No son pocos los socialdemócratas entre nosotros que, bajo la influencia de cada derrota de los obreros en sus escaramuzas aisladas con los capitalistas o con el gobierno, caen en el pesimismo y, con desdén, rechazan todas las conversaciones sobre los objetivos superiores y grandes del movimiento obrero, alegando el grado insuficiente de nuestra influencia sobre la masa. ¡Cómo vamos a pretender eso! ¡Quién somos nosotros para eso!, dicen tales personas. ¡No vale la pena ni hablar del papel de la socialdemocracia como vanguardia en la revolución, cuando ni siquiera conocemos a ciencia cierta el estado de ánimo de las masas, no sabemos fusionarnos con la masa, elevar a la masa obrera! Los fracasos de los socialdemócratas el 1 de mayo del año en curso han fortalecido considerablemente este estado de ánimo. Los mencheviques o neoiskristas, por supuesto, se apresuraron a aprovecharlo para lanzar una vez más, como una consigna especial, la consigna: ¡a las masas!, como para fastidiar a alguien, como en respuesta a las ideas y conversaciones sobre el gobierno revolucionario provisional, sobre la dictadura democrático-revolucionaria, etc.

No se puede dejar de reconocer que en este pesimismo y en las conclusiones que de él extraen los apresurados publicistas neoiskristas hay un rasgo muy peligroso, capaz de causar un serio perjuicio al movimiento socialdemócrata. No cabe duda de que la autocrítica es absolutamente necesaria para todo partido vivo y vital. No hay nada más vulgar que el optimismo autocomplaciente. No hay nada más legítimo que señalar la necesidad constante e incondicional de profundizar y ampliar, ampliar y profundizar nuestra influencia sobre las masas, nuestra propaganda y agitación rigurosamente marxista, nuestro acercamiento a la lucha económica de la clase obrera, etc. Pero precisamente porque tales indicaciones son legítimas siempre y en todo momento, en cualesquiera condiciones y situaciones, no deben ser convertidas en consignas especiales, no pueden justificar los intentos de construir a partir de ellas una especie de orientación especial dentro de la socialdemocracia. Aquí hay un límite, traspasado el cual ustedes convierten estas indicaciones incuestionables en una restricción de las tareas y la envergadura del movimiento, en un olvido doctrinario de las urgentes tareas políticas de vanguardia del momento.

Siempre es necesario profundizar y ampliar el trabajo y la influencia sobre las masas. Sin esto, un socialdemócrata no es socialdemócrata. Ni una sola organización, grupo o círculo puede considerarse una organización socialdemócrata si no realiza este trabajo constante y regularmente. En gran medida, todo el sentido de nuestra rigurosa separación en un partido propio e independiente del proletariado consiste en que llevemos a cabo siempre, de manera consecuente, esta labor marxista, elevando al nivel de la conciencia socialdemócrata, en la medida de lo posible, a toda la clase obrera, sin permitir que ninguna tormenta política, absolutamente ninguna —y menos aún los cambios políticos de decorado— nos distraiga de esta labor vital. Sin esta labor, la actividad política degeneraría inevitablemente en un juguete, pues para el proletariado esa actividad adquiere un significado serio únicamente cuando, y solo en la medida en que, eleva a la masa de una clase determinada, la interesa, la impulsa a una participación activa y de vanguardia en los acontecimientos. Esta labor es necesaria, ya lo hemos dicho, siempre: después de cada derrota se puede y se debe recordarla, se la debe subrayar, porque su debilidad es siempre una de las causas de la derrota del proletariado. Después de cada victoria también debe recordarse siempre y subrayarse su importancia, porque de lo contrario la victoria será ilusoria, sus frutos no estarán asegurados, su significado real desde el punto de vista de toda nuestra gran lucha por nuestro objetivo final será insignificante e incluso puede resultar negativo (precisamente en el caso de que una victoria parcial adormezca nuestra vigilancia, debilite la desconfianza hacia los aliados poco fiables, permita dejar pasar el momento para un nuevo y más serio ataque contra el enemigo).

Pero precisamente porque esta labor de profundización y ampliación de la influencia sobre las masas es necesaria por igual siempre, tanto después de cada victoria como después de cada derrota, tanto en la época de estancamiento político como en el tiempo revolucionario más tempestuoso, precisamente por ello no se puede hacer de su señalamiento una consigna especial, no se puede fundar en ella una orientación especial, sin correr el riesgo de caer en la demagogia y en el rebajamiento de las tareas de la clase de vanguardia, la única verdaderamente revolucionaria. En la actividad política del partido socialdemócrata siempre hay y habrá cierto elemento de pedagogía: es necesario educar a toda la clase de los obreros asalariados para el papel de luchadores por la liberación de toda la humanidad de toda opresión, es necesario instruir constantemente a nuevas y nuevas capas de esta clase, es necesario saber acercarse a los representantes más grises, menos desarrollados, menos tocados por nuestra ciencia y por la ciencia de la vida, de esta clase, para ser capaces de hablar con ellos, de aproximarse a ellos, de elevarlos, con perseverancia y paciencia, hasta la conciencia socialdemócrata, sin convertir nuestra doctrina en un dogma árido, enseñándosela no solo con el libro, sino también mediante la participación en la lucha cotidiana de esas mismas capas más grises y más atrasadas del proletariado. En esta actividad cotidiana hay, repetimos, un cierto elemento de pedagogía. El socialdemócrata que olvidara esta actividad, dejaría de ser socialdemócrata. Esto es cierto. Pero entre nosotros a menudo se olvida ahora que el socialdemócrata que redujera las tareas de la política a la pedagogía, también —aunque por otra razón— dejaría de ser socialdemócrata. Quien pretendiera hacer de esta «pedagogía» una consigna especial, contraponerla a la «política», construir sobre esta contraposición una orientación especial, apelar a la masa en nombre de esta consigna contra los «políticos» de la socialdemocracia, ese caería inmediata e inevitablemente en la demagogia.

Toda comparación cojea, es cosa sabida desde hace tiempo. Toda comparación asimila solo un aspecto o solo algunos aspectos de los objetos o conceptos comparados, abstrayendo temporal y condicionalmente otros aspectos. Recordemos al lector esta verdad de sobra conocida, pero a menudo olvidada, y comparemos el partido socialdemócrata con una gran escuela, elemental, media y superior al mismo tiempo. Nunca y bajo ninguna condición podrá esta gran escuela olvidar la tarea de enseñar el abecé, de instruir en los rudimentos del saber y en los rudimentos del pensamiento independiente. Pero si a alguien se le ocurriera zafarse de los problemas del conocimiento superior remitiéndose al abecé, si alguien se pusiera a contraponer los frágiles, dudosos y «estrechos» resultados de ese conocimiento superior (accesible a un círculo de personas muchísimo menor en comparación con el círculo que cursa el abecé) a los sólidos, profundos, amplios y consistentes resultados de la escuela elemental, ese alguien demostraría una miopía increíble. Ese alguien podría incluso contribuir a desvirtuar por completo todo el sentido de la gran escuela, pues la ignorancia de los problemas del conocimiento superior solo facilitaría a los charlatanes, demagogos y reaccionarios el embaucar a las personas que solo han cursado el abecé. O también, comparemos el partido con un ejército. Ni en tiempo de paz ni en tiempo de guerra se puede olvidar la instrucción de los reclutas, la ciencia del tiro, la difusión en amplitud y profundidad, entre las masas, del abecé del arte militar. Pero si los dirigentes de las maniobras o de las batallas reales...[106]