Hace algunas semanas tuvo lugar en Moscú el segundo congreso de los zemstvos. A los periódicos rusos no se les permite publicar ni una palabra sobre este congreso. Los periódicos ingleses informan de toda una serie de detalles según testigos presenciales que asistieron al congreso y que transmiten por telégrafo no sólo sus resoluciones, sino también el contenido de los discursos de representantes de diversos matices. La esencia de las resoluciones de los 132 representantes de los zemstvos se reduce a la aprobación precisamente del programa constitucional publicado por el Sr. Struve y que examinamos en el n.º 18 de «Vperiod» («Sofismas políticos»)[80]. Ese programa supone un sistema bicameral de representación popular con mantenimiento de la monarquía. La cámara alta, compuesta por delegados de los zemstvos y de las dumas; la baja, elegida por sufragio universal, directo, igual y secreto. Nuestros periódicos legales, obligados a guardar silencio sobre el congreso, han empezado ya a publicar informaciones detalladas acerca de este programa, por lo que su análisis adquiere ahora una importancia especialmente grande.

En cuanto al propio congreso de los zemstvos, probablemente tendremos que volver a él más de una vez. Por el momento, señalemos únicamente, sobre la base de los periódicos ingleses, un hecho especialmente interesante en este congreso: la divergencia o escisión entre el partido «liberal» u oportunista, o shipovista, y el partido «radical». La divergencia se produjo a causa del sufragio universal, que el primer partido no desea. El domingo 7 de mayo (24 de abril) se puso de manifiesto que 52 miembros del congreso seguían a Shípov y estaban dispuestos, en caso de aprobarse el sufragio universal, a abandonar el congreso. El lunes, una veintena de ellos votaron junto con la mayoría a favor del sufragio universal. A continuación fue aprobada por unanimidad una resolución sobre la convocatoria de una asamblea constituyente sobre la base del sufragio universal, y una mayoría considerable se pronunció, además, a favor del voto directo y de la ausencia (en la asamblea constituyente) de representantes de las dumas y de los zemstvos. Así pues, los shipovistas han sido derrotados por ahora en el congreso de los zemstvos. La mayoría llegó a la conclusión de que el mantenimiento de la monarquía y la prevención de la revolución sólo son posibles mediante la concesión del sufragio universal, directo, igual y secreto, neutralizado por elecciones indirectas y desiguales a una de las dos cámaras.

En extremo instructiva es la valoración que de este congreso y de esta decisión hace la burguesía conservadora inglesa. «Para nosotros, los extranjeros —escribe The Times—, es absolutamente imposible apreciar la importancia política de este notable congreso mientras no sepamos, por fuentes fidedignas, en qué medida cuenta con el apoyo de las amplias masas del pueblo ruso. Este congreso puede significar el comienzo de una verdadera transformación constitucional; puede ser el primer peldaño en el camino hacia la revolución; puede ser un simple fuego de artificio que la burocracia ha tolerado sabiendo que arderá sin causarle ningún perjuicio».

¡Una caracterización notablemente exacta! En efecto, el curso ulterior de la revolución rusa está aún lejos de ser determinado por un acontecimiento como este congreso. El «apoyo de la amplia masa del pueblo» sigue estando bajo el signo de la interrogación, no en el sentido del hecho mismo del apoyo por parte del pueblo (su apoyo es indudable), sino en el sentido de la fuerza de ese apoyo. Si el gobierno vence la insurrección, entonces el congreso liberal resultará precisamente un simple fuego de artificio. Y los moderados liberales europeos aconsejan, naturalmente, el justo medio: una constitución moderada que prevenga la revolución. Pero el desconcierto del gobierno les inspira temores y descontento. A The Times le parece extraña la prohibición de hacer públicas las resoluciones del congreso, pues los delegados, ya dispersados por sus distritos, tienen todos los medios para informar a toda la sociedad rusa de sus decisiones. «Prohibir por completo el congreso, arrestar a los representantes de los zemstvos que se habían reunido, aprovechar su congreso como pretexto para una reforma aparente, todas esas medidas del gobierno serían comprensibles. Pero permitir que los representantes de los zemstvos se reúnan y se marchen, e intentar después silenciar sus resoluciones, eso es ya simplemente una estupidez».

La estupidez del gobierno zarista, que testimonia su desconcierto y su impotencia (pues el desconcierto en un momento revolucionario es precisamente el signo más seguro de impotencia), inspira una seria aflicción al capital europeo (The Times es el órgano de la City, de los sólidos magnates financieros de la ciudad más rica del mundo). Ese desconcierto aumenta la probabilidad de una verdadera revolución, victoriosa, que arrase todo a su paso, y que infunde terror a la burguesía europea. ¡Ella censura a la autocracia por su desconcierto, y a los liberales por la «falta de moderación» de sus exigencias! «En apenas cinco días —se indigna The Times— han cambiado sus opiniones y han adoptado resoluciones extremas (el sufragio universal), y sobre un problema acerca del cual las asambleas legislativas más experimentadas de Europa vacilarían en pronunciarse a lo largo de toda una sesión». El capital europeo aconseja al capital ruso que tome ejemplo de él. No dudamos que este consejo será escuchado, pero difícilmente antes de la limitación de la autocracia. Contra el absolutismo, la burguesía europea actuó en su momento de manera aún más «falta de moderación», aún más revolucionaria, que la rusa. La «intransigencia» de la autocracia rusa y la falta de moderación del liberalismo ruso no dependen de su inexperiencia, como se desprendería del planteamiento del problema por parte de The Times, sino de condiciones situadas fuera de su voluntad: de la situación internacional, de la política exterior y, sobre todo, de la herencia de la historia rusa, que ha puesto a la autocracia contra la pared y ha acumulado, bajo su sombra, contradicciones y conflictos nunca vistos en Europa Occidental. La supuesta solidez y fuerza del zarismo ruso en el pasado condicionan necesariamente la fuerza del embate revolucionario contra él. Esto es muy desagradable para todos los gradualistas y oportunistas; infunde temor incluso a muchos socialdemócratas del campo de los jvostistas, pero es un hecho.

The Times llora la derrota de Shípov. ¡Todavía en noviembre era el jefe reconocido del partido de la reforma! y ahora… «he ahí cuán rápidamente devora la revolución a sus propios hijos». ¡Pobre Shípov! ¡Sufrir una derrota y recibir el apodo de engendro de la revolución, qué injusticia del destino! Los «radicales» que hicieron sucumbir a Shípov en el congreso de los zemstvos provocan la indignación de The Times. Ellos —grita horrorizado The Times— se atienen a los principios teóricos de la Convención francesa. La doctrina de la igualdad y la equiparación de derechos de todos los ciudadanos, de la soberanía del pueblo, etc., «ha resultado ser, como ya lo han mostrado los acontecimientos, una de las más perniciosas, quizás, entre todas las invenciones de la funesta sofística que Jean-Jacques Rousseau legó a la humanidad». «Es la principal piedra angular, la raíz del jacobinismo, cuya sola presencia tiene una importancia fatal para el éxito de una reforma justa y saludable».

Los oportunistas del liberalismo se abrazan conmovedoramente con los oportunistas de la socialdemocracia en su común afición a utilizar este espantajo del «jacobinismo». En la época de la revolución democrática, sólo reaccionarios irremediables o filisteos sin remedio pueden asustar con el jacobinismo.

«El Proletario» n.º 2, 3 de junio (21 de mayo) de 1905.

Se imprime según el texto del periódico «El Proletario», confrontado con el manuscrito