El surgimiento de los partidos políticos es una de las características más interesantes y típicas de nuestra interesante época. El viejo régimen, la autocracia, se derrumba. Cómo exactamente y qué nuevo orden hay que construir, comienzan a pensarlo capas cada vez más amplias no solo de la llamada «sociedad», es decir, de la burguesía, sino también del «pueblo», es decir, de la clase obrera y del campesinado. Para el proletariado consciente, estos intentos de las diferentes clases de esbozar un programa y organizar la lucha política tienen una importancia enorme. Por mucho que haya de casual, arbitrario, a veces de mera charlatanería, en estos intentos, que en su mayor parte parten de «activistas» aislados, que no responden ante nadie y no arrastran a nadie tras de sí, en su conjunto, los intereses fundamentales y las tendencias de las grandes clases sociales se manifiestan con fuerza incontenible. Del aparente caos de declaraciones, reivindicaciones y programas va emergiendo la fisonomía política de nuestra burguesía y su verdadero programa político (no solo el ostensible). El proletariado obtiene cada vez más material para juzgar cómo actuará la burguesía rusa, que ahora habla de acción política, qué posición ocupará en la lucha revolucionaria decisiva hacia la que Rusia se acerca tan rápidamente[89].

La publicación extranjera «Osvobozhdenie» («Liberación»), que, sin traba alguna de censura, resume las innumerables intervenciones de los liberales rusos, ofrece a veces un material especialmente valioso para estudiar la política de la burguesía. El «programa de la “Unión de Liberación”» recién publicado por ella (o reproducido de «Nóvosti»{113} del 5 de abril) con unos instructivos comentarios del Sr. P. S. constituye un excelente complemento a las resoluciones de los congresos de los zemstvos y al proyecto de constitución de Osvobozhdenie, del que hablamos en el n.º 18 de «Vperiod»[90]. «Con la elaboración y votación de este programa —afirma con razón el Sr. P. S.— se ha dado un gran paso hacia la creación del partido constitucional-demócrata ruso».

Sin duda, para los liberales rusos es un gran paso, que destaca en medio de la ya bastante prolongada epopeya de intervenciones liberales. ¡Pero qué pequeño es este gran «paso» liberal en comparación con lo que se necesita para crear un verdadero partido, en comparación incluso con lo que ya se ha creado para este fin, por ejemplo, por la socialdemocracia! La burguesía dispone de una libertad incomparablemente mayor de actuación legal que el proletariado, de una cantidad incomparablemente mayor de fuerzas intelectuales y de medios financieros, de facilidades incomparablemente superiores para la organización partidaria, y sin embargo seguimos viendo un «partido» sin denominación oficial, sin programa general, claro y preciso, sin táctica, sin organización partidaria; un «partido» que, según la opinión del competente Sr. P. S., se compone de la «fracción de los zemstvos» y de la «Unión de Liberación», es decir, de un conglomerado inorganizado de personas más una organización. Aunque, tal vez, los miembros de la fracción de los zemstvos sean «miembros del partido» en aquel famoso sentido de que, reconociendo el programa, trabajan «bajo el control de una de las organizaciones del partido», de uno de los grupos de la «Unión de Liberación»? Por mucho que esta concepción de la pertenencia al partido contradiga todo el espíritu de la socialdemocracia, es igualmente cómoda y conveniente para los liberales, y es propia de toda su fisonomía política. De esta concepción del partido (expresada no en los estatutos escritos, sino en la estructura real de este «partido») se deriva, entre otras cosas, que los miembros organizados del partido, es decir, los miembros de la «Unión de Liberación», en su mayoría están a favor del sistema unicameral y, no obstante, renuncian a él en su programa, silenciando por completo la cuestión para complacer a los miembros no organizados del partido, a la «fracción de los zemstvos», que está a favor del sistema bicameral. La correlación de «fuerzas», se podría decir, es providencial para la burguesía políticamente activa: los intelectuales organizados proponen, los hombres de negocios, los magnates, los capitalistas no organizados — disponen.

