La socialdemocracia, como portavoz consciente del movimiento obrero, se plantea como objetivo la liberación completa de todos los trabajadores de toda opresión y explotación. El logro de este objetivo, la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción y la creación de la sociedad socialista, exige un desarrollo muy elevado de las fuerzas productivas del capitalismo y una enorme organización de la clase obrera. Sin libertad política, no son concebibles ni el pleno desarrollo de las fuerzas productivas en la sociedad burguesa moderna, ni una lucha de clases amplia, abierta y libre, ni la ilustración política, la educación y la cohesión de las masas del proletariado. He aquí por qué el proletariado consciente se plantea siempre como tarea la lucha decidida por la plena libertad política, por la revolución democrática.

Esta tarea no se la plantea el proletariado únicamente. La burguesía también necesita la libertad política. Los representantes ilustrados de las clases poseedoras enarbolaron hace ya mucho la bandera de la libertad; la intelectualidad revolucionaria, procedente sobre todo de esas clases, luchó heroicamente por la libertad. Pero la burguesía en su conjunto no es capaz de una lucha decidida contra la autocracia: teme perder en esa lucha su propiedad, que la ata a la sociedad existente; teme una actuación demasiado revolucionaria de los obreros, que jamás se detendrán en una revolución democrática, sino que se esforzarán por la transformación socialista; teme una ruptura total con los funcionarios, con la burocracia, cuyos intereses están vinculados a los de las clases poseedoras por miles de hilos. Por eso, la lucha burguesa por la libertad se distingue por su pusilanimidad, su inconsecuencia y sus medias tintas. Una de las tareas del proletariado es empujar hacia adelante a la burguesía, lanzar ante todo el pueblo las consignas de la transformación democrática completa, emprender por cuenta propia y con audacia la realización de esas consignas, en una palabra, ser la vanguardia, el destacamento de choque en la lucha por la libertad de todo el pueblo.

Ahora, la lucha política ha adquirido proporciones terribles, la revolución ha abarcado todo el país, los liberales más moderados se han vuelto «extremistas», y podría parecer que las referencias históricas del pasado reciente, como las que acabamos de hacer, resultan inoportunas, que no pueden guardar relación alguna con el presente vivo y tormentoso. Pero eso solo podría parecerlo a primera vista. Sin duda, consignas como la Asamblea Constituyente, el sufragio universal, directo e igual con voto secreto (planteadas hace mucho, y antes que nadie, por los socialdemócratas en su programa del Partido) han pasado a ser patrimonio común, han sido aceptadas por el ilegal «Osvobozhdenie», han ingresado en el programa de la «Unión de Liberación», se han convertido en consignas de los miembros de los zemstvos, son repetidas en todos los tonos por la prensa legal. El progreso del democratismo burgués ruso en los últimos años y meses es indudable. La democracia burguesa aprende de los acontecimientos, desecha las consignas primitivas (como la de Shípov: derechos y un zemstvo con poder), cojea a la zaga de la revolución. Pero precisamente cojea a la zaga de la revolución; en lugar de las viejas contradicciones entre sus palabras y sus hechos, entre el democratismo de principio y el democratismo en la «política real», surgen nuevas contradicciones, pues el crecimiento de la revolución eleva sin cesar las exigencias a la democracia. Y la democracia burguesa, al elevar sus consignas, se rezaga siempre de los acontecimientos, siempre marcha a la cola, siempre formula esas consignas varios grados por debajo de lo que exige la lucha real, verdaderamente revolucionaria, por la libertad real.

En efecto, tomad esa consigna, convertida ya en corriente y generalmente reconocida: la Asamblea Constituyente sobre la base del sufragio universal, etc. ¿Es suficiente desde el punto de vista del democratismo consecuente? ¿Es suficiente desde el punto de vista de las apremiantes tareas revolucionarias del momento que vivimos? A ambas preguntas no se puede responder más que negativamente. Para convencerse de ello, basta con analizar atentamente nuestro programa del Partido, que, por desgracia, nuestras organizaciones recuerdan, citan y difunden con demasiada poca frecuencia. (Como feliz excepción, que merece ser ampliamente imitada, señalamos la reciente reedición del programa de nuestro partido en las hojas de los comités de Riga, Vorónezh y Moscú.) Nuestro programa también coloca en primer plano la consigna de la Asamblea Constituyente de todo el pueblo (con la palabra «de todo el pueblo» convenimos en designar para abreviar el sufragio universal, etc.). Pero esta consigna no figura en nuestro programa de forma aislada, sino en un contexto, con unos añadidos y explicaciones que excluyen la tergiversación por parte de quienes luchan de modo menos consecuente por la libertad, o incluso luchan contra la libertad. Esta consigna figura en nuestro programa en relación con las consignas de: 1) derrocamiento de la autocracia zarista; 2) sustitución de esta por la república democrática; 3) soberanía del pueblo, garantizada por una constitución democrática, es decir, concentración de todo el poder estatal supremo en manos de una asamblea legislativa, compuesta por representantes del pueblo y que forme una sola cámara.

