente (¿y no a través de los espías?) al zar. El discurso causó una honda impresión en el zar. El Sr. Fiódorov habló en nombre de los representantes de Petersburgo. El zar respondió con un largo discurso. Expresó su pesar por los enormes sacrificios que había costado la guerra, lamentó la última derrota en el mar. Concluyó con las palabras: «Os agradezco, señores, los sentimientos expresados» (¡debían de ser buenos esos sentimientos del «demócrata» Trubetskói, sobre cuya expresión consultó con los espías!). «Creo en vuestro deseo de trabajar junto conmigo» (el zar cree en la burguesía liberal; la burguesía liberal cree en el zar; una mano lava la otra) «en la institución de un nuevo orden estatal, basado en nuevos principios. Mi deseo de convocar una asamblea popular» (¿cuándo? ¿representantes electos? ¿cómo y por quién elegidos? – se desconoce. El Sr. Trubetskói, al parecer, ocultó al adorado monarca la «resolución» de la conferencia. Seguramente, los espías aconsejaron no hablar con el zar de ese tema.) «es inquebrantable. Pienso en ello cada día. Mi voluntad será cumplida. Podéis anunciarlo hoy mismo a la población de las ciudades y de los pueblos. Me ayudaréis en esta nueva obra. La asamblea popular restablecerá la unidad entre Rusia y su emperador» (¿entre los Trubetskói y los Fiódorov – y el emperador?). «Será la base de un sistema que descansará sobre los principios nacionales rusos». Los delegados salieron de la audiencia –dice el telegrama ofi cial– con una impresión excelente. El zar también parecía satisfecho…

¡Eso tiene visos de verdad! Satisfecho el zar, satisfechos los burgueses liberales. Están dispuestos a firmar una paz sólida entre sí. Queda a salvo la autocracia y la policía (auténticos principios nacionales rusos). Queda satisfecho el talego de dinero (al que, de ahora en adelante, se consultará de manera constante y regular).

¿Estarán satisfechos los obreros y los campesinos, cuyos intereses están traficando los traidores burgueses?

«Proletari» núm. 5, 26 (13) de junio de 1905.

Se imprime según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.