El Sr. P. S., que saluda con toda el alma el programa de la «Unión de Liberación», defiende al mismo tiempo, por principio, la imprecisión, la falta de integridad y el carácter incompleto del programa, así como la difusión organizativa y las omisiones tácticas, y lo defiende con consideraciones de «política real». Volveremos todavía sobre este concepto inigualable, extremadamente característico de toda la esencia del liberalismo burgués; ahora pasemos a analizar las bases del programa liberal.

El partido no tiene, como ya hemos dicho, una denominación oficial. El Sr. P. S. lo llama con el mismo nombre que, al parecer, figura también en las páginas de nuestros periódicos legales de orientación liberal: «partido constitucional-demócrata». Y por muy insignificante que a primera vista parezca la cuestión del nombre, también aquí obtenemos de inmediato material para explicar por qué la burguesía, a diferencia del proletariado, debe conformarse con la difusión política e incluso defenderla «por principio»; precisamente «debe» no solo por los estados de ánimo o las cualidades subjetivas de sus líderes, sino en virtud de las condiciones objetivas de existencia de toda la clase burguesa en su conjunto. La denominación «partido constitucional-demócrata» recuerda de inmediato la conocida sentencia: la lengua le ha sido dada al hombre para ocultar sus pensamientos. El nombre «p. c.-d.» está inventado para ocultar el carácter monárquico del partido. En efecto, ¿quién no sabe que todo este partido, tanto en la persona de su parte propietaria —la fracción de los zemstvos—, como en la persona de la «Unión de Liberación», está a favor de la monarquía? Ni unos ni otros hablan siquiera de república, considerando que tal conversación «no es seria», y en su proyecto de constitución la monarquía se reconoce, directa y claramente, como forma de gobierno. Así, pues, tenemos ante nosotros un partido de partidarios de la monarquía constitucional, un partido de monárquicos-constitucionalistas. Este es un hecho que no está sujeto a la menor duda y que no puede ser eliminado por ningún razonamiento sobre el reconocimiento «por principio» de la república (¡aunque tales razonamientos de los «constitucionalistas-demócratas» no los hemos oído hasta ahora!), ya que se trata precisamente no solo del reconocimiento «por principio», sino del reconocimiento práctico-político, del reconocimiento del deseo de conquistar y de la necesidad de luchar.

Pero el quid de la cuestión está en que los señores burgueses no pueden llamarse ahora por su verdadero nombre. Esto es tan imposible como salir a la calle desnudo. No se puede decir abiertamente la verdad, no se puede decir en voz alta *aussprechen was ist* (decir lo que es), porque eso equivaldría a reconocer uno de los privilegios políticos más salvajes y nocivos, equivaldría a reconocer su propio antidemocratismo. Y la burguesía que lucha por la libertad política no puede reconocer esto no solo porque sea muy vergonzoso, confuso e indecoroso. No, los hombres de la política burguesa no se detendrán ante ninguna indecencia si lo exigen sus intereses. Pero ahora sus intereses exigen la libertad, y la libertad no se puede obtener sin el pueblo, y el apoyo del pueblo no se puede asegurar sin llamarse a sí mismo «demócrata» (= partidario de la autocracia del pueblo), sin ocultar su propio monarquismo.