¿Cabe poner en duda que el reconocimiento de todas estas consignas es obligatorio para todo demócrata consecuente? Pues la palabra «demócrata», tanto por su sentido gramatical como por la significación política que le ha conferido toda la historia de Europa, significa: partidario de la soberanía del pueblo. Resulta ridículo, por tanto, hablar de democratismo y a la vez negar aunque sea una sola de estas consignas. Pero la contradicción fundamental entre la aspiración de la burguesía a defender a toda costa la propiedad privada y el deseo de alcanzar la libertad es tan profunda, que los representantes y partidarios de la burguesía liberal caen inevitablemente en esta ridícula situación. Como es sabido, en Rusia se está formando con enorme rapidez un partido liberal muy amplio, al que pertenecen tanto la «Unión de Liberación», como una masa de miembros de los zemstvos y periódicos tales como «Nasha Zhizn», «Nashi Dni», «Syn Otechestva», «Rússkie Védomosti» y otros, etc. A este partido liberal burgués le gusta que lo llamen partido «democrático-constitucional». Pero en realidad, como se desprende de las declaraciones y del programa del ilegal «Osvobozhdenie», es un partido monárquico. No quiere en absoluto la república. No quiere una sola cámara e introduce para la cámara alta un sufragio indirecto y, de hecho, no universal (censo de residencia). No quiere en absoluto que todo el poder estatal supremo pase a manos del pueblo (¡aunque para la galería le gusta mucho hablar del paso del poder al pueblo!). No quiere el derrocamiento de la autocracia, quiere solo el reparto del poder entre 1) la monarquía, 2) la cámara alta (en la que predominarán los terratenientes y los capitalistas) y 3) la cámara baja, que es la única que se erige sobre principios democráticos.

De este modo, tenemos ante nosotros el hecho indudable de que nuestra burguesía «democrática», representada incluso por sus representantes más avanzados, instruidos y menos directamente subordinados al capital, va a la zaga de la revolución. Este partido «democrático» teme la soberanía del pueblo. Al repetir nuestra consigna de la Asamblea Constituyente de todo el pueblo, en la práctica tergiversa por completo el sentido y la importancia de esta consigna, engaña al pueblo mediante el empleo de esta consigna, o mejor dicho, mediante el abuso de esta consigna.

¿Qué es una Asamblea «Constituyente de todo el pueblo»? Es una asamblea que, en primer lugar, expresa realmente la voluntad del pueblo; para ello es necesario el sufragio universal, etc., y una plena garantía de libertad de agitación preelectoral. Es una asamblea que, en segundo lugar, tiene realmente la fuerza y el poder para «constituir» un orden estatal que garantice la soberanía del pueblo. Está claro, tan claro como la clara luz del día, que sin estas dos condiciones, la asamblea no puede ser ni realmente de todo el pueblo, ni realmente constituyente. ¡Y mientras tanto, nuestros burgueses liberales, nuestros constitucionalistas monárquicos (que se llaman a sí mismos demócratas para escarnio del pueblo), no quieren asegurar de manera real ni una sola de estas condiciones! No solo no garantizan en modo alguno ni la plena libertad de agitación preelectoral, ni el paso real de la fuerza y del poder a manos de la Asamblea Constituyente, sino que, por el contrario, garantizan la imposibilidad de una y otra cosa, pues garantizan la monarquía. La fuerza y el poder reales quedan en manos de Nicolás el Sanguinario: esto significa que el peor enemigo del pueblo, al convocar la asamblea, «garantizará» el carácter popular y libre de las elecciones. ¿Verdad que es muy democrático? Esto significa que la Asamblea Constituyente no tendrá nunca y no debe tener nunca (según el pensamiento de los burgueses liberales) toda la fuerza y todo el poder; debe quedarse completamente sin fuerza y completamente sin poder; debe solo ponerse de acuerdo, concertarse, pactar, regatear con Nicolás II para que este le otorgue a ella, a la asamblea, ¡una partecita de su poder zarista! La Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal, no se diferencia en nada de la cámara baja. Quiere decir que la Asamblea Constituyente, convocada para expresar e imponer la voluntad del pueblo, es destinada por la burguesía liberal a «constituir» por encima de la voluntad del pueblo la voluntad de la cámara alta y, además, la voluntad de la monarquía, la voluntad de Nicolás.