Así, la posición de clase de la burguesía conduce inevitablemente a una inestabilidad interna y a la falsedad de su propio planteamiento de las tareas políticas fundamentales: la lucha por la libertad, por la destrucción de los privilegios seculares de la autocracia, es incompatible con la defensa de los privilegios de la propiedad privada, puesto que estos privilegios obligan a «tratar con cuidado» a la monarquía. El programa real de una constitución monárquica se reviste por eso con un hermoso y vaporoso ropaje de constitución democrática. Y este embellecimiento del contenido real del programa con un adorno ostensible y a sabiendas mentiroso se llama «política real»… El ideólogo de la burguesía liberal habla por eso con un desprecio inimitable, con magnífica autosuficiencia, del «autodeleite teórico» al que se entregan «los representantes de los partidos extremos» («Osvobozhdenie» n.º 69–70, pág. 308). Los políticos reales de la burguesía no quieren deleitarse con conversaciones ni siquiera con sueños sobre la república, porque no quieren luchar por la república. Pero precisamente por eso sienten la necesidad insuperable de deleitar al pueblo con el cebo del «democratismo». No quieren engañarse a sí mismos respecto a su incapacidad para renunciar a la monarquía, y precisamente por eso deben engañar al pueblo silenciando su monarquismo.

El nombre del partido, como veis, no es en absoluto algo tan casual ni tan insignificante como podría pensarse a primera vista. A veces, la misma estridencia, el amaneramiento del nombre revela el profundo vicio interno de todo el programa y de toda la táctica del partido. Cuanto más íntimamente siente el ideólogo de la gran burguesía su entrega a la monarquía, más alto jura y perjura asegurando a todos su democratismo. Cuanto más refleja el ideólogo de la pequeña burguesía su inestabilidad, su incapacidad para una lucha consecuente e inflexible por la revolución democrática y por el socialismo, con tanto mayor ardor perora sobre el partido de los «socialistas-revolucionarios», del que se ha dicho con razón que su socialismo no es en absoluto revolucionario, y su revolucionarismo no está en absoluto ligado al socialismo. Solo queda que los partidarios de la autocracia se llamen a sí mismos (como ya han intentado más de una vez) «partido popular», y tendremos un cuadro completo de cómo los intereses de clase se transfiguran en los rótulos políticos.

El rótulo de la burguesía liberal (o el programa de la «Unión de Liberación») comienza, como corresponde a un rótulo, con una introducción efectista: «La “Unión de Liberación” considera que la grave crisis externa e interna que atraviesa Rusia se ha agudizado en la actualidad hasta tal punto que el pueblo debe tomar en sus manos la resolución de esta crisis, junto con otros grupos sociales que han salido contra el régimen existente».

Así, pues, que el poder pase a manos del pueblo, ¡viva la autocracia del pueblo en lugar de la autocracia del zar! ¿No es así, señores? ¿No es esto lo que exige el democratismo?

No, esto es autodeleite teórico e incomprensión de la política real. Ahora todo el poder está en manos de la monarquía autocrática. Frente a ella se alza el pueblo, es decir, el proletariado y el campesinado, que ya han comenzado la lucha, la libran con desesperación y, quizás… quizás se apasionen por esta lucha hasta derrocar por completo al enemigo. Pero junto al «pueblo» están también «otros grupos sociales», es decir, la «sociedad», es decir, la burguesía, los terratenientes, los capitalistas, la intelectualidad profesional. Hay que repartir, pues, el poder en tres partes iguales. Una tercera parte dejársela a la monarquía, otra tercera parte dársela a la burguesía (Cámara alta, basada en un sufragio indirecto y, en lo posible, de hecho desigual, no universal), la tercera parte restante, al pueblo (Cámara baja sobre la base del sufragio universal, etc.). Esto será un reparto «justo», en el que quede garantizada la firme salvaguardia de la propiedad privada y la posibilidad de volver la fuerza organizada de la monarquía (el ejército, la burocracia, la policía) contra el pueblo, si éste «se apasiona» por alguna reivindicación «insensata» de las que plantean «los representantes de los partidos extremos por mero autodeleite teórico». Este reparto justo, que reduce al pueblo revolucionario a una minoría inofensiva, a una tercera parte, es una «reforma radical sobre las bases del democratismo», y en absoluto sobre las bases del monarquismo ni sobre las bases de los privilegios burgueses.

¿Cómo realizar este reparto? Mediante un corretaje honrado. Esto ya lo señaló proféticamente hace tiempo el Sr. P. Struve, en el prefacio al memorándum de Witte, al señalar que los partidos moderados siempre ganan con la agudización de la lucha entre los partidos extremos. La lucha entre la autocracia y el pueblo revolucionario se agudiza. Hay que maniobrar entre ambos, apoyarse en el pueblo revolucionario (atrayéndolo con el «democratismo») contra la autocracia, apoyarse en la monarquía contra los «extremismos» del pueblo revolucionario. Con una hábil maniobra resultará inevitablemente algo parecido al reparto antes señalado, con lo que para la burguesía su «tercera parte» por lo menos está asegurada en todo caso e incondicionalmente, mientras que la distribución de las cuotas entre el pueblo y la autocracia depende del desenlace de su lucha decisiva. En quién hay que apoyarse preferentemente, eso depende del momento: tal es la esencia de la política mercantil, es decir, de la política «real».

En el momento actual, todo el poder está aún en manos de la autocracia. Por eso hay que decir que el poder debe tomarlo en sus manos el pueblo. Por eso hay que llamarse demócrata. Por eso hay que plantear la reivindicación de la «convocatoria inmediata de una Asamblea Constituyente sobre la base del sufragio universal, etc., para elaborar la constitución rusa». Ahora el pueblo está desarmado, disgregado, desorganizado, impotente frente a la monarquía autocrática. Una Asamblea Constituyente de todo el pueblo lo unirá y será una gran fuerza que se opondrá a la fuerza del zar. Será entonces, cuando se enfrenten el poder del zar y la fuerza cohesionada del pueblo revolucionario, cuando llegará la verdadera fiesta para la burguesía, solo entonces se podrá, con la más segura esperanza de éxito, «concertar» estas dos fuerzas y garantizar el resultado más ventajoso para las clases poseedoras.

Tal es el cálculo de los políticos reales del liberalismo. Un cálculo no tonto. En este cálculo se introduce de manera plenamente consciente la conservación de la monarquía y la admisión de una Asamblea Constituyente popular solo al lado de la monarquía. La burguesía no quiere el derrocamiento del poder existente, la sustitución de la monarquía por la república. Por eso la burguesía rusa (según el modelo de la burguesía alemana de 1848) está por el «acuerdo» del pueblo y el trono. Para el éxito de esta política de acuerdo es necesario que ninguna de las dos partes contendientes, ni el pueblo ni el trono, pueda alcanzar una victoria completa, que se equilibren mutuamente. Entonces y solo entonces la burguesía podrá unirse a la monarquía y dictar al pueblo la sumisión, obligar al pueblo a contentarse con una «tercera parte»… o quizás con una centésima parte del poder. La Asamblea Constituyente popular tendrá exactamente la fuerza suficiente para obligar al zar a dar una constitución, pero no tendrá ni deberá tener (desde el punto de vista de los intereses de la burguesía) mayor fuerza. Deberá solo equilibrar a la monarquía, pero no derrocarla, deberá dejar los instrumentos materiales del poder (el ejército, etc.) en manos de la monarquía.

Los miembros de Osvobozhdenie se ríen de los shipovistas, que quieren dar al zar la fuerza del poder y al pueblo la fuerza de la opinión. Pero ¿no están, en esencia, también los propios miembros de Osvobozhdenie en la posición de los shipovistas? ¡Pues ellos tampoco quieren dar al pueblo todo el poder, ellos mismos están por el acuerdo del poder del zar con la opinión del pueblo!

Vemos, en consecuencia, que los intereses de la burguesía como clase llevan de manera completamente natural e inevitable, en el momento revolucionario actual, a enarbolar la consigna de la Asamblea Constituyente popular y a no enarbolar en absoluto la consigna del gobierno revolucionario provisional. La primera consigna es o se ha convertido en la consigna de la política de acuerdo, de mercantilismo y corretaje. La segunda es la consigna de la lucha revolucionaria. La primera es la consigna de la burguesía monárquica, la segunda es la consigna del pueblo revolucionario. La primera consigna garantiza sobre todo la posibilidad de conservar la monarquía, a pesar del embate revolucionario del pueblo. La segunda traza el camino directo hacia la república. La primera deja el poder en manos del zar, solo limitándolo con la opinión del pueblo. La segunda es la única consigna que conduce de manera consecuente e incondicional a la autocracia del pueblo en el pleno sentido de la palabra.

Solo esta diferencia radical en el planteamiento de las tareas políticas por parte de la burguesía liberal y del proletariado revolucionario nos explica, además de las señaladas, toda una serie de rasgos secundarios del programa de Osvobozhdenie. Solo desde el punto de vista de esta diferencia se puede comprender, por ejemplo, la necesidad de la reserva de los miembros de Osvobozhdenie de que las resoluciones de su Unión «pueden considerarse obligatorias solo en la medida en que las condiciones políticas permanezcan invariables», de que se admite un «elemento temporal y condicional» en el programa. Esta reserva (desarrollada detalladamente y de manera particularmente «sabrosa» en los comentarios del Sr. P. S.) es absolutamente necesaria para el partido del «acuerdo» del pueblo con el zarismo. Esta reserva da a entender, más claro que el agua, que en nombre de la política mercantil («real») los miembros de la «Unión de Liberación» renunciarán a muchísimas de sus reivindicaciones democráticas. Su programa no es expresión de sus convicciones inflexibles (tales no son propias de la burguesía), no es una indicación de aquello por lo que hay que luchar obligatoriamente. No, su programa es un simple tanteo, que de antemano cuenta con un inevitable «descuento del precio», según la «firmeza» de una u otra de las partes beligerantes. La burguesía «constitucional-demócrata» (léase: constitucional-monárquica) se amañará con el zarismo a un precio más barato que su programa actual; esto no está sujeto a duda, y el proletariado consciente no debe hacerse ilusión alguna al respecto. De ahí la hostilidad del Sr. P. S. hacia la división del programa en mínimo y máximo, hacia «las resoluciones firmes del programa en general». De ahí las afirmaciones del Sr. P. S. de que el programa de la «Unión de Liberación» (expuesto a propósito no en forma de una formulación precisa de reivindicaciones determinadas, sino en forma de una descripción literaria, aproximada, de las mismas) «es más que suficiente para un partido que se propone los objetivos de la política real». De ahí el silencio en el programa de los «demócratas»-monárquicos sobre el armamento del pueblo, la evitación de una formulación decidida de la reivindicación de separación de la Iglesia y el Estado, la insistencia en la imposibilidad de suprimir los impuestos indirectos, la sustitución de la autodeterminación política de las nacionalidades oprimidas por su autodeterminación cultural. De ahí el reconocimiento ingenuo y franco de la vinculación entre el democratismo y los intereses del capital, el reconocimiento de la necesidad de «en lugar de la protección a empresas y empresarios aislados, una enérgica protección al desarrollo de las fuerzas productivas del pueblo», de contribuir al «florecimiento de la industria», etc. De ahí la reducción de la reforma agraria a un «reparto» de tierras a los campesinos meramente burocrático, con la garantía obligatoria de una «indemnización» a los terratenientes por las tierras que hayan de pasar a los campesinos, es decir, en otras palabras, la defensa decidida de la intangibilidad de la «propiedad» basada en la dependencia y el feudalismo. Todo esto, repetimos, es el resultado natural e inevitable de la posición misma de la burguesía como clase en la sociedad actual. Todo esto es la confirmación de la diferencia radical entre la política proletaria de lucha revolucionaria y la política burguesa de corretaje liberal.

«Proletari» n.º 3, 9 de junio (27 de mayo) de 1905.

Se publica según el texto del periódico «Proletari», cotejado con el manuscrito.