¿Acaso no es evidente que, al hablar, perorar y gritar sobre la Asamblea Constituyente de todo el pueblo, los señores burgueses liberales, los de «Osvobozhdenie», en realidad preparan una asamblea consultiva antipopular? En lugar de la liberación del pueblo, quieren someter al pueblo por vía constitucional, en primer lugar, al poder del zar (principio monárquico) y, en segundo lugar, al poder de la gran burguesía organizada (cámara alta).

Quien desee refutar esta conclusión, que intente afirmar: 1) que es posible una expresión real de la voluntad del pueblo en las elecciones sin plena libertad de agitación y sin la supresión efectiva de todos los privilegios que pudiera tener el gobierno zarista en dicha agitación; 2) que una asamblea de representantes que no tiene en sus manos la fuerza y el poder reales, que siguen en manos del zar, no constituye de hecho más que una asamblea consultiva. Afirmar lo uno o lo otro solo pueden hacerlo charlatanes redomados o tontos de remate. La historia demuestra de manera irrefutable que una asamblea representativa que existe junto al poder monárquico, de hecho, mientras este poder queda en manos de la monarquía, es una asamblea consultiva, que no subordina la voluntad del monarca a la voluntad del pueblo, sino que solo concuerda la voluntad del pueblo con la voluntad del monarca, es decir, reparte el poder entre el monarca y el pueblo, regatea un nuevo orden, pero no lo constituye. La historia demuestra de manera irrefutable que de elecciones verdaderamente libres, de un conocimiento más o menos completo de todo el pueblo de su significado y carácter, no se puede ni hablar sin la sustitución del gobierno que lucha contra la revolución por un gobierno revolucionario provisional. Aunque admitamos por un minuto lo inverosímil y lo imposible, a saber, que el gobierno zarista, habiendo decidido convocar una asamblea «constituyente» (léase: consultiva), garantice formalmente la libertad de agitación, de todos modos quedarán en sus manos todas aquellas gigantescas ventajas y superioridades en la agitación que otorga el poder estatal organizado: de estas ventajas y superioridades en la agitación para las elecciones a la primera asamblea popular gozará aquel que oprimió al pueblo por todos los medios y a quien el pueblo empezó a arrancarle la libertad por la fuerza.

En una palabra, llegamos de nuevo a la misma conclusión que obtuvimos la vez pasada («Proletari» núm. 3), cuando examinamos esta cuestión desde otro ángulo. La consigna de la Asamblea Constituyente de todo el pueblo, de por sí, tomada aisladamente, es en la actualidad la consigna de la burguesía monárquica, la consigna del pacto entre la burguesía y el gobierno zarista. Como consigna de la lucha revolucionaria solo puede figurar el derrocamiento del gobierno zarista y su sustitución por un gobierno revolucionario provisional, que debe convocar la Asamblea Constituyente de todo el pueblo. Que el proletariado de Rusia no se haga ilusiones a este respecto: se le engaña en el silencio de la excitación general mediante el empleo de sus propias consignas. Si nosotros resultamos incapaces de oponer a la fuerza armada del gobierno la fuerza del pueblo armado, si el gobierno zarista no es derrotado totalmente y sustituido por un gobierno revolucionario provisional, entonces toda asamblea representativa, por muchos títulos de popular y constituyente que le den, resultará de hecho una asamblea de representantes de la gran burguesía para pactar con el zar sobre el reparto del poder entre ellos.

Cuanto más se acerca la lucha del pueblo con el zar a un desenlace decisivo, cuanto más probable es la rápida realización de la exigencia de convocar a los representantes del pueblo, tanto más estrictamente debe vigilar el proletariado revolucionario a la burguesía «democrática». Cuanto antes conquistemos la libertad, tanto antes se convertirá este aliado del proletariado en enemigo suyo. Y para encubrir esta transformación servirán, en 1er lugar, la falta de claridad, la incompletud y la indefinición de las consignas pretendidamente democráticas de la burguesía, y, en 2º lugar, la aspiración a convertir las consignas del proletariado en frases, a sustituir las garantías reales de la libertad y de la revolución por promesas verbales. De los obreros se exige ahora una atención redoblada y una observación vigilante de los «demócratas». Las palabras: «Asamblea Constituyente de todo el pueblo» resultarán palabras vacías si esta asamblea no puede, en virtud de las condiciones reales de las elecciones y de la agitación electoral, expresar la voluntad del pueblo, si no está en condiciones de constituir por sí misma, de manera independiente, un nuevo orden. El centro de gravedad se desplaza ahora de la cuestión de la convocatoria de la Asamblea Constituyente de todo el pueblo a la cuestión de los medios de esa convocatoria. Estamos en vísperas de acontecimientos decisivos. Sin confiar en las consignas democráticas generales, el proletariado debe oponerles sus propias consignas proletario-democráticas en toda su plenitud. Solo la fuerza guiada por estas consignas puede asegurar en la práctica la victoria completa de la revolución.

«Proletari» núm. 4, 17 (4) de junio de